Tratado de la Oración de Santa Catalina de Siena

 

CAPITULO PRIMERO. 

Del modo que debe tener el alma para llegar al amor puro y liberal.

Después que el alma ha entrado dentro de sí misma, pasando por la doctrina de Cristo crucificado con verdadero amor por la virtud y rechazo de los vicios, con perfecta perseverancia, al llegar a la escalera del conocimiento de sí misma, queda encerrada en vigilancia y en oración continua, totalmente apartada de la conversación del mundo, pues se encerró por temor, al reconocer su imperfección, y por el deseo de alcanzar el amor puro y generoso. Y como ve y entiende claramente que de otra manera no puede llegar, por eso espera con fe viva mi venida para el aumento de gracia en sí misma.

Pero ¿en qué se reconoce la fe divina? En la perseverancia en las virtudes, sin retroceder por ningún motivo, ni abandonar la oración por ninguna causa, excepto solamente por obediencia y caridad. De otro modo, no debe dejar la oración, porque muchas veces, en el tiempo destinado a ella, el demonio le presenta muchas batallas y fantasías, más que cuando se encuentra fuera de la oración, y esto lo hace para que le tome disgusto, diciéndole con frecuencia: “De nada te sirve esta oración, porque no debes pensar ni atender a otra cosa que a lo que estás diciendo”.

El demonio dice esto para causarle disgusto y confusión en el espíritu, y para que abandone el ejercicio de la oración, la cual es un arma con la que el alma se defiende de todos sus enemigos cuando la empuña con la mano del amor y el brazo del libre albedrío, peleando con esta arma y con la luz de la santísima fe.

CAPITULO SEGUNDO. 

Después de tocar algún tanto sobre la Eucaristía, se extiende en tratar cómo el alma pasa de la oración vocal a la mental, y refiere una visión que tuvo esta alma en cierta ocasión.

Sabrás, hija mía muy querida, que perseverando el alma verdaderamente en la oración humilde, continua y devota, adquiere todas las virtudes. Y por eso debe perseverar en ella y nunca dejarla, ni por engaño del demonio, ni por debilidad propia, ya sea por pensamientos o movimientos carnales desordenados, o por palabras de otras personas, pues muchas veces el diablo las incita a hablar para impedir que el alma ore. Pero todas estas cosas deben vencerse con la virtud de la perseverancia. ¡Oh, cuán dulce es para el alma, y cuán agradable me es, la santa oración que se hace en la morada del conocimiento de sí misma y de mí, abriendo los ojos del entendimiento con la luz de la santa fe, y con el afecto de la abundancia de mi caridad, la cual hice patente y visible ante vuestros ojos en mi Hijo Unigénito con su preciosa sangre, la cual embriaga al alma, vistiéndola con el fuego de la caridad, y dándole el alimento de este Sacramento, que coloqué en el taller del cuerpo místico de la santa Iglesia, que es el Cuerpo y la Sangre de mi Hijo, todo Dios y Hombre, administrado por las manos de mi Vicario, que tiene las llaves de esta preciosa Sangre!

Este es aquel taller que te dije que estaba sobre el puente, para sostener y fortalecer a los caminantes y peregrinos que pasan por la doctrina de mi Verdad, para que por su debilidad no desfallezcan en el camino. Este alimento fortalece poco o mucho, según el deseo de quien lo recibe, y de cualquier manera que lo reciba, sea sacramental o virtualmente. Se recibe sacramentalmente cuando alguien comulga, recibiendo la hostia, y virtualmente cuando se comulga con el santo deseo, ya sea del sacramento de la comunión o de la contemplación de la Sangre de Cristo crucificado. Es decir, se comulga virtualmente con el afecto de la caridad, la cual ha sido saboreada y encontrada en la sangre que ve haber sido derramada por amor, y por eso allí se embriaga y se une a ella por medio del deseo, y se sacia allí, hallándose llena de mi divina caridad y de amor al prójimo.

Estas cosas se adquieren en la casa del conocimiento de sí mismo con santa oración, en donde el alma se pierde y se desnuda de la imperfección, así como san Pedro y los demás discípulos se despojaron de ella perseverando en vigilancia y oración, y alcanzaron la perfección. ¿Por qué medios? Por la perseverancia, acompañada de la luz de la santísima fe. Pero no pienses que de esta oración recibe tanto fervor y fuerza aquel que solamente hace oración vocal, como muchos, cuya oración consiste más en las palabras que en los afectos, tanto que parece que no atienden más que a decir muchos Salmos y muchos Padrenuestros, y cumplido el número que se han propuesto, no van más allá, pareciendo que su afecto e intención solo tienen por objeto la oración vocal. Pero no debe ser así, pues si lo hacen de esa manera, obtendrán poco fruto, y su oración me será poco aceptable.

Pero si me preguntas si se debe dejar esta oración, ya que parece que no todos están llamados al ejercicio de la oración mental, te respondo que no se debe dejar, sino que se debe proceder con mucho afecto, porque bien sé que así como el alma primero es imperfecta antes que perfecta, así también lo es su oración. Debe, pues, cuando aún es imperfecta, ejercitarse en la oración vocal para no estar ociosa; pero no debe hacer la oración vocal sin la mental, quiero decir, que mientras habla se esfuerce en elevar y dirigir su mente al afecto de mi caridad, con la consideración general de sus defectos y de la sangre de mi Hijo Unigénito, donde encuentra la extensión de mi caridad y el perdón de sus pecados. Y debe hacerlo así, para que el conocimiento de sí misma y la consideración de sus defectos le hagan conocer mi bondad en sí, y continuar su ejercicio con verdadera humildad.

No quiero que considere sus defectos en particular, sino de manera general, para que el alma no se manche con la memoria de pecados impuros en particular. Digo, pues, que no quiero que consideren sus pecados ni de forma general ni particular, sino que piensen y recuerden la sangre y grandeza de mi misericordia, para que no caigan en confusión, la cual padecerían sin duda si al conocimiento de sí mismos y a la consideración de sus pecados no acompañase la memoria de la sangre de mi Hijo y la esperanza en mi misericordia; y con la confusión y con el demonio, que la presenta con apariencia de contrición y pesar por el pecado, caerían en la condenación eterna; y no solo por eso, sino también porque de allí caerían en la desesperación, si no se acogen al brazo de mi misericordia.

Este es uno de los sutiles engaños que el demonio hace a mis siervos; y así, para vuestro bien y para libraros del engaño del demonio y ser aceptos a mí, es necesario que ensanchéis el corazón y el afecto en mi inefable misericordia con verdadera humildad. Bien sabes que la soberbia del demonio no puede soportar la humildad del corazón, ni su confusión puede resistir mi inmensa bondad y misericordia, si el alma verdaderamente espera en mí.

Y cuando el demonio quiso asustarte y confundirte, haciéndote creer que toda tu vida había sido un engaño, y que no había estado encaminada ni dirigida a cumplir mi voluntad, tú entonces, hija, hiciste lo que debías y lo que mi bondad te dijo que hicieras, la cual no se oculta a quien la quiere recibir, y así te elevaste entonces a mi misericordia humildemente diciendo: “Yo confieso a mi Creador que mi vida siempre estuvo entre tinieblas; pero me esconderé en las llagas de Cristo crucificado, y en su preciosa Sangre lavaré mis iniquidades, y con santo deseo me gozaré en mi Creador.”

Ya sabes que el demonio huyó inmediatamente, y como luego volviera con otra tentación, queriéndote ensalzar con soberbia, diciéndote que eras perfecta y agradable a Dios, y que no era necesario que te mortificaras ni lloraras por tus defectos; yo entonces, iluminándote, te mostré lo que debías hacer, que era humillarte y responder al demonio: “¡Desdichada de mí! San Juan Bautista jamás pecó, y además fue santificado en el vientre de su madre, y sin embargo hizo tanta penitencia; y yo, que he cometido tantos pecados, y hasta ahora jamás he comenzado a conocer a mi Creador con llanto y verdadera contrición, viendo que es Dios a quien yo he ofendido, y que soy yo quien lo ofendió.”

No pudiendo entonces el demonio soportar la humildad del alma con la firme esperanza en mi bondad, te dijo: “Maldita seas, que no hallo contigo manera de hacerte caer, pues si te abato con la confusión, tú te elevas a lo alto de la misericordia de Dios; y si yo te ensalzo, tú te humillas hasta el infierno, y aún dentro de él me persigues: así que no volveré más a tentarte, porque me castigas con el báculo de la caridad.”

Debe, pues, el alma sazonar el conocimiento de mi bondad con el suyo propio, y de esta manera será útil a su alma la oración vocal que haga y será aceptable para mí, y de la vocal imperfecta llegará, si persevera en este ejercicio, a la mental perfecta. Pero si solamente atiende a cumplir el número que se propuso, o si por hacer oración vocal deja la mental, jamás llegará al debido término.

A veces puede ser el alma tan ignorante que si se propone un cierto número de oraciones vocales, yo visitaré su mente, ya de una manera, ya de otra: unas veces dándole luz para el conocimiento de sí misma y contrición por sus defectos y por mi inefable caridad; otras, presentando a su entendimiento de diversas formas, según me parece, la presencia de mi Verdad, o según lo haya deseado el alma. Y entonces, por sus oraciones vocales, no hace caso de mi iluminación interior, como si tuviera escrúpulo de dejar lo que ha comenzado.

No debe hacerlo así, porque es engaño del demonio, sino que, en cuanto sienta su mente dispuesta de alguna de las muchas formas que he dicho, debe abandonar la oración vocal, y después de terminada la mental, si le queda tiempo, podrá cumplir lo que había propuesto; y si no puede cómodamente, no por eso debe afligirse, ni caer en hastío y confusión de entendimiento. Excepto si se trata del Oficio, el cual están obligados a rezar los clérigos y religiosos, y pecan si no lo rezan, porque están obligados hasta la muerte.

Y si en el momento en que deben decirlo sienten que su alma se eleva y se aparta por deseo, deben prevenirse y decirlo antes o después, de forma que no se falte a la obligación del rezo. Pero el alma debe dejar toda oración vocal que haya comenzado, para pasar a la mental cuando sienta su mente dispuesta como he dicho.

La oración vocal, hecha de la forma que te he dicho, llegará a la perfección, y por eso no debe dejarse de hacer bajo ningún motivo, sino proceder con ella ordenadamente; y así, con este ejercicio y perseverancia en él, saboreará la oración en verdad, y el alimento de la sangre de mi Hijo Unigénito. Por eso te dije que algunos comulgaban virtualmente, pero no sacramentalmente, es decir, saboreando el afecto de la caridad, del cual se goza por medio de la santa oración, más o menos, según el afecto de quien ora.

De donde el que ora con poca prudencia y preparación, poco encuentra; y el que con mucha, mucho halla; porque cuanto más procura el alma apartar su afecto de las cosas terrenas, y unirlo conmigo con la luz del entendimiento, más conoce, y quien más conoce, más ama; y cuanto más ama, tanto más saborea.

Considera, pues, que la oración perfecta no se alcanza con muchas palabras, sino con el afecto del deseo que se eleva a mí con conocimiento de sí mismo y de mi bondad; y así, al mismo tiempo tendrá oración vocal y mental, porque son compatibles, como lo son la vida activa y la contemplativa, aunque puede llamarse oración vocal o mental de muchas maneras. Porque el santo deseo de tener buena y santa voluntad es oración continua, la cual voluntad y deseo se eleva a mí en cierto tiempo y lugar, unida a la oración continua del santo deseo.

Y esta oración vocal, con este santo deseo, si se hace algunas veces en tiempo determinado, y otras no, o más de lo señalado, será continua, según lo requiera la caridad y el bien del prójimo, o según la necesidad o estado en que se encuentre quien ora. Por lo cual cada uno, según su estado, debe obrar por el bien de las almas según el principio de la santa voluntad.

Y todo lo que obre vocal y actualmente en bien del prójimo es oración virtual, aunque también ora actualmente por sí mismo en el tiempo señalado. Y fuera de esta oración a la que está obligado, todo lo que hace por el bien del prójimo, o los medios que emplea para este ejercicio que practica con buena voluntad, todo esto se puede llamar oración, pues como dice mi glorioso predicador Pablo, no cesa de orar el que no cesa de obrar bien.

Y por eso te dije que se hacía oración de muchas maneras: actual, unida con la mental, porque la santa oración actual se hace de la forma dicha, con afecto de caridad, el cual afecto es oración continua. Ya te he dicho por qué medios se llega a la oración mental: con el ejercicio y con la perseverancia; y que se debe dejar la oración vocal por la mental, cuando yo visito el alma.

También has oído cuál es la oración común y vocal fuera del tiempo ordenado, y la oración de buena y santa voluntad; y cómo cualquier ejercicio que se hace, ya sea por uno mismo o por el prójimo, con buena voluntad, fuera del tiempo determinado, es oración.

Debe, pues, el alma ejercitarse a sí misma con esta oración, madre de las virtudes; pues esta es la que hace que el alma encerrada en la casa del conocimiento de sí misma llegue al amor amigable y filial. Y si no tiene los modos ya referidos, siempre permanecerá en la tibieza y en su imperfección, y amará solo en la medida en que vea utilidad o consuelo en mí o en su prójimo.

CAPITULO TERCERO. 

Del engaño que padecen los mundanos que desean servir a Dios por su propio interés.

De este amor imperfecto quiero descubrirte un engaño en el que pueden caer los hombres cuando me aman por su propio interés. Por eso quiero que sepas que aquel siervo mío que me ama imperfectamente, busca más su propia utilidad y consuelo por el que ama, que a mí; y así sucede que, cuando le falta el consuelo, ya sea espiritual —es decir, del alma— o temporal, se turba y entristece. El consuelo temporal corresponde a los seglares que viven con algunos actos de virtud mientras tienen prosperidad; pero si les sobrevienen tribulaciones, que yo suelo enviarles para su bien, se turban y se afligen por aquel poco bien que hacían. Y si alguien les preguntara: “¿Por qué te turbas?”, responderían: “Porque sufro tribulaciones, y me parece que es en vano aquel poco bien que antes hacía, porque ya no lo ejecuto con aquel corazón puro y ánimo alegre de antes; y esto es por la tribulación que padezco, porque antes me parecía que obraba mejor y con más tranquilidad de corazón que ahora”.

Estos tales son engañados por su propio interés y deleite, y no es verdad que la tribulación sea causa de que tengan menos amor, ni de que valgan menos las obras que ahora hacen, pues sus obras en tiempo de tribulación valen tanto en sí como valían antes en tiempo de consuelo, e incluso podrían valer más si tuvieran paciencia. Les pasa esto porque se deleitaban en la prosperidad, y me amaban con un acto de virtud moderado, y así alimentaban su espíritu con aquella pequeña obra virtuosa. Por lo tanto, al ser privados de aquello en lo que encontraban algún descanso, les parece que también se les priva de la tranquilidad en las obras que practican; pero no es así.

A estos les sucede lo que le pasaría a un hombre que estuviera en un jardín, que se deleitara trabajando en él, pero en realidad no sería el trabajo lo que le agradara, sino el placer de estar en el jardín. Lo conocería porque, al quitarle el jardín, vería que quedaba privado de su deleite; y si su principal satisfacción la hubiera puesto en la obra, no la habría perdido, sino que la conservaría consigo. Porque el ejercicio de obrar bien no se puede perder si el hombre no quiere, aunque le quiten el gusto de la prosperidad, como al otro le quitaran el jardín.

Estos son engañados por su propia pasión en sus obras, por lo cual suelen decir: “Yo sé que obraba mejor y que tenía mayor consuelo antes de esta tribulación que ahora tengo, y deseaba hacer muchas buenas obras, pero ahora no tengo ningún gusto en obrar de esa forma”. Lo que les parece y dicen es falso, porque si se deleitaran en el bien por amor a la virtud, no lo habrían perdido, ni les habría faltado aquel afecto; más bien se les habría aumentado. Pero como su obrar bien estaba fundado en su propio beneficio sensual, por eso les falta y se debilita.

Este engaño lo sufren comúnmente algunos en la práctica de la virtud, proveniente de su amor propio sensual; pero ahora quiero hablarte de mis siervos.

CAPITULO CUARTO. 

Del engaño que padecen también los siervos de Dios que le aman con este amor imperfecto.

Los siervos míos que me aman con un amor imperfecto, me buscan y me aman por el consuelo y placer que encuentran en mí. Y como yo premio todas las buenas obras que se hacen —sean pocas o muchas— según el amor con que se reciben, por eso doy consuelos interiores, de un modo u otro, durante el tiempo de oración. Y no lo hago para que el alma ignorante preste atención al consuelo más que a mí, que soy quien se lo da, sino para que se fije sobre todo en el amor con que se lo doy, y en la indignidad de quien lo recibe, más que en el deleite de su propio consuelo.

Pero si, por su ignorancia, se fija más en el gusto que le produce que en el afecto de caridad que le tengo, sufre un gran daño, y cae en un engaño, como te explicaré. Es engañada, entonces, por el consuelo que la deleita, tanto que, al recibirlo a veces junto con la visita que le hago, insiste en seguir el mismo camino que llevaba cuando lo encontró, con la esperanza de volver a encontrarlo ahora. Y aunque yo quiera dárselo, parecerá que no tengo que darle nada, y sin embargo se lo doy de muchas y diversas formas, según agrada a mi bondad y según su necesidad.

Pero si continúa en su ignorancia, buscará obtenerlo por ese mismo camino, como si quisiera imponer una ley al Espíritu Santo. No debe actuar así, sino que debe pasar con valentía por el puente de la doctrina de Cristo crucificado, y recibir allí el consuelo en la forma, lugar y momento que mi bondad disponga; y si no se lo concedo —o incluso si no quiero concedérselo—, lo hago por amor y no por rechazo, para que me busque de verdad, y no me ame solo por el placer que encuentra en mí, sino que reciba y acepte con humildad más el afecto de mi caridad que el placer que experimenta.

Porque si no actúa así, y solo busca su propio contento y no el mío, sufrirá pena y una confusión insoportable cuando se vea privada de ese consuelo que se había convertido en el objeto de su atención. Estos son los que quieren escoger el consuelo a su gusto, es decir, que al encontrar algunas veces mi consuelo en sus almas, quieren seguir por ahí, y a veces son tan ignorantes que, si los visito de otro modo, se resisten y no lo aceptan, a menos que los visite de la forma que habían imaginado. Este defecto nace de su propia pasión y del deleite espiritual que encuentran en mí.

Esa alma se engaña, porque sería imposible perseverar siempre de una misma manera. Ya que no puede mantenerse fija, y necesariamente ha de avanzar en la virtud o retroceder, tampoco puede mantenerse continuamente en un mismo estado. Por eso le doy gracias diversas y variadas: unas veces le concedo alegría interior, otras una contrición y desagrado tan grandes que sentirá su alma turbada; otras estaré presente en el alma y no me sentirá; otras, formaré en su mente la verdad —es decir, el Verbo encarnado— de distintas maneras ante sus ojos interiores, y sin embargo no sentirá esa presencia con el fervor y la alegría que corresponderían a lo que debería experimentar; y otras veces no verá nada, pero tendrá un grandísimo deleite.

Todo esto lo hago movido por amor, para conservarla y hacerla crecer en la virtud de la humildad y de la perseverancia, y para enseñarle a no querer imponerme condiciones, ni poner su fin en el consuelo sensible, sino en la virtud fundada en mí. Y debe recibir con humildad tanto los tiempos de consuelo como los de sequedad, y aceptar con amor mi caridad, con la que le doy cada cosa, y creer con fe viva que lo que le concedo es por necesidad de su salvación, o para llevarla a una gran perfección.

Debe, pues, conservarse en humildad, poniendo el principio y el fin en el afecto de mi caridad, y según esa caridad recibirá consuelo conforme a mi voluntad, no según la suya. Este es el modo que debe seguir para evitar el engaño: recibirlo todo por amor a mí, que soy su fin, y fundarse en mi dulce voluntad.

CAPITULO QUINTO. 

De aquellos que dejan de socorrer al prójimo en sus necesidades para no perder su propio consuelo.

Ya te he dicho el engaño que sufren quienes quieren sentir y acogerme en sus almas. Ahora quiero decirte el segundo engaño de aquellos que ponen todo su placer en sentir consuelo espiritual, tanto que muchas veces verán a su prójimo en necesidad —ya sea espiritual o material— y no querrán ayudarlo bajo pretexto de virtud. Y dirán: “Pierdo la paz y la tranquilidad de mi espíritu, y no digo mis horas canónicas en el tiempo señalado”; y como no experimentan consuelo, les parece que me ofenden. Y así caen en un engaño respecto al consuelo espiritual de su alma.

Por eso me ofenden más no socorriendo las necesidades del prójimo que si dejaran todos sus consuelos. Porque todo ejercicio, ya sea vocal o mental, lo ordeno para que el alma llegue a la caridad perfecta conmigo y con el prójimo, y para conservarla en ella. Así que me ofenden más dejando la caridad hacia el prójimo por su ejercicio actual o por la tranquilidad de su espíritu, que si dejaran su ejercicio espiritual por amor al prójimo. Porque en la caridad hacia el prójimo me encuentran, y en su propio contentamiento donde me buscan estarán privados de mí. Pues no ayudando al prójimo, inmediatamente disminuyen la caridad hacia él, y al disminuir la caridad hacia el prójimo, se disminuye también mi amor hacia ellos. Y al disminuirse mi amor, se disminuye el consuelo; así que queriendo ganar, pierden, y queriendo perder, ganan.

Es decir, queriendo renunciar a sus propios consuelos por el bien del prójimo, me acogen a mí y ganan tanto a mí como al prójimo al ayudarlo y servirlo con caridad. Y siempre disfrutarían de la dulzura de mi caridad; pero si no lo hacen, viven con pena y desconsuelo. Porque muchas veces será necesario que socorran a su prójimo: ya por necesidad, ya por amor, ya por alguna enfermedad corporal o espiritual que tenga el prójimo.

Entonces, cuando lo ayudan con molestia, con fastidio interior y con remordimiento de conciencia, se vuelven insoportables para sí mismos y para aquellos con quienes conviven. Y si alguien les preguntara: “¿Por qué sientes esta pena?”, responderían: “Porque me parece haber perdido la paz y la tranquilidad del espíritu, y otras muchas cosas que antes solía hacer o dejar de hacer”, y creen que ofenden a Dios, sin que sea así.

Porque, al tener su juicio basado en su propio deleite, no saben conocer ni discernir verdaderamente dónde está la ofensa a Dios. Pues si lo conocieran bien, verían que la ofensa no está en no sentir consuelos espirituales, ni en dejar el ejercicio de la oración por la necesidad del prójimo, sino más bien está en la falta de caridad hacia el prójimo, a quien deben amar y servir por amor a mí.

Así que mira cómo se engañan por el amor propio espiritual.

CAPITULO SEXTO. 

Del engaño que padecen aquellos que ponen todo su afecto en los consuelos y visiones mentales.

Sucede algunas veces que, por este amor propio espiritual, el alma recibe más daño, porque pone su afecto únicamente en buscar consuelos y visiones, las cuales concedo y doy a mis siervos. Y cuando se ve privada de ellas, cae en amargura y hastío interior, porque le parece que ha perdido la gracia cuando yo me oculto de ella. Pero como ya te dije, vengo y me aparto del alma, no quitándole la gracia, sino el sentimiento, para llevarla a la perfección.

Así que cae en amargura, y le parece estar ya en el infierno al verse privada del deleite y atacada por muchas tentaciones. Que no caiga, entonces, en tanta ignorancia, ni se deje engañar por el amor propio espiritual, hasta el punto de no reconocer la verdad. Debe saber que yo estoy en ella, que soy ese Bien Eterno que le conservó la buena voluntad en tiempo de batalla, por la cual no consiente en las tentaciones.

Debe, pues, humillarse, considerándose indigna de la paz y la tranquilidad del espíritu. Por eso me escondo de ella: para hacer que se humille, y para que reconozca mi caridad dentro de sí misma, la cual encuentra en la buena voluntad que yo hago que conserve durante las batallas y tentaciones. También lo hago para que no se quede solamente con la dulzura de esta leche en su alma, sino que se acerque al pecho de mi Verdad y tome la leche junto con la carne. Es decir, que reciba la leche de mi caridad por medio de la carne de Cristo crucificado; quiero decir, por medio de su doctrina, con la cual les he formado el puente para que lleguen a mí.

Por esto, entonces, me aparto de ellas. Pero si ellas proceden con prudencia y sin ignorancia, recibiendo únicamente la leche, yo vuelvo a ellas con mayor placer, fortaleza, luz y ardor de caridad. En cambio, si cuando las privo de dulzuras espirituales lo reciben con hastío, tristeza y confusión de espíritu, avanzan poco y permanecen en su tibieza.

CAPITULO SÉPTIMO. 

Cómo los que se deleitan en las consolaciones y visiones mentales pueden ser engañados algunas veces, transfigurándose el demonio en Ángel de luz, y de las señales con que puede conocerse cuando es de Dios la visión, y cuando del demonio.

Después de esto, estas almas padecen otro engaño del demonio, que es transformarse en ángel de luz. Porque, en aquello que ve que el alma está dispuesta a desear y recibir, por ahí mismo la tienta. Así, al ver que el alma está inclinada y que su deseo se centra únicamente en los consuelos y visiones mentales —por las cuales no debería anhelar, sino únicamente por las virtudes, en las cuales debe considerarse indigna de recibir y de poseer mi amor—, digo entonces que el demonio se transforma ante esa alma de diferentes formas: unas veces en figura de ángel, otras en mi Verdad, y otras en alguno de mis santos.

Y hace esto para atraparla con el anzuelo de su propio deleite espiritual, por la inclinación que nota que tiene el alma hacia las visiones y el gusto del espíritu. Y si no se levanta con verdadera humildad, despreciando todo deleite, queda atrapada con ese anzuelo en manos del demonio. Pero si, despreciando con humildad ese deleite, abraza con amor mi afecto —que soy el dador— y no se fija tanto en el don, entonces el demonio, por su soberbia, no puede soportar la humildad del alma.

Pero si me preguntas cómo se puede saber si la visión viene del demonio o de mí, te respondo que esta es la señal: cuando el demonio viene a visitar al alma en forma de luz, al principio recibe alegría con su llegada, pero mientras más tiempo se queda con ella, más va perdiendo esa alegría, y quedan en su interior tinieblas, tedio y confusión. Pero cuando verdaderamente es visitada por mí, que soy la Verdad eterna, el alma siente un santo temor apenas me presento, y junto con ese temor, recibe alegría y seguridad con dulce prudencia. De tal manera que, aunque duda, no duda del todo; y por el conocimiento profundo que tiene de sí misma, considerándose indigna de tal favor, dice: “Yo no merezco ser visitada por ti, y si no lo merezco, ¿cómo puede ser esto?”

Entonces se vuelve a mi abundante caridad, reconociendo y viendo que a mí me es posible dar cuanto quiero, y que no miro su indignidad, sino lo que yo merezco. Y eso la hace digna de recibirme en sí misma por gracia y por experiencia sensible, porque no desprecio el deseo con el que me llama a sí. Y por eso me recibe con humildad, diciendo: “Aquí tienes a tu esclava, hágase en mí tu voluntad”.

Entonces sale del horno de la oración y de mi visita con alegría y gozo espiritual, con humildad al considerarse indigna, y con caridad que reconoce que proviene de mí.

Esta, pues, es la señal de cuando yo visito al alma o cuando la visita el demonio: cuando soy yo, apenas me presento, el alma siente temor, y después también alegría y hambre de virtud; pero cuando es el demonio, al principio siente alegría, y al final queda en confusión y oscuridad espiritual.

Así que he querido darte una señal para que el alma, si quiere mantenerse en humildad y actuar con prudencia, no pueda ser engañada. Este engaño lo sufrirá siempre que quiera y ame más con amor imperfecto los consuelos que mi afecto, como te he dicho.

CAPITULO OCTAVO. 

Cómo el alma que verdaderamente se conoce a sí misma, evita prudentemente todos los engaños arriba dichos.

No quiero ocultarte el engaño que padecen muchísimos por causa del amor sensible, haciendo algunas obras buenas, es decir, que se conforman con el ejercicio de aquella poca virtud que practicaban en el tiempo de la consolación. Tampoco te he ocultado cómo son engañados mis siervos cuando se deleitan en los consuelos espirituales, engañados por su amor propio, que no les permite reconocer la verdad de mi amor ni discernir dónde está la culpa. Y te expliqué también el engaño que, por culpa suya, el demonio comete con ellos, si no siguen el camino que te indiqué.

Te lo advertí, entonces, para que tú y otros siervos míos sigan las virtudes por amor a mí y no por deseo de otra cosa. En todos estos engaños y peligros pueden caer —y muchas veces caen— aquellos que, estando aún en el amor imperfecto, me aman más por mis dones que por mí, que soy quien los da.

Pero el alma que ha entrado verdaderamente en la casa del conocimiento de sí misma, ejercitándose en la oración perfecta y saliendo del amor imperfecto y también de la oración imperfecta, me recibe con amor verdadero, deseando atraer hacia sí la leche de mi dulzura del pecho de la doctrina de Cristo crucificado. Y así llega al tercer estado, esto es, al amor filial y de amigo, no un amor interesado o mercenario.

Así como normalmente hace un amigo cuando recibe un regalo de otro, que no se fija solamente en el objeto que ve, sino en la intención del que se lo da, y lo aprecia únicamente por el afecto que le tiene su amigo, así también el alma que ha llegado al tercer estado del amor perfecto, cuando recibe mis dones y gracias, no se fija únicamente en el don, sino que, con los ojos de su entendimiento, contempla el afecto de caridad con que le he dado ese don.

Y para que el alma no tenga excusa de no mirar a mi amor, uní el don con el que lo da, cuando uní mi naturaleza divina con la humana, y os di el Verbo de mi Hijo Unigénito, que es uno conmigo y yo con él. Así que, por esta unión, no podéis mirar el don sin mirar también al que lo da, que soy yo. Con esto ves con cuánto amor debéis desear tanto el don como al que lo da.

Haciéndolo así, no obraréis con un amor mercenario o interesado, sino con un amor puro y sencillo, como hacen aquellos que siempre están recogidos en la casa del conocimiento de sí mismos.

CAPITULO NOVENO. 

De qué manera se aparte el alma del amor imperfecto y llega al perfecto, filial y de amigo.

Hasta ahora te he mostrado de muchas maneras cómo el alma se eleva desde la imperfección hasta llegar al amor perfecto, y qué es lo que hace después de alcanzar el amor filial y de amigo. Te dije entonces que ella llega a ese estado por medio de la perseverancia, encerrándose en la casa del conocimiento de sí misma, conocimiento que debe estar acompañado del conocimiento de mi bondad para que no caiga en la confusión. Porque mediante el conocimiento propio adquirirá odio hacia su propia pasión sensitiva, y hacia el placer de las consolaciones; y de ese santo odio, fundado en la humildad, sacará la paciencia, con la cual se hará fuerte frente a las batallas del demonio, frente a las persecuciones de los hombres, y será muy paciente incluso cuando yo, para su bien, me esconda y me aleje de ella en cuanto al sentido; y así, todo lo soportará con esta verdadera virtud.

Y si la propia sensualidad quisiera rebelarse contra la razón, la conciencia —que es el juez— debe estar atenta y, con un santo odio, debe hacer justicia, no dejando que los movimientos desordenados pasen sin ser corregidos. Con todo, el alma que esté fundamentada en este santo odio, siempre y en todo momento se acusa y se reprende, no solo de aquellos movimientos que van contra la razón, sino incluso de los que muchas veces proceden de mí.

Esto quiso decir aquel devoto siervo mío, san Gregorio, cuando dijo que los de conciencia pura encontraban pecado donde no lo había, es decir, que por la pureza de su conciencia hallaban culpa donde no existía.

Así, pues, debe hacer —y así hace— el alma que quiere levantarse de la imperfección, esperando en la casa del conocimiento de sí misma mi providencia con la luz de la fe, como lo hicieron aquellos discípulos que, con paciencia, permanecieron en aquella casa, perseverando en vigilias, en humilde y continua oración hasta la venida del Espíritu Santo.

Esto es lo que hace el alma cuando se levanta de la imperfección y se encierra en la casa del propio conocimiento para llegar a la perfección. Está, pues, en vela, dirigiendo la vista de su entendimiento a la doctrina de mi Verdad, y porque se ha conocido, persevera humillada en la oración continua del santo deseo, ya que ha conocido en sí el afecto de mi caridad.

CAPITULO DÉCIMO. 

De las señales con las que se conoce que el alma ha llegado al amor perfecto.

Ahora resta decirte en qué se muestra que han llegado al amor perfecto. Se muestra, pues, en aquella misma señal que fue dada a los santos discípulos después de que recibieron al Espíritu Santo, pues salieron de la casa en que estaban y, dejando el temor, anunciaban mi palabra, predicando la doctrina del Verbo, mi Unigénito Hijo, despreciando los sufrimientos, o mejor dicho, gloriándose en ellos. No temían presentarse ante los tiranos del mundo para anunciarles y decirles la verdad, para gloria y alabanza de mi nombre.

Así también, el alma que ha estado en la casa del conocimiento propio, yo vengo a ella con el fuego de mi caridad, en la cual, mientras perseveró, concibió las virtudes por afecto de amor, participando del poder con el cual, y con virtud, dominó y venció su propia pasión sensitiva. Y con esa misma caridad participó de la sabiduría de mi Hijo, con la que vio y comprendió —abriendo los ojos de su entendimiento— mi verdad y los engaños del amor sensitivo espiritual, es decir, el amor imperfecto de los consuelos. Al mismo tiempo conoció el engaño y la malicia del demonio, que engaña al alma que está atada a ese amor imperfecto; y por tanto, se levantó aborreciendo aquella imperfección y amando la perfección.

Con esta caridad, que es el Espíritu Santo, hizo su voluntad partícipe, fortaleciéndola para querer sufrir penas, salir de su casa por mi nombre y ejercer las virtudes con su prójimo.

Esto no significa que el alma salga de la casa del conocimiento propio, sino que de la casa del alma salen las virtudes que había concebido por afecto de amor, y las produce y ejerce en tiempo de necesidad con su prójimo de muchas y diversas maneras, por haber perdido el temor que antes le impedía manifestarlas —el temor, digo, de perder los consuelos—. Pero después que ha llegado al amor perfecto y libre, sale de la manera ya dicha.

Y esto le hace llegar al cuarto estado, es decir, que desde el tercero —el cual es perfecto y hace gustar y producir la caridad con el prójimo— llega al último estado de unión perfecta conmigo; los cuales dos estados están unidos entre sí, sin que uno pueda existir sin el otro, así como el amor de mí no está sin el del prójimo, ni el del prójimo sin el mío, porque no pueden estar separados. Así también, estos dos estados no están el uno sin el otro, como te lo iré manifestando con más claridad.

CAPITULO UNDÉCIMO. 

Cómo los imperfectos quieren seguir solamente al Padre, pero los perfectos al Hijo; y de una visión que tuvo esta alma devota, en la cual se refieren varios Bautismos, y de algunas otras cosas útiles y excelentes.

Te he dicho que salen afuera, lo cual es señal de que se han levantado de la imperfección y han llegado a la perfección. Abre los ojos de tu entendimiento y míralos correr por el puente de la doctrina de Cristo crucificado, que es vuestra regla, camino y enseñanza. No ponen otra cosa ante los ojos de su entendimiento más que a Cristo crucificado. No se centran en mí, que soy el Padre, como hacen los que están en el amor imperfecto, quienes no quieren sufrir penas; y como en mí no puede haberlas, desean el consuelo que en mí encuentran. Por eso digo que siguen en mí, no a mí: buscan el deleite que hay en mí, no a mí mismo.

No actúan así estos otros, sino que, como embriagados y encendidos en amor, han subido estos tres escalones generales, que te expliqué según las tres potencias del alma, y los tres escalones actuales que te mostré en el cuerpo de Cristo crucificado, mi Unigénito Hijo. Habiendo subido a los pies con los pasos del afecto, llegan al costado, donde encuentran el secreto del corazón y conocen el bautismo del agua, que tiene virtud por la sangre. Allí hallan la gracia del santo Bautismo, estando ya el alma preparada para recibirla, unida y enlazada con la sangre.

¿Dónde reconoció el alma esta dignidad de verse unida y enlazada con la sangre del Cordero al recibir el santo Bautismo en virtud de la sangre? En el costado, donde descubrió el fuego de la divina caridad. Y así te lo reveló mi Verdad cuando le preguntaste diciendo: “Dulce e inmaculado Cordero, ya habías muerto cuando te abrieron el costado; ¿por qué quisiste entonces ser herido y partido el corazón?” Y él te respondió que por muchos motivos ocurrió esto, y ahora te diré uno de los principales: porque mi deseo hacia el género humano era infinito, pero el acto de padecer era limitado y finito. Y como en una cosa finita no se podía mostrar un amor infinito, quiso que vieras el secreto del corazón, mostrándolo abierto, para que entendierais que amaba más de lo que podía mostrar con una pena finita.

Derramando sangre y agua os mostré el santo Bautismo, el cual recibisteis en virtud de la sangre; y sin embargo, derramaba sangre y agua. Mostraba también el bautismo de sangre de dos maneras: uno en aquellos que son bautizados en su sangre derramada por mí, la cual tiene virtud por mi sangre, cuando no pueden recibir el Bautismo de agua; y otros se bautizan con fuego, deseando el Bautismo con afecto de amor, sin poder recibirlo. Pero no hay bautismo de fuego sin sangre, porque la sangre está unida con el fuego de la divina caridad, pues fue derramada por amor.

El alma también recibe de otro modo este bautismo de sangre, hablando en sentido figurado. Y esto lo dispuso la caridad divina, porque conociendo la flaqueza y debilidad del hombre —el cual me ofende por ella, no por fuerza ni por otra causa si él no quiere—, cae como frágil en pecado mortal, por el cual pierde la gracia que recibió en el santo Bautismo en virtud de la sangre. Por tanto, fue necesario que la caridad divina dejara el Bautismo continuo de la sangre, que se recibe con la contrición del corazón y con la confesión, cuando sea posible, ante mis ministros, que tienen las llaves de la sangre y la derraman sobre el alma. Y si no se puede confesar, basta con la contrición del corazón. Entonces mi misericordia concede el fruto de esta preciosa sangre; pero si puede confesarse, quiero que lo haga, y quien pudiendo hacerlo no quiere, será privado del fruto de la sangre.

No obstante, es cierto que al final de la vida, si desea confesarse aunque no pueda, todavía recibirá el fruto de la sangre. Pero que nadie sea tan necio como para esperar hasta la hora de la muerte para ordenar su vida, confiando en esta esperanza, pues no tiene certeza de que por su obstinación mi justicia divina no le diga: “Ya que tú no te acordaste de mí en el tiempo de tu vida cuando podías, yo también me olvidaré de ti en la hora de la muerte.” Así que nadie debe confiarse, y si por culpa suya ha descuidado su alma, no debe postergar este Bautismo hasta el último momento con la esperanza en esta sangre.

Ya ves que este Bautismo debe ser continuo, porque puedes entender en él que la pena de la cruz fue finita, pero el fruto de esa pena que por mí recibisteis es infinito, porque fue en virtud de la naturaleza divina, que es infinita, unida con la humana, la cual sufrió la pena en el Verbo revestido de vuestra humanidad. Y como una naturaleza está unida a la otra, la Deidad eterna tomó para sí el dolor que yo sufrí con tanto ardor de amor. Por eso esta obra puede llamarse infinita, no porque lo fuera el sufrimiento que yo padecí, ni el actual del cuerpo, ni el deseo de redimiros —porque terminó en la cruz cuando entregué el espíritu—, sino porque el fruto que brotó de esa pena y de ese deseo por vuestra salvación es infinito. Y por tanto, lo habéis recibido infinitamente. Porque si no fuera infinito, no habría sido restituido el género humano a la gracia —ni los pasados, ni los presentes, ni los futuros—, ni el hombre, cuando peca, podría levantarse, si este Bautismo de sangre —es decir, el fruto de la sangre— no fuera infinito.

Esto os lo mostré en la llaga del costado de mi Hijo, donde podéis ver los secretos del corazón, revelando que os ama más de lo que puede mostrar con una pena finita. Te he mostrado que este fruto es infinito. ¿Con qué? Con el Bautismo de sangre unido a mi ardiente caridad, derramada por amor. Y en el Bautismo general dado a los cristianos y a todo aquel que lo reciba con el agua unida a la sangre y al fuego, donde el alma se hace una misma cosa con mi sangre. Y para que lo entendierais, quise que del costado saliera sangre y agua.

He respondido a lo que me preguntabas.

CAPITULO DUODÉCIMO. 

Cómo habiendo subido el alma al tercer escalón de este santo puente, esto es, llegado a la boca, es señal de que está muerta la propia voluntad, y cómo es señal que está muerta cuando ha llegado allí.

Todo lo que ahora te he dicho lo oíste primero de mi Verdad, pero he querido repetírtelo en su persona para que comprendas la excelencia en que se encuentra el alma que ha subido a este segundo escalón, donde conoce y adquiere un fuego de amor inefable, con el que, enardecida, pasa inmediatamente al tercero, esto es, a la boca, donde manifiesta haber llegado al estado perfecto. ¿Por dónde pasó, pues? Por medio del corazón, es decir, con la memoria de la sangre con la que fue rebautizada, dejando el amor imperfecto por el conocimiento que obtuvo del amor cordial, viendo, gustando y probando el fuego de mi caridad. Estas almas llegaron a la boca, y por eso se las muestra ejerciendo el oficio de la boca.

La boca habla con la lengua que está en ella, y el gusto gusta; la boca retiene el alimento, lo envía al estómago, y los dientes lo mastican, pues de otro modo no podría pasarlo ni digerirlo. Así actúa el alma, porque primeramente habla con la lengua, que consiste en el santo deseo, es decir, con la lengua de la santa y continua oración. Esta lengua habla tanto de forma actual como mental: mentalmente, ofreciéndome dulces y amorosos deseos en favor de las almas; y actualmente, anunciando la doctrina de mi Verdad, amonestando, aconsejando y confesándola sin temor a las penas con que pudiera castigarla el mundo. Así, sin temor alguno, la proclama ante todas las criaturas de diversas maneras, y a cada uno según su estado.

Digo, pues, que tomando el alimento de las almas para mi honra, lo come en la mesa de la santísima cruz, porque en ninguna otra mesa podría comerlo verdadera y perfectamente. Digo que lo mastica con los dientes, porque de lo contrario no podría tragarlo; es decir, lo mastica con el odio y el amor, que son como dos hileras de dientes en la boca del santo deseo, donde entra el alimento, masticándolo con odio de sí misma y con amor a la virtud, tanto para sí como para el prójimo.

Mastica, digo, todas las injurias, escarnios, afrentas, tribulaciones, insultos y muchas persecuciones, sufriendo hambre, sed, frío, calor, deseos angustiados, lágrimas y sudores por el bien de las almas. Todo lo mastica en mi honor, tolerando y soportando al prójimo; y después de haberlo masticado, se deleita con el fruto de los trabajos y con el sabroso alimento de las almas, gustándolo en el fuego de mi amor y del amor al prójimo. Así, ese alimento pasa al estómago, que lo deseaba con ansia por el hambre y el deseo del bien de las almas, es decir, al estómago del corazón, dispuesto con amor cordial, deleite y caridad por el prójimo, gozando y rumiando de tal manera, que pierde la ternura y el apego a la vida corporal, para poder comer este alimento en la mesa de la cruz de la doctrina de Cristo crucificado.

Entonces el alma se engorda con verdaderas y auténticas virtudes, y se hincha tanto con la abundancia del alimento que revienta el vestido de la propia sensualidad, es decir, el cuerpo que cubre al alma según el apetito sensitivo. Quien revienta muere; así, la voluntad sensitiva queda muerta. Esto ocurre porque, si el alma ha ordenado su voluntad, esta vive en mí, revestida con la mía eterna, y muerta, sin embargo, la sensitiva.

Esto hace el alma que ha llegado verdaderamente al tercer escalón de la boca, y la señal de que ha llegado es que ha muerto su propia voluntad cuando ha gustado el afecto de mi caridad; y así ha encontrado paz y quietud en su alma. Sabes que la paz se da en la boca; así, en este tercer estado encuentra la paz de tal manera que nadie puede turbarla, porque ha perdido y negado su propia voluntad. Y cuando esta está muerta, causa paz y sosiego.

Estas almas engendran la virtud sin pena en su prójimo, no porque las penas dejen de ser penas para ellas, sino porque ya no lo son para una voluntad muerta, pues voluntariamente sufren las penas por mi nombre. Estas almas corren sin pereza por la doctrina de Cristo crucificado, y no dejan de caminar por las injurias que se les hagan, ni por persecución alguna, ni por deleites que el mundo les ofrezca; al contrario, superan todas estas cosas con verdadera fortaleza y perseverancia, revestido su afecto con el de la caridad, saboreando el alimento de la salvación de las almas con verdadera y perfecta paciencia. Esta paciencia es una señal clara de que el alma ama perfectamente y sin interés alguno. Porque si me amara a mí y al prójimo por su propio beneficio, estaría impaciente y actuaría con negligencia. Pero como me ama a mí por lo que soy —Suma Bondad, digno de ser amado—, y a sí misma por mí, y al prójimo para tributar alabanza y gloria a mi nombre, por eso son pacientes y fuertes en el sufrimiento y en la perseverancia.

CAPITULO DECIMOTERCERO. 

De las operaciones del alma después de que había subido el tercer escalón arriba dicho.

Estas son aquellas tres gloriosas virtudes fundadas en la verdadera caridad: la paciencia, la fortaleza y la perseverancia, que están en lo alto del árbol de la caridad. Estas están coronadas con la luz de la santísima fe, con cuya luz caminan sin tinieblas por el camino de la verdad, y se elevan a lo alto por su santo deseo. Y así, nadie puede ofenderlas: ni el demonio con sus tentaciones —porque teme al alma encendida con el fuego de la caridad—, ni las calumnias ni las injurias de los hombres. Aunque el mundo los persiga, el mundo los teme. Esto lo permite mi bondad para fortalecerlos y engrandecerlos en mi presencia y ante el mundo, porque ellos, con su humildad, se hicieron pequeños. Puedes ver esto claramente en mis Santos, quienes se hicieron pequeños por mí, y yo los engrandecí en mí, que soy vida eterna, y en el cuerpo místico de la Santa Iglesia, donde siempre se hace memoria de ellos, porque sus nombres están escritos en mí, que soy el Libro de la Vida. Así puedes notar cómo el mundo los reverencia, porque ellos lo despreciaron.

Estos no esconden la virtud por temor al sufrimiento ni por miedo a perder la consolación, sino que me sirven con valentía, despreciándose a sí mismos y sin preocuparse por sí. Y de cualquier manera que empleen el tiempo y la vida en mi honor, gozan y encuentran paz y tranquilidad en su espíritu. ¿Por qué? Porque no eligen servirme según su propia voluntad, sino según la mía; por eso, para ellos, la consolación y la tribulación son lo mismo, la prosperidad y la adversidad son iguales. Para ellos, todo es uno, porque en todo encuentran mi voluntad y no piensan sino en conformarse con ella dondequiera que la hallen.

Ellos han comprendido que nada sucede sin mí, y ven que todo se realiza con misterio y con divina Providencia, excepto el pecado, que no es, y al cual aborrecen; y todo lo demás lo respetan y veneran. Por eso están firmes y constantes en el camino de la virtud, y no desfallecen, sino que sirven fielmente a su prójimo, sin prestar atención a su ignorancia o ingratitud, ni se desalientan cuando el vicioso los injuria o reprende. Más bien claman ante mí, haciendo oración por él, doliéndose más por la ofensa que me hace y por el daño de su alma, que por la injuria recibida. Tales personas repiten con mi glorioso Apóstol Pablo: “El mundo nos maldice, y nosotros lo bendecimos; nos persigue, y le damos gracias; somos despreciados, como inmundicia y desecho del mundo, y lo sufrimos con paciencia”.

Así pues, hija mía muy querida, ve las señales extraordinarias, y especialmente la virtud de la paciencia, más de lo que se puede decir, en la que el alma demuestra verdaderamente haberse levantado del amor imperfecto y haber llegado al perfecto, siguiendo al dulce e inmaculado Cordero, mi Unigénito Hijo, quien, colgado en la cruz y clavado con clavos de amor, no se bajó de ella, aunque los judíos le decían: “Baja de la cruz y creeremos en ti”; ni se apartó por vuestra ingratitud, sino que perseveró en la obediencia que yo le había mandado, con tanta paciencia que no se oyó queja alguna de su boca.

Así también, estos mis amados hijos y fieles siervos siguen la doctrina y el ejemplo de mi Verdad. Y aunque el mundo quiera atraerlos con halagos y amenazas, no vuelven la vista atrás, sino que solo se fijan en mi Verdad. Estos no quieren salir del campo de batalla para volver a casa por el vestido que dejaron atrás, es decir, por agradar a las criaturas y temerlas más que a mí, su Creador. Al contrario, permanecen en la lucha con gusto, llenos y embriagados con la sangre de Cristo crucificado, que mi amor puso en la oficina del cuerpo místico de la Santa Iglesia para animar a quienes desean ser verdaderos caballeros, luchando contra la propia sensualidad, contra la carne frágil, contra el mundo y el demonio, con la espada del desprecio a estos vicios enemigos, con quienes han de combatir, y con la espada del amor a la virtud, que es un arma que los protege y defiende de los golpes, de modo que no pueden ser dañados si no se despojan voluntariamente de sus armas y entregan el cuchillo en manos de sus enemigos, esto es, si no ceden sus armas con la mano del libre albedrío, rindiéndose voluntariamente.

Pero los que están embriagados con la sangre no hacen esto, sino que perseveran valientemente hasta la muerte, donde todos sus enemigos son vencidos.

¡Oh gloriosa virtud! ¡Cuán agradable me eres, y cómo brillas y resplandeces en el mundo ante los ojos tenebrosos de los ignorantes, que no pueden impedir que participen de la luz de mis siervos! En el odio de quienes persiguen a mis siervos, resplandece su clemencia, porque mis siervos buscan su salvación. En su envidia resplandece la caridad extensa; en su crueldad, la piedad, porque aquellos son crueles con ellos, y estos son piadosos. En las injurias brilla la paciencia, que reina sobre todas las virtudes, porque ella es el espejo de la caridad. Esta muestra y fortalece las virtudes en el alma, y demuestra si están verdaderamente fundadas en mí o no. Vence y jamás es vencida; está acompañada de fortaleza y perseverancia. Consigue la victoria, y del campo de batalla vuelve a mí, Padre eterno, que soy quien premio todos sus trabajos, y de mí reciben la corona de la gloria.

CAPITULO DECIMOCUARTO. 

Del cuarto estado, el cual no está apartado del tercero, y de las obras del alma que ha llegado a él; y cómo Dios está siempre en el alma con continuo sentimiento.

Te he dicho hasta aquí cómo los hombres dan a entender que han llegado a la perfección del amor filial y de amigo. Pero ahora quiero mostrarte con cuánto gozo disfrutan de mí, aun estando en la carne mortal. Pues habiendo alcanzado el tercer estado, adquieren también el cuarto, no porque esté separado de aquel, sino que está unido con él y no puede estar el uno sin el otro, así como mi caridad no puede estar sin la del prójimo.

Este cuarto estado es fruto del tercero, y consiste en una perfecta unión del alma conmigo, donde recibe tal fortaleza, que no solo soporta con paciencia, sino que desea ardientemente poder padecer por gloria y alabanza de mi nombre. Tales almas se glorían en las afrentas de mi Unigénito Hijo, como decía mi glorioso predicador Pablo: “Me glorío en las tribulaciones y en los oprobios de Cristo crucificado”; y en otro lugar: “No debo gloriarme sino en Cristo crucificado”; y también: “Llevo en mi cuerpo las llagas de Cristo crucificado”.

Así también estas almas, enamoradas de mi gloria y hambrientas de la salvación de las almas, corren a la mesa de la santísima cruz, deseando ser útiles al prójimo, anhelando el sufrimiento y padeciendo en realidad trabajos, conservando y adquiriendo virtudes, llevando en sus cuerpos las llagas de Cristo. Es decir, que el amor crucificado que tienen brilla también en su cuerpo, y lo manifiestan despreciándose a sí mismos y alegrándose en los oprobios, sufriendo molestias y penas por dondequiera y de cualquier modo que yo se las conceda.

A estos queridos hijos míos, el sufrimiento les es consuelo, y el deleite, una carga. Desprecian todo consuelo y placer que el mundo pudiera darles; y no solo aquellos que les ofrece el mundo por mi disposición —es decir, los consuelos que los siervos del mundo se ven obligados por mi bondad a tributarles, respetándolos y ayudándolos en sus necesidades—, sino también los consuelos que reciben de mí, Padre eterno, tampoco los consideran por humildad y desprecio de sí mismos. No es que desprecien los consuelos, dones y gracias, sino el deleite que su ánimo podría encontrar en ellos. Y esto es por virtud de la humildad que adquirieron mediante el santo odio de sí mismos, la cual alimenta y sostiene la caridad que obtuvieron por el verdadero conocimiento de sí y de mí.

Observa, entonces, cómo las virtudes y llagas de Cristo crucificado resplandecen en sus cuerpos y almas. A estos no me aparto de ellos en cuanto al sentimiento, al contrario de aquellos otros de quienes te dije que me alejaba por un tiempo —no por gracia, sino en cuanto al sentimiento. No actúo así con los que han alcanzado altísima perfección y tienen completamente muerta su voluntad, sino que descanso continuamente en sus almas tanto por gracia como por sentimiento. Es decir, que cada vez que quieren unirse a mí en espíritu por amor, pueden hacerlo, porque su deseo ha llegado a tal grado de unión, que nada puede separarlos de mí.

Así, para ellos todo lugar y tiempo es oración, porque su vida está levantada de la tierra y se eleva al Cielo. Es decir, que han quitado de sí todo apego terreno y amor propio sensual, y se han elevado sobre sí mismos a la altura del cielo por la escalera de la virtud, habiendo subido los tres peldaños que te figuré en el cuerpo de mi Hijo.

En el primer peldaño despojaron sus pies del amor al pecado. En el segundo, gustaron el secreto y afecto del corazón, de donde nació su amor por la virtud. En el tercero, alcanzaron la paz y tranquilidad del alma, probaron en sí mismos las virtudes, y habiendo dejado el amor imperfecto, llegaron a gran perfección.

Por eso encontraron descanso en la doctrina de mi Verdad. Yo les soy el lecho y la mesa; mi dulce y amoroso Verbo les es manjar, porque en él se alimentan sus almas, y porque yo mismo os lo di: su carne y sangre, todo Dios y todo hombre, que recibís en el Sacramento del Altar. Lo dispuse por mi bondad para vosotros mientras vivís como peregrinos, para que no desfallezcáis por debilidad en el camino ni olvidéis el beneficio de la sangre derramada por vosotros con tan encendido amor, sino que os fortifiquéis y deleitéis en el camino.

El Espíritu Santo les sirve: es decir, el afecto de mi caridad, que les da dones y gracias. Este dulce servidor lleva y trae: me ofrece de parte de ellos sus deseos penosos, dulces y amorosos, y les lleva a sus almas el fruto de la caridad divina y de sus fatigas, para que se alimenten con ella.

Así que observa: yo les soy mesa, mi Hijo les es manjar, y el servidor es el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo. También nota cómo por sentimiento me tienen siempre en sus almas, y que cuanto más han despreciado el deleite y deseado el sufrimiento, tanto más han apartado la pena y alcanzado el deleite. ¿Por qué? Porque están encendidos y abrasados en mi caridad, en la cual se consume y aniquila su voluntad.

Por eso el demonio teme el bastón de su caridad, y lanza contra ellos sus dardos desde lejos, sin atreverse a acercarse. El mundo también hiere solo la superficie de sus cuerpos, creyendo hacerles daño, cuando en verdad es él quien se daña. Porque la flecha que no encuentra dónde clavarse, se vuelve contra quien la arrojó. Así, las saetas de injurias, persecuciones y calumnias que el mundo les lanza no los hieren, porque el huerto de su alma está cerrado. Y por eso, la saeta se vuelve en contra del que la tira, envenenada con el veneno de la culpa.

Mira, pues, cómo no pueden ser heridos de ninguna manera, porque aunque el cuerpo sufra, el alma no puede ser herida. Por eso son bienaventurados en el dolor: sufren por las ofensas del prójimo y son bienaventurados por la unión y el afecto de la caridad que han recibido.

Estos siguen al inmaculado Cordero, mi Unigénito Hijo, quien en la cruz era bienaventurado y doliente: doliente por llevar la cruz en el cuerpo y satisfacer por el pecado del género humano, y bienaventurado porque la naturaleza divina, unida a la humana, no podía sufrir, y hacía que su alma viera sin velo alguno mi presencia. Por eso era bienaventurado y doloroso, porque su carne sufría, pero la divinidad no podía padecer, ni su alma, en cuanto a la parte superior del entendimiento.

Así también, estos mis amados hijos, llegados al tercer y cuarto estado, están dolientes, llevando la cruz tanto corporal como mental. Es decir, sufren en sus cuerpos según lo que yo les permito, y llevan la cruz del deseo por el amargo sentimiento de mis ofensas y el daño del prójimo. Por eso son bienaventurados, porque nadie puede arrebatarles el gozo de la caridad, la cual los hace bienaventurados y les da alegría.

Este dolor no los aflige de forma que consuma el alma, sino que la fortalece y alimenta en la caridad. Porque el sufrimiento aumenta, afirma, engrandece y prueba la virtud. Es, pues, un dolor que fortalece, no que debilita, porque ningún sufrimiento puede apartarlos del fuego de mi caridad. Como una brasa encendida en el horno, que si está ardiendo por todos lados nadie puede tomarla para apagarla, porque arde completamente.

Así estas almas, lanzadas al horno de mi caridad, no conservan nada de sí mismas, sino que, encendidas en mí, nadie puede hacerlas caer ni sacarlas fuera de mí por gracia, porque se han hecho una sola cosa conmigo, y yo con ellas. Y jamás me aparto de ellas en el sentimiento sin que experimenten mi presencia en su mente, como te dije de aquellos otros de quienes me apartaba por un tiempo en el sentimiento, no en la gracia, para llevarlos a la perfección.

Pero después que llegan a la perfección, les quito ese juego del amor de ir y venir, que se llama juego de amor: porque por amor me alejo y por amor regreso. No yo propiamente, que soy vuestro Dios inmutable, sino el sentimiento que mi caridad concede al alma, el cual va y viene.

CAPITULO DECIMOQUINTO. 

Cómo Dios nunca se aparta de estos perfectísimos ni por sentimiento ni por gracia, pero sí por unión*.

*"Este es el estado en que se hallaba la bendita alma de Santa Catalina de Sena, como lo vieron nuestros ojos clarisimamente" - El Mtro. Raymundo, Confesor de la Santa.

Te dije que de estos perfectísimos jamás me aparto en cuanto al sentimiento; pero de otra manera sí me separo, porque el alma que está unida al cuerpo no es capaz de recibir continuamente la unión que tengo con ella. Y porque no puede sostenerlo, me oculto y me retiro de ella, no por sentimiento ni por gracia, sino por unión.

Porque cuando las almas se levantan con ansiosos deseos, y corren con virtud por el puente de la doctrina de Cristo crucificado, al llegar a la puerta, elevando su entendimiento hacia mí, bañadas y embriagadas en esa doctrina, abrasadas en el fuego del amor, saborean en mí la deidad eterna, que para ellas es un mar de paz, en el cual el alma establece una unión tan íntima, que no tiene movimiento alguno que no sea conforme a mí.

Y aunque sean mortales, saborean el bien de los inmortales; y estando en un cuerpo pesado, tienen la ligereza del espíritu. Por eso, muchas veces el cuerpo se levanta de la tierra por la perfecta unión que el alma ha hecho conmigo, como si se volviera ligero un cuerpo pesado. No es que pierda su peso, sino que la unión entre mí y el alma es más perfecta que la que hay entre el alma y el cuerpo. Por eso, la fuerza del espíritu unido a mí eleva el cuerpo, que queda inmóvil, como quebrantado por el afecto del alma, tanto, que —como tú has visto en algunas personas— no podrían vivir si mi bondad no los sostuviera y fortaleciera.

Así que es mayor milagro que el alma no se separe del cuerpo durante esta unión, que resucitar muchos cuerpos. Por esto, a veces me aparto, para hacerla volver al vaso de su cuerpo; es decir, para que vuelva el sentido corporal, que había quedado enajenado por el afecto del alma. Porque el alma no se separa del cuerpo sino por la muerte; pero sus potencias sí se separan por medio del afecto del alma unida conmigo por amor.

Por eso, la memoria no recuerda otra cosa que a mí; el entendimiento se eleva y contempla el objeto de mi Verdad; y el afecto, que sigue al entendimiento, ama lo que él ha visto, y se une con ambos. Unidas así todas las potencias, sumergidas y encendidas en mí, el cuerpo pierde el sentido: los ojos, mirando, no ven; los oídos, oyendo, no oyen; la lengua, hablando, no habla. Pero de la abundancia del corazón, permito que hable la lengua, para que el corazón se desahogue en gloria y alabanza de mi nombre.

Así, hablando no habla; tocando, la mano no toca; y andando, los pies no se mueven. Todos los miembros quedan inmovilizados y ocupados por el vínculo y sentimiento del amor, y sujetos a la razón, unidos con el afecto del alma, que casi contra su naturaleza clama hacia mí, Padre eterno, pidiéndome que los separe del alma, y al alma del cuerpo. Por eso exclama conmigo, como mi glorioso Pablo: “¡Ay de mí, desdichado! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?”, porque siente en sí una ley perversa que lucha contra la del espíritu.

No lo decía tanto por la lucha entre el apetito sensitivo y el espíritu —pues estaba seguro por mi palabra cuando le dije: “Pablo, te basta mi gracia”—, sino porque al sentirse atado al cuerpo, le impedía en cierta forma verme. Es decir, hasta que llegase la hora de su muerte, sus ojos estaban limitados y no podían contemplarme, Trinidad eterna, con la visión de los bienaventurados inmortales, que siempre tributan gloria y alabanza a mi nombre. Se encontraba entre los mortales, que constantemente me ofenden, y privado de la visión de mi esencia.

No es que él ni mis otros siervos no me vieran ni gustaran de mí —pues si bien no ven mi esencia, al menos lo hacen por el afecto de la caridad, según agrada a mi Bondad manifestarme—, sino que toda la visión que el alma tiene mientras está en el cuerpo mortal es tiniebla en comparación con lo que verá una vez separada del cuerpo. Por eso a Pablo le parecía que la vista del cuerpo contradecía a la del espíritu, es decir, que lo material del cuerpo impedía que los ojos del entendimiento me vieran cara a cara.

También le parecía que su voluntad estaba encadenada, de modo que no podía amar tanto como deseaba, porque todo amor en esta vida es imperfecto hasta que llega a su plenitud. No porque el amor de Pablo y de mis otros verdaderos siervos fuese imperfecto en gracia y perfección de la caridad —pues era perfecto—, sino que era imperfecto porque no alcanzaba la plenitud de lo que amaba, y por eso sentía dolor. Si su deseo se hubiera cumplido por completo, no tendría pena alguna.

Pero mientras el alma esté unida al cuerpo mortal, no puede tener todo lo que ama, y por eso sufre. En cambio, una vez separada del cuerpo, su deseo se cumple, y entonces ama sin pena. Saciada, sin embargo, está libre del hastío que produce la saciedad. Tiene satisfecha el hambre, pero esta hambre no implica sufrimiento, porque separada del cuerpo, su alma tiene lleno su vaso, firme y estable en mí, que soy Verdad, de tal manera que nada puede desear que no posea.

Deseando verme, me ve cara a cara. Deseando ver la gloria y la alabanza de mi nombre en mis Santos, lo ve tanto en la naturaleza angélica como en la humana.

CAPITULO DECIMOSEXTO. 

Cómo los mundanos dan gloria y alabanza a Dios, quieran o no.

Tan grande y tan perfecta es la visión de los Bienaventurados, que no solo ven la gloria y alabanza de mi nombre en los ciudadanos de la vida eterna, sino también en las criaturas mortales. Porque, quiera o no quiera el mundo, me tributa gloria. Es verdad que no me la tributa como debe, es decir, amándome sobre todas las cosas; pero, por lo que a mí respecta, yo saco de ellos gloria y alabanza de mi nombre.

Esto es: resplandece en ellos mi misericordia y mi abundante caridad, concediéndoles tiempo y no mandando a la tierra que los trague por sus pecados. Antes bien, los espero, y mando a la tierra que les dé sus frutos; al sol, que los caliente y les dé su luz y calor; al cielo, que se mueva. En todas las cosas creadas para ellos uso de mi misericordia y caridad, sin quitárselas por sus pecados; antes bien, se las doy al pecador igual que al justo, y muchas veces más al pecador que al justo. Porque al justo, que está dispuesto a sufrir humildemente, le privo de los bienes de la tierra para darle más abundantemente los del cielo.

Así que mi misericordia y caridad resplandecen siempre en ellos. Algunas veces también en las persecuciones que sufren mis siervos por parte de los mundanos, se prueba la virtud de la paciencia y de la caridad, ya que mis siervos, con humildes y constantes oraciones, me tributan gloria y alabanza. Y así, quiera o no quiera el impío, me da gloria, aunque su intención no sea otra que deshonrarme y vituperarme.

CAPITULO DECIMOSÉPTIMO. 

Cómo los demonios también dan a Dios gloria y alabanza.

Estos pecadores permanecen en esta vida para aumentar la virtud en mis siervos, así como en el infierno están los demonios como verdugos míos, que ejecutan mi justicia en los condenados, y aumentan el mérito de mis criaturas, que son viandantes y peregrinas en esta vida, creadas para llegar a mí, que soy su fin. Los demonios son ocasión de hacer crecer la virtud en ellos, ejercitándolos con muchas molestias y tentaciones de diversas formas, procurando que se hagan injurias unos a otros y se despojen de sus bienes, no por las cosas en sí, ni por las injurias, sino para privarlos de la caridad.

Pero creyendo el demonio que quita a mis siervos la caridad, los fortalece, pues pone a prueba en ellos la virtud de la paciencia, la fortaleza y la perseverancia. De este modo, dan gloria y alabanza a mi nombre, y así se cumple en ellos mi Verdad. Porque habiéndolos yo creado para alabanza y gloria de mi Padre eterno y para que participaran de mi hermosura, aunque ellos se rebelaron por soberbia y cayeron, quedando privados de verme, no me dieron gloria con el amor de caridad.

Pero yo, Verdad eterna, he puesto a los demonios como instrumento para ejercitar a mis siervos en la virtud, y como verdugos de aquellos que, por sus faltas, van a la condenación eterna, y también de los que van al purgatorio. Así que ve cómo se cumple en ellos mi Verdad: me tributan gloria, no como ciudadanos de la vida eterna —de la cual están privados por sus culpas—, sino como ejecutores de mi justicia, manifestándola por medio de ellos en los condenados y en los que están en el purgatorio.

CAPITULO DECIMOCTAVO. 

Cómo después que el alma ha pasado de esta vida, ve cumplidamente la gloria y alabanza del nombre de Dios en todas las criaturas, y cómo se le acaba la pena del deseo, pero no el buen deseo. 

¿Cómo, pues, ve y gusta el alma que en toda cosa creada, en las criaturas racionales y hasta en los demonios, se manifiesta la gloria y alabanza de mi nombre?

El alma, que se ha despojado del cuerpo y ha llegado a mí, que soy su fin último, ve claramente y conoce la verdad. Viéndome a mí, Padre eterno, me ama; y amándome, queda saciada; y quedando saciada, conoce la verdad. Al conocer la verdad, su voluntad se fija firmemente en la mía, y queda tan unida y segura, que en nada puede sufrir pena, porque posee lo que antes de verme deseaba tener: la gloria y alabanza de mi nombre.

La ve cumplidamente, verdaderamente, en mis Santos, en los espíritus bienaventurados, en todas las criaturas y también en los demonios. Y aunque ve las ofensas que ellos cometen contra mí —las cuales antes le causaban dolor—, ahora no puede sentir pena, sino compasión; ama sin sufrimiento, y me ruega siempre con afecto de caridad que use de misericordia con el mundo.

En ellos se ha acabado el sufrimiento, pero no la caridad, como sucedió con mi Hijo en la cruz. Él, en su muerte dolorosa, puso fin al amarguísimo deseo que había tenido desde el momento en que yo lo envié al mundo hasta que dio su último aliento por vuestra salvación. Pero no se acabó en Él el afecto, aunque sí la pena. Porque si el afecto de mi caridad, que os mostré por medio de Él, hubiese terminado en ese momento, no existiríais más; pues por amor fuisteis creados, y si yo hubiera retirado de vosotros mi amor —es decir, si dejara de conservar vuestro ser— dejaríais de existir.

Pero mi amor os creó, y mi amor os conserva. Y como soy una sola cosa con mi Verdad, y el Verbo Encarnado es uno conmigo, por eso se acabó el dolor del deseo, pero no el amor.

Mira, pues, cómo los Santos y todas las almas que gozan de la vida eterna desean la salvación de las almas sin pena, porque esa pena terminó al morir, pero no el afecto de la caridad. Al contrario, como embriagados en la sangre del Cordero inmaculado, vestidos de la caridad del prójimo, pasan por la puerta estrecha bañados en la sangre de Cristo crucificado, y se hallan en mí, mar pacífico, libres de toda imperfección, es decir, sin hambre, porque han llegado a la perfección, saciados de todo bien.

CAPITULO DECIMONOVENO. 

Cómo después que San Pablo fue elevado a la gloria de los bienaventurados deseaba ser desatado del cuerpo; y esto mismo desean los que han llegado al tercero y cuarto grado arriba dichos. 

San Pablo, pues, había visto y gustado este bien cuando lo llevé al tercer cielo, es decir, a la altura de la Trinidad, donde conoció y saboreó mi Verdad. Allí recibió plenamente al Espíritu Santo y aprendió la doctrina de mi Verdad, el Verbo encarnado. El alma de Pablo se revistió —por sentimiento y por unión conmigo, Padre eterno— como se revisten los bienaventurados en la vida eterna, excepto en que su alma no estaba separada del cuerpo, sino unida a mí por afecto y sentimiento.

Y como fue de mi agrado hacerlo vaso de elección en el abismo de mi Trinidad eterna, me retiré de él, porque en mí no cabe el sufrimiento, y yo quería que él padeciera muchas penas por mi nombre. Por eso puse ante los ojos de su entendimiento a Cristo crucificado, y lo vestí con la vestidura de su doctrina, ligándolo y encadenándolo con la clemencia del Espíritu Santo, que es fuego de caridad.

Y él, como vaso dispuesto y transformado por mi Bondad —pues no resistió cuando súbitamente se sintió tocado— dijo: “Señor mío, ¿qué quieres que yo haga? Haré lo que tú quieras”. Entonces lo instruí, mostrándole a Cristo crucificado ante sus ojos, vistiéndolo con la doctrina de mi caridad. Lo iluminé perfectamente con la luz de la verdadera contrición, y con esa luz apagué su culpa; y fundado en mi caridad, se vistió con la doctrina de Cristo crucificado.

CAPITULO VIGÉSIMO. 

Cómo el alma que se halla en el grado unitivo desea infinitamente dejar los despojos terrenos y unirse con Dios.

Y cuando me retiro de esa manera que dije —para que el cuerpo vuelva un poco a su sentido—, digo que, por la unión que había hecho con el alma y el alma conmigo, al volver al sentido del cuerpo, se siente impaciente con la vida, al verse separada de la unión conmigo, privada de la compañía de los inmortales que me dan gloria y viendo, además, cómo soy ofendido tan miserablemente por las criaturas.

Este es el deseo ansioso y amarguísimo que ellos padecen: ver que yo soy ofendido por mis criaturas. Por esto, y por el deseo de volver a verme, la vida les resulta intolerable. Sin embargo, como su voluntad ya no es suya, sino que se ha hecho una misma cosa conmigo por amor, no pueden querer ni desear otra cosa que lo que yo quiero. Desean venir a mí, pero están contentos de quedarse si esa es mi voluntad, aunque les cause sufrimiento, para mayor gloria y alabanza de mi nombre y por la salvación de las almas.

Así que, en nada difieren de mi voluntad. Al contrario, corren con ansioso deseo, vestidos de Cristo crucificado, cruzando el puente de su doctrina y gloriándose en los oprobios y tormentos. Tal es el deleite que sienten al padecer, que las muchas tribulaciones son para ellos un alivio frente al anhelo de morir, y muchas veces ese deseo y voluntad de sufrir suaviza el ansia que tienen de verse libres y desatados del cuerpo.

Estos no solo sufren con paciencia, como te dije de los que están en el tercer estado, sino que se glorían en sufrir muchas tribulaciones por mi nombre. Cuando padecen, sienten alegría, y cuando no padecen, sienten pena, temiendo que yo no quiera pagarles en esta vida sus buenas obras, o que su sacrificio no me sea agradable. Pero cuando sufren muchas tribulaciones permitidas por mí, se alegran al verse revestidos de las penas y oprobios de Cristo crucificado.

Por eso, si les fuera posible tener virtud sin trabajo, no la querrían. Prefieren deleitarse en la cruz con Cristo crucificado y alcanzar las virtudes con sufrimiento, que obtener la vida eterna por otro camino. ¿Por qué? Porque están sumergidos y empapados en la sangre, en la cual descubren mi encendida caridad, que es un fuego que procede de mí y que arrebata su corazón y su mente, aceptando el sacrificio de sus deseos.

Por eso elevan los ojos de su entendimiento y se contemplan en mi divinidad, donde su afecto se alimenta y se une al mío, dejando atrás incluso al entendimiento. Esto es ver por gracia infundida, que yo comunico al alma que verdaderamente me ama y me sirve.

CAPITULO VIGESIMOPRIMERO. 

Cómo los que han llegado al sobredicho estado de unión son iluminados los ojos de su entendimiento con luz sobrenatural infusa por gracia; y cómo es mejor pedir consejo para la salud del alma a un humilde de buena conciencia, que a un soberbio letrado. 

Con esta luz que puse en los ojos del entendimiento, me vieron Agustín, Jerónimo, Tomás de Aquino y otros Doctores y Santos míos. Por ella adquirieron una gran ciencia, y, alumbrados por mi Verdad, entendieron y reconocieron mi Verdad en medio de las tinieblas. Es decir, hicieron comprensible la Sagrada Escritura, que antes parecía oscura, no por defecto de ella, sino por la ignorancia de quienes no la entendían.

Por eso envié estas lumbreras: para iluminar los entendimientos y que pudieran conocer la verdad en medio de la oscuridad. Y yo, como fuego, aceptaba su sacrificio y lo arrebataba, dándoles luz, no natural, sino sobrenatural. Y en medio de las tinieblas recibían esa luz, con la que comprendían la verdad. Así, la Escritura, que antes parecía oscura, ahora se presenta clara y manifiesta a todos, tanto a ignorantes como a sabios, de cualquier condición. Cada uno recibe según su capacidad y según su disposición para conocerme, porque yo no desprecio sus buenas disposiciones.

Mira, pues, cómo los ojos del entendimiento han recibido una luz sobrenatural infundida, con la cual los Doctores y demás Santos vieron la luz en las tinieblas. Y de esas tinieblas surgió la luz, porque el entendimiento existía antes que se escribiese la Escritura. Por tanto, la ciencia viene del entendimiento: viendo, conoce con claridad.

De esta manera comprendieron los Santos Padres y los Profetas, quienes anunciaron la venida y muerte de mi Hijo. Lo mismo hicieron los Apóstoles después de la venida del Espíritu Santo, que les infundió esta luz por encima de la natural. Esta misma luz tuvieron los Evangelistas, los Doctores, los Confesores, las Vírgenes, los Mártires y todos los demás Santos. Todos han sido iluminados con esta luz perfecta, cada uno según la necesidad de su propia salvación y la de las criaturas, y para la explicación de la Sagrada Escritura.

Así lo hicieron los Santos Doctores con la ciencia, declarando la doctrina de mi Verdad; los Apóstoles con la predicación; los Evangelistas explicando los Evangelios; los Mártires con su sangre, testimoniando la fe y el fruto de la sangre del Cordero; las Vírgenes con la pureza y el afecto de la caridad; los obedientes reflejaron la obediencia del Verbo, manifestando la perfección de su obediencia, que resplandece en mi Verdad, ya que por obedecerme aceptó la muerte de cruz.

Toda esta luz se halla tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento: en el Antiguo, con las profecías de los Santos Padres, reconocidas con los ojos del entendimiento por medio de la luz sobrenatural que yo les infundí; en el Nuevo, con la vida evangélica. ¿Y por qué medio fue revelado a los fieles cristianos? Por esta misma luz. Y como la ley nueva procede de la misma luz que la antigua, no la destruyó, sino que una se enlazó con la otra. Quitó, sí, su imperfección, porque la antigua se basaba en el temor.

Al venir el Verbo, mi Hijo unigénito, con la ley del amor, la cumplió, eliminando el temor del castigo y dejando solo el temor santo. Por eso mi Verdad dijo a sus discípulos, para demostrarles que no venía a abolir la Ley: “No he venido a destruir la Ley, sino a cumplirla”, como si dijera: “La Ley ahora es imperfecta, pero con mi sangre la perfeccionaré, quitándole el temor del castigo y fundamentándola en el amor y en el santo temor”.

¿Quién reveló que esto era la verdad? Esta luz, que se concede por gracia a quienes quieren recibirla, por encima de la luz natural. Así, toda la luz que procede de la Sagrada Escritura nace de esta luz, y por eso los ignorantes sabios, pero soberbios, se ciegan con esa misma luz, porque su soberbia y el velo de su amor propio han cubierto y oscurecido esa luz. Por tanto, entienden más la letra que el espíritu y el sentido, y por eso disfrutan más del sonido de la letra, revolviendo muchos libros, sin saborear la médula de la Escritura, porque se han privado de la luz con la que fue escrita y explicada.

De ahí que se asombren y murmuren al ver que muchos rudos e ignorantes —que no han estudiado la Sagrada Escritura— están, sin embargo, tan iluminados para conocer la verdad como si la hubieran estudiado mucho tiempo. Esto no es de extrañar, porque ellos tienen la fuente misma de la luz de donde viene la ciencia. Pero los soberbios, al haber perdido la luz, no ven ni reconocen mi bondad ni la gracia infundida a mis siervos.

Por eso te digo que es mucho mejor ir a pedir consejo para la salud del alma a un humilde de conciencia santa y sincera, que a un letrado soberbio y lleno de vanidad, porque ese no puede dar sino lo que tiene dentro. Y así, desde su vida en tinieblas, muchas veces entregará la luz de la Escritura envuelta en oscuridad. Lo contrario sucede con mis siervos, pues la luz que hay en ellos la comunican con deseo y celo por la salvación de las almas.

Te he dicho esto, querida hija mía, para que conozcas la perfección de este estado unitivo, en el cual los ojos del entendimiento son arrebatados por el fuego de mi caridad, y en ese fuego reciben la luz sobrenatural. Con esta luz me aman, porque el amor sigue al conocimiento: cuanto más me conocen, más me aman; y cuanto más me aman, más me conocen. Así, una cosa alimenta a la otra.

Con esta luz alcanzan mi visión eterna, en la que me ven y se deleitan verdaderamente, ya con el alma separada del cuerpo, como te dije al hablarte de la bienaventuranza que el alma recibe en mí. Este es ese estado altísimo en el que, siendo aún mortales, disfrutan del bien de los inmortales. Por eso muchas veces llegan a una unión tan estrecha, que apenas pueden saber si están en el cuerpo o fuera de él. Saborean las arras de la vida eterna tanto por la unión que han hecho conmigo como porque su voluntad ha muerto. Y por esa muerte se han unido perfectamente conmigo; de otro modo, no podrían unirse del todo.

Así, disfrutan de la vida eterna porque han sido liberados del infierno de su propia voluntad, la cual da arras del infierno al hombre que vive conforme a sus deseos sensibles.

CAPITULO VIGESIMOSEGUNDO. 

Repetición útil de muchas cosas ya dichas, y cómo Dios mueve a esta alma a rogarle por todas las criaturas y por la santa Iglesia. 

Ahora has visto con los ojos de tu entendimiento y has oído de mí, Verdad eterna, cuál es la manera en que debes comportarte para producir frutos de doctrina y de conocimiento de mí, tanto para ti como para los demás. Porque se llega al conocimiento de la verdad a través del conocimiento de uno mismo; no se trata de un conocimiento de ti misma aislado o absoluto, sino que debe estar sazonado y unido al conocimiento de mí en ti.

Así fue como descubriste la humildad, el rechazo y el desagrado de ti misma, y el fuego de mi caridad, gracias al conocimiento que tuviste de mí en ti. De ahí naciste al amor al prójimo, ofreciéndole frutos de doctrina, de vida santa y honesta.

También te he mostrado cómo está construido el puente y los tres escalones generales, fundados en las tres potencias del alma, y cómo nadie puede tener vida de gracia si no sube por los tres. Es decir, si no reúne las tres potencias en mi nombre.

Igualmente te manifesté, de manera particular, los tres estados del alma representados en el cuerpo de mi Hijo Unigénito. Te dije que de su cuerpo hice una escala, mostrándotelo en los pies traspasados, en el costado abierto y en la boca, donde el alma gusta de la paz y la tranquilidad.

Te he mostrado la imperfección del temor servil, y también la imperfección de amar solamente por la dulzura que se experimenta. Y te he revelado la perfección del tercer estado de quienes han llegado a la paz de la boca, corriendo con ansioso deseo por el puente de Cristo crucificado, subiendo los tres escalones generales, es decir, habiendo reunido las tres potencias del alma y concentrado en mi nombre todas sus operaciones; así también subieron los tres escalones particulares, pasando del estado imperfecto al perfecto.

Los viste entonces correr verdaderamente, y te hice gustar la perfección del alma con el aroma de la virtud, y también los engaños que sufre antes de llegar a la perfección, si no se ejercita en el conocimiento de sí misma y de mí.

Igualmente te declaré la miseria de los que se ahogan en el río, por no querer pasar por el puente de la doctrina de mi Verdad, el cual puse para evitar su perdición. Pero ellos, como locos, prefieren sumergirse en la miseria y la podredumbre del mundo.

Te he dicho todo esto para que crezca en ti el fuego del santo deseo y la compasión y dolor por la condenación de las almas, para que ese dolor y amor te muevan a forzarme con tus lágrimas y sudores, y con humilde y constante oración, ofrecida a mí con un deseo ardentísimo. No solo por ti, sino también por muchas otras criaturas y siervos míos que, al conocerme, serán movidos por mi caridad, junto contigo y con mis demás siervos, a rogarme y a insistirme para que use misericordia con el mundo y con el Cuerpo Místico de la Santa Iglesia, por quien tanto me ruegas.

Porque ya te dije que cumpliría vuestros deseos, consolándoos en vuestras fatigas, es decir, satisfaciendo vuestras peticiones, reformando la Santa Iglesia con buenos y santos pastores. No lo haré con guerra, ni con espada, ni con crueldad, sino con paz, serenidad, lágrimas y sudores de mis siervos, a quienes he puesto como obreros para cultivar las almas de ustedes y de los demás en el Cuerpo Místico de la Santa Iglesia, fomentando en vosotros y en los demás la virtud.

La Iglesia será reformada mediante el ejemplo, la doctrina y la constante oración que me ofrecen por ella y por todas las criaturas, produciendo frutos de virtud en el prójimo. Porque toda virtud o defecto nace o crece a través del prójimo. Por eso quiero que seáis útiles al prójimo, y así daréis fruto en vuestra viña.

No dejes de ofrecerme el incienso de tus oraciones fervientes por la salvación de las almas, porque deseo tener misericordia con el mundo. Con esas mismas oraciones, sudores y lágrimas quiero lavar el rostro de mi Esposa, la Santa Iglesia, a la que te mostré en forma de doncella, con el rostro manchado y como leproso.

Esto se debía a los defectos de los ministros de toda la religión cristiana, que se alimentan de los pechos de esta mi Esposa. De sus defectos te hablaré en otra ocasión.

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