XXXIV Carta de Santa Teresa de Ávila

 


Al mismo señor Lorenzo de Cepeda, hermano de la Santa

La gracia de Cristo sea con Vuestra merced. Me tienen cansada de esta parte mis parientes. Así se ha de pasar la vida: y siendo nosotros quienes, por razón, deberíamos estar apartados del mundo, tenemos tanto que cumplir con él… No se espante Vuestra merced de que, habiendo estado aquí lo que he estado, no haya hablado con las Hermanas (quiero decir, con solas), aunque algunas lo deseaban mucho; no ha habido lugar para ello. Me voy —Dios mediante— el jueves que viene, sin falta. Dejaré escrito a Vuestra merced, aunque sea breve, para que lleve la carta quien le llevó los dineros. También los llevará esta vez.

Dicen que ya están listos los tres mil reales, lo cual me ha alegrado mucho, y también un cáliz muy bueno, que no necesita ser mejor. Pesa doce ducados y, creo, un real, más cuarenta de hechura, que vienen a ser dieciséis ducados menos tres reales. Es todo de plata. Creo que agradará a Vuestra merced. De esos que dicen ser de ese metal me mostraron uno que tienen acá, y a pesar de tener pocos años y estar dorado, ya ha dado muestra de lo que es, con una negrura por dentro del pie que da asco. Luego decidí que no lo compraran. Me pareció que comer Vuestra merced en mucha plata, y para Dios buscar otro metal, no se sufría. No pensaba hallarlo tan barato y de tan buen tamaño, sino que estas urgencias de la Priora con un amigo que tiene, por ser para esta casa, lo han ido concertando. Se encomienda mucho a Vuestra merced; y porque escribo yo, no lo hace ella. Es para alabar a Dios lo que tiene esta casa y el talento que hay en ella.

Tengo la salud que tenía allá, y algo más. Lo mejor, de parte de los presentes, es hacer que no lo vean. Más vale que la melancolía se le haya manifestado en eso (que no debe de ser otra cosa) que en algo peor. Me he alegrado de que no haya muerto Ávila. En fin, como es de buena intención, le hizo Dios merced de que le tomara el mal donde haya sido tan regalado.

Del enfado de Vuestra merced no me espanto; mas sí me espanto de que teniendo tanto deseo de servir a Dios, se le haga tan pesada, tan liviana Cruz. Luego dirá que por servirle más no la querría. ¡Oh hermano! ¡Cómo no nos entendemos! Que todo lleva un poco de amor propio. De las mudanzas de la Cruz no se espante, que eso pide su edad; y Vuestra merced no ha de pensar (aunque no sea eso) que han de ser todos tan puntuales como él en todo. Alabemos a Dios, que no tiene otros vicios.

Estaré en Medina tres o cuatro días a lo mucho, y en Alba no más de ocho. Dos desde Alba a Medina, y luego a Salamanca. Por esa de Sevilla verá cómo han tornado a la Priora a su oficio, lo cual me ha dado gran alegría. Si la quiere escribir, envíeme la carta a Salamanca. Ya le he dicho que tenga cuenta con ir pagándole a Vuestra merced, que lo ha menester, y yo tendré cuidado.

Ya está en Roma fray Juan de Jesús. Los negocios de acá van bien. Pronto se acabarán. Vino Montoya, el canónigo que hacía nuestros negocios, a traer el capelo del arzobispo de Toledo. No hará falta. Vea Vuestra merced al señor Francisco de Salcedo por caridad, y dígale cómo estoy. Me he alegrado mucho de que esté mejor, de modo que pueda decir misa. Plegue a Dios esté del todo bueno; que acá estas Hermanas le encomiendan a Su Majestad. Él sea con Vuestra merced. Con María de San Jerónimo, si está para ello, puede hablar en cualquier cosa. Algunas veces deseo acá a Teresa, en especial cuando andamos por la huerta. Dios la haga santa, y a Vuestra merced también. A Pedro de Ahumada, mis encomiendas. Ayer fue día de Santa Ana. Ya me acordé aquí de Vuestra merced, como es su devoto, y le ha de hacer —o ya ha hecho— iglesia, y me alegré de ello.

De Vuestra merced sierva,
Teresa de Jesús.

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