Al mismo señor Lorenzo de Cepeda, hermano de la Santa
Jesús sea con Vuestra Merced.
Tengo tan poco tiempo con Serna que no quisiera alargarme, y, aun así, no sé terminar cuando empiezo a escribirle. Siempre falta tiempo.
Cuando escriba a Francisco, le ruego a Vuestra Merced que no lea la carta: temo que, de leerla, aumente alguna melancolía que pudiera tener. Tal vez Dios le permite esos escrúpulos para apartarlo de otras cosas; escribirle le hace bien.
El pliego claro que mencionaba ya se lo envié; me faltó decirlo. Pedí a una hermana que lo copiara, pero no lo ha encontrado. Hasta que desde Sevilla no me manden otro traslado no habrá remedio.
Creo que ya habrán entregado a Vuestra Merced una carta que envié por Madrid; por si se perdió, repito lo esencial. Primero, mire bien la casa de Hernán Álvarez de Peralta: oí que un cuarto está por caerse. Revíselo con cuidado.
Segundo, envíeme la arquilla y, si hay papeles míos, iban en unos líos que, creo, eran en una talega: que venga bien cosida. Si doña Quiteria manda un paquete con Serna, dentro vendrá todo. Quiero mi sello: no soporto sellar con otra cosa que no sea el que querría llevar en el corazón, como el de san Ignacio. Nadie ha de abrir la arquilla —pienso que el papel de Oración está dentro— salvo Vuestra Merced, y procure que, si ve algo, no lo cuente a nadie. No le doy licencia: aunque le parezca servicio de Dios, hay inconvenientes. Si sé que lo comenta, me privaré de compartirle nada.
El Nuncio me manda pedir el traslado de las patentes con que se han fundado nuestras casas: cuántas son, dónde están, cuántas monjas hay, su procedencia y edades, y cuántas podrían ser prioras. Todo eso estará en la arquilla o quizá en la talega: necesito tenerlo. Dicen que lo pide para erigir la Provincia. Temo que quiera que otras partes reformen a nuestras monjas; ya se trató y no convino. Dígale esto a la subpriora y envíeme, en un cuadernillo claro, los nombres de las que están en esa casa, sus edades y años de profesión, escrito con buena letra. Bastará que lo reciba yo; no hace falta que lo firmen las hermanas, ni que ellas lo sepan. Procure que los papeles no se mojen y envíe también la llave.
En el libro del Padre Nuestro hallará bastante sobre la oración, aunque no tan extenso como en el otro. Creo que está bajo “Adveniat regnum tuum”. Relea ese pasaje: quizá encuentre algo que le aproveche.
Hizo promesa sin decírmelo; eso me preocupa: puede ser cosa peligrosa. Consúltelo, pues un venial podría hacerse mortal. Yo lo preguntaré también a mi confesor, que es gran letrado. Lo mejor sería conmutarla enseguida: con una bula de jubileos (si no la tiene) se soluciona. Dios conoce nuestra flaqueza; remedie esto pronto y evite nuevas promesas peligrosas. Tampoco es malo tratar su oración alguna vez con quien la confiesa: al estar cerca, le orientará mejor.
El pesarle de haber comprado la Serna es tentación: podría hacerle olvidar la merced que Dios le otorgó. La heredad es mejor que un simple capital y da honra a sus hijos. ¿No hay trabajo al cobrar censos? Alabe a Dios y huya de esa tristeza. No piense que, teniendo más tiempo, tendría más oración. Tiempo bien empleado —como cuidar la hacienda de sus hijos— no la quita; Dios suele dar más en un instante que nosotros en mucho rato.
Pasadas las fiestas, busque un escribano y ordene sus escrituras; gaste lo necesario en la Serna: será buen gasto. Cuando llegue el verano, gozará de ir allí algún día. Jacob, Abraham o san Joaquín no dejaron de ser santos por cuidar sus ganados. Con Francisco de Salcedo trate estos asuntos temporales; en eso él hace mis veces.
Es gracia de Dios que lo que a otros sería descanso a usted le canse; pero no por eso se ha de excusar: hay que servir a Dios como Él quiere, no como queremos. Evite, eso sí, afán de ganancias: para eso, confíe en Dios. Vale más ser generoso que andar tras negocios. Siga el parecer de Francisco de Salcedo y encomiéndeme mucho a él y a quien quiera.
A Teresa dígale que no tema: no quiero a nadie como a ella. Repártala imágenes, salvo las que guardé para mí, y dé alguna a sus hermanos. Tengo deseo de verla; las hermanas aquí se alegraron mucho con sus cartas de Sevilla.
Ayer celebramos la fiesta del Nombre de Jesús; Dios se lo pague. No sé qué enviarla en pago de tantas mercedes, sino estos villancicos que hice porque el confesor mandó que nos alegrásemos: los cantamos estas noches sin darme cuenta. Tal vez Francisco acierte la tonada. Con todo, el Señor me ha hecho muchas mercedes estos días.
Me espanta ver las mercedes que hace a Vuestra Merced. Sea bendito por siempre. Desee la devoción, sí, pero déjelo todo a la voluntad de Dios; Él sabe lo que nos conviene. Siga el camino que le escribí: es más importante de lo que piensa.
Si alguna vez despertase con gran fervor, siéntese un rato sobre la cama: la cabeza necesita descanso. Procure no pasar frío: no conviene a ese dolor de costado. No ansíe terrores ni miedos: Dios la lleva por amor. El demonio no siempre estorba la oración; a veces la quita Dios por misericordia. La oración que Él le da es mucho mayor que pensar en el infierno: no se fuerce.
Algunas respuestas de las hermanas me han divertido; otras me han dado luz. No piense que sé mucho: sólo comenté algo al azar; ya le diré cuando nos veamos, si Dios quiere.
La respuesta del buen Francisco de Salcedo me hizo gracia. Su humildad es tan grande que casi teme hablar de estas cosas. Dios lo lleva por otro camino: él es santo, pero distinto al suyo.
No entendí lo de levantarse por la noche: basta con sentarse un momento; no pierda el sueño. Ni se espante de dormir más: fray Pedro de Alcántara decía cosas admirables sobre ello.
Sus cartas no me cansan; me consuelan mucho, y yo quisiera escribirle más a menudo, pero el trabajo me lo impide: esta misma noche me ha quitado tiempo de oración. Que Dios nos conceda emplear todo el tiempo en su servicio. Amén.
Este lugar es difícil para no comer carne, y con todo, me siento mejor que en años. Hoy es 2 de enero.
Indigna sierva de Vuestra Merced,
Teresa de Jesús
Pensé que nos enviaría su villancico, porque estos que hicimos no tienen pies ni cabeza y aun así todas los cantan. Recuerdo uno que compuse una vez, estando en mucha oración, y me parecía descansar más. No sé si era así, pero para darle recreo, se lo copio:
¡Oh hermosura que excedes
a todas las hermosuras!
Sin herir, dolor haces;
y sin dolor, desfavoreces
el amor de las criaturas.¡Oh nudo que así juntáis
dos cosas tan desiguales!
No sé por qué os desatáis:
pues, atado, forzáis
a tener por bien los males.Quien no tiene ser, juntáis
con el Ser que no se acaba;
sin acabar, acabáis,
sin tener qué amar, amáis,
y engrandecéis nuestra nada.
¡Qué fundadora! Me parecía tener mucho cuando dije esto. Dios se lo perdone a quien me roba tiempo, pero pienso que estos versos pueden enternecer su corazón y darle devoción. No lo comente con nadie. Doña Guiomar y yo estábamos juntas entonces. A ella le dejo mis encomiendas.
