Crónica Española de Juana de Arco del Siglo XV

 


La Poncella de Francia y de sus grandes hazañas en armas, sacados en suma de la Crónica Real por un caballero, discreto, enviado por el embajador de Castilla a Francia por los Serenísimos Reyes don Fernando y doña Isabel, a quien la presente se dirige. 

Proemio

Muchas veces he puesto mi pensamiento en desvelo, buscando entre las más grandes, que están más cercanas al triunfo de la fama, por ver si hallaría alguna con quien pudiera comparar a Vuestra Alteza. La cual, por no haberla hallado, dejé de buscarla entre las grandes señoras y, entre la gente más humilde, encontré a la Poncella de Francia, de cuyos notables hechos se puede dar mejor ejemplo a Vuestra Alteza que de ninguna de las otras señoras, por grandes que hayan sido. Porque si ellas hubieran reinado en el tiempo de hoy, no se podría escribir tan grandemente de sus grandes hechos. Porque en aquellos tiempos e inocentes años no había llegado la malicia en el mundo a tal extremo como hoy, ni las ciudades ni fortalezas eran tan difíciles de combatir, ni las gentes tan armadas para defenderlas, ni la fe, el compromiso y el homenaje entre los hijosdalgo eran tenidos en tan poca estima, ni al virtuoso se le tenía por simple, ni al traidor se le tenía por discreto, ni todas las nobles condiciones de los hombres se volvían en dejar la faz de los buenos y preciarse del envés de los malos. Con la quiebra de los cuales, la justicia ha venido a tan gran menosprecio, que no solamente los tiranos crecieron en su maldad, sino que aun los justos y buenos, con el aire de la pestilencia de los malos, se corrompieron. Y tanto ha crecido, que apenas se hallarían los diez justos por los cuales Dios perdonaba a los muchos malos. Mas nuestra triste vida ha caído en tan gran desventura, como quien está en infierno, pues los mayores, que avivan el fuego, y los menores, que padecen, unos y otros se queman en él.

Y así, en estos reinos de Vuestra Señoría, más que en parte alguna poblada del mundo, el mal se ha hecho de tal uso que casi se vuelve naturaleza, tanto que el pensamiento de quien más mira en los remedios parece a Dios mayor obra que hacer el mundo, dar salud a gente tan muerta. Y mudando de un extremo tan grande a otro la manera de nuestro vivir, no solamente sería gran trabajo, sino gran maravilla ordenar tal desorden. Y no digan que Alejandro hizo mucho en señorear el mundo, pues halló el tiempo muy dispuesto para sojuzgar a las gentes, que tendría por mayor hazaña tomar pacíficamente una sola ciudad en vuestros reinos que en aquel tiempo señorear la redondez del mundo. Y mucho más grande y aun más maravilloso sería allanar la grandeza de estos reinos, que todo cuanto hombres y mujeres de los famosos pasados hicieron, porque, bien vista la condición de aquel tiempo y la malicia de este, a ellos fue bien posible y a Vuestra Real Señoría muy difícil.

Es porque la maldad se hace tan poderosa, viendo tan crecida vuestra excelente virtud, que con armada mano defiende la posesión tirana. Y como al principio de vuestro reinar tuvieron conocimiento de que había venido el Mesías para los justos y el Anticristo para los malos, púsoles tal temor que, por librarse de la tan corrompida maldad, menos temían herir a los nuevos que enmendarlos.

Mas así ganaron fama los que más alta la tienen, porque en las cosas más trabajosas y peligrosas se metieron por ganarla, que nunca de Julio César se escribiría su mayor señorío del que creo no ganara. Aunque cosa mucho más fuerte es que un hombre recobre sus reinos ocupados que conquistar los ajenos, porque la una guerra es de fuerza que se ha de hacer, y la otra sin vergüenza se puede retraer de la conquista. Porque hallan más grave y religioso guardar los tres votos que prometen, que aquí en el mundo haya otro que los guarde más estrechamente, porque lo que es de fuerza se hace con trabajo, y lo que se hace con voluntad no es pena.

Así que, muy esclarecida Señora, mayor cosa será recobrar vuestros reinos perdidos que ganar mundo ajeno.

Las afrentas fueron muy necesarias de venir para que los esforzados se conozcan entre los flacos. ¿Cómo pudiéramos conocer los esfuerzos famosos de Héctor si la conquista de su ciudad no hubiera venido a mostrarlos? Ni nunca los esforzados entre los cobardes fueran conocidos si los recios golpes de espada a los flacos no les hubieran causado mengua. Pues para que más la excelencia de vuestro esfuerzo y virtud pareciese, fue muy bueno el mundo malo que Vuestra Alteza halla, para que más alta que las más altas, en el triunfo de la fama, vuestra gloriosa memoria se pinte.

Y para que males tan grandes no parezcan graves de remediar a Vuestra Alteza, pues no hallé ninguna de las pasadas tan grande que iguale con vuestra grandeza, quiero dar ejemplo de aquella pobre pastora a quien llamaron la Poncella de Francia. La cual, por ser en nuestros días, que hoy hay muchos vivos que la vieron, su historia será más verdadera que ninguna de las antiguas. Y tan perdido y muerto halló el reino de Francia cuando vino a valerle, que no parecía estar en poder de los hombres darle vida.

Pues si por una mujer de tan pobre estado y por una causa tan perdida se rescató y volvió a la Corona, ¿quién será tan incrédulo que no crea que por una tan poderosa y excelente reina estos muy perdidos reinos no se recobren?

Y aunque la muerte a Vuestra Alteza la buscan, como Vuestra Señoría tiene la condición extranjera y muy enemiga de la malicia de vuestros castellanos, no sólo como Trajano, que por guardar justicia se sacó a sí mismo un ojo, sino que Vuestra Alteza, por sobrarle virtud, pone la vida y el estado.

Pues quien, por conservar justicia, aventuró tanto a perder, con los reinos de España y aun del cielo quedará Dios en deuda, porque todos esperamos y creemos que a Vuestra Alteza le place que en vuestros tiempos se pierdan tanto estos reinos, para que las cosas muy difíciles de hacer os sean, como a Dios, posibles. Que si muy llanos, según vuestros antecesores, Vuestra Alteza los hallara, no sería gran honor reinar pacíficamente; mas hallándolos tan ocupados y en riscos tan altos y peligrosos, será gran grandeza allanar tan grandes cuestas, aunque todos están.

Así como en la grandeza de vuestra voluntad se conoce no sólo el deseo de recobrar lo vuestro, sino de ganar tanto en las tierras de la dañada secta, que en vuestro famoso tiempo toda la ley vuelva a ser una; y porque la gran hambre de justicia tiene muy débiles a los pobres pueblos, en vuestro esfuerzo se esfuerzan, pues traerá años tan abundantes que la langosta muera y los panes muertos resuciten.

I - Comienza la destrucción de Francia a cuyo remedio fue casi la Poncella del cielo venida

En los más alegres años, y en los de muchas fiestas y tiempos felices, como los que en las cortes de los reyes de Francia pasaron, la Fortuna, envidiosa de los vicios que de su mano les dio, tornó la muy alegre vida de aquellas gentes en muy llorosa muerte. Y ella ordenó, en el secreto de sus desventuras, que estando la corte del Rey de Francia en el año de mil cuatrocientos veintiocho, en la mayor felicidad que de ningún príncipe de los pasados en aquellos reinos se escribe, el Duque de Orleans, con osado atrevimiento, trató amores con la Duquesa de Borgoña. Y en la grandeza de aquel reino, aquella señora era la que en belleza y gracias excedía a todas las damas de su tiempo. Era tan singular entre las más acabadas, ésta para Francia, como Helena para Troya y la Caba para España, que puso fuego y destrucción entera. La cual, estando en la corte, en un baño o estufa en la ciudad de París, el Duque de Orleans, tentado de desordenada afición, entró en una huerta donde ella, del baño, había salido. La cual, estando así bajo un pabellón, él, con desatentado querer, después de haberle quejado su apasionada vida, llegó con las manos a su rostro a tomar más parte de la que ella honestamente le daba. Y él porfiando y ella defendiéndose, con una punta de diamante que traía en el dedo le hizo un rasguño en la cara.

Y a esto ella, muy sañosa, injuriosamente lo despidió. Mas el atrevimiento del Duque de Orleans fue tal y el rasguño de la Duquesa tan difícil de encubrir, que el Duque de Borgoña hubo de saber más por extenso los muchos días que en aquella demanda el Duque de Orleans perdía su tiempo. Y otra noche siguiente, saliendo él del palacio, por mandado del Duque de Borgoña, cruelmente fue muerto. De cuya muerte el Rey tuvo muy gran sentimiento, porque era su sobrino y le tenía gran afecto. Sintiólo mucho, pero no fue muy público por orden de quién aquel Duque murió. Mas el Rey, por sola presunción, envió al Duque de Borgoña un rey de armas a saber de él si la muerte del Duque, su sobrino, había venido por su mandado. Y el Duque de Borgoña, ante muchos, públicamente respondió en tres palabras: «Decid al Rey que ello es hecho, y bien hecho, y yo lo mandé hacer». Estas palabras por siempre durarán en la memoria del mundo, porque yo, en muchas partes, en la lengua francesa, con letras de sangre, las he visto escritas, diciendo cómo el Duque dijo: «Il est fait, y est bien fait, et je l’ai fait faire».

Con esta respuesta volvió el rey de armas al Rey. El cual por entonces, porque el Duque estaba en su corte muy poderoso, no osó darle la pena de su deseo. Mas después que algunos días disimuladamente encubrió la lástima que de su sobrino tenía, cuando vio tiempo dispuesto, mandó a ciertos caballeros de su casa que al Duque de Borgoña matasen. Los cuales, viniendo el Duque, confiado en su seguridad, a hablar con el Rey, con muchas hachadas el Duque fue muerto. Cuya muerte puso tanto temor en todos los señores y grandes caballeros que estaban en la corte, que los más se retiraron a sus tierras, y otros en sus aposentamientos, velándose y viendo un tan gran señor muerto, ninguno se halló tan acepto al Rey que osase ir a hacerle reverencia.

Mas después que algunos días pasaron sobre la muerte del Duque, y los parientes de él salieron de la corte, y puesto el Rey en Consejo y por los suyos muy gravemente culpado, porque la muerte de un tan gran señor había sido sin Consejo y con gran accidente ejecutada, el Conde de Estampas, que era uno de los principales de su Consejo, ante la presencia del Rey, por ruego de los otros grandes que allí estaban, así comenzó.

II - Una habla del Conde de Estampas en el Consejo del Rey

«Mucho quisiera que Vuestra Alteza se dijese a sí mismo lo que yo quiero decir, para que a mi lengua se le quitase la vergüenza y el trabajo. Y pues a mí me fue dado este cargo, no como quien reprende, sino como quien más que todos servir desea, ¿qué arrebatada ira llevó a la muerte de un tan gran señor sin dar lugar a más deliberado consejo? Y puesto que él mereciese la pena que recibió, mejor hubiera sido el sufrimiento que no la venganza con tan cruel remedio. Y hubiera mirado Vuestra Alteza que un Duque de Borgoña no sólo en vuestra corte, sino en el mundo, entre los mayores, es muy señalado. El cual, dejando las muchas gentes a pie y a caballo que en sus señoríos tiene, más por estar su tierra entre vuestros reinos y los del Rey de Inglaterra, vuestro enemigo, que sólo con darle puerta y paso seguro por sus tierras, sin ayudarle más, ponía en grandes necesidades vuestros reinos; y más aún si el hijo de este difunto Duque se junta con él, como es cierto que lo hará. ¿Quién duda que mayor poder del que se puede pensar para hacer la guerra está en sus manos? Y en vuestros reinos hallarán estos dos tan grandes señores muchos duques, condes y ricos hombres que les ayuden y sigan: unos por temor de la escandalosa muerte de aquél, otros por afecto, y otros que, viendo partido más alto, sin más lealtad seguirán al más crecido. Y de lo que Vuestra Alteza, sin más deliberación, ha mandado ejecutar, los que mucho miramos por vuestro servicio vemos gran fuego que viene a arder en vuestros reinos, y por ninguna parte hallamos agua que mate tan grande llama ya encendida.

¡Oh, Señor!, vuestra grandeza no tenía contento en reinar pacíficamente en el mayor reino de cristianos, sino que Dios, por nuestros pecados, o la Fortuna, por su condición, os puso en la voluntad tan mal mirado accidente. A cuyo mal no conozco remedio ni lo hay, salvo que, así como para aquello tuvo vuestra voluntad osadía, así para sufrir lo que de tan gran mal puede nacer, vuestro real esfuerzo tenga corazón; el cual sé que es tan grande que más se puede reputar de osado que de temeroso. Y desde que tan gran mal comenzó, vendrán otros muchos mayores, que vuestros reinos de Francia, como si ya perdidos los viese, desde ahora los lloro.»

III - A quien el Rey respondió en breves palabras

«En el corazón de los reyes, cuando la muerte se merece, no se estiman más los grandes que los menores.»

(Auctor) Pero de este mal deliberado consejo vino tanta destrucción en Francia que aún ahora, en muchos lugares, parecen las señales como en Troya.

Después de pasados algunos días de la muerte del Duque de Borgoña, su hijo se halló de edad de diecisiete años. Con él se juntaron muchos de los señores de Francia, y en su consejo hombres muy poderosos y de gran saber administraban, por acuerdo de los cuales fueron enviados embajadores al Emperador de Alemania y al Rey de Inglaterra y a muchos grandes que con los Duques de Borgoña tenían deuda y alianza. Así mismo enviaron a Francia a saber de los grandes de ella a cuáles tendrían por amigos y valedores y a cuáles por contrarios. Y por unas partes y por otras, el Duque de Borgoña y los de su consejo discretamente ganaron señores y gente con que, en poco tiempo, a la muerte de su padre diesen venganza. Y de todo el Imperio, y del Rey de Inglaterra, y de otros muchos señores fue tal número de gente que entre cristianos no se halla en ninguna historia pasada tan gran ayuntamiento jamás. A los cuales no solamente ganar el reino de Francia les parecía poco, sino que el mundo les fuera bien posible ganar.

Y la condición con que el Rey de Inglaterra se movió a venir con toda su pujanza fue que, si el reino de Francia se ganase (en lo cual no se dudaba), le alzasen por rey de él. Y así por el Duque de Borgoña le fue otorgado y capitulado como el caso lo requería.

Las gentes, ya llegadas de todas partes, en el Condado de Flandes y muy armadas y con gran artillería, partieron, según los que lo vieron cuentan, ciento cincuenta mil combatientes. A los cuales, desde la ciudad de Contray, que entonces era de Francia, por toda la Picardía no quedó villa ni ciudad que se les amparase; y si alguna se ponía en defensa, no la recibían a partido, sino que cruelmente, por espada, morían sus ciudadanos. Y así fueron ganando hasta la ciudad de París, la cual, aunque es muy populosa, no era para tan gran hueste defendible. Y oyendo las crueldades que se hacían en los otros lugares que se defendían, la ciudad de París, sin ponerse en afrenta, con seguridad de vidas y haciendas se rindió.

Y después que el Rey de Inglaterra y el Duque de Borgoña estuvieron aposentados en sus alcázares, otro día, sin dar muchas largas, el Rey de Inglaterra fue allí alzado por Rey de Francia, y con las solemnidades, y aun mayores, que a sus reyes naturales suelen dar la corona. Así fue llevado con muy gran triunfo a un lugar que llaman San Dionisio, donde están los enterramientos de los reyes y donde se suelen coronar; la cual notable iglesia está dos leguas de la ciudad. Y allí hicieron tal ceremonia y triunfo que nunca jamás a ningún rey se hizo. A éste fue puesta la corona con todas las ceremonias reales, según se acostumbra en aquellos reinos.

Después, con el levantamiento de este nuevo rey y con el gran poder de gentes que tenía, iban las mayores fuerzas de Francia siendo ganadas. Y el Rey de ella, en muchas batallas y encuentros que tuvo con el Rey de Inglaterra y con el Duque, en todas o en la mayoría fue desbaratado. Y vinieron las cosas a tan cruel enemistad, que de cristianos a moros no fueron jamás tan crecidas las crueldades, porque a muchos lugares aconteció entrarles el Rey de Inglaterra y el Duque por fuerza y poner a espada a todos los ciudadanos y moradores de ellos; y después, por el mismo Rey de Francia, ser tornados a recobrar y padecer de nuevo la ruina de los que en aquel lugar moraban. Y por tantas veces fueron quemadas y asoladas ciudades, villas y lugares, que muchos de ellos quedaron sin población alguna.

IV

De allí, repartidas las gentes en guarniciones, hicieron las compañías de Francia, las cuales no solamente robaban los poblados y campos, sino que cometían muertes de hombres, violencias contra mujeres y los más feos casos que se puedan cometer. Y si la vergüenza no les detenía, el temor de la justicia no les impedía; y en ninguna parte del mundo se cometió guerra tan cruel ni cosas tan abominables. Y así la Fortuna tendió tanto todas sus fuerzas en el mal que a la ciudad o lugar menos perdido no le quedaba nada por perder. Y porque esta destrucción tan grande yo no podría encarecerla tanto como en el hecho pasó, a la crónica de aquel rey lo remito, en cuyo tiempo las mayores angustias y llantos del mundo escucharon sus oídos. Y su fortuna avanzó tanto que en todos sus señoríos en Francia no se halló más que una ciudad, que llaman Orliens, que no estuvo en poder de sus contrarios; y aun allí, en aquella, tenían su misma persona cercada. Y puesto que aquella villa era muy en extremo fuerte, aun en el cielo no creían sus contrarios que pudiera valerse. Y mucho más el Duque de Borgoña deseaba la persona del Rey para vengar la muerte de su padre, que todo el reino que ya le habían tomado. Y pues que ya más no les quedaba por hacer sino dar aquel cerco por seguro y, tomada aquella villa y persona, quedar con honroso fin de su conquista, Dios, que en las mayores tribulaciones y afrentas repara, apiadándose del Rey y del reino, por más mostrar sus maravillas, de la flaqueza de las mujeres y de la rústica inocencia del campo puso el mayor saber y esfuerzo que en el mundo antes ni después se halló.

V

En el Delfinado de Francia, en una aldea, hubo una pastora bien pobre que desde su niñez se ocupaba en guardar ganados. En este oficio duró hasta la edad de diecinueve años. Y se dice que su padre era mesonero, donde los caminantes se alojaban. Y ella, cuando por las noches venía con sus ovejas a guardarlas en casa, oía a los que allí se hospedaban contar la desventura y el apuro en que tenían al Rey. Y como es propio de las mujeres ser piadosas y tener esta virtud, esta pastora, con la angustia de su Rey, muchas veces era hallada llorando amargamente, y su padre y madre la tenían por loca y simple en su afición. Mas ella, con gran aflicción, pasaba las noches en vela, perdido el sueño; y si el gran cansancio del trabajo del cuerpo la adormecía, la preocupación del espíritu la desvelaba. Y en aquellas horas, que mal dormidas dormía, nueve noches le apareció en sueños que ella recobraba el reino de Francia y que el Rey destruido tornaba a más próspera fortuna que jamás se vio. Y así como la primera noche comenzó, así en cada día de aquellos nueve sentía crecer tanto su saber y su valentía, que el padre y la madre, por sus discretas razones, lo reconocían. A todos los hombres de aquel lugar, a quienes más la fuerza y la juventud ayudaban, les hacía tantas proezas que cualquiera que ensayara su fuerza con ella sentía que como cuatro hombres muy recios contra uno muy flaco obraran.

Ella, pues, viendo su fuerza y discreción tan crecidas, creyó, como si lo viera, que la restitución de Francia estaba en sus manos. Y sin acuerdo del padre, deliberó irse al Rey. Y para tener causa de obtener audiencia con él, buscó una fruta muy temprana que en aquel lugar se hallaba más que en otra parte, y rogó a un hermano suyo que fuese con ella. Y llegados al real, hizo así: repartió con un capitán de los de fuera una parte de aquella fruta que traía, el cual estaba en la estancia más cercana de la villa, y la otra fruta la guardó entre unas peñas más cercanas al muro. Y un día, en el primer rebato, tomada su fruta en una pequeña cesta, la alzó y, entre la furia de los de la villa, donde más recio se peleaba, así en la vuelta con ellos entró ante la persona del Rey. El cual, como hombre cercado, tuvo en más aquel presente y el atrevimiento y deseo con que aquella entró a dárselo, que si una ciudad hubiera ganado. Y aun muchos que lo oyeron dicen que luego sintió un nuevo placer, que tuvo por señal de gran mejora de su ventura en su venida, y asimismo los suyos aquel día habían ganado honra con los de fuera. Y así, el rostro con nueva alegría, se fue a comer y mandó a aquella pastora, en un cabo de una sala, dar de todo lo que el Rey comía, y mucho loando su fruta y deseando verse en tiempo de poderle hacer merced. Y levantándose de la mesa, el Rey le preguntó de qué tierra era, y cuando supo de dónde venía, se maravilló de que tan lejos viniera una mujer a ponerse en tanto trabajo y peligro de su entrada. Y el Rey le dijo que pidiese merced, que aunque mayor necesidad tuviese, se la haría. A lo que ella respondió:

«No con pensamiento de recibir mercedes, mas con deseo de poder hacer servicios vine, Señor, ante Vuestra Alteza, acordándome del asolamiento de vuestras ciudades y la cruel muerte de los ciudadanos de ellas, y la castidad de las dueñas y doncellas mancillada y corrompida con los muchos robos y males tan públicos. Han tenido las muy crueles cosas mi voluntad tan triste que, aunque yo sola lo hubiera recibido, no me pudiera, por ventura, doler tanto. Mas si yo, aunque mujer flaca, pudiera vivir lo bastante para oír el fin de estos males, sabiendo que Vuestra Señoría, sana y libre la persona, andaba como mejor podía socorriendo a sus pueblos, con menos trabajo lo sufriría, porque la cabeza sana, doliente el cuerpo, mayor esperanza tiene el enfermo de vida. Ahora, estando, Señor, cercado y en tan grande estrecho, las gentes muertas, ¿en cuál esperanza tornarán al mundo? Y como en este deseo de ver vuestra real persona libre nos sustentábamos, yo, cautiva, oyendo lo contrario, no pude resistir de no venir a morir con los más vuestros en tal defensa. Y si me tuvieredes, Señor, a locura tan simple empresa por ser mujer y de tan baja condición, recíbase de mí lo que Dios quiere de las gentes, que cada uno sirva según su facultad. De muchos flacos quiere más el deseo que de otros muy grandes servicios. Mas para que a la loca osadía se descargue alguna culpa, quiero contar un secreto que por descargo de mi atrevimiento me parece que lo diga: Señor, yo, estando en mayor congoja que decir puedo, por la necesidad oída en que Vuestra Alteza estaba cercado, los males pasados y los presentes en la memoria, Dios, piadosamente, con alegres sueños me quitaba en las noches la pena del día, para que tan triste vida no matase el cuerpo flaco. Nueve noches seguidas soñé cómo por mí, una tan pequeña mujer, se remediaba el reino perdido de Francia, y vuestra real persona, con gran venganza de vuestros enemigos, quedaba en más alta silla que nunca antes de mi muerte dejaba. Con esto sentí crecer mi fuerza en extremo grado y perder el natural temor de las mujeres, y todas las otras cosas que mías no solían ser, las hallaba. Y si esto no fuere tan crecido como yo, Señor, lo he soñado o imaginado, suplico a Vuestra Alteza que mi sana voluntad gane perdón de este yerro. Y pues que la fatiga de los males y el deseo de vuestro servicio me han puesto en esta osada atrevencia, y pues que en la casa de los reyes también los pequeños como los grandes tienen cabida, quiero más estar aquí con los menores y como mejor pueda pelear y morir, que allá conmigo misma haciéndome yo la guerra y sin provecho.»

VI

Oída por el Rey la declaración de aquella pastora, y mirando sus pobres vestidos y su manera de hablar como persona de gran crianza, y lo que de sus sueños le oyó decir, dándole en todo gran fe, con alegre voluntad, como hombre que se halla en necesidad, cualquier esperanza, aunque flaca, le puso gran esfuerzo.

Y luego quiso el Rey probar sus fuerzas, para saber si la flaqueza de las mujeres era en ésta como suele ser en otras. Mandó a hombres recios de su casa que lucharan con ella, y ella tan peligrosamente los derribaba que la sangre por la boca y por los oídos les brotaba, y fue tal que algunos quedaron tendidos sin habla, como muertos, por varios días. Después tomaba en sus manos dos gruesas lanzas de armas y, corriendo contra una pared, las hacía pedazos, y a dos hombres los alzaba del suelo en sus palmas. Y así, de esta forma, hacía muchas cosas que en fuerza de ningún hombre de aquellos tiempos fueron vistas, y las hacía sin esfuerzo. El Rey, viéndola sobresalir en todo con fuerza extraordinaria a todos los de su casa, con los brazos abiertos fue hacia ella y, como a persona venida del cielo, muchas veces la abrazaba, y él y los suyos se alegraban y alentaban tanto con ella y con su ayuda, que uno solo se atrevía a combatir contra diez.

Luego el Rey empezó a buscar armas con que ella mejor se hallase; pero ella, en un principio, no quiso ser conocida ni publicada por el pensamiento que traía de poder a los de fuera hacer algún engaño. Aquella misma noche salió con sus pobres vestidos y se fue a la tienda del Duque de Galdes, que era uno de los principales señores que estaban en el real. Porque el Rey de Inglaterra y el Duque de Borgoña estaban en Tours, no pudo ella engañar a otro señor mayor que aquél. Y luego que pudo llegar de noche a la tienda, le dijo que su hermano velaba en una torre de la villa y otro primo suyo con él, y que, viendo el mal estado de su Rey, si les hacían mercedes, le darían entrada en la villa por las partes que ellos guardaban, y que no hallaron persona más sin sospecha que ella para enviar. A este trato el Duque, sin poner duda alguna, creyó a aquella simple pastora, que tan bien se fingía, como si Dios se lo dijera. Ella acordó con él que, la noche siguiente, antes de que se pusieran las guardias, ella sacaría a su hermano y primo a la parte de la ribera que daba contra el muro, y que allí el Duque fuese muy en secreto a verlos y asegurarles las mercedes y promesas que por tal servicio merecían. Y porque ella era una simple mujer, no sabía más tratar que descubrirle aquel secreto. El Duque, muy contento, acordó ir a verse con ellos. A la hora señalada, ella vino por él. El Duque llevó consigo un sobrino suyo y solos se fueron con la pastora al lugar donde ella tenía sus dos labradores o escuderos, los cuales había pedido al Rey. Y trayendo sus armas secretas, los tres mataron al sobrino del Duque, porque se defendió, y sin la muerte de aquél no pudieron prender al Duque. A éste, sin ser sentidos en el real, con puñales puestos en el pecho lo metieron en la villa, por cuya prisión tanta alegría y fiesta hizo el Rey como si en aquella hora recobrara todo su reino perdido.

Luego se supo la prisión de aquel Duque, pero nunca se supo la manera del engaño, pues creyeron que el Duque y su sobrino habían salido a pasear y que alguna gente de la villa saltó sobre ellos y por azar lo prendieron. De manera que aquella pastora aún no fue descubierta de haber intervenido en tal doble ardid. En toda aquella semana no se supo la causa de la prisión del Duque. Ella, entonces, se vistió de nuevo con otros ropajes, de labradora, y con dos bestias traía pan al real y observaba mucho cómo podría hacerles algún nuevo engaño. Una noche, cuando vio tiempo propicio, dijo en el real que le habían robado las bestias y la provisión que traía. El Mariscal de Francia mandó a un hijo suyo y a cuatro escuderos que fuesen por todas las tiendas a ayudarla a recobrar sus bestias, pues era mujer de quien mucho se servían. Y así fueron con ella, la cual, con el pretexto de buscar a quienes la habían robado, observaba con atención la guarda del real y la vigilancia que había.

Y en este largo espacio, mientras ella y aquel caballero y los suyos recorrían casi todo el real, el hijo del Mariscal empezó a requerirla con rústicos amores, según los hombres cortesanos suelen tentar a labradoras semejantes, y no halló en ella tal disposición como pensaba. Mas, como hombres que en el campo carecen de damas suelen abatirse a cualquier ralea baja, así este señor, con diligencia de fuerza o de grado, trataba de corromper la limpieza de su castidad. Ella, con muchas lágrimas y piadosas razones, le rogaba que no quisiese deshonrarla. Pero cuando él vio que por súplica no vencía su voluntad por bien, la sacó departiendo fuera del real, a una espesa alameda, y allí con los suyos probó de hacerle fuerza. Ella, muy angustiada, le dijo:

«Señor, fui a vos encomendada para remediar mi robo, y debía mi persona quien la defendiera. Aunque de mí no os doláis, doléos de vos mismo y acordaos de quién sois: no hagáis cosa tan fea a quien vino a valerse de vuestra fuerza. Y pues la fortuna hizo que vos, señor, tan poderoso, y yo tan pobre, sólo tenga esto que de mí queréis como mi único tesoro, con el cual vos, mi señor, poca gloria habréis y a mí me dejaréis en la más triste vida de las tristes. A Dios y a vos me encomiendo, y a vuestra virtud, para que contra vos mismo en esta terrible urgencia me valga».

Y cuanto más ella llorando le suplicaba que tal fuerza no le hiciese, tanto más se encendía él en su deshonesto deseo, y deliberadamente, sin esperanza, ella se vio en lugar y tiempo sin remedio alguno. Estando ásperamente apremiada por él y los suyos, ella le pidió por merced, pues aquella era su última voluntad, que por ser tan vergonzoso el hecho no se hiciera a la vista de los otros. Y él, contento de complacerla en aquello, se apartó con ella muy lejos de los escuderos, donde ella sabía que sus voces no podrían ser oídas. Y como él comenzó a tratarla amorosamente, ella le sacó una daga que él mismo tenía, y con ella, muy de prisa, en la parte del corazón le dio muchos golpes. Él, sin poderse valer, aunque le puso las manos en la garganta para ahogarla, ella le apuró de tal modo que luego cayó muerto. Tentó de cortarle la cabeza para llevarla al Rey, mas la daga no cortaba y no se atrevió a detenerse por temor de los suyos; mas le llevó el dedo pulgar de la mano como señal de su victoria. Tomó por la alameda un camino apartado y, guiándose por el sonido de las guardias de la villa, se fue al muro y llamó, y luego vinieron a abrirle.

Entonces no quiso contar al Rey el caso que le había sucedido, sino que hizo armar aprisa a toda la gente que estaba en la villa y salió por un lugar encubierto hacia el sitio donde aquel caballero yacía muerto, y repartió en escuadras la gente a pie y puso algunos de a caballo en lugar secreto. Y mientras tanto, los escuderos habían buscado a su señor y, hallándolo muerto, dos de ellos fueron con la triste nueva al padre y los otros quedaron con él. Con grandes llantos, el Mariscal y todos los demás grandes señores que estaban en el real fueron con antorchas a ver el muerto y un caso tan increíble, y dejaron el real mal guardado y casi vacío, pues todos iban a acompañar los llantos del padre. Y como la pastora vio que tenía en la trampa a la mayoría de los grandes de sus contrarios, y como ella los conocía por los días que había tratado en el real y la presunción lo indicaba, salió con las celadas de gente que en diversas partes tenía repartida y, con alto sonido de trompetas, les cayó encima. Y como la mayoría venía a pie o en caballos de poco brío, pocos escaparon de ser presos o muertos, y tal fue el estrago que los del real no solo no pudieron socorrerlos, sino que las mayores estancias abandonaron. Y como la gente iba desordenada, nadie hizo frente a tan gran golpe. Mandó ella llevar los presos a la villa y que llamaran al Rey en persona con los que allí estaban para que la socorrieran. Y enseguida el Rey por una parte y ella con los que había sacado atacaron las tiendas, y por muchas partes se puso fuego al real. Y tomaron tan desprevenida a toda la gente que apenas se hallaba quién se defendiese. Y como al Rey lo tenían ya casi quebrantado y sin esperanza de ser socorrido, estaba el real tan poco guarnecido y tan mal guardado, que no se pudieron valer; mayormente estando todos los grandes y capitanes presos o muertos y, como Dios les favorecía, todos desmayaron, poniendo más diligencia en huir que en defenderse, aunque en la parte postrera del real se recogieron muchos y allí duró mucho el combate; mas los pocos vencieron a los muchos por la fuerza de las armas y del estruendo. Y antes de que amaneciera, libró a su Rey de la gran amenaza en que estaba y con muy rico botín de armas y caballos y todas las artillerías y cosas que en los reales de reyes y contra reyes suele haber. Y así entraron en la villa con la mayor alegría y prosperidad que Dios en nuestros tiempos ha concedido a ninguna gente.

Cuando amaneció, el Rey fue a ver a los prisioneros, que eran el Duque de Saboya, el Duque de Cléveris, el Duque de Borbón, el Duque de La Marca, el señor de Saint-Sauveur y otros muchos señores y capitanes y caballeros, todos señores de vasallos y hombres de gran rescate. A los prisioneros los puso el Rey bajo segura custodia, y del botín dio gran y generosa parte a la pobre pastora, si quisiera tomarla. Pero ella, enemiga de la codicia de bienes ajenos, y sólo deseosa de honra, rehusó toda ganancia; y por mandato del Rey, fue ella misma quien repartió aquel despojo entre todos de tal forma que ninguno, como si Dios mismo lo repartiera, tuvo motivo de queja.

Cuando la gente ya estaba contenta y descansando, ella sacó el dedo que había cortado de aquel que la forzó, y contó al Rey y a muchos de los suyos todo el caso, cómo le había sucedido. Y dijo que no pensó cercar al Rey de aquella manera, sino que pretendía ver el mal recaudo del real buscando las bestias que fingió que le habían robado, y a la hora conveniente sacar la gente de la villa y desbaratar a los enemigos; pero Dios encaminó todo de la forma que ya se ha contado.

La fama de esta mujer creció tanto, haciéndose público ya el caso del Duque que primero prendió y la muerte de quien quiso forzarla, junto con la gran hazaña de armas, que habiéndolo hecho con tan poca gente —pues no serían más de ochocientos los de la villa contra más de seis mil de caballería y cuatro mil peones— fue tan grande la victoria que quienes la vieron dudaban si era sueño o cosa cierta.

Las noticias de tan buen suceso quiso el Rey escribirlas enseguida a algunos grandes señores que le eran afectos pero no se atrevían a socorrerle, por no tener tantos amigos como enemigos. Porque el Rey de Inglaterra y el Duque de Borgoña estaban con gran ejército a seis leguas del real para defenderse, si gente de fuera viniese en socorro del Rey, de modo que no pudiera ser cercado por otras ayudas, por poderosas que fuesen, salvo por aquella a la que los de fuera se guardaban. Por eso, para que no lo volviesen a cercar, hubo el Rey de escribir el caso maravilloso que le había acontecido. Y como no sabía qué nombre poner a aquella pastora, y viendo que tan bien supo defender su virginidad, la llamó la Poncella, que en francés se dice Pucelle, y significa virgen o doncella. Así, hallado el nombre que mejor le convenía, desde entonces y para siempre su nombre fue tenido por más alto, llamándola la Poncella de Francia.

Ella, contenta con tal nombre, enseguida el Rey escribió al Duque de Bretaña, al Conde de Foix y a otros muchos grandes que estaban de su partido, aunque retraídos en sus tierras sin atreverse a mostrarse, porque el Rey estaba en tan grande apuro que no se atrevían a juntar sus gentes para socorrerle. Pero, viendo las cartas del Rey y sabida su próspera fortuna, que comenzaba con la venida de la Poncella, a toda prisa llamaron a sus casas y con todo su poder, cada uno según su estado, con lo más crecido que pudieron, fueron a ayudarle. Y para dar mayor ánimo al Rey, el Duque de Bretaña le escribió una carta, la cual así comenzaba:

VII

«Si por los pecados del pueblo o por la soberbia de tan alta felicidad —que vos, Señor, el más poderoso rey de los cristianos, alcanzasteis— Dios ha permitido que vuestra persona y vuestros reinos cayesen en tan gran ruina como no conozco en ningún príncipe pasado ni presente, ahora vuestra paciencia ha sido tanta y su piedad aún mayor que, para mostrar mejor sus maravillas, ha querido de un pequeño gusano, como por esta Poncella se ve, criar un dragón tan fiero que toda la hueste de vuestros enemigos perezca.

Y pues en el poder de este Dios poderoso se encierran mayores milagros —aunque éste ya es muy grande—, vuestra Alteza debe resucitar de tan gran flaqueza y muerte, y despertar del pasado sueño de tan desdichada fortuna con gran corazón y esfuerzo, para que los enemigos os teman y los vuestros cobren ánimo. Y tened por buenas las desventuras pasadas, pues de vuestra Alteza no se habría conocido en la adversidad la paciencia que a los trabajos habéis tenido, ni ahora podría esperarse para su remedio lo que de vuestra magnanimidad y virtud se espera. Porque si reináseis en pacífica paz sobre el mayor reino de cristianos, poco tendrían los cronistas que alabar ni que reprochar de vuestros hechos.

Pero ahora las grandes batallas —más crueles que otras y manchadas de tanta sangre— y los grandes hechos pasados en vuestros reinos, y los aún mayores que esperan acontecer, llenarán la crónica de tal forma que de vos, Señor, solo, se escribirá más que de todos vuestros antecesores. Así pues, Señor, no sólo debéis saber soportar los males, como los habéis soportado, sino aun desearlos como prueba de fortaleza; porque venidos como vinieron, de vuestra grandeza se conocerá lo que sin trabajos no se podría saber.

Así como la lozana juventud, cuando sana de peligrosa enfermedad, en breve tiempo recobra el alegre semblante que solía, así vuestra Alteza —por temor de recaer—, guardándoos de lo adverso con esfuerzo, abrácese con la próspera fortuna que comienza; porque se halla en vos cuerpo y virtud donde las maravillas de Dios puedan obrar. Y ahora cualquier pequeña prosperidad la tendréis en mayor estima que en los pasados tiempos de paz la grandeza de vuestros reinos. Pensad que mucho mayor honra recibe el señor que recupera su estado con venganza de sus enemigos que aquel que, pacífico, lo conserva; y que cobrar lo perdido y vencer a los enemigos es la mayor gloria de esta vida. Más se aprecia una villa ganada por trabajo de armas que un reino heredado sin saber lo que cuesta.

Así pues, este vuestro señorío, por herencia y por trabajo, bien sin cargo de conciencia será vuestro; por cuya redención, doliéndoos de vuestros vasallos como si en poder de enemigos de la fe estuviesen, salid al campo y que quien era cercado se torne cercador. Y no sea vuestro pensamiento cuidar de defenderos, sino de ofender, porque según se extienda vuestro corazón, nos extenderemos cuantos deseamos serviros. Para ayuda de esto yo, no sólo con lo que tengo y puedo, sino también con lo que no puedo, entre parientes y amigos buscaré prestado; y cuanto más crezca mi poder, luego acudiré al socorro y servicio de Vuestra Alteza.

Que Nuestro Señor, apiadándose, os prospere en tanta felicidad que la Fortuna, cansada de seguiros, se rinda; y que vuestros pueblos, con el gozo de la venganza sobre vuestros enemigos, tornen las lágrimas derramadas en doble alegría y risa».

VIII

Esta carta del Duque de Bretaña y muchas otras recibió el Rey, cada una animándole y sirviéndole como mejor podían, y en pocos días fue tan bien socorrido por los suyos que, aunque el Rey de Inglaterra y el Duque de Borgoña volvieron a cercarlo, no pudieron sostener el cerco, porque la Poncella, con las gentes que cada día llegaban en ayuda del Rey, causaba tal estrago en los del real que, por mucho que se reforzaban los de fuera, se vieron obligados a levantarlo. Y como además habían perdido muchos tiros de pólvora y artillería en los días pasados, el daño era tanto que no podían resistirlo.

La noche en que el Duque de Bretaña, el Conde de Foix y otros grandes señores llegaron a romper el cerco del Rey, ya sus contrarios habían abandonado el real y se habían replegado a guarniciones. Así pues, el Rey, ya libre y cada día más socorrido por parientes, amigos y vasallos, se halló en el campo con cuarenta mil combatientes. A la Poncella, con consentimiento de todos los grandes de su corte, le confirió la capitanía de toda su casa. La cual, aunque no era diestra a caballo, en pocos días llegó a ser uno de los mejores caballeros de la brida que en ambas cortes se conocía; y por su ardor y valor la querían tanto sola como acompañada.

La Poncella, tomando el cargo de tan gran capitanía, marchó a la ciudad de Tours, en Torena, y puso cerco sobre ella. Y como su fama ya sonaba por todo el reino, al día siguiente de llegar, los de la ciudad le entregaron una puerta con su torre, la que estaba sobre la ribera del Loira. Y aunque la guarnición inglesa era mucha, después de dura pelea por las calles los venció, mató y prendió a la mayor parte, pues los mismos ciudadanos entregaron a la Poncella a quienes se escondían en casas. Allí fue preso un sobrino del Rey de Inglaterra, encargado de la defensa, y con él otros hombres principales. A éstos no quiso perdonarles la vida: a cuarenta de ellos, por justicia, los hizo decapitar, pues habían quemado la villa de Tempas y otros lugares, y puesto a cuchillo a sus moradores. Por pregón y justicia recibieron la muerte. Al sobrino del Rey de Inglaterra lo envió preso al Rey, junto con algunas cabezas de los mayores ajusticiados.

Muchos de los capitanes de la Poncella se apesadumbraron de aquella ejecución, temiendo que si caían en manos de los enemigos sufrieran la misma pena; mas la Poncella les animó a confiar en Dios y a perder el temor, asegurándoles que de prosperidad en prosperidad esperaba expulsar a los enemigos del reino, y que hacer guerra cruel a los enemigos favorece siempre a los vencedores y debilita a los contrarios.

Así, animando y alentando a las gentes a su mando, dejó la ciudad bien guarnecida y marchó a la Campaña, donde levantó real. Al socorro del lugar acudieron el Rey de Inglaterra y el Duque de Borgoña; y asimismo, en ayuda de la Poncella, llegaron el Rey de Francia y sus aliados. Aunque los contrarios eran muchos más, las gentes del Rey y de la Poncella peleaban con doble corazón: los pocos contra los muchos, como contra gente desfavorecida, iban muertos sin apenas matar. Fue la batalla larga y hubo gran estrago en ambos bandos.

En este encuentro, la Poncella capturó al Duque de Borgoña, quien, de los doce caballeros de su guardia de mote y divisa, recibió buen socorro y, aunque muy malherido, escapó de manos de la Poncella. Si los suyos la hubiesen ayudado en aquel trance, el Duque hubiera quedado preso. Pero ella, encendida en ira, mató a un caballero de los de la guardia del Duque, que se jugó la vida por su señor, ganando con ello gran afrenta. Y era ésta apenas la tercera vez que la Poncella se hallaba a caballo, y ya hacía hazañas dignas de amazona: peleaba uno contra tres, y tan bravo esfuerzo mostró que los contrarios abandonaron el campo, dejando tras sí gran bagaje, muchos muertos y prisioneros.

El Rey y la Poncella se quedaron sitiando el lugar, mientras el Duque de Bretaña siguió la persecución, causando gran desbarato. El Rey de Inglaterra y el Duque de Borgoña huyeron sin detenerse hasta Poitiers, una de las ciudades más populosas de Francia, donde se reforzaron y reunieron más gentes, pues perdían el reino mientras la Poncella —día y noche desvelada por su Rey— vigilaba su honra y buscaba socorro. Trabajó con un fraile de observancia para tomar la villa sobre la que tenía cerco, quien, a su vez, trató con el Almirante de Francia, encargado de su defensa, para entregarla a la obediencia del Rey. El fraile supo tratarlo bien, hablando de las maravillas de la Poncella y de cómo parecía claro que Dios había de remediar el reino por ella. Tales palabras escuchó el Almirante que, temeroso, quiso ver a la Poncella y de su boca recibir seguridad de vida y palabra de las mercedes que el Rey prometía por tal servicio. Se vieron una noche, y contento por su habla y dulzura, sin más excusa, hizo cuanto se le pidió y entregó villa y fortaleza con toda su guarnición, prometiendo servir al Rey con todos los suyos.

Con la toma de aquella villa y la vuelta del Almirante, creció aún más el partido del Rey, y cada día su favor y sus gentes se multiplicaron mientras el de los contrarios menguaba. La Poncella ordenó sus batallas y rogó al Rey que saliese en persona a buscar a sus enemigos y mostrase que dominaba el campo. Y a toda prisa, en breves jornadas, llegaron a Poitiers, donde el Rey de Inglaterra y el Duque se refugiaban. A causa del desbarato anterior, ellos no tenían en la ciudad tanta gente como requería su necesidad, ni fuera de ella sus fuerzas estaban bien ordenadas para socorrerles. Y temían cada día a la misma población, pues ningún rey extranjero se halla seguro en tierra ajena, obedecido sólo por fuerza y no por voluntad. Así pues, aunque se titulaba Rey de Francia, el Rey de Inglaterra no osaba fiarse de los pueblos donde estaba.

Con tal temor de hallarse en una gran población contraria, una noche huyeron el Rey y el Duque para reunirse con otros capitanes que tenían en distintas guarniciones. Reunieron fuerzas de una parte y de otra. La gente del Rey y de la Poncella era poca, y todos convinieron en que no debía darse batalla; pero para no perder el señorío del campo ni quedar cercados donde eran cercadores, todos aceptaron la voluntad de la Poncella, y aunque no había razón para batallar siendo pocos, se esforzaron con su ánimo. Así, todos sin temor aceptaron el desafío y fijaron la batalla para el día siguiente.

El Rey y la Poncella tenían cuarenta mil combatientes; los contrarios, setenta mil. Toda la gente del Rey y de la Poncella oyó una misa en el campo, como era costumbre que la Poncella nunca omitía. A las dos de la tarde, puestas en orden las batallas de una parte y de otra, se mezclaron con tan fiero acometimiento y crueldad como si pelearan contra enemigos de la fe. Fue tan recia la batalla que pasaron de mil doscientos los muertos, y en tan pocas gentes no se recuerda en aquellas tierras encuentro más reñido. La noche, más que sus voluntades, los separó.

En esto, la comunidad de Poitiers desbarató una capitanía entera de la guarnición inglesa y, armada, vino a socorrer al Rey, trayendo consigo gran peonaje y victoria. Al anochecer, la Poncella salió de la priessa y se reunió con ellos y con dos mil de caballo que logró recoger. Y así, ya de noche y con luna, hizo tal acometida contra los contrarios que, matando y prendiendo, desampararon el campo. Con gran despojo y victoria, el Rey y la Poncella entraron en Poitiers. Con aquella conquista y el renacer de su reino, el Rey, como muerto, resucitó. Y allí se hicieron grandes fiestas conforme a la guerra.

El Rey de Inglaterra y el Duque, muy desfavorecidos, recogieron su gente y no pararon hasta París, diez jornadas de camino, donde se reforzaron y llamaron de nuevo a todos sus reinos y señoríos y pidieron socorro al Emperador y a sus valedores. Pero como cada día el partido del Rey crecía, muchos caballeros de Francia, unos que abiertamente eran contrarios, venían a pedir perdón y a servir a su Rey; otros, que se mantenían quietos por miedo de los ingleses, viendo prosperar al Rey y la fama de la Poncella, llamaron sus casas, y con ellos se unieron infinitos en su partido. Con estas gentes, la Poncella andaba cada día por el campo, cercando fortalezas y desbaratando guarniciones enemigas, sin dejar pasar una noche sin hacer maravillas por su mano. Ya era tan temida que ni con el doble de gente osaban acometerla, y muchas batallas y encuentros venció con dos mil de caballo, mientras los reyes reunían sus huestes. Los contrarios, viniendo de lejos, tardaron más de cuatro meses en llegar a París. Y en ese tiempo, la Poncella, ya en una provincia, ya en otra, ganaba villas y fortalezas, desbaratando contrarios, de modo que cada día llegaban al Rey nuevas de sus hazañas. Ni ella ni los suyos sabían qué era noche para reposar: siempre caminaba, y cuando en un lugar la veían, en otro muy lejos amanecía dando fuego a los enemigos. Tanto hacía que todos estaban recogidos en sus guarniciones, pues por el campo no hallaban a quien resistiera su espada.

IX

No se podría decir cómo esta Poncella ganaba tantas honras, que por temor de no ser creído no osaron contar por extenso las cosas maravillosas de sus esfuerzos.

Ella, pues, viendo que ya en el campo no hallaba con quién pelear, supo nueva de que en Inglaterra se aderezaba una gran flota, y para esto escribió al Rey que se acercase a París, donde sus contrarios estaban, para cubrirle las espaldas. Y él, que seguía su gobierno y consejo, luego lo puso por obra y con todo su poder vino a poner real a dos leguas de París. Y la Poncella tomó más gente de la que tenía, que serían tres mil lanzas y cinco mil peones, y se fue a la parte de Normandía donde la flota de Inglaterra había de arribar.

Llegada la flota a un lugar llamado Anastor, toda la armada salió a tierra. Y ella dejó que aquellos hombres entrasen en el reino por la vía de París, los cuales venían esperando que su Rey de Inglaterra saldría a socorrerles si la gente de la Poncella quería estorbarles el paso. Pero el Rey de Inglaterra y el Duque de Borgoña tuvieron gran diferencia: el Rey quería salir a socorrerlos, mas el Duque decía que serían perdidos si dejaban la ciudad de París, pues el Rey estaba a dos leguas, y que luego el pueblo grueso se metería dentro. Debatieron tanto sobre esto que casi llegaron a gran discordia y, al fin, el Duque de Borgoña no consintió dejar la ciudad, salvo enviar de gran prisa y secreto gente de socorro para que ellos quedasen bien acompañados. La Poncella fue avisada y volvió atrás, y en día y noche anduvo veintiuna leguas, y llegó antes que amaneciese a la gente que el Rey y Duque habían enviado de París, que serían cuatro mil de caballo sin peones; a los más los despojó y prendió y los otros huyeron. Y con aquellos caballos y despojos de armas que allí tomó, armó y montó a muchos de sus peones. Y se fue a gran prisa a buscar al gran peonaje y hombres de armas a pie que de la flota venían, y en todo un día no pudo entrarles en una alameda que tenían cercada de rama y cava. Y con la gran artillería que traían ofendían mucho a la gente de la Poncella, y todo aquel día y noche se defendieron bien.

Al otro día, le llegaron dos mil combatientes que el Rey había enviado en socorro para resistir a los que de París habían venido, y no pudo el Rey enviar más para no quedar desamparado. Y luego, con aquella venida, la Poncella y los suyos tomaron coraje y, con furioso acometimiento, llegaron a la palizada de los ingleses y, quemándola y peleando con gran denuedo, la entraron. Allí todos salieron al campo. Los hombres de armas a pie con gran peonaje de la flota ofendían mucho a los de caballo de la Poncella. Pero después de porfiada y reñida batalla, fueron desbaratados los ingleses y muchos quedaron despojados y presos. Y por ser la noche cerrada y la tierra montañosa, huyeron cuantos escaparon, pero más de ocho mil quedaron en poder de la Poncella.

Luego envió al real del Rey dos mil de caballo y la mitad de sus peones para que el Rey estuviese más acompañado. Y ella se fue por toda la provincia de Normandía, y ganó siete villas y fortalezas de la costa del mar. Y llegó a la ciudad de Roan a darle vista, la cual estaba en poder de los contrarios y era de las más fuertes del reino de Francia, mas no pudo tomarla entonces. Pero tomó a gran prisa unas treinta naves y, con su gente y con lo del despojo de la flota inglesa, tuvo buen aderezo para armar las naves. Y con ellas volvió donde había quedado la flota de Inglaterra y puso fuego a muchas fustas y a las otras entró por fuerza, pues estaban con poca gente y sin trabajo las vencieron. Con la flota inglesa y todas las naves de Francia armó en toda la costa una grande armada, y se fue a la canal de Flandes, donde estuvo sin dejar salir navío del Duque de Borgoña ni del Rey de Inglaterra a parte alguna porque les tenía cerrados los pasos. Y allí estando, fue a la ciudad de Calais y robó todo el puerto, de donde tomó muchos navíos cargados de mercaderías, e hizo dar en tierra a otros para que no viniesen a sus manos, de manera que tenía la tierra y la mar tan sojuzgadas como nunca príncipe alguno las tuvo.

Y viendo que en aquel paso ya no tenía qué hacer, tomó camino de Roan, y otro día antes que amaneciese llegó a los muros de la ciudad donde la mar bate, y puso toda la gente de su flota en las huertas de la ciudad y prendió a cuantos halló en el campo para que no diesen nueva de su venida. Y estando así de secreto en huertas y alamedas, al amanecer hizo señal a los que dejó en las naves para que llegasen. Entonces soltaron los tiros de pólvora y al estruendo y grita de la gente de las naves salieron todos los de la ciudad a defender la entrada por la mar, y allí acudieron todos al puerto. Y como la Poncella sintió que toda la gente corría a la mar, salió con todos los suyos por el otro lado de la ciudad y puso sus escalas aprisa, y por una parte y otra subieron a escala vista, sin poder aquel lienzo ser socorrido, porque todos habían ido a la parte donde la flota llegaba sin saber el engaño de la celada. Y así, cuando entraron, fueron presos y despojados cuantos de los contrarios había dentro. Mas mucha gente se fue en sus navíos a la flota de la Poncella y quemaron muchas naves y llevaron otras a Inglaterra, y en aquellas escaparon los más de la guarnición inglesa, porque la Poncella, por ganar la ciudad, no pudo dejar recaudo en la flota. Así se perdió la mitad de ella, pero ganaron la mejor ciudad y provincia que en los reinos de Francia se hallaba.

Llegadas las nuevas al Rey de que Roan era ganada, se halló señor de su reino y los contrarios tan perdidos que ningún remedio ni esfuerzo mostraban. Y como cada día veían su partido perderse, hubo de ir el Duque de Borgoña recogido a su tierra de Baja Alemania para de nuevo llamar a parientes y amigos y dar la batalla al Rey y a la Poncella, pues de otro modo su causa caminaba a perdición entera.

Y viendo la Poncella la gran pujanza con que el Duque de Borgoña quería entrar en el reino, acordó con el Rey soltar los prisioneros, grandes señores, que la noche que desbarató el real había prendido. Los hizo traer al lugar donde estaba el Rey y trató con ellos de darles libertad si daban seguridad de venir con sus personas y casas a dar batalla al Rey de Inglaterra. Y todos, como gente presa y con muchas de sus villas perdidas que la Poncella había tomado, a condición de que todo se les devolviese y recibiesen del Rey tal seguridad de que nunca se les demandaría el yerro que habían cometido, lo otorgaron.

Luego se tomaron tales seguridades de aquellos duques y condes que estaban presos y otros grandes hombres, que vendrían con sus personas a ayudar al Rey dentro de ciertos días. Y así, sobre sus fes, fueron sueltos. Y todos lo cumplieron bien, salvo el Duque de Saboya, que no quiso venir, porque era enemigo del Rey y antes aderezó su casa para ayudar a los contrarios y para servirles, y no cumplió la fe que había empeñado. Y como esto se supo en la Corte y lo vieron por su carta, en la cual con falsas excusas se declaraba enemigo del Rey, luego la Poncella le envió una carta de desafío, a la cual el Duque de Saboya respondió que ella no era de tal estado ni linaje para batirse con él, mas que enviaría caballero de su casa que la combatiese para probar que no decía verdad en lo que el desafío contenía.

Y a esto ella respondió esta carta. Y las primeras y postreras palabras dejo de escribir por no hacer largo proceso, porque todas sus cosas tan breves he contado, que de cuantas buenas dichas tuvo en este mundo le vino esta mala de caer en tan malas manos la grandeza de su fama. Pues así de corto como todos sus notables hechos he escrito, así en este desafío no puedo alargarme, porque el Duque de Borgoña viene tan poderoso que no me deja en estas cosas de menor sustancia detenerme mucho. Pues ella, con deseo de publicar la vileza del Duque de Saboya, respondiendo a su cartel, le escribió así:

X - Cartel de la Poncella al Duque de Savoya

Si por la limpieza de vuestro linaje y la grandeza de vuestro estado, señor, me quitáis el derecho de ser digna para entrar en campo con vos, yo, en cuanto a mí, confieso ser verdad. Mas si aquella grandeza y alta sangre que de vuestros antecesores heredasteis, por vuestros yerros tan feos se pierde, no es gran honra que otros menores que yo entren en campo con vos y vos los recibáis. ¿Quién será en el mundo tan pobre que tome vuestras riquezas con la mengua de vuestra fama?

Si entre las gentes de vuestro consejo no hay ninguno que de vos tanto se duela que vuestros males tan feos os traiga a la memoria, más obligación tengo yo que ellos; pues no como quien lisonjea, sino como quien claramente sirve, quiero deciros lo que en estos reinos y por el mundo de vos, señor, se dice: que siendo vos uno de los más cercanos parientes de la corona real de Francia, y crianza y hechura de la mano de los reyes, que entre los mayores érades el mayor y, así como el más poderoso, podíais más cruelmente ofenderle, siendo uno de los primeros, con sus contrarios tomasteis alianza, y que muchas veces habéis, contra su real persona en el campo, vuestras banderas tendidas, peleado. Y a su adversario levantasteis y coronasteis por rey de sus reinos, y todas sus ciudades, villas y fortalezas a poder de sus enemigos por fuerza trajisteis. Y no contento con haber menguado y destruido su real persona y puesto en tan gran pérdida todo el reino, vos mismo y principal pusisteis cerco sobre su Alteza, y nueve meses le tuvisteis en gran estrecho, con pensamiento de traerlo a la muerte, a rey con quien tan gran parentesco teníais y de quien muy grandes mercedes recibisteis. Y todo tan sin color ni causa, que ninguna honesta excusa hallaríais en el secreto de vuestra voluntad, salvo tirana codicia, aventurándoos a ser contra vuestro rey, reino, nación y naturaleza, por más crecido partido.

Y después que Dios, apiadándose de tan excelente rey y reino, y para que vuestra traición y maldad en este mundo sin pena no quedase, con gran venganza de sus enemigos restituyó su honra y os trajo a sus manos y a estrecha prisión, él, mirando la nobleza y virtud de su real condición, no solamente os perdonó tan grandes culpas, mas aún, mayor de lo que érades os tornó con nuevas mercedes a honrar. Y la honra perdida que por vuestra traición teníais en todas sus cortes con trompetas pregonada, y el proceso contra vos cerrado, os restituyó a vuestra honra y estado como cuando mayor lo tuvisteis. Y ahora, olvidada la gran virtud y clemencia del Rey Nuestro Señor, y poco cuidado de vuestra honra y fe que de mi mano a la vuestra y firmada de vuestro nombre me disteis, queréis volver a confirmar vuestra traición y dañada secta.

Y con todas estas cosas tan feas y de tan pública mengua, os halláis tan honrado y a mí persona de baja condición que no pueda entrar en campo con vos. Por cierto, pláceme que no seamos iguales —¡ni Dios lo quiera!— porque las obras en cada uno son más poderosas de alzar o abatir que ninguna pobreza ni bajeza de linaje. Y en el vuestro no hay uno que tantos deservicios y traiciones contra su rey natural haya hecho, y en el mío, aunque pobre, hay una que con tanta lealtad y fe trabaja y muere por su servicio. Y pues que vos, como lo decís, tendréis a mengua entrar en trance conmigo, antes me hacéis honra que agravio.

Y con ese caballero que decís que hay en vuestra casa, que por vos defenderá esta causa, me tendré por más honrada de llegar al cabo con él que con vos. Mas porque vuestros retos son muchos y la victoria de vencer a uno sería pequeña, que también por desdicha como por esfuerzo él a mí y yo a él podríamos matar, yo reto a tres caballeros, cuales lo aceptaren, que vuestra causa defiendan. Lo cual no digo con soberbia, mas esforzándome en vuestras fealdades y en la gran razón del Rey Nuestro Señor me atrevo a tanto, porque en aquellos tres alguno me mate o venza. Yo, con la ayuda de Dios, mataré o venceré a todos, porque todo el mundo sepa más claro de lo que se sabe que los inocentes padecen la culpa de vuestro pecado.

Pues yo, con la ayuda y esfuerzo de Nuestro Redentor y con la esperanza de la Bienaventurada Nuestra Señora su madre, combatiré a vuestros tres caballeros, a cada uno por sí en un día, a pie o a caballo, con las armas que cada uno de ellos escoja. Y dejando de todos los otros casos feos que contra el Rey y reino habéis cometido, solo éste defiendo y os reto a vos por haber hecho traición al Rey Nuestro Señor y no cumplir la fe que a mí en nombre de Su Alteza disteis, con que afirmáis la verdad y razón mía y la culpa de vuestro yerro. Y con esta mi justa empresa a los vuestros tres caballeros venceré o mataré o echaré del campo. Y si esto —lo que no creo— dejáseis de aceptar, en mis cubiertas y por el reino os traeré feamente pintado. Y porque a mí se me carga culpa de haber librado vuestra persona de tan estrecha prisión sin otras fianzas salvo la de vuestra fe, con este reto y diligencia que hago me disculpo. Y vuestros casos tan feos como en este reino se saben quiero que los sepa el mundo, porque la noble fama así como da gloria a los buenos, así la pública mengua sea en los malos.

XI

Recibido por el Duque de Saboya el cartel de la Poncella, tuvo tan gran pesar, doliéndose de la fama en que era tenido. Y para tomar venganza de la Poncella, con el pensamiento de poderla prender cuando viniese al campo con los tres suyos, buscó en su casa tales personas como para aquel trance entendió que eran menester, y no halló más de dos caballeros que con ella se osasen matar. Y el Rey de Inglaterra, con esperanza de que alguno de aquellos la mataría o, si ella vencía, que el Duque la prendería con un engaño que tenía pensado, según en gran secreto lo escribió; y para esto, el Rey le envió un caballero llamado Antonio de Londres, el hombre más recio de fuerza y de mayor corazón que en todo el reino de Inglaterra había, ni aún en el mundo. En aquel tiempo no había persona en el mundo de tan gran estima tenida.

Éste era gran jugador de hacha, gran luchador y mañoso, y tal hombre que para semejante hecho ninguno que le igualase se podría haber. Y éste, por persona muy aventajada, envió el Rey de Inglaterra al Duque de Saboya, y aquél con los otros dos suyos aceptaron el trance con la Poncella.

Y uno de los del Duque señaló sus armas: a caballo encubertado, con arnés entero, lanza de mano, espada, daga y porra. El del Rey de Inglaterra escogió a pie, armado con arnés entero, sin llevar falda. Y el postrimero quiso ir desarmado y con sola una daga, porque él era hombre de gran corazón y gran jugador de daga; y sabía que si con aquella arma desarmado no la mataba, que en otras maneras desesperado iba el que con ella se mataba, y con la esperanza de poderla así, a dichas iguales, matar, tomó aquel peligro.

Así pues, por cada uno de aquellos tres, señaladas las armas, escribieron cada uno por sí un cartel a la Poncella, satisfaciendo a la honra del Duque y tomando por empresa su justa causa y quejas que del Rey tenía; y por aquella razón, cada uno por sí la combatiría en la manera que señalaban, sosteniendo que ella no decía verdad en el reto y traición que el Duque decía haber hecho, y que la limpieza de su noble persona la defendían, y cada uno la esperaba matar o vencer o echar del campo.

XII

Ella recibió los carteles de aquellos tres caballeros y hasta allí tenía el caso en secreto, pues el Rey no lo sabía, y hubo de decírselo para pedirle licencia, como para tal hecho convenía. Y al Rey le pesó mucho y trabajó con ella para que no se pusiera en aquello, pues de su peligro tanto daño a él y al reino podía venir; y no pudiendo con ella acabar, le echó por rogadores a cuantos grandes tenía en su corte, y al fin ella se hubiera ido del reino si el Rey le quitaba de llegar al cabo lo que emprendido tenía. Y así hubo el Rey de otorgarle, contra su voluntad, la licencia.

Y luego la Poncella, como persona en otras mayores cosas ocupada, dio gran brevedad al fin de este su deseo, y tal fue su gana de traerlo en breves días a cabo, que sin mirar mucho la seguridad del campo se vino a fiar de un hermano del Duque de Saboya, caballero de muy especial fama y tenido por verdadero en aquellos reinos. El cual hizo muy bien todo lo que fue a su cargo, y puso cincuenta de a caballo en el campo y con aquellos prometió dar seguridad en todas partes.

Y el día señalado la Poncella se fue a poner en el campo con los padrinos que de su parte señaló, que fueron tres, para con cada caballero el suyo, como ellos los traían, y con tres reyes de armas que de ambas partes fueron señalados para que al ver el trance estuviesen. La Poncella, como tenía el Rey y el reino a su gobernación, llevó gran costa de viandas y vinos para cuanta gente allí viniese, que fue mucha, desarmada y sin sospechas, cuantos verlo quisieron. Y su persona fue de armas y de otros atavíos muy pomposa. Y después que ella hizo sala a cuantos allí fueron, llegada la hora del trance, se puso a caballo encubertada con las armas que uno de los caballeros señaló. A este llamaban Felipo de Angeos.

Y puestos por los padrinos la Poncella y él en el lugar señalado, aquél era un muy gran caballero de la brida y el primero que tenía el Duque señalado de los de su casa para este trance; y él se vino muy esforzadamente y con buen tiento para ella. Y ella echó la lanza y la espada en el suelo y recibió el encuentro de él en el lado derecho. Y como no llevaba el brazo cogido, prendió en el gocete la lanza del caballero y le hizo tomar un gran revés hasta casi perder la silla y un estribo. Y ella con la porra no pudo darle porque el caballo pasó con gran furia a la otra parte. Y luego el caballero vuelve a ella y quebró su lanza en el pescuezo del caballo y en el arzón delantero. Y allí la Poncella, allegada donde con la porra le pudo coger, le dio tan gran golpe en el almete que, como si un trueno le diera, le hundió la porra de hierro en la cabeza y luego cayó muerto. La cual se apeó y le tomó el almete y la espada y lo dio a un paje suyo. Y luego, sin mudar armas, en aquel mismo arnés que tenía, entró en un palenque que para los que habían de hacer el trance a pie estaba hecho.

Y ella, entrada al circuito, de él salió de un pabellón Antonio de Londres, el hombre más señalado que en el mundo en aquel tiempo se vio. Y él, como la vio, le hizo una gran reverencia, y ella, viéndolo así cortés, le hizo asimismo una baja mesura. Y el caballero no tenía puesta la armadura de cabeza y allí se armó. Y un padrino de la Poncella quiso quitarle el almete para que mejor respirase y ella no quiso sino alzar la vista. Y como vio al caballero aderezado y puesto en son, como hombre sin temor, ambos se van con mesurados pasos y gentil continente. Y la Poncella temió mucho a este caballero, según lo que de su fama decían, porque ella en juego de la hacha no era diestra ni para con él sabía cosa de aquel arte, mas en su fuerza y corazón, más que en maña, se esforzaba.

Y cuando ambos, uno cerca del otro, llegaron, el caballero llegó con una punta en la vista de ella, y luego con otra al faldaje del arnés, y le pasó una pieza y el quijote, y la hirió un poco en la pierna. Y ella dejó la hacha y apretó con él a los brazos y lo tomó en peso y, casi muerto, dio con él de la otra parte del palenque. Y allí, tendido, salió presto tras él y quitóle la armadura de cabeza y, la espada puesta a la garganta, le dijo: “Caballero, ¿seréis contento de que os deje con vida?”. Y él estaba tan aturdido como muerto, y ninguna cosa le pudo responder sino juntar las manos. Y los padrinos y caballeros que allí estaban le pidieron por merced que no le matase. Y ella misma fue en lo de desarmar y llevarlo al pabellón y hacerle piedad con deseo de tornarlo a la vida. El cual en poco espacio volvió en sí y tuvo por gran merced la nobleza que con él había usado.

Y con la muerte del otro caballero y el vencimiento de éste, fue muy requerido el tercero para que no quisiera desesperadamente morir, pues las fuerzas de la Poncella no eran para tener a los hombres, que era más locura que esfuerzo ensayar a uno de vencerla. Mas aquel caballero, de la vergüenza constreñido, quiso antes morir que volver a la casa del Duque su señor con tal mengua, y que con la vida, poniéndola a conocido peligro, cumpliría con él y con su honra. Y se esforzaba mucho porque, siendo el trance con dagas y desarmados, estaba también en la dicha morir ella como él, y que él tenía ventaja en saber el juego de la daga. Y éste, como hombre de esfuerzo, se decía que traía el rostro y gana más que todos, y sufrió más miedo por la muerte y vencimiento de sus compañeros. El cual, estando en el circuito del palenque en un jubón de raso negro, y la Poncella unas caifas de grana atacadas a un ceñidor de brocado ancho sobre la camisa, y sobre aquello, una ropa sin mangas de brocado raso morado, ceñida floja con un cambray, y los brazos fajados, las anchas mangas de la camisa con unas cintas negras.

Yo la he visto en Francia pintada por un maravilloso pintor y, entre las cosas de su historia, todas las maneras de armas con que salió en aquel campo me quedan más en la memoria, y especialmente cuando así, en aquel hábito sin armas, una daga ceñida, la miré. Y a dicho de todos los que la conocieron, ella estaba mucho a lo propio de su rostro y persona como era, tanto que viva parecía. Y aunque salga del propósito en que escribo, bien es que sepáis las verdaderas figuras de su persona. Ella era muy alta de cuerpo, más que otra mujer, y todos los miembros muy recios y bien formados; el rostro más varonil que de dama; los ojos tenía amarillos y bellos y de muy alegre vista, nariz y boca bien puestas en su rostro. Toda ella, junta, parecía muy bien, y los cabellos muy largos y rubios, con los cuales hacía diversos tocados; y en las batallas los traía fuera de las armas, aunque le era bastante peligroso. Y por aquella seña de los suyos era conocida, porque muchas veces los traía sembrados sobre la armadura de cabeza como borla de sombrero. El aire de su andar tenía de gran señor, mas como se miraba con pensamiento de su esfuerzo, más con ojos de ver a Héctor que a dama era de todos mirada, y aunque no más de sola la figura pintada vi, como amazona y no como mujer de este tiempo la miré. Y más que cuantas nacieron famosa me quedó y siempre queda en la memoria.

XIII

Ella, pues, así estando en el hábito que dije, se puso en el campo con el postrero de los tres caballeros, que llamaban Gaspar. Él, sin esperar el concierto de los padrinos, como hombre que ha de tomar una purga y la toma presto por salir de aquella pena, así, muy ligeramente, estando ella descuidada, en un salto se halló junto a ella y le dio por la boca del estómago un fiero golpe, el cual tomó la Poncella en el brazo izquierdo. Y el golpe fue tan súbito, que ella no pudo valerse, y le pasó el brazo todo y lo juntó con la boca del estómago, hiriéndola con toda la punta de la daga. La cual, sintiendo verse tan mal herida, le puso las manos a la garganta y en poco espacio lo ahogó. Y él no tuvo lugar de sacar la daga del brazo que tenía llagado la Poncella, y sin poder darle más golpe, dio entre sus manos el espíritu. Y así ella, con mucha saña, viéndose mortalmente herida, lo lanzó con los brazos bien lejos de sí. Y luego a ella, antes que la daga le sacasen, llegó un cirujano que allí entre aquellas gentes estaba, y la curó mucho a contento de los que bien la querían. Y la punta que entró en el estómago fue poca cosa, y del brazo llegó a tiempo de no perderlo, y con buena cura sanó del todo libre.

Ella, pues, habiendo así muerto y vencido a sus tres caballeros, las trompetas y gritos de sus partidarios llegaban al cielo. Y el hermano del Duque de Saboya fue con ella a ponerla a salvo en una fortaleza del Rey, de donde ella saldría segura. Mas el Duque de Saboya, que le era extrañamente enemigo, tuvo de secreto doscientos de a caballo en un espeso monte que allí había, por donde ella de necesidad había de pasar, y de esto no supo su hermano del Duque que aseguraba el campo. Y como la gente llegó a prender a la Poncella, ella, como venía herida y desarmada, no se puso a la defensa, mas el hermano del Duque y los suyos, como caballeros, se pusieron a defenderla, pero los contrarios eran muchos y ella, como no pudo pelear, hubieron de llevarla presa a poder del Duque de Saboya. El cual estimó tanto tenerla en su poder, como si todo el reino en aquella hora ganara. Y su hermano del Duque de Saboya trabajó como cosa que la vida y la honra le fuera por librarla, diciendo al Duque cosas muy feas como hombre que mucho de su honra se dolía. Y como vio que con el Duque no había remedio, se despidió de él, y con doscientos de a caballo y dos mil peones de su tierra se fue a servir al Rey de Francia y a entregarse en sus manos, hasta que el Duque de Saboya entregase a la Poncella. Y cuando llegó, halló toda la corte y al mismo Rey con luto y barbas por la prisión de la Poncella, que por la muerte del mismo Rey no se hiciera la mitad del sentimiento, grandes y pequeños, como por su prisión. Mas como su herida estaba ya fuera de peligro, más se consolaban, y más con la venida de aquel hermano del Duque y de lo haber hecho tan bien como hombre hidalgo al venir a poder del Rey. Y él mismo en secreto le suplicó que lo tuviese en estrechas prisiones, para que su hermano, doliéndose de él, entregase a la Poncella.

Así pues, estando la corte del Rey y todos los de las ciudades y lugares del reino en gran tristeza por la prisión de la Poncella, los del Rey de Inglaterra estaban muy favorecidos y alegres, y más con la venida del Duque de Borgoña, que ya había entrado muy poderosamente en el reino. Y con aquellas gentes comenzó a hacer grande estrago en todas partes. Y como el Rey se halló sin la Poncella y con poca gente, no osó dar batalla, sino poner en sus ciudades y villas guarniciones, y desde allí trabajaba por defender su reino. Mas el Rey de Inglaterra, con la pujanza grande que del Duque le era llegada, comenzó a poner mayor fuego y crueldad por toda la tierra que al principio cuando a Francia ganó. Y todos los lugares flacos los tomaba por fuerza y los ponía a espada, por haber venganza de los pueblos que contra él se habían levantado. Y así, a muchos temorizando, caballeros y comunidades del reino, parecía que ninguna ciudad se le amparaba, salvo las muy fuertes donde estaban las guarniciones del Rey. Allí se oían los llantos y desventuras de los pueblos y gentes de Francia, llorando la prisión de la Poncella y la desventura de su rey y reino. Y como gente que de tan peligrosa enfermedad había sanado, y de tan alegres como se hallaban por haber salido de la sujeción de los ingleses, volver a recaer de nuevo en su triste desventura, ¡gran lástima era verlos!, porque las dueñas y doncellas sin sus varones era tan gran pasión de ver, como aquella noche triste en que la reina Hécuba vio su ciudad de Troya arder y su rey e hijos y gentes matar y degollar en sus faldas. Por cierto, muy más crueles cosas pasaron en Francia, que no solamente una ciudad fue destruida, sino muchas, y otras villas y lugares de todo el reino fueron quemadas y puestos a espada sus moradores; aquella fue la propia guerra que dicen a fuego y a sangre. Tan crueles pasaron las cosas en aquellos reinos, que las gentes de él, como ya de tantos males desesperadas, deseaban la muerte como medicina de su mejor salud; ni creían que ya de esta segunda caída del rey y reino jamás Francia saldría de manos y poder de sus enemigos. Y por no poder decirse las desventuras de estas gentes, es mejor no decir ninguna, que de tan grandes males hacer tan breve suma, porque no hay lengua que tales crueldades pueda piadosamente contar como las tristes gentes pudieron sufrir. Así pues, por no poder dar cabo a las obras de esta fortuna, me remito a los discretos que de las muy crueles guerras tienen conocimiento, y los otros que así no lo han visto ni sienten, pasen por esto como por males ajenos.

Pues la gente del Rey de Inglaterra, como no halló en el campo quien las entradas del reino le estorbase, con la furia de toda su gente muchos lugares ganó por fuerza y entró sus muros a escala vista con su gran artillería, y en muchas partes en las recias fortalezas puso cerco. Y él, poderoso en sus reales, a banderas tendidas, andaba por muchas partes señoreando y con puro temor acatado y servido de sus propios enemigos. Y cuando el Rey enviaba a socorrer algunas de sus fortalezas, pocas veces socorrió ninguna, antes perdió a veces quince mil combatientes en batallas y encuentros después que la Poncella fue presa. De manera que su causa iba ya tan perdida, que ningún remedio hallaban los pensamientos de las gentes. Mas como su perdición vieron tal que ninguna salud le conocían, tornáronse todos los pueblos a Dios con grandes procesiones y ayunos y penitencias, para que Nuestro Señor sacase a la Poncella de prisiones. La cual, como sanó de las heridas, fue puesta sobre su persona tan gran custodia, que estando en un estrecho aljibe y con gran peso de cadenas y adobes, aun pensaban que se les había de soltar, y siempre gran guarda con ella de gente, de manera que por fuerza ni industria no podían remediarla.

El cual, doliéndose de aquel rey y reino, y oyendo las oraciones de los pecadores y de los niños inocentes, dio al Duque de Saboya una mortal enfermedad y, antes que adoleciese, era de todos los grandes del partido del Rey desafiado y con sus carteles de muchas cosas injuriado, tanto que él estaba ya tan disminuido y corrido, que se hallaba confuso por la prisión. Si en el partido del Rey hallara tal seguridad, él se volvería a su servicio, mas como hombre que había errado, no osaba, aunque ya de las palabras de la Poncella estaba convertido y aficionado y con gana de soltarla. Y como sobre todas las cosas le cargó la enfermedad, y todos los frailes que de su ánima tenían cargo lo apremiaban a que la soltase, y de tantos males como aquel reino padecía se doliese; y pues él era la mayor causa que en gran peligro tenía su ánima, y dejaba muy menguada fama por herencia a sus hijos; y aunque de la parte del Rey de Inglaterra grandes mercedes se le ofrecían para que no la soltase, él se veía tan seguido y menguado y tan cercano de perder vida y ánima, que juró solemnemente, en gran secreto, en manos de su confesor, que si Dios de aquella dolencia le escapase, soltaría a la Poncella, y si muriese, dejarlo mandado a sus hijos para que luego la liberasen. Y así envió a los mensajeros del Rey de Francia con alegre embajada, para que trajesen cómo Su Alteza le diese seguridad de su vida y estado, y que él vendría en persona, si Dios le diese salud, con todas sus gentes y traería a la Poncella, y él y ella se pondrían en sus manos.

Y con estas nuevas fueron tan alegres las gentes de la corte como si Dios viniera con todos los coros de los ángeles a ayudarlos, y todavía las procesiones y abstinencias en los pueblos y religiosos duraban y no cesaban, hasta que Dios a la Poncella libre les sacase. Y luego el Rey soltó a su hermano del Duque de Saboya y le envió por tratador del fin de lo que el Duque quería por su servicio hacer. El cual, en breves días, dio tal conclusión que, por mucho que el Rey de Inglaterra y el Duque de Borgoña le apremiaban para que no la soltase, no fue en su mano tenerla más presa, porque todos los más priores de los monasterios del reino estaban con él y no le dejaban vivir, profetizándole que, si no la soltaba, su ánima, vida y estado estaban perdidos. Al fin, él tomó tales seguridades del Rey y de la Poncella que por aquel servicio su vida y estado serían seguros, y los yerros perdonados, y su honra restituida, y que otra merced nueva no pedía, salvo que así como después le sirviese, así le hiciese mercedes y le honrase. Asentado y capitulado lo que en este negocio el Duque pedía, luego hizo de secreto, antes que los ingleses supiesen su mudanza ni perdiesen la esperanza de él, cómo sus gentes una noche saliesen y se fuesen a donde él estaba, que temía no se los despojasen los ingleses. Y como él tuvo su casa recogida de gentes y caballeros y peonaje lo más honradamente que pudo, y con él veinte mil combatientes, se vino al Rey en andas, porque aún de la dolencia no estaba para poder caminar. Y dio a la Poncella seis caballos de su persona y otras joyas de valor, y así ella entró en la corte con aquellas gentes, en un caballo muy brioso encubertado con paramentos de brocado negro y un arnés de piernas y guarnición de brazos con falda y gocetes de gran precio, un manto corto de raso negro forrado en brocado. A la cual salieron a recibir el Rey con todos los grandes de su corte, con todas las gentes y con los de la ciudad de Torres en Torayna donde el Rey estaba. Y con muchas trompetas y con todos los instrumentos del Rey y de los grandes del reino entró en la ciudad, con un amor y alegría de todos como si Dios mismo pudiera ser de las gentes recibido.

XIV

Y luego, con la venida de la Poncella, el favor y el placer crecieron tanto en la corte y en todo el reino, que con ella sola pensaban, sin otras gentes, volver a ganar lo que del reino habían perdido.
Y como la Poncella llegó a la corte, halló a los enemigos muy señoreados en el campo y oyó las grandes crueldades que cada día habían hecho y hacían; su espíritu, con lágrimas, lo sentía y su ánimo y esfuerzo, que solía tener, se doblaba. Mas como los contrarios eran muchos y muy resguardados por el temor que le tenían, no vio tiempo de andar con poca gente por el campo, porque si solo se andaba en guarniciones, del reino perdido se perdía más, y la guerra sería muy duradera, y sin batalla no le parecía posible echar aquellas gentes y al rey contrario fuera del reino, según ya estaba apoderado.
Y su voluntad fue que con aquellas gentes, aunque eran pocas según las muchas de los contrarios, se les diese batalla. Mas el Rey y todos los grandes lo tenían por locura más que por esfuerzo, porque ella, por mucho que hiciese, no podían pelear cinco contra veinte, y en ninguna manera se lo consentían. Ella se lo suplicó tanto al Rey, poniéndose muchas veces de rodillas, pidiéndoselo como señalada merced, diciendo que ella tenía tan gran confianza en Dios de desbaratarlos y vencerlos. Y como el Rey y los grandes vieron a la Poncella tan deseosa de la batalla, le demandaron cuál razón daba para que aquello que decía se hiciera. Ella decía que ninguna tenía sino la gran justicia del Rey y la lástima del reino, y que las batallas y los vencimientos eran más voluntad de Dios que esfuerzo y muchedumbre de hombres. Y porque en todo no dejase de quedar como milagro, decía que tenía pensado, en la prisión donde estuvo, un secreto engaño de guerra con el cual esperaba mucho en la misericordia de Dios, que Él, que la había sacado de las prisiones, le daría victoria en todo cuanto en aquella empresa comenzase, como hasta allí había hecho.

Y viendo el Rey y los grandes su determinada voluntad, sin tener para ello razón ni camino sino de loca aventura, hubieron de concederle el voto a la Poncella, más esforzándose en Dios y en ella que en sus fuerzas, que para los contrarios eran bien pequeñas. Y luego el Rey mandó juntar sus pueblos de todas partes y rogó a los grandes que con cuantas más gentes pudiesen le ayudasen. Y llamó a todos los caballeros que estaban en sus guarniciones y en pocos días dio gran aderezo para la batalla. Las gentes de todas las partes se juntaron en la ciudad de Torres en Torayna y en sus comarcas, y la Poncella fue requerida por el Rey si debía sacar para aquella batalla el Oriflama, porque esta joya que tiene Francia es la más señalada que tenga rey en el mundo.

Es bien que los que no lo saben lo sepan, que en tiempo de San Luis, rey fiel de Francia, se juntaron en una ermita que llaman Santa Catalina de Fierabuena nueve reyes que de todos los cristianos había en el mundo en aquel tiempo. Y aquellos quisieron saber quién entre todos era más devoto de Nuestra Señora y quién tenía mayor fe cristiana. Y allí estuvieron treinta días en gran ayuno y penitencia en aquella ermita y, al cabo de aquellos días, vino un ángel del cielo y trajo un escudo de un color azul muy subido y celestial, su claridad como de zafiro y más pura que ninguna piedra preciosa; y en aquel escudo, tres flores de lis blancas. Y aquel ángel por su mano lo puso en el lado izquierdo de San Luis, Rey de Francia, y le dijo: “Este Oriflama te envía Nuestra Señora con su divisa del cielo por tu fe y merecimientos, y te promete que a cuantos de ti vinieren por reyes de Francia, podréis un día en vuestra vida vencer una batalla la vez que lo sacareis.”
Y por esta razón quedaron los reyes de Francia hasta hoy señores del Oriflama, de quien muy larga y graciosa historia se podría decir más en su crónica, mas por no salir del propósito lo dejo. Y de allí adelante siempre fueron los reyes de Francia llamados por los Santos Padres en sus cartas: “Al muy cristianísimo, &c.”

Pues al caso tornando, la Poncella deseaba sacar para aquella batalla el Oriflama, mas ya el Rey en su vida lo había sacado en esta misma conquista, y sola aquella batalla se halló que había vencido de muchas que había tenido con sus contrarios antes que la Poncella le ayudase. Pues ella, como supo que ya el Oriflama había cumplido lo que a aquel rey se debía y su virtud no se extendía a más, porque así pudiera con él ganar el mundo, y pues que ya de él no se esperaba aprovechar, no quisieron sacarlo ni quisieron tampoco sacar al Rey a aquella batalla porque era de gran peligro y, aunque la Poncella y todos se perdiesen, que les quedase el rey libre sin ser preso en poder de sus contrarios. Y así fue acordado que el Rey quedase allí en Torres en Torayna donde estaba y la Poncella y los grandes diesen la batalla. Y así se hizo todo como ella ordenó, que el Rey ni otro señor no salía de su mandado y así, por su excelencia, a todos los gobernaba.

XV

Las gentes del Rey reunidas, luego la Poncella, como reina de todos ellos, ordenó sus batallas, tanto de caballería como de infantería, y puso por capitanes a aquellos que conoció más hábiles para la guerra. Y a un caballero llamado de Loyra, de muy notables hechos con su lanza, y con él a otros capitanes en quienes ella confiaba, dio el cargo de las batallas como entendió que mejor convenía. Y a muchos señores grandes hacía ir bajo la obediencia de aquel caballero, por pequeño que fuese, rogándoles que se sirviesen de aceptarlo, porque era lo que más convenía. Y todos, sin mirar a honores ni privilegios, solo miraban el bien y servicio del Rey, y a lo que ella mandaba, más que al mismo mandado del Rey, obedecían.

Así pues, muy poderosa salió al campo, pero aunque llevaba setenta mil combatientes, los contrarios eran ciento cincuenta mil, con los que el Rey de Inglaterra tenía en París cuando el Duque vino. Y como supieron que la Poncella había salido al campo y venía a buscarlos, se maravillaban de su locura y, con gran placer, como mujer perdida y desesperada, la esperaban. Y mandaron juntar todas sus gentes y de algunos lugares levantar campamento. Y los ingleses, ya juntos, vinieron a dos leguas de donde la Poncella estaba. Y la noche antes de que se diese la batalla, tantos eran los ingleses y tan pocos los franceses, que el Rey de Inglaterra, como cosa ya vencida, comenzó a repartir entre todos sus grandes a todos los prisioneros de los contrarios. Y al Duque de Borgoña dio la Poncella, y así a los otros duques y grandes de Francia repartió por los mayores de los suyos, como si ya los tuvieran vencidos, tan cierto lo tenían. Y hecha la merced en el aire, ellos aquella noche, como gente sin cuidado, comenzaron a jugar a los dados, unos con otros, los prisioneros que el Rey les había dado. Y el Duque de Borgoña perdió la Poncella y la ganó el Arzobispo de Lieja, que dicen ser uno de los prelados de más renta del mundo.

Así pues, ellos jugando sus prisioneros y haciendo tan errada cuenta, Dios tenía más cuidado de amparar a la Poncella y remediar las desventuras de aquel reino y, como Señor y Padre que no olvida a los tristes cuando le llaman, fueron de su piedad socorridos en aquella priesa.

XVI

Así pues, mientras los contrarios jugaban, la Poncella velaba y oraba. Con cuidado dispuso ponerse en un lugar de arenales, a la salida de un monte, y allí formó sus batallas. Y antes de que amaneciera, quiso poner en obra el engaño que había pensado. Mandó a todos los peones que venían con su ejército que cada uno cortase un palo del grosor de un brazo, y les dio una muestra de la forma que debían tener. Ya cortados, hizo que cada peón los hincase en aquel arenal, atravesando un valle, con una anchura de un tiro de piedra y dos tiros de ballesta de largo, y que quedaran clavados de modo que llegaran a la altura del pecho de los caballos, inclinados hacia la parte por donde los contrarios habrían de romper sus filas, y con las puntas bien afiladas. Y esto se hizo tan presto y con tanta diligencia, que antes de amanecer ya estaba terminado, a mucho contento de la Poncella, como ella lo había planeado. Además, tenía tal guarda y recaudo en el campo que no fue posible que los contrarios se enterasen de aquel engaño.

Cuando amaneció, la gente de los ingleses, después de haber descansado y jugado como hombres sin temor —pues era razonable que así pensaran, viendo que ellos eran muchos y los de la Poncella pocos, y creyéndolos ya vencidos—, se acercaron con gran triunfo de trompetas, instrumentos y algazara, muy confiados. La Poncella puso detrás de los palos dos escuadrones de caballería, los más ligeros, y delante de los palos colocó dos batallones de peones, para que entre ambos cubriesen los palos. A los lados dispuso las otras tropas, todas detrás de los palos, de modo que sin atravesarlos los contrarios no pudieran romper con sus lanzas. Mandó así a los peones como a los caballeros, que cuando los ingleses los acometiesen fingiesen huir; y con el gran polvo y ceguedad que traerían al intentar alcanzarlos, caerían todos cuantos entraran en aquella trampa. Y que todos los que así escapasen se volviesen por los lados donde ella iría con su estandarte, y así hiciesen como la viesen hacer. Y así les encomendó que se doliesen de su Rey, de su reino y de ellos mismos. Y todos, con ella, como si no tuvieran temor de morir, la siguieron.

XVII

Puestas ya en orden las batallas de uno y otro bando, luego que los ingleses vieron tan poca gente frente a la muchedumbre de la suya, sin ponerse mucho en concierto, lanzaron todas sus tropas con gran furia. Los peones de la Poncella se mantuvieron firmes, como ella les había mandado, hasta cubrirse con los palos y esperar que los contrarios llegasen. Entonces los caballeros franceses empezaron a fingir huida, y los ingleses, cegados por el polvo y la codicia de saquear y hacer prisioneros, se lanzaron de lleno en la trampa de los palos. Y sin que ninguno alcanzase a tocarlos con la mano, caballeros y caballos caían unos sobre otros; los que venían detrás pensaron que aquello era milagro que Dios obraba por la Poncella. Y todos los que no habían entrado en la red, al ver a los suyos caer sin que nadie los tocara, volvieron la espalda y la mayoría huyó.

Las tropas de la Poncella, intactas, se lanzaron tras ellos, matando y haciendo prisioneros. Y de toda aquella muchedumbre de ingleses y borgoñones, las dos terceras partes quedaron en manos de la Poncella: unos presos en el campo, otros atrapados en la red de palos, donde los peones los tomaron a mano. Del campo y de aquella emboscada salieron muertos y capturados noventa mil combatientes, junto con el mayor botín que jamás se vio en batalla entre cristianos. Entre los cautivos se contaron los más grandes prisioneros y de mayor rescate que poseían los reinos de Inglaterra y del Imperio, y del señorío del Duque. Fue casi milagroso que escaparan el Rey y el Duque de Borgoña, pues sus tropas estaban entre las últimas y pudieron salvarse huyendo.

Sin embargo, cayeron prisioneros dos hermanos y tres sobrinos y otros parientes cercanos del Rey de Inglaterra, así como un hermano y un tío del Duque de Borgoña, el Arzobispo de Lieja, el Arzobispo de Colonia, el Duque de Osterín, el Duque de Arens, el Duque de Cleves, el de Olmo, el Conde Varnique, el Conde de Núremberg, el Conde Umbergas, el Obispo de Mainz, el Palatino, gran señor, y otros muchos duques y señores que mi memoria no alcanza a recordar. Basta con decir que jamás, entre cristianos, se escribió en crónica cierta mayor ni más honroso vencimiento, ni cabe en pensamiento de hombres cosa de creer que tan gran multitud se ganase en un solo día.

XVIII

La Poncella hizo tales cosas en aquella batalla con su lanza, que no se hablaba de otra cosa, ni entre los suyos ni entre sus enemigos, que de su modo de pelear. En su cubierta llevaba bordadas unas letras que decían: Ego sum. Así, con este mote, sus cabellos sueltos sobre el casco, salió bien reconocida al combate, de forma que los cronistas escriben cosas increíbles de los duques, grandes y caballeros menores que ella misma prendió y abatió aquel día con su lanza. Y aunque todos, con su favor y ánimo, hicieron hazañas como jamás se vieron, de nadie se hablaba sino de ella, pues la fama de sus gestas no dejaba lugar para alabar a otros caballeros.

Luego, cuando vio a sus enemigos vencidos, mandó a los de a caballo desmontar y, junto a los peones, ponerse de rodillas para dar gracias a Nuestro Señor por la merced de aquella victoria. Con gran diligencia entregó todos los prisioneros a los grandes señores que la acompañaban, rogándoles que llevaran todo el botín entero al Rey, para que Su Alteza lo viera y lo repartiera como dispusiera. Ella se quedó con la gente del Duque de Saboya, junto a su hermano que venía por capitán, pues el Duque, por estar enfermo, se había quedado con el Rey. Con los suyos y los del Duque reunió tres mil caballos y marchó a un castillo llamado Xatelapán, que los ingleses tenían sitiado y en gran aprieto. Llegó con tal presteza, que antes de que supieran de la derrota de la batalla, cayó sobre ellos y los tomó prisioneros y despojó la villa donde estaban alojados. Allí prendió al señor de Meldegín, capitán de aquel cerco, y a otros caballeros de alto rango. Sin detenerse, volvió a donde estaba el Rey, y a dos leguas de la ciudad alcanzó el fardaje con los prisioneros y grandes que aún no habían llegado a rendir reverencia al Rey.

Cuando la Poncella llegó al lugar donde los halló descansando, hubo entre ellos tal alegría por aquel segundo botín, que casi se igualaba a la victoria de la batalla. Y el Rey, al enterarse de tan grande hazaña, no sabía si soñaba o lo veía de verdad. Mandó preparar un carro cubierto de brocado, con gradas altas, tirado por doce caballos blancos con riendas de carmesí y terciopelo negro, cada caballo ricamente guarnecido. Él mismo salió con todas las cruces, arzobispos y prelados de su corte, y ordenó abrir un lienzo de la muralla, según la antigua costumbre romana. Por aquel muro derribado entraron delante los prisioneros, que eran treinta de sangre real y ochenta de alto rango, sin contar muchos otros caballeros de gran linaje. Ellos y todo el botín iban al frente.

Y la Poncella, contra su voluntad, fue puesta en el carro triunfal por orden del Rey y ruego de los grandes. Subió en él con toda su armadura, guarnición de brazos y una túnica de oro bastarda, toda guarnecida de gruesas perlas y pedrería, y todos los pendones ganados en aquella y otras batallas colgaban a los lados del carro. El Rey y el Duque de Saboya la escoltaban en medio, seguidos de los prelados y grandes señores. Detrás del carro, infinitas trompetas, clarines, añafiles, sacabuches, atabales, tambores y otros diversos instrumentos llenaban el aire de música; para recibir a Dios con toda la corte celestial no se hubiera hecho más. La multitud, entre grandes clamores y júbilo, alzó los pendones y banderas, entrando por aquel muro abierto. En aquel recibimiento oí contar cosas tan grandiosas, que el temor de no ser creído me impide relatar las fiestas que durante aquel día y toda la semana se celebraron. Hasta que ella misma, deseosa de ganar más gloria, volvió al campo en busca de sus enemigos.

Los ingleses, al verse derrotados, todos los que escaparon y no pudieron socorrer el castillo de Xatelapán, se refugiaron en Borjas, en Berrí, una muy buena ciudad de Francia. Allí estaban hacía días los ingleses asentados sobre la fortaleza. Y la Poncella marchó a levantar aquel cerco con las mejores tropas del Rey, y el propio Rey de Inglaterra vino en persona a socorrerla. Como la Poncella llegó dos leguas más tarde, los enemigos, avisados de su partida, reforzaron la ciudad, pues era joya de mucho valor. Llegada allí, ella tuvo que tomar la ribera donde estaba la fortaleza, pero el paso estaba bien defendido con artillería y tropa de a pie y a caballo. En la entrada de aquel vado se dio tal sangrienta refriega que, desde antes del amanecer hasta el mediodía, no se pudo cruzar el río, perdiendo en ello muchos hombres y caballos, pues murieron y fueron hechos prisioneros mil de los suyos, además de numerosos peones, viéndose ella misma en gran aprieto.

Para ello tomó en su mano una pequeña bandera de su emblema, pues quien la portaba no se atrevía a cruzar la ribera, y ya habían muerto cuatro abanderados. Con prisa buscó fe en algunos de su mayor confianza para que la siguieran, y a los demás los arengó con palabras de gran piedad y ánimo, apartándolos de la ribera para comer. Mientras tanto, ingleses y franceses, separados por el río, comieron mirándose unos a otros, pues la ribera les servía de frontera. Apenas acabaron, la Poncella, sin pensar en comer, reunió a trescientos caballeros en quienes más confiaba para las afrentas, tomó la bandera en su propia mano y, como era pesada y estorbaba para luchar, la quitó del asta y la ató a una vara ligera de dardo. Así, con su enseña en alto, mandó a todos que se lanzaran tras ella. Con gran acometida se metió en el agua y los ingleses a la defensa; allí se libró tal combate, como si se asaltara una fortaleza, que nunca en todas aquellas guerras hubo cosa tan cruel ni tan bien peleada de ambas partes. Unos luchaban por vengar la derrota sufrida ante tan pocos, y la Poncella y los suyos por ganarse toda la honra, como romanos dispuestos a morir dejando memoria de sí.

En el agua, muchas veces estuvo en tan gran peligro y sufrió trabajo tan increíble, que apenas podría creerse que manos humanas pudieran resistirlo. Jamás la Poncella se halló en trance que tanto esfuerzo y corazón le exigiera, pues ninguno hubo tan recio que no desfalleciera. Esta vez, tras derribar y prender a muchos, se vio en grave aprieto con la enseña que llevaba, pues al llevar sus cabellos sueltos, el mote Ego sum y su estandarte como penacho, todos los ingleses cargaron sobre ella, matándole el caballo. En el ancho río —mayor aún que el Duero— a pie creyó estar perdida por la prisa de sus enemigos. Pero con una lanza corta, como chuza, hizo un cerco a su alrededor como gran maestra de espada de dos manos ante sus discípulos. Cuando sus trescientos caballeros la vieron tan apurada, caída en el agua y defendiéndose tan bien, acudieron a socorrerla, y se encendió tanto la furia entre unos por matarla y otros por salvarla, que al grito de "Apellido de Francia", que es Sant Dionís, todos, grandes y menores, acudieron donde ella combatía.

En aquel estrecho paso se cargaron tantos franceses para socorrerla, que serían ocho mil de a caballo, además de gran infantería. Todos querían sacarla de la ribera y le rogaron que abandonara aquel paso tan peligroso. Pero al ver reunida tal muchedumbre de los suyos, muy esforzada comenzó a cruzar el vado, y ella al frente con su estandarte acometió con tal furia que los ingleses, sin poder resistir, cedieron el paso. Una vez cruzada la ribera, se halló mejor a pie que a caballo, y todos, tras cruzar, entraron en la fortaleza y por esa parte la socorrieron. Aunque los ingleses eran más y estaban refugiados en la ciudad, con la artillería que dejaron en la ribera los franceses les hicieron gran guerra, tanto que el Rey de Inglaterra no se atrevió a quedarse y huyó seis leguas a un castillo que tenía. El Duque de Borgoña, muy caballero, resistió allí grandes temores.

La Poncella, durante los diecisiete días que estuvo acampada en chozas entre la ribera y la fortaleza, con fosos y empalizadas por temor a los enemigos, logró hablar con los principales de la ciudad y concertó con ellos que una noche, a la hora señalada, se alzaran contra los ingleses. El pueblo, siendo grande, pudo ayudarla mucho. Llegada la hora, salió con toda su gente. No pudo hacerse tan secreto que los ingleses no lo supieran, pero al ver al pueblo en armas contra ellos, abandonaron la ciudad, perdiendo muchos de los suyos, y en la prisa por huir muchos más perecieron. Así quedó la Poncella con la mejor y más rica ciudad de Francia, la cual ganó con gran peligro y valor sobrado. Y si cuando fue rogada por los suyos se hubiera retirado y dejado el paso de la ribera, como perdida que estaba, jamás aquella ciudad se hubiera ganado, pues los ingleses se habrían fortalecido de tal forma que ningún paso les hubiera podido abrir brecha, ni habría vado ni otro lugar por donde socorrer la fortaleza. El mismo Rey de Francia vino luego a Borjas, más por ver a la Poncella que por codicia de la ciudad, y quedó atónito de sus hazañas y del esfuerzo de aquella doncella. Y cuando oyó lo que hizo en el paso del vado, no la miraba como a mujer humana, sino como a algo venido del cielo.

XIX

Pero ella, una vez entregada la ciudad al Rey, partió en seguida hacia otras cuatro fortalezas que los ingleses tenían sitiadas. Y cuando supieron que la Poncella se acercaba, abandonaron tres de los reales y se reunieron todos en torno a una fortaleza, la mejor de todas, donde se creían más seguros, pues habían levantado alrededor un cercado de piedra seca que servía de fuerte baluarte.

Ella llegó allí más poderosa aún que cuando salió para Borjas, pues reunió toda la gente que había traído el Rey consigo y sus propias huestes. De noche cayó sobre ellos, y los ingleses se defendieron hasta el amanecer. Como la Poncella había llegado tan rápido, no pudo reunir a tiempo a toda su infantería ni a toda la caballería.

Al verse rodeados por tanta gente, los ingleses propusieron rendir el baluarte a cambio de salvar sus vidas y conservar sus armas y bienes. Pero ella puso por condición que le entregaran preso al capitán que mandaba, el señor de Helín, y ellos prefirieron perderlo todo antes que entregarlo. Así, la Poncella combatió el cortijo por todos lados, lo tomó por la fuerza y con gran esfuerzo, perdiendo ochenta de los suyos, pero sin dejar escapar a un solo inglés ni borgoñón. A todos hizo jurar que no volverían a guerrear en Francia; a los menores los dejó libres y a los caballeros y al capitán los llevó presos ante el Rey.

Pensad cuán grandioso era cada recibimiento que le hacían cuando llegaba de vuelta a la Corte, siempre con nuevas invenciones para honrarla, como mejor podían el Rey y su pueblo. Y cuando se hospedaba en los palacios del Rey, reunía Cortes y celebraba consejo con todos los grandes, para decidir lo que debía hacerse, pues el Rey de Inglaterra y el Duque de Borgoña estaban en París, tan bien provista de gente y artillería que ningún temor sentían.

Ella deseaba ir a sacarlos de allí, porque si perdían París, cabeza del reino, se daría por acabada su estancia en Francia. Pero los grandes y todos los del consejo del Rey opinaban que no debía ponerse cerco sobre París, pues los ingleses eran muchos para mantenerlos sitiados, la ciudad muy grande, y los partidarios del Rey de Francia habían sido expulsados, quedando dentro sólo los del Rey de Inglaterra, fieles a él. No veían modo de cercarlos por completo.

Allí la Poncella dijo que, en todo caso, debían venir todos los grandes y menores del reino, y el Rey en persona debía asentarse con su campamento ante ellos, pues por grande que fuera la ciudad, ella hallaría modo de abrir camino para forzar una puerta o entrada. Como todos los grandes obedecían su palabra, se puso por obra lo que ella pidió, convocando de nuevo a sus casas, ciudades y a todos los que pudieran acudir. Y con sus tiendas marchó el Rey mismo, muy poderoso, pues tras despojar en tantas batallas y en aquel baluarte a tantas gentes, montó a muchos peones y armó a pie y a caballo con armas de los enemigos, de modo que esta vez reunió cerca de cien mil combatientes bien equipados, tanto que ya parecía Rey de Francia de pleno derecho.

Con todas sus artillerías y tiendas, él y los suyos iban poderosos y alegres. La Poncella, por su parte, llevaba tres mil de a caballo y peones buscando nuevas hazañas mientras el Rey avanzaba con paso firme hacia París. Ella llegó primero a las guarniciones inglesas de la comarca y tomó dos lugares por asalto de noche: el primero lo despojó por entero y el segundo se rindió sin pelear, huyendo a la ciudad y dejando libre la villa de Tampaz. Pero estuvo a punto de perderse, pues al saber que venía delante con sus huestes, salieron todos los ingleses de la ciudad, la hicieron retroceder combatiendo hasta que la obligaron a replegarse a la tropa del Rey. Allí se trabaron escaramuzas y peleando hicieron que los ingleses se encerraran en la ciudad. Enseguida se asentó el real ante París.

Pero como el pueblo era numeroso y dentro había unos cuarenta mil combatientes ingleses, sin contar los habitantes, no se atrevieron a poner el real más que por una parte, pues París son dos ciudades unidas, divididas por una gruesa ribera llamada Sena. Sobre ella pasan, por un puente de gran costa, dos calles que enlazan ambas ciudades. Por esa ribera no se atrevieron los franceses a pasar para poner otro real en la otra orilla. Y aunque la ciudad no era muy fuerte ni tenía murallas altas, su tamaño y la muchedumbre la hacían segura.

La intención de la Poncella era mantener allí recogidos a los ingleses mientras ella andaba por el campo ganando muchas villas, ciudades y fortalezas que los ingleses tenían aún. Así, partió hacia el Delfinado con quince mil combatientes, ganó nueve villas, seis fortalezas y dos ciudades en sólo tres semanas; y antes de dos meses señoreó todo el Delfinado, que es el Principado de Francia, trayéndolo de nuevo a la Corona y desbaratando una y otra vez guarniciones, ejércitos y encuentros, que si se contaran todas sus hazañas al detalle, sería mayor mi trabajo que su gloria. Y es muy cierto que pocas villas y fortalezas tomó sin sutileza o sin trabajo grande, pues los ingleses son más difíciles de vencer que otras naciones, pues osan morir sin temor.

Ganado el Delfinado, los ingleses no se atrevían a salir de París y la dejaban tomar fácilmente lo que ellos con tanto esfuerzo y tantos años habían ganado. En este tiempo, un real del Rey pasó cerca de la ribera y se dividió en dos partes; los ingleses salieron, prendieron fuego a una de ellas y la saquearon antes de que pudiera ser socorrida por la otra. Muchas veces, desde la ciudad, causaron grandes daños a los franceses. Pero aunque París no podía mantenerse totalmente cercada, daba gran provecho a la Poncella tener allí seguros a los ingleses, sin que les llegara socorro desde Inglaterra para ayudar a los suyos.

XX

Así, llegando el invierno, el Rey hubo de retirarse por necesidad y se puso en guarniciones cercanas a la ciudad. Los ingleses no se atrevían a abandonarla por ser la cabeza del reino. Pero la Poncella se fue hacia la otra costa del mar, a la parte de La Rochela, que es una de las mayores joyas de aquel reino, el mejor puerto y la ciudad más rica, que pertenecía a la Reina; y por su ruego y mandato, la Poncella tuvo que ir a conquistarla. Esta ciudad era muy fuerte: los ingleses habían estado dos años sitiándola por mar y tierra para tomarla.

Cuando la Poncella vio aquella ciudad tan bien defendida, entendió que no había modo de ganarla por tierra, pues el muro era altísimo y almenado con la mejor cerca del mundo. Entonces la Poncella escribió al Rey don Juan, de gloriosa memoria, y le envió por su cuenta, sin pasar por el Rey de Francia, a sus embajadores, pidiéndole, por la alianza y hermandad que tenía con el Rey de Francia, que mandase algunas naos de su armada de los reinos de Castilla.

Los embajadores de la Poncella hallaron al Rey don Juan en Valladolid, en el año de mil cuatrocientos treinta y seis, en el gran privanza de don Álvaro de Luna, Maestre de Santiago. Y cuando los embajadores llegaron a la Corte, fueron recibidos con grandes honores. El Maestre de Santiago, como hombre muy aficionado a las personas de alto esfuerzo, se sintió muy inclinado a las grandes hazañas de la Poncella. Enseguida instó al Rey para que enviara una flota tal, que el Rey de Francia y la Poncella quedaran bien socorridos.

Así el Rey y el Maestre, que entonces gobernaba el reino, mandaron armar en la costa del mar, en Vizcaya, en Guipúzcoa y en otros lugares, treinta y cinco naos y quince carabelas, que sumaron en total cincuenta fustas, con gente de gran valía, pertrechos y armas bien dispuestas. En breves días todo estuvo listo y los embajadores de Francia llevaron alegre respuesta de su embajada. Por toda la Corte mostraban la firma de la Poncella, y el Maestre la enseñaba a los grandes de este reino como si aquella letra viniera del cielo, pues su fama, no sólo en Francia, sino por todo el mundo, era tenida en mayor honra que la de ningún emperador ni príncipe.

Y porque las cosas de su crónica no han tenido tiempo de salir por el mundo en diversas lenguas, como las historias de Troya y de Roma, sus hazañas no son conocidas de todos; pero más cercana a la fama que ninguno de los antiguos, en su triunfo será ella puesta, cuando su crónica auténtica salga y se extienda por todas las partes del mundo.

XXI

Ella, pues, cuando supo que la embajada había tenido éxito y que la flota de nuestro reino llegaba ya a aquellas costas, formó también la mayor armada que pudo reunir en toda la región y salió al mar a esperar la flota de Castilla. Y mientras la flota llegaba, ya tenía ganada por mar y tierra toda aquella provincia y costa, salvo La Rochela, que era la cabeza y fuerza del reino por la parte del mar. Allí los ingleses tenían grandes provisiones y no temían ataque alguno, ni por mar ni por tierra, por muy poderosa que fuera la fuerza que se les viniese encima; pues cuando el Rey de Inglaterra y el Duque entraron en Francia, vinieron sobre La Rochela con ciento cincuenta mil combatientes y una armada muy fuerte, y no la habrían ganado de no ser por el hambre, cortándole todo paso por mar y tierra durante dos años seguidos, sin que nadie pudiera entrar ni salir.

Pero la Poncella no tenía tales fuerzas, pues el Rey estaba aún en guarniciones cercanas a París. La Rochela es una ciudad tan bien trazada que parece que no la hicieron manos humanas: por la parte de tierra tiene el muro más hermoso y fuerte del mundo, que llega hasta la mar por un lado y por el otro. Con ingenio metieron el puerto dentro de la ciudad por un brazo de mar que rodea la muralla hasta desembocar en la anchura de un río de piedra y ladrillo. A cada lado del agua hay dos grandes torres, y entre ellas pasa un brazo de mar muy hondo; ese paso es la fortaleza misma. Tiene un puente levadizo y dos gruesas cadenas de hierro que se tensan de una torre a otra. Para que entren los barcos en el puerto, que está dentro de la ciudad, bajan las cadenas; pero si están levantadas, cualquier nave, por fuerte que sea, queda destruida contra ellas.

La Poncella ya había intentado con algunas naves grandes y robustas de Francia romper las cadenas, pero quedaban hechas pedazos y perecían barcos y hombres. Cuando llegó la flota de Castilla, ella había mandado hacer unas sierras enormes y un aro de hierro para colocar en la proa de una nao, clavándolas bien fuerte. Escogió la nao mayor y más nueva de todas las que llegaron de Castilla, queriendo dar con ello honor al Rey don Juan, pues también él había enviado tan buena ayuda. Puso la nave en seco en tierra y la reforzó, clavándole en su castillo de proa aquellas sierras sobre planchas de hierro, de modo que toda la delantera quedó ceñida y firme como un gran cofre flamenco reforzado con barras de hierro.

Esperó un viento favorable y se mantuvo con toda su flota cerca de La Rochela. Un día, cuando el viento sopló a su favor, izaron velas y la nao reforzada, donde ella misma embarcó —contra la voluntad de los franceses, por el gran peligro que corría—, avanzó la primera. Los castellanos no permitieron que ningún francés subiera a bordo con ella, diciendo que, yendo en su nave, querían que la gloria de la victoria fuese de Castilla, o perderse todos con ella. Por ello, la flota de Francia y la de Castilla llegaron a pelear entre sí, lanzándose unos contra otros muchos tiros de pólvora.

Entonces la Poncella saltó armada a un batel y fue a los principales capitanes de la flota, los hizo llamar a una nao y, cuando todos estuvieron reunidos, los arrestó. Mandó echar al mar a cuatro de los principales cabecillas y mandó ahorcar a treinta de los más culpables de las cuerdas y vergas de sus naos; así los tuvo colgados todo aquel día a la vista de su flota y de los ingleses, que la temían como a Dios y como al diablo. Hecha esta justicia, obligó a los franceses a pedir perdón a los castellanos, y aquella noche invitó a cenar a los principales. Pero por causa de aquella discordia entre ambas flotas se perdió la ocasión de conquistar la ciudad aquel día, y el viento cambió, tardando quince días en soplar de nuevo el viento que ella necesitaba para entrar en el estrecho de las torres.

Cuando el Rey de Inglaterra y el Duque supieron que el Rey de Castilla enviaba armada contra ellos, hicieron preparar sus flotas para socorrer La Rochela, pues temían que la Poncella, con sus sierras, rompiera la fuerza de las cadenas. Salieron del puerto de Flandes, de la esclusa, cien carracas genovesas con otras muchas naos y hulcas que allí estaban, y desde Inglaterra vinieron asimismo con gran poderío al socorro de La Rochela. La Poncella no tenía una armada tan grande ni tan bien provista como la de los contrarios, pero el Rey le envió más gente y, aunque su flota no pasaba de cien fustas, la de los ingleses y borgoñones sumaba trescientos cincuenta navíos, pues el Duque tomó cuantos barcos de mercaderes encontró en Flandes. Viéndose perdida, la Poncella dudó mucho si abandonar la flota, pero prefirió el peligro de una derrota antes que una deshonra cierta.

XXII

Entonces ideó una nueva estrategia de combate naval, como jamás se había visto antes ni se ha vuelto a hacer después. Mandó colocar cada una de las mayores naos entre dos carabelas pequeñas, amarradas a ambos costados con gruesas maromas, y la gente de las carabelas debía subir a la gran nao cuando se diera la orden.

Para quienes nunca han visto la mar, explicaré mejor esta invención, pues bien lo merece: era como una fortaleza con una gran torre, y las carabelas eran las barreras bajas. Los franceses dejaban entrar a los enemigos por esas barreras, y desde la torre de homenaje —la gran nao— los lanzaban fuera de nuevo. En las fustas pequeñas, los ingleses no podían resistir, porque toda la batalla naval consiste en abordar una nave enemiga, y siempre la mayor domina a la menor. Pero con aquel ingenioso ardid, aunque alguna carraca inglesa se acercase, no podía abordar directamente las naos mayores de Francia y Castilla sin primero conquistar las pequeñas que traían a cada costado.

Cuando la flota inglesa llegó y vio todas las grandes naves rodeadas por barcos pequeños, se maravillaron de tan sutil invención, pues sabían que abordarlas sería un grave riesgo. Al acercarse sus carracas y grandes naos, primero debían hacerse con los barcos pequeños, donde enseguida morían o eran vencidos, pues desde las naos mayores les disparaban saetas, barras de hierro y pólvora, dejándoles muchos muertos y obligándoles a retirarse. Así pasaron todo aquel día y noche sin poder tomar ni una sola nao de los franceses, salvo dos, que se soltaron de sus barcas de apoyo por la fuerza de la mar y del combate.

Aquel día se levantó un viento casi de tormenta, por lo que ingleses y franceses tuvieron que abandonar la batalla. La Poncella se retiró a quince leguas de La Rochela, mientras los ingleses se refugiaron en el puerto y lo reforzaron, pues la mayoría de sus barcos eran mercantes tomados a la fuerza para ese socorro urgente. Pusieron entonces otras tres cadenas aún más recias a las torres de la entrada de La Rochela, tan fuertes que creían imposible que ninguna nave pudiera romperlas. Sin embargo, se marcharon dejando más de dos mil trescientos muertos en los navíos pequeños, mientras los franceses apenas perdieron doscientos, pues dominaban la altura y desde allí combatían. Allí fue herida la Poncella en el rostro por una flecha, dejándole una pequeña señal que luego sería motivo para pintarla.

Hecho este prodigio en la mar, cuando vio que el viento soplaba a su favor para entrar en La Rochela, partió con toda su flota, con sus hombres y su poder. Subió de nuevo a la gran nao castellana, reforzada con sierras, igual que la vez anterior, contra la voluntad de los franceses, que preferían que la honra fuera para una nave suya. Pero los vizcaínos y guipuzcoanos insistieron en que ningún francés subiría, pues querían servirla y ayudarla ellos mismos, ya que era su nave la que partía a la conquista.

Llegaron a media legua de las torres de La Rochela, y la Poncella mandó desplegar todas las velas que una nao puede resistir. Como el viento era en popa y las velas muchas, la nave avanzó como una saeta. Ya no había más remedio que morir o romper las cadenas. Y así, la gran nao entró, y fue la cosa más magnífica de ver: con la velocidad y fuerza del viento, dio con las sierras en las cadenas, haciéndolas pedazos. Al quebrarse, golpearon con tal fuerza una de las torres que parte de ella se vino abajo. La nao, destrozada por el impacto, empezó a abrirse, pero alcanzó a entrar en el puerto y toda la flota entró tras ella. Antes de que se hundiera, la tripulación se salvó.

Los ingleses que guardaban la ciudad, al ver la flota dentro, no pudieron huir, pues por tierra estaba la caballería de la Poncella y del Rey. Entrando la ciudad por mar, todos los enemigos fueron tomados sin apenas resistencia: nadie escapó con vida salvo el adalid y algunos que se refugiaron en las torres. La mayoría de los ingleses fueron muertos y pasados a espada, como era costumbre de la Poncella cuando tomaba un lugar por la fuerza, y nunca fue tan dura como en La Rochela, que tanto esfuerzo y costa le había costado más que cualquier otra ciudad.

Cuando el Rey supo de la toma de La Rochela y de lo que había sucedido en la flota, y de las ingeniosas estrategias de la Poncella, quiso colmarla de honores, sintiendo incluso que darle todo el reino no bastaba para recompensarla. Solo le pesaba que no se hubiera entrado la ciudad con una nao de Francia. Pero aún hoy se recuerda en Castilla la gloria de aquella nave que rompió las cadenas.

Sabiendo de aquella gran victoria y de la conquista de la mejor joya del reino, el Rey envió enseguida a la Reina para tomar posesión de la ciudad que tanto deseaba. La Poncella, cumplido su servicio, partió de inmediato a otros lugares donde había gran necesidad de su ayuda. Cuando la Reina entró en La Rochela, rindió grandes honores a la Poncella, pues aún no creía verse señora de la ciudad que tanto había deseado.

XXIII

Entonces la Poncella tomó licencia de la Reina y se marchó por toda Francia con las tropas de caballería y de infantería que había reunido en la conquista de La Rochela. El rumor de cómo había pasado a espada a todos los ingleses que tomó allí hizo tal efecto, que las demás villas y ciudades la temían tanto que, apenas la veían señorear el campo, se rendían sin esperar a sufrir castigo alguno.

En siete meses ganó todo aquel territorio desde París hasta La Rochela, y en once meses avanzó desde La Rochela hasta Tolosa, cubriendo más de cien leguas, en cuyo trayecto conquistó doce ciudades, treinta villas y cuarenta fortalezas. Con los treinta y cinco mil combatientes que sacó de La Rochela, y los muchos otros que se le unieron por el camino, llegó a poner cerco, en un solo día, a catorce fortalezas.

Antes de cumplirse el año ya había ganado toda la tierra hasta la ciudad de Tolosa. Tomarla le costó cinco meses y cuatro días de asedio continuo, y en ello desplegó industrias y trabajos aún mayores que en La Rochela. Porque, si se pudiera escribir dignamente para Dios todo lo que hizo en cada ciudad y fortaleza, haría falta tanta destreza para contarlo como la que tuvieron sus manos para pelear.

XXIV

Ganado ya todo el reino desde Tolosa hasta París —que dista más de ciento ochenta leguas—, el Rey envió con gran urgencia a llamar a la Poncella, pues los ingleses desde París le hacían gran guerra y estaban en la ciudad bien fortificados y poderosos. Ella, dejando ya la mayor parte de Francia vuelta a la Corona, llegó a la Corte del Rey, donde se le hizo la más grande recepción que jamás había tenido. Y después de grandes festejos, justas y torneos en su honor, dejaron las fiestas a un lado para tomar consejo sobre cómo se ganaría París, pues allí estaba el fin de su victoria.

Con las tropas que traía y todas las que en el reino pudieron reunir los grandes, la Poncella fue a poner cerco a París. Como no era posible cercarla con dos reales —porque el río la divide y los ingleses eran muchos y el pueblo muy grande—, decidió pasar el real al otro lado de París, hacia Flandes, pues de allí en adelante estaba todo en poder de los ingleses y la ciudad bien abastecida. Al situarse el real en aquella parte, faltaba el suministro de víveres, ya que del lado de Francia quedaron tres fortalezas guarnecidas por los suyos, muy cercanas a la ciudad. Así la pusieron en gran estrechez y, como la gente dentro era mucha, perecían de hambre. París estuvo un año cercada.

El Duque de Borgoña, viendo la ciudad tan apurada, salió en secreto y fue a su tierra para reunir parientes y amigos. Pero como en batallas anteriores muchos habían muerto o estaban presos, no halló remedio como deseaba. Porque, como siempre sucede, pocos ayudan en la adversidad a quien todos acompañan en la prosperidad. Y como el Duque no pudo juntar refuerzos con la premura que París requería, antes de que su socorro llegara —tras casi un año de cerco— se vivieron allí hazañas mayores que en Troya, si la verdad de una y otra conquista se contara.

Dentro de París había veinticinco mil estudiantes, los cuales, atrapados dentro cuando se cerró el cerco, perecían de hambre. Por pura necesidad, siendo de diversos reinos y sin honra ni provecho en estas guerras, no quisieron resistir como los ingleses, a quienes tanto servían. La Universidad de París confió a cuatro doctores la decisión de lo que todos debían seguir. Estos, en secreto, acordaron con la Poncella entregar una puerta de París, pues casi todos los principales del Estudio la custodiaban.

Así fue acordado: el Estudio entero se armó, y las tropas del real acudieron a la puerta. Al Rey de Inglaterra no le quedó más remedio que salir al campo con toda la caballería que pudo reunir, dejando perdido todo el peonaje y los más ricos pertrechos que jamás príncipe alguno tuvo juntos. De los ciento cincuenta mil combatientes con que vino a conquistar Francia, no salió de ella con más de diez mil; y él mismo se salvó de milagro, pues los franceses, ocupados en saquear París, no supieron asegurar su captura. Con la poca gente que pudo sacar, la Poncella lo persiguió, y por poco lo alcanza, pues le arrebató dos mil jinetes despojados y sus principales quedaron presos. No quiso ir más allá porque el Duque de Borgoña ya venía con refuerzos.

Así, con la mayor afrenta del mundo, salió el Rey de Inglaterra de Francia. Tan menguado y desfavorecido quedó, que no solo perdió toda esperanza de recuperar alguna parte en Francia, sino que temió incluso perder su propio reino de Inglaterra, tal era el temor que le tenía a la Poncella. Sin osar detenerse en ninguna fortaleza ni ciudad que había desde allí hasta Flandes —que estaba de su parte—, huyó a toda prisa, recorriendo sesenta leguas de noche y de día, siempre temiendo que la Poncella lo siguiera. El miedo a la muerte o a la prisión lo obligó a abandonar Francia, recibiendo la mayor vergüenza que jamás príncipe alguno sufrió.

Hubo grandes discusiones en la Corte del Rey sobre si debían pasar a Flandes e Inglaterra a perseguirlo, quemando y destruyendo sus tierras como ellos lo habían hecho en Francia; pero otros opinaban que, en aquel momento, era mejor contentarse con tan grandes victorias y dejar a Francia descansar de tantas guerras y males pasados. Y estando el Rey en París en consejo con todos los grandes, el Duque de Bretaña tomó la palabra para oponerse a la invasión de Flandes:

XXV

“Ni el gran trabajo de las armas ni la flaqueza de ánimo me apartan, altísimo y poderosísimo Señor, de ser uno de los que más desean seguir y vengar a nuestros enemigos. Pero, como el bien común de estos reinos debe mirarse más que el ímpetu de nuestra enemistad, es justo que Vuestra Alteza escuche los daños y provechos para saber bien lo que debe seguir. Y las grandes decisiones, tomadas con consejo, aunque la fortuna las vuelva al revés de como los hombres las piensan, dan a Vuestra Alteza mayor descargo: mejor es errar con buen consejo que acertar sin haberlo escuchado de vuestros más fieles.

Pues yo, apoyado en la lealtad que Vuestra Alteza ha visto con la que he servido en esta guerra, digo que, aunque en algo yerre, no se me culpará de mala intención. Vuestra Alteza sabe que, tras veintitrés años de guerra tan cruel y continua en estos reinos, no solo Francia —que es pequeña parte de la grandeza del mundo—, sino todo el universo estaría pobre y cansado. Y las comunidades y pueblos de este reino, por la enemistad cruel de los enemigos, no solo se han puesto a pelear, sino a gastar, que es lo que de peor gana hacen las gentes pobres; pero, con la esperanza de verse libres, sus pequeñas fuerzas se han hecho grandes y, con haciendas y vidas, se han puesto en las mayores afrentas y peligros que jamás vieron súbditos de rey alguno.

Quien fuerza a los pueblos a más de lo que ellos de buena gana hacen, convierte a los vasallos en enemigos y se pierde su afecto con la carga que ya no pueden soportar. Y la necesidad es tan grande que no hay tesoro ni ánimo que aguante tanta desventura. Si estando tan debilitados quisiéramos ponerlos de nuevo en mayor fatiga, no habría fuerza ni paciencia que lo sufriese.

Los reyes que salen a conquistar tierras ajenas deben hacerlo cuando los suyos estén cansados de paz, ricos y sobrados de bienes, buscando la guerra por deseo de gloria. Pero en tiempos de tanta pobreza, ¿quién busca sino el remedio que sane? Y ese remedio es dejar descansar algunos años de fatigas tan trabajosas. El rey, que de su reino no tenía más que un lugar y aun éste sitiado, conténtese ahora con hallarse pacífico rey de Francia, y no tiente a la Fortuna para que los días claros de hoy no se tornen mañana en tristes nublados. Ninguno hubo tan dichoso con la Fortuna que le concediera largos años de ventura. Y si, por nuestra humana pasión, la codicia nunca da contento, mayor será la hazaña vencer nuestra propia pasión que derrotar la huida de nuestros enemigos.

Y aunque quisiéramos seguir y la codicia de reinar más no se canse, ¿dónde están los tesoros para soportar en tierras extrañas tan grandes gastos? ¿Dónde la gente que con tal ánimo pelee fuera de sus casas como la que defiende la suya? Si el Rey de Inglaterra y el Duque perdieron Francia por ser extranjeros en ella, defenderán la suya, pues los naturales siempre defienden mejor que atacan. Y aunque los ingleses y borgoñones fueran muchos cuando conquistaron Francia, no lo hubieran logrado si muchos duques y condes, vuestros naturales, no les hubieran ayudado. El pariente o vasallo destruye cuando se vuelve enemigo; el adversario extranjero, antes de conocer la tierra, se pierde en ella.

Si esta Francia se ganó y os puso, Señor, en la necesidad pasada, más que los extranjeros la ganaron los vuestros. Mas para conquistar Inglaterra no tenemos allí valedores que nos acojan en sus villas y fortalezas. Se necesitan muchas tropas para conquistar, y pocas para defender. Es gran falta comenzar empresas y dejarlas mal acabadas, y salir con honra de vuestros reinos y volver a ellos con mengua y necesidad. ¡Oh, si bien se mirase! ¿Cuánta gente, cuántos tesoros, cuántos parientes dejaron el Rey de Inglaterra y el Duque en Francia? Y dar a las empresas comenzadas tan menguado fin, sería mejor no haber nacido. La guerra tiene fáciles comienzos y salidas peligrosas; y más que de buen consejo, tesoros o esfuerzo, las victorias dependen de Dios y de la Fortuna. Cada cual mire bien los comienzos, porque los fines, cualesquiera que Fortuna dé, se han de recibir con paciencia.

Pues por maravilla de Dios y esfuerzo de la Poncella habéis, Señor, con tanta honra y venganza, recuperado este reino tan perdido, descansad de los trabajos pasados, dad reposo a tan grandes males, para que con la paz el reino y la gente —que están muertos— revivan.”

Muchos eran de la opinión y consejo del Duque de Bretaña, pero otros pensaban lo contrario. Y quien más sostenía que se pasase a Flandes era la Poncella, pues con ansia de ganar honra, era enemiga de la paz. Y así, contra las razones del Duque, comenzó a decir:

XXVI

«Gran descanso es seguir consejo ajeno y no cargar con dos cuidados: uno, el de guerrear; otro, que salgan bien las cosas que se me encomiendan. Pero como mi condición se inclina más al trabajo y al riesgo para servir mejor, que a la vida quieta de paz, aunque veo discreto y sensato el consejo del señor Duque, lo contradigo por no dar a la vida días muertos, sin memoria, y porque, mientras la Fortuna nos sea favorable, no la volvamos contraria por nuestra tibieza. Y pues Dios no se cansa de hacernos merced, no nos cansemos nosotros de recibirla. Los reveses de Fortuna con que el Duque nos amenaza no nos hagan cobardes antes de venir. Mayor flaqueza es dejar las cosas por miedo que afrontarlas y, si falta la ventura, culparla a ella y no a la debilidad de nuestras manos.

Si nos dicen que la gente de este reino está gastada, es natural cosa que los ricos sean cobardes y los pobres valientes; y si están cansados, la guerra a quien la usa más da vicio que fatiga. Si nos faltaren tesoros, los reinos de Inglaterra y los señoríos del Duque son muy ricos, y con la riqueza de nuestros enemigos remediaremos la necesidad de nuestros amigos: la codicia de bienes ajenos hace olvidar el peligro de la vida.

Recuerdo haber leído que, cuando Alejandro Magno vio que sus soldados, ricos por los tesoros conquistados, se hicieron cobardes y no querían avanzar, mandó reunir todo aquel oro y joyas en un gran montón y les prendió fuego. Después les dijo: “¡Malditas riquezas, que dan causa de perder valientes! Os quiero pobres y esforzados antes que ricos y cobardes. Ahora volved a ganar, y la necesidad os devolverá el corazón perdido.” Así, poderosísimo Señor, es gran ventaja pelear con un ejército pobre contra un reino rico, pues la necesidad y la codicia mueven más en batalla que solo buscar honra. El escudero y el peón pobres, por codicia de botín, se vuelven valientes.

Dice el Duque: ‘Las cosas deben mirarse bien antes de comenzarlas’, y que al recobrar Francia hemos tenido gran ventura. Si Escipión se hubiera contentado con las victorias de España, no habría llevado la guerra a Cartago ni expulsado a Aníbal de Italia, sino que en su propia tierra lo venció. Si el Duque Godofredo de Bouillon se hubiera contentado con sus señoríos de Baja Alemania, no habría ganado las victorias de ultramar. Si Alejandro y Julio César se hubieran conformado con vencer a sus enemigos inmediatos, no tendrían hoy la gloria de haber dominado el mundo. Así también muchos gloriosos, de quienes tomo ejemplo: si hubieran mirado mucho las cosas de adelante, se habrían muerto sin las honras que alcanzaron. Los trabajos en los grandes no se piensan, se hacen. El consejo muy mirado solo trae mil dudas cobardes. Las afrentas se vencen acometiendo, no dudando. Nunca hay que dar reposo ni descanso, sino buscar la muerte de quien planea la nuestra.

Aníbal, después de su gran victoria en la batalla de Cannas, si hubiera ido sobre Roma la habría vencido del todo. Quien flojamente persigue a su enemigo, él mismo se hace la guerra. Acometer y buscar es vencer; quedarse quieto es temer, y lo contrario es dar ánimo al contrario. Mejor es seguir y destruir al enemigo en su tierra que esperarlo mientras devasta la nuestra. Cuanto más lejos estén guerras y pestes del reino, más sanos vivirán sus moradores.

Si los historiadores escriben que los ingleses entraron en Francia, escriban también que los franceses entraron en Inglaterra. Así pues, excelentísimo Señor, los días de nuestra buena fortuna no descansen, pues su naturaleza es ser enemiga de quienes la retienen quieta, y no deja con caída liviana a quien favorece con poca gloria. Y pues los enemigos van cayendo, la prisa de sus males no se detenga, que tras la tormenta viene la calma. Quien buen tiempo espera nunca lo alcanza; quien mucho mira los inconvenientes, no avanza. Honroso es morir vengando al enemigo; más daño nos hacen las cosas que tememos que las que en verdad nos hieren. Muchas veces teme el hombre cosas que después le pesa haber temido tanto. Buscar a los contrarios y vencerlos es mayor gloria y venganza que solo reinar. Y estos pueblos, como han aprendido a sufrir, bien es que aprendan a ofender. En tierras ajenas se gana la fama, pues en la suya ninguno pudo crecer mucho. Siga, pues, Vuestra Alteza las empresas altas, pues a los grandes les corresponden cosas grandes, no bajas.»

XXVII

«¿Quién será aquel que, en la caída de los príncipes, sea mayor ejemplo de la Fortuna que yo? Y si se escriben historias antiguas de tantos que gobernaron el mundo, más fe se puede dar a lo que vemos que a lo que oímos. En los tiempos de hoy, nadie tuvo mayor grandeza que la mía: reinos tan grandes y tan armados como los de Francia, ganarlos y dominarlos por la fuerza; ninguno conozco que se haya puesto a más peligros ni mayores. Y viéndome así, siendo rey tan poderoso, el mayor que había en el mundo poblado, verme ahora tan caído en la Fortuna, no puedo, aunque quiera, esforzarme para soportarlo.

Y de mis grandes pérdidas, vos, Duque, no podéis tener igual compañía, porque vos habéis dado la mayor venganza que príncipe alguno dio jamás por la muerte de su padre: por uno solo, han muerto en Francia más de ciento cincuenta mil hombres, y todo aquel reino ha sido quemado y destruido. ¡Bienaventurada muerte la de vuestro padre, que para siempre deja tan memorable castigo y escarmiento! Yo daría por bien morir si pudiera esperar de mis enemigos una venganza como la vuestra.

Pero yo, que sin necesidad vivía en tan honrado reino, en tanta riqueza y felicidad, ¿qué amistad o qué codicia me quitó el verdadero juicio para emprender empresa tan grande, cuya caída era más cierta —como hoy veo— que la prosperidad? La pasión de vuestra afición y la compasión por la muerte de vuestro padre no me dejaron mirar lo que vendría después. Y los consejos de quienes lealmente me avisaban los tuve por cobardes y de poco ánimo, y por mi mal los desoí. De tantos peligros, de tantas muertes de mis parientes, de tantos tesoros perdidos, de tantos cuidados, angustias y trabajos estaría libre ahora.

¡Oh, qué muerte es vivir siendo entre los mayores príncipes el mayor y verme ahora en la peor fortuna que ninguno que viva en el mundo! Porque mi pequeño reino de Inglaterra, tal como lo tengo de gentes y riquezas perdido, al volver a él sus ricos palacios no serán alegría para mí, sino mi sepultura; y todos los grandes, prelados y nobles, y los que con tanta honra y pujanza de Inglaterra me vieron salir, ¡con cuánta vergüenza y deshonor me verán volver! Más me parecerán funerales de un rey muerto que fiestas de recibimiento real, y no solo no podré soportarlo, sino ni siquiera pensarlo.

¿Y quién que se vio rey pacífico de Francia pensaría ser vencido y desposeído por una mujer de las salvajes montañas? Lo veo y no lo puedo creer. Y gran dolor siento que unas manos tan débiles como las de una mujer hayan ganado contra mí tan grandes victorias, y que la Fortuna haya buscado para mi ruina una novedad como nunca hizo con ningún príncipe de los que llevó a mayores desventuras. ¿Quién fue tan grande en el mundo que un gusano tan pequeño lo destruyese? ¿Por qué para mí se buscó, en el secreto del cielo, un destino más extraño que para ninguno que reinase? Me dejó vivir solo para hacer más larga mi muerte.

Pues ¿qué esperanza me volverá al mundo? Porque no solo por los muchos años de guerra está mi juventud vieja, y mi cuerpo flaco y cansado, sino también mi corazón; pues aquel que era tan poderoso rey en los reinos de su enemigo, ahora no puede ya, como antes, ir a conquistar lo ajeno, sino apenas defender lo suyo. Mucho menor cosa será para la Poncella —con la grandeza que hoy tiene— ganar Inglaterra que con la pobreza con que comenzó a ganar Francia. Y si su ventura tanto la favorecen los cielos, mal podrán los hombres en la tierra ampararse.

Y como es propio de los reyes, más que de otras gentes, mostrar esfuerzo en las tribulaciones, y mío más que de otro era de condición, eso valía cuando tenía contienda con hombres; mas ahora que debato con Dios, se me muere la esperanza. Porque cierto es que no una mujer, sino Dios y sus maravillas me hacen la guerra, contra quien ni consejo ni esfuerzo valen. Y pues así le place, sin más desvelarme en remedios, creo que los pecados de tantas muertes, robos y males dan a quien los causa su merecido. Quien grandes cosas procura, grandes caídas espera, las cuales yo ya no atiendo, pues ya han llegado.»

XXVIII

«En las grandes desgracias, a los reyes de corazón fuerte, pequeños consuelos los reaniman; pero a los de ánimo débil, no solo las palabras, sino ni siquiera los grandes remedios los consuelan. Mas yo, excelentísimo y poderoso Señor, conociendo por tantas experiencias pasadas la valentía de Vuestra Alteza, creo que aunque estas desventuras sean grandes, tendré poco trabajo en devolveros vuestro natural esfuerzo, que no falta por vuestra condición, sino por accidente.

Es cierto que a los reyes, con toda su grandeza, no se les niega aquella humana pasión que tienen los demás hombres: cuando las tribulaciones son muy grandes, cuesta mucho disimularlas. Más bien, tienen por bien quejarse de ellas a quien de ellas se duele, pues con el dolor del pariente o del amigo se consuela el atribulado. Por eso quiero traeros a la memoria algunas caídas de príncipes que he leído, para que no os lamentéis de estar solo en los trabajos.

Me viene a la memoria Nemrod, el primero del mundo que reunió gentes y de libres las hizo siervos. No solo fue monarca de toda la gente del universo mundo, sino que hasta quiso defenderse de las fuerzas de Dios, edificando la Torre de Babilonia. Y para destruir su grandeza, Dios confundió las lenguas y puso discordia entre él y los suyos. Así como fue el primer rey, así sufrió la primera caída y muerte de todos los que reinaron. Él solo es ejemplo para consuelo de todos, pues de él comenzó la Fortuna.

A este siguió, entre otros, el rey Príamo, que en su tiempo fue el más noble, poderoso y rico. Vio su reino conquistado y destruido por mar y tierra. De veintiocho hijos que tuvo, y tales que por la envidia de su fama el mundo los recuerda, pocos días pasaban sin que la muerte de uno reabriera al viejo padre la herida de otro. Y así, cruelmente muertos y despedazados, los veía con ojos tristes, pues es cierto que más mata al padre el cuchillo que hiere a su hijo que la muerte propia. Especialmente aquel hijo que cada día le volvía a la memoria: ¿quién era Héctor?, ¿quién París?, ¿quién Troilo?, ¿quién Deífobo?, ¿quién todos los demás? Viviría muerto en vida, y como descanso de tanta cruel fortuna, en la traidora noche de su engañada ciudad, vio toda ella saqueada y quemada. Ni siquiera en el templo de sus dioses pudo ampararse con su miserable vida, sino que allí su excelente persona, en presencia de la triste reina que lo miraba, cruelmente fue muerto. Pues, Señor, ¿quién puede acordarse de este rey sin dejar de quejarse de la Fortuna, viendo que ni ella pudo hacer tanto mal, ni Vuestra Alteza sufrir tanto trabajo?

También recuerdo al rey Darío, el mayor y más poderoso y rico de su tiempo en el mundo. Y Alejandro, aunque hijo de rey, lo hizo pagar tributo después de muchas batallas perdidas, preso y mortalmente herido en manos de su contrario. Vio perder en un solo golpe sus reinos y señoríos junto con la vida. Pues ni siquiera a este, excelentísimo Señor, sois igual en desventura. Mientras la persona esté libre y la vida viva, no muera la esperanza, pues Dios y la esperanza viven para quien no se deja matar.

Recuerdo entre los príncipes a Nabucodonosor, emperador tan poderoso que no se conformó solo con ser servido por los hombres, sino que quiso ser adorado. Él se hacía llamar dios Apolo, y en sus reinos se hallaron tres jóvenes que no quisieron adorarlo, por lo que los mandó arrojar a un horno encendido. Y no contento con ser el mayor entre los hombres, quiso serlo también en el cielo. Por su soberbia recibió en vida su castigo: no solo perdió el trono imperial, sino también el juicio natural, y convertido en bestia disforme, siete años pastó hierbas en los campos salvajes. Pues, ¿quién puede igualarse a este en fortuna, si perdió hasta la razón? ¿Quién puede caer más bajo que aquel que, no contento con ser el mayor entre los hombres y pensar ser dios, vino a ser animal bruto y habitar y vivir con las bestias? La muerte no se llora por ser muerte, sino la vida que vive muerta.

Y la nobleza de Hércules, que por el bien común, como peregrino, buscaba los confines del mundo para castigar y castigar tiranos. Y a las glorias de su fama no quiero hacer injuria resumiéndolas en pocas líneas; basta que sin decirlo se sabe quién fue. Y verse en su fuerza y juventud vencido, él que tantos peligros y trabajos venció, arder y quemarse con una delicada camisa de la cual ni su fuerza ni su ingenio lo pudieron librar de la muerte.

Y de las historias romanas, mucho lloro a Aníbal, que no solo venció a un rey en batalla, sino casi todas las regiones del mundo. Tuvo victorias tan grandes que ninguno venció ejércitos tan numerosos jamás. Pero al final de tantas glorias, fue muchas veces derrotado y vencido. La Fortuna se tornó enemiga, y fue entregado a manos de los romanos, sus enemigos, y por no verse siervo de quienes tuvo por siervos, él mismo se mató. Pues a nadie es tan cruel la Fortuna como a aquel que, desesperado, se hace verdugo de su propia muerte. Y pues más de una vez no hemos de morir, escojamos la muerte que sea la mejor.

Sin alargarme con más ejemplos, no se debe olvidar la caída de Julio César, que entre los Nueve Nobles que la Fama ensalza, es el único príncipe, pues entre todos los Nueve, entre los cristianos están el rey Arturo, el emperador Carlomagno y el duque Godofredo de Bouillon; entre los judíos, David, Josué y Judas Macabeo; y entre los gentiles, Julio César, Alejandro de Macedonia y Héctor, el troyano. De todos estos Nueve Nobles, ninguno iguala a César, pues no solo fue monarca de la grandeza del mundo, sino que de todos los famosos antes de él y hasta hoy fue el más noble. Pero ni a su grandeza ni a su virtud perdonó la Fortuna, pues estando en el Capitolio romano, entre los suyos y en la mayor grandeza que jamás se vio, fue muerto por sus propios súbditos. Sin que la muerte lo desafiara, tan arrebatada le vino que, sin poder defenderse, solo se preocupó de morir con dignidad y, sin alzar los brazos para defenderse de los crueles golpes, se ocupó en arreglar sus ricas ropas y así, componiéndose, expiró.

Pues acordaos del rey Arturo, de cuyo linaje venís, de su grandeza y de su caída. Y del rey don Rodrigo, ¿qué mayor ni más afortunado podríamos buscar, si hasta hoy, por todos los reyes de España, no se ha podido reparar ni saldar la ruina de su caída?»

XXIX

«Pues, ¿qué falta hace, para quien tanto ha leído, alargar mucho en miserias ajenas o dar comienzo a las obras de la Fortuna que nunca se acaban? Sin embargo, aunque ninguna caída de grandes príncipes pueda consolaros, Señor, es gran consuelo no ser el único en los trabajos, como dice el Sabio: es gloria de los afligidos tener compañeros en sus penas. Por eso quiero recordaros lo que no se puede negar, para remedio de vuestra pena.

Como Vuestra Alteza sabe, si hubierais permanecido en vuestros reinos de Inglaterra sin conquistar Francia, no habríais sido tenido ni alabado tanto como por haber sojuzgado un reino tan poderoso, y con tan famosas hazañas de armas doblegar y vencer la gran pujanza de vuestros enemigos. Y las grandes cosas emprendidas y acabadas por vuestro esfuerzo no pueden quedar sin memoria. Y si aquellas victorias no prosperaron largos años, así ha sucedido a todos los grandes a quienes favoreció la Fortuna: si sus comienzos son dulces, los fines suelen ser amargos. Pero ni por eso sus grandes hechos pierden memoria. Y es mejor haber sido grande y caer, que no haber hecho nada ni subir; porque aun quien va al infierno fuera de toda esperanza, es mejor ser algo y padecer que no haber nacido, especialmente quien vive y queda como tan famoso rey.

Las cosas de vuestro cargo ninguno las pudo hacer mejor ni con más esfuerzo ni trabajo; y si las buenas no duraron largos tiempos, así es todo lo demás. Pero el varón discreto no debe alegrarse demasiado con la felicidad ni entristecerse con las desgracias, sino entender que si la Fortuna lo favoreció, la muerte le es enemiga en sus mejores años, y nuestros miserables días, llenos de mil accidentes, corrompen la alegría de la juventud más lozana. Pues nadie tiene seguro privilegio de felicidad en esta vida, no pidamos a Dios que haga leyes nuevas.

Si en vuestra pérdida Él la usó, como Vuestra Alteza se queja, queriendo que por una mujer seáis vencido, mayor honra es, Señor, que Dios os viese tan grande que para venceros no pudiese hacerlo sin obrar maravillas; y mayor bien es ser vencido de Dios que de la fuerza ni de las manos de vuestros enemigos, los cuales, desesperados de la esperanza del mundo, tuvieron que orar y suplicar al cielo por socorro. Pues, ¿de qué se puede quejar Vuestra Alteza? ¿Quién ha vencido más huestes y batallas que vos? ¿Quién ha ganado más ciudades, villas y fortalezas por la fuerza y por asedios? ¿Quién ha hecho mayores cosas ni se ha puesto a mayores peligros? ¿Quién más discreto en gobernar, quién más esforzado en acometer? Pues si todo lo hicisteis mejor que el más famoso del mundo, Señor, ¿de qué os quejáis?

Es lástima cuando un príncipe, por defecto de sí mismo, pierde su estado, como el rey Sardanápalo o el emperador Nerón y otros semejantes; pero de quien se pierde virtuosa y esforzadamente, nos deja envidia y no lástima. Y cuando la persona del rey no tiene defectos por los cuales venga a tales desgracias, de quien venció en batallas y es vencido, tal pérdida no es de llorar, sino de ensalzar. Las cosas de los príncipes buscan más la memoria famosa que la vida alegre y descansada; y no se puso corona a los primeros reyes para que tuvieran más, sino para que valieran más, pues la vida tranquila de paz la desean los corazones cobardes y encogidos, y los esforzados buscan peligros, y vencen y son vencidos, y eso les es victoria.

Así que, Señor, así como con la próspera fortuna supisteis avanzar, sabed ahora, con la contraria, deteneros y retiraros sin volver la espalda. Y si por flaqueza de corazón no os vencéis a vos mismo, no podéis ser vencido. En estos tiempos, tan grande esfuerzo es defenderse como ofender. Quizá la Fortuna quiere probaros del todo y ver si sois Vos, Señor, el mismo que tan esforzadamente resistís los males como trabajabais adquiriendo bienes; pues es grandeza en los reyes perder con rostro alegre y tener en poco los males de la Fortuna.

Las necesidades y afrentas se deben desear por los esforzados, porque con los trabajos se prueba si quienes os servían bien en la abundancia sabrán mantenerse firmes en la adversidad. Y no solo prueba uno a los amigos, sino a sí mismo, para saber si es fuerte o flaco, y para que, viniendo mayores necesidades, no haya engaño ni con los extraños ni consigo mismo. Pues no solo creo yo, Señor, que sabréis sufrir los males, sino aun desearlos con la osadía de bien sufrirlos, porque quien bien se planta contra la Fortuna y la muerte, aunque lo maten, las vence.»

XXX

No sólo el Duque de Borgoña consolaba de palabra al Rey de Inglaterra, sino que de obra ofrecía grandes cosas en su servicio y, entre ellas, dispuso dar orden para que mataran a la Poncella. Y esto se puso enseguida en marcha: en la casa del Rey y en la suya reunieron cuarenta criados, hombres de gran valentía y confianza, a los cuales, prometiéndoles grandes recompensas, el Rey de Inglaterra y el Duque encargaron con gran empeño que mataran a la Poncella por cualquiera de las muchas maneras que entre ellos se discutían.

Estos, tomando el encargo, fueron enviados por el Rey a la casa del Deán de París, que era muy afín a ellos. Y como la ciudad es grande —y más estando allí la Corte—, aquellos cuarenta ingleses y borgoñones, disfrazados y en momentos convenientes, entraron en la ciudad y de secreto los tenía escondidos aquel Deán en su casa.

Una noche, cuando la Poncella volvía del Palacio acompañada de quince arqueros y otros hombres principales desarmados, viniendo todos confiados, los ingleses, bien armados y reunidos, la acometieron. Y ella, apeándose de una hacanea, con un hacha que tomó de los suyos, se defendió y atacó maravillosamente. Allí mataron al Señor de Thouars y todos los demás, mal armados, huyeron. Y quedó sola con once ballesteros suyos; de ellos mataron a tres y a la Poncella la hirieron gravemente en dos lugares.

Pero ella los apretó tanto que abandonaron la calle y huyeron, y los persiguió hasta hacerlos saltar del puente que está en medio de la ciudad, junto a la ribera; de ellos murieron cuatro en el agua, siete fueron apresados y los demás escaparon; los presos fueron cruelmente ajusticiados. La Poncella quedó en grave peligro por una estocada que le atravesó la espalda hasta el hombro y una lanzada en la pierna, y por esta última llegaron los cirujanos a querer cortarle la pierna desde la rodilla para abajo, pero por gran milagro se libró de todo y sanó, aunque durante cuatro meses no pudo cabalgar.

Y después que se vio sana, contra la voluntad del Rey quiso ir a la ciudad de Arrás, que está en Picardía, donde el Rey de Inglaterra y el Duque de Borgoña estaban muy tristes porque la Poncella había escapado; allí estaban bien abastecidos y pertrechados, pero no muy acompañados de gente, porque no estaban ciertos de que la Poncella vendría. Ella partió con cincuenta mil combatientes —no pudo reunir más porque los grandes de Francia no la ayudaron en esto—, y sin su acuerdo se puso en marcha.

Después de tres días de reposo con su ejército, a siete leguas de Arrás, partió al anochecer con toda su artillería y al amanecer llegó a los muros de la ciudad y los combatió por seis partes. Y donde vio el muro más bajo y mejor dispuesto, puso sus escalas. Y la primera en subir fue ella misma, mostrando su divisa y sus cabellos sueltos, con una pequeña bandera con las armas del Rey, y allí, recibiendo gran trabajo y peligro, puso el pendón sobre la muralla y se sostuvo hasta que fue socorrida por los suyos.

Arrás tiene otra muralla vieja, llamada la Ciudad, donde se refugiaron el Rey y el Duque. Y aunque era refugio para defender a todo el mundo, no se atrevieron a quedarse allí, sino que aquella misma noche el Rey huyó a Lille, en el Condado de Flandes, y el Duque se fue a Cambray, en el Ducado de Borgoña. Los que quedaron defendiendo la villa vieja de Arrás se rindieron dentro de siete días, porque ya la Poncella los tenía cercados y sitiados por todos lados, y así se entregaron a trato, y ella cumplió su promesa: envió bastante gente para escoltar a los ingleses para que pudieran salir a salvo.

XXXI

Y dejó en la ciudad recaudo y se fue a Cambray, donde estaba el Duque de Borgoña, a quien deseaba mucho matar por el odio que le tenía —más aún por haberla enviado a matar tan traidoramente que por cualquiera de las enemistades pasadas. Y llegada a Cambray, dispuso combatirla. Primero, con la artillería derribaba cuanto del muro podía abatirse. Y ella, el día del combate, había dicho que subiría a la vista por las escalas, como en Arrás, y esto lo hizo para que los contrarios lo supieran. Y el Duque mandó tener gran cuidado de dejarla subir y que todos los del muro no atendieran a otra cosa sino a prenderla.

Pero ella tenía presos a ciertos ingleses que había tomado cuando escaló Arrás, y a uno de ellos, el más parecido a su cuerpo, lo mandó armar con sus armas, ponerle su divisa y ponerle una cabellera rubia como la suya, cosida en el casco. Y así, preparado aquel inglés, le cortó la lengua para que no hablase, y cubierto el rostro con el yelmo, parecía la misma Poncella. Y ella, a la hora del combate, llevó a su caballero con sus armas y lo hizo subir el primero por la escala, y ella fue tras él con armas diferentes. Y los ingleses, avisados de que la aguardaran para tomarla viva, lo dejaron subir para prenderla. Y aquel inglés subió al muro con su divisa; todos se abalanzaron sobre él creyendo que tenían a la Poncella, y cuantos estaban en aquella parte del muro no pensaron en otra victoria sino en ser parte de aquella prisión.

Y así se llevaron al inglés sin dejarlo poner pie en tierra, y casi ninguno quedó defendiendo aquel tramo del muro. Y como la Poncella cargó allí con los más esforzados de los suyos, ganaron la ciudad. Y desde la muralla asaltaron los otros puestos de los ingleses, matando muchos de ellos; en una parte y en otra donde los franceses combatieron murieron más de ochocientos hombres, pero se ganó la mejor ciudad de toda la provincia de Borgoña. El Duque y los suyos se refugiaron en la fortaleza, y el Duque se fue a Lille, donde estaba el Rey.

Y la Poncella quedó sobre la fortaleza de Cambray. Y teniéndola cercada, el Arzobispo de Colonia negoció treguas por cinco años entre los reyes, muy en perjuicio de ingleses y borgoñones, con la condición de que las fortalezas que estaban en Francia en poder del Rey de Inglaterra se entregaran a la Poncella, y que la ciudad de Cambray y Arrás se entregaran al Duque de Borgoña, levantándose el cerco. Pero esto no lo concluyeron el Rey ni los grandes de Francia sin acuerdo de la Poncella. Y hubieron de enviarle al mismo Arzobispo de Colonia y al Condestable de Francia al real de Cambray, donde ella estaba, pero no lo pudieron acordar con ella.

Y estaba el Rey de Francia enfermo y no pudo ir en persona, y le envió al Duque de Saboya. Y allí todos altercaron con la Poncella grandes cosas, haciéndole ver que la tregua era la más honrosa y provechosa que jamás rey alguno tuvo, pues el Rey de Inglaterra poseía en Francia veintisiete villas y fortalezas de las mejores del reino, desde donde robaban y destruían Francia, y que por dar tregua cinco años, bien valía aquella victoria sin cerco ni peligro de gentes. Y ella demandaba Burdeos y Bayona, que hacía cuatrocientos años eran de Inglaterra, y no se pudo cerrar ese punto. Mas la Poncella, aunque sabía que en breve tiempo destruiría al Rey de Inglaterra y al Duque de Borgoña, por cumplir la voluntad del Rey y señores de Francia, que tanto la apremiaban, tuvo que avenirse a ello.

Y así fueron entregadas las fortalezas y lugares que los ingleses tenían en Francia, y la Poncella entregó al Duque de Borgoña las ciudades de Arrás y Cambray. Y entonces se volvió poderosamente a París, donde estaba el Rey, y con recibimiento triunfal fue acogida por el Rey y la ciudad, con juegos de todos los oficios y celebraciones de alegría. Allí el Rey le otorgó el Ducado de Berry, pero ella no lo quiso aceptar, y aquel ducado se dio después al segundo hijo del Rey que nació aquel año. Ella no quiso otro título sino el de la Poncella de Francia, pues gobernaba absolutamente al Rey y al reino: ella concedía mercedes y oficios, y las rentas del reino llegaban a su cámara. Hizo a su padre conde y a su hermano arzobispo de Tours, y a muchos parientes dio obispados y dignidades. Y en aquellos cinco años de tregua puso tan gran justicia y orden en el reino que era tan alabada de virtuosa como de guerrera. Ningún grande hubo en el reino ni en otros reinos donde se supieran sus hazañas que no la pidiera en matrimonio. Y no pasaba día sin que llegara embajada de algún reino al Rey, pidiéndola por esposa. Pero la Poncella jamás quiso casarse.

El Rey de Chipre, enamorado de su fama sin verla, creyó que casando con ella dominaría el mundo. Y por amor y codicia le envió muchas embajadas pidiéndola en matrimonio, siempre enviándole joyas y presentes de gran valor. El Rey de Chipre, por la Poncella en ausencia, hacía cosas notables cuando le llegaban noticias de ella. Pero la Poncella, poco cuidosa de aquello, en su palacio no trataba de amores, sino de los famosos hechos de los pasados y presentes. Siempre en las largas noches de invierno leía las glorias de los que por armas alcanzaron renombre, y después de leer, así como cada uno se deleita en hablar de lo que más le agrada, así ella, lo que por la tregua no podía poner en obra, ejercitaba la memoria con los hechos de los pasados, preguntando a los cronistas del Rey cuál fue el más famoso hecho que hizo Alejandro.

Y el cronista, con humilde mesura, respondió: —Las hazañas de Alejandro fueron muchas, Señora, pero entre ellas, ésta que diré me parece de gran esfuerzo: él, Señora, enfermó de grave dolencia teniendo una batalla aplazada con Darío para aquella semana. Rogó a su médico que lo curase de modo que pudiera hallarse en la batalla, o de lo contrario se tenía por perdido. Y el médico le dijo: "Señor, vuestra enfermedad puedo curarla en dos meses y sin peligro, o puedo curarla en tres días, pero moriréis o sanaréis, pues sin gran riesgo no puede hacerse". Alejandro dijo que lo curara en tres días, que prefería tomar incierta aventura que segura deshonra.

Y llegado esto a noticia de Darío, del brebaje que se preparaba para Alejandro, creyendo que sanaría con él, envió Darío a Permillón, un gran capitán de Alejandro, para descubrirle la muerte que le tenían ordenada, pues Darío ofrecía cien mil talentos de oro a su médico para matarlo. El capitán escribió enseguida a Alejandro, advirtiéndole de su peligro. Llegada la carta, y el médico viniendo con el vaso del jarabe, Alejandro vio motivo para temer lo que su capitán le había escrito, y más aún cuando el médico le decía que moriría pronto o sanaría, excusándose con ello. Pero Alejandro tomó el vaso con una mano y lo bebió, y con la otra dio la carta de Permillón al médico inocente. Este, como muerto, se turbó y se maravilló del valor del señor y dijo: —Tú no eres hombre, sino dios. Y yo creo que aunque mi jarabe llevara veneno, tu corazón y tu valor te salvarían, y más aún, confío en los dioses que antes del tercer día te verás en el campo, vencedor de tus enemigos, y darás a su engaño la pena que buscaba imponer a mi inocencia.

XXXII

Este hecho de Alejandro fue muy alabado por la Poncella, y entonces preguntó cuál fue la más esforzada hazaña de Héctor. El cronista dijo que, habiéndole sido certificado por la visión de Andrómaca, su esposa, y por revelación de los dioses y por la infanta Sibila, que si aquel día salía a la batalla, moriría en ella; y él, estando de esto muy cierto, viendo a los suyos venir vencidos y maltratados, no pudo su varonil corazón soportar la deshonra por temor de la muerte. Y estando detenido por Elena, pues su padre el rey lo había prendido, tomó armas y caballo ajenos y salió a la batalla, queriendo morir por dar valor a los suyos.

Así la Poncella, alabándolo mucho, dijo: —Oh noble caballero, aquella muerte te dio herencia de perdurable fama; por ti sabemos y reconozco que la honra de las armas es morir en ellas.

XXXIII

Aquí siguió: —¿Cuál fue la mayor hazaña de Judas Macabeo?
Le dijeron que, teniendo cercada una ciudad, él mismo, envuelto en manojos de vides, se hizo trabucar dentro a la hora en que ya se combatía. Y él, cobrando un lienzo de la muralla, lo defendió hasta que los suyos escalaron, y así la ganó. Mucho fue aquello alabado, y por este hecho lo hicieron del número de los Nueve Nobles antes que a Josué.

Y allí se platicaba el hecho de Mucio Escévola, de quemarse el brazo por haber errado el golpe. Y se contaba el gran caso de Mauro Torcuato, cuando se abrió una gran sima en la plaza de Roma, de donde salía como de boca de infierno un humo pestilente que hacía morir a las gentes; y fue sabido de los dioses que aquella cueva no podía cerrarse si no moría dentro el mejor de todos. Y aquel virtuoso caballero, oyendo esto, dijo: —Aquel es mejor que piensa ser mejor.— Y luego se armó y cabalgó, y por librar al pueblo se lanzó en la sima. Y en seguida se cerró la tierra, y con su muerte la ciudad y su gente quedó librada.

Así, junto a éste, otros muchos hechos romanos se traían a la memoria. Y de las mujeres, se recordaba el esfuerzo de Judit, y las cosas de la reina Dido, y de Semíramis, y de Pentesilea. Y así de ellos y de ellas se sabían sus más famosos hechos. Ni faltaba entre los relatos de cosas antiguas traer a cuento las empresas de los modernos.

Y preguntó cuál fue la causa de la empresa del dorar del águila. El cronista dijo que, como el Emperador de Alemania fuese entre los grandes el más soberano, así la empresa había de ser más alta; y se buscó tales peligros que pocos, o por maravilla ninguno, se halla que la dorase.

XXXIV

Las condiciones del Águila son siete.
La primera condición es que, antes de ir a la batalla, prometa ante el rey o señor matar, herir o prender al que lleve el estandarte contrario, o bien herir tres golpes en el cuerpo del principal de los enemigos de su señor. Y por cualquiera de estas cosas que haga por voto y la cumpla, dora las uñas del Águila.

XXXV

La segunda condición es que quien en la batalla haya ganado entre todos mayor honra, habiendo hecho las hazañas más señaladas —y entre ellas, romper lanza el primero— o, si es en la mar, ser el primero que toma tierra de los enemigos y el último que la deja, por cualquiera de estas acciones dora las piernas del Águila.

XXXVI

La tercera condición es que quien acepte combate singular, uno contra otro, de cualquier forma de armas, a pie o a caballo, con licencia dada por su rey o señor, dora la cola del Águila.

XXXVII

La cuarta condición es que quien en el mar, peleando, sea el primero en saltar dentro de la nave o fusta enemiga, o en tierra entre primero por mina descubierta o escala visible, por cualquiera de estas acciones dora las alas del Águila.

XXXVIII

La quinta condición es no faltar jamás a la palabra dada ni a amigos ni enemigos, por ningún interés ni por temor de muerte, ni rendir fortaleza teniéndola aún abastecida para resistir un día más. Si se le probase a este caballero haber faltado a su fe, perderá todo el oro ganado y no podrá llevar más la empresa, porque los emperadores quieren que, así como el oro es el metal más noble, también los caballeros que se propongan dorar el Águila sean, entre los hombres, los más puros y rectos. Y aquel caballero a quien jamás se le halle traición ni mancha dora todo el cuerpo del cuello para abajo.

XXXIX

La sexta condición es que, viniendo los enemigos, no huya nunca por ninguna afrenta en que se vea. Esta misma condición se observa en la Garrotea, tenida por una de las empresas más peligrosas del Águila. Este caballero, por no volver jamás el rostro a ningún peligro, dora el pico del Águila, y se le concede licencia de huir sólo para salvar la vida de su señor.

XL

La séptima condición es que, estando su señor cercado, lo libre del cerco o mate, de la forma que pueda, a quien lo tiene sitiado: por ello dora el cuello y la cabeza del Águila, porque puso la suya en peligro por salvar la del señor.

XLI

Oyendo la Poncella las condiciones del Águila, dijo: «¿Y todas estas cosas tan grandes y tan peligrosas, hubo alguien que las hiciera?» Le respondieron que sólo el Garro, según los historiadores, logró dorarla por completo. Por tal honra se sentaba por encima de todos los reyes en la mesa de Prusia, y lavaba las manos antes que todos, y todas las ceremonias reales se hacían primero para el Garro, antes que para los reyes. Y entonces dijo la Poncella: «¡Oh bienaventurado caballero que, sin heredar reinos, por tu virtud y esfuerzo te viste entre los reyes como el mayor, y ellos, muertos, fueron olvidados, y tú hoy y siempre vives por la fama!»

XLII

En tales conversaciones, como he relatado, pasaba esta doncella las largas noches. Y aquella que, cuando vestía hábito de pastora, no sabía cuidar ni de un pequeño rebaño de ovejas, vino a gobernar y a dar orden a tan grandes gentes, y a regir un reino y mandarlo como señora absoluta de él. Y la que en rústicas palabras se había criado, llegó a ser diligente preguntadora de los hechos más notables de los famosos pasados; aquella de quien tan poca cuenta y memoria había en el mundo, vino a ser la más loada y de mayor honra que ninguna otra antes de ella nacida.

Sus hazañas notables no serían para escribirse en tan breve suma ni tan desordenadamente, sino que hubiera necesitado que el autor de su crónica fuese tan elocuente como ella fue esforzada. Y así como por sus cosas excelentes mereció gloria, así el pobre estilo de mis palabras no le debería dar pena, pues si en lengua francesa llegase mi escritura tan pobre de alabanzas para esta deidad que ellos veneran, más pronto por culpa de mi escaso decir que por incurrir en herejía, sería apedreado. Pues hoy, entre aquellas gentes, al hablar de la Poncella, así se quitan el bonete como si ella estuviera presente. Ella es hoy tan grandemente reverenciada, que todos los hechos de los famosos del pasado pierden la memoria ante las grandezas de ella.

No hay quien crea —si no lo viera— que persona humana pudiera obrar tan peligrosas y casi imposibles cosas; y no como aquí lo he escrito, sino con mayores afrentas y trabajos, llegó a ser tan temida de los enemigos y tan adorada de los franceses. Porque para recuperar un reino tan grande y tan enajenado no habrían bastado gentes numerosas ni tesoros inmensos para desalojar por entero a tan grandes príncipes. No creáis que la buena Fortuna obró milagros en todo, sino su buen esfuerzo y diligencia —madre de la buena suerte—, con que acabó en breves años lo que a otros tomaría siglos: porque quien flojamente sigue a sus enemigos, acaba su vida y deja viva su contienda.

Esta famosa doncella fue tan cuidadosa en sus pensamientos y tan diligente en ponerlos por obra, que un rey y un reino muertos resucitó a vida alegre. Y no milagrosamente, como en tiempo de Josué, que dando tres vueltas con oraciones alrededor de los muros de una ciudad cayó toda la muralla; ni como en los días de los Macabeos, cuando el sol se detuvo veinticuatro horas y los rayos salieron contrarios a su curso natural; ni comían sus gentes maná en el desierto: antes bien pasaron hambres mayores que la hueste de Alejandro en los desiertos de Asia. Porque Francia, en el tiempo de la Poncella, bien se dice que tenía ciento veinte leguas despobladas, de tanto como las continuas y crueles guerras las arrasaron.

Sus gentes pasaron hambres, fríos y trabajos mayores que los de Aníbal en la travesía de los Alpes. Esta, con guerra y ánimo encendido, mantenía a su gente hambrienta, cansada y pobre, tan contenta como si en esta vida poseyeran el mundo y en la otra el cielo. ¡Oh, qué cosas se cuentan de las palabras que ella decía a los suyos en cada batalla, pues con sus razones el esfuerzo de ellos, como si del cielo viniese sustento, crecía en grado extremo! ¿Qué más podría decirse de una mujer que venció treinta y tres batallas campales —de las cuales apenas hago memoria de unas pocas— y de infinitas escaramuzas y los mayores hechos por mar y tierra que jamás lograron los famosos de la Antigüedad?

Una mujer que ganó cuarenta y ocho ciudades, ciento noventa y cinco villas y setecientas fortalezas, pues Francia se cree poco menor que toda España. Y más vale en estos tiempos ganar una ciudad que en tiempos de los romanos conquistar un reino, y un reino más que un mundo. ¿Quién podría relatar cómo la Poncella ganó cada ciudad, villa y fortaleza, cuántos lugares tomó por mina descubierta y cuántos por escalas vistas? ¿Quién diría cuántos conquistó por astucia y cuántos por fuerza? ¿Quién lo contaría tan bien como su lengua lo supo decir y su espada lo supo pelear? Solo Dios, que tan famosa y maravillosa la hizo, debió ser autor de su crónica. Y yo, como caballo renco, así con miedo recorrí esta corta carrera, por temor de los jinetes castellanos, sin salir más al campo y por no esperar más lances me retiro.

Así pues, sabiendo, muy alta y poderosa Señora, que Vuestra Alteza tendrá en mayor estima las grandes hazañas de esta doncella que ninguna alta elocuencia pudiera pintar ni decir, las dejo así, mal acabadas. Y esto vuestra real conciencia tiene a cargo de honrarlo, pues yo, por no molestar con larga escritura, conté tan brevemente sus grandes cosas. A Vuestra Alteza pertenece —a quien remito y suplico— que en la alabanza de esta notable doncella vuestras reales palabras suplan la falta de las mías; para que vuestra grandeza autorice lo que mi pobre saber no alcanzó, y tome ejemplo de una mujer tan pequeña y cómo se engrandeció y valió esforzándose. Plega a Aquél que le dio el esfuerzo —que sin Él nada se hace— que a Vuestra Alteza, conforme a su grandeza, fortalezca y prospere, imitando a esta doncella. 

Deo gratias.

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