Al mismo señor Lorenzo de Cepeda, hermano de la Santa
Jesús
Que el Espíritu Santo esté siempre con usted. Amén.
He escrito a usted por cuatro partes, y por tres iba la carta dirigida al Señor Jerónimo de Cepeda; pero como no ha sido posible enviarla toda, responderé sólo a lo que me ha llegado.
No diré más ahora sobre la buena decisión que Nuestro Señor ha puesto en su alma, de la cual he alabado a Su Majestad y me parece muy acertada. Al fin, por las razones que me da, entiendo algo más sobre otras circunstancias que pueden presentarse, y espero en Nuestro Señor que todo será para Su servicio.
En todos nuestros monasterios se hace oración muy particular y constante, porque si su intención es servir al Señor, Su Majestad le traerá con bien y le guiará hacia lo que sea más útil para su alma y para el bien de esos niños.
Ya le escribí que son seis los conventos que están fundados, y también dos de frailes descalzos de nuestra Orden; todos van muy bien, y los de las monjas son como el de San José de Ávila, que parecen todos una misma cosa. Esto me anima mucho, al ver cuán verdaderamente es alabado nuestro Señor en ellos y con cuánta limpieza de almas.
Ahora estoy en Toledo. Hará un año por la víspera de Nuestra Señora de marzo que llegué aquí; aunque desde aquí fui a una villa de don Ruy Gómez, Príncipe de Éboli, donde se fundó un monasterio de frailes y otro de monjas, y ambos están muy bien. Volví para dejar esta casa bien organizada, pues tiene el aspecto de una casa muy principal. Este invierno he estado bastante mejor de salud, porque el clima de esta tierra es admirable. Si no fuera porque no conviene a usted estar aquí por sus hijos, me dan deseos de quedarme en esta ciudad, por el clima. Pero hay lugares en la tierra de Ávila donde usted puede tener una casa para pasar los inviernos, como hacen algunos.
Lo digo también por mi hermano Jerónimo de Cepeda, que pienso, cuando Dios lo traiga, estará aquí con mejor salud. Todo es lo que Su Majestad quiera. Creo que hace cuarenta años que no tenía tanta salud, guardándome como todas y sin comer carne salvo por gran necesidad.
Hace un año tuve unas fiebres intermitentes, que me han dejado mejor. Estaba entonces en la fundación de Valladolid, donde me abrumaban los regalos de la señora doña María de Mendoza, esposa que fue del secretario Cobos, que me tiene mucho cariño. Así que cuando el Señor ve que es necesario para nuestro bien, nos da salud, aunque no sea por enfermedad. Sea en todo bendito. Me dio pena lo de sus ojos, que es cosa dolorosa. Gloria a Dios, que ya hay tanta mejoría.
Ya le habrá escrito Juan de Ovalle cómo fue a Sevilla desde aquí. Un amigo mío lo encaminó tan bien, que el mismo día que llegó, sacó la plata. La trajo aquí, donde se entregará el dinero a fin de este mes de enero. La cuenta de los derechos que se han cobrado se hizo delante de mí. Se la enviaré, porque no he hecho poco en entender estos asuntos, y estoy tan metida en ellos, tan comerciante y negociadora, que ya sé de todo, con estas casas de Dios y de la Orden; por eso también considero míos los asuntos de usted, y me alegra entenderlos.
Antes que lo olvide: sepa que, después de escribirle la última vez, murió el hijo de Quero, siendo aún muy joven. No hay que confiar en esta vida. Me consuela cada vez que recuerdo cuán bien lo comprende usted.
Cuando me desocupe aquí, quisiera volver a Ávila, porque aún soy priora allí, para no desagradar al Obispo, a quien le debo mucho, y toda la Orden también. No sé qué hará el Señor; quizás iré a Salamanca, donde me ofrecen una casa. Aunque me canso, el bien que hacen estas casas en el pueblo donde se fundan es tan grande, que siento en la conciencia la obligación de fundar todas las que pueda. El Señor las favorece de tal modo que eso me anima.
Se me olvidó escribirle en otras cartas sobre lo bien que se puede educar a esos niños en Ávila. Los padres de la Compañía tienen un colegio donde enseñan gramática, los confiesan cada ocho días y los forman con tal virtud que es para alabar a nuestro Señor. También enseñan filosofía y luego teología en Santo Tomás, por lo que no hace falta salir de allí para tener virtud y estudios. En todo el pueblo hay tanta cristiandad que quienes vienen de fuera se edifican mucho: mucha oración, confesiones, y personas seglares que viven con gran perfección.
El bueno de Francisco Salcedo sigue bien. Le agradezco mucho que haya enviado tan buen apoyo a Cepeda. Aquel santo no acaba de agradecerlo, y creo que no exagera. Pedro del Peso, el viejo, murió hace como un año; bien lograda fue su muerte. Ana de Cepeda ha tenido en mucho la limosna que usted le hizo; con eso será bien rica, y otras personas también la ayudan, porque es tan buena. No le faltaba lugar donde estar, pero su carácter es extraño y no es para compañía. Dios la lleva por ese camino, y nunca me he atrevido a meterla en una de estas casas, no por falta de virtud, sino porque veo que eso es lo que más le conviene. Así que ni con la señora doña María ni con nadie se quedará, y está muy bien para su aprovechamiento. Parece cosa de ermitaña, con aquella bondad y gran penitencia que siempre tuvo.
El hijo de la señora doña María, mi hermana, y de Martín de Guzmán, profesó y sigue adelante en su fervor y santidad. De doña Beatriz y su hija ya le he escrito que murieron. Doña Magdalena, que era la menor, está en un monasterio como seglar. Yo quisiera mucho que Dios la llamara a ser monja. Es muy bonita. Hace muchos años que no la veo. Ahora la proponen en matrimonio con un mayorazgo viudo; no sé en qué terminará eso.
Ya le he escrito a vuestra merced cuánto a buen tiempo hizo la merced a mi hermana, y me he admirado de los trabajos y necesidades que el Señor le ha enviado. Pero los ha llevado con tanta paciencia que, si ahora le quiere dar alivio, bien se lo merece. Yo no necesito nada, al contrario, me sobra todo; por eso lo que vuestra merced me envía en limosna se gastará en ayudar a mi hermana, y lo demás en buenas obras, y todo será por vuestra merced. Por algunos escrúpulos que tenía, me vino muy bien parte de esa ayuda, porque en estas fundaciones se me ofrecen ciertas cosas que, aunque intento tener mucho cuidado —y todo lo dedico a las casas—, podría a veces gastar algo en atenciones con letrados (con los que siempre consulto para las cosas de mi alma), aunque fuera en nimiedades. Así que me vino como un gran alivio, porque no quería aceptar nada de otros, aunque me lo ofrecieran. Me gusta tener libertad con estos señores para decirles lo que pienso. El mundo está tan lleno de intereses, que tengo aborrecida la idea de poseer algo. Y así, no tendré nada, excepto lo que dé a la misma Orden, y conservaré la libertad de espíritu con ese propósito. Tengo autorización del General y del Provincial tanto para aceptar monjas como para trasladarlas y ayudar a una casa con lo que tengo de otras.
Es tal la ceguera que tienen al confiar en mí que no entiendo cómo, pero llegan a fiarme mil y hasta dos mil ducados. Así que justo cuando más aborrecía los dineros y negocios, el Señor quiere que no me ocupe de otra cosa, lo cual no es poca cruz. Quiera Su Majestad que le sirva en ello, que todo pasará.
Me parece que sería un gran alivio tener a vuestra merced acá, porque tan poco me llenan las cosas de esta tierra, que quizá Nuestro Señor quiera que tengamos esto en común, y que nos juntemos ambos para procurar más su honra y gloria, y el provecho de las almas. Esto me duele mucho: ver tantas perdidas. Y esos indios no me cuestan poco. Que el Señor les dé luz, que acá y allá hay mucha desventura. Como ando por tantas partes y hablo con muchas personas, muchas veces no sé qué decir, salvo que somos peores que las bestias, pues no entendemos la gran dignidad del alma y cómo la rebajamos con cosas tan bajas como las de la tierra. Que el Señor nos dé luz.
Con el padre fray García de Toledo, sobrino del Virrey, persona a quien echo mucho en falta para mis asuntos, podrá vuestra merced tratar. Y si necesitara algo del Virrey, sepa que es gran cristiano, y fue gran fortuna que quisiera ir allá. En los envoltorios le escribía. También enviaba en cada uno reliquias para vuestra merced, para el camino. Ojalá llegaran allá.
No pensé alargarme tanto. Deseo que entienda el favor que le hizo Dios al dar tal muerte a la señora doña Juana. Acá se ha encomendado su alma a Nuestro Señor y se han celebrado las honras en todos nuestros monasterios. Y espero en Su Majestad que ya no lo necesita. Vuestra merced debe esforzarse por apartar esa pena. Mire que es propio de los que no se acuerdan de que hay vida eterna el sentir tanto la muerte de quienes se van a vivir, saliendo de estas miserias. A mi hermano, el señor Gerónimo de Cepeda, me encomiendo mucho; que tenga esta carta como suya. Me alegra mucho saber que tenía pensado, si podía, venir aquí en algunos años, y que querría, si fuera posible, no dejar allá a sus hijos. Y si no, que nos juntemos acá, y nos ayudemos mutuamente, para reunirnos para siempre.
Las misas están dichas muchas, y se dirán las demás. He aceptado una monja sin tener nada, que ni para su comida me alcanza, y he ofrecido a Dios para que le traiga bien a vuestra merced y a sus hijos. Encomiéndemelos. Otra misa ofrezco por el señor Gerónimo de Cepeda. Muchas acepto así, porque son espirituales, y de ellas el Señor se sirve para otras cosas también.
En Medina entró una con ocho mil ducados; y otra está por entrar aquí, que tiene nueve mil, sin que yo les pidiera nada. Y son tantas que es para alabar a Dios. Con sólo tener oración, no quieren otra cosa, sino estas casas, por decirlo así. Y no son más de trece en total, porque como no pedimos para nosotras —que así está en nuestras constituciones—, sino sólo lo que nos traen, que es mucho, no se puede sostener muchas. Creo que vuestra merced se alegrará mucho de ver estas casas.
Hoy es diez y siete de enero del año mil quinientos setenta.
Indigna sierva de vuestra merced,
Teresa de Jesús, Carmelita.
