Al muy reverendo padre provincial de la Compañía de Jesús de la Provincia de Castilla
JESÚS
La gracia del Espíritu Santo sea siempre con Vuestra Paternidad. Amén.
Una carta de Vuestra Paternidad me ha espantado mucho, porque me dice en ella que yo he tratado de que el Padre Gaspar de Salazar deje la Compañía de Jesús y se pase a nuestra Orden del Carmen, porque —según afirma Vuestra Paternidad— nuestro Señor así lo quiere y lo ha revelado.
Respecto a lo primero, sepa Su Merced que esto se hallará falso. Jamás deseé tal cosa, mucho menos procurarlo con él. Y cuando alguna noticia de este tipo me llegó —que no fue por carta suya— me alteré tanto y me dio tan grande pena, que no me hizo ningún provecho para la escasa salud que entonces tenía. Y esto sucedió hace tanto, que debió de saberse mucho después de lo que Vuestra Paternidad piensa.
Respecto a la revelación que Vuestra Paternidad menciona, si yo no había escrito ni sabía nada de esa determinación, tampoco sabría si él había tenido revelación en el caso.
Cuando yo tuviese la revelación que Vuestra Paternidad dice, no soy tan ligera que por algo semejante hubiese querido hacer tan grande mudanza, ni darle parte de ello. Porque, gracias a Dios, hay muchas personas enseñadas sobre el valor y crédito que se ha de dar a esas cosas. Y no creo que el Padre Salazar hiciera caso de eso si no hubiese más en el asunto, porque es muy cuerdo.
En cuanto a lo que Vuestra Paternidad dice, que lo averigüen los prelados, será muy acertado. Vuestra Paternidad se lo puede mandar, porque está muy claro que él no hará cosa alguna sin licencia de Vuestra Paternidad, a lo que yo pienso, dándole noticia de ello.
La mucha amistad que hay entre el Padre Salazar y yo, y la merced que me hace, no la negaré jamás; aunque tengo por cierto que le ha movido más a ello el servicio de nuestro Señor y su bendita Madre que otra amistad. Porque bien creo que ha pasado hasta dos años sin que hayamos recibido carta el uno del otro. Si la amistad es antigua, se entenderá que en otros tiempos me vi con más necesidad de ayuda, pues esta Orden tenía entonces solo dos padres descalzos, y habría sido más razonable procurar ese cambio entonces que ahora, que —gracias a Dios— hay, según pienso, más de doscientos, y entre ellos personas bastantes para nuestra pobre manera de proceder. Jamás he pensado que la mano de Dios estuviese más abreviada para la Orden de su Madre que para las otras.
En lo que Vuestra Paternidad dice, que yo he escrito para que se diga que lo estorbaba, no me escriba Dios en su libro si tal pasó por mi pensamiento. Baste este encarecimiento, a mi parecer, para que Vuestra Paternidad entienda que no trato con la Compañía sino como quien tiene sus cosas en el alma, y pondría la vida por ellas cuando entendiese que no sirve a nuestro Señor hacer lo contrario. Sus secretos son grandes, y como yo no he tenido más parte en este negocio que la que he dicho —y de esto es Dios testigo—, tampoco la querría tener en lo que está por venir.
Si se me echa la culpa, no es la primera vez que padezco sin ella; mas tengo experiencia de que cuando nuestro Señor está satisfecho, todo lo allana. Y jamás creeré que, por cosas muy leves, permita Su Majestad que su Compañía vaya contra la Orden de su Madre, pues la tomó como medio para repararla y renovarla; cuanto más por cosa tan ligera. Y si lo permitiere, temo que pueda suceder que lo que se piensa ganar por una parte se pierda por otras.
De este Rey somos todos vasallos. Plazca a Su Majestad que los del Hijo y de la Madre sean tales que, como soldados esforzados, solo miremos hacia dónde va la bandera de nuestro Rey, para seguir su voluntad. Que si esto hacemos de verdad los carmelitas, está claro que no se pueden apartar los del nombre de Jesús, del cual tantas veces soy amenazada. Plazca a Dios guardar a Vuestra Paternidad muchos años.
Ya sé la merced que siempre nos hace, y aunque miserable, le encomiendo mucho a nuestro Señor. Y a Vuestra Paternidad le suplico que haga lo mismo por mí, que llevo un año sin dejar de recibir trabajos y persecuciones sobre esta pobre vieja, y ahora este negocio no lo tengo por el menor.
Con todo, doy a Vuestra Paternidad mi palabra de no decir nada para que lo haga, ni a persona que lo diga de mi parte, ni se lo he dicho a nadie. Hoy es diez de febrero.
Indigna sierva y súbdita de Vuestra Paternidad,
Teresa de Jesús
