Al mismo Padre fray Jerónimo Gracian de la Madre de Dios
JESÚS sea con Vuestra Reverencia, mi Padre.
También le he escrito por la vía de Toledo. Hoy me trajeron esa carta de Valladolid, que de pronto me dio un sobresalto por la novedad; pero luego he considerado que los juicios de Dios son grandes, y que, en fin, Él ama a esta Orden y ha de sacar algún bien, o evitar algún mal, que no entendemos.
Por amor de nuestro Señor, Vuestra Reverencia no tenga pena. A la pobre muchacha le tengo mucha lástima, pues es la peor librada, porque es burla con descontento andar ella con la alegría que andaba. No debe de querer Su Majestad que nos honremos con señores de la tierra, sino con los pobrecitos, como eran los apóstoles, y así no hay que hacer caso de ello; y habiendo sacado también a la otra hija para llevarla consigo, de Santa Catalina de Siena, hace al caso para no perder nada —aquí hablo de las cosas del mundo—; que para Dios quizá sea lo mejor, que sólo en Él pongamos los ojos.
Vaya con Dios. Él me libre de estos señores, que todo lo pueden, y tienen extraños reveses. Aunque esta pobrecita no se ha entendido, al menos volver a la Orden creo que no nos estaría bien. Si algún mal hay, es el daño que puede hacer que, en estos principios, haya cosas semejantes. A fe que el descontento como el de acá no me espantara; mas tengo por imposible que ella pudiera disimularlo tanto, si en verdad lo tuviera.
Lástima me da aquella pobre Priora, por lo que pasa, y a nuestra María de San José. Escríbala Vuestra Reverencia. Cierto que siento mucho verle ahora alejarse tanto; no sé qué me ha dado. Dios le traiga con bien; y al Padre Fray Nicolás, mis encomiendas.
Todas las de acá las envían a Vuestra Reverencia, y guárdele Dios. Son hoy veinte y ocho de septiembre.
De Vuestra Reverencia,
súbdita e hija,
Teresa de Jesús.
