Del Reino de Dios
1. El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo, como dice el capítulo 10 de San Mateo. Y los galileos lo retenían para que no se alejara de ellos. Pero Él les dijo: “Es necesario que anuncie también el reino de Dios en otras ciudades, porque para esto he sido enviado.” Estas palabras se encuentran en el capítulo 4 de San Lucas. Aquí se ve que, entre todos los ministerios jerárquicos, el más noble es anunciar el reino de Dios, misión para la que Cristo fue enviado, según Él mismo lo atestigua. Por eso se dice en el capítulo 61 de Isaías: “El espíritu del Señor está sobre mí para anunciar la buena nueva,” es decir, para evangelizar. Por tanto, quien quiera ejercer el oficio de Cristo debe vivir santamente. Y sería extraño que alguien se atreviera a predicar si Cristo no lo hubiera mandado, como lo hizo en el capítulo 10 de San Mateo: “Predicad diciendo que el reino de Dios está cerca.” Por eso, queridos hermanos, ya que nuestra vida no es digna de tan alto ministerio, pidamos ayuda, etc.
2. El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo. En toda esta parábola, que se proclama en el evangelio de hoy, se destacan tres aspectos principales:
Primero, la potencia y sabiduría divinas en la creación de las criaturas, expresada cuando dice: “El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo.” La buena semilla representa a las criaturas buenas, como se lee en el capítulo 1 del Génesis: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno.” El campo, como explicó el mismo Cristo, es el mundo; y la Glosa comenta: “Solo siembra el bien quien es bueno.”
Segundo, la providencia divina que muestra paciencia y tolera el mal, expresada en las palabras: “No sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis también el trigo. Dejad que ambos crezcan hasta la siega.” Sobre esto la Glosa interlineal comenta: “He aquí la longanimidad que es necesaria hasta el fin.”
Tercero, la justicia divina que retribuye los méritos, expresada en: “Y al tiempo de la siega diré a los segadores: recoged primero la cizaña y atadla en manojos para quemarla; y el trigo guardadlo en mi granero.” La Glosa interlineal observa: “Quien soportó con paciencia, retribuye justamente según el mérito.” Y por eso, dice la Glosa, conviene que “pensemos en la justicia dentro de la paciencia y no olvidemos la paciencia en la justicia.”
3. Y puesto que a nosotros se nos ha concedido conocer los misterios del reino de Dios, y a otros solo se les habla en parábolas —para que viendo no vean y oyendo no entiendan, como dice el capítulo 8 de San Lucas—, y dado que no se entienden bien las comparaciones sin conocer antes las realidades —pues no puedo entender que Pedro se parece a Pablo sin conocerlos a ambos—, se deduce que sobre el reino de los cielos primero deben tratarse algunas verdades absolutas, y luego las comparaciones que lo describen. Así, podemos hacer seis consideraciones sobre el reino de los cielos:
Primera: qué es el reino de los cielos.
Segunda: dónde se encuentra.
Tercera: qué cualidades posee.
Cuarta: cuán grande es.
Quinta: a quiénes pertenece.
Sexta: las doce parábolas del reino que se hallan en el Evangelio.
Y, en relación con esta parábola, conviene tratar también tres cuestiones difíciles: de dónde surge el mal, por qué se permite y cómo se castiga.
4. En cuanto a la primera consideración, veamos qué es el reino de los cielos. El Apóstol lo explica en el capítulo 14 de la Epístola a los Romanos: “El reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.” Aquí describe finamente la bienaventuranza del libre albedrío en su plenitud, que abarca tanto la facultad de la razón como la voluntad.
¿Qué es, pues, el reino de Dios? Es una influencia divina que endereza universalmente los juicios de la razón, aquieta y pacifica los ámbitos que la razón gobierna, y colma de gozo los deseos de la voluntad. Así, la justicia es la rectitud universal de los juicios de la razón; la paz, la tranquilidad universal de lo que depende de la razón; y el gozo, la satisfacción plena de los deseos de la voluntad. Entonces reina el libre albedrío, y el alma queda completamente en calma. Pero esto es imposible en la vida presente: que todos nuestros juicios sean rectos, todos nuestros afectos estén en paz y todos nuestros deseos se cumplan solo será posible en la vida eterna.
5. En cuanto a los juicios, es algo evidente, sobre todo tratándose de las ciencias propias de los médicos, juristas, astrólogos y teólogos, las cuales rigen casi todos nuestros conocimientos. Los juicios de los médicos, en efecto, muchas veces se desvían, y esto se debe a que se ocupan de un objeto que está entre lo natural y lo accidental, y es sabido cuán variados e innumerables son los accidentes y cómo un breve espacio de tiempo altera la complexión; de ahí que los médicos se equivoquen. Los juicios de los juristas muchas veces son torcidos, porque se mueven entre lo verosímil y lo verdadero; y dado que lo verosímil se hace más aceptable y se aprueba, se abandona lo verdadero, quedando los juristas engañados. Lo mismo ocurre con los juicios de los astrólogos, los cuales con frecuencia se ven sujetos a engaño, porque se interponen entre lo necesario y lo posible. Y precisamente porque las causas inferiores son posibles y, por tanto, variables, los astrólogos se engañan a menudo. De igual manera, los juicios de los teólogos resultan algunas veces menos rectos, pues median entre lo eterno o eviterno y lo temporal. Dentro de lo temporal están las intenciones, las afecciones y otras innumerables circunstancias, las cuales a veces cambian la calidad moral de los actos, transfiriéndola de un género a otro; y porque nadie sabe si uno es digno de amor o de odio, por eso los jueces de las almas se equivocan a veces. Y por tanto, queda claro que los juicios humanos en esta vida no son universalmente rectos.
6. En cuanto a los dominios, que pertenecen a nuestra facultad de gobierno, también es algo manifiesto. Porque, ¿quién los ha tenido alguna vez, en vida, pacificados y sosegados todos? En efecto, miserables de nosotros, sostenemos cuatro combates que continuamente nos inquietan: los que nos vienen del tiempo, del cuerpo, de la sensualidad y de la misma voluntad. El tiempo nos combate dolorosamente: el verano, por su excesivo calor; el invierno, por su excesivo frío; la primavera, por su excesiva humedad, y el otoño, por ser excesivamente árido y seco. A esto se suma que el tiempo es principio de corrupción. Asimismo, el cuerpo nos combate y nos aflige, sufriendo aquí hambre, allí fiebre, más allá frío, etc. Y en cuanto a la sensualidad, ¿quién podría dudar que es ella la que con mayor violencia nos ataca, contradiciendo muchas veces a la voluntad? Sus apetencias son, en efecto, comer, beber, dormir y otras comodidades semejantes. Por último, nuestra voluntad también es combatida, pues muchas veces se rebela contra la razón y llega a ser contraria y diversa en sí misma. Contradice, en efecto, las leyes divinas y quiere sacudirse el yugo de la razón; y lo que es más todavía, se muestra contraria a sí misma y dividida en su interior, pues querría querer lo que no puede querer de ningún modo. Por tanto, como no hay nadie en esta vida que no sea molestado por estos cuatro géneros de combate, está demostrado que no existe en el mundo quien tenga pacificados todos los dominios de su ser.
7. En cuanto a los deseos, tampoco hay duda alguna. ¿Quién hay, en efecto, que tenga en esta vida todos sus deseos cumplidos? Nadie. Existen, de hecho, cuatro tipos de deseos que nos inducen a casi todos los males, y son estos: el deseo de dominar, el deseo de saber o conocer, el deseo de deleitarse y el deseo de poseer en abundancia. El primero es la raíz de la soberbia; el segundo, de la curiosidad; el tercero, de la lascivia, y el cuarto, de la avaricia. El primer deseo no puede saciarse, porque, aunque dominaras todo el mundo, la muerte te dominará a ti, según la sentencia del Sabio en el capítulo 10 del Eclesiástico: “Breve es la vida de todo potentado,” es decir, la vida de los que dominan. El segundo deseo no puede saciarse, porque, aunque vivieras muchos años, no podrías conocer plenamente la naturaleza de un brizna de hierba, ni la de una mosca, ni la de la criatura más mínima que existe en el mundo. El tercer deseo, que es el de deleitarse, tampoco es posible saciarlo; y la razón es que donde halles deleite, hallarás después tormento y dolor. En verdad, todo deleite de esta vida presente está rociado de amarguras. Por último, el cuarto deseo, que es el de poseer en abundancia, tampoco puede saciarse, porque el avaro no se saciará de dinero. Por eso, en el De diligendo Deo, San Bernardo dice así: “Tan lejos está el dinero de mitigar el hambre del alma como el viento de mitigar el hambre del cuerpo. Supón que ves a un hambriento, con la boca abierta, aspirando aire a grandes bocanadas, como si quisiera calmar su hambre. ¿No lo tendrías por un loco? De la misma manera, no da menos señales de locura quien piensa que el espíritu racional puede quedar saciado —y no hinchado— por cualquier bien material. En verdad, la materia no puede alimentarse de bienes espirituales, ni el espíritu de bienes materiales.” Todo esto es de San Bernardo.
8. Recuerda al rey Alejandro, que, al oír decir a los epicúreos que existían dos mundos, pensó enseguida en cómo conquistar el segundo mundo, y dijo: “Tengo ahora más cosas que hacer.” Por esta razón debemos desear mucho aquel reino, donde todos nuestros juicios serán universalmente rectos, todos nuestros dominios universalmente pacificados y todos nuestros deseos universalmente colmados.
9. Viniendo ahora a la segunda consideración, debemos ver dónde se halla aquel reino, para saber hacia dónde dirigirnos para buscarlo. Para ello conviene notar que ese reino no está en lo exterior, sino en lo interior, pues es un reino espiritual. Además, no está en lo inferior, sino en lo superior, por ser un reino elevado. Y, por último, no está en lo creado, sino en las razones causales, ya que es un reino perpetuo e incorruptible.
Digo, pues, que ese reino no está en lo exterior, sino en lo interior. Por eso nuestro Salvador dice en el capítulo 17 de San Lucas: “He aquí que el reino de Dios está dentro de vosotros.” Pero, ¿qué significa esto? Si el reino está dentro de nosotros, parece, a simple vista, un reino pequeño y demasiado angosto. Sin embargo, conviene considerar cuán grande es ese reino. Tenemos en el alma cuatro facultades: sentido, imaginación, razón e inteligencia. Mira cuánto abarca el sentido: en efecto, el ojo, en un solo punto de la pupila, aprehendería, según piensan algunos, todo el mundo, si no tuviera ningún obstáculo. Y la imaginación puede captar muchos mundos como ese. Y la razón va más lejos aún cuando capta, pues de lo particular, que existe aquí y ahora, abstrae lo universal, que existe en todo instante y en todo lugar. Por tanto, si los sentidos, la imaginación y la razón son tan capaces y tienen tan alto poder de aprehensión, ¿cuánto más la inteligencia, hecha para captar a Dios, que es bien infinito? Luego, el reino que está dentro de nosotros no es un reino pequeño, sino máximo e infinito.
10. En segundo lugar, ese reino no está solo en lo interior, sino en lo superior. Por eso dice el Salvador en el capítulo 18 de San Juan: “Mi reino no es de este mundo.” Quiere decir, no que este mundo no esté sujeto a su imperio —como sostienen ciertos herejes—, sino que su reino debe buscarse en lo superior, y no en lo inferior; pues es necesario que se encuentre en lo superior para que sea un reino completo. En efecto, se ha de saber que hay cuatro clases de agentes: el elemental, el etéreo, el eviterno o sempiterno y el eterno. El primero es transmutable según la forma; el segundo, según la situación; el tercero, según la afección, y el cuarto es tal que no puede moverse ni transmutarse. Pues bien, en este agente se ha de situar el reino elevado y sublime.
11. Y, finalmente, este reino no está en lo creado, sino en las razones causales. Por eso dice el Salvador en el capítulo 22 de San Lucas: “Vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas, y yo dispongo del reino a favor vuestro como mi Padre ha dispuesto de él a favor mío, para que comáis y bebáis a mi mesa.” Esta mesa no es material, sino sapiencial; es una mesa donde tantas son las viandas como las razones de las criaturas que en ella resplandecen. Esta es la mesa de la que está escrito en el capítulo 9 de los Proverbios: “La Sabiduría se ha edificado su casa,” al asumir la naturaleza humana; “ha labrado sus siete columnas,” cuando por la gracia septiforme del Espíritu Santo comunicó fortaleza a la Iglesia; y “ha preparado su mesa,” disponiendo las razones vivientes y eternas para que sean contempladas y conocidas por el alma que reina con Dios; y esto sí que es preparar la mesa. Así, esas razones vivientes se mostrarán a los espíritus gloriosos como en un espejo, como en un libro y como en una mesa: en espejo, porque se verán hermosamente; en libro, porque se verán de forma estable e indeleble; y en mesa, porque se verán deliciosamente.
12. Y porque, habiendo salido de lo interior a lo exterior y descendido de lo superior a lo inferior, amábamos las criaturas en lugar del Creador, por eso nuestro Señor vino de lo interior a lo exterior, conforme está escrito en el capítulo 28 de Job: “La sabiduría se saca de lo oculto,” y vino para hacernos volver de las cosas exteriores a las interiores. También descendió de lo superior a lo inferior, como se dice en el Evangelio de San Juan: “Yo he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, etc.”; y en el capítulo 24 del Eclesiástico se dice a este respecto: “Yo habité en las alturas y mi trono fue una columna de nube;” y bajó para llevarnos de las cosas inferiores a las superiores. Además, Él mismo, nuestro Creador, asumió la criatura, según se dice en el capítulo 1 de San Juan: “El Verbo se hizo carne;” y lo hizo para conducirnos del amor desordenado de las criaturas a su santo amor.
13. Pasando a la consideración tercera, se debe tratar de las cualidades que este reino contiene. Para ello debe notarse que este reino es glorioso, hermoso y delicioso; y lo es por el Padre, por el Hijo y por el Espíritu Santo. Al Padre se le atribuye la altura de la gloria; al Hijo, la hermosura de la sabiduría; y al Espíritu Santo, la dulzura de la benevolencia; y, por tanto, allí existe todo lo excelso, todo lo bello y todo lo suave.
Digo, pues, primeramente, que ese reino es glorioso, según las palabras del Salmo: “La gloria de tu reino dirán.” Y esto será cuando los espíritus bienaventurados vuelvan todos los bienes que tienen al primer Principio. Por eso los ángeles cantan incesantemente gloria y alabanza, porque todo lo que reciben de continuo lo devuelven a Aquel que solo puede gloriarse. Así también el alma se aproxima tanto más en la tierra a este reino glorioso cuanto más humildemente atribuye a Dios, su Principio, lo que de Él recibe. En verdad, la gloria del reino eterno consistirá en alabar y glorificar perpetuamente a Dios, nuestro Señor, que nos forma y reforma, nos gobierna y nos conduce a la gloria. Así, siendo esto así, el reino de Dios es glorioso.
14. En segundo lugar, este reino es hermoso, como se dice en el capítulo 5 de la Sabiduría: “Recibirán un glorioso reino y una hermosa corona de mano del Señor.” Por hermosa corona o glorioso reino no se entiende otra cosa que la visión de las cosas sensibles, de los espíritus racionales y de Dios, uno y trino. Enseña San Agustín, en el libro VI De musica, que “la hermosura no es otra cosa que una igualdad armoniosa,” la cual existirá en todo y por todo en aquel reino.
15. Y, por último, ese reino es delicioso, por lo que se dice en el capítulo 14 de San Lucas: “Dichoso el que coma pan en el reino de Dios.” Y ¿qué significa comer? ¿Acaso habrá allí otras viandas que el pan? No, por cierto. Bastará, en efecto, este pan, pues contendrá en sí todo deleite y la suavidad de todo sabor. Este es el pan de los ángeles. Y bien: si los hombres encuentran tan gran deleite en el pan material, porque conserva la vida, aunque sujeta a la muerte, ¿cuánto mayor no lo hallarán en aquel pan que es vida por esencia? Este es el pan, y no hay otro, que puede saciar el alma. Y la razón es que solo este pan es íntimo; solo este, convenientísimo; solo este, suficientísimo; y solo este, abundantísimo. Digo, pues, que solo este pan es íntimo al alma; y lo es porque solo Él entra por esencia en el alma, y por ello solo Él puede alimentarla. Las demás cosas no entran en el alma por esencia, sino por semejanza; por eso dice el Filósofo que no es la piedra la que está en el alma, sino la semejanza de la piedra; y, por lo mismo, tales cosas semejantes no pueden sustentar el alma. Digo, en segundo lugar, que solo este pan es convenientísimo al alma; y es porque nada conviene mejor a algo que aquello a cuya imagen está hecho. Pues bien, el alma está hecha a imagen de Dios. Por tanto, solo este pan, que es conveniente al alma, la sacia y la deleita, pues el deleite no es otra cosa que la unión de lo conveniente con su conveniente. Añado, en tercer lugar, que solo este pan es suficiente, porque solo Él sacia al alma toda entera; y así solo Él puede sostenerla por sí totalmente. Y, por último, digo que solo este pan es abundantísimo; y la razón es que, siendo infinito, excede la capacidad de la misma alma. Así que será dichoso quien coma este pan en aquel reino.
16. Pasando a la consideración cuarta, debemos averiguar cuán grande es este reino. Y aquí desfallecen los sentidos, la imaginación, la razón y la inteligencia. En efecto, es grande por la longitud de la eternidad, que no puede corromperse ni tener fin; es grande por la anchura de la caridad, que no puede limitarse; es grande por la altura de la sublimidad, que no puede comprenderse. Digo, pues, primero, que es grande por la longitud de la eternidad, que no puede corromperse, según dicen las palabras del Salmo: “Tu reino es reino por los siglos de los siglos,” es decir, reino sempiterno; y en el capítulo 13 del libro de Tobías se dice: “Grande eres, Señor, por siempre; y tu reino por todos los siglos;” y en el capítulo 3 de Daniel, en palabras de Nabucodonosor, se dice: “Su reino es un reino eterno, y su poder, de generación en generación;” y en el capítulo 7 del mismo libro se añade: “Su potestad es potestad eterna, que no será arrebatada; y su reino, reino que no será destruido.” Y en verdad, porque la potestad del reino no puede corromperse, por eso su reino es eterno. No puede corromperse, en efecto, ni por sí mismo ni por agente interno; por eso ese reino se llama, según San Pedro en su Epístola, “gloria inmarcesible.” Inmarcesible es, en efecto, ese reino por no tener en sí razón o causa de corrupción; al contrario, la flor, siendo corruptible en sí misma, puede marchitarse. Tampoco podría corromperse por agente superior, ni exterior, ni inferior, pues la potestad del Rey es eterna y no hay quien pueda más que Él. Y, ciertamente, nada nos ayuda tanto a despreciar vanidades momentáneas como el pensamiento continuo de la gloria eterna.
17. En segundo lugar, este reino es grande por la anchura de la caridad, que no puede limitarse; y es que, aunque en ese reino haya hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación, la caridad, sin embargo, en ninguno se limita, sino que se dilata, pues cada uno ve aumentada su gloria en proporción con el número de los bienaventurados. Por eso dice San Agustín en el libro VIII de Las Confesiones: “Cuando el gozo es de muchos, aun en los particulares es más abundante, porque se encienden y enardecen unos a otros.” A esta anchura se refiere lo que en el Salmo se dice: “Pídeme y haré de las gentes tu heredad, y te daré en posesión los confines de la tierra;” y a este propósito se dice también en el capítulo 8 de San Mateo: “Muchos del Oriente y Occidente vendrán y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos.” De modo que por ninguna multitud se estrecha aquel lugar ni se causa perjuicio a nadie: ni por la multitud de los que desean, ni por la multitud de los que poseen, ni por la multitud de los que habitan en el reino, ni por la multitud de los que a él llegaren. Ten en cuenta, sin embargo, las palabras que escribe San Gregorio al final del libro IV de los Moralia.
18. Y, finalmente, aquel reino es grande por la altura de la sublimidad, que no puede comprenderse. En efecto, por razón de la grandeza de un reino corruptible se dice grande el rey; y por razón de la grandeza del Rey eterno, el reino se llama grande. Y ¿quién podrá declarar cuán grande o excelso es su poder, su clemencia, su justicia y su sabiduría? Aquí convienen estas palabras del capítulo 10 de Jeremías: “No hay semejante a ti, oh Señor; tú eres grande, y grande y poderoso es tu nombre. ¿Quién no te temerá, Rey de los pueblos? Pues a ti se te debe la honra, y no hay entre todos los sabios de las gentes, ni en todos sus reinos, nadie como tú.” Por eso grande es tu reino, y grandes son aquellos que lo consiguen, como se dice en el capítulo 11 de San Mateo: “Pero el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él.” Nótese, sin embargo, que lo dicho acerca del reino pertenece a la parte especulativa, correspondiendo a la parte práctica la consideración que sigue, que es ésta: ¿a quiénes pertenece el reino de Dios?
19. Pasando a la consideración quinta, debe saberse a quiénes pertenece este gloriosísimo reino. Para ello debe notarse que este reino de gloria es solo de quienes están en posesión de la gracia, sin la cual es imposible alcanzarlo. “La paga del pecado es la muerte; pero la gracia de Dios es la vida eterna,” es decir, causa de la vida, como se dice en el capítulo 6 de la Epístola a los Romanos; y en el Salmo se canta: “El Señor de la gracia y la gloria.” Pero es de saber que hay cuatro categorías de gracia: la gracia de la inocencia o bautismal, la gracia penitencial, la gracia de la perseverancia o final y la gracia sapiencial.
En cuanto a la gracia de la inocencia o bautismal, es claro que es necesaria para alcanzar el reino de Dios, como lo sentenció el Señor cuando dijo por San Juan, capítulo 3: “Quien no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de los cielos.” Y la razón es que, por el pecado de los primeros padres, todos nacemos hijos de la ira; y si nacemos hijos de la ira, luego nacemos hijos de la indignación; y si nacemos hijos de la indignación, nacemos no hijos del reino, sino hijos de la perdición. Por lo tanto, es preciso que necesariamente seamos purificados y reconciliados, siendo restituidos a la inocencia, efecto que se logra por la gracia bautismal. Esto está figurado en el capítulo 3 de San Mateo, donde se lee que, después de ser bautizado Cristo, se le abrieron los cielos, descendió el Espíritu Santo como paloma y se oyó la voz del Padre: “Este es mi Hijo muy amado.” Pasaje que indica tres efectos del bautismo: la apertura de la puerta, cerrada por el pecado, en el abrirse los cielos; la restitución de la inocencia, arrebatada por el pecado, en la paloma; y la reconciliación, cuando se dice: “Este es mi Hijo muy amado,” pues el pecado nos había hecho hijos de la ira.
20. Pero debe notarse que esta gracia se conserva por tres cosas, sin las cuales es imposible alcanzar el reino: la fe en la suma verdad, el amor de la suma bondad y la imitación de la suma virtud; y ésta es la fe que obra por la caridad. Digo, pues, en primer lugar, que para alcanzar el reino se requiere necesariamente la fe en la suma verdad, porque sin fe es imposible agradar a Dios, como se dice en el capítulo 11 de la Epístola a los Hebreos. Por eso se dice en el capítulo 3 de San Juan: “No puede ver el reino de Dios sino el que renaciere de nuevo.” Y no sin razón dijo Cristo: “No puede ver el reino de Dios.” En efecto, no puede verlo quien no ve la verdad, pues consiste ese reino en “el gozo de la verdad.” Ahora bien, no puede ver la verdad quien no cree en la verdad, según Isaías, capítulo 7, donde, según otra versión, se dice: “Si no tuviereis fe, no entenderéis.” Luego, quien no cree en la verdad, no puede ver el reino de Dios. Pero si no puede verlo, tampoco poseerlo, siendo la visión “la recompensa entera.” Por tanto, para el reino es necesaria la fe en la suma verdad.
21. En segundo lugar, es necesario el amor de la bondad suprema. Por eso se dice en el capítulo 6 de la Sabiduría: “Si os complacéis en los tronos y cetros de los reyes de los pueblos, amad la sabiduría para que reinéis por siempre. Amad la luz de la sabiduría…” Esta sabiduría que se ha de amar no es otra sino Cristo, poder y sabiduría de Dios, sabiduría que es preciso amar para reinar con Dios. Y la razón es ésta: dado que el alma, en ese reino, ha de unirse y enlazarse con Dios de forma indisoluble, como la esposa con el esposo —así se dice en el capítulo 25 de San Mateo, hablando de las vírgenes: “Las que estaban preparadas entraron con Él a las bodas;” de lo cual la Glosa interlineal comenta: “Allí el alma pura se une al Verbo de Dios”— y puesto que el amor no es solo fuerza que une, sino también principio de donde nace el deleite —tal es la doctrina de Dionisio, quien enseña: “Por amor entendemos, sea divino, angélico, racional, sensitivo o natural, una cierta cualidad que une y adhiere firmemente”— y enseñando San Agustín que la caridad es el amor del sumo bien, debemos concluir que tener caridad y amar la suma bondad es requisito necesario para que el alma reine allí donde reinar no es otra cosa que abrazarse con la suma bondad y gozar de ella.
22. Y, por último, para alcanzar el reino es necesaria la imitación de la virtud suprema, de modo que se cumplan los mandamientos; porque, como dice la primera Epístola a los Corintios, capítulo 4: “El reino de Dios no consiste en palabras, sino en obras.” Y a este propósito se dice en el capítulo 7 de San Mateo: “No todo el que dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos.” Y la razón es clara: es imposible que tú reines con Dios si Dios no reina en ti; pero Dios no reina en ti si no haces su voluntad, ni haces su voluntad si no cumples sus mandamientos; luego es necesario cumplirlos para poder entrar en el reino de los cielos. Así, nadie entrará jamás en él sino por título de obediencia, pues aquí no se exigen palabras, sino obras.
23. En cuanto a la gracia penitencial, hay que decir que también es necesaria para entrar en el reino. De aquí las palabras de San Juan Bautista en el capítulo 3 de San Mateo: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca.” Lo mismo dice también Cristo en el capítulo 4 de San Mateo. Y que esta gracia sea necesaria se demuestra así: puesto que en el pecado, por el cual somos expulsados del reino, existe delectación voluntaria, es preciso que en la penitencia, por la cual se recupera el reino, exista también cierta pena voluntaria, que consiste en que la persona se haga violencia a sí misma. Por eso se dice en el capítulo 11 de San Mateo: “Desde los días de Juan hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los que se la hacen, lo arrebatan.” Y esta violencia se ejerce de tres maneras, en correspondencia con las tres raíces de donde brotan todos los males.
24. Se ejerce, en primer lugar, suprimiendo la arrogancia del alma mediante la humildad más profunda; eso es lo que enseña Cristo en San Mateo, capítulo 18, cuando dice: “Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.” Y lo mismo expresa San Marcos, capítulo 10, con estas palabras: “Dejad que los niños vengan a mí, porque de ellos es el reino de los cielos,” el cual jamás acogerá a los soberbios. Y esto por tres razones. Primera, porque en relación con Dios, en ese reino hay total sumisión; y el soberbio no quiere someterse a nadie, ni siquiera a Dios, como se ve en el capítulo 1 del Deuteronomio: “Os lo dije, pero no me escuchasteis; os resististeis a las órdenes del Señor y fuisteis tan presuntuosos que insististeis en subir a la montaña.” Segundo, porque en relación con el prójimo, en ese reino hay concordia y paz absolutas; mientras que entre los soberbios siempre hay contiendas, como se dice en el capítulo 13 de los Proverbios. Y tercera, porque en relación consigo mismo, en ese reino hay plena tranquilidad. Allí cada uno está contento con su propio lugar, su morada y sus límites, sin desear más; pero no ocurre así con el soberbio, que siempre se extralimita, movido por el deseo de la excelencia y la vanidad. Por eso dice San Anselmo en su libro De Similitudinibus que la soberbia se llama así por ir más allá de lo debido, sentencia que concuerda bien con las palabras del capítulo 11 del libro de Job: “El hombre vano se alza soberbio; la soberbia de los que te odian sube sin cesar.” En resumen: la región donde existe sumisión total, paz perpetua y satisfacción plena, de ningún modo conviene a la soberbia, sino a la profunda humildad. “Pues quien se humille hasta hacerse como uno de estos niños, ése es el más grande en el reino de los cielos,” dice el Señor en San Mateo, capítulo 18.
25. Se ejerce, en segundo lugar, la violencia necesaria para alcanzar el reino de los cielos refrenando la avaricia mundana mediante la más alta pobreza; y esto es lo que se dice en el capítulo 5 de San Mateo: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.” Y bien dice el Señor: “De ellos es,” porque los pobres, despreciando los bienes mundanos, se elevan por encima del mundo y, en alas del deseo, se hacen en cierto modo habitantes del reino. Todo lo contrario sucede con los amantes del mundo, de quienes se dice en San Mateo, capítulo 19: “En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Otra vez os digo: es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que entre un rico en el reino de los cielos.” Y esto por tres razones. Primera, porque el reino de los cielos es purísimo y simple; en cambio, el avaro es un conjunto de innumerables ataduras, pues tantos afectos tenga a cosas terrenas, tantos nudos lleva consigo. Por eso se le compara con el camello; por su joroba, ya que cuantas tierras y posesiones desea, tantas cargas y protuberancias lleva, impidiéndole entrar en el reino, donde hay unidad en el afecto, altura en el puesto y comunión en la posesión. Segunda, porque aquel reino es elevadísimo, como se dijo arriba, y el avaro, que se adhiere a la tierra —la parte más baja de los elementos—, se vuelve extremadamente bajo. Por eso puede aplicarse al avaro lo que dice el Salmo: “El enemigo ha pisoteado mi alma y ha postrado mi vida por tierra,” es decir, la ha postrado “en cosas terrenas,” como explica la Glosa. Y tercera, porque aquel reino es comunal en grado supremo, y el avaro es tan envidioso que todo lo quiere solo para sí. Recuerda aquí las palabras de San Gregorio al final del libro VIII de sus Moralia. En resumen: la región donde todo es simple, elevado y común, de ningún modo conviene a la avaricia, sino a la pobreza. Por eso no sin razón escogió Dios a los pobres según el mundo para enriquecerlos en la fe y hacerlos herederos del reino que ha prometido a los que le aman, como dice en el capítulo 2 de la Epístola de Santiago.
26. Por último, se ejerce también esa “violencia” necesaria para alcanzar el reino, cuando se mortifica la concupiscencia carnal mediante la más íntegra castidad. De esta se dice en el capítulo 19 de San Mateo: “Hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre; hay eunucos que fueron hechos por los hombres; y hay eunucos que a sí mismos se hicieron tales por amor del reino de los cielos.” Aquí el Señor distingue tres clases de eunucos: los que lo son por naturaleza, los que lo son por la acción de otros, y los que lo son por gracia. A estos últimos —los eunucos por gracia— son a los que realmente se refiere, pues solo ellos son aptos para el reino. Por el contrario, de los lujuriosos está escrito: “Sabed que ningún fornicario, o impuro, o avaro, que es como un idólatra, tendrá parte en la herencia de Cristo y de Dios.” ¿Y por qué? Por tres razones. La primera, porque ese reino es purísimo y luminoso, como se compara en el capítulo 21 del Apocalipsis con oro y cristal puro; en cambio, la lujuria lleva consigo suma impureza. La segunda, porque ese reino es perfectamente ordenado —a diferencia del infierno, donde reina el desorden absoluto— mientras que en el pecado carnal hay máximo desorden, ya que la razón queda sometida a la carne. Y la tercera razón es que ese reino es incorruptible y eterno; por el contrario, en el pecado carnal, que hiere incluso la naturaleza del hombre, existe una corrupción extrema.
27. Por eso, la región donde todo es puro no conviene a los impuros y manchados, pues, como dice el Apocalipsis, capítulo 21: “No entrará en ella nada impuro.” La región donde todo es orden perfecto no conviene a los dominados por la carne, porque “ni la carne ni la sangre pueden heredar el reino de Dios,” como dice la primera Epístola a los Corintios, capítulo 15. Y, finalmente, la región donde todo es incorrupción absoluta no corresponde a quienes viven corrompidos, porque, como dice la misma Epístola: “La corrupción no heredará la incorrupción;” o, como enfatiza la Glosa, quien siembra en la carne —es decir, fomenta los vicios carnales— de la carne cosechará corrupción, pues nada hay que mejor convenga a la carne que la corrupción, como se afirma en la Epístola a los Gálatas, capítulo 6. Y, en verdad, os digo que quien no reciba el reino de Dios como un niño no entrará en él, según sentenció el Salvador en San Lucas, capítulo 18. Comentando esto, la Glosa explica: “Por niño se entiende la casta inocencia, que se nos propone como ejemplo para poseer el reino de Dios; pues, como dice la Sabiduría, capítulo 6, la incorrupción nos acerca a Dios.”
28. En cuanto a la gracia final, digo que es la más necesaria para poseer el reino; tan indispensable, que sin ella no se puede alcanzar. Al joven que quería volver a su casa para enterrar a su padre, el Salvador —según se lee en San Lucas, capítulo 9— le respondió: “Nadie que, después de haber puesto la mano sobre el arado, mira atrás, es apto para el reino de Dios.” Esta sentencia solo se entiende bien con la parábola de la semilla. Debe entenderse así: la semilla sembrada en el campo es la gracia infundida en el corazón del hombre. Si bien el campo da fruto por la semilla, se requiere también la cooperación diligente del labrador. De la misma forma, aunque la gracia nos hace fructificar en buenas obras, es necesaria la cooperación del libre albedrío y el esfuerzo personal, como dice la primera Epístola a los Corintios, capítulo 3: “Nosotros somos cooperadores de Dios, y vosotros, labranza de Dios, edificación de Dios.” Esto es lo que se entiende por “poner la mano en el arado.” Por eso, cuando se dice: “Nadie que, después de poner la mano sobre el arado, mire atrás, es apto para el reino de Dios,” significa que nadie que, habiendo comenzado a obrar el bien y cooperar con la gracia, abandone esa obra sin perseverar, es digno del reino. Como dice San Gregorio: “En vano se hace el bien si se abandona antes de terminar la vida,” del mismo modo que de nada sirve correr rápido si uno se detiene antes de llegar a la meta.
29. Debe notarse que esta gracia final se sostiene en tres cosas necesarias para alcanzar el reino: paciencia constante, esperanza firme y perseverancia valiente. Unas se alimentan de las otras, como se explica en la Epístola a los Romanos, capítulo 5: “Sabemos que la tribulación produce paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza; y la esperanza no quedará defraudada.” Primeramente, entonces, para alcanzar el reino es necesaria una paciencia estable, pues está escrito en los Hechos de los Apóstoles, capítulo 14: “Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios.” Así lo dijo San Pablo. Nótese que el “es necesario” no indica simple conveniencia, sino obligación. Por eso, como se lee en San Mateo, capítulo 20, cuando la madre de los hijos de Zebedeo pidió a Jesús: “Di que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu reino,” el Salvador respondió: “No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?” Ellos dijeron: “Podemos.” Como si dijera: “Pedís el reino, pero pedid también su justicia.” Es justo que quien desea participar en el reino participe también en la tribulación. Como dice el Apocalipsis, capítulo 1: “Soy compañero en la tribulación y en el reino.” Al comentar este pasaje, la Glosa añade: “Bien sabía Jesús que podían imitar su pasión; pero dice esto para que, preguntando Él y respondiendo ellos, aprendamos que nadie puede reinar con Cristo si no imita su pasión.” Y esto se prueba por tres razones.
30. Primera, porque Dios no debe admitir a compartir su reino a nadie que no sea amigo verdadero y probado. Nadie es aprobado si antes no es probado, y nadie es mejor probado que mediante la tribulación, como se dice de Abraham en Judit, capítulo 8: “Recordemos cómo fue tentado nuestro padre Abraham, y, probado con muchas tribulaciones, fue hecho amigo de Dios.” Así, el sufrir tribulaciones —es decir, la paciencia— es necesaria para alcanzar el reino de Dios. Segunda, porque Dios corona a todos los que participan de su reino, como se dice en Sabiduría, capítulo 5: “Recibirán un glorioso reino y una hermosa corona de manos del Señor.” Pero nadie debe ser coronado sin haber vencido, ni nadie puede vencer si no ha combatido, ni se combate sin enemigos, tentaciones o tribulaciones, como dice la Glosa sobre el Salmo: “Cuando estaba angustiado mi corazón, me pusiste en roca inaccesible.” Por tanto, para ser coronado en el reino es necesario pasar por la paciencia, como dice la segunda Epístola a Timoteo, capítulo 2: “No es coronado quien no compite legítimamente.” Y la tercera razón es que en aquel reino todo es gozo y deleite, como está escrito: “Eternas delicias junto a tu diestra.” Pero nadie es digno de ese gozo si no se aparta de los goces y deleites mundanos. Por eso San Jerónimo dice a Heliodoro: “Hermano, eres demasiado blando si quieres gozar aquí en el mundo y después reinar con Cristo.” Porque, como añade él mismo o Juliano: “No digo que sea difícil, sino imposible gozar de los bienes presentes y de los futuros, saciar aquí el vientre y allí la mente, pasar de unas delicias a otras, ser primero en el mundo y primero en el cielo, glorioso en la tierra y glorioso en el cielo.” Nada aparta y despega más al hombre de estas cosas que la tribulación. Por eso, el camino recto hacia el reino es la tribulación, como se dice en San Mateo, capítulo 5: “Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.”
31. En segundo lugar, para poseer el reino es necesaria una confianza elevada: esa confianza que tuvo el buen ladrón cuando, como se lee en San Lucas, capítulo 23, dijo estas palabras: “Acuérdate, Señor, de mí cuando vengas en tu reino.” Y este ladrón, por la esperanza que puso en la misericordia divina, mereció oír de Cristo esta respuesta: “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.” Pero, ¿por qué debemos esperar y confiar en que el reino de Dios será nuestra herencia? Sin duda, por la generosidad divina, que en San Mateo, capítulo 6, y en San Lucas, capítulo 7, nos anima con estas palabras: “Buscad primero el reino de Dios.” Además, por la promesa de su fidelidad, como dice San Lucas, capítulo 12: “No temáis, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha complacido daros el reino.” Y, por último, por la piedad y el amor con que fuimos redimidos, según el Apocalipsis, capítulo 5: “Digno eres, Señor, de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste sacrificado y nos has redimido para Dios con tu sangre, de toda tribu, lengua, pueblo y nación. Y nos has hecho para nuestro Dios reino y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra.” De todo esto se sigue que la esperanza es necesaria para poseer el reino, porque eleva al hombre hacia lo alto, lo sostiene en pie y, sostenido, lo coloca en la morada de la gloria.
32. En tercer lugar, para poseer el reino es necesaria, sobre todo, la perseverancia valiente. “Si morimos con Él, también viviremos con Él; y si sufrimos con Él, también reinaremos con Él.” ¿Y qué significa “morir en la cruz con Cristo” sino abrazar con perseverancia, hasta la muerte, la cruz de la penitencia y la fidelidad al Evangelio? Por eso conviene recordar lo que dice la Epístola de Santiago, capítulo 5: “Habéis oído la paciencia de Job y habéis visto el fin del Señor.” Algunos podrían decir: “Sí, hemos oído cuánto sufrió Job, pero también supimos que después gozó de doble prosperidad y murió en paz.” Para mostrar cuán necesario es perseverar hasta el final, siendo pobres, humildes y sufridos, Santiago añade: “Habéis visto el fin del Señor,” quien, ciertamente, no recibió prosperidad terrenal alguna a cambio, sino que perseveró hasta la muerte.
33. En efecto, la perseverancia firme es necesaria para alcanzar el reino por tres razones. La primera se basa en la duración eterna de la voluntad: así como quienes permanecen obstinados en el mal sufrirán eternamente en el infierno, quienes se mantienen fieles y adheridos eternamente al bien reinarán sin fin en el cielo. La segunda se refiere al momento de la muerte: en ese instante, donde caiga el árbol, allí quedará, sin posibilidad de volver atrás para hacer penitencia. Por eso San Gregorio, en el libro XXIV de sus Moralia, dice con gravedad: “Cuando la muerte se acerca, toda alma se estremece; se estremece, y no sin razón, pues se enfrenta a una realidad que jamás podrá cambiarse.” Y la tercera razón es la inmutabilidad de la virtud: para su perfección —según enseña el Filósofo— se requieren conocimiento, voluntad firme y ejercicio constante. Sin estos, la virtud no sería digna de recompensa eterna.
34. Por último, en cuanto a la gracia de la sabiduría, decimos que facilita alcanzar el reino. Y conviene advertir que se compone de tres elementos: reflexiones sapientes, deseos sapientes y obras sapientes, pues la sabiduría abarca al hombre entero: su mente, su afecto y su acción. Digo, primero, que las reflexiones sapientes acercan al reino, como se expresa en Sabiduría, capítulo 10: “El Señor condujo por caminos rectos al justo, le mostró el reino de Dios y le dio la ciencia de los Santos.” Esta “ciencia de los Santos” son las reflexiones de la sabiduría, cuyos temas pueden ser diversos: reales, cuando tratan sobre todas las criaturas; espirituales, cuando se medita la Sagrada Escritura; y morales, cuando se contemplan los actos del Redentor. Los primeros se refieren al Verbo increado; los segundos, al Verbo inspirado; y los terceros, al Verbo encarnado.
35. Además, los deseos de la sabiduría conducen a la posesión del reino. Así lo dice Sabiduría, capítulo 6: “El deseo de la sabiduría conduce al reino eterno;” y la razón es que tales deseos purifican el alma, la elevan y la encienden de fervor. En Daniel, capítulo 10, se lee: “Daniel, hombre de deseos, escucha las palabras que te digo y ponte en pie.” Igualmente, en Daniel, capítulo 9, el arcángel Gabriel le dice: “Desde que comenzaste a orar, se dio la orden, y yo he venido a mostrártela, porque eres un hombre de deseos.” También los ejercicios sapientes ayudan a poseer el reino, según San Mateo, capítulo 5: “El que los cumpla y los enseñe será grande en el reino de los cielos.” Estos ejercicios se realizan cuando formamos nuestro corazón en el bien, guiamos rectamente nuestro cuerpo e instruimos a nuestro prójimo.
36. Estas doce ramificaciones de la gracia pueden representarse como las doce puertas de la ciudad de Jerusalén, de las que se habla en el Apocalipsis, capítulo 21: “Tres puertas al oriente,” que simbolizan la gracia bautismal, por la cual el alma renace y es regenerada espiritualmente; “tres puertas al occidente,” que representan la gracia penitencial, pues por ella el hombre se levanta del ocaso de su caída, como se dice: “El justo cae siete veces al día y se levanta;” y del hijo pródigo se dice en San Lucas, capítulo 15: “Me levantaré e iré a mi padre.” Al norte —de donde se difunden todos los males, según Jeremías, capítulo 1— hay “tres puertas de la gracia final,” que fortalecen al hombre contra los males de la tentación y la tribulación. Y al mediodía, donde el sol brilla en todo su esplendor, “tres puertas” simbolizan la gracia de la sabiduría, que ilumina al hombre para conocer lo creado, la Escritura y la gracia de Dios.
37. Explicadas ya las condiciones del reino —qué es, dónde se encuentra, cuáles son sus notas distintivas, cuán grande es y a quién pertenece— corresponde ahora tratar de las doce parábolas principales del reino que el Evangelio propone como fundamentales. Las demás parábolas pueden reducirse a éstas. De estas parábolas principales, tres se refieren al Creador, tres al Redentor, tres al don gratuito de la gracia y tres al libre albedrío.
Así pues, digo que tres parábolas se refieren al Creador: en cuanto crea, en cuanto gobierna y en cuanto recompensa.
— Por razón del Creador como creador, se toma la parábola del capítulo 13 de San Mateo: “El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo…” —como se explicó antes. Más adelante se explicará de qué modo el enemigo sembró la malicia y el desorden en este mundo.
— Por razón del Creador como gobernante, se toma la parábola del padre de familia del capítulo 20 de San Mateo: “El reino de los cielos se parece a un padre de familia que, al amanecer, salió a contratar obreros para su viña.” Aquí se muestra el cuidado que Dios ha tenido por su pueblo desde el principio del mundo, igual que el padre de familia cuida de su hacienda: al amanecer instruyó por la ley natural; a la hora tercia, por la ley escrita; a la hora sexta, por los Profetas; a la nona, por los Apóstoles con la ley de la gracia; y a la hora undécima, por los Doctores sagrados. Aun así, seguimos perezosos y sin dar fruto, por lo que con toda razón se nos reprocha: “¿Por qué estáis aquí todo el día ociosos?”
— Por razón del Creador como remunerador, se toma la parábola del rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos, del capítulo 18 de San Mateo: “El reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos.” Ahí se revelan dos atributos de Dios: la misericordia y la justicia, pues “todos los caminos del Señor son misericordia y verdad”; misericordia, en la remisión de la deuda, y justicia, en el castigo del ingrato. En efecto, la justicia será más severa con quienes abusaron de la misericordia. San Bernardo pone el ejemplo de la abeja: tiene miel y aguijón. La primera parábola se refiere a lo pasado; la segunda, a lo presente; la tercera, a lo futuro.
38. En segundo lugar, se toman tres parábolas por razón del Redentor: en cuanto desciende al mundo, en cuanto sube de nuevo al cielo y en cuanto volverá como juez. La primera alude a lo pasado; la segunda, a lo presente; la tercera, a lo que vendrá.
— Por razón del Redentor descendiendo al mundo, se toma la parábola del rey que celebró las bodas de su hijo, en el capítulo 22 de San Mateo: “El reino de los cielos es semejante a un rey que celebró las bodas de su hijo.” La Glosa explica: el rey es Dios Padre, y celebrar las bodas significa que, por el misterio de la Encarnación, desposó la Iglesia con su Hijo. El tálamo nupcial fueron las entrañas de la Virgen.
— Por razón del Redentor subiendo al cielo, se toma la parábola del hombre de noble linaje del capítulo 19 de San Lucas: “Un hombre de noble nacimiento se marchó a un país lejano para recibir un reino y volver.” Antes de partir, llamó a diez siervos, les dio diez minas y les dijo: “Negociad con ellas hasta que vuelva.” Este hombre noble es el Hijo de Dios, como Él mismo declara: “Yo he sido constituido rey por Él,” y lo que dice Proverbios 31: “Su esposo será honrado a las puertas.” Este rey se marchó lejos cuando llevó al cielo nuestra carne mortal, que pertenece naturalmente a la tierra, como enseña San Gregorio. Dio sus talentos al dejarnos los dones del Espíritu Santo para obrar el bien. ¡Pero qué difícil es rendir cuentas fieles de esta administración!
— Por razón del Redentor que volverá como juez, se toma la parábola de las diez vírgenes del capítulo 25 de San Mateo: “Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes…” Y sigue: “A medianoche se oyó una voz: Mirad que viene el esposo,” esto es, Cristo. La Glosa dice: “Tardaba en venir el esposo” significa que se prolonga el tiempo hasta el juicio final; o que pasa un largo tiempo entre la primera y la segunda venida de Cristo. Las diez vírgenes representan a toda la humanidad, pues el número diez significa totalidad: más allá del diez, no hay otro número nuevo, sino que todo es repetición. Por eso dice el Apóstol: “Todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo.”
39. También se toman tres parábolas por razón del don gratuito de la gracia: la que previene la voluntad, la que acompaña en la justificación y la que consuma en la perfección.
— Por razón de la gracia que previene la voluntad, se toma la parábola de la red echada al mar, del capítulo 13 de San Mateo: “El reino de los cielos es semejante a una red que, echada en el mar, recoge toda clase de peces.” Según los Padres, el mar representa el mundo; la red, la predicación evangélica o la gracia que llama primero, atrayendo a toda clase de personas. Pero no todos son elegidos: “Muchos son los llamados, pocos los elegidos.” La orilla del mar representa el fin del mundo, donde los buenos serán llevados al cielo y los malos, arrojados a las tinieblas. Ahora están mezclados: “Recogen los buenos en cestos”, esto es, en las moradas eternas, dice la Glosa.
— Por razón de la gracia que acompaña en la justificación, se toma la parábola del hombre que siembra su campo, del capítulo 4 de San Marcos: “El reino de Dios es como un hombre que siembra su campo; duerma o vele, de noche y de día, la semilla germina y crece sin que él sepa cómo.” La tierra, por sí misma, hace brotar la hierba y la espiga. Así la gracia, infundida en el corazón que coopera con ella, crece de modo silencioso tanto de día (en la prosperidad) como de noche (en la adversidad), pues para los elegidos todo coopera para su bien. San Gregorio comenta: “Sembramos la tierra cuando formamos buenos deseos; somos hierba verde cuando empezamos a obrar bien; producimos la espiga cuando avanzamos en perfección, y cuando llegamos a la plenitud, llevamos en la espiga el trigo maduro.”
— Por razón de la gracia que consuma, se toma la parábola de la levadura, del capítulo 13 de San Mateo: “El reino de los cielos es semejante a la levadura que una mujer tomó y mezcló con tres medidas de harina, hasta que toda la masa fermentó.” También se lee en San Lucas. La mujer representa la Sabiduría divina; la levadura, por su calor, simboliza la caridad. Así como la levadura calienta y fermenta la masa para que se haga pan, así la caridad une al hombre a Cristo y lo perfecciona en el bien, según 1 Timoteo 1: “El fin de los mandamientos es la caridad.” Las tres medidas de harina pueden significar las almas de vida activa, contemplativa y mixta (como los pastores de la Iglesia), que contienen la levadura. O bien —según la Glosa— representan espíritu, alma y cuerpo unidos sin división; o las tres potencias del alma: la razón (prudencia), la ira (fuerza para rechazar el vicio) y la concupiscencia (anhelo de virtud). “Hasta que toda la masa quedó fermentada,” dice la Glosa: “La caridad debe crecer hasta transformar todo el ser, de modo que fuera de Dios no se ame nada.” El celemín significa la medida, la proporción justa.
40. Finalmente, se toman tres parábolas por razón del libre albedrío, en el cual debe existir la sencillez de intención, la diligencia cuidadosa y la prontitud en obrar. Por razón de la sencillez de la intención, que debe hallarse en el libre albedrío, se toma la parábola del tesoro, del capítulo 13 de San Mateo, donde se dice: «El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, que, cuando lo halla un hombre, lo oculta; y gozoso por el hallazgo, va, vende todo cuanto tiene y compra aquel campo». Léase la exposición de San Gregorio sobre este pasaje, y bastará. Sin embargo, hablando en general, cabe considerar allí dos cosas: primero, el cuidado que se debe tener para evitar el peligro de la alabanza humana, lo cual se significa en ocultar el tesoro. Por esto dice San Gregorio: «Se oculta el tesoro para guardarlo, porque no basta que uno desee los bienes celestiales si no se cuida de no exponerse a la vanagloria humana. El que exhibe su tesoro públicamente manifiesta que desea que se lo roben». Recuerda el ejemplo de la candela expuesta al viento. La segunda cosa que debe considerarse es la valoración del reino, al vender todo lo que poseía, porque, como dice San Gregorio en otro lugar: «Si consideramos cuáles y cuántas son las cosas prometidas en el cielo, pierden todo valor para el espíritu los bienes mundanos». Por eso, en comparación de tal tesoro, todo lo demás se estima como inmundicia.
41. Por razón de la diligencia cuidadosa de la solicitud, que debe también encontrarse en el libre albedrío, se toma la parábola del mercader: «El reino de los cielos es semejante a un mercader que busca perlas finas». Aquí se deben considerar dos cosas: primero, la diligencia en buscar. Observa cuántos trabajos y peligros enfrentan estos mercaderes. Por eso dice San Jerónimo, en la epístola a Nepociano: «¿Con cuántos sudores se intenta recuperar la herencia perdida? Con menos trabajo se podría adquirir la perla de Cristo». En segundo lugar, debe considerarse la prudencia en comprar, procurando adquirir cosas que tengan valor en el lugar a donde se llevan y de las cuales allí haya escasez.
42. Por razón de la prontitud en obrar, necesaria igualmente en el libre albedrío, se toma la parábola del grano de mostaza, del capítulo 13 de San Mateo: «El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza que un hombre tomó y sembró en su campo, que es, a la vista, la más pequeña de todas las semillas; pero cuando crece, se hace mayor que todas las hortalizas». Lo mismo se dice, poco más o menos, en el capítulo 13 de San Lucas y en el capítulo 4 de San Marcos. Por el grano de mostaza, que es muy pequeño en tamaño pero de gran virtud en potencia, se significan dos cosas necesarias para las buenas obras: la humildad, por la moderación, y la fortaleza, por el vigor. Estas dos virtudes se oponen a dos peligros temibles para las buenas obras: el fraude y la pereza. Por esto, comentando aquel versículo del capítulo 9 de Job «De todas mis obras tenía yo recelo», dice la Glosa de San Gregorio: «Dos cosas se deben temer en las buenas obras: la pereza y el fraude. El amor escaso de Dios da lugar a la pereza, y el amor propio al fraude, cuando en las buenas obras se busca secretamente la complacencia humana, el halago del favor o cualquier otra ventaja exterior». Con esto concluimos brevemente las parábolas.
43. A continuación se plantean tres cuestiones difíciles que se relacionan con esta parábola: de dónde proviene el mal, por qué se tolera y cómo se castiga. En respuesta a la primera cuestión conviene antes aclarar qué es el mal. El mal, según San Agustín, no consiste en una naturaleza positiva, sino que se llama así por la privación del bien. Para los maniqueos es incomprensible que la esencia del mal sea una privación, y por eso afirman que tiene una naturaleza positiva determinada; de ahí se ven obligados a establecer dos principios: uno para el bien y otro para el mal. Pero no puede haber otro principio del mal que el mal mismo como privación, mientras que el bien es difusivo de sí mismo. En efecto, la unidad consiste en la indivisión del ser o esencia; la verdad, en la indivisión del ser o esencia y de la existencia; la bondad añade algo más, pues consiste en la indivisión del ser o esencia, de la existencia y del obrar. Y propio del obrar es difundirse y comunicarse. Por su parte, Dios, todo lo que hace, lo hace por sí mismo, según es y para sí mismo. Al obrar por sí, da la medida; al obrar según es, da la belleza; al obrar para sí, da el orden. Porque todo ser tiene medida, belleza y orden, y la privación de estas cualidades constituye propiamente el mal. Dado que hay una causa agente en absoluto —Dios—; una causa puramente actuada —la criatura irracional—; y una causa que es agente y actuada —la criatura racional—, se sigue que la privación de estas cualidades no puede darse en la causa agente absoluta; puede darse en la causa actuada absoluta, pero sin culpa; pero si se da en la causa que es agente y actuada, es siempre con culpa, porque si falta, es por su propia responsabilidad, ya que está en su libre albedrío obrar conforme al orden o apartarse de él. En efecto, la criatura racional procede de Dios y es creada de la nada. Por proceder de Dios, tiene capacidad de imitar al principio de donde viene; así, si imita a Dios en su obrar y actúa desde Dios, según Dios y para Dios, poniendo a Dios como principio, modelo y fin de su acción, su obra es buena, adornada de medida, belleza y orden. Pero por provenir de la nada, puede apartarse de estas cualidades; lo hace cuando se ama a sí misma en exceso, poniéndose como fin de su acción y obrando solo para sí. Entonces actúa desde sí y según es ella misma, apartándose del orden recto, y este defecto, causado por el amor propio desordenado, constituye el mal. Tenemos, pues, qué es el mal —la privación de medida, belleza y orden—; de dónde proviene —de la voluntad defectible—; y por qué solo existe en la criatura racional —porque tiene libre albedrío, con el que puede apartarse del recto orden.
44. A la segunda cuestión —por qué se tolera el mal— respondo: porque coopera a la plenitud del universo, a la mayor gloria del género humano y a la mayor alabanza de Dios. Para la perfección del universo se requiere que exista toda clase de diferencias concebibles de forma racional. Como es evidente que existe un ser —el demonio— que, al caer del bien, se obstinó en el mal, como Lucifer; y otro ser —los ángeles buenos— que, adhiriéndose al bien, quedó confirmado en él, era necesario que existiera también una criatura que pudiera caer y levantarse según la facultad de su libre albedrío. Y como dice San Agustín: «Dios gobierna las cosas que creó de tal modo que las deja obrar según su propio impulso»; así como no cambia la naturaleza infundida a la piedra, para que deje de caer hacia el centro, ni la del fuego y el aire, para que dejen de subir, tampoco debe coaccionar al hombre, que creó libre, para que no pueda elegir lo que quiera en cada momento. Por tanto, la permisión del mal no solo es razonable, sino también necesaria para la perfección y el orden del universo.
45. El mal coopera asimismo a la mayor gloria del género humano. En efecto, el ejercicio de las virtudes enaltece más y más al hombre. Según San Agustín, Dios no permitiría el mal si no conociera los buenos frutos a los cuales lo ordena. Más digno de alabanza hizo a San Lorenzo la malicia de Decio que el amor de su padre. Por el aumento de las gracias queda el hombre más ennoblecido. De donde más agradecido se mostrará a Dios el que se vio liberado del mal que el que no conoce que estuvo en posibilidad de cometerlo; por lo tanto, si hubiese sido creado el hombre en la imposibilidad de pecar, no podría demostrar a Dios su reconocimiento por los beneficios recibidos con tanta gratitud. Además, la manifestación de las cosas opuestas hace al hombre más preclaro; en efecto, en las cosas que se oponen, cada una de ellas, junto a su contraria, toma mayor realce, como, por ejemplo, el color blanco aparece más bello junto al color negro, y el canto es más agradable cuando va interpolado por los compases de silencio, por ser el silencio pura privación.
46. Contribuye igualmente el mal a mayor loa de Dios. En efecto, por causa del mal se hace aún más digna de alabanza su potencia, pues, aunque ésta se manifiesta en la producción de las cosas, sin embargo es todavía de mayor realce si se da a conocer de distintos modos. Por esto dijo Dios a Faraón: «Que a este fin te he conservado, para mostrar en ti mi poderío». Y si Faraón no hubiese sido malo, jamás hubiera hecho Dios patente su poder con tantos prodigios. Se manifiesta también más digna de alabanza su sabiduría, pues es de mayor sabiduría restablecer el orden entre las cosas desordenadas que mantenerlo en las que siempre estuvieron en orden. De donde dice Boecio: «El orden de la divina Providencia lo abarca todo»; lo cual acontece cuando uno que ha caído de un estado vuelve a levantarse a otro. Se manifiesta igualmente más digna de loa la justicia cuando castiga, lo cual no podría ponerse de manifiesto de esta forma si no existieran los males dignos de castigo. Es también digna de mayor encomio la misericordia cuando perdona, la paciencia cuando tolera, la magnanimidad cuando otorga beneficios, ya que hace nacer el sol sobre buenos y malos y llover sobre justos y pecadores.
47. A la tercera cuestión, en la cual se inquiere cómo se castiga el mal, respondo: el mal se castiga con eternidad de penas; y que esto deba ser así se prueba, en primer lugar, por razón de la divina ofensa, la cual es de tanta gravedad cuanto lo es la dignidad de la persona ofendida. Siendo, pues, Dios infinito, infinita debe ser la ofensa del pecado. Justo es, por consiguiente, que se castigue con pena infinita; pero esta ofensa no puede ser castigada con pena intensivamente infinita; luego es de todo punto necesario que se castigue con pena infinita en cuanto a la duración eterna. La segunda razón es ésta: el que delinque en el gremio de la ciudad puede, con toda justicia, ser separado, por el destierro, de la convivencia de los ciudadanos durante toda la vida y mientras la ciudad durare. Consiguientemente, si el pecador es un traidor en la ciudad de Dios, cuya duración es eterna, justo es que sea castigado con el destierro perpetuo. La tercera razón es: el pecador es juzgado no sólo por el acto exterior, sino también por el acto interno de la voluntad. Ahora bien, el que peca, siempre que ofende a Dios adhiriéndose al placer transitorio, prefiere la perpetuidad de éste, desde el momento en que no se arrepiente de ello en toda su vida; luego debe ser castigado en la misma forma que si el placer durase perpetuamente. La cuarta razón es: el pecador, en todo pecado mortal, abusa de aquellas cosas que le deben ayudar, y respecto de las cuales debe proceder ordenadamente en su uso. Ahora bien, siendo él parte del universo, recibe ayuda de los cuerpos elementales, celestes y supracelestes, y se relaciona con lo pasado, presente y venidero; abusa, pues, de todas estas cosas; luego todo cuanto existe en el universo debe conspirar contra el pecador, tanto en lo que se refiere a su conservación como a su duración. Forzoso es, pues, que sea castigado con adversidad universal y eterna, y por ello, con desgracia de pena que no tendrá fin. La quinta razón es: habiendo sido creada el alma racional en la línea de la eviternidad y del tiempo, y hallándose situada en el tiempo por razón de su unión con el cuerpo, desaparecida esta unión, necesariamente entra el alma en el estado de la eviternidad. De ahí que, si muere en pecado mortal, en él persevera por toda la eternidad; pero «no se da la ignominia del pecado sin el esplendor de la justicia»; luego si la culpa dura eternamente, con eterno suplicio debe ser castigada; liberados del cual, nos lleve el Hijo de Dios al reino de los cielos, que se digne concedernos el que vive y reina con Dios Padre y con el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
FIN
