SAGRADA CONGREGACIÓN DE RITOS
Sobre la duda: si, estando aprobadas las virtudes y tres milagros, puede procederse con seguridad a su solemne beatificación.
Aunque los hombres que se distinguen por su gloria militar gocen de gran fama y dignidad entre sus semejantes, rara vez sucede que sus trofeos no queden oscurecidos, ya sea por haber emprendido una causa injusta, por el abuso de la victoria o por el altísimo y doloroso precio de la misma. El más bello de todos los triunfos es aquel en que se aprende a gobernarse a sí mismo y a combatir contra las propias pasiones; y luego, si es necesario entrar en lucha terrenal, tomar toda la fuerza y energía de la religión, cantando con el profeta: “Si un ejército acampa contra mí, no temerá mi corazón” (Sal 26,3).
Por eso brilla con luz purísima el estandarte de la admirable doncella de Arco, en el cual más que inscribirse “hechos de Dios por medio de los franceses”, podría inscribirse: “Asur caerá por la espada que no es de hombre” (Is 31,8). Porque el Señor eligió nuevas guerras en favor de su pueblo fiel (Jue 5,8), y enviada a la batalla fue la hija del pueblo, y desde el cielo se luchó contra los enemigos del nombre francés (Jue 5,20).
Quienes despojan los hechos de la magnánima y piadosísima doncella de Orleans de toda inspiración divina, reduciéndolos solo a capacidades humanas, ciertamente parecen ignorar tanto la santidad de aquella mujer como los inauditos hechos por ella realizados; ambos aspectos se confirman mutuamente. La venerable sierva de Dios Juana, tanto en la vida doméstica, como en el cuidado del rebaño, como en medio del tumulto de los campamentos, temía grandemente a Dios, y no había quien dijera mal de ella (cf. Jdt 8,8).
En su inocencia y modestia, acompañada de otras virtudes, invocó al Señor obrador de prodigios, quien otorga la victoria no según el poder de las armas, sino según su beneplácito (2 Mac 15,21). Ni siquiera en medio de la licencia militar sufrió detrimento su virtud, ya que un ángel celestial la protegía, como se dice en Jdt 13,20: “Su ángel me guardó, cuando iba, cuando estuve allí, y cuando regresé.”
Y si se consideran por separado todos los hechos por los cuales ella realizó algo que no es obra de mujer —ya sea la prudencia militar, la sagacidad, el consejo, el amplio conocimiento de las cosas, especialmente las divinas, la previsión de los secretos y demás dones sobrenaturales, conforme a Isaías 45,3: “Te daré los tesoros escondidos y los secretos de los lugares ocultos”— todo ello manifiestamente revela que fueron hechos por intervención divina, y que por medio de una humilde doncella, para confundir la soberbia humana, se cumplió lo que el Señor dijo: “Haré una obra admirable y portentosa en medio de este pueblo” (Is 29,14).
Esta insigne virgen ha permanecido viva en la memoria de los hombres, incluso hasta los honores seculares que recientemente se le han otorgado. Ahora, sin embargo, debe añadirse al número de los bienaventurados del cielo, para que nos sea mucho más útil desde allí, impetrando para su patria —de la que se mostró tan digna— la fortaleza de la fe antigua, y para la Iglesia católica, a la que fue muy devota, el retorno de tantos hijos errantes.
Mientras tanto, Dios, confirmando su fama de tan grande santidad con nuevos prodigios, tras haberse emitido el decreto de aprobación de virtudes en grado heroico, la causa fue nuevamente examinada y se instituyó una cuestión especial sobre tres milagros realizados por Dios por medio de la venerable sierva Juana, sobre los cuales nuestro Santísimo Señor Pío X, por decreto emitido el 13 de diciembre del año pasado, declaró que constaban con certeza.
Solo restaba, según las normas de este sagrado tribunal, examinar si podían otorgarse con seguridad los honores de los beatos a la venerable sierva de Dios Juana de Arco. Así, en la congregación general de la Sagrada Congregación de Ritos celebrada ante el Santísimo Señor Nuestro el Papa Pío X, el 12 de enero del año en curso, el Eminentísimo Cardenal Doménico Ferrata, relator de la causa, propuso a examen la duda: si, estando aprobadas las virtudes y los tres milagros, puede procederse con seguridad a la solemne beatificación de la venerable sierva de Dios Juana de Arco.
Los Eminentísimos Cardenales y Consultores expresaron cada uno su voto. Pero el Santísimo Padre, absteniéndose en ese momento de manifestar su pensamiento, aplazó el juicio supremo para otro día, exhortando a los presentes a implorar la luz del cielo sobre asunto tan grave.
Finalmente, en este día muy gozoso, durante la solemnidad de la Sagrada Familia de Jesús, María y José, el mismo Santísimo Padre, después de ofrecer devotamente el Santo Sacrificio en su capilla privada, habiendo entrado en el salón noble del Vaticano y sentado en el solio pontificio, llamó ante sí a los Eminentísimos Cardenales Serafino Cretoni, Prefecto de la Congregación, y Doménico Ferrata, relator de la causa, junto con el R. P. Alejandro Verde, Promotor de la Fe, y a mí, el infrascrito secretario; y, estando todos presentes, pronunció solemnemente que se puede proceder con seguridad a la solemne beatificación de la venerable sierva de Dios Juana de Arco.
Mandó además que este decreto se hiciera público, que se inscribiera en los actos de la Sagrada Congregación de Ritos, y que se expidieran letras apostólicas con sello de plomo sobre la celebración de la beatificación en la basílica patriarcal vaticana, tan pronto como fuese posible.
Dado el 24 de enero del año mil novecientos nueve.
† S. CARD. CRETONI, Prefecto
† D. Panici, Arzobispo de Laodicea, Secretario
CARTA
AL OBISPO STANISLAUS DE ORLEANS SOBRE LOS SOLEMNES FESTEJOS EN HONOR DE JUANA DE ARCO A CELEBRARSE FELIZMENTE
Venerable Hermano, salud y bendición apostólica.
Nos han sido sumamente gratas tus recientes cartas, no tanto porque en ellas nos expresas vuestro agradecimiento, sino porque traían en verdad noticias muy alegres. Nos alegramos, en efecto, de que os hayan sido gratas las decisiones que hemos tomado, y las que en breve tomaremos, por autoridad apostólica, en honor de Juana de Arco. Pues por esto mismo, parecéis comprender especialmente cuánto nos preocupamos por vuestra salvación.
Pero lo que más nos complace es lo que añadías: que aquellas palabras que pronunciamos recientemente en esta causa han producido allí un movimiento de ánimo sumamente deseado; y que las solemnes celebraciones preparadas en honor de la magnánima Virgen, bajo el cuidado de los obispos, se llevarán a cabo tanto en nuestra presencia con gran concurrencia de franceses, como en toda Francia con el mayor entusiasmo del pueblo.
Y aunque de ello ya cabe esperar frutos espléndidos de piedad común, consideras acertadamente que, para que sean aún más abundantes, será muy oportuno que en ese mismo tiempo el pueblo entero de Francia sea confirmado mediante sagradas predicaciones en el cultivo de la fe y de la vida cristiana. Este tipo de iniciativa nos parece admirable, y nada deseamos más que sea llevada a efecto.
Mientras tanto, como auspicio de los dones divinos, te impartimos de todo corazón a ti, venerable Hermano, así como a tu clero y a tu pueblo, la bendición apostólica.
Dado en Roma, en San Pedro, el 7 de febrero de 1909, sexto año de Nuestro Pontificado.
PIUS PP. X
La venerable Juana de Arco, virgen, llamada la Doncella de Orleans, es proclamada beata.
PÍO X
Para perpetua memoria.
Para perpetua memoria.
El nombre de la doncella de Orleans, virgen noble para toda la eternidad, ya entregado a la inmortalidad, y que ahora ha de ser inscrito en el catálogo de los bienaventurados del cielo, es testimonio del poder divino, que “eligió lo débil del mundo para confundir a lo fuerte” (1 Cor. 1, 27). Pues cuando, en el año 1428 de la redención, los tumultos civiles y las discordias intestinas, no menos que la larga y grave guerra con los ingleses, auguraban ya la ruina extrema y la perdición de Francia, sin refugio alguno para los vencidos ni esperanza de salvación, Dios, que con amor singular ha favorecido continuamente a esta nobilísima de las naciones, suscitó a una mujer, “para liberar a su pueblo y adquirir para sí un nombre eterno” (1 Mac. 6, 44). Toda la vida de la magnánima y piadosísima Juana de Arco, llamada la doncella de Orleans, pareció un prodigio.
Nacida en el pueblo de Domrémy, dentro de los límites de la diócesis de Toul, cerca de un bosque oscuro que en tiempos antiguos fue asilo de superstición druídica, Juana apacentaba las ovejas paternas; pero allí, campesina ruda y pobre, que aún no había cumplido el tercer lustro de su edad, en la amplia vista del valle que se extendía ante ella, elevaba su alma a Aquel que adornó los montes y los bosques, los campos y los matorrales con tal esplendor que superan con mucho a toda pompa de riqueza y al fasto de la púrpura regia. A la joven ignorante del mundo solo le importaba cargar el altar de la Virgen campesina con flores escogidas, y apenas había llegado a sus oídos el estruendo de tan grande guerra.
Pero cuando el asedio de Orleans ya amenazaba con la caída precipitada tanto de la ciudad como de la suerte del rey Carlos VII (pues ya las provincias más nobles de Francia habían caído bajo el dominio de los invasores ingleses), en medio de estas extremas angustias, mientras Juana se ocupaba de sus habituales tareas en el huerto doméstico, se escuchó la voz del príncipe de la milicia celestial, san Miguel, tal como resonó en otro tiempo para Judas Macabeo: “Toma la espada sagrada, don de Dios, con la que derrotarás a los enemigos de mi pueblo Israel” (2 Mac. 15, 16).
La hija de la paz era convocada a las armas; la virgen primero se asombró y temió, pero después de voces repetidas desde el cielo, como impulsada por el espíritu divino, no dudó en transformar la rueca en espada y los bastones de pastora en el estrépito de las trompetas. Ni la piedad de sus padres ni los peligros del largo camino la detuvieron, obrando ella en nombre de Dios. Por tanto, con un discurso simple pero sublime, se presentó ante los poderosos, exigió ser conducida ante el rey, y, venciendo los obstáculos de la costumbre, las negativas y las dudas, reveló al rey Carlos el mandato que creía haber recibido de Dios y, confiada en señales celestiales, le prometió liberar Orleans del asedio.
Entonces Dios, “que da fuerza al cansado, y multiplica vigor y fortaleza a los que no existen” (Is. 40, 29), otorgó a aquella pobre campesina, que ni siquiera conocía las letras, sabiduría, doctrina, pericia militar e incluso conocimiento de cosas ocultas y divinas, de modo que ya nadie dudaba de que en ella estuviese la salvación del pueblo.
Se congrega entonces una muchedumbre de pueblo mezclado, soldados acostumbrados a las guerras, señores, jefes, todos exaltados por una nueva esperanza, que, congratulándose y regocijándose, siguen a la doncella. Ella, montada en un caballo, llevando su cuerpo virginal cubierto con armas varoniles, ceñida con espada y blandiendo con la mano un estandarte blanco bordado con lirios dorados, se lanza intrépida contra los ingleses, soberbios por sus repetidas victorias; y en una noble batalla, no sin la presente ayuda de Dios, derribadas y derrotadas las fuerzas enemigas, el día 8 de mayo del año 1429, recupera victoriosa los muros sitiados de Orleans.
Pero antes de lanzarse al ataque contra las fortificaciones inglesas, Juana exhortaba a los soldados a confiar en Dios, amar a la patria y guardar los mandatos de la Santa Iglesia. Inocente como cuando custodiaba el rebaño, pero fuerte como un héroe, era terrible para los enemigos, aunque apenas podía contener las lágrimas cuando veía a los moribundos. Iba como jefe a la batalla, pero no hería a nadie con la espada, pura e inmaculada de sangre, aunque entre las matanzas y la licencia de los campamentos.
Entonces se manifestó verdaderamente lo que puede la fe. Inmediatamente el pueblo recobró nuevo ánimo, y el amor a la patria y la fe restituida en Dios añadieron fuerzas más eficaces para grandes hazañas. La doncella, invicta en grandes empresas, desafió a los ingleses en múltiples combates y, finalmente, cerca del pueblo de Patay, los venció y rechazó en una batalla célebre, y condujo a su rey, Carlos VII, en un espléndido triunfo a Reims, para ser ungido con solemne rito de consagración real, en aquel mismo templo donde ya el primer rey de los francos, Clodoveo, había sido lavado con las aguas bautismales por san Remigio y había puesto los fundamentos de la nación francesa.
Así se combatió desde el cielo contra los enemigos del nombre francés, así la patria fue salvada por divina intervención, y la virgen de Arco cumplió su misión. Ella, humilde de corazón, deseaba únicamente volver al redil y a la pobre casa, pero ya digna del cielo, no pudo alcanzar su deseo. En efecto, poco después, luchando, fue capturada por los enemigos, que con mucha dificultad soportaban haber sido vencidos por una muchacha; y arrojada a prisión, después de varias penalidades y dura custodia en los campamentos enemigos, fue finalmente condenada al fuego como víctima expiatoria por la redención de Francia, seis meses después, en Ruan.
Brillantemente fuerte y piadosa, incluso en el supremo peligro rogó a Dios que perdonase a sus verdugos y salvase ilesos a la patria y al rey. Colocada en la hoguera y ya envuelta en llamas devoradoras, permaneció fija en la visión celestial; los nombres venerables y dulces de Jesús y María fueron las últimas palabras de la doncella moribunda.
Así la ilustre virgen alcanzó la corona inmortal; pero la fama de su santidad y la memoria de sus hazañas vivieron en boca del pueblo, especialmente en la ciudad de Orleans, hasta los honores seculares recientemente otorgados, y vivirá en el porvenir, siempre renovada por nueva alabanza. Y en verdad parece aplicarse perfectamente a ella el elogio dado a Judit: “En toda nación que oiga tu nombre, Dios de Israel será glorificado sobre ti” (Judit 13, 31). Pero no fue sino en tiempos más recientes cuando la causa sobre conferir a la Virgen de Arco los honores de los bienaventurados del cielo comenzó a ser tratada por la Sagrada Congregación de Ritos, y esto ocurrió de manera auspiciosa; pues en este mismo tiempo, en que el orbe católico ve y lamenta tantos y tan grandes males, en que tantos enemigos del nombre cristiano fingen amor a la patria sobre las ruinas de la civilización y de la religión, nos place celebrar los gloriosos ejemplos de la fortísima Virgen, para que todos recuerden que “obrar y padecer con fortaleza es propio del cristiano”. Y tenemos casi por cierta la esperanza de que la misma venerable sierva de Dios, que ahora va a ser agregada al número de los bienaventurados del cielo, obtendrá para su patria —de la cual tan bien lo mereció— la fortaleza de la antigua fe; y para la Iglesia católica, de la cual fue muy devota, obtendrá consuelo por el retorno de tantos hijos extraviados.
Por tanto, un año después de publicado el decreto el día 6 de enero del año 1904, tras haber sido recogidas jurídicamente las pruebas y debidamente evaluadas, decretamos con solemne decisión que la venerable sierva de Dios Juana de Arco, virgen de Orleans, llamada la Doncella, había alcanzado el grado heroico de virtudes. Luego se abrió la causa sobre los milagros que se decía habían sido obrados por intervención suya, y, resueltas todas las cuestiones jurídicas, nosotros, mediante decreto publicado el 13 de diciembre del año 1908, declaramos con suprema autoridad apostólica que constaba de tres milagros.
Dado que, pues, ya se había emitido juicio tanto sobre las virtudes como sobre los tres milagros, quedaba por discutir si podía inscribirse con seguridad a la venerable sierva de Dios entre los beatos del cielo. Esto lo realizó nuestro amado Hijo, el cardenal de la Santa Iglesia Romana Dominico Ferrata, relator de la causa, en un consistorio general celebrado ante nosotros en los palacios vaticanos el día 12 de enero del año corriente, y todos los cardenales encargados de los sagrados ritos, así como los consultores presentes, respondieron afirmativamente por unanimidad. Nosotros, sin embargo, en un asunto de tanta importancia, nos abstuvimos de manifestar nuestra opinión, y diferimos el juicio supremo para otro día, a fin de pedir previamente con fervor la luz celestial.
Esto hecho con toda intensidad, finalmente, el 24 de enero de este año, día muy gozoso en que se celebraba la solemnidad de la Sagrada Familia de Jesús, María y José, habiendo ofrecido con gran piedad el sacrificio eucarístico, en presencia del eminentísimo cardenal Serafino Cretoni, prefecto de la Congregación de Ritos, de nuestro amado hijo el cardenal Dominico Ferrata, relator de la causa, del venerable hermano Diomedes Panici, arzobispo titular de Laodicea y secretario de la misma Congregación de Ritos, y del R. P. D. Alejandro Verde, promotor de la fe sagrada, pronunciamos solemnemente que se podía proceder con seguridad a la solemne beatificación de la venerable sierva de Dios Juana de Arco.
Por lo tanto, siendo así las cosas, movidos también por los sufragios y votos de los sagrados obispos de toda Francia y de otras regiones, por nuestra autoridad apostólica, en virtud de estas letras, concedemos la facultad de que la venerable sierva de Dios Juana de Arco, llamada la Doncella de Orleans, sea en adelante llamada con el nombre de beata, y que sus imágenes sean adornadas con rayos.
Además, con la misma nuestra autoridad, concedemos que se recite el Oficio en su honor y se celebre la Misa cada año, según el común de las Vírgenes, con oraciones propias aprobadas por nosotros. Sin embargo, permitimos la celebración de dicha Misa y la recitación del Oficio únicamente en la diócesis de Orleans por todos los fieles, tanto seculares como regulares, que están obligados a recitar las horas canónicas; y en lo que respecta a las Misas, por todos los sacerdotes que acudan a los templos donde se celebre su fiesta, observando el decreto de la Sagrada Congregación de Ritos (n.º 3862, Urbis et Orbis), dado el 9 de diciembre del año 1895.
Finalmente, concedemos la facultad de que los solemnes actos de beatificación de la venerable sierva de Dios Juana de Arco se celebren en la diócesis y en los templos antes mencionados, según la norma del decreto o instrucción de la Sagrada Congregación de Ritos del 16 de diciembre de 1890, sobre el triduo que debe celebrarse solemnemente dentro del año siguiente a la beatificación. Ordenamos que esto se haga en los días designados por el Ordinario, dentro del año, una vez que estos solemnes actos se hayan celebrado en la basílica patriarcal vaticana.
No obstante las constituciones y ordenaciones apostólicas, y los decretos que prohíben el culto, y cualesquiera otras disposiciones contrarias.
Queremos, además, que los ejemplares de estas letras, incluso impresos, siempre que estén firmados de puño y letra por el secretario de la Congregación de Ritos y sellados con el sello del prefecto, tengan en todo la misma fuerza en juicios y discusiones que tendría la manifestación de nuestra voluntad expresada en estas letras.
Dado en Roma, en San Pedro, bajo el anillo del Pescador, el día 11 de abril de 1909, sexto año de nuestro pontificado.
Firmado: L. † S. R. CARD. MERRY DEL VAL, secretario de Estado.
CARTA
Al reverendo padre en Cristo, D. Stanislas Touchet, obispo de Orleans, por las sagradas solemnidades en honor de la beata Juana de Arco celebradas felizmente en Orleans.
Venerable hermano, salud y bendición apostólica:
De las cartas por las cuales nos informas con diligencia sobre cómo han sido celebradas allí las sagradas solemnidades en honor de la beata Juana, se suma un gran aumento al gozo que hace poco aquí nos produjo la tan numerosa asistencia y piedad de los franceses. En efecto, nos alegramos por el esplendor y la celebración de las fiestas que nos relatas; pero mucho más nos alegra que en aquellas ceremonias haya brillado de manera singular aquella unión de buenos para custodiar y proteger la religión de la patria, de cuya unión esperamos que la magnánima Doncella será conciliadora en toda Francia.
Esto lo reconocemos por el fervor encendido y la piedad del pueblo, que, como escribes, durante aquellos días, mientras los obispos y ministros de los sagrados oficios competían entre sí en caridad fraterna, no solo pareció unirse maravillosamente al clero, sino que también acudió en gran número a la mesa eucarística, que contiene el mayor vínculo de unidad católica. Por tanto, te damos gracias por habernos proporcionado esta agradable noticia, y te felicitamos por haber tenido, por tu diligencia, una gran parte en los hechos que anuncias.
Y lo que añades, que nuestro amor por vuestra nación ha sido sin duda reconocido por todos los buenos en este tiempo, nos causa gran satisfacción; e imploramos a Dios que lleve a todos los franceses —todos aquellos que veneran debidamente la memoria de Juana de Arco— a que, obedeciendo religiosamente al Vicario de Jesucristo, trabajen eficazmente por la salvación común.
Mientras tanto, como prenda de los dones divinos y testimonio de nuestra especial benevolencia, te impartimos de todo corazón a ti, venerable hermano, y a tu clero y pueblo, la bendición apostólica.
Dado en Roma, en San Pedro, el día 24 de mayo de 1909, año sexto de nuestro pontificado.
PIUS PP. X
CARTA
Al reverendo padre Henri Debout, por la obra publicada sobre la beata Juana de Arco.
Hijo dilecto, salud y bendición apostólica:
Entre aquellos que en nuestro tiempo han narrado por escrito la vida y las hazañas de Juana de Arco, sin duda te corresponde un lugar ilustre por esas dos obras que has publicado: una destinada a los doctos, y la otra acomodada al pueblo, ambas muy difundidas, y no solo aprobadas por los entendidos, sino también honradas con el elogio del Romano Pontífice.
Pero tú, según tu celo por la Iglesia y la patria, no cesas de ocuparte del mismo asunto. En efecto, no te ha bastado haber procurado, ante todo, que tus conciudadanos conocieran mejor a la magnánima Doncella, nacida para la salvación de los franceses, y que anhelaran que su gloria se aumentara con los honores celestiales.
Ahora bien, dado que Nos la hemos inscrito en el catálogo de las vírgenes beatas, tú te esfuerzas diligentemente en que la fuerza beneficiosa de este hecho sea participada por el mayor número posible de tus compatriotas; y por ello presentas un nuevo volumen sobre Juana, con el fin de que las voluntades adormecidas de los buenos se despierten ante la admiración de virtudes tan grandes.
Nosotros, en verdad, te felicitamos por este trabajo, que añade nuevos méritos a tu servicio por la Iglesia de Francia; y rogamos a Dios que bendiga tu empeño con los dones de su gracia. Como auspicio de los mismos, te impartimos, hijo dilecto, con paternal afecto, la bendición apostólica.
Dado en Roma, en San Pedro, el día 10 de septiembre de 1909, año séptimo de nuestro pontificado.
PIUS PP. X
CARTA
Venerable Hermano, salud y bendición apostólica:
Nos han complacido mucho aquellas cartas que tú, Venerable Hermano, junto con varios colegas en el episcopado, nos enviasteis recientemente, por las cuales nos informasteis de las solemnes celebraciones realizadas allí, cuando se dedicó un monumento público a Juana de Arco junto con el recuerdo del Cardenal Tomás, quien fue su insigne devoto, y se dieron gracias a Dios por la conversión de Normandía a la fe católica, acaecida mil años atrás.
Nos ha sido grato y deseado saber que Francia, nuestra nación, demuestra así su fervor por la religión ancestral y su piadosa memoria de un pasado glorioso, del cual ha heredado tantos bienes. Es justo que la valerosa Virgen sea honrada con un testimonio visible y duradero de admiración y gratitud por aquella ciudad que fue testigo del injusto juicio y suplicio que padeció.
Y en cuanto a lo que escribís, expresando el deseo de que pronto se le puedan conceder los más altos honores celestiales a Juana, ese mismo es también nuestro deseo, y lo encomendamos a la bondad de Dios.
Mientras tanto, como prenda de los dones divinos, os impartimos con todo afecto a ti en primer lugar, Venerable Hermano, así como a vuestro clero y pueblo, la bendición apostólica.
Dado en Roma, en San Pedro, el día 10 del mes de junio del año 1911, octavo de nuestro Pontificado.
PIO PP. X
