Al mismo señor Lorenzo de Cepeda, hermano de la Santa
Jesús sea con V.M. Ya estoy mejor de la debilidad del otro día; y después, al notar que tenía mucha bilis acumulada y temiendo que la Cuaresma fuera una excusa para no ayunar, me tomé una purga. Ese día llegaron tantas cartas y hubo tantos asuntos que estuve escribiendo hasta las dos de la tarde, y eso me hizo mucho daño en la cabeza. Creo que fue para mi bien, porque el doctor me ha mandado que no escriba más allá de las doce del mediodía, y que a veces no lo haga de mi puño y letra. La verdad es que este invierno ha sido un exceso de trabajo en este asunto, y tengo mucha culpa, porque para no interrumpir mi oración de la mañana, sacrificaba el sueño. Y como escribía después del vómito, todo se acumulaba. Aunque ese día de la purga me sentí especialmente mal, parece que ya voy mejorando. Así que no se preocupe, que me estoy cuidando mucho. Le cuento esto por si alguna vez recibe alguna carta que no esté escrita de mi mano, o si ve que las suyas son más breves, sepa cuál fue la causa.
Me cuido todo lo que puedo, y me molestó un poco lo que me mandó, porque prefiero que lo coma usted. Los dulces no son para mí, aunque he comido de lo que me envió. No lo haga otra vez, que me enojaré. ¿No basta que no le dé yo regalos en nada?
No sé de qué Padre Nuestro habla, ni de esas disciplinas, porque nunca dije tal cosa. Vuelva a leer mi carta y verá que no he mandado más de lo que allí está escrito, salvo que dos veces a la semana. En Cuaresma se pondrá un día el cilicio, con la condición de que si ve que le hace daño, se lo quite. Como es tan sanguíneo, le temo mucho. Y no le dé más penitencias, porque será más penitencia aún imponerse algo estrictamente después de haber empezado, que romper la voluntad. Avíseme si se siente mal con el cilicio, para que se lo quite.
Esa oración de sosiego de la que habla es la oración de quietud, como la que está en ese librito. Sobre esos movimientos sensuales, le dije que los probara todos, porque veo claramente que no sirven de nada y que lo mejor es no hacerles caso. Una vez me contó un gran letrado que fue a verle un hombre muy afligido porque cada vez que comulgaba, le sobrevenía una gran torpeza. Sufría mucho, y le habían mandado que no comulgara sino una vez al año, por obligación. Ese letrado, aunque no era muy espiritual, entendió su debilidad y le dijo que no hiciera caso y comulgara cada ocho días. Y al perder el miedo, se le quitó. Así que no le dé importancia a eso.
Puede hablar con Julián de Ávila, que es muy bueno. Me dice que se va con usted, y me alegra mucho. Véale de vez en cuando, y si quiere hacerle alguna caridad, hágalo, que es muy pobre, aunque ha sido muy rico. Me parece de los buenos clérigos que hay, y es bueno tener este tipo de conversaciones, que no todo ha de ser oración.
Sobre el sueño, le digo, y aun le mando, que no duerma menos de seis horas. Mire que los que ya tenemos edad debemos cuidar estos cuerpos para que no se derrumbe el espíritu, que es un trabajo muy duro. No puede imaginar el disgusto que he tenido estos días, que ni puedo esforzarme ni leer, aunque ya estoy mejor. Pero me queda la lección aprendida. Le digo esto para que haga lo que le mandan, que así cumple con Dios. ¡Qué tonto es pensar que esa oración es como la que a mí no me dejaba dormir! No tiene nada que ver, que yo hacía mucho más para dormir, que por eso estaba tan desvelada.
Verdaderamente me hace alabar mucho a nuestro Señor por las mercedes que le hace, y por los efectos que producen. Así se ve lo grande que es, pues le deja virtudes que no alcanzaría con mucho ejercicio. Sepa que la debilidad de la cabeza no viene de comer ni de beber: haga lo que le digo. Me hace mucha merced nuestro Señor en darle tanta salud. Dios quiera que viva muchos años para que lo gaste en su servicio.
Ese temor que dice, entiendo con certeza que debe ser verdadero, porque el espíritu percibe al espíritu maligno. Y aunque no lo vea con los ojos corporales, lo debe ver el alma o sentirlo. Tenga agua bendita cerca de usted, que no hay cosa con la que más huya. A mí me ha aprovechado muchas veces. Algunas veces el miedo no era sólo miedo, sino que me atormentaba mucho. Esto, para usted solo. Pero si no acierta a echarle el agua bendita, no huye. Así que es necesario echarla alrededor.
No piense que le hace Dios poca merced en dormir tan bien. Sepa que es muy grande. Y vuelvo a decirle que no procure perder el sueño, que ya no es tiempo de eso. Me parece mucha caridad querer tomar los trabajos y dar los consuelos, y gran merced de Dios poder aún pensar en hacerlo. Pero, por otra parte, es gran necedad y poca humildad pensar que puede pasar con tener las virtudes que tiene Francisco de Salcedo, o las que Dios le da a usted sin oración. Créame y deje hacer al Señor de la viña, que sabe lo que necesita cada uno. Jamás le pedí trabajos interiores, aunque Él me ha dado bastantes y muy duros en esta vida. La condición natural y los humores influyen mucho en estas aflicciones. Me agrada que vaya entendiendo lo que deseaba ese Santo, que quería que se moderara mucho según su carácter.
Sepa que pensé lo que debía decir sobre la sentencia, y que habría de sentirse. Pero no se podía responder en eso, y si lo miró bien, no dejé de alabar algo de lo que dijo. Y a la respuesta suya, para no mentir, no pude decir otra cosa, y lo digo. Cierto que tenía la cabeza de tal manera, que no sé cómo se dijo eso siquiera, de tantos asuntos y cartas que se me juntaron ese día. Parece que el demonio los junta a veces. Fue justo la noche de la purga, que me hizo daño. Y fue un milagro que no enviara una carta equivocada al Obispo de Cartagena, que estaba destinada a la madre del Padre Gracián, y erré el sobre. Iba todo en el mismo pliego. No dejo de dar gracias a Dios. Le escribía sobre el Provisor que ha estado con las monjas de Caravaca, y nunca lo he visto; parecía una locura. Les mandé que no dijeran Misa. Ya eso está solucionado, y lo demás creo que irá bien, que es que admita el Monasterio. No puede hacer otra cosa. Van algunas cartas de recomendación junto con las mías. ¡Mire qué bien habría estado si me hubiera ido de aquí! Todavía tenemos miedo de ese Tostado, que vuelve ahora a la Corte: encomiéndelo a Dios.
Leí esa carta de la priora de Sevilla. Me alegré con la que me mandó usted, y también con la que escribió a las hermanas, que ciertamente tiene gracia. Todas besan muchas veces las manos de usted, y se alegraron mucho con ella. Mi compañera, la que tiene unos cincuenta años, la que vino de Malagón con nosotras, ha salido muy buena y es muy entendida. Al menos para mi regalo, es como le digo, porque cuida mucho de mí.
La priora de Valladolid me escribió diciendo que en el negocio se hacía todo lo posible, y que allá estaba Pedro de Ahumada. Sepa que el mercader que está al frente de eso, creo que lo hará bien. No se angustie. Encomiéndemelo, y a los niños, especialmente a Francisco: deseo mucho verlos. Hizo bien en irse esa persona, aunque no hubiera razón, porque sólo entorpecen cuando son tantos. A Doña Juana, a Pedro Álvarez y a todos, dé muchos saludos de mi parte. Sepa que tengo mucho mejor la cabeza que cuando empecé esta carta. No sé si se debe a lo mucho que me alegra hablar con usted.
Hoy ha estado aquí el doctor Velázquez, que es mi confesor. Hablé con él sobre lo de la plata y tapicería, porque no querría que, por no ayudarle yo, dejara de avanzar mucho en el servicio de Dios. Por eso, en cosas que no son espirituales no me meto, aunque en esto estaba de acuerdo conmigo. Dice que eso no hace ni deshace, y que usted procure ver lo poco que importa, y que no esté tan atado a ello. Es razonable, pues ha de casar a sus hijos y tener casa como conviene. Así que ahora tenga paciencia, que siempre fue de Dios traer el tiempo para cumplir los buenos deseos.
Que Dios me le guarde y le haga muy santo. Amén.
Hoy, 10 de febrero.
Su sierva,
Teresa de Jesús.
