Al mismo señor Lorenzo de Cepeda, hermano de la Santa
Jesús sea con Vuestra Merced. En cuanto al secreto de lo que me toca, no digo que sea de manera que obligue a pecado, pues soy muy enemiga de eso, y podría descuidarse; basta con que sepa que me da pena. Lo de la promesa ya me había dicho mi confesor que no era válida, lo cual me alegró mucho, porque también me tenía con cuidado.
Sobre la obediencia que me tiene dada, le dije que me ha parecido sin fundamento. Dice que está bien, pero que no sea promesa a mí ni a nadie; y aunque no la quiero con promesas, lo demás también me cuesta. Sin embargo, por su consuelo lo acepto, a condición de que no lo prometa a nadie. Me alegro de que el padre fray Juan de la Cruz lo entienda, como tiene experiencia, y también Francisco tiene algo, aunque no lo que Dios hace con Vuestra Merced. Bendito sea por siempre. Está bien con ambos ahora.
Bueno anda nuestro Señor. Me parece que quiere mostrar su grandeza levantando a gente ruin, con tantos favores, que no sé si hay más ruin que nosotros dos. Sepa que hace más de ocho días que ando muy débil, que apenas puedo atender tantos asuntos. Desde antes de escribirle me han vuelto los arrobamientos, y me dan pena, porque algunas veces han sido en público, incluso en maitines. Ni basta resistir, ni se puede disimular. Quedo tan avergonzada que quisiera esconderme. Ruego mucho a Dios que me quite esto en público: pídaselo también Vuestra Merced, porque trae muchos inconvenientes, y no me parece que sea ya oración. Ando estos días como un borracho, al menos se entiende bien que el alma está en buen lugar. Y como las potencias no están libres, es penoso entender más de lo que el alma quiere.
Había estado casi ocho días antes sin poder detener ni un buen pensamiento, con una sequedad grandísima. Y esto, de algún modo, me daba gusto, porque había estado otros días antes como ahora, y es gran placer ver tan claramente lo poco que podemos por nosotros mismos. Bendito sea el que todo lo puede. Amén. Ya he dicho bastante. Lo demás no es para carta, ni siquiera para decirse. Bien es que alabemos a nuestro Señor uno por el otro, al menos Vuestra Merced por mí, que no soy capaz de darle las gracias que le debo, y por eso necesito mucha ayuda.
De lo que dice que ha tenido, no sé qué me diga, salvo que ciertamente es más de lo que entiende, y principio de mucho bien, si no lo pierde por su culpa. Ya he pasado por esa manera de oración, y suele luego descansar el alma, y a veces andar con algunas penitencias. En especial, si el ímpetu es fuerte, no parece que se puede sufrir sin emplearse el alma en hacer algo por Dios; porque es un toque que da al alma de amor, en el que Vuestra Merced entenderá si va creciendo. Lo que dice que no entiende de la copla: es porque es una pena grande y dolor, sin saber de qué, y a la vez sabrosísimo. Y aunque en realidad es una herida, queda el amor de Dios en el alma; no se sabe dónde, ni cómo, ni si es herida ni qué es, sólo se siente ese dolor sabroso que hace quejarse. Y así dice:
"Sin herir, dolor hacéis,
y sin dolor deshacéis
el amor de las criaturas."
Porque cuando de verdad está tocada el alma con este amor de Dios, sin pena ninguna se quita el amor a las criaturas (digo si el alma estaba apegada a algún amor), lo que no se hace estando sin este amor de Dios. Que cualquier cosa de las criaturas, si mucho se aman, da pena; y apartarse de ellas, mucha más. Como Dios se apodera del alma, le va dando señorío sobre todo lo creado. Y aunque se quite aquella presencia y gusto (que es de lo que Vuestra Merced se queja), como si no hubiera pasado nada en cuanto a los sentidos exteriores —que quiso Dios darles parte del gozo del alma—, no se quita de ella, ni deja de quedar muy rica de mercedes, como se ve después, andando el tiempo, en los afectos.
De esas tribulaciones después, no haga caso. Aunque yo no lo he tenido, porque siempre me libró Dios de esas pasiones por su bondad, entiendo que puede ser que, como el deleite del alma es tan grande, hace movimiento en la naturaleza. Iráse quitando con el favor de Dios, con tal que no haga caso de ello. Algunas personas lo han tratado conmigo. También se quitarán esos estremecimientos, porque el alma, como es novedad, se espanta, y tiene razón para espantarse. Pero como se repite, se hará hábil para recibir mercedes. Todo lo que Vuestra Merced pueda, resista esos estremecimientos y cualquier cosa exterior, para que no se haga costumbre, que más estorba que ayuda.
Eso del calor que dice que siente, ni hace ni deshace; más bien podría dañar algo a la salud si fuera mucho, pero también quizás se irá quitando como los estremecimientos. Esas cosas —a lo que yo creo— dependen de las complexiones, y como Vuestra Merced es sanguíneo, el movimiento grande del espíritu, con el calor natural que se recoge hacia lo superior y llega al corazón, puede causar eso; pero como digo, no es por eso más oración.
Ya creo que he respondido al quedar después como si no hubiera pasado nada. No sé si lo dice así san Agustín: que pasa el espíritu de Dios sin dejar señal, como la saeta, que no la deja en el aire. Ya me acuerdo que he respondido a esto: que han sido muchas las cartas que he tenido desde que recibí las de Vuestra Merced, y aún tengo ahora por escribir muchas, por no haber tenido tiempo para esto.
Otras veces queda el alma que no puede volver en sí en muchos días, sino que parece como el sol, que sus rayos dan calor, y no se ve el sol: así parece que el alma tiene su asiento en otro lugar, y anima al cuerpo sin estar en él, porque alguna potencia está suspendida.
Muy bien va en el estilo de meditación que lleva, gloria a Dios, cuando no tiene quietud, digo. No sé si he respondido a todo, que siempre vuelvo otra vez a leer su carta, lo cual no es poco tener tiempo, y ahora sólo a retazos la he vuelto a leer. Ni Vuestra Merced tome ese trabajo de volver a leer las que me escribe. Yo jamás lo hago. Si faltaren letras, póngalas allá, que así haré yo acá con las de Vuestra Merced, que luego se entiende lo que se quiere decir: que es tiempo perdido sin propósito.
Para cuando no se pudiere recoger bien en el tiempo de oración, o cuando tenga gana de hacer algo por el Señor, le envío ese silicio, que despierta mucho el amor; a condición de que no se lo ponga después de vestido, ni para dormir. Puede sentarse sobre cualquier parte y ponerlo, que da desabrimiento. Yo lo hago con miedo. Como es tan sanguíneo, cualquier cosa podría alterar la sangre; sin embargo, es tanto el consuelo que da —aunque sea una nadería como esa— hacer algo por Dios cuando se está con ese amor, que no quiero que dejemos de probarlo. Cuando pase el invierno, haré otra cosilla, que no me descuido. Escríbame cómo le va con esa niñería. Le digo que cuando más justicias queremos hacernos a nosotros mismos, acordándonos de lo que pasó nuestro Señor, es cuando mejor estamos. Me río de cómo él me envía confites, regalos y dineros, y yo silicios.
Nuestro Padre Visitador anda bien, visitando las casas. Es cosa que espanta cuán sosegada tiene la provincia, y cuánto le quieren. Bien le lucen las oraciones, la virtud y los talentos que Dios le dio. Él sea con Vuestra Merced y me le guarde, que no sé acabar cuando hablo de él. Todos se le encomiendan mucho. Yo también a él. A Francisco de Salcedo siempre le diga mucho de mi parte. Tiene razón de quererle, que es santo. Muy bien me va de salud. Hoy son diecisiete de enero.
Indigna sierva de Vuestra Merced,
Teresa de Jesús
P.D. Al Obispo envié a pedir el libro, porque quizá me antojará acabarlo, con lo que después me ha dado el Señor, que se podría hacer otro, y grande. Y si el Señor quiere acertarse a decirlo, y si no, poco se pierde.
