Registro Delfinal de Mathieu Thomassin Escrito Entre 1448 y 1458

 

Capítulo I

Estando el rey [Carlos VI] en las manos de los ingleses, murió el año 1422 y entonces Monseñor el Delfín se hizo llamar rey. 

Y porque los enemigos tenían todos los lugares hasta Reims, y también Reims, no fue coronado hasta la venida de la Doncella. 

Se llamaba "rey de Francia, Delfín de Vienne", en las cartas que se enviaban por aquí, hasta el tiempo en que entregó la administración del Delfinado a Monseñor. Los enemigos se reían y se burlaban de él, y lo llamaban "rey de Bourges" porque allí se había retirado y donde más tiempo residía. 

En el año 1424, el decimoséptimo día de agosto, fue la batalla de Verneuil, y allí murieron alrededor de 300 caballeros y escuderos del Delfinado, junto con toda su compañía, lo cual fue un gran daño. Los habitantes de los tres Estados del Delfinado, en memoria perpetua de la valentía y lealtad de los delfinenses, hicieron fundar en el convento de los Jacobinos de Grenoble una misa perpetua que se dice en el altar mayor; y encima de los sitiales donde se colocan el sacerdote, el diácono y el subdiácono, hicieron pintar una imagen de Nuestra Señora con un gran manto en el cual están pintados los señores nobles que murieron en la dicha batalla, todos armados junto con sus cotas de armas. Misa y pintura similar se hicieron en Saint-Antoine de Viennois, en el monasterio. De las otras batallas y encuentros que se hicieron antes o después, no digo nada. 

Y es verdad que tanto por batallas, encuentros, asaltados, sitios como por otras maneras el reino fue llevado a tal extremo que habría sido conducido a la obediencia hacía los ingleses y sus aliados, si Dios no hubiese tenido misericordia y enviado socorro por medio de una pastorcita llamada Juana. 

El año 1429, vino la mencionada Doncella, y por medio de ella fue levantado el sitio, tenido por inexpugnable, que los ingleses tenían ante la ciudad de Orléans. El año anteriormente dicho, ella llevó al rey a Reims; y allí fue coronado el diecisiete de julio, como por milagro. Pero luego continuó siendo el Delfín hasta el tiempo anteriormente mencionado. 

Capítulo II

La anteriormente mencionada Doncella era de Lorraine, del lugar de Vaucouleurs; y fue traída al señor el Delfín por el castellano del dicho lugar, vestida como un hombre. Ella tenía los cabellos cortos y un sombrero de lana sobre la cabeza. Vestía las calzas como los hombres, de manera muy simple. Hablaba poco, salvo cuando se le hablaba. Su juramento era: "en el nombre de Dios". Llamaba a mi señor el Delfín: "gentil Delfín", y así ella lo llamó hasta que fue coronado. Algunas veces lo llamaba "el oriflama". Ella decía que era enviada por Dios para expulsar a los ingleses y que, para hacer esto, era necesario armarla; de lo cual todos quedaron asombrados con tales noticias y, al principio, todos decían que era una burla; y a nada de lo que ella decía se le daba crédito.

Clérigos y otros hombres de entendimiento pensaron sobre esta materia, y entre las otras escrituras fue encontrada una profecía de Merlín, hablando de esta manera:

Descendet virgo dorsum sagittarii
et flores virgineos obscurabit.

Descenderá la virgen sobre el lomo del Sagitario (arquero)
y oscurecerá (ocultará) las flores virginales.

Basados en esos versos, fueron hechos otros versos cuyo contenido es el siguiente:

Virgo puellares artus induta virili
Veste, Dei monitu, properat relevare jacente
Liliferum regemque ; suos delere nefandos
Hostes, præcipue qui nunc sunt Aurelianis,
Urbe sub, ac illam deterrent obsidione.
Et si tanta viris mens est se jungere bello,
Arma sequique sua, quæ nunc parat alma Puella,
Credit et fallaces Anglos succumbere morti,
Marte puellari Gallis sternentibus illos,
Et tunc finis erit pugnæ, tunc foedera prisca,
Tunc amor et pietas et cætera jura redibunt ;
Certabunt de pace viri, cunctique favebunt
Sponte sua regi, qui rex librabit et ipsis
Cunctis justitiam, quos pulchra pace fovebit ;
Et modo nullus erit Anglorum pardiger hostis
Qui se Francorum præsumat dicere regem.

La Virgen, revestida de atavíos varoniles,
por mandato de Dios se apresura a levantar al que yace,
al rey de los lirios,
y a destruir a sus impíos enemigos,
principalmente a los que ahora asedian Orléans
y mantienen a la ciudad bajo sitio, disuadiéndola.
Y si tan gran ánimo tienen los hombres para unirse a la guerra,
y seguir las armas que ahora prepara la piadosa Doncella,
creen que los engañosos ingleses sucumbirán a la muerte,
abatidos por la doncella guerrera mientras los franceses los derrotan;
y entonces será el fin de la lucha, entonces volverán los antiguos pactos,
entonces retornarán el amor, la piedad y todas las demás leyes;
los hombres rivalizarán por la paz y todos de buen grado
servirán a su rey, que reinará con justicia para todos ellos,
y a todos acogerá en una hermosa paz.
Y entonces no habrá ya ningún enemigo inglés, portador de leopardo,
que ose llamarse rey de los franceses.

Antes de que Monseñor el Delfín quisiera dar fe a la Doncella, como príncipe sabio, puso este asunto en consejo; los clérigos fueron reunidos, los cuales, tras muchas diputaciones, fueron de la opinión que sigue:

"Primero, que el señor el Delfín, considerando la necesidad de él y del reino, y considerados los continuos ruegos del pobre pueblo a Dios y de todos los otros amantes de la paz y de la justicia, no debe rechazar ni descartar a dicha Doncella, no obstante que las promesas y las palabras de la mencionada Doncella sobrepasen las obras humanas. Por lo tanto, mi dicho señor no debe dar fe y ligeramente creer en ella, sino que, siguiendo la Santa Escritura, debe probarla por dos maneras: por la prudencia humana, investigando su vida, sus maneras, su intención, como dice San Pablo: Probate spiritus si ex Deo sint. La segunda manera: por devota oración solicitar de Dios un signo de alguna obra o esperanza divina por la cual se pueda juzgar que la dicha Doncella viene por voluntad de Dios. Así dijo Dios a Achaz que pidiese una señal cuando le pluguiere a Dios darle la victoria, diciéndole: Pete tibi signum a Domino Deo tuo; así Gédéon pidió un signo y muchos otros. 

Mi señor el Delfín, siguiendo la dicha deliberación, hizo probar a la Doncella sobre su nacimiento, su vida, sus maneras y su intención, y no se encontró en ella nada más que bien. Luego, la hizo vigilar bien y honestamente por el espacio de seis semanas en las cuales siempre fue examinada; ella fue mostrada a los clérigos, hombres eclesiásticos, hombres de gran prudencia y devoción, soldados, mujeres honestas, viudas y otros, pública y secretamente. 

La Doncella ha conversado con todos los tipos de personas; pero en ella no se encontró nada más que bien, como humildad, virginidad, devoción, honestidad en todas las cosas, y simpleza. De su nacimiento, de su vida, muchas cosas maravillosas fueron confirmadas como verdaderas.

En cuanto a la segunda manera de probación, mi señor el Delfín le pidió y rogó que ella hiciera algún signo por el cual él debía dar fe a ella de que era enviada de Dios. Ella respondió que ante la ciudad de Orléans, ella se lo mostraría, y no antes ni en otro lugar; porque así le había ordenado Dios.

Las cosas anteriormente dichas hechas, fue concluido, en virtud de la dicha probación hecha por Monseñor el Delfín, en la medida que le fue posible, y (en virtud) de que ningún mal fue encontrado en la mencionada Doncella, y considerada su respuesta de mostrar un signo ante Orléans, vista su constancia y su perseverancia en su propósito y sus insistentes solicitudes de armarla y de ir ante Orléans para allí mostrar el signo del divino auxilio, [fue concluido] que Monseñor el Delfín no debía impedirla de ir a Orléans con sus soldados, que él la debía hacer conducir honestamente, teniendo mucha esperanza en Dios, ya que rechazarla o dejarla sin tener apariencia de mal, sería repugnar al Espíritu Santo, y volverse indigno de la gracia y ayuda de Dios, como dijo Gamaliel al consejo de los Judíos contra los Apóstoles. 

Vista y considerada la conclusión, el dicho señor el Delfín hizo armar y equipar a la Doncella. He oído decir a aquellos que la vieron armada que era muy agradable de ver; y que ella se portaba tan bien como un hombre de armas. Y cuando ella estaba en la batalla, era valiente y animosa, y hablaba altamante sobre el arte de la guerra. Y cuando ella estaba sin armadura, era muy simple y hablaba poco. 

Antes de que ella quisiera ir contra los ingleses, dijo que era necesario que los intimara y los requiriera, de parte de Dios, para que abandonaran el reino de Francia. Hizo escribir cartas que ella misma dictó, en tosco y pesado lenguaje y mal ordenado. He leído copias de ellas, cuyo tenor es el siguiente. Y encima de dichas cartas estaba escrito: "Escuchad las maravillas de Dios y de la Doncella". 

"Rey de Inglaterra, haced justicia al Rey del Cielo por su sangre real. Entregad a la Doncella las llaves de todas las buenas ciudades que habéis tomado por la fuerza en Francia. Ella ha venido de parte de Dios para reclamar toda la sangre real. Está completamente dispuesta a hacer la paz, si queréis hacer justicia, entregando Francia y pagando por el tiempo que la habéis tenido. Y si no lo hacéis así, yo soy jefe de guerra; en cualquier lugar de Francia donde encuentre a vuestra gente, si no quieren obedecer, los haré salir de allí, quieran o no; y si quieren obedecer, les concederé misericordia. Ella (la Doncella) viene de parte del Rey del Cielo, cuerpo a cuerpo, a echaros fuera de Francia. Y os promete y os asegura la Doncella que hará tan gran estruendo, que hace mil años que no se ha visto otro igual en Francia. Si no le hacéis justicia, creed firmemente que el Rey del Cielo le enviará más fuerza de la que vosotros podríais reunir para atacarla a ella y a su buena gente".

Carta a los soldados: "Entre vosotros, arqueros, compañeros de armas, nobles y villanos que estáis en Orleans: id a vuestra tierra de parte de Dios. Y si no lo hacéis así, guardaos de la Doncella; y pronto os acordaréis de vuestros daños. No perseveréis en vuestra obstinación, porque no retendréis Francia, que pertenece al Rey del Cielo, el hijo de Santa María; sino que la poseerá el rey Carlos. Si no creéis en las nuevas de Dios y de la Doncella, en cualquier lugar donde os encontremos, entraremos en vuestros rangos con grandes golpes, y veremos quién tiene mejor derecho de parte de Dios: vosotros o nosotros".

Carta a los capitanes ingleses: "Guillaume La Poule, conde de Suffolk; Juan, señor de Talbot; y tú, Thomas, señor de Scales, lugartenientes del duque de Bedford, que os decís regente de Francia por el rey de Inglaterra: responded si queréis hacer la paz en la ciudad de Orleans, y si no lo hacéis, acordaos de vuestros daños".

Otra carta: "Duque de Bedford, que os decís regente de Francia por el rey de Inglaterra: la Doncella os ruega y os requiere que no os hagáis destruir. Si no hacéis justicia, con vuestros propios ojos podréis ver que, en su compañía, los franceses harán la mayor hazaña que jamás se haya visto en la cristiandad". 

Estas cartas fueron llevadas y entregas, pero no fueron tenidas en cuenta. Y por ello, la Doncella se dispuso a continuar con aquello por lo que había venido. Iba bajo el estandarte en el cual... Ella montaba sobre un gran caballo, bien armado y equipado; y con los soldados que Monseñor el Delfín le había dado, fue a Orléans donde los ingleses habían puesto un sitio fuertísimo, y, según el curso natural de las cosas, inexpugnable. No hubo esperanza alguna de recibir auxilio ni ayuda de los hombres, porque Msr el Delfín tenía muy pocos hombres para hacer tal hazaña. Estaba casi completamente perdido de modo que, cuando llegó la Doncella, se había puesto en deliberación lo que se debía hacer si Orléans era tomado. La opinión de la mayoría era que si esta ciudad era tomada, no era necesario tener en cuenta al resto del reino, considerando el estado en el cual se encontraba y que no había remedio, excepto que Msr el Delfín se retirase al presente país del Delfinado y que allí lo guardase esperando la gracia de Dios. Los otros decían que era más conveniente esperar la dicha gracia dentro del reino y que de otra manera se daría demasiada moral a los enemigos; se perdería todo sin ningún recurso, que era mejor esta vía que otra, pues la otra era un camino de desesperación, lo que mucho desagrada a Dios.

Estando Monseñor el Delfín en este estado, llegó la Doncella; y por su medio, y mediando la gracia de Dios, por un milagro evidente fueron muy valientemente asaltadas y tomadas las fortísimas e inexpugnables bastillas que los ingleses habían hecho, y el sitio fue totalmente levantado para grandísimo daño y confusión de los ingleses. Entonces, por la Doncella y por los hombres de Monseñor el Delfín, fueron realizados los hechos de guerra maravillosos e imposibles. De allí en adelante, la Doncella hizo una grandísima campaña contra los ingleses, recuperando ciudades y castillos; ella hizo muchísimos hechos maravillosos dado que desde la toma de Orléans los ingleses y sus aliados no tuvieron ni fuerza ni virtud. Así, la restauración de Francia y su recuperación fue muy maravillosa. Y sepa cada uno que Dios mostró y muestra cada día que ha amado y ama al reino de Francia. Lo ha elegido especialmente como su propia herencia, para que por medio de él se expanda la santa fe católica y se restaure por completo; y por ello Dios no quiere dejarlo perder. Pero por sobre todos los signos de amor que Dios ha enviado al reino de Francia, no hubo ninguno tan grande ni tan maravilloso como aquel de esta Doncella. 

Capítulo III

Y por todo esto grandes crónicas fueron hechas. Y, entre las otras, una notable mujer llamada Christine que ha hecho muchos libros en francés -la he visto frecuentemente en Paris- ha hecho del advenimiento de la Doncella y de sus gestas un tratado del cual meteré aquí solamente lo más especial sobre la Doncella. Dejé de lado lo restante, pues sería demasiado largo ponerlo aquí. Quise poner aquí el tratado de la mencionada Christine mucho más que la de otros con el fin de honrar siempre al sexo femenino por cuyo medio toda la Cristiandad ha recibido tantos bienes: por la Doncella Virgen María, la reparación y restauración de todo el linaje humano; y por la mencionada Doncella Juana, la reparación y restauración del reino de Francia, que estaba del todo perdido hasta el punto de acabar por completo, de no haber sido por su venida. Por ello, por todos debe ser muy loada, aunque y a pesar de que los ingleses y sus aliados han dicho todo el mal que han podido decir: pero los hechos de la mencionada Doncella los dejaron y los dejan a todos como mentirosos y confundidos. 

¡Ah, sé alabado, Dios Altísimo! A Ti debemos todos dar gracias, Tú que has traído el tiempo en que estos bienes nos han sido concedidos. Con las manos juntas, grandes y pequeños, gracias Te damos, Rey celestial, por quien hemos llegado a la paz y hemos salido de tan gran tempestad.

Y tú, Doncella, nacida en hora propicia, ¿habría que olvidarte, a ti que Dios ha honrado tanto como para hacerte desatar los lazos que tenían a Francia tan fuertemente encadenada? ¿Podría nadie alabarte bastante, cuando a esta tierra humillada le diste por la guerra el don de la paz?

¡Ah, Juana, nacida en hora propicia, bendito sea el Cielo que te creó, Doncella designada por Dios, en quien el Espíritu Santo derramó tan gran gracia, en quien estuvo y está toda abundancia de alto don! Jamás palabra alguna podrá decirte la gratitud que se te debe.

¿De quién podrían decirse alabanzas más elevadas? ¿Qué hechos del pasado están por encima de los tuyos? En Moisés, con abundancia, puso Dios gracias y virtudes; sin cesar se esforzó para sacar al pueblo de Israel de Egipto. Así tú, ¡oh Doncella elegida!, nos has librado milagrosamente de la desgracia.

Considerada tu persona, que es la de una joven doncella a quien Dios da el poder de ser nuestra defensora, de ser quien da a Francia la leche de la paz y de la dulce vida, de abatir al pueblo rebelde… ¡he aquí cosa que excede la naturaleza!

Si Dios hizo por Josué tantos milagros, si le dio conquistar ciudades y tierras y derribar a muchos enemigos, Josué era un hombre fuerte y poderoso; pero, en suma, he aquí una mujer, una simple pastora, que es valerosa más que hombre alguno lo fue en Roma. Para Dios, esto es cosa ligera;

pero para nosotros, jamás oímos hablar de maravilla tan grande, pues de todos los héroes que existieron a lo largo de los siglos, sus hazañas no igualan el hecho de aquella que expulsó a nuestros enemigos; pero es Dios quien obra, quien la guía y en ella puso corazón mayor que el de un hombre.

De Gedeón, que era un simple labrador, se hace gran memoria; Dios lo hizo guerrero, dice la Escritura; contra él nadie resistía, tal era su poder de conquista; pero, por mucho que se cuente, jamás hizo milagro tan manifiesto como el que ven nuestros ojos en la Doncella.

Ester, Judit y Débora fueron mujeres de gran mérito. Por ellas Dios liberó a su pueblo, que había caído en servidumbre. He sabido que otras hubo valerosas como ellas; pero más grande milagro en este país ha hecho Dios en esta Doncella.

Por milagro y por divina admonición del Ángel de Dios, ella fue enviada al rey para ser su providencia. Su hecho no es ilusión. Fue bien debidamente probada en asamblea. En conclusión, la cosa está probada por los hechos.

Fue bien examinada antes de que se quisiera creer en ella; se la llevó ante clérigos y sabios, para ver si decía verdad, antes de que fuera notorio que Dios la había enviado al rey. Incluso se halló en historias que Dios para esto la había prometido.

Merlín, la Sibila y Beda, hace más de quinientos años, la vieron en espíritu venir a traer remedio a los males de Francia. La consignaron en sus escritos y la profetizaron, diciendo que portaría estandarte en las guerras de los franceses; de todo su hecho contaron la manera.

Su bella vida, plena de fe, muestra que está en la gracia de Dios; por eso a su obra se da mayor crédito. Haga lo que haga, tiene siempre a Dios presente; lo invoca, lo sirve, lo ora en sus actos y en sus palabras, sin que en lugar alguno su devoción flaquee.

Así se mostró bien en el sitio puesto ante Orleans, donde apareció primero su fuerza. Jamás milagro, a mi entender, fue más claro. Dios ayudó de tal modo a los suyos que los enemigos no se ayudaron más que perros muertos. Allí fueron tomados y muertos.

¡Oh, qué honor para el sexo femenino! Es manifiesto que Dios lo ama, pues todo este pueblo abatido, por quien todo el reino estaba perdido, fue por una mujer levantado y redimido; lo que ningún hombre habría podido hacer. Los traidores quedan abandonados: antes del hecho, apenas se habría creído.

¡Ingleses, bajad vuestros cuernos, pues jamás en Francia tendréis buena presa! Dejad vuestras burlas, estáis vencidos en el tablero. No lo pensabais ayer, cuando os mostrabais tan audaces; pero aún no estabais en el sendero donde Dios derriba a los soberbios.

Pensabais tener ganada Francia y que había de quedaros. Pero no es así, familia falsa. Iréis a labrar a otro lugar, si no queréis gustar la muerte, como vuestros compañeros que tal vez lobos devoran, pues yacen muertos sobre los surcos.

Sabed que por ella los ingleses están abatidos sin jamás volver a levantarse; Dios lo quiere, Él escucha las voces de los buenos a quienes quisieron oprimir. La sangre de los inocentes derramada clama contra ellos; Dios no quiere ya tolerarlo; ha decidido rechazarlos como malvados.

Una muchacha de dieciséis años —¿no es cosa que sobrepasa la naturaleza?— para quien las armas no pesan y que en ellas se muestra tan fuerte y tan firme, que parece que es su vida. Delante de ella los enemigos huyen; nadie resiste; ella hace estos hechos, viéndolo muchos ojos.

Así que, por encima de todos los héroes de tiempos pasados, ella debe llevar la corona; pues sus hechos nos muestran bien que Dios le da más proeza que a todos aquellos a quienes tanto se celebra. Aún no lo ha cumplido todo; creo que Dios la envía para que por su hecho la paz reine por doquier.

Destruir a los ingleses es la menor de las hazañas que le están reservadas. Tiene aún empresa más alta: que la fe no perezca. En cuanto a los ingleses, plórese o ríanse, se acabó: en adelante serán motivo de burla; están caídos.

Y vosotros, rebeldes, que a ellos os habéis unido, ¿no veis que habría sido mejor seguir el derecho que el torcido camino para convertiros en siervos de los ingleses? Guardaos de que esto no os ocurra más, pues demasiado se os ha tolerado, y bien recordéis el fin que se os viene.

¿No advertís, gente ciega, que Dios ha puesto aquí la mano? Bien ciego quien no lo ve. Pues ¿cómo podría esta Doncella aparecer entre nosotros con esta fuerza que os abate muertos, sin que tengáis fuerza para resistir? ¿Queréis luchar contra Dios?

¿No condujo ella al rey a la consagración, teniéndolo siempre de la mano? Jamás ante Acre se hizo cosa mayor; pues sin duda hubo contradicciones sin cuento; pero a pesar de todos, allí fue recibido con gran nobleza, y consagrado bien ritualmente y allí oyó misa.

Con grandísimo triunfo y poder, Carlos fue coronado en Reims, en el año mil cuatrocientos veintinueve, bien, sin que haya lugar a dudarlo, bien salvo y sano, en medio de muchos barones, justo el día diecisiete de julio, ni más ni menos, y allí permaneció cinco días.

Cuando con la Doncellita volvió por su país, ni ciudad ni castillo hubo que… ya fuesen amigos o enemigos, ya estuviesen aterrados o seguros, los habitantes se rendían. Pocos afrontaban el combate, tanto temían su poder.

Algunos, en su locura, soñaron con resistir; pero vano esfuerzo, pues al fin quien contradice a Dios es vencido: es nada; quiéranlo o no, hay que rendirse; no hay resistencia tan fuerte que delante de ella no se debilite.

Aunque se hizo gran ejército para impedir su regreso y sorprenderla, ni fuerza ni astucia tuvieron éxito; allí fueron muertos o tomados prisioneros, y, como he oído decir, todos los que la combatieron fueron enviados al infierno o al paraíso.

Capítulo IV

A través de asaltos a ciudades y de castillos, por batallas, por capturas de ciudades como de otras cosas, muchos otros grandes hechos fueron realizados por la Doncella. Sería demasiado largo ponerlos aquí. 

Aunque lo que fue hecho por ella, lo fue solamente en el reino de Francia y no en el Delfinado, he querido, sin embargo, ponerlo en este registro, al menos el principal, ya que estos hechos ocurrieron cuando mi mencionado señor Carlos era Delfín, en su tiempo y bajo él, y también porque, así como fue dicho, el Delfinado estaba inseparablemente unido al reino. Si el reino hubiese sido perdido (el Delfinado lo hubiese estado también), así como se hizo esfuerzo por ello, como será declarado más adelante. 

Por otra parte, la materia de la Doncella es tan elevada y tan maravillosa que es cosa buena de anotar, y digna de entrar para perpetua memoria, en todos los libros-registros para la gloria de Dios, el honor del reino y del Delfinado. 

Los ingleses y los borgoñones decían de la Doncella muchas palabras difamadoras e injuriosas, amenazándola, si podían capturarla, con hacerla morir malvadamente. 

Ella fue interrogada por algunos sobre su poder, y si los ingleses tendrían poder para hacerla morir. Respondió que todo dependía del placer de Dios; y ella certificó que si debía morir antes que fuese cumplido aquello por lo que Dios la había enviado, perjudicaría a los ingleses tras su muerte más que lo que habría hecho en su vida, y que, no obstante su muerte, todo por lo que ella había sido enviada se cumpliría. Así fue hecho por gracia de Dios, como se ve clara y evidentemente, y es en nuestros tiempos cosa notoria.

La dicha Doncella frecuentemente habló a mi mencionado señor el Delfín en Paris, y le dijo cosas secretas que pocas personas sabían.

La mencionada Doncella fue traicionada y entregada a los ingleses ante la ciudad de Compiègne; ella fue traída a Rouen y allí se le hizo un juicio sobre su vida, para encontrar contra ella algo por lo que hacerla morir. Y no supieron encontrar nada contra ella excepto que había dejado el hábito femenino y tomado el masculino, lo cual es cosa prohibida. A esto y a las otras cosas sobre las que fue interrogada, respondió tan bien que no se supo qué replicarle. Y no obstante esto, fue condenada a morir en la hoguera, solamente por motivo de dicho hábito. Fue llevada a la hoguera, y allí murió y fue quemada.

Se dice que durante su juicio y en su muerte ocurrieron cosas maravillosas, de las cuales se hizo un juicio por autoridad de la Iglesia*. Quien lo vio y leyó tenía la copia que debía enviarme; no la he recibido aún; lo cual me desagrada; pues hubiera hecho aquí mención de las cosas principales.

*Se refiere al juicio de rehabilitación.

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