Al señor Lorenzo de Cepeda y Ahumada, hermano de la Santa
Jesús.
El Espíritu Santo sea siempre con Vuestra Merced. Amén.
Que Dios le pague el cuidado que ha tenido de ayudar a todos con tanta diligencia. Espero en la majestad de Dios que le ha de conceder grandes méritos por ello, porque es muy cierto que a todos aquellos a quienes Vuestra Merced envió dinero, les llegó en tan buen momento, que para mí ha sido de mucha consolación. Creo firmemente que fue impulso de Dios el que Vuestra Merced haya tenido para enviarme tanto, porque para una monjita como yo, que ya tengo por honra —gloria a Dios— andar remendada, bastaban los que habían traído Juan, Pedro de Espinosa y el mercader Varona (creo que así se llama), para salir de necesidad por algunos años.
Pero como ya he escrito a Vuestra Merced con mucha extensión sobre muchos motivos y razones que no he podido evitar, por ser inspiraciones de Dios —y que no son para carta—, solo diré que personas santas y sabias me han hecho ver que estoy obligada a no ser cobarde, sino a poner lo que pueda en esta obra: que es fundar un monasterio, donde solo habrán de estar trece religiosas, sin que pueda crecer el número, con grandísima clausura, sin nunca salir ni ver sino a través del velo, fundadas en oración y mortificación, como más detalladamente he escrito a Vuestra Merced y volveré a escribir cuando Antonio Morán se marche.
Me favorece mucho la señora doña Guiomar, quien escribe también a Vuestra Merced. Fue esposa de Francisco de Ávila, de los del Sobralejo, si Vuestra Merced se acuerda. Hace nueve años que murió su marido, quien tenía una buena renta; ella, por su parte, tiene un mayorazgo. Aunque quedó viuda a los veinticinco años, no se ha vuelto a casar, sino que se ha entregado completamente a Dios. Es muy espiritual. Tenemos una amistad muy estrecha, como la que pudiera tener con una hermana. Y aunque me ayuda porque da buena parte de su renta, ahora mismo está sin dinero, y en lo que toca a hacer y comprar la casa, lo hago yo con la ayuda de Dios. Me han dado ya dos dotes, antes de que se funde, y tengo la casa comprada, aunque en secreto. Para trabajar las cosas que eran necesarias, yo no tenía cómo. Pero confiando en que Dios quiere que lo haga, Él me proveerá. Organizo a los oficiales —aunque parecía cosa de locos— y entonces Su Majestad mueve a Vuestra Merced a ayudarme. Lo que más me ha impresionado es que los cuarenta pesos que Vuestra Merced añadió me hacían grandísima falta; y creo que san José (que así se ha de llamar este convento) hizo que no me faltaran, y estoy segura de que Dios lo recompensará a Vuestra Merced.
Aunque es pobre y pequeña, la casa tiene unas vistas preciosas y buen campo, y ya se está acabando.
Han ido a Roma por las Bulas, porque aunque es de mi misma Orden, damos obediencia al Obispo. Espero en el Señor que será para mucha gloria suya si permite que se acabe (que no dudo que así será), porque irán almas escogidísimas, que bastan para dar gran ejemplo de humildad, penitencia y oración. Vuestra Merced lo encomiende a Dios, que para cuando Antonio Morán parta, con su favor ya estará acabado.
Antonio Morán vino aquí, con quien me he consolado mucho. Me pareció hombre de verdad, fuerte, bien entendido, y que sabe muy particularmente de Vuestra Merced. Considero una gran merced del Señor que le haya hecho ver lo que es el mundo, y que haya querido salirse de él; y me da paz saber que va camino del cielo, que era lo que yo más deseaba saber, pues hasta ahora vivía en sobresalto. Gloria sea al que todo lo hace. Ruego a Él que Vuestra Merced continúe siempre creciendo en su servicio, pues no hay límite en el galardón, tampoco lo debe haber en procurarle servicio, sino cada día un poco más, con fervor, como corresponde a quien vive en guerra, hasta obtener la victoria sin descanso ni descuido.
Todos aquellos a quienes Vuestra Merced ha enviado dinero han sido hombres de verdad, aunque Antonio Morán ha sobresalido: tanto en traer más oro vendido y sin costo (como verá Vuestra Merced), como en haber venido con poca salud desde Madrid hasta aquí a traerlo. Aunque ahora está mejor, fue un accidente. Y veo que tiene verdadera voluntad hacia Vuestra Merced. También trajo el dinero de Varona, y todo lo hizo con mucho cuidado. Con Rodríguez también vino aquí, y lo hizo muy bien. Con él escribiré a Vuestra Merced, lo cual será quizás antes. Antonio Morán me mostró la carta que Vuestra Merced le escribió. Créame que tanto cuidado no sólo es virtud suya, sino también cosa que Dios le inspiró.
Ayer me envió mi hermana doña María esa carta. Cuando lleven ese otro dinero, enviará otra. El socorro me llegó en muy buen momento. Es muy buena cristiana y pasa por muchos trabajos. Si Juan de Ovalle le hiciera pleito, sería perjudicar a sus propios hijos. Y en verdad no es tanto como él piensa, aunque vendió mal y lo destruyó todo. Pero también Martín de Guzmán llevaba sus intereses (Dios le tenga en el cielo) y la justicia se lo dio, aunque no del todo bien. Y ahora volver a pedir lo que mi padre (que esté en gloria) vendió, me quita la paciencia. Y además, como digo, doña María, mi hermana, estaba en mala situación; y Dios me libre de interés, que sería hacerle tanto daño a sus deudos. Aunque por acá está todo de tal forma que apenas se ve amor de padres a hijos, ni de hermanos entre sí. Así que no me asombra lo de Juan de Ovalle; más bien ha hecho bien en dejarlo por amor a mí, al menos por ahora. Tiene buena disposición, pero en este caso no conviene confiar demasiado. Por eso, si Vuestra Merced le envía los mil reales, que sea con condición y escritura: que el día que vuelva al pleito, sean quinientos ducados de doña María.
Las casas de Juan de Centura aún no están vendidas, pero Martín de Guzmán recibió de ellas trescientos mil maravedís, y es justo que se le devuelvan. Y con estos mil pesos que envíe Vuestra Merced, se puede remediar Juan de Ovalle, y vivir aquí, que ahora tiene necesidad; aunque para vivir de continuo no podrá, si no recibe más ayuda, porque no le llega más que en tiempos malos.
Está muy bien casada. Pero digo a Vuestra Merced que su hermana doña Juana es una mujer tan honrada y de tanto valor, que es para alabar a Dios. Tiene un alma de ángel. Yo, que soy la más ruin de todas, a quien Vuestra Merced no debería reconocer por hermana, no sé cómo me quieren tanto. Esto digo con toda verdad. Ha pasado muchos trabajos y los ha llevado muy bien. Si sin poner a Vuestra Merced en necesidad pudiera enviarle algo, hágalo con brevedad, aunque sea poco a poco.
El dinero que Vuestra Merced mandó ya se ha entregado, como verá en las cartas. Toribia había muerto, y su marido hizo mucho bien a sus hijos, que son pobres. Las misas están dichas (algunas creo que incluso antes de que llegara el dinero), por lo que Vuestra Merced mandó, y celebradas por personas excelentes, de lo mejor que he conocido. Me causó gran devoción el encargo, porque Vuestra Merced lo hacía con intención piadosa.
Yo me hallo en casa de la señora doña Guiomar en todos estos negocios, lo que me ha consolado, por estar más con quienes me hablan de Vuestra Merced. Y me agrada mucho que una hija de esta señora haya salido monja en nuestra casa, y que el Provincial me haya mandado venir como su compañera, donde tengo más libertad para hacer lo que quiero que en casa de mi hermana. Aquí hay mucho recogimiento y trato de Dios. Estaré hasta que se me mande otra cosa, aunque para tratar este asunto, es mejor estar aquí.
Y ahora hablemos de mi querida hermana la señora doña Juana, que aunque está lejos, no lo está de mi corazón. La encomiendo mucho a Dios. Beso mil veces las manos de Vuestra Merced por tanto favor como me hace. No sé cómo agradecérselo, sino pidiéndole al Niño Jesús que se lo recompense mucho. Y así se hace, que el santo fray Pedro de Alcántara lo tiene muy encomendado, y también los teatinos y otras personas a quienes Dios escuchará. Pido a su Majestad que lo haga mejor que a los padres, que incluso cuando no quieran, Dios pondrá en su corazón que me socorran.
De Vuestra Merced, muy cierta servidora,
Teresa de Ahumada
