Al Padre fray Ambrosio Mariano de San Benito, Carmelita Descalzo
JESÚS, MARÍA.
La gracia del Espíritu Santo sea con Vuestra Reverencia. Bien parece que V.R. no ha entendido lo que debo y quiero al Padre Olea, pues en negocios que haya tratado o trate su merced, me escribe V.R. Y creo que ya sabe que no soy desagradecida; así que le digo que, si en este negocio me fuera perder descanso y salud, ya estaría concluido; pero cuando hay cosa de conciencia en ello, no basta la amistad, porque debo más a Dios que a nadie.
Pluguiera a Dios que fuera falta de dote, que ya sabe V.R. (y si no, infórmese de ello) las muchas que hay en estos monasterios sin ninguno, cuánto más si él tiene uno bueno, que le dan quinientos ducados, con que puede ser monja en cualquier monasterio. Como mi Padre Olea no conoce a las monjas de estas casas, no me espanta que esté incrédulo; yo que sé que son siervas de Dios y conozco la limpieza de sus almas, no creeré jamás que ellas han de quitar a ninguna el hábito no habiendo muchas causas; porque sé el escrúpulo que suelen tener en esto. Y cuando así se determinan, debe de haber mucha razón. Y como somos pocas, la inquietud que hacen, cuando no son para la religión, es de suerte que aun a una conciencia ruin se le hiciera escrúpulo pretender esto, cuánto más a quien desea no descontentar en nada a nuestro Señor. Dígame V.R., si no le dan los votos, ¿cómo puedo yo hacer que los tome una monja por fuerza, como no se los dan, ni ningún prelado?
Y no piense V.R. que le va al Padre Olea nada, que me ha escrito que no tiene más con ella que con uno que pasa por la calle; sino que mis pecados le han puesto tanta caridad en cosa que no se puede hacer, ni yo le puedo servir, y me ha dado harta pena. Y, cierto, aunque pudiera ser, a ella no se la hacen en quedar con quien no la quiere. Yo he hecho en este caso más de lo que era razón, que se la hago tener otro año, harto contra su voluntad, para que se pruebe más, y por si cuando yo fuere a Salamanca, voy por allí, informarme mejor de todo. Esto es por servir al Padre Olea, y para que más se satisfaga; que bien veo que no mienten las monjas, que aun en cosas muy livianas sabe V.R. cuán ajeno es de estas hermanas esto.
Y no es cosa nueva irse monjas de estas casas: que es muy ordinario, y ninguna cosa pierde en decir que no tuvo salud para llevar este rigor; ni he visto ninguna que valga menos por esto. Escarmentada de esto, he de mirar mucho lo que hago de aquí en adelante; y así no se tomará la del Señor Nicolao, aunque a V.R. más le contente; porque estoy informada por otra parte, y no quiero, por hacer servicio a mis señores y amigos, tomar enemistad.
Es cosa extraña que diga V.R. que para qué se hablaba en ello. De esa manera no se tomaría monja. Porque deseaba servirle, y me dieron otra relación de lo que después he sabido: y yo sé que el Señor Nicolao quiere más el bien de estas casas que de un particular; y así, si estaba allanado en esto, V.R. no trate más de ello, por amor de Dios, que buen dote le dan, que puede entrar en otra parte, y no entre donde, para ser tan pocas, habían de ser bien escogidas. Y si hasta aquí no ha habido tanto extremo en esto con alguna, aunque son bien contadas, hemos ido tan mal, que lo habrá de aquí adelante. Y no se ponga con el Señor Nicolao en el desasosiego, que será tornarla a echar.
Me ha causado gracia que diga V.R. que enviándola la conocerá. No somos tan fáciles de conocer las mujeres, que muchos años las confiesan y después ellos mismos se espantan de lo poco que han entendido, y es porque ni aun ellas no se entienden para decir sus faltas; y ellos juzgan por lo que les dicen. Mi Padre, cuando quiere que le sirvamos en estas casas, denos buenos talentos, y verá cómo no nos desconcertaremos por el dote; cuando esto no hay, no puedo hacer servicio en nada.
Sepa V.R. que yo tenía por fácil tener ansí una casa, donde se alojaran los frailes, y no me parecía mucho, sin ser monasterio, que les dieran licencia para decir misa, como la dan en casa de un caballero seglar; y así lo envié a decir a nuestro Padre. Él me dijo que no convenía, porque era dañar el negocio; y me parece que acertó bien. Y V.R., sabiendo su voluntad, no había de determinarse a estar tantos como si tuvieran la licencia, aderezan la iglesia, que me ha hecho reír. Aun casa no compraba yo hasta tener la del ordinario. En Sevilla, que no hice esto, ya vi lo que costó. Yo dije a V.R. harto, que hasta tener letra del Señor Nuncio en que diese licencia, que no se haría nada.
Cuando don Jerónimo me dijo que venía a rogarlo a los padres, me quedé espantada; y por no parecerme a V.R.s en fiar tanto de ellos (al menos ahora), no estoy en hablar a Valdemoro: que tengo sospecha que la amistad, para hacernos bien, no la tiene, sino para ver si coge algo de qué avisar a sus amigos: y esta misma quisiera tuviese V.R. y no se fiase de él, ni por tales amigos quiera hacer ese negocio. Deje a cuyo es (que es de Dios) que su Majestad lo hará a su tiempo, y no se dé tanta prisa, que eso basta para estropearlo.
Sepa V.R. que don Diego Mexía es muy buen caballero, y que él hará lo que dice: y pues que se determinan a decirlo, entendido debe de tener de su primo que lo hará: y crea que lo que no hiciere por él, que no lo hará por su tía; ni hay para qué la escriba, ni a ninguna persona, que son muy primos, y el lazo y amistad de don Diego Mexía es mucho de estimar. Y también es buena señal decir el Arcediano que él daría la relación por nosotras; porque si no lo pensara hacer bien, no se encargaría de esto. El negocio está ahora en buenos términos, V.R. no lo mueva ahora más, que antes será peor. Veamos qué hace don Diego y el Arcediano.
Yo procuraré por acá entender si hay quien se lo ruegue; y si el Deán puede algo, doña Luisa lo hará con él todo. Esto ha sido mucho a mi gusto, y me hace más creer que se sirve mucho Dios de esta fundación; y así ni lo uno ni lo otro ha estado en manos de nosotros. Harto bien es que tengan casa, que tarde o temprano habremos de tener la licencia. A haberla dado el Señor Nuncio, ya estuviera acabado. Plazca a nuestro Señor de darle la salud que habemos menester. Yo le digo que el Tostado no es tan nada desconfiado, ni yo segura de que comenzará de hacer por él quien lo comenzó.
En el caso de Salamanca, el Padre Fray Juan de Jesús está tan mal con sus cuartanas (fiebres intermitentes), que no se sabe qué se puede hacer, ni Vuestra Reverencia se pronuncia sobre qué se ha de aprovechar. En cuanto al Colegio de allí, comenzaré por lo que es más importante: que si el Señor Nuncio hubiera dado licencia —y con ella se hubiese comenzado— ya estaría hecho; porque si los comienzos se hacen mal, todo lo demás sale torcido. Lo que el Obispo pide, a mi parecer, es (como ha sabido que el Señor Juan Díaz está allí en la forma en que está) que allá pueda hacerse otro tanto. Y no sé yo si en nuestra profesión se consiente estar como Vicarios: no me parece conveniente, ni que durará aquello dos meses, si llegara a hacerse, salvo para dejar al Obispo enojado. No sé cómo saldrán adelante esos Padres con ese gobierno; quizá quieran mucha perfección, y para esa gente no conviene; ni sé si al Obispo le gustarán los frailes.
Y digo a Vuestra Reverencia que hay más que hacer de lo que piensa: y que por donde creemos ganar, quizá perdamos. Tampoco me parece bien, para la autoridad de nuestra Orden, que entren con ese oficio de Vicarios (que no los quiere para otra cosa) personas que, cuando los vieran, los tendrían por ermitaños contemplativos, y no hechos para estar allí entre mujeres semejantes. Que fuera de sacarlas de su mal vivir, no sé si parecerá bien. Expongo los inconvenientes para que allá los consideren y hagan Vuestras Reverencias lo que les parezca, que yo me someto, y acertarán mejor. Léanlo al Señor Licenciado Padilla, y al Señor Juan Díaz, que yo no sé más que esto que digo. La licencia del Obispo siempre estará segura. Sin ella tampoco estoy muy confiada en ese gran negociador, el Señor Don Teutonio; que sí, tiene gran voluntad, pero poca posibilidad.
Yo esperaba estar allá para mover ese negocio; que soy muy charlatana (que no se lo diga a mi amigo Valdemoro), porque no quisiera que se dejase de hacer por no acertar con los medios. Esa casa es la que mucho he deseado, y hasta que haya más comodidad (por la cercanía real) me he alegrado; porque de ninguna manera hallo que se pueda sacar bien. Mejor están en Malagón, mal por mal; que Doña Luisa tiene gran deseo, y con el tiempo dará buenas comodidades, y hay muchos lugares grandes a la redonda: yo entiendo que no les faltará qué comer. Y para que no parezca que se quita color al dejar esa otra casa, la pueden pasar allí: y ahora no entienden que se deja del todo, sino que es hasta tener hecha la casa; porque parece poca autoridad el haberla hecho un día, y quitarla al otro.
La carta para Don Diego Mexía se dio a Don Jerónimo, y él debía enviársela con otra que enviaba para el Conde de Olivares. Yo le volveré a escribir cuando vea que hace falta: no lo olvide Vuestra Reverencia. Y otra vez digo, que si él dijo que lo daría claro; que lo trató con el Arcediano, y que lo tiene por hecho, que es hombre de verdad.
Ahora me ha escrito por una monja, que ojalá tuvieran las que dejamos las mismas cualidades que ella, que no las dejaría de tomar. Su madre —del Padre Visitador— se ha informado de ella. Ahora que digo esto, me parece bien, con el pretexto de hablar algo a Don Diego sobre esta monja, hablarle de ese otro negocio, y volver a encargárselo, y así lo haré. Mande Vuestra Reverencia darle esa carta, y quede con Dios, que bien me he alargado, como si no tuviera otra cosa en qué ocuparme. Al Padre Prior no escribo, por tener ahora muchas cartas, y porque esta puede tenerla Su Paternidad por suya. A mi Padre Padilla, muchas encomiendas. Mucho alabo a nuestro Señor de que tiene salud. Su Majestad sea con Vuestra Reverencia siempre. Yo procuraré la cédula, aunque sepa que ha de hablarse con Valdemoro, que no lo puedo encarecer más; porque cosa no creo que hará por nosotros. Es hoy día de las Vírgenes.
Indigna sierva de V. R.
Teresa de Jesús
Me han dado hoy otras cartas de V. R. antes que viniese Diego. Con el primero envíe V. R. esa carta a nuestro Padre, que es para unas licencias. De negocios no le escribo nada: por eso no deje V. R. de escribirle.
Para que vea si son para más mis Monjas que Vuestras Reverencias, le envío ese pedazo de carta de la Priora de Beas, Ana de Jesús. ¿Ha visto qué buena casa he buscado para los de La Peñuela? De verdad me ha dado gran placer. Ojalá no lo acaben tan pronto Vuestras Reverencias. Han recibido una monja, que vale su dote siete mil ducados. Otras dos están para entrar con otro tanto. Y ya tienen recibida a una mujer muy principal, sobrina del Conde de Tendilla; que ha enviado muchas cosas de plata: candelabros, vinagreras, muchas otras cosas, relicario, cruz de cristal... sería largo de decir todo lo que ha enviado. Y ahora se les ha levantado un pleito, como verá en esas cartas. Mire Vuestra Reverencia qué se puede hacer, que con hablar a ese Don Antonio, sabrá lo que conviene al caso; y decir cuán altas están las rejas, y que a nosotras nos va más; que a ellos no les dan pesadumbre. En fin, vea lo que se puede hacer. Su Majestad sea con V. R. siempre.
