XXI Carta de Santa Teresa de Ávila

 


Al Padre Gonzalo de Ávila, de la Compañía de Jesús, confesor de la Santa

Jesús sea con Vuestra Merced.

Hacía tiempo que no me mortificaba tanto como hoy al leer su carta. No soy tan humilde como para querer ser tenida por tan soberbia; y Vuestra Merced no debería querer demostrar su humildad a costa mía. Nunca había sentido tantas ganas de romper una carta suya como con esta. Le confieso que sabe bien cómo mortificarme y hacerme ver lo que soy, pues le parece que yo creo poder enseñar. ¡Dios me libre! No quisiera ni recordarlo. Ya veo que tengo la culpa, aunque no sé si la tiene más el deseo que tengo de verle a Vuestra Merced bien, pues quizás esta debilidad sea la causa de que le hable con tanta libertad y sin medir mis palabras, movida por el cariño que le tengo. Luego me queda escrúpulo por algunas cosas que traté con usted, y si no fuera por no parecer desobediente, no habría respondido a lo que me pide, pues me causa mucha contradicción. Dios lo reciba. Amén.

Una de mis grandes faltas es juzgar las cosas de la oración desde mi propia experiencia, así que no debe Vuestra Merced hacer mucho caso de lo que yo diga, porque Dios le dará un talento distinto al de una mujercilla como yo. Considero un gran favor del Señor tenerle tan presente de forma tan continua. Y, sin embargo, cuando tengo a mi cargo muchas cosas que deben pasar por mis manos, no hay persecuciones ni trabajos que tanto me estorben. Si se trata de algo que puedo hacer con rapidez, me ha sucedido —y con frecuencia— acostarme a la una o las dos de la madrugada, o incluso más tarde, para que el alma no se vea luego obligada a atender otros cuidados más que al que tiene presente. Para la salud, me ha hecho bastante daño, y por eso sospecho que puede ser una tentación, aunque me parece que el alma queda más libre, como quien tiene entre manos un asunto de gran importancia y procura despachar pronto los demás asuntos para que no le estorben en nada lo más necesario.

Por eso, todo lo que puedo dejar que hagan las Hermanas me da gran contento, aunque en algunos casos quizá se haría mejor si lo hiciera yo. Pero como no se hace por ese motivo, Su Majestad lo suple, y yo me hallo interiormente muy beneficiada mientras más me aparto de las cosas. Lo tengo tan claro que muchas veces me descuido de procurar ese apartamiento, y ciertamente siento el daño. Veo que podría poner más empeño y diligencia en esto, y que me hallaría mejor.

Esto no se refiere a asuntos graves, que no pueden evitarse y en los que también puede estar mi falta, porque las ocupaciones de Vuestra Merced son justamente esas, y sería un error dejarlas en manos de otro. Así lo pienso, salvo cuando veo que se encuentra mal, y entonces querría que tuviera menos trabajo. Me hace alabar al Señor ver con cuánta sinceridad toma Vuestra Merced las cosas que tocan a su Casa. No soy tan simple como para no entender la gran merced que Dios le ha hecho al darle ese talento, y el gran mérito que hay en ello. Me causa harta envidia, y quisiera yo que así fuera mi superior. Ya que Dios me ha dado a Vuestra Merced como tal, querría que tuviera tanto de mi alma como de la fuente que me ha caído en gracia. Y es algo tan necesario en el Monasterio, que todo lo que Vuestra Merced haga en él, lo merece la causa.

No me queda más que decir. Ciertamente hablo con total sinceridad, como si lo hiciera ante Dios, y entiendo que todo lo que se hace para cumplir bien el oficio de superior es tan agradable a Dios, que en breve concede lo que de otro modo requeriría mucho tiempo. Lo sé por experiencia, tanto como lo dicho antes, aunque al ver a Vuestra Merced tan ocupado continuamente, por junto me ha venido al pensamiento lo que le dije. Y cuanto más lo pienso, más me convenzo de que, como dije, hay gran diferencia entre Vuestra Merced y yo. Me corregiré de expresar mis primeros impulsos, pues me cuesta caro. En cuanto vea a Vuestra Merced bien, cesará mi tentación. Que el Señor lo haga como puede y como deseo.

Servidora de Vuestra Merced,
Teresa de Jesús

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