CAPITULO PRIMERO.
Del modo que debe tener el alma para llegar al amor puro y liberal.
Después que el alma ha entrado dentro de sí misma, pasando por la doctrina de Cristo crucificado con verdadero amor por la virtud y rechazo de los vicios, con perfecta perseverancia, al llegar a la escalera del conocimiento de sí misma, queda encerrada en vigilancia y en oración continua, totalmente apartada de la conversación del mundo, pues se encerró por temor, al reconocer su imperfección, y por el deseo de alcanzar el amor puro y generoso. Y como ve y entiende claramente que de otra manera no puede llegar, por eso espera con fe viva mi venida para el aumento de gracia en sí misma.
Pero ¿en qué se reconoce la fe divina? En la perseverancia en las virtudes, sin retroceder por ningún motivo, ni abandonar la oración por ninguna causa, excepto solamente por obediencia y caridad. De otro modo, no debe dejar la oración, porque muchas veces, en el tiempo destinado a ella, el demonio le presenta muchas batallas y fantasías, más que cuando se encuentra fuera de la oración, y esto lo hace para que le tome disgusto, diciéndole con frecuencia: “De nada te sirve esta oración, porque no debes pensar ni atender a otra cosa que a lo que estás diciendo”.
El demonio dice esto para causarle disgusto y confusión en el espíritu, y para que abandone el ejercicio de la oración, la cual es un arma con la que el alma se defiende de todos sus enemigos cuando la empuña con la mano del amor y el brazo del libre albedrío, peleando con esta arma y con la luz de la santísima fe.
CAPITULO SEGUNDO.
Después de tocar algún tanto sobre la Eucaristía, se extiende en tratar cómo el alma pasa de la oración vocal a la mental, y refiere una visión que tuvo esta alma en cierta ocasión.
Sabrás, hija mía muy querida, que perseverando el alma verdaderamente en la oración humilde, continua y devota, adquiere todas las virtudes. Y por eso debe perseverar en ella y nunca dejarla, ni por engaño del demonio, ni por debilidad propia, ya sea por pensamientos o movimientos carnales desordenados, o por palabras de otras personas, pues muchas veces el diablo las incita a hablar para impedir que el alma ore. Pero todas estas cosas deben vencerse con la virtud de la perseverancia. ¡Oh, cuán dulce es para el alma, y cuán agradable me es, la santa oración que se hace en la morada del conocimiento de sí misma y de mí, abriendo los ojos del entendimiento con la luz de la santa fe, y con el afecto de la abundancia de mi caridad, la cual hice patente y visible ante vuestros ojos en mi Hijo Unigénito con su preciosa sangre, la cual embriaga al alma, vistiéndola con el fuego de la caridad, y dándole el alimento de este Sacramento, que coloqué en el taller del cuerpo místico de la santa Iglesia, que es el Cuerpo y la Sangre de mi Hijo, todo Dios y Hombre, administrado por las manos de mi Vicario, que tiene las llaves de esta preciosa Sangre!
Este es aquel taller que te dije que estaba sobre el puente, para sostener y fortalecer a los caminantes y peregrinos que pasan por la doctrina de mi Verdad, para que por su debilidad no desfallezcan en el camino. Este alimento fortalece poco o mucho, según el deseo de quien lo recibe, y de cualquier manera que lo reciba, sea sacramental o virtualmente. Se recibe sacramentalmente cuando alguien comulga, recibiendo la hostia, y virtualmente cuando se comulga con el santo deseo, ya sea del sacramento de la comunión o de la contemplación de la Sangre de Cristo crucificado. Es decir, se comulga virtualmente con el afecto de la caridad, la cual ha sido saboreada y encontrada en la sangre que ve haber sido derramada por amor, y por eso allí se embriaga y se une a ella por medio del deseo, y se sacia allí, hallándose llena de mi divina caridad y de amor al prójimo.
Estas cosas se adquieren en la casa del conocimiento de sí mismo con santa oración, en donde el alma se pierde y se desnuda de la imperfección, así como san Pedro y los demás discípulos se despojaron de ella perseverando en vigilancia y oración, y alcanzaron la perfección. ¿Por qué medios? Por la perseverancia, acompañada de la luz de la santísima fe. Pero no pienses que de esta oración recibe tanto fervor y fuerza aquel que solamente hace oración vocal, como muchos, cuya oración consiste más en las palabras que en los afectos, tanto que parece que no atienden más que a decir muchos Salmos y muchos Padrenuestros, y cumplido el número que se han propuesto, no van más allá, pareciendo que su afecto e intención solo tienen por objeto la oración vocal. Pero no debe ser así, pues si lo hacen de esa manera, obtendrán poco fruto, y su oración me será poco aceptable.
Pero si me preguntas si se debe dejar esta oración, ya que parece que no todos están llamados al ejercicio de la oración mental, te respondo que no se debe dejar, sino que se debe proceder con mucho afecto, porque bien sé que así como el alma primero es imperfecta antes que perfecta, así también lo es su oración. Debe, pues, cuando aún es imperfecta, ejercitarse en la oración vocal para no estar ociosa; pero no debe hacer la oración vocal sin la mental, quiero decir, que mientras habla se esfuerce en elevar y dirigir su mente al afecto de mi caridad, con la consideración general de sus defectos y de la sangre de mi Hijo Unigénito, donde encuentra la extensión de mi caridad y el perdón de sus pecados. Y debe hacerlo así, para que el conocimiento de sí misma y la consideración de sus defectos le hagan conocer mi bondad en sí, y continuar su ejercicio con verdadera humildad.
No quiero que considere sus defectos en particular, sino de manera general, para que el alma no se manche con la memoria de pecados impuros en particular. Digo, pues, que no quiero que consideren sus pecados ni de forma general ni particular, sino que piensen y recuerden la sangre y grandeza de mi misericordia, para que no caigan en confusión, la cual padecerían sin duda si al conocimiento de sí mismos y a la consideración de sus pecados no acompañase la memoria de la sangre de mi Hijo y la esperanza en mi misericordia; y con la confusión y con el demonio, que la presenta con apariencia de contrición y pesar por el pecado, caerían en la condenación eterna; y no solo por eso, sino también porque de allí caerían en la desesperación, si no se acogen al brazo de mi misericordia.
Este es uno de los sutiles engaños que el demonio hace a mis siervos; y así, para vuestro bien y para libraros del engaño del demonio y ser aceptos a mí, es necesario que ensanchéis el corazón y el afecto en mi inefable misericordia con verdadera humildad. Bien sabes que la soberbia del demonio no puede soportar la humildad del corazón, ni su confusión puede resistir mi inmensa bondad y misericordia, si el alma verdaderamente espera en mí.
Y cuando el demonio quiso asustarte y confundirte, haciéndote creer que toda tu vida había sido un engaño, y que no había estado encaminada ni dirigida a cumplir mi voluntad, tú entonces, hija, hiciste lo que debías y lo que mi bondad te dijo que hicieras, la cual no se oculta a quien la quiere recibir, y así te elevaste entonces a mi misericordia humildemente diciendo: “Yo confieso a mi Creador que mi vida siempre estuvo entre tinieblas; pero me esconderé en las llagas de Cristo crucificado, y en su preciosa Sangre lavaré mis iniquidades, y con santo deseo me gozaré en mi Creador.”
Ya sabes que el demonio huyó inmediatamente, y como luego volviera con otra tentación, queriéndote ensalzar con soberbia, diciéndote que eras perfecta y agradable a Dios, y que no era necesario que te mortificaras ni lloraras por tus defectos; yo entonces, iluminándote, te mostré lo que debías hacer, que era humillarte y responder al demonio: “¡Desdichada de mí! San Juan Bautista jamás pecó, y además fue santificado en el vientre de su madre, y sin embargo hizo tanta penitencia; y yo, que he cometido tantos pecados, y hasta ahora jamás he comenzado a conocer a mi Creador con llanto y verdadera contrición, viendo que es Dios a quien yo he ofendido, y que soy yo quien lo ofendió.”
No pudiendo entonces el demonio soportar la humildad del alma con la firme esperanza en mi bondad, te dijo: “Maldita seas, que no hallo contigo manera de hacerte caer, pues si te abato con la confusión, tú te elevas a lo alto de la misericordia de Dios; y si yo te ensalzo, tú te humillas hasta el infierno, y aún dentro de él me persigues: así que no volveré más a tentarte, porque me castigas con el báculo de la caridad.”
Debe, pues, el alma sazonar el conocimiento de mi bondad con el suyo propio, y de esta manera será útil a su alma la oración vocal que haga y será aceptable para mí, y de la vocal imperfecta llegará, si persevera en este ejercicio, a la mental perfecta. Pero si solamente atiende a cumplir el número que se propuso, o si por hacer oración vocal deja la mental, jamás llegará al debido término.
A veces puede ser el alma tan ignorante que si se propone un cierto número de oraciones vocales, yo visitaré su mente, ya de una manera, ya de otra: unas veces dándole luz para el conocimiento de sí misma y contrición por sus defectos y por mi inefable caridad; otras, presentando a su entendimiento de diversas formas, según me parece, la presencia de mi Verdad, o según lo haya deseado el alma. Y entonces, por sus oraciones vocales, no hace caso de mi iluminación interior, como si tuviera escrúpulo de dejar lo que ha comenzado.
No debe hacerlo así, porque es engaño del demonio, sino que, en cuanto sienta su mente dispuesta de alguna de las muchas formas que he dicho, debe abandonar la oración vocal, y después de terminada la mental, si le queda tiempo, podrá cumplir lo que había propuesto; y si no puede cómodamente, no por eso debe afligirse, ni caer en hastío y confusión de entendimiento. Excepto si se trata del Oficio, el cual están obligados a rezar los clérigos y religiosos, y pecan si no lo rezan, porque están obligados hasta la muerte.
Y si en el momento en que deben decirlo sienten que su alma se eleva y se aparta por deseo, deben prevenirse y decirlo antes o después, de forma que no se falte a la obligación del rezo. Pero el alma debe dejar toda oración vocal que haya comenzado, para pasar a la mental cuando sienta su mente dispuesta como he dicho.
La oración vocal, hecha de la forma que te he dicho, llegará a la perfección, y por eso no debe dejarse de hacer bajo ningún motivo, sino proceder con ella ordenadamente; y así, con este ejercicio y perseverancia en él, saboreará la oración en verdad, y el alimento de la sangre de mi Hijo Unigénito. Por eso te dije que algunos comulgaban virtualmente, pero no sacramentalmente, es decir, saboreando el afecto de la caridad, del cual se goza por medio de la santa oración, más o menos, según el afecto de quien ora.
De donde el que ora con poca prudencia y preparación, poco encuentra; y el que con mucha, mucho halla; porque cuanto más procura el alma apartar su afecto de las cosas terrenas, y unirlo conmigo con la luz del entendimiento, más conoce, y quien más conoce, más ama; y cuanto más ama, tanto más saborea.
Considera, pues, que la oración perfecta no se alcanza con muchas palabras, sino con el afecto del deseo que se eleva a mí con conocimiento de sí mismo y de mi bondad; y así, al mismo tiempo tendrá oración vocal y mental, porque son compatibles, como lo son la vida activa y la contemplativa, aunque puede llamarse oración vocal o mental de muchas maneras. Porque el santo deseo de tener buena y santa voluntad es oración continua, la cual voluntad y deseo se eleva a mí en cierto tiempo y lugar, unida a la oración continua del santo deseo.
Y esta oración vocal, con este santo deseo, si se hace algunas veces en tiempo determinado, y otras no, o más de lo señalado, será continua, según lo requiera la caridad y el bien del prójimo, o según la necesidad o estado en que se encuentre quien ora. Por lo cual cada uno, según su estado, debe obrar por el bien de las almas según el principio de la santa voluntad.
Y todo lo que obre vocal y actualmente en bien del prójimo es oración virtual, aunque también ora actualmente por sí mismo en el tiempo señalado. Y fuera de esta oración a la que está obligado, todo lo que hace por el bien del prójimo, o los medios que emplea para este ejercicio que practica con buena voluntad, todo esto se puede llamar oración, pues como dice mi glorioso predicador Pablo, no cesa de orar el que no cesa de obrar bien.
Y por eso te dije que se hacía oración de muchas maneras: actual, unida con la mental, porque la santa oración actual se hace de la forma dicha, con afecto de caridad, el cual afecto es oración continua. Ya te he dicho por qué medios se llega a la oración mental: con el ejercicio y con la perseverancia; y que se debe dejar la oración vocal por la mental, cuando yo visito el alma.
También has oído cuál es la oración común y vocal fuera del tiempo ordenado, y la oración de buena y santa voluntad; y cómo cualquier ejercicio que se hace, ya sea por uno mismo o por el prójimo, con buena voluntad, fuera del tiempo determinado, es oración.
Debe, pues, el alma ejercitarse a sí misma con esta oración, madre de las virtudes; pues esta es la que hace que el alma encerrada en la casa del conocimiento de sí misma llegue al amor amigable y filial. Y si no tiene los modos ya referidos, siempre permanecerá en la tibieza y en su imperfección, y amará solo en la medida en que vea utilidad o consuelo en mí o en su prójimo.
CAPITULO TERCERO.
Del engaño que padecen los mundanos que desean servir a Dios por su propio interés.
De este amor imperfecto quiero descubrirte un engaño en el que pueden caer los hombres cuando me aman por su propio interés. Por eso quiero que sepas que aquel siervo mío que me ama imperfectamente, busca más su propia utilidad y consuelo por el que ama, que a mí; y así sucede que, cuando le falta el consuelo, ya sea espiritual —es decir, del alma— o temporal, se turba y entristece. El consuelo temporal corresponde a los seglares que viven con algunos actos de virtud mientras tienen prosperidad; pero si les sobrevienen tribulaciones, que yo suelo enviarles para su bien, se turban y se afligen por aquel poco bien que hacían. Y si alguien les preguntara: “¿Por qué te turbas?”, responderían: “Porque sufro tribulaciones, y me parece que es en vano aquel poco bien que antes hacía, porque ya no lo ejecuto con aquel corazón puro y ánimo alegre de antes; y esto es por la tribulación que padezco, porque antes me parecía que obraba mejor y con más tranquilidad de corazón que ahora”.
Estos tales son engañados por su propio interés y deleite, y no es verdad que la tribulación sea causa de que tengan menos amor, ni de que valgan menos las obras que ahora hacen, pues sus obras en tiempo de tribulación valen tanto en sí como valían antes en tiempo de consuelo, e incluso podrían valer más si tuvieran paciencia. Les pasa esto porque se deleitaban en la prosperidad, y me amaban con un acto de virtud moderado, y así alimentaban su espíritu con aquella pequeña obra virtuosa. Por lo tanto, al ser privados de aquello en lo que encontraban algún descanso, les parece que también se les priva de la tranquilidad en las obras que practican; pero no es así.
A estos les sucede lo que le pasaría a un hombre que estuviera en un jardín, que se deleitara trabajando en él, pero en realidad no sería el trabajo lo que le agradara, sino el placer de estar en el jardín. Lo conocería porque, al quitarle el jardín, vería que quedaba privado de su deleite; y si su principal satisfacción la hubiera puesto en la obra, no la habría perdido, sino que la conservaría consigo. Porque el ejercicio de obrar bien no se puede perder si el hombre no quiere, aunque le quiten el gusto de la prosperidad, como al otro le quitaran el jardín.
Estos son engañados por su propia pasión en sus obras, por lo cual suelen decir: “Yo sé que obraba mejor y que tenía mayor consuelo antes de esta tribulación que ahora tengo, y deseaba hacer muchas buenas obras, pero ahora no tengo ningún gusto en obrar de esa forma”. Lo que les parece y dicen es falso, porque si se deleitaran en el bien por amor a la virtud, no lo habrían perdido, ni les habría faltado aquel afecto; más bien se les habría aumentado. Pero como su obrar bien estaba fundado en su propio beneficio sensual, por eso les falta y se debilita.
Este engaño lo sufren comúnmente algunos en la práctica de la virtud, proveniente de su amor propio sensual; pero ahora quiero hablarte de mis siervos.
CAPITULO CUARTO.
Del engaño que padecen también los siervos de Dios que le aman con este amor imperfecto.
