Bulas de Pío XII

 


Bulas

PIO XII

BULA DE CONVOCATORIA DEL
JUBILEO UNIVERSAL
DEL AÑO SANTO 1950

IUBILAEUM MAXIMUM

26 de mayo de 1949

El Obispo Pío,
Siervo de los siervos de Dios.

A todos los fieles que lean esta Carta, salud y Bendición Apostólica.

El gran Jubileo, que se celebrará el próximo año en esta Alma Ciudad, tiene como principal propósito llamar a todos los cristianos no solo a la expiación de sus culpas y a la enmienda de su vida, sino también a aspirar a la virtud y a la santidad, según lo dicho: «Santificaos y sed santos, porque yo soy el Señor vuestro Dios» (Lev 19,2). De lo cual se comprende fácilmente cuán grande y útil es esta antiquísima institución. Pues si los hombres, acogiéndose a la invitación de la Iglesia y apartándose de las pasajeras cosas terrenas, se vuelven hacia las imperecederas y eternas, se producirá la tan deseada renovación de los corazones, de la cual es lícito esperar que las costumbres privadas y públicas se inspiren en las enseñanzas y en el espíritu del Evangelio.

Porque cuando la rectitud guía la convicción de cada uno y la dirige en el plano práctico, resulta que una nueva fuerza y un nuevo impulso penetran en la sociedad humana y preparan un orden de cosas mejor y más feliz. Y nunca como hoy ha sido tan necesario reformarlo todo según la verdad y la virtud del Evangelio.

Los esfuerzos humanos, aun cuando sean dignos de elogio y no estén inspirados por motivos falaces, son insuficientes para tan grande empresa; únicamente la augusta religión, que obtiene su apoyo de la ayuda sobrenatural y de la gracia divina, puede afrontar un problema tan grande y, con la eficaz colaboración de todos, llevarlo a feliz término.

Deseamos, pues, vivamente que los Obispos de todo el mundo, asistidos en esto por su propio clero, enseñen con toda diligencia al rebaño confiado a sus cuidados lo referente al próximo Jubileo. Exhorten a los fieles a participar en él del mejor modo posible, ya sea viniendo a Roma o permaneciendo en su propio país; a elevar a Dios cada vez más ardientes oraciones, a multiplicar las obras de penitencia y de caridad, y a poner en práctica todo aquello que en otra ocasión hemos propuesto como propio para el Año Santo.

Previendo, por lo tanto, los fecundos y saludables frutos que imploramos con súplices votos del Divino Redentor, fieles a las tradiciones de los Romanos Pontífices que Nos han precedido, después de haber tomado consejo de Nuestros Venerables Hermanos los Eminentísimos Cardenales de la Sagrada Congregación de Ritos, con la autoridad de Dios omnipotente y de los Bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo, para la salud de las almas y la utilidad de la Iglesia, con la presente Carta convocamos y promulgamos, y queremos que se considere como convocado y promulgado, un universal y gran Jubileo que se celebrará en esta Alma Ciudad desde la Navidad de 1949 hasta la Navidad de 1950, según lo establecido por el canon 923.

Durante este año de expiación, a todos los fieles que, debidamente confesados y comulgados, visiten una sola vez en el mismo día o en días distintos, en el orden que prefieran, las Basílicas de San Juan de Letrán, de San Pedro en el Vaticano, de San Pablo Extramuros en la Vía Ostiense, y de Santa María la Mayor en el Esquilino, y recen tres veces el «Padre Nuestro», el «Ave María» y el «Gloria Patri» y un Padre, Ave y Gloria según Nuestras intenciones, y añadan en cada Basílica un «Credo», les concedemos y otorgamos en el Señor la indulgencia plenaria y el perdón de toda pena debida por los pecados.

En favor de aquellos que, en Roma o durante el viaje, no hayan podido cumplir o ni siquiera comenzar el número de visitas, por impedimento de enfermedad o de otra justa causa, o por haber sido sorprendidos por la muerte, reducimos las mencionadas disposiciones de tal modo que, si han estado confesados y comulgados, puedan también ellos ganar la indulgencia jubilar como si efectivamente hubiesen visitado las cuatro Basílicas arriba mencionadas.

Establecemos, además, que los fieles puedan lucrar la indulgencia jubilar tanto para sí mismos como para los difuntos, cuantas veces hayan cumplido las condiciones prescritas.

Vosotros ciertamente no ignoráis, amados hijos, cuáles son las intenciones generales de los Romanos Pontífices. Queremos, sin embargo, manifestar con mayor precisión y claridad las Nuestras particulares acerca del próximo Año Santo.

Ante todo, implórese de Dios que cada uno, orando y haciendo penitencia, expíe sus propias culpas y se esfuerce, con todo empeño, por reformar sus costumbres y adquirir las virtudes cristianas, a fin de que este gran Jubileo prepare felizmente un retorno general a Cristo. En segundo lugar, hay que pedir insistentemente a Dios que la fidelidad debida al Divino Redentor y a la Iglesia por Él fundada sea mantenida por todos con espíritu inflexible y con enérgica voluntad; que los derechos de la Iglesia se mantengan incólumes e íntegros contra las insidias, engaños y persecuciones; que todos los que aún no han llegado a la luz de la verdad católica y se han desviado del camino recto, así como los mismos que odian y niegan a Dios, iluminados por la luz celestial y movidos por la gracia, sean conducidos a obedecer los preceptos del Evangelio; que en todas partes, pero especialmente en Palestina, vuelva cuanto antes la tranquilidad mediante una justa solución de los problemas, de modo que las diversas clases sociales, extinguidos los odios y apaciguadas las discordias, se unan en la justicia y en la concordia fraterna; que las multitudes de necesitados encuentren en su trabajo el modo honesto de vivir y, por la liberalidad y caridad de los más favorecidos con bienes de fortuna, reciban los auxilios necesarios y oportunos.

Vuelva finalmente la paz al corazón de todos, a los hogares, a las naciones, y a la comunidad universal de los pueblos. Quienes sufren persecución por causa de la justicia tengan la fortaleza con la que la Iglesia se ha visto ornada, desde sus orígenes, con la sangre de los Mártires; los prófugos, los prisioneros, los que han sido arrancados de sus casas, regresen cuanto antes a su dulcísima patria; los que sufren y están angustiados sean colmados con las consolaciones celestiales. Resplandezcan y se fortalezcan en la vigorosa juventud la pureza y la virtud cristiana, precedidas por el ejemplo de la edad madura y de la ancianidad; y todos, finalmente, gocen de esa gracia celestial que es prenda segura de la eterna felicidad.

No queda más, amados hijos, que exhortaros con paternal solicitud a venir a Roma en gran número durante el año de expiación; a Roma, que para todo fiel de cualquier nación es como la segunda patria; porque aquí está el lugar venerable donde fue sepultado el Príncipe de los Apóstoles después de su martirio; aquí los sagrados hipogeos de los mártires, las célebres basílicas, los monumentos de la fe y de la piedad heredada; aquí el Padre que os espera con tierno afecto y los brazos abiertos.

Sabemos que los viajes no son para todos rápidos y fáciles, sobre todo para quienes viven en la pobreza o habitan en lugares lejanos. Pero si se lucha con tanto ardor para vencer las dificultades de la vida terrena, ¿por qué no se podrá esperar que inmensas multitudes, sin escatimar sacrificios y sin dejarse amedrentar por las incomodidades, acudan de todas partes del mundo a la Urbe para obtener los dones celestiales? Es necesario, sin embargo, tener presente, amados hijos, que estas peregrinaciones no deben hacerse con el espíritu de quienes viajan por diversión, sino con el espíritu de piedad que animaba a los fieles de siglos pasados, quienes, superando obstáculos de todo tipo, muchas veces a pie, venían a Roma para lavar sus pecados con las lágrimas del arrepentimiento y para implorar de Dios perdón y paz. Despertad esta antigua fe y este antiguo ardor de caridad divina, acrecentadlos y esforzaos por infundirlos también en los demás. De este modo, con la gracia y ayuda de Dios, el próximo Jubileo producirá abundantísimos frutos de salvación para cada uno y para toda la sociedad cristiana.

Y para que esta Nuestra Carta llegue más fácilmente al conocimiento de todos, queremos que a sus copias, incluso a las impresas, con tal que estén firmadas por un notario público y provistas del sello de una dignidad eclesiástica, se les preste la misma fe que se prestaría a esta misma Carta si fuera exhibida o mostrada.

Nadie ose quitar valor u oponerse con temeraria audacia a este documento de Nuestra convocatoria, promulgación, concesión y voluntad. Si alguien tanto osara, sepa que incurrirá en la indignación de Dios omnipotente y de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 26 de mayo de 1949, año undécimo de Nuestro Pontificado.


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