Yo, Christine, que he llorado
once años en abadía cerrada,
donde siempre he morado
desde que Carlos (¡cosa extraña!),
el hijo del rey, osar lo digo,
huyó de París a toda prisa,
por la traición allí encerrada,
A reír buenamente de alegría
me pongo por el tiempo invernal
que se aparta, cuando solía
mantenerme tristemente en jaula.
Pero ahora cambiaré mi lenguaje
de llanto en canto, cuando recobrado
he buen tiempo,
habiendo bien mi parte soportado.
El año mil cuatrocientos veintinueve
volvió a brillar el sol.
Él trae de nuevo el buen tiempo nuevo
que no se había visto con verdadero ojo
desde hacía mucho tiempo, en lo cual muchos en duelo
habían vivido; yo soy de aquellos.
Pero ya de nada me duelo,
cuando ahora veo lo que quiero.
Así está bien el verso vuelto
de gran duelo en alegría nueva
desde el tiempo que he permanecido
allí donde estoy, y la muy bella
estación, que primavera se llama,
a Dios gracias, que he deseado,
donde toda cosa se renueva,
se ha pasado del tiempo seco al verde.
Es que el desheredado hijo
del rey de Francia legítimo,
que largo tiempo ha estado sufriendo
muchos grandes disgustos, que ahora primero,
se alzó así como hacia prima,
viniendo como rey coronado
en poder muy grande y perfecto,
y espoloneado de espuelas de oro.
Ahora hagamos fiesta a nuestro rey!
¡Que muy bien sea él vuelto!
Gocémonos de su noble aparato,
vamos todos, grandes y pequeños,
al encuentro — que nadie sea retenido —
llevando alegría para saludarlo,
loando a Dios, que lo ha mantenido,
gritando “¡Noel!” en alto clamor.
Pero ahora quiero contar cómo
Dios todo esto ha hecho por su gracia,
a quien ruego que con buen juicio
me dé, que nada en ello traspase.
Sea contado en todo lugar,
pues esto es digno de memoria,
y escrito, aunque a alguno desplace,
en muchas crónicas e historias.
Oíd por todo el universo mundo
cosa sobre toda maravillosa.
Notad si Dios, en quien abunda
toda gracia, no es socorredor
al derecho al fin. Es hecho notable,
considerado el presente caso.
Así sea contra los engaños valedero,
que Fortuna ha adulado por azar.
Y notad cómo asombrarse
no debe nadie por infortunio,
si viéndose con gran injusticia odiar,
y ser atacado por voz común.
Ved cómo no siempre es una
Fortuna, que ha dañado a muchos,
pues Dios, que a los hechos torcidos se opone,
a aquellos levanta en quienes la esperanza permanece.
¿Quién vio entonces cosa suceder
más fuera de toda opinión
(que notar y recordar
conviene bien en toda región),
que Francia (de quien mención
se hacía que estaba derribada)
sea, por divina misión,
del mal en tan gran bien mudada,
Por tal milagro verdaderamente
que, si la cosa no fuese notoria
y evidente en qué y cómo,
no hay hombre que lo pudiese creer.
Cosa es bien digna de memoria
que Dios, por una virgen tierna,
haya siempre querido (¡cosa es verdad!)
sobre Francia tan gran gracia extender.
¡Oh, qué honor a la corona
de Francia por divina prueba!
Pues por las gracias que Él le da
aparece cómo Él la aprueba,
y que más fe que en otra parte halla
en el estado real, del cual leo
que nunca (esto no es cosa nueva)
en fe erraron flores de lis.
Y tú, Carlos, rey de los Franceses,
séptimo de aquel alto nombre,
que tan gran guerra has tenido antes
que bien te habría tomado si poco no;
mas, gracias a Dios, ahora ves tu renombre
altamente elevado por la Doncella,
que ha sometido bajo tu pendón
a tus enemigos (cosa es nueva).
En poco tiempo; pues se creía
que fuese como cosa imposible
que tu país, que se perdía,
recobrases jamás. Ahora es claramente
tuyo, pues, quienquiera que dañino
te haya sido, lo has recobrado.
Esto es por la Doncella sensible,
Dios gracias, que allí ha obrado.
Así creo firmemente que tal gracia
no te sería de Dios dada,
si a ti, en tiempo y espacio,
no estuviese por Él ordenada
alguna gran cosa solemne
a terminar y llevar a cabo,
y que Él te haya dado destino
de ser de muy grandes hechos la cabeza.
Pues un rey de Francia debe ser
Carlos, hijo de Carlos, llamado,
que sobre todos los reyes será gran maestro.
Lo han profetizado con sobrenombre
“el Ciervo Volante”, y consumado
será por aquel conquistador
mucho hecho (Dios lo ha a esto llamado),
y al fin debe ser emperador.
Todo esto es el provecho de tu alma.
Ruego a Dios que aquél seas,
y que Él te dé, sin la carga de alma,
vivir tanto que todavía veas
a tus hijos grandes, y todas alegrías
por ti y ellos sean en Francia.
Mas sirviendo a Dios siempre,
no haga [ya] guerra ni exceso allí.
Y tengo esperanza de que bueno serás,
justo y amante de justicia,
y [a] todos los otros pasarás,
con tal que orgullo tu hecho no deshonre;
a tu pueblo dulce y propicio,
y temeroso de Dios, que te ha elegido
por su servidor (como premisa
tienes), con tal que hagas tu deber.
¿Y cómo podrás tú jamás
agradecer a Dios suficientemente,
servir, temer en todos tus hechos,
quien de tan gran contrariedad
te ha puesto en paz, y toda Francia
levantada de tal ruina,
cuando su santísima providencia
te ha hecho de tan gran honor digno?
Tú en ello seas loado, alto Dios!
A Ti agradecer todos obligados
somos, que has dado tiempo y lugar
donde estos bienes han sucedido.
Con manos juntas, grandes y pequeños,
gracias te rendimos, Dios celeste,
por quien hemos llegado
a paz, y fuera de gran tempestad!
Y tú, Doncella bienaventurada,
¿y debes tú ser olvidada,
pues que Dios tanto te ha honrado
que has desatado la cuerda
que tenía a Francia estrechamente ligada?
¿Podría uno bastante alabarte,
cuando esta tierra, humillada
por guerra, has hecho de paz dotarla?
Tú, Juana, de buena hora nacida,
bendito sea aquel que te creó.
Doncella de Dios ordenada,
en quien el Espíritu Santo recreó
su gran gracia, en quien hubo y hay
toda largueza de alto don,
nunca petición te vio rehusar.
¿Quién te dará bastante galardón?
¿Qué puede más decirse
de los grandes hechos de tiempos pasados?
Moisés, en quien Dios en abundancia
puso gracias y virtudes bastantes,
él sacó, sin estar cansado,
al pueblo de Dios fuera de Egipto
por milagro. Así has hecho pasar
a nosotros de mal, Doncella elegida.
Considerada tu persona,
que eres una joven doncella,
a quien Dios fuerza y poder da
de ser el campeón y aquella
que da a Francia la leche
de paz y dulce alimento,
y derribar al pueblo rebelde,
veis bien cosa más allá de naturaleza.
Pues, si Dios hizo por Josué
tantos milagros en gran suma,
conquistando lugares, y derribados
fueron muchos, él era hombre
fuerte y poderoso. Pero, en suma,
una mujer — simple pastora —
más valiente que nunca hombre en Roma.
Para Dios, es cosa ligera.
Pero en cuanto a nosotros, nunca oímos hablar
de tan gran maravilla,
pues todos los valientes a lo largo del tiempo
que han existido, no se comparan
sus proezas a ésta que vigila
para echar fuera a nuestros enemigos.
Mas esto lo hace Dios, que la aconseja,
en cuyo corazón más que de hombre ha puesto.
De Gedeón se hace gran cuenta,
que simple labrador era,
y Dios lo hizo, así dice el cuento,
combatir, y nadie resistía
contra él, y todo conquistaba.
Mas nunca milagro tan manifiesto
hizo, aunque Él lo amonestaba,
como por ésta hizo, se muestra.
Ester, Judit y Débora,
que fueron damas de gran valor,
por las cuales Dios restauró
a su pueblo, que mucho estaba oprimido,
y de otras muchas he aprendido
que fueron valientes, mas no hubo aquella
con tantos milagros comprendidos.
Más ha hecho por esta Doncella.
Por milagro fue enviada
y divina amonestación,
del ángel de Dios acompañada
al rey, para su provisión.
Su hecho no es ilusión,
pues bien ha sido probada
por consejo (en conclusión,
al efecto la cosa está probada).
Y bien ha sido examinada,
antes de que se la haya querido creer,
delante de clérigos y sabios llevada
para inquirir si cosa verdadera
decía, antes que fuese notorio
que Dios la había hacia el rey enviada.
Mas se ha hallado en historia
que a ello hacer ella estaba comisionada.
Pues Merlín y Sibila y Beda,
más de quinientos años ha, la vieron
en espíritu, y como remedio
en Francia en sus escritos la pusieron,
y de sus profecías hicieron,
diciendo que ella llevaría bandera
en las guerras francesas, y dijeron
de su hecho toda la manera.
Y su bella vida, por fe,
muestra que ella está en gracia de Dios;
por lo cual se añade más fe
a su hecho. Pues, lo que ella haga,
siempre tiene a Dios delante del rostro,
a quien llama, sirve y ruega
en hecho, en dicho; ni va en lugar
donde su devoción se pierda.
Oh, ¡cómo entonces bien apareció
cuando el sitio estaba ante Orleans,
donde primero su fuerza apareció!
Nunca milagro, como yo entiendo,
fue más claro, pues Dios a los suyos
ayudó de tal modo, que enemigos
no se ayudaron más que perros muertos.
Allí fueron presos y a muerte puestos.
¡Eh! ¡Qué honor al femenino
sexo! Que Dios la ame aparece,
cuando todo ese gran pueblo maldito,
por quien todo el reino estaba desierto,
por mujer es socorrido y recobrado,
lo que cien mil hombres no hubieran hecho,
y los traidores puestos en desierto.
Apenas antes lo hubieran creído.
Una muchachita de dieciséis años
(¿no es esto cosa fuera de naturaleza?),
a quien las armas no son pesadas,
sino que parece que su alimento
está en ellas, tanto es fuerte y dura en ello.
Y delante de ella huyen
los enemigos, ni ninguno allí resiste.
Ella hace esto, a muchos ojos vistos,
y de ellos va Francia descargando,
recobrando castillos y ciudades.
Jamás fuerza fue tan grande,
sean por centenares o millares.
Y de nuestros hombres valientes y hábiles
ella es principal caudillo.
Tal fuerza no tuvo Héctor ni Aquiles.
Pero todo esto lo hace Dios, que la guía.
Y vosotros, hombres de armas probados,
que hacéis la ejecución,
y buenos y leales os mostráis,
bien de ello se debe hacer mención
(louados en toda nación
seréis por ello), y sin falla
hablar en toda elección
de vosotros y de vuestra valentía,
que sangre, cuerpo y vida exponéis
por el derecho, en pena tan dura,
y contra todos peligros osáis
iros a poner en la aventura.
Sed constantes, pues yo os juro
que tendréis gloria en el cielo y loor,
pues quien se combate por justicia
gana el Paraíso, me atrevo a decir.
Así, rebajad, Ingleses, vuestros cuernos,
pues jamás tendréis buen botín.
En Francia no llevéis vuestras burlas.
Vencidos estáis en el tablero.
No lo pensabais el otro día,
cuando tanto os mostráis peligrosos;
mas no estabais aún en el sendero
donde Dios abate a los orgullosos.
Ya creíais a Francia haber ganado,
y que ella os debía quedar.
De otro modo va, falsa compañía.
Iréis a tocar el tambor en otra parte,
si no queréis saborear
la muerte, como vuestros compañeros,
que lobos pueden bien devorar,
pues yacen muertos por los surcos.
Y sabed que por ella los Ingleses
serán derribados sin levantarse,
pues Dios lo quiere, que oye las voces
de los buenos que ellos han querido agraviar.
La sangre de los muertos, sin alzarse,
clama contra ellos. Dios no quiere más
sufrirlo, sino reprobándolos
como malos, se ha concluido.
En la cristiandad y en la Iglesia
será por ella puesto concordia.
Los descreídos de quienes se habla,
y los herejes de vida sucia
destruirá, pues así lo acuerda
profecía, que lo predijo,
ni en nada tendrá misericordia
del lugar que la fe de Dios ensucia.
De los Sarracenos hará despeje,
al conquistar la Santa Tierra.
Allí llevará a Carlos, que Dios guarde!
Antes que muera, tal camino hará.
Éste es aquel que la debe conquistar.
Allí debe ella acabar su vida,
y ambos —él y ella— gloria alcanzar.
Allí será la cosa consumada.
Pues sobre todos los valientes pasados
ésta debe portar la corona,
pues sus hechos ya muestran bastante
que más valor Dios le concede
que a todos aquellos de quienes se habla.
Y no tiene aún todo acabado.
Así creo que Dios aquí abajo se lo da,
a fin de que la paz sea por su hecho.
Así es lo menor que haya de hacer
que destruir la Inglaterra,
pues ella tiene aún mayor odio:
es que la Fe no sea perdida.
En cuanto a los Ingleses —ríase quien se ría,
o llore— de ellos está acabado.
El tiempo por venir burla
hará de esto. Derribados están.
Y vosotros, rebeldes hoscos,
que a ellos os habéis adherido,
ved ahora que os hubiera sido mejor
ir derecho que al revés,
que haceros siervos de los Ingleses.
Guardaos de que no os acontezca más
(pues demasiado habéis sido sufridos),
y del fin bien acordaos.
¿No percibís, gente ciega,
que Dios aquí ha puesto la mano?
Y quien no lo ve es bien torpe,
pues cómo sería de tal guisa
esta Doncella aquí enviada,
que a todos muertos os hace abatir?
— Ni fuerza tenéis que baste.
¿Queréis contra Dios combatir?
¿No ha ella llevado al rey al sacro,
a quien siempre tenía por la mano?
Cosa más grande nunca ante Acre
fue hecha; pues ciertamente
opositores hubo allí de sobra.
Mas, a despecho de todos, con gran nobleza
fue recibido, y plenamente
sagrado, y allí oyó la misa.
Otro tan grande triunfo y poder
fue Carlos coronado en Reims,
el año mil cuatrocientos, sin duda,
[veintinueve, todo] salvo y sano,
con gentes de armas y barones muchos,
justamente en el decimoséptimo día
de julio [poco más o menos].
Por allí estuvo cinco días en estancia,
con él la Doncellita.
De retorno por su país,
ciudad ni castillo ni villa
no quedó. Amados o aborrecidos
que fuesen, o quedasen espantados
o asegurados, los habitantes
se rinden. Pocos son invadidos,
¡tanto temen de su poder!
Cierto es que algunos, en su locura,
creen resistir, pero poco vale,
pues al fin, quien contradice,
a Dios confiesa la falta.
Es en vano. Les toca rendirse,
quieran o no. No hay resistencia tan fuerte
que al asalto
de la Doncella no muera,
Por más que se haya hecho gran asamblea,
pensando impedir su regreso
y correrle encima de repente;
ya no hay allí auxilio de médico,
pues todos muertos o presos uno a uno
han sido los contradictores,
y enviados, como he oído decir,
al Infierno o al Paraíso.
No sé si París se rendirá
(pues aún no están allí),
ni si la Doncella esperará;
mas si hace de él su enemigo,
me temo que dura refriega
le dé, así como en otra parte ha hecho.
Si resisten media hora,
mal les irá, creo, por su hecho,
Pues dentro entrará, aunque gruñan,
— la Doncella se lo ha prometido.
París, ¿piensas que Borgoña
defienda que no seas tomado?
No lo hará, pues de sus enemigos
nada se cuida. Nadie tiene poder
que te guarde, y tú sometido
serás, y tu soberbia.
¡Oh París, muy mal aconsejado!
Locos habitantes sin confianza!
¿Amas tú más ser desterrado
que a tu príncipe hacer concordia?
Ciertamente, tu gran contrariedad
te destruirá, si no te avisas.
Mucho mejor te fuera por súplica
pedir perdón. Mal lo entiendes!
De los malos hablo, pues de los buenos
hay muchos, no lo dudo;
pero hablar no osan, yo respondo,
a quienes mucho desagrada, sin duda,
que así se desposea a su príncipe.
Mas no habrán esos merecido
la pena en que se mete
París, donde muchos perderán la vida.
Y vosotras, todas villas rebeldes,
y gentes que habéis negado
a vuestro señor, y aquellos y aquellas
que por otro lo habéis renunciado,
ahora seáis luego aplacados
con dulzura, pidiendo perdón!
Pues si os habéis puesto
a la fuerza, tarde obtendréis el don.
Y para que no haya matanza
hecha, retarda cuanto puede,
ni sobre carne de hombre incisión,
pues de derramar sangre se duele.
Mas, en fin, quien no quiere rendir
con bien y dulzura lo que es suyo,
si por fuerza en efusión
de sangre lo recobra, bien hace.
¡Ay! Es tan bondadoso
que a todos quiere perdonar!
Y la Doncella lo hace hacer,
que sigue a Dios. Ahora disponed
vuestros corazones y entregad
como leales franceses a él!
Y cuando se le oiga sermonear,
no seréis reprendidos por nadie.
Así ruego a Dios que ponga en ánimo
a todos vosotros que así lo hagáis,
a fin de que el cruel huracán
de estas guerras sea borrado,
y que vuestra vida paséis
en paz, bajo vuestro jefe mayor,
de modo que jamás lo ofendáis
y que para con vosotros sea buen señor.
Amén.
Dado este Ditado por Christine,
el año dicho mil cuatrocientos
y veintinueve, el día en que termina
el mes de julio. Pero entiendo
que algunos se tendrán malcontentos
de lo que contiene, pues quien el rostro
tiene nublado y los ojos pesados
no puede mirar la luz.
Termina un muy bello Ditado hecho por Christine.
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