p. 4 a 10 del ms.
Los capitanes y hombres de armas que estaban dentro, viendo que no podían tener víveres sino con gran dificultad y peligro, y que tenían muy poca esperanza de que el rey pudiera socorrerlos, conociendo que los de la ciudad no querían de ninguna manera caer en la obediencia ni sujeción de los ingleses, llamaron a los principales burgueses y mercaderes de dicha ciudad, a los cuales les mostraron cómo no podían tener víveres sino con gran dificultad, y que no veían el modo de poder mantener mucho tiempo la ciudad contra los dichos enemigos, dado que no tenían sino muy poca o ninguna esperanza de que el rey pudiera darles socorro. Y les rogaron que declarasen lo que querían hacer.
A lo cual todos juntos [5] respondieron que, aunque muriesen, no se rendirían a la sujeción de los ingleses. Y por muchas advertencias que dichos capitanes les supieran hacer del peligro en que estaban, permanecieron en su opinión de no rendir la dicha ciudad.
Después de aquella declaración se hicieron varias propuestas sobre lo que había que hacer para encontrar algún expediente para el bien de dicha ciudad; y finalmente fue deliberado y concluido entre ellos enviar hacia el duque de Borgoña, que entonces sostenía el partido de los ingleses, con el propósito de que quisiera tomar la dicha ciudad en sus manos, y que ellos estarían contentos de rendirse a él; y se movían a hacer esto porque el duque era de la casa de Francia, y pensaban que la alianza suya con los ingleses no duraría para siempre. Y para ello enviaron a un capitán llamado Poton de Xaintrailles hacia el dicho duque, para hacerle dicha oferta; la cual él aceptó de buen grado, con tal de que el duque de Bedford, que en ese momento era jefe de los ingleses en dicho sitio, quisiera consentirlo.
El cual Bedford había venido allí después de la muerte del conde de Salisbury, que había sido muerto por una pieza de artillería mientras tenía el sitio del lado de la Sologne, por un caso fortuito, así como se dice; pues no se ha sabido [quién] encendió el fuego en dicha pieza de artillería. Así como está escrito extensamente en las grandes crónicas.
Dicho Poton, llegado ante el duque [de Borgoña], [y] el duque de Bedford, después de que hubo oído la oferta hecha al dicho duque de Borgoña, respondió que no entendía haber golpeado los matorrales [6] para que otro tuviese los pájaros. Y le dijo absolutamente que no haría nada de ello; pero, si los de la ciudad querían rendirse a él y reembolsarle todos los gastos que habían sido hechos en el ejército de dicho sitio, los tomaría a merced y no de otra manera.
De esta respuesta los de la ciudad quedaron muy asombrados, y aún más el rey y los de su consejo, que no veían medio alguno de salvar la dicha ciudad.
p. 5 a 9 del ms.
En ese tiempo había una joven en el país de Lorena, de edad de dieciocho años o alrededor, llamada Juana, natural de una parroquia llamada Domrémy, hija de un labrador llamado Jacques Tart, que jamás había hecho otra cosa que guardar el ganado en los campos. A la cual, según ella decía, le había sido revelado que Dios quería que fuese hacia el rey Carlos VII, para ayudarle y aconsejarle a recobrar su reino y sus ciudades y plazas que los ingleses habían conquistado en sus tierras.
La cual revelación no osó decir a su padre y a su madre, porque bien sabía que jamás hubieran consentido que fuese allá. Y por ello se dirigió a un tío suyo, al cual declaró dichas revelaciones; y tanto lo persuadió que él la llevó ante un caballero, llamado señor Robert de Baudricourt, que en ese momento era capitán de la ciudad o castillo de Vaucouleurs, que está bastante próximo de allí. A quien ella rogó muy insistentemente [7] que la hiciese llevar ante el rey de Francia, diciéndole que era cosa necesaria y muy urgente que hablase con él para el bien de su reino, y que ella le daría gran socorro y ayuda para recobrar su dicho reino, y que Dios lo quería así, y que le había sido revelado; y que le había sido revelado en varias ocasiones. De cuyas palabras él no hacía sino reírse y burlarse. Y la tenía por insensata.
Sin embargo, ella perseveró tanto y por tanto tiempo, que él le dio un caballero llamado Ville Robert, y algún número de otros hombres, los cuales la llevaron hacia el rey, que en ese momento estaba en Chinon; en el cual lugar fue presentada ante dicho señor.
Y tan pronto como entró en la sala donde él estaba, hizo las inclinaciones y reverencias acostumbradas a hacer a los reyes, como si toda su vida hubiera sido criada en la corte.
Después de aquellas inclinaciones y reverencias, dirigió la palabra al rey, al cual nunca había visto, y le dijo: «Dios os dé buena vida, muy noble rey.» Y, porque en la compañía había varios señores vestidos tan ricamente o más que él, dijo: «¿No soy yo el que es rey, Juana?» Y mostrándole alguno de los señores que allí estaban presentes, le dijo: «He ahí quien es rey.»
A lo cual ella respondió: «Vos sois el que sois rey, y no otro. Yo os reconozco bien.»
Después de estas palabras, el rey le hizo preguntar quién la movía a venir hacia él. A lo cual respondió que venía para levantar el sitio de Orleans y para ayudarle a recobrar su reino, [8] y que Dios lo quería así. Y también le dijo que, después de que hubiera levantado dicho sitio, lo llevaría a ungir y consagrar en Reims. Y que no se inquietase por los ingleses; que ella los combatiría en cualquier lugar donde los encontrase; y que él le diera tanta fuerza de hombres de armas como pudiese reunir; y que ella no dudaba de hacer todas las cosas arriba dichas, e incluso de echar a los dichos ingleses fuera de la tierra del rey.
Después de estas palabras, el rey la hizo interrogar sobre la fe; y le mandó preguntar varias cuestiones, tanto de cosas divinas, como de la guerra y otras cuestiones curiosas. A todas las cuales respondió tan sabiamente, que el rey, los prelados y otros clérigos que estaban presentes quedaron tan maravillados, y no sin razón, considerando la simplicidad y la condición de la persona que nunca había hecho otra cosa que guardar el ganado en los campos.
p. 9 a 11 del ms.
Después de las interrogaciones y respuestas arriba dichas, el rey reunió a su consejo. En el cual se deliberó que se le preguntase qué quería hacer. A lo cual respondió que quería levantar el sitio que estaba delante de Orleans y combatir a los ingleses. Y suplicó al rey que enviase uno de sus armeros u otro a Santa Catalina de Fierbois, y que le trajese una espada que encontraría en la iglesia, en el lugar que ella le diría. En la cual espada, a cada lado, había cinco flores de lis estampadas.
Y sobre esto, [9] se le preguntó si alguna vez había estado en dicho lugar de Santa Catalina. Dijo que no; pero que lo sabía por revelación divina, que aquella espada estaba en dicha iglesia, entre ciertas viejas piezas de hierro que allí estaban. Y también dijo al rey que, con dicha espada, con la ayuda de Dios y de sus buenos capitanes y hombres de armas, levantaría el sitio de Orleans, y lo llevaría a ser ungido y coronado en Reims, así como sus predecesores reyes de Francia lo habían sido antes.
Después de estas palabras, se le aconsejó enviar al dicho lugar de Santa Catalina a uno de sus armeros, el cual verdaderamente halló la dicha espada y la trajo al señor; el cual la dio a dicha Juana la Doncella, quien muy humildemente le dio gracias por ello, y le rogó que le diese un caballo, una armadura, una lanza y otras cosas necesarias para la guerra. Todas las cuales cosas inmediatamente le fueron dadas y entregadas. Y tan pronto como las hubo recibido, se hizo armar, montó a caballo y corrió la lanza. E hizo todos los actos de los hombres de armas, como un hombre que hubiera estado toda su vida ejercitado en la guerra.
Y además, cuando era llamada al consejo para deliberar lo que había que hacer, tanto para levantar el dicho sitio de Orleans, como para recobrar ciudades y plazas, y emprender empresas contra los enemigos, hablaba y deliberaba con tal sabiduría, y fundaba su opinión en tan buenas razones, que muy a menudo, contra la opinión de todos los capitanes, se seguía su consejo en las cosas que se querían hacer. Y lo que es más admirable, cuando el rey y sus capitanes tenían algún consejo [10] en su ausencia, ella sabía todo lo que había sido dicho y concluido, como si hubiera estado presente; de lo cual dicho señor y los de su compañía estaban muy maravillados, y no sin razón.
Así fue que, después de que el rey hubo oído hablar a dicha Doncella, se le aconsejó por su confesor u otro que le hablara en secreto, y le preguntara cómo podría saber con certeza que Dios la había enviado hacia él, a fin de que pudiera fiarse mejor de ella y dar crédito a sus palabras. Lo cual el dicho señor hizo.
A lo cual ella respondió: «Señor, si yo os digo cosas tan secretas que no hay sino Dios y vos que las sepáis, ¿creeréis bien que soy enviada de parte de Dios?»
El rey respondió que sí. La Doncella le preguntó: «Señor, ¿no os acordáis bien de que, el día de Todos los Santos pasado, estando en la capilla del castillo de Loches, en vuestro oratorio, completamente solo, [11] hicisteis tres peticiones a Dios?»
El rey le respondió que sí recordaba haber hecho algunas peticiones. Y entonces la Doncella le preguntó si jamás había dicho ni revelado dichas peticiones a su confesor ni a otro alguno. El rey dijo que no. «Y si yo os digo las tres peticiones que le hicisteis, ¿creeréis bien en mis palabras?» El rey respondió que sí.
Entonces la Doncella le dijo: «Señor, la primera petición que hicisteis a Dios fue que le rogasteis que, si no erais verdadero heredero de Francia, fuese su voluntad quitaros el ánimo de seguirlo; a fin de que no fuerais más causa de hacer y sostener la guerra, de la cual proceden tantos males, para recobrar el dicho reino.
La segunda fue que le rogasteis que, si las grandes adversidades y tribulaciones que el pobre pueblo de Francia sufría y había sufrido tanto tiempo procedían de vuestro pecado, y vos erais la causa, fuese su voluntad aliviar al pueblo, y que vos solo fueses castigado y llevaseis la penitencia, fuese por la muerte, o por otra pena tal cual le pluguiese.
La tercera fue que, si el pecado del pueblo era la causa de dichas adversidades, fuese su voluntad perdonar al dicho pueblo y apaciguar su ira, y poner al reino fuera de las tribulaciones en que estaba, que ya duraban doce años y más.»
El rey, conociendo que ella decía verdad, dio fe a sus palabras, y creyó que había venido de parte de Dios; y tuvo gran esperanza de que ella le ayudaría a recobrar su reino; y se resolvió a valerse de ella, y creer en su consejo en todos sus asuntos.
p. 12 a 14 del ms.
Es preciso volver a mi propósito.
El rey, viendo que era muy necesario socorrer prontamente a los que estaban sitiados dentro de la ciudad de Orleans, reunió a su consejo, en el cual fue llamada la dicha Juana, para deliberar cómo se podría socorrer y abastecer a los sitiados. Cosa que ella se comprometió a hacer si le daban hombres de armas. El rey tomó consejo con sus capitanes, los cuales, viendo y considerando la gran necesidad en que estaban los dichos sitiados, la gran prosperidad de los ingleses, que siempre antes habían llevado a buen fin todas sus empresas, y la extremidad en la que estaban los asuntos del rey y del reino, fueron de opinión que el rey debía obrar según el consejo de la dicha Doncella; y así fue concluido.
Y para conducirla y acompañarla, le fueron dados los señores de Rais y de Loré. Los cuales la llevaron a Blois, donde estaban mis señores Regnault de Chartres, arzobispo de Reims, canciller de Francia, el bastardo de Orleans, La Hire, Poton y otros capitanes, por los cuales la dicha Juana y su compañía fueron recibidos honorablemente; y estos se ocuparon en proveer con toda diligencia lo que era necesario para abastecer la dicha ciudad de Orleans. A saber: víveres, carros, carretas, caballos y otras cosas requeridas en tal caso.
Y entretanto que se hacía la provisión de las cosas arriba dichas, la dicha Doncella escribió unas cartas al rey de Inglaterra, al duque de Bedford, y a otros señores y capitanes del país, cuyo tenor sigue:
[13] Jesús María †
Rey de Inglaterra, y vos, duque de Bedford, que os decís regente del reino de Francia; vos, Guillermo de la Pole, conde de Suffolk; vos, Juan, señor de Talbot; y vos, Tomás, señor de Scales, que os decís lugarteniente del dicho Bedford: haced justicia al Rey del cielo. Entregad a la Doncella, que es enviada de parte de Dios, el Rey del cielo, las llaves de todas las ciudades que habéis tomado y violado en Francia. Ella ha venido aquí de parte de Dios para reclamar la sangre real. Ella está dispuesta a hacer la paz, si queréis hacer justicia, con tal que queráis salir de Francia, enmendar los daños que habéis causado, y devolver el dinero que habéis recibido durante todo el tiempo que la habéis ocupado.
Y vosotros, arqueros, compañeros de guerra, gentileshombres y otros que estáis delante de la ciudad de Orleans, idos de parte de Dios a vuestro país. Y si así no lo hacéis, esperad las nuevas de la Doncella, que os irá a ver pronto, en gran perjuicio vuestro.
Rey de Inglaterra, si así no lo hacéis, yo soy jefe de la guerra, y os aseguro que, en cualquier lugar que halle a vuestros hombres en Francia, los combatiré y los echaré fuera, lo quieran o no. Y si no quieren obedecer, haré que todos mueran. Yo estoy aquí enviada de parte de Dios, el Rey del cielo, para combatirlos y para echarlos de toda Francia. Y si quieren obedecer, los tendré a merced. Y no tengáis en vuestra opinión que habréis de permanecer más tiempo; [14] pues no tendréis el reino de Francia de parte de Dios, el Rey del cielo, Hijo de la Virgen María. Sino que lo tendrá Carlos, el verdadero heredero, porque Dios, el Rey del cielo, lo quiere. Y le ha sido revelado por la Doncella que muy pronto entrará en París, en buena y bella compañía.
Y si no queréis creer las nuevas de parte de Dios y de parte de la Doncella, os aviso que, en cualquier lugar donde os hallemos, os atacaremos y golpearemos dentro; y haremos allí un tan gran estruendo y estrago, que desde hace mil años en Francia no lo hubo tan grande. Y creed firmemente que el Rey del cielo enviará tanta fuerza a la Doncella, que ni vosotros ni vuestros hombres de armas podréis dañarla, ni a la gente de su compañía. Y en el combate se verá quién tiene el mejor derecho.
Y vos, duque de Bedford, que tenéis el sitio delante de Orleans, la Doncella os ruega que no os hagáis destruir. Y si le hacéis justicia, aún podréis venir a ver que los franceses harán la más bella hazaña que nunca se haya hecho por la cristiandad.
Y os ruego me deis respuesta si queréis hacer paz, en la ciudad de Orleans,
donde esperamos estar muy pronto; y si así no lo hacéis, de vuestros grandes daños, acordaos.
Escrito este martes de la Semana Santa.
p. 14 al 15 del ms.
Hechos los preparativos para ir a abastecer a la dicha ciudad de Orleans, Juana la Doncella, acompañada del bastardo de Orleans, de los señores de Rais y de Loré, de La Hire, del señor de Baudricourt, que había venido recientemente de Vaucouleurs, y de otros capitanes con cierto número de hombres de armas, partió de Blois para llevar los víveres que estaban listos. Y tomó su camino por el lado de la Sologne, e hizo marchar a toda su compañía con gran diligencia. Cuando los ingleses, que estaban en un fuerte baluarte que habían hecho en Saint-Jean-le-Blanc, fueron advertidos de la llegada de los franceses, abandonaron dicho baluarte y se retiraron dentro del convento de los Agustinos, que habían fortificado muy bien. La Doncella, viendo que los enemigos se habían retirado, hizo pasar todos sus víveres delante de ellos, y con toda diligencia los hizo cargar en barcas y atravesar el río. Y hecho esto, pasó ella con toda su compañía y, con sus víveres, entraron en la ciudad, donde fueron bien recibidos.
p. 16 al 17 del ms.
Después de las dichas advertencias hechas por el bastardo, de Rais y de Loré, a mi señor el canciller y a otros del consejo del rey que estaban en aquel lugar, fue ordenado que se reuniría gran cantidad de víveres; lo cual se hizo con toda diligencia. Y se decidió que se llevarían por el lado de la Beauce.
Y en seguida, estando todo preparado, el dicho bastardo y los señores de Rais y de Loré, con tantos hombres de armas como pudieron reunir, partieron de Blois y tomaron el camino del lado de la Beauce, según se había concluido. Y con sus víveres fueron a alojarse a medio camino entre Blois y Orleans; y al día siguiente, muy de mañana, levantaron el campamento y marcharon hasta una pequeña legua cerca de dicho Orleans.
La Doncella, advertida de su llegada, hizo preparar a todos los capitanes y hombres de armas que estaban dentro de la dicha ciudad; y en seguida salió, y puso a sus gentes en tan buen orden que ella y su compañía pasaron por delante de los enemigos, que no salieron de sus fuertes. Y de este modo pasaron sin impedimento y fueron a juntarse con aquellos que llevaban los dichos víveres.
Y cuando estuvieron reunidos, y les pareció que eran bastante fuertes, marcharon hacia la ciudad con sus víveres, y pasaron por delante de los dichos fuertes, y entraron dentro de la ciudad sin oposición.
p. 17 del ms.
Es necesario aquí entender que, del lado de la Beauce, los ingleses habían hecho construir dos fuertes bastillas, una de las cuales habían nombrado Londres, porque era la más grande y la más fuerte; y la otra era menor, a la que llamaban la bastilla San Lupo. Y del lado de la Sologne habían hecho otras dos: una, en el extremo del puente, y la otra, en los Agustinos, con un baluarte que habían hecho en San Juan el Blanco.
p. 17 a 18 del ms.
Y al día siguiente por la mañana, Juana la Doncella tomó sus armas e hizo armar a los señores, capitanes y hombres de armas; y, hecho esto, salió la primera de la ciudad, y fue a asaltar la dicha bastilla de San Lupo. Y cuando los ingleses que estaban dentro de la gran bastilla vieron el duro asalto que se hacía a los suyos, salieron fuera de su fuerte para venir en su ayuda; los cuales fueron tan valerosamente rechazados por los franceses, que se vieron obligados a retirarse a su dicho fuerte. Y hecho esto, los franceses reanudaron el asalto tan fieramente que la dicha bastilla fue bastante pronto tomada por asalto. Y todos los que estaban dentro, muertos o hechos prisioneros. E inmediatamente la dicha Doncella hizo demoler la dicha bastilla, y regresó con su compañía dentro de la ciudad.
p. 18 a 20 del ms.
El día siguiente y en otros días después, los señores y capitanes se reunieron varias veces y tuvieron varios consejos secretos, para ver si debían asaltar la otra bastilla, llamada Londres. En esos consejos la Doncella no fue llamada. Finalmente se deliberó entre ellos que asaltarían la dicha bastilla, pensando que aquellos del lado de Sologne pasarían el río para socorrer a los de la dicha bastilla de Londres; y que dejarían sus bastillas y fuertes desguarnecidos. Y que un pequeño número de hombres podría fácilmente tomar las dichas bastillas de ese lado de Sologne. Después de esta decisión, se resolvió hablar con la dicha Doncella para saber si le parecería bien asaltar la dicha bastilla.
A lo cual ella respondió: «Os parece a vosotros, mis señores los capitanes, que por ser yo mujer no sabría guardar un secreto. Yo os digo que sé todo lo que habéis deliberado. Pero os aseguro que nunca revelaré las cosas que deben ser guardadas».
Oída esta respuesta, se decidió que el bastardo de Orleans, que era más cercano a ella, le diría lo que había sido acordado entre ellos. Lo cual hizo. Habiendo oído la dicha deliberación, la Doncella respondió que alababa la dicha deliberación, si sucedía tal como ellos lo habían pensado. [19] Pero como dudaba que no fuese así, no estaba de esa opinión. Por lo cual los dichos señores y capitanes no osaron emprender ejecutar su deliberación contra su voluntad, considerando que ella había llevado a buen fin todas las empresas que había hecho. Y por eso le mandaron preguntar qué debían hacer. A lo cual respondió que le parecía que se debía asaltar los fuertes que estaban del otro lado del río, en los arrabales de San Lorenzo. Lo cual se decidió hacer.
Ahora bien, junto a los muros de la ciudad había gran número de barcas, en las cuales ella hizo embarcar a todos los hombres de armas que quería llevar; y los hizo pasar al otro lado del río, y ella con ellos. Y con gran diligencia los puso en orden para asaltar uno de los dichos fuertes. Los hizo marchar hacia aquel que estaba al final del puente. Al cual, confiando en Dios, lo hizo asaltar valerosamente. Y asimismo fue muy bien defendido por los enemigos. Y duró el dicho asalto hasta aproximadamente una hora antes de la puesta del sol.
La Doncella, viendo la gran resistencia que hacían los enemigos, dio señal de retirada a los suyos, y los hizo retirarse hacia las barcas, por las cuales habían pasado. Los ingleses, viendo la retirada de los franceses, salieron de su fuerte para atacar a los franceses que querían retirarse, como se ha dicho. Viendo esto, la Doncella puso a los suyos en orden para resistirles; y les dio tan buen ánimo que obligaron a los enemigos a retroceder. [20] Y ellos se replegaron en la bastilla de los Agustinos, la cual ella hizo asaltar tan rudamente que, aunque era muy fuerte y bien guarnecida de artillería y de hombres, sin embargo la tomó por asalto. Y fueron obligados los dichos enemigos a huir hacia la dicha bastilla que estaba al final del puente, en la cual había una fortísima torre de piedra. Y hecho esto, ella dispuso la guardia para la noche; y permaneció ella y su compañía en el dicho lugar de los Agustinos y en los arrabales de alrededor.
p. 20 a 21 del ms.
Al día siguiente por la mañana, ella puso a sus gentes en orden y les dijo que era tiempo de atacar a los enemigos, y les prometió que, sin dificultad, había llegado el momento en que dichos enemigos debían ser vencidos y expulsados del reino de Francia. Promesa que dio gran coraje a los franceses.
Y con tal ánimo atacaron la dicha bastilla, que fue muy bien defendida por los enemigos. No obstante tal defensa, los franceses no cesaron el asalto, sino que resistieron, confiando en las palabras de la dicha Doncella, la cual estaba siempre delante.
Y aunque ella fue herida por un disparo de ballesta en una pierna, o, como algunos dicen, en el hombro, sin embargo no lo dio a mostrar ni se retiró de dicho asalto; antes bien, dio tan buen coraje a sus gentes, que todos se arrojaron tras ella a los fosos de dicho fuerte; y con escaleras subieron sobre los muros y entraron dentro, y fue tomado por asalto.
En el cual fueron muertos de cuatro a quinientos ingleses. Entre los cuales murieron tres capitanes, a saber: los señores de Moulins, Juan de Pommays y Guillermo Glassidas, principales gobernadores del sitio de este lado; y todos los otros fueron apresados.
Los ingleses que estaban del otro lado del río vieron bien el asalto y la toma; pero no los podían socorrer.
Hecha la dicha toma, la Doncella y su compañía regresaron a la ciudad por encima del puente, lo cual ella había dicho el día anterior al partir de la dicha ciudad.
Los habitantes de la ciudad, tras la dicha victoria, comenzaron a cantar el Te Deum Laudamus; y sonaron todas las campanas de las iglesias, e hicieron toda la noche gran alegría y gran ruido.
Y los enemigos, viendo el peligro en el cual estaban, a la mañana siguiente bien temprano levantaron el campamento de la otra bastilla y se fueron con gran diligencia a Meung.
Y así fue liberada la ciudad de dicho sitio, para gran vergüenza, pérdida y confusión de los dichos ingleses; y para gran honor y gran gloria del rey, de sus amigos y súbditos.
p. 21 del ms.
Y levantado el sitio, como se ha dicho, la doncella insistió con fuerza al rey para que reuniera la mayor cantidad posible de hombres de armas, a fin de poder recuperar las ciudades y plazas que los enemigos tenían en torno a Orleans. Por lo cual el rey mandó llamar al duque de Alençon para que viniera a él con todos los hombres de armas que pudiera reunir. El duque lo hizo con toda diligencia y vino con gran número de señores y hombres de armas, los cuales, aunque no recibían paga alguna del rey, acudieron en gran parte para ver a la doncella, de quien se decía que había venido de parte de Dios, y para hacer la guerra con ella contra los enemigos.
p. 21 a 22 del ms.
Reunida la compañía, marcharon directamente a Jargeau y pusieron sitio ante la ciudad; la cual, dentro de ocho días después, por el consejo y la destreza de la doncella, fue tomada por asalto. Y fueron capturados el conde de Suffolk y el señor de la Pole, mientras que su hermano fue muerto junto con gran número de ingleses.
p. 22 a 23 del ms.
Cuatro o cinco días después, los señores y toda la señoría se retiraron de Jargeau y se dirigieron a Meun, donde tomaron por asalto el puente y la torre en su extremo; en dicha torre colocaron guardias, y con gran diligencia pusieron más guardias y marcharon directamente a Baugency. Cuando los ingleses fueron advertidos de la llegada de los franceses, abandonaron la ciudad y se retiraron al castillo, el cual dos días después entregaron mediante un acuerdo.
Poco después de la toma de dicho castillo, se difundió en el ejército francés que el señor Talbot y John Descalles, acompañados de cinco mil ingleses, habían llegado a Yemville en Beaulce, que en ese entonces estaba bajo obediencia de los ingleses. Se informó a nuestros hombres que Talbot y toda su compañía marchaban hacia Meun, pensando que dicha ciudad estaba sitiada por los franceses. Al oír estas noticias, los capitanes enviaron exploradores para conocer la situación; los cuales reportaron que los enemigos avanzaban en buena formación. Por lo cual se decidió poner a nuestro ejército en orden.
Hecho esto, la vanguardia acampó en un pequeño pueblo llamado Patay, en el que había una torre fuerte en la iglesia. Fueron enviados el señor de Beaumanoir, señor Ambroise de Loré, La Hire y Pothon, con un número de hombres de armas para exploración. El duque de Alençon, el condestable, el conde de Vendôme, el bastardo de Orleans y Juana la Doncella marchaban detrás.
Los ingleses, que marchaban en orden, al ver a los franceses y su disposición, desviaron su camino hacia un bosque cercano para encontrar un lugar más conveniente para combatir. Cuando los que los exploraban vieron que querían alcanzar dicho bosque, atacaron con tal fuerza que pusieron en desorden y en fuga a todos los enemigos a caballo. La infantería, al ver la huida de sus caballeros, se retiró al bosque y a un pequeño pueblo contiguo para salvarse. Pero el duque de Alençon y su compañía se apresuraron y atacaron, derrotándolos. Allí murieron tres mil hombres o más del lado inglés, y varios capitanes fueron capturados, entre ellos Talbot.
Tras esta derrota, la ciudad de Yemville y varias otras plazas cercanas se rindieron a la obediencia del rey.
p. 23 a 27 del ms.
Hechas las victorias mencionadas y tomadas las ciudades y plazas por el consejo y la habilidad de Juana la Doncella, como se dijo, ella se dirigió hacia el rey y le dijo:
«Muy querido señor, veis cómo, con la ayuda de Dios y de vuestros buenos servidores, vuestros asuntos han sido bien conducidos hasta ahora; de lo cual debéis darle muchas gracias. Ahora, es necesario que os preparéis para realizar vuestro viaje a Reims, para ser ungido y coronado, así como lo han sido vuestros predecesores, reyes de Francia. Porque ha llegado el tiempo, y que así lo quiera Dios. Esto será de gran ventaja para vos. Pues después de vuestra consagración, vuestro nombre estará en mayor veneración y honor ante el pueblo de Francia, y los enemigos tendrán mayor temor y respeto. No temáis, aunque los enemigos controlen todas las ciudades, castillos y plazas del país de Champaña, por donde debéis pasar, porque, con la ayuda de Dios y de vuestros buenos capitanes y hombres de armas, os abriremos camino de manera que pasaréis seguramente. Reunid vuestros hombres de armas, para que ejecutemos la voluntad de Dios».
Después de estas palabras, aunque esta empresa parecía muy difícil para el rey y toda su compañía, porque, como se dijo, el país de Champaña estaba completamente ocupado y poseído por los ingleses, la confianza que tenían en Juana la Doncella les dio gran esperanza de lograr lo que ella había dicho, tanto por lo que había alcanzado en todas sus empresas, como por la vida santa y honesta que llevaba. Veían que se confesaba con mucha frecuencia y que realizaba algunas obras propias de mujer.
Tras las indicaciones dadas por la Doncella, como se dijo, el rey se dirigió a Gien sobre el Loira y convocó a quienes pudieran ayudarlo en su viaje. Allí se reunió un buen número de hombres para acompañarlo a Reims. Una vez preparadas las cosas, ordenó que algunos capitanes, con sus hombres de armas, marcharan adelante con la Doncella, para ver si los enemigos intentarían alguna acción para interceptarlo. Esto se hizo, y los citados capitanes y su compañía tomaron el camino directamente a Auxerre, seguido por el rey y su compañía.
p. 27 del ms.
A la mañana siguiente, los ingleses partieron de la ciudad con sus pertenencias a salvo; con ellas llevaban también a franceses que tenían prisioneros. La Doncella no quiso tolerar aquello, y se los quitó. Y porque los dichos ingleses se quejaron de que se les hacía agravio y que ello iba contra la composición que había sido pactada, se convino que los prisioneros quedarían en su poder, pero que el rey pagaría cierta suma de dinero por su rescate.
Hecho esto, el rey entró en la ciudad y fue recibido muy alegremente por los habitantes, quienes le hicieron juramento de fidelidad. Allí nombró oficiales, tanto para la justicia como para el orden público, y dejó gente para su custodia.
Luego partió y mandó avanzar su ejército hacia Châlons, donde fue recibido con gran alegría por todos los habitantes, quienes igualmente le hicieron juramento de fidelidad. Instituyó allí los oficiales necesarios para la cosa pública, y después se dirigió derecho a Reims. En esta ciudad, aunque estaba bajo la obediencia de los ingleses, sin embargo, los habitantes lo recibieron con gran alegría, reconociéndolo como su rey y soberano señor.
p. 27 a 28 del ms.
En ese lugar llegaron los duques de Bar y de Lorena y el señor de Commercy, con gran número de hombres de armas, a ofrecerse al servicio del rey; a quienes el dicho señor recibió muy benignamente y agradeció grandemente su buena voluntad.
p. 28 del ms.
Dos días después, fue ungido y coronado por monseñor Regnault de Chartres, arzobispo de Reims, estando presente la Doncella, que sostenía en sus manos el estandarte del rey; la cual estaba muy gozosa de que, por su exhortación, consejo y diligencia, hubiese llevado a cabo la unción y coronación del dicho señor. Ella le amonestaba a dar gracias a Dios por el bien y el honor que había recibido en su coronación, y por las hermosas victorias que Él le había concedido.
Concluida la solemnidad mencionada, y hecho el juramento de fidelidad por los habitantes de dicho lugar, el rey, por consejo de la Doncella, levantó su campamento y tomó el camino de Vailly, donde fue recibido y obedecido de buen grado; y de igual manera en Soissons. De allí se dirigió por la región de Brie, donde recuperó algunas plazas que estaban en manos de sus enemigos. Y siempre tuvo buen éxito en todas las empresas que realizó siguiendo el consejo de la Doncella.
p. 28 a 29 del ms.
De aquellas empresas y hechos suyos me abstendré de escribir más, porque todo está relatado con detalle en las crónicas de las que he hablado; y lo que yo he recordado no ha sido sino para dar a conocer los grandes bienes que ella obró en Francia, los cuales son admirables y dignos de memoria.
Y aunque nunca se podrían manifestar ni publicar suficientemente sus hechos, sin embargo no ha sido ni es mi intención relatarlos extensamente ni pormenorizarlos; sino solamente escribir cómo y de qué modo fue tomada ante Compiègne, y después conducida a Ruan; en cuyo lugar, por gran persecución de los ingleses, sus enemigos mortales, se le hizo su juicio. En él fue falsamente e inicuamente condenada a ser quemada, tal como después se halló en el juicio de su absolución; por el cual fue declarada inocente de todos los cargos de los que había sido acusada, no obstante la decisión pronunciada por los señores de la Universidad de París, quienes, por adulación y para complacer al rey de Inglaterra, la declararon hereje, contra la opinión del difunto maestro Jean Gerson, canciller de Notre-Dame de París, doctor en teología, tan sabio y erudito como lo muestran y juzgan sus obras.
La cual opinión, con las razones que lo movieron a oponerse al dictamen de dicha Universidad, están escritas a continuación, por las cuales podrá verse dónde hay mayor apariencia de verdad y de buen juicio.
p. 29 a 30 del ms.
Y para volver a mi propósito de hablar de la dicha Doncella, cuya fama crecía cada día, porque todos los asuntos del rey iban a buen fin, y no dejaba dicho señor de alcanzar el éxito en todas las empresas que emprendía por consejo de la Doncella; y además ella tenía el honor y el mérito de todo lo que se hacía. De lo cual algunos señores y capitanes, según encuentro escrito, concibieron gran odio y envidia contra ella —lo cual es verosímil y bastante fácil de creer, visto lo que sucedió poco después.
Pues estando ella en Lagny-sur-Marne, fue advertida de que el duque de Borgoña y gran número de ingleses habían puesto sitio ante la ciudad de Compiègne, la cual no hacía mucho tiempo había sido reducida a la obediencia del rey. Partió entonces con cierto número de gentes de armas que tenía consigo, para socorrer a los sitiados en dicho lugar de Compiègne. Su llegada dio gran ánimo a los de la ciudad.
p. 30 a 31 del ms.
Uno o dos días después de su llegada, algunos de los que estaban dentro hicieron una empresa de salir contra los enemigos. Y aunque ella no era de la opinión de hacer dicha salida, como he visto en alguna crónica, sin embargo, a fin de que no se la notase de cobardía, quiso acompañarlos; lo cual le resultó en daño.
Porque, mientras combatía valerosamente contra los enemigos, alguno de los franceses dio la señal de retirada; por lo cual cada uno se apresuró a replegarse. Y ella, que quería sostener el empuje de los enemigos mientras los nuestros se retiraban, cuando llegó a la barricada halló tal apretura que no pudo entrar por ella. Y allí fue capturada por los hombres de monseñor Juan de Luxemburgo, que estaba en dicho sitio con monseñor el duque de Borgoña.
Algunos quieren decir que algún francés fue causa del impedimento por el cual ella no pudo retirarse, lo cual es fácil de creer, pues no se encuentra que hubiera ningún francés —al menos hombre de nombre— capturado ni herido en dicha barricada. No quiero decir que ello sea verdad. Pero, sea como fuere, fue un gran daño para el rey y el reino, como se puede juzgar por las grandes victorias y conquistas que se alcanzaron en tan poco tiempo como ella estuvo con el rey.
p. 31 a 32 del ms.
La dicha Doncella, apresada por los hombres del dicho de Luxemburgo, en la manera que ya se ha dicho, aquel de Luxemburgo la hizo llevar al castillo de Beaurevoir. En aquel lugar la mandó vigilar muy cuidadosamente de día y de noche, porque temía que escapase por arte mágico o por algún otro medio sutil.
Después de dicha captura, el rey de Inglaterra y su consejo, temiendo que la dicha Doncella escapase pagando rescate o de otra manera, hicieron toda diligencia por recobrarla. Y a este fin se contactaron varias veces con el dicho duque de Borgoña y al dicho de Luxemburgo. Pero este de Luxemburgo no quería atender a ello y no quería entregarla de ningún modo. De lo cual el dicho rey de Inglaterra estaba muy descontento. Por lo cual reunió varias veces a su consejo para deliberar qué podría hacer para recobrarla. Y finalmente fue aconsejado llamar al obispo de Beauvais, al cual hizo exponer que la dicha Doncella usaba de arte mágico y diabólico, y que era herética; que había sido apresada en su diócesis y que allí estaba prisionera; que correspondía a él tener conocimiento de ello y administrar justicia; y que debía requerir y amonestar al dicho duque de Borgoña y al dicho de Luxemburgo [32] para que le entregasen a la dicha Doncella, a fin de hacerle su juicio, tal como está ordenado por disposición de derecho que los prelados hagan juicio contra los herejes; ofreciéndole además pagar tal suma razonable como se hallase que debía pagarse por su rescate.
Lo cual, después de varias exposiciones, el dicho obispo accedió a hacer por consejo, si encontraba que debía y podía hacerlo; y para aconsejarse recurrió a los señores de la Universidad de París, quienes fueron de opinión que podía y debía hacerlo. Y para complacer al rey de Inglaterra, acordaron con el dicho obispo que escribirían, de parte de la Universidad, al señor Juan de Luxemburgo, que tenía prisionera a la Doncella, que debía entregarla para hacerle su juicio; y que, si hacía lo contrario, no se mostraría buen católico; y varias otras exposiciones contenidas en dichas cartas, como se verá por el duplicado de ellas que está escrito más abajo. Cuando el dicho obispo oyó el consejo y la oferta de la dicha Universidad, accedió a hacer la dicha requisitoria, la cual fue puesta por escrito.
De la cual el tenor sigue.
p. 32 a 49 del manuscrito
Copia de la cédula de la citación hecha por el obispo de Beauvais al duque de Borgoña y al señor Juan de Luxemburgo para entregar a la Doncella.
Esto es lo que requiere el obispo de Beauvais a monseñor el duque de Borgoña, a monseñor Juan de Luxemburgo y al bastardo de Vendôme, de parte del rey nuestro señor, y de parte suya, como obispo de Beauvais:
Que aquella mujer llamada Juana la Doncella, prisionera, sea enviada al rey para entregarla a la Iglesia, a fin de instruirle juicio; porque está sospechosa y difamada de haber cometido varios crímenes, como hechicerías, idolatrías, invocaciones de demonios y muchos otros hechos que atañen a nuestra fe y contra la misma. Y aunque no debería considerarse como tomada en guerra, según parece, considerando lo que ha sido dicho, no obstante, para remuneración de aquellos que la han apresado y detenido, el rey quiere liberalmente darles hasta la suma de seis mil libras; y para el dicho bastardo que la tomó, darle y asignarle renta para sostener su estado, hasta dos o trescientas libras.
Asimismo, el dicho obispo requiere de parte suya a los mencionados y a cada uno de ellos, puesto que aquella mujer ha sido apresada en su diócesis y bajo su jurisdicción espiritual, que le sea entregada para hacerle su juicio, como corresponde. A lo cual está enteramente dispuesto a proceder con la asistencia del inquisidor de la fe, si fuese necesario, con la asistencia de doctores en teología, en decretos y otras personas notables, expertas en materia judicial, así como la causa lo requiere; a fin de que todo se haga debida y maduramente para exaltación de la fe y para instrucción de aquellos que han sido en esta materia engañados y abusados por ocasión de esa mujer.
Asimismo, y finalmente, si de la manera antes dicha, los mencionados o alguno de ellos no quisieran contentarse ni obedecer lo que está dicho, aunque la prisión de esa mujer no sea semejante a la prisión de un rey, príncipe u otras personas de alto estado —los cuales, sin embargo, si fuesen apresados, ya fuese el rey, el delfín u otro príncipe, el rey podría reclamarlos, si quisiera, dando al captor diez mil francos, según el derecho, uso y costumbre de Francia—, el dicho obispo conmina y requiere a los mencionados, en el nombre ya dicho, que la Doncella le sea entregada, dando garantía de la suma de diez mil francos, por todas las cosas que pudieran alegarse. Y el dicho obispo, de parte suya, según las formas y penas de derecho, la requiere para que le sea entregada y remitida, como queda expuesto.
Copia de la carta de la Universidad de París al señor Juan de Luxemburgo, para la entrega de la Doncella.
Muy noble, honrado y poderoso señor, nos recomendamos muy afectuosamente a vuestra alta nobleza.
Vuestra noble prudencia sabe bien y reconoce que todos los buenos caballeros católicos deben emplear primero su fuerza y poder al servicio de Dios; en especial, el primer juramento del orden de caballería, que es guardar y defender el honor de Dios, la fe católica y su santa Iglesia. De este juramento os acordasteis bien, cuando con vuestro noble poder y vuestra presencia personal empleada prendisteis a esa mujer que se llama la Doncella, por medio de la cual el honor de Dios ha sido ofendido sin medida, la fe gravemente herida y la Iglesia demasiado deshonrada.
Pues, por su causa, idolatrías, errores, malas doctrinas y otros males e inconvenientes irreparables se han seguido en este reino. Y en verdad todos los leales cristianos os deben agradecer grandemente haber hecho tan gran servicio a nuestra santa fe y a todo este reino. En cuanto a nosotros, damos gracias a Dios de todo corazón y a vuestra noble proeza, tanto como nos es posible.
Pero poco valdría haber hecho tal captura si no se siguiera lo que corresponde, para reparar la ofensa perpetrada por esa mujer contra nuestro dulcísimo Creador, en su fe y su santa Iglesia, junto con sus otras innumerables fechorías, según se dice. Y sería un inconveniente mayor que nunca, una ofensa intolerable contra la majestad divina, si esta mujer permaneciera en este estado, o si llegara a ser liberada o perdida, como han dicho algunos adversarios que se esfuerzan por hacerlo, aplicando todos sus medios por todas las vías posibles, sea por dinero o rescate. Pero esperamos que Dios no permitirá que tal mal recaiga sobre su pueblo, y que así vuestra buena y noble prudencia no lo sufrirá, sino que sabrá proveer convenientemente.
Pues, si así se hiciera la liberación de ella sin una reparación adecuada, sería un deshonor irreparable para vuestra gran nobleza y para todos aquellos que en ello se hubieran mezclado. Mas, para que tal escándalo cese cuanto antes, como es necesario, porque en esta materia la demora es muy peligrosa y gravemente perjudicial para este reino, os suplicamos muy humildemente y de todo corazón a vuestra poderosa y honrada nobleza que, en favor del honor divino, para la conservación de la fe y por el bien y la exaltación de todo este reino, entreguéis a esa mujer para ponerla en justicia y la enviéis de este lado al inquisidor de la fe, que la ha pedido y la pide muy insistentemente, para hacer la discusión de sus grandes cargos, de manera que Dios pueda quedar satisfecho y el pueblo debidamente edificado en buena y santa doctrina.
O bien que os plazca entregar y rendir a esa mujer al reverendo padre en Dios y nuestro muy honrado señor, el obispo de Beauvais, que igualmente la ha reclamado, bajo cuya jurisdicción fue apresada; y, como se dice, los prelados y el inquisidor son jueces de ella en materia de fe. Y todo cristiano, sea cual fuere su estado, está obligado a obedecerles en este caso, bajo las penas de derecho, que son graves.
Y haciendo esto, adquiriréis la gracia y el amor de la alta divinidad; seréis medio de la exaltación de la santa fe; y también acrecentaréis la gloria de vuestro alto y noble nombre, y asimismo la del muy alto y muy poderoso príncipe, nuestro muy temido y el vuestro, monseñor el duque de Borgoña. Y todos estarán obligados a orar a Dios por la prosperidad de vuestra muy noble persona; a la cual Dios nuestro Salvador quiera conducir por su santa gracia en todos sus asuntos y finalmente recompensar con gozo sin fin.
Escrito en París, el día 14 de julio de 1430.
Contenido de las cartas enviadas por la Doncella al rey de Inglaterra, al duque de Bedford y a otros señores.
Rey de Inglaterra y tú, duque de Bedford, que os llamáis regente del reino de Francia; tú, Guillermo de la Poule, conde de Suffolk; Juan, señor de Talbot; y tú, Thomas, señor Descalles, que os llamáis teniente de dicho duque de Bedford:
Razonad ante el Rey del cielo. Entregad a la Doncella, enviada por Dios, el Rey del Cielo, las llaves de todas las buenas ciudades que habéis tomado y violado en Francia. Ella ha venido aquí por orden de Dios, el Rey del Cielo, para reclamar la sangre real. Está totalmente dispuesta a hacer la paz si le hacéis justicia, de la manera en que Francia os ha confiado, y pagáis lo que habéis retenido.
Y además vosotros, arqueros, compañeros de guerra, gentiles y otros que estáis frente a la ciudad de Orleans, id, por Dios, a vuestro país. Y si no lo hacéis, aguardad las noticias de la Doncella, que vendrá pronto a veros, causándoos grandes daños.
Rey de Inglaterra, si no lo hacéis, yo soy jefe de guerra, y dondequiera que alcance a vuestros hombres en Francia, los haré retroceder, quieran o no. Y si no quieren obedecer, los haré matar a todos. He sido enviada por Dios, el Rey del Cielo, cuerpo a cuerpo, para expulsaros de toda Francia. Y si quieren obedecer, los tomaré a misericordia. No os engañéis, porque no mantendréis el reino de Francia que pertenece a Dios, el Rey del Cielo, hijo de santa María. Lo mantendrá el rey Carlos, verdadero heredero. Porque Dios, el Rey del Cielo, lo quiere, y le ha sido revelado por la Doncella. Él entrará en París con buena compañía y en buena forma.
Si no queréis creer las noticias enviadas por Dios y la Doncella, dondequiera que os encontremos, os atacaremos y haremos un gran estruendo, que ni mil años atrás se había visto en Francia, si no hacéis justicia. Y creed firmemente que el Rey del Cielo enviará más fuerza a la Doncella de la que podríais reunir con todos vuestros ataques contra ella y sus buenos hombres de armas. Y en los juicios se verá quién tendrá el mejor derecho ante Dios, el Rey del Cielo.
Tú, duque de Bedford, la Doncella te ruega y suplica que no te dejes destruir.
Si le hacéis justicia, todavía podréis uniros a su compañía y ver que los franceses realizarán la obra más gloriosa que jamás se haya hecho por la cristiandad.
Y haced respuesta si queréis hacer la paz en la ciudad de Orleans. Y si no lo hacéis, recordad pronto los grandes daños que sufriréis.
Escrito este martes de la Semana Santa [1429].
Tenor de las cartas del rey de Inglaterra
TENOR DE LAS CARTAS DEL REY [en blanco] sobre la entrega de Juana, llamada la Doncella, al obispo de Beauvais.
ENRIQUE, POR LA GRACIA DE DIOS, REY DE FRANCIA Y DE INGLATERRA,
a todos aquellos que vean estas presentes cartas, salud.
Es bastante notorio y común que, desde algún tiempo atrás, una mujer que se hace llamar Juana la Doncella, dejando el hábito y vestimenta femeninos —lo cual, contra la ley divina, es algo abominable a Dios, repugnante y prohibido por toda ley—, vestida y armada como hombre, ha cometido y ejercido actos crueles de homicidios; y, según se dice, ha dado a entender al pueblo sencillo, para seducirlo y engañarlo, que ella fue enviada por Dios y tiene conocimiento de sus secretos divinos, además de muchas otras doctrinas muy peligrosas, y muy perjudiciales y escandalosas para nuestra fe católica; siguiendo por ella dichos abusos y ejerciendo hostilidad contra nosotros y nuestro pueblo, fue tomada armada frente a Compiègne por algunos de nuestros leales súbditos, y desde entonces llevada prisionera ante nosotros.
Y porque, por supersticiones, falsas doctrinas y otros crímenes contra la majestad divina, como se dice, ha sido considerada sospechosa, señalada y difamada por muchos, hemos sido requeridos muy instamente por el reverendo padre en Dios, nuestro amado y fiel consejero, el obispo de Beauvais, juez eclesiástico y ordinario de dicha Juana, ya que ella fue tomada y aprehendida dentro de los términos y límites de su diócesis; y de igual manera exhortados por nuestra muy querida y amada hija, la Universidad de París, para que dicha Juana sea entregada, dada y remitida a dicho reverendo padre en Dios, para interrogarla y examinarla sobre los mencionados casos, y proceder en su contra conforme a las ordenanzas y disposiciones de los derechos divinos y canónicos, llamando a quienes deban ser llamados para ello.
Por esto, nosotros, que por reverencia y honor del nombre de Dios, defensa y exaltación de la santa Iglesia y la fe católica, queremos obedecer devotamente, como verdaderos y humildes hijos de la Santa Iglesia, las peticiones e instancias de dicho reverendo padre en Dios y las exhortaciones de los doctores y maestros de nuestra dicha hija, la Universidad de París, ordenamos y consentimos que, todas y cuantas veces lo considere conveniente dicho reverendo padre en Dios, dicha Juana le sea entregada y dada realmente y de hecho por nuestros hombres y oficiales que la tienen bajo custodia, para interrogarla y examinarla, y hacer su juicio, según Dios, razón y los derechos divinos y santos cánones, por dicho reverendo padre en Dios.
Mandamos a nuestros dichos hombres y oficiales que tienen a Juana bajo custodia, que la entreguen realmente y de hecho a dicho reverendo padre en Dios, sin negación o contradicción alguna, todas y cuantas veces sea requerida por él. Mandamos además a todos nuestros jueces, oficiales y súbditos, tanto franceses como ingleses, que a dicho reverendo padre en Dios y a todos los demás que estén y serán ordenados para asistir, vigilar y atender dicho juicio, no les den obstáculo ni perturbación alguna; sino que, si son requeridos por dicho reverendo padre en Dios, les brinden custodia, ayuda y defensa, protección y socorro, bajo pena de severa sanción.
Sin embargo, es nuestra intención recuperar y retener ante nosotros a dicha Juana, si así fuese que no haya sido condenada o afectada por los casos mencionados o por alguno de ellos, o por otros relativos y concernientes a nuestra dicha fe.
En testimonio de ello, hemos hecho poner nuestro sello, ordenado, en ausencia del gran oficial, a estas presentes.
Dado en Rouen, el tercer día de enero, del año de gracia mil cuatrocientos treinta, y de nuestro reinado el noveno.
Así firmado: Por el rey, a relación de su gran consejo.
J. de Rinel.
Tenor de la sumisión de nuestro obispo de Beauvais al señor duque de Borgoña para la entrega de la dicha Doncella
[INSTRUMENTO DE SUMISIÓN hecho para la entrega de la Doncella]
En el Año del Señor 1430, el día 14 del mes de julio, octava indicción, en el año 13 del pontificado de nuestro señor Martín V, papa, en la fortaleza del ilustrísimo príncipe, señor duque de Borgoña, en su presencia, conforme a lo establecido por Compendio [estatutos], presentes los hombres nobles, señores Nicolás de Malliaco, bailío de Vermandía, y Juan de Pressy, caballeros, junto con muchos otros nobles, en abundante multitud de testigos, etc., fue presentada por el reverendísimo padre en Cristo, señor Pedro, por la gracia de Dios obispo y conde de Beauvais, al dicho ilustrísimo príncipe, señor duque de Borgoña, una cedula de papel, conteniendo palabra por palabra los cinco artículos anteriormente escritos; la cual cedula, el mismo señor duque entregó realmente al noble caballero Nicolás Raulini, caballero, su canciller, presente allí; y ordenó que la misma cedula fuera entregada por dicho canciller al noble y poderoso señor Juan de Luxemburgo, caballero, señor de Beaurevoir; según la cual cedula fue realmente despachada y entregada por el señor canciller, por mandato del mencionado, al mismo señor Juan de Luxemburgo, que allí se presentó; quien la leyó, según me pareció.
[43] Así firmado: Así se hizo, presente Triquelot, notario público por autoridad apostólica e imperial.
A continuación, el tenor de las cartas que nuestro señor el Rey escribió a los prelados de la Iglesia, duques, condes, nobles y ciudades de su reino de Francia.
Esta es la esencia de las cartas que el rey escribió a los prelados, hombres de Iglesia, duques, condes, nobles y ciudadanos del reino.
REVERENDÍSIMO PADRE EN DIOS
Es suficientemente conocido y comúnmente divulgado, como aquella mujer que se hacía llamar Juana la Doncella, falsa adivina, durante más de dos años, y de manera contraria a la ley divina y al estado de su sexo femenino, vestida con hábito de hombre, cosa abominable a Dios, y transportada en tal estado ante nuestro enemigo principal; a quien y a los de su partido, hombres de Iglesia, nobles y pueblo, a menudo daba a entender que ella había sido enviada por Dios; presumiendo y jactándose de que tenía frecuentes comunicaciones personales y visibles con san Miguel y una gran multitud de ángeles, y con santas del paraíso, como santa Margarita y santa Catalina; por medio de los cuales falsos indicios y promesas de victorias futuras, desvió muchos corazones de hombres y mujeres del camino de la verdad, convirtiéndolos en creyentes de fábulas y mentiras; se vistió además con armas propias de caballeros y escuderos; levantó estandartes; y con excesivo orgullo y presunción, exigió tener y portar las muy nobles y excelentes armas de Francia, lo cual en parte logró, y las portó en varios conflictos y asaltos, con sus hermanos, según se dice; es decir, un escudo de campo azul con dos flores de lis doradas y una espada con la punta hacia arriba, puesta en una corona.
En tal estado, se lanzó al campo; condujo hombres de armas y arqueros en ejercicios y grandes compañías, para cometer crueldades inhumanas; derramando sangre humana; causando sediciones y conmociones en el pueblo, induciéndolo a juramentos y rebeldías perniciosas, supersticiones y falsas creencias, perturbando toda vía de paz y renovando guerra mortal; permitiéndose ser adorada y reverenciada por muchos como mujer santificada; y obrando de manera condenable en diversos otros casos, largos de enumerar, que en varios lugares han sido suficientemente conocidos, causando gran escándalo a toda la cristiandad.
Pero el poder divino, teniendo piedad de su pueblo leal, que no la dejó por mucho tiempo en peligro, no permitió que permaneciera en vanas, peligrosas y nuevas credulidades durante tanto tiempo, y quiso permitir, por su gran misericordia y clemencia, que dicha mujer fuera capturada ante Compiègne y puesta bajo nuestra obediencia y dominio. Y porque desde entonces fuimos requeridos por el obispo del cual fue tomada, para que la entregáramos, dado que estaba notoria y difamada por crímenes contra la majestad divina, nosotros, tanto por reverencia a nuestra santa Iglesia, de la cual quisimos anteponer las santas ordenanzas a nuestros propios actos y voluntades, como también por honor y exaltación de nuestra santa fe, la hicimos entregar a dicho obispo para que se le hiciera su juicio, sin que los hombres y oficiales de nuestra justicia secular tomaran venganza o castigaran de manera alguna, como hubiera sido lícito razonablemente, considerando los grandes daños e inconvenientes, los horribles homicidios y detestables crímenes, crueldades y otros innumerables males que había cometido contra nuestra señoría y el pueblo leal.
El obispo, junto con el vicario del inquisidor de errores y herejías, y llamando con ellos a gran y notable número de maestros y doctores en teología y derecho canónico, comenzó con gran solemnidad y debida gravedad el juicio contra la dicha Juana. Y después de lo que él y el inquisidor, jueces en esta materia, oyeron durante varios días interrogando a la Doncella, hicieron examinar cuidadosamente sus confesiones y declaraciones por dichos maestros y doctores, y generalmente por todas las facultades de estudio de nuestra querida y muy amada hija, la Universidad de París, ante la cual dichas confesiones y declaraciones fueron enviadas.
Por la opinión y deliberación de los cuales, los dichos jueces encontraron a la Doncella supersticiosa, adivina, idolatra, invocadora de demonios, blasfemadora contra Dios y sus santos, cismática y errante muchas veces en la fe de Jesucristo. Y para traerla y reducirla a la unión y comunión de nuestra madre, la santa Iglesia, purgarla de tan horribles, detestables y perniciosos crímenes y pecados, y salvar su alma de pena y condenación perpetua, fue muchas veces y por largo tiempo caritativa y dulcemente amonestada a que, rechazando todos los errores, quisiera humildemente volver al camino correcto y a la verdad; de lo contrario se exponía a grave peligro de alma y cuerpo.
Pero el espíritu muy peligroso y dividido de orgullo y presunción insolente, que siempre se esfuerza por impedir y perturbar la unión y seguridad de los cristianos leales, ocupó y retuvo tanto tiempo el corazón de la Doncella, que, ante cualquier sana doctrina o consejo, o cualquier dulce exhortación que se le administrara, su corazón endurecido y obstinado no quiso humillarse ni ablandarse; sino que a menudo se jactaba de que todas las cosas que había hecho estaban bien hechas, por mandato de Dios y de las dichas santas vírgenes que se le habían aparecido visiblemente; y, lo que es más grave, no reconocía ni quería reconocer en la tierra más que a Dios solamente y a los santos del paraíso, rechazando y repeliendo el juicio de nuestro santo padre el Papa, del concilio general y de toda la Iglesia militante universal.
Viendo los jueces eclesiásticos su corazón endurecido y obstinado durante tanto tiempo, la hicieron conducir ante el clero y el pueblo reunido en gran multitud; en cuya presencia fueron solemnemente y públicamente, por un notable maestro en teología, predicados, expuestos y declarados sus casos, crímenes y errores, para la exaltación de nuestra fe, la extirpación de errores, edificación y enmienda del pueblo cristiano, y nuevamente fue caritativamente amonestada a volver a la unión de la santa Iglesia y corregir sus faltas y errores; en lo cual aún permaneció pertinaz y obstinada.
Y considerando esto, los jueces procedieron a pronunciar sentencia contra ella, en tal caso de derecho introducido y ordenado. Pero antes de que dicha sentencia fuera pronunciada, fingió mudar su corazón, diciendo que quería volver a la santa Iglesia; lo cual los jueces y el clero escucharon voluntaria y alegremente, recibiéndolo benignamente, esperando que de este modo su alma y cuerpo fueran rescatados de perdición y tormento.
Entonces se sometió a la orden de la santa Iglesia, y sus errores y detestables crímenes los renunció de su boca y los abjuró públicamente, firmando de su propia mano la cédula de dicha renuncia y abjuración. Y así, nuestra piadosa madre, la santa Iglesia, compadeciéndose de la pecadora que hacía penitencia, queriendo recuperar la oveja que se había extraviado y perdido, la acogió con los demás para hacer penitencia salvífica, condenándola en cédula.
Pero poco tiempo después, el fuego de su orgullo, que parecía apagado, resurgió en llamas pestilentes por los impulsos del enemigo. Y pronto la dicha mujer desgraciada cayó de nuevo en los errores y falsas locuras que anteriormente había cometido y después retractado y abjurado, como se dijo.
Por estas causas, y porque los juicios e instituciones de la santa Iglesia lo ordenan, para que de ahora en adelante no despreciara a los demás miembros de Jesucristo, fue nuevamente predicada públicamente, y como reincidió en los crímenes y faltas acostumbradas, fue entregada a la justicia secular, que inmediatamente la condenó a ser quemada. Y al ver acercarse su fin, reconoció plenamente y confesó que los espíritus que decía se le habían aparecido muchas veces, eran malos y engañosos, y que la promesa que esos espíritus le habían hecho de liberarla era falsa; y así se confesó burlada y engañada por dichos espíritus.
Aquí termina la obra y el desenlace de dicha mujer, que presentemente le comunicamos, reverendísimo padre en Dios, para informarle verdaderamente de este asunto; a fin de que en los lugares de su diócesis que le parezca conveniente, mediante predicaciones y sermones públicos y de otro modo, haga notificar estas cosas para el bien y exaltación de nuestra fe y la edificación del pueblo cristiano, que a causa de las obras de dicha mujer fue largo tiempo engañado y abusado; y que provea, como corresponde a su dignidad, para que ninguno del pueblo bajo su cuidado presuma creer ligeramente en tales errores y supersticiones peligrosas, especialmente en este presente tiempo en que vemos surgir varios falsos profetas y sembradores de errores condenables, los cuales, elevándose contra nuestra madre la santa Iglesia con audacia insensata y presunción insolente, podrían por ventura contaminar con veneno peligroso de falsa creencia al pueblo cristiano, si Jesucristo, por su misericordia, no lo remedia, y ustedes, sus ministros, como corresponde, no se esfuerzan diligentemente en repeler y castigar las voluntades y audacias de estos hombres reprobados.
Dado en nuestra ciudad de Rouen, el día 28 de junio de 1431.
p. 49 a 51 del manuscrito
Siguiendo la súbita convocatoria y cartas ya escritas y despachadas, el obispo de Beauvais, llamado señor Pierre Cauchon, acompañado de un hombre que representaba a la Universidad de París y de un notario apostólico, partió de París y se dirigió a Compiègne, donde el duque de Borgoña y el mencionado de Luxemburgo se encontraban sitiando la ciudad.
Al duque, el obispo le presentó la cédula de la sumisión. El duque, después de recibirla, la entregó a monseñor Nicolle Raoulin, su canciller, que estaba presente, y le indicó que debía entregarla a mi señor Juan de Luxemburgo y al señor de Beaurevoir; lo cual hizo inmediatamente, ya que ambos llegaron en ese momento. La cédula fue recibida y leída por Juan de Luxemburgo. Posteriormente, se le presentaron también las cartas de la Universidad, que él igualmente leyó.
Así está contenido en el instrumento notarial de un notario apostólico llamado Triquelot. En él solo se hace mención de la cédula de la sumisión. Dicho instrumento ha sido traducido del latín al francés, como sigue:
Tenor del instrumento del notario presente en la sumisión hecha para entregar a la Doncella
En el año de gracia mil cuatrocientos treinta, el dieciséis de julio, en la octava indicción, del papa Martín V, en el decimotercer año de su pontificado, en la bastilla del muy ilustre príncipe monseñor el duque de Borgoña, establecida en el sitio frente a Compiègne, en presencia de nobles hombres, mis señores Nicolle de Mailly, bailío de Vermandois, y Jehan de Pressy, caballeros, junto con varios otros nobles en gran multitud, etc., fue presentada por el reverendísimo padre en Dios, monseñor Pierre, obispo y conde de Beauvais, al mencionado muy ilustre príncipe monseñor el duque de Borgoña, una cédula en papel, que contenía palabra por palabra cinco artículos escritos, o su duplicado aquí transcrito;
La cédula fue entregada realmente por el duque a noble hombre Nicolle Raoullin, su canciller, que estaba presente, y le mandó que la entregara a noble y poderoso señor monseñor Juan de Luxemburgo, caballero, y al señor de Beaurevoir; dicha cédula fue realmente entregada a Luxemburgo, quien la recibió según me pareció.
Las acciones arriba descritas fueron realizadas en mi presencia.
Así firmado: TRIQUELOT, notario y tabellión apostólico e imperial.
p. 51 del manuscrito
Tras la entrega de la cédula y de las cartas de la Universidad, como se indicó, el obispo habló a los mencionados duque de Borgoña y de Luxemburgo. Después de varias palabras, se acordó que, entregándole cierta suma de dinero, la Doncella le sería entregada. Esto se hizo tres o cuatro días después. La Doncella, recibida por el obispo, fue puesta en manos de los ingleses, quienes la llevaron a Ruan y la encerraron en el castillo de dicha ciudad, en una prisión fuerte, bien cerrada y bien custodiada.
p. 51 a 52 del manuscrito
Poco tiempo después, el obispo de Beauvais, instado por el rey de Inglaterra y su consejo, quienes deseaban la muerte de la Doncella, se trasladó a Ruan. Allí hizo llamar a los más importantes personajes, clérigos, letrados, abogados y notarios, cuyos nombres están anotados en el documento. Cuando se reunieron, les explicó que el rey de Francia y de Inglaterra, su soberano señor, había sido aconsejado por los señores y miembros de su consejo y por la Universidad de París para hacer el juicio contra una mujer llamada Jehanne, vulgarmente llamada La Doncella, acusada de herejía, arte diabólico y varios otros crímenes y maleficios.
Dijo que, dado que la mujer había sido capturada y apresada en su diócesis, era su responsabilidad realizar su juicio, y que quería proceder con la ayuda de su consejo, pidiéndoles que asistieran para hacer lo que correspondiera según la razón. Todos respondieron que estaban dispuestos a obedecer al rey y que asistirían voluntariamente al juicio.
Al día siguiente, dado que la sede arzobispal estaba vacante y la jurisdicción estaba en manos del capítulo de la Iglesia de Ruan, el obispo se presentó ante el capítulo y expuso al deán y a los canónigos las mismas palabras que había dicho el día anterior. Como estaba fuera de su diócesis, solicitó permiso para actuar en el territorio del arzobispo de Ruan, lo cual le fue concedido, y pidió que se le entregara una carta de autorización, que le fue otorgada.
p. 52 a 53 del manuscrito
Preparativos para iniciar el juicio: Aunque se le había recordado al obispo que, al tratarse de un juicio en materia de fe y realizado por gente de Iglesia, lo apropiado era poner a Jehanne la Doncella en las prisiones del arzobispo de Ruan, el buen señor, deseando agradar al rey de Inglaterra y obtener la gracia de los ingleses, no lo hizo; sino que la dejó en las prisiones de sus enemigos mortales, los ingleses.
Con esto comenzó a mostrar su intención de impartir “justicia” en el juicio, en el cual él y sus colaboradores mostraron tanta disposición a hacer morir a la Doncella como Caifás, Anás, los escribas y fariseos mostraron hacia nuestro Señor, como se puede comprobar claramente en la transcripción del juicio, que contiene muchas falsedades, encontradas en dos libros que contienen el juicio de su condena, en los cuales hay diversas inconsistencias, especialmente en los interrogatorios y en sus respuestas.
Asimismo, queda bien probado por el juicio de su absolución que el juicio de condenación fue falsificado en varios lugares.
