A Alonso Ramirez, ciudadano de Toledo
El Espíritu Santo sea con Vuestra merced, y le pague la consolación que me dio con su carta.
Llegó justo en un momento en que yo andaba con gran cuidado, buscando a quién escribir para dar cuenta a Vuestra merced de mí, como es justo que no le falte ninguna noticia. Me tardaré poco más de lo que dije en mi carta, porque, le digo a Vuestra merced, que no parece que pierda hora. Y así, aún no he estado quince días en nuestro monasterio desde que nos mudamos a la casa, lo cual fue con una procesión de gran solemnidad y devoción. Sea el Señor por todo bendito.
Desde el miércoles estoy con la señora doña María de Mendoza, que por haber estado enferma no había podido verme, y tenía necesidad de comunicarle algunas cosas. Pensé quedarme solo un día, pero ha hecho tal tiempo de frío, nieve y hielo, que parecía imposible viajar, y por eso he estado hasta hoy, sábado. El lunes partiré, con el favor de nuestro Señor, sin falta, hacia Medina; y allí, y en San José de Ávila, aunque me quiera dar más prisa, me detendré más de quince días, por haber necesidad de atender ciertos asuntos. Así que creo que tardaré más de lo que había dicho. Vuestra merced me perdonará, y con esta explicación verá que no puedo hacer otra cosa; no es mucha la dilación. Ruego a Vuestra merced que en la compra de la casa no se decida nada hasta que yo llegue, porque querría que fuera conforme a nuestro propósito, ya que Vuestra merced, y el que está en gloria, nos hacen esta limosna.
En cuanto a las licencias, tengo por fácil la del Rey, con el favor del Cielo, aunque haya que pasar algún trabajo. Tengo experiencia de que el demonio sufre muy mal estas casas, y por eso siempre nos persigue; pero el Señor lo puede todo, y lo vencerá con las manos en la cabeza.
Aquí hemos tenido una contradicción muy grande, y de personas principales del lugar, pero ya todo se ha allanado. No piense Vuestra merced que el Señor ha de dar solo lo que ahora parece, sino mucho más. Así gratifica Su Majestad las buenas obras, ordenando que se hagan aún mayores. No es nada dar los reales, que nos duele poco. Cuando apedreen a Vuestra merced, al Señor su yerno, y a todos los que tratamos en esto (como casi hicieron en Ávila, cuando se fundó San José), entonces irá bien el negocio, y creeré yo que no perderá nada el monasterio, ni los que pasamos el trabajo, sino que se ganará mucho. El Señor lo guíe todo como ve que conviene. Vuestra merced no tenga ninguna pena. A mí me la ha dado que falte de ahí mi Padre; si fuera necesario, procuraremos que venga. En fin, ya comienza el demonio. Bendito sea Dios, que si no le faltamos, no nos faltará.
Por cierto, tengo gran deseo de ver ya a Vuestra merced, porque pienso consolarme mucho; y entonces responderé a las mercedes que me hace en su carta. Plegue al Señor que encuentre yo a Vuestra merced muy bien, y a ese caballero, su yerno —en cuyas oraciones me encomiendo mucho, como también en las de Vuestra merced—. Mire que me hace mucha falta para ir por esos caminos, pues mi salud es muy frágil, aunque las calenturas no han vuelto. Tendré cuidado, como me manda Vuestra merced, y estas Hermanas lo mismo. Todas se encomiendan a las oraciones de Vuestra merced. Téngale nuestro Señor siempre de su mano. Amén.
Hoy es sábado, 19 de febrero. Escrito en Valladolid.
Indigna sierva de Vuestra merced,
Teresa de Jesús, Carmelita
P.D. Esa carta mándela Vuestra merced dar a mi señora doña Luisa de la Cerda, con muchas encomiendas mías. Al señor Diego de Ávila no tengo lugar de escribirle, pues ni la carta para mi señora doña Luisa va de mi letra. Dígale Vuestra merced cómo está mi salud, se lo suplico, y que espero en el Señor verlo pronto. No tenga Vuestra merced pena por las licencias, que yo espero en el Señor que todo saldrá muy bien.
