Jesús, María y José sean en el alma de mi Padre Fray Juan de Jesús.
Recibí la carta de Vuestra Reverencia en esta cárcel, donde estoy con mucho gusto, pues paso todos mis trabajos por mi Dios y por mi Religión.
Lo que me da pena, mi Padre, es la que Vuestras Reverencias tienen de mí: esto es lo que me atormenta. Por tanto, hijo mío, no tenga pena, ni los demás la tengan; que, como otro Pablo (aunque no en santidad), puedo decir: que las cárceles, los trabajos, las persecuciones, los tormentos, las ignominias y afrentas por mi Cristo y por mi Religión son regalos y mercedes.
Nunca me he visto más aliviada de los trabajos que ahora. Es propio de Dios favorecer a los afligidos y encarcelados con su ayuda y favor. Doy a mi Dios mil gracias, y es justo que se las demos todos por la merced que me hace en esta cárcel.
Hay, ¡mi hijo y Padre!, ¿hay mayor gusto, ni más regalo, ni suavidad que padecer por nuestro buen Dios? ¿Cuándo tuvieron los Santos más encuentro y gozo sino cuando padecían por su Cristo y Dios?
Este es el camino seguro para Dios, y el más cierto; pues la cruz ha de ser nuestro gozo y alegría. Y así, Padre mío, cruz busquemos, cruz deseemos, trabajos abracemos; y el día que nos faltaren, ¡ay de la Religión Descalza! ¡Y ay de nosotros!
Díceme en su carta cómo el Señor Nuncio ha mandado que no se funden más conventos de Descalzos, y que los hechos se deshagan, a instancia del Padre General; que el Nuncio está enojadísimo contra mí, llamándome mujer inquieta y andariega; y que el mundo está puesto en armas contra mí y mis Hijos, escondiéndose en las breñas ásperas de los montes y en las casas más retiradas, para que no los hallen y prendan.
Esto es lo que lloro, esto es lo que siento, esto es lo que me da lástima: que por una pecadora y mala monja hayan mis Hijos de padecer tantas persecuciones y trabajos, desamparados de todos —mas no de Dios, que de esto estoy cierta—, no nos dejará ni desamparará a los que tanto le aman.
Y para que se alegre mi Hijo con los demás sus hermanos, le digo una cosa de gran consuelo —y esto quede entre mí, Vuestra Reverencia y el Padre Mariano—, que recibiré pena si lo entienden otros:
Sabrá mi Padre cómo una religiosa de esta casa, estando la vigilia de mi Padre San José en oración, se le apareció él, y la Virgen, y su Hijo, y vio cómo estaban rogando por la Reforma; y le dijo nuestro Señor que el Infierno y muchos de la tierra hacían grandes alegrías, por ver —a su parecer— deshecha la Orden.
Mas al punto que el Nuncio dio sentencia que se deshiciese, la confirmó a ella Dios, y le dijo que acudiesen al Rey, y que lo hallarían en todo como Padre; y lo mismo dijo la Virgen y San José, y otras cosas que no son para carta. Y que yo, dentro de veinte días, saldría de la cárcel, placiendo a Dios. Y así, alegrémonos todos, pues desde hoy la Reforma Descalza irá subiendo.
Lo que ha de hacer Vuestra Reverencia es estarse en casa de doña María de Mendoza hasta que yo avise; y el Padre Mariano irá a dar esta carta al Rey y la otra a la Duquesa de Pastrana. Y Vuestra Reverencia no salga de casa, para que no le prendan, que presto nos veremos libres.
Yo quedo buena y gorda, sea Dios bendito. Mi compañera está desganada; encomiéndennos a Dios, y dígase una misa de gracias a mi Padre San José. No me escriba hasta que yo le avise.
Dios le haga santo y perfecto religioso descalzo.
Hoy miércoles, veinticinco de marzo de mil quinientos setenta y nueve. Con el Padre Mariano avise que Vuestra Reverencia y el Padre Fray Jerónimo de la Madre de Dios negociarán en secreto con el Duque del Infantado.
Teresa de Jesús.
