Memorias del Papa Pío II sobre Juana de Arco

 



El Papa Pío II publicó la obra Memorias del tiempo de Pío II bajo el nombre de su secretario Jean Gobelin. En esta obra, se relatan muchas cosas interesantes tanto de la familia del Papa como el siglo en el que vivió. Sin embargo, lo más importante para nosotros es su relato sobre Santa Juana de Arco hecho en el libro sexto, en el cual relata los asuntos de Francia. El Papa se muestra lo más neutral posible al acontecimiento, pero la verdad termina por imponerse y pareciera que el Papa afirma lo extraordinario de las hazañas realizadas por Santa Juana de Arco. En su obra Estado de Europa bajo Federico III, publicada en 1458, confirma su pensamiento:

El reino de Francia, en nuestra época, Juana, doncella de Lorena, divinamente advertida, según se cree, vestida con atuendo y armas de varón, conduciendo los ejércitos franceses, lo arrebató en gran parte de las manos de los ingleses —¡cosa admirable de decir! — combatiendo la primera entre los primeros.

Comienzo de la memoria sobre Juana de Arco: 

La situación de Francia era desesperada. Una joven de dieciséis años de nombre Juana, hija de un pobre labrador, en el país de Toul, estaba vigilando a los cerdos cuando, por inspiración divina, como lo demuestran las grandes cosas cumplidas por ella, abandonó su rebaño y sin decir adiós a sus padres, fue a encontrar al gobernador de la ciudad más cercana, la única de la región que permanecía fiel a los franceses. Ella solicita guías que la conduzcan hasta el delfín. El gobernador pregunta la razón de semejante viaje; la joven muchacha responde que ella tenía órdenes del Cielo para transmitirle que le interesaban tanto a él como a aquellos del reino. El gobernador se burla de semejante demanda, mira a la joven como si tuviera demencia y no tiene más que menosprecio hacia ella. Ella insiste y el gobernador la pone en diversas pruebas. Durante muchos días, la retiene observando si cambiará de resolución o si no se le encontrará en ella alguna cosa impropia. Ella persevera inmutable y constante, sin que se descubra en ella cosa reprensible. “¿Qué se yo, termina por decir el gobernador, si esto no es voluntad de Dios? El reino de Francia ha debido frecuentemente su salvación a las intervenciones divinas; puede ser que en nuestros días, para salvarnos, el Cielo haya tomado disposiciones que manifestará por una mujer”. Escoge tres de sus servidores de fidelidad probada y los llama a conducir a la Doncella hasta el Delfín.

Era un viaje de diez días aproximadamente, a través de países bajo el poder enemigo o de su aliado. La joven, vestida de vestimentas viriles, los flanquea y sale sin problemas de todas las dificultades; ella llega hasta el Delfín, quien tenía su residencia ordinaria en Berry. Abatido, desesperado por tantas derrotas, ya no busca más defender su reino; su preocupación era buscar un lugar donde podría con certeza encontrar un asilo asegurado. En España, el rey de Castilla y de León estaba entonces en un estado de floreciente prosperidad; él estaba ligado al Delfín por los lazos de sangre y de amistad. Aquel había ya resuelto en su interior ir a rogarle que aceptara, junto con la corona de Francia, el cuidado del reino, y que a cambio le concediera un lugar donde pudiera vivir en una segura oscuridad. Meditaba estos pensamientos en su interior cuando la Doncella arribó a donde él y trayéndole las cartas del gobernador, solicita ser escuchada. El Delfín, sorprendido de la novedad del hecho, temiendo ser engañado, confía el examen de la muchacha al obispo de Castres, su confesor, un teólogo de primer nivel, y la pone a ser vigilada por nobles matronas. Interrogada sobre su fe, sus respuestas están en conformidad con la enseñanza cristiana; se examinó sus maneras, es una joven púdica y completamente honesta; el examen se prolongó durante muchos días; sin trazos de disimulo, nada de sospechoso, nada que detecte un artificio desagradable. Sólo el hábito genera alguna dificultad. Se le pregunta por qué porta vestimentas de hombre, en vistas de que están prohibidas para las mujeres. Ella respondió que es virgen y que el hábito de los dos sexos conviene a la virgen. Que Dios le ordenó de tomar hábitos de hombre dado que ella debía manejar las armas que son hechas para el hombre.

Tras todas estas pruebas, ella es llevada a la presencia del Delfín. “Vine ante ti, dice ella, oh, descendiente de reyes, bajo la orden de Dios y no por mi propia voluntad. Él os ordena seguirme. Si obedece, devolveré vuestro trono, y próximamente os pondré en Reims la corona en la frente”. El Delfín respondió que aquello era sumamente difícil: Reims, la ciudad donde los reyes tenían la costumbre de ceñirse la corona, estaba muy lejos y bajo el poder del enemigo. Ningún camino abierto en ningún lado. Orléans, que está en el camino, era asediada por el enemigo. Los franceses no eran lo suficientemente fuertes para auxiliar a los desgraciados asediados, cuanto menos podían pensar en la coronación. Sin ser movida en lo absoluto por estas consideraciones, la Virgen afirmó: “No hago una vana promesa; si tenéis confianza en Dios, tened confianza en mí. Vengo de su parte, pondré en vuestras manos armas divinas y será con una espada invisible que os abriré el camino. Los pueblos, dondequiera que vayáis, os obedecerán, y los nobles acudirán por sí mismos bajo vuestra bandera. Confiadme solamente a los caballeros que os rodean”.

La propuesta meditada en consejo dio lugar a opiniones bien diferentes. Por un lado, algunos opinan que la Doncella está mal de la cabeza. Para otros, ella es engañada por el demonio. Para otros, finalmente, ella está colmada del Espíritu Santo. Estos últimos recuerdan que hace un tiempo, Betulia y otras ciudades debieron su salvación a mujeres; frecuentemente el reino de Francia había sido divinamente socorrido; aún ahora, una joven podía ser enviada por Dios para defenderlo. No había lugar para considerar como demente a la joven cuyos consejos tenían mucho sentido. Este sentimiento prevaleció. El cuidado de socorrer Orléans fue dado a la Doncella; una mujer se volvió general del ejército. Se le dio armas, se le trajo caballos. La doncella monta el caballo más fogoso; brillante bajo su armadura, blandiendo su lanza, domina su corcel, lo hace saltar, galopar, volverse a sí mismo, tal como lo cuenta la fábula de Camila. Los nobles, tomando las armas, se juntan alrededor de la joven. Los preparativos culminados, se ponen en camino.

El acceso a Orléans era muy difícil por tierra. Los ingleses habían interceptado todas las rutas. Delante de las tres puertas de la ciudad, habían asentado tres campos que fortificaban las fosas y trincheras. La Doncella no ignoraba que el rio de la Loire bañaba los muros de la ciudad. Ella cargó las naves con trigo en un lugar apartado, y embarcó con sus tropas; y, tras haber advertido a los sitiados de su partida, hizo remar con fuerza, beneficiándose de la rapidez del río, y llegando ante la ciudad antes de que los enemigos se den cuenta de su llegada. Los ingleses acudieron armados, monta sobre barcos y se esfuerzan en vano en retrasar la entrada de la joven al lugar, debiendo volver sus pasos hacia atrás, no sin antes recibir numerosas heridas. Entrando en la ciudad, recibida por los habitantes con una soberana alegría, la Doncella introduce con ella un convoy con toda suerte de víveres, en la ciudad cuyos defensores morían de hambre. Sin perder el tiempo, el día siguiente, se lanza con impetuosidad sobre el campamento armado ante la puerta principal del lugar. Las fosas son rellenadas, los parapetos y empalizadas son derribados, y el caso sembrado entre los ingleses. Maestra de los puestos avanzados, prende fuego las torres y las bastillas levantadas por los ingleses. Con el coraje de los ciudadanos elevado, ella sale por las otras puertas y realiza nuevamente las mismas hazañas en los otros campamentos. De esta forma, los ingleses estaban diseminados, sin que un campamento pudiera socorrer al otro: el sitio fue enteramente levantado. Los asaltantes fueron tan tremendamente diezmados que apenas permanecen suficientes para llevar la noticia del desastre. La gloria fue dada a la Doncella, aunque hubiesen tomado parte de la liberación guerreros muy bravos, hábiles y que ya habían muchas veces comandado.

Un desastre tan grande y tan ignominioso fue un golpe bien sensible para Talbot, el más renombrado de los capitanes ingleses. Habiendo reunido cuatro mil caballeros de élite tomados de todas las tropas inglesas, las dirigió hacia la región de Orléans, bien convencido de enfrentarse a la Doncella si ella osaba hacerle frente, confiando de que si ella salía de la ciudad la haría prisionera o la mataría. Pero ocurrió otra cosa bien distinta. La Virgen a la cabeza de sus cohortes, en cuanto percibe al enemigo, lanza un gran grito y, con la impetuosidad de un huracán, rompe las filas inglesas; súbitamente, son vencidos por el miedo y el escalofrío; aunque fuesen superiores en números, pensaban que eran inferiores y creían que innumerables tropas combatían a favor de la Doncella. Algunos incluso creyeron que los ángeles combatían en el bando enemigo y que era muy en vano esperar alguna victoria combatiendo contra Dios. Las espadas desnudas se les cayeron de las manos; todos arrojaban escudos y cascos con el fin de ser más ágiles para la huida. No escuchaban las exhortaciones de Talbot, no se le hacia caso alguno a sus amenazas. Fue la más vergonzosa de todas las desbandadas, no mostraron más que las espaldas a la Virgen Guerrera. Ella los persiguió en su huida; todos fueron capturados o asesinados, a la excepción de un capitán y de un puñado de sus hombres. Este capitán, viendo que era imposible detener la huida de su bando, por la velocidad de sus corceles logró adelantarse a la persecución del enemigo.

El rumor de tales hazañas llegó primero a las naciones limítrofes, luego a las más alejadas, creciendo a medida que se escuchaba, causó un estupor universal y profundo. El Delfín, ganado por las promesas de la Doncella, cuyos hechos confirmaban las palabras, ordenó ruegos en todas las Iglesias y se preparó para ceñirse la corona. La nobleza de todo el reino, aprendiendo sobre las milagrosas promesas de la Doncella, sabiendo que se hacían los preparativos para la coronación, acudió en armas gente de la Francia entera, con un inexplicable deseo de ver a la Virgen. En un espacio de un mes, más de treinta mil caballeros, dispuestos a hacer la guerra bajo sus propios gastos, se habían reunido alrededor del Delfín. Aquel, cada vez más alegre en presencia de tantos soldados, abandonó Berry, lugar ordinario de su residencia, emprendió su marcha hacía Reims precedido por la Doncella en armas y llevando el estandarte real. En la ruta, las plazas estaban en poder enemigo, pues los habitantes habían hecho nuevos juramentos de permanecer fieles a los ingleses y de recibir al Delfín como enemigo. Así lo habían resuelto: pero desde que supieron que se aproximaba con la Doncella, ¡oh, maravilla! Ni siquiera uno se presentó para combatirlo. En ninguna parte se cerraron las puertas. Ni uno maldijo su llegada. Por donde pasaban, los pueblos acudían ante el Delfín y le saludaban como su rey: competían entre ellos por saber cómo podía cada uno recibirlo con la mayor cantidad de grandes honores.

Cuando el ejército llegó a unos cuarenta estadios de Reims, hubo un gran tumulto en la ciudad. Los ingleses no se creían en absoluto seguros, los notables vacilaban, el pueblo aspiraba a un cambio de régimen. Algunos ingleses eran de la opinión de transferir a otros lugares el santo crisma con el cual se ungían a los reyes para que, si la ciudad se perdía, el enemigo no pudiera ser ritualmente coronado. Los franceses creen que hace un tiempo una paloma blanca vino del Cielo a traer al obispo de Reims, San Remigio, el óleo con el cual se consagra a los reyes; lo guardan con el culto más religioso. Según ellos, no disminuye nada, a pesar de haber sido servido por muchos reyes desde Clodoveo hasta nuestros días. Afirman que no es verdadero rey quien no ha sido ungido con este óleo. Y así, los ingleses, habiendo deliberado muchas veces de transferir a otros lugares este óleo santo, los franceses piensan que fue por voluntad divina que se impidió semejante proyecto. El Delfín, en las proximidades de la ciudad, envió heraldos para exigir la obediencia de los habitantes y anunciar su coronación. Se enviaron al Delfín los más notables ciudadanos para solicitar tiempo para deliberar. La Doncella quiere que no se les de respuesta, que no se pierda el tiempo: todo lo que Dios ha decretado, se hará. El Delfín obedece a la Virgen, retiene a los enviados, y precedido por sus caballeros, precipita su marcha hacia la ciudad. ¡Oh, maravilla que la posteridad se rehusará a creer! Ni en las puertas ni en la ciudad había un solo soldado. Los notables salen de la ciudad para encontrarse con el Delfín sin condición alguna, sin garantía previa. Sin la menor oposición, el Delfín entra, las puertas plenamente abiertas. Nadie se queja, nadie testimonia un descontento, todos confiesan que es obra divina: mientras los franceses entran por una puerta, los ingleses salen por otra. La ciudad da una bienvenida pacifica al príncipe, apacible, llena de benevolencia. Poco antes no veían en él más que un enemigo, ahora es un padre que rodean con todo afecto y soberanos honores. Se apresuran a aclamar al Delfín, se apresuran a aclamar a la Doncella, quien todos la ven como un personaje descendido del Cielo. Estos eventos ocurrieron un sábado, vigilia de la bienaventurada María Magdalena. El día mismo de la fiesta, en el monasterio de San Remigio, en medio de una gran masa de gente, el Delfín rodeado de una multitud de grandes, de prelados, el Delfín es consagrado según el rito de sus ancestros. Se ciñe la corona del reino de Francia, a los gritos repetidos de larga vida y victoria al rey Carlos, el nombre que tomó el Delfín.

Contra la costumbre, el Delfín permanece cuatro días en Reims. Es, en efecto, la costumbre de los reyes de Francia ir en peregrinaje el día siguiente a su coronación, a una iglesia de nombre Saint-Marcoul, del santo que es allí honrado, y curar allí a los enfermos. Los franceses han testimoniado que cierta enfermedad que ataca la garganta es curada por el solo tacto del monarca y por algunas palabras misteriosas. El nuevo rey no hizo el peregrinaje el día fijado. La causa fue que los diputados borgoñones habían venido para saludarlo y hablarle de la paz. Fue después de haberlos escuchado, en el cuarto día, que el rey hizo su peregrinaje. Sobre la curación de los enfermos, no tengo nada suficientemente comprobado, aunque los franceses creen que hay allí un milagro.

Luego, la Doncella se dirigió a Laon con el nuevo rey y no encontró allí resistencia. Todos se sometían al monarca. Y fue lo mismo en las ciudades entre Paris y Laon. Grandes y pequeños, todos, acudían ante el rey con el más grande gozo. Se hizo esperar al rey que Paris se rendiría. Condujo su ejército a los alrededores, pero viendo que nadie se presentaba, comprendió que había sido inducido en error y se alejó. La Doncella, más valiente, a la cabeza de algunas compañías, avanzó hasta la puerta que da acceso al mercado de los cerdos: atacándolo muy vivamente, prendió fuego allí, no sin la esperanza de tomar la ciudad. Mientras que ella combatía con más coraje que prudencia, y que la ciudad se oponía con obstinada resistencia, ella fue herida por un proyectil lanzado al azar. Cuando ella se sintió herida, se alejó del combate. Sus compañeros cesaron el ataque. Allí, el crédito de la Doncella comienza a declinar: se le creía hasta entonces invulnerable y se vio que ella podía ser herida. Su nombre no era más ni tan terrorífico para los ingleses, ni tan religioso para los franceses. Ella fue, no obstante, bastante pronto curada de su herida, volvió a entrar en las filas del ejército donde, aunque manejó las armas como en el pasado, no hizo nada de memorable.

El rey no estaba lejos de la ciudad. Esperaba si una revolución de ánimos lo hacía regresar. No ocurrió nada. El duque de Glocester, quien comandaba Paris y gobernaba el reino para los ingleses, tomó las más eficaces medidas para que ninguno de los burgueses se acercara a Carlos. Él mismo, haciendo salir su ejército, estableció su campamento a alrededor de quinientos pasos alejado del enemigo. Los dos ejércitos se miraron durante dos días; hubo algunos enfrentamientos, algunos hechos de guerra. Nunca, no obstante, se tuvo el coraje de ir a una batalla campal. Los dos bandos se retiraron sin serios daños, se ignora para cual fue más vergonzoso. Los ingleses volvieron a entrar a Paris, los franceses en Berry, recibiendo la obediencia de los contrarios por los que pasaban, pues tomaban una ruta distinta en su retirada a la de aquella de la ida.

La Doncella, cuando vio al rey coronado y convenientemente sentado sobre su trono, impaciente por el reposo, volvió contra el enemigo. Ella forzó por las armas una de las plazas. Recibió la sumisión de muchos otros. Por un rápido auxilio liberó a otros del sitio con el cual el enemigo los estrangulaba. Sin embargo, en el último lugar, los enemigos sitiaron Compiègne, plaza muy fuerte y declarada enemiga de Paris. La Doncella va allí con tropas, con el deseo de ir en ayuda de los sitiados. Era necesario pasar por una viña y senderos estrechos. Ella estaba en ello cuando fue atacada por detrás. Se combatía con gran fiereza en un espacio demasiado reducido. La Virgen rodeada y sin poder desplegar su ejército, en un combate desigual en el que la huida era imposible, terminó por rendirse. Jean de Luxemburgo, de muy alta familia, conde de Ligny, entonces del bando de los ingleses tomó a la Doncella como captiva y la vigiló algún tiempo como prisionera en uno de sus castillos. Otros relatan su captura de otra manera. Philippe, duque de Borgoña, dicen ellos, estaba en campaña contra los enemigos que devastaban la Picardie. Él disfrutaba de la caza sobre las orillas del Oise. La Doncella, que no estaba lejos y lo supo, esperando sorprenderlo, se lanzó sobre los cazadores, a la cabeza de seis mil hombres de élite. Philippe, prevenido del ataque, dispuso a los suyos rápidamente en orden de batalla, y recibió a la Doncella dándole combate. Es allí donde Jean la hizo prisionera. Philippe prohibió que se la llevaran ante él, pues le parecía poco digno haber combatido contra una mujer, incluso para vencerla.

Sea como fuere, lo que es cierto es que la Virgen prisionera de guerra fue vendida a los ingleses por diez mil escudos de oro y conducida a Rouen. Allí, ella fue examinada con gran cuidado para saber si ella había recurrido a hechicerías, si ella tenía trato con los demonios, o profesaba alguna creencia poco ortodoxa. No se le encontró nada de reprensible, excepto la vestimenta viril que ella portaba. Y no se consideró que eso fuera un crimen digno del último suplicio. Ella fue encerrada en prisión, advirtiéndole que si volvía a utilizar hábitos masculinos, le significaría la pena de muerte. Formada en el manejo de las armas, y hallando placer en los ejercicios militares, fue tentada por sus guardias que ponían ante sus ojos el manto militar, el escudo o distintas armas. La infortunada, por descuido, un día se vistió con ropas de hombre y armadura guerrera, sin pensar que estaba vistiéndose de muerte.

Es de creer que, aunque la Doncella estuviese captiva, tanto como ella viviera, los ingleses, a los cuales ella había infligido tan numerosas derrotas, no se creerían seguros; temían una evasión, encantamientos, y buscaron un pretexto para hacerla morir. Desde que los jueces conocieron que la Doncella había retomado las vestimentas de hombre, la condenaron al fuego como relapsa. Para que sus cenizas no fuesen jamás un objeto de honor, las hicieron tirar en el Sena.

Así murió Juana, la admirable, la asombrosa Virgen. Fue ella quien levantó el reino de los franceses abatido y casi desesperado, es ella quien infligió a los ingleses tantas y tan grandes derrotas. A la cabeza de los guerreros, conservó en medio de los ejércitos una pureza sin mancha, sin que la menor sospecha haya jamás tocado su virtud. ¿Fue obra divina? ¿Fue un estratagema humano? Me sería difícil afirmarlo. Algunos piensan que durante las prosperidades de los ingleses, los grandes de Francia estando divididos entre ellos, sin querer aceptar el mando de uno de los suyos, uno de ellos, más astuto, había ideado este artificio de presentar una Virgen divinamente enviada y que, en virtud de ese título, reclamara la conducción de los asuntos, pues no hay hombre que no acepte tener a Dios por jefe. Es así como la dirección de la guerra y el mando militar se le confió a la Doncella. Lo que es completamente notorio es que bajo el liderazgo de la Doncella el sitio de Orléans fue levantado; que por sus armas fue sometido todo el país entre Bourges y Paris; que por su consejo los habitantes de Reims volvieron a la obediencia y la coronación fue efectuada entre ellos; que, por la impetuosidad de su ataque, Talbot fue puesto en fuga y su ejército destrozado en pedazos; por su audacia se prendió fuego una puerta de Paris; por su lucidez y habilidad los asuntos de Francia fueron sólidamente reconstituidos. Eventos dignos de memoria, aunque en la posteridad excitarán más la admiración que la credibilidad que encontrarán. Carlos sintió muy amargamente la pérdida de la Doncella, pero no se abandonó por ello a sí mismo. Emprendió muchas acciones por su cuenta y muchas por medio de sus capitanes, combates dignos de ser recordados, no sólo contra los ingleses, sino también contra los borgoñones, y que quizás insertaremos en esta obra.

 



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