XIX Carta de Santa Teresa de Ávila

 



Al mismo padre Rodrigo Alvarez, de la Compañía de Jesús

JESÚS.

Esta monja hace cuarenta años que tomó el hábito, y desde el primero comenzó a meditar en la Pasión de Cristo nuestro Señor, dedicando algunos momentos del día a contemplar los misterios y a reflexionar sobre sus pecados, sin nunca pensar en cosas sobrenaturales, sino en las criaturas o cosas de las que sacaba cómo pronto se acaba todo; al mirar las criaturas, contemplaba la grandeza de Dios y el amor que nos tiene.

Este amor le daba mucho más deseo de servirle; nunca fue por temor ni le daba importancia. Siempre tuvo un gran anhelo de que Él fuera alabado y de que su Iglesia creciera. Por esto era por lo que rezaba, sin hacer nada por sí misma; le parecía poco el sufrir, aunque fuera sólo un poco.

En esto pasó como veintidós años en grandes sequedades, y jamás le pasó por la mente desear más, porque se tenía por tan indigna, que aún pensar en Dios le parecía que no lo merecía, sino que el Señor le hacía gran merced al dejarla estar delante de Él rezando o leyendo también buenos libros.

Hace, como dije, unos dieciocho años, cuando se comenzó a tratar del primer monasterio que fundó de Descalzas, que fue en Ávila, tres años, o dos antes (creo que son tres), comenzaron a parecerle interiormente que alguien le hablaba a veces, y a ver algunas visiones y revelaciones, en los ojos del alma (que jamás vio cosa con los ojos corporales, ni oyó nada: sólo en dos ocasiones le pareció que escuchó hablar, pero no entendía nada). Era una representación, cuando veía estas cosas interiormente, que no duraban sino como un relámpago, lo más ordinario; pero quedaban tan impresas, y con tantos efectos, como si lo hubiera visto con los ojos del cuerpo, o más aún.

Ella era entonces extremadamente temerosa de lo sobrenatural, que aun de día no se atrevía a estar sola algunas veces. Y como, aunque más lo procuraba, no podía evitar esto, andaba muy afligida, temiendo que fuese engaño del demonio; y comenzó a tratarlo con personas espirituales de la Compañía de Jesús.

Entre los cuales estaban el Padre Araoz, que era Comisario de la Compañía y que por casualidad fue allí; y al Padre Francisco, que fue el Duque de Gandía, trató dos veces; y a un Provincial que ahora está en Roma, llamado Gil González; y aun al que ahora lo es en Castilla, aunque a este no lo trató tanto; al Padre Baltasar Álvarez, que es ahora Rector en Salamanca, y que fue su confesor durante seis años en ese tiempo; y al Rector que ahora está en Cuenca, llamado Salazar; y al de Segovia, llamado Santander; al Rector de Burgos, llamado Ripalda; y aun este último la trató bastante mal por haber oído estas cosas, hasta después que la conoció mejor; al Doctor Paulo Hernández en Toledo, que era Consultor de la Inquisición; al Rector que era de Salamanca, cuando ella habló con él; al Doctor Gutiérrez, y a otros Padres de la Compañía que eran conocidos por ser espirituales, pues cuando estaba en los lugares donde fundaba, procuraba buscarlos.

Al Padre Fray Pedro de Alcántara, que era un santo varón de los Descalzos de San Francisco, lo trató mucho, y fue él quien insistió mucho en que se entendiera que era buen espíritu. Durante más de seis años le hicieron muchas pruebas, como tiene escrito con más detalle y se dirá más adelante; y ella, con muchas lágrimas y aflicciones, cuanto más pruebas le hacían, más tenía suspensiones y arrobamientos muchas veces, aunque no sin perder el sentido.

Se hacían muchas oraciones, y se decían muchas misas, para que el Señor la llevase por otro camino; porque su temor era grandísimo cuando no estaba en oración, aunque en todas las cosas que tocaban a su alma se veía una gran mejora, y no tenía vanagloria ni tentación de soberbia; antes bien, se avergonzaba mucho y se apenaba de ver que se sabía, y aun si no eran confesores o personas que debían darle luz, jamás hablaba nada de esto; y a estos les dolía más decírselo que si fueran graves pecados, porque le parecía que se burlarían de ella y que eran cosas de mujercillas, que siempre había detestado oír.

Hace como trece años, poco más o menos (después de fundado San José, donde ya se había trasladado desde el otro monasterio), fue allí el obispo que ahora está en Salamanca, que era inquisidor, no sé si en Toledo, y lo había sido en Sevilla, llamado Soto. Ella procuró hablarle para asegurarse más. Le dio cuenta de todo. Él le dijo que no era cosa que tocaba a su oficio; porque todo lo que ella veía y entendía siempre la afirmaba más en la fe católica, en la que siempre estuvo y está firme, con grandísimos deseos del honor de Dios y del bien de las almas, por los que muchas veces desearía morir.

Le dijo, al verla tan fatigada, que escribiera todo, y toda su vida, sin dejar nada, al Maestro Ávila, que era un hombre que entendía mucho de oración, y que con lo que le escribiera, se consolara. Ella lo hizo así, y escribió sus pecados y su vida. Él la aprobó y la consoló, asegurándola mucho. Fue de tal fuerza esta relación que todos los letrados que la habían visto, que eran sus confesores, decían que era de gran provecho como guía para cosas espirituales; y le mandaron que la copiara, e hiciera otro librito para sus hijas (pues era Priora), donde les diera algunos avisos.

Con todo esto, a veces no le faltaban temores, pensando que también las personas espirituales podían estar engañadas, como ella. Le dijo a su confesor que, si quería, tratara con algunos grandes letrados, aunque no fueran muy dados a la oración; porque ella no quería otra cosa sino saber si lo que vivía estaba conforme a la Sagrada Escritura. Algunas veces se consolaba, pensando que, aunque por sus pecados merecía ser engañada, con tantos buenos que deseaban darle luz, el Señor no permitiría que todos se engañaran.

Con este intento comenzó a tratar con Padres de la Orden del glorioso Padre Santo Domingo, con quienes antes de estas cosas se había confesado —no dice con estos concretos, sino con esta Orden en general—. Son estos con los que después ha tratado. El Padre Fray Vicente Barrón la confesó año y medio en Toledo, y era entonces consultor del Santo Oficio; y antes de estas cosas la había tratado muchos años. Era gran letrado. Este la aseguró mucho, al igual que los de la Compañía [de Jesús] que ha mencionado. Todos le decían que, si no ofendía a Dios y si se conocía a sí misma por ruin, ¿de qué temía?

Con el Padre Fray Pedro Ibáñez, que era lector en Ávila. Con el Padre Maestro Fray Domingo Báñez, que ahora está en Valladolid como regente en el Colegio de San Gregorio, se confesó seis años, y siempre trataba con él por cartas cuando se le ofrecía algo.
Con el Maestro Chaves. Con el Padre Maestro Fray Bartolomé de Medina, catedrático de Salamanca, que sabía que estaba muy mal con ella por haber oído decir estas cosas, y le pareció que este le diría mejor —si iba engañada— que ninguno, por tener tan poco crédito. Esto fue hace poco más de dos años. Procuró confesarse con él y le dio gran relación de todo el tiempo que allí estuvo, y vio lo que había escrito para que mejor lo entendiese. Él la aseguró tanto, y más que todos, y quedó muy su amigo.

También se confesó algún tiempo con Fray Felipe de Meneses, cuando fundó en Valladolid, que era el rector de aquel Colegio de San Gregorio; y antes había ido a Ávila (habiendo oído estas cosas) a hablarla con harta caridad, queriendo saber si iba engañada para darle luz; y si no, para tornarla por ella, cuando oyese murmurar; y se satisfizo mucho.

También trató particularmente con un provincial de Santo Domingo, llamado Salinas, hombre muy espiritual; y con otro presentado, llamado Lunar, que era prior en Santo Tomás de Ávila; en Segovia con un lector, llamado Fray Diego de Yanguas.
Entre estos Padres de Santo Domingo no faltaban algunos de harta oración, y aun quizá todos. Y otros algunos también ha tratado, que en tantos años y con tanto temor ha habido lugar para ello, especialmente como andaba en tantas partes a fundar. Se han hecho muchas pruebas, porque todos deseaban acertar a darle luz; por donde la han asegurado, y se han asegurado ellos también. Siempre estaba sujeta a lo que le mandaban, y así se afligía cuando en estas cosas sobrenaturales no podía obedecer. Y su oración, y la de las monjas que ha fundado, siempre es con gran cuidado por el aumento de la Fe, y por esto comenzó el primer monasterio, junto con el bien de su Orden.

Decía ella que, cuando algunas de estas cosas la indujesen contra lo que es fe católica y ley de Dios, que no habría necesidad de andar a buscar letrados ni hacer pruebas, que luego vería que era del demonio. Jamás hizo cosa por lo que entendía en la oración; antes, cuando le decían sus confesores que hiciese lo contrario, lo hacía sin ninguna pesadumbre, y siempre les daba parte de todo. Nunca creyó tan determinadamente que era Dios (aunque cuanto le decían que sí), que lo jurara; aunque, por los efectos y las grandes mercedes que le ha hecho en algunas cosas, le parecía buen espíritu. Mas siempre deseaba virtudes más que nada; y esto ha puesto a sus monjas, diciéndoles que lo más humilde y mortificado sería lo más espiritual.

Lo que está dicho que escribió, dio al Padre Maestro Fray Domingo Báñez, que es el que está en Valladolid, con quien más tiempo ha tratado y trata. Él lo ha presentado al Santo Oficio en Madrid así todo lo dicho se somete a la fe católica y a la Iglesia romana. Nadie le ha atribuido culpa alguna, pues estas cosas no están en manos humanas, y nuestro Señor no pide lo imposible. 

La causa de que se haya divulgado tanto todo esto es que, como ella obraba con temor, lo comunicó a muchos, y unos lo decían a otros. También influyó un incidente con un escrito suyo. Esto le ha causado grandísimo tormento y cruz, y le cuesta muchas lágrimas. Dice ella que no por humildad, sino por lo ya dicho. Le parecía un permiso del Señor para atormentarla, pues mientras unos hablaban muy mal de lo que los otros habían dicho, pronto después otros hablaban muy bien.

Tenía el extremo cuidado de no someterse a quien le parecía que creería que todo era de Dios, porque temía que el demonio engañara a ambos. Con quienes veía temerosos, trataba mejor su alma; aunque también le dolía que, para probarla, despreciaran del todo estas cosas, porque algunas le parecían muy de Dios. Y no quería que, viendo alguna causa, las condenaran tan categóricamente, pero tampoco que pensaran que todo era de Dios. Como entendía muy bien que podía haber engaño, jamás le pareció bien asegurarse del todo en lo que pudiera haber peligro.

Procuraba lo más que podía no ofender a Dios de ninguna manera, y siempre obedecía. Y con estas dos cosas pensaba que, con el favor de Dios, se libraría incluso si se tratase del demonio.

Desde que tuvo experiencias sobrenaturales, siempre se inclinó a buscar lo más perfecto, y tenía casi constantemente un gran deseo de padecer. En las persecuciones (que ha tenido muchas) se encontraba consolada, y con amor particular hacia quienes la perseguían; también con gran deseo de pobreza y soledad, y de salir de este destierro para ver a Dios. Por estos efectos y otros semejantes, comenzó a tranquilizarse, pareciéndole que un espíritu que la dejaba con tales virtudes no podía ser malo; y así lo decían los que la trataban, aunque no para que dejara de temer, sino para que no anduviera tan fatigada.
Jamás su espíritu le persuadía a encubrir nada, sino a obedecer siempre. Nunca vio nada con los ojos del cuerpo, como ya se ha dicho, sino con una delicadeza y cosa tan intelectual, que a veces al principio pensaba si lo habría imaginado; otras veces no podía pensarlo. Estas cosas no eran continuas, sino que por lo general ocurrían en alguna necesidad, como una vez que estuvo unos días con tormentos interiores insoportables y un desasosiego en el alma por temor de estar siendo engañada por el demonio, como está largamente narrado en otro escrito (tan públicos han sido sus pecados, que están allí como lo demás), porque el miedo que traía le hacía olvidar su crédito.

Estando así, en esa aflicción que no se puede expresar, solo con entender estas palabras interiormente: “Yo soy, no tengas miedo”, el alma quedaba tan en paz, animada y confiada, que no podía comprender de dónde le había venido tan gran bien. Ningún confesor ni muchos letrados con muchas palabras habrían podido ponerle aquella paz y quietud que una sola de esas palabras le dio. Así ocurrió otras veces, que con alguna visión quedaba fortalecida, porque sin esto no habría podido soportar tantos trabajos y contradicciones, junto con enfermedades incontables, que aún sufre (aunque ahora menos), pues siempre vive con algún género de sufrimiento. Hay más o menos, pero lo ordinario son dolores continuos, con muchas otras enfermedades, aunque desde que es monja se le agravaron más, si en algo sirve al Señor. Y las mercedes que el Señor le hace, aunque muchas veces se acuerda de ellas, pronto se le olvidan. En cambio, no puede dejar de recordar continuamente sus pecados, que la atormentan como un cieno de mal olor.

Haber tenido tantos pecados y haber servido tan poco a Dios debe de ser la causa de no ser tentada de vanagloria. Jamás con cosa de su espíritu tuvo experiencia que no fuera toda limpia y casta; ni parece que, si es buen espíritu y tiene cosas sobrenaturales, pueda haber otra forma, porque se olvida del cuerpo por completo, no queda memoria de él: todo se emplea en Dios.

También tiene un gran temor de no ofender a Dios nuestro Señor y de hacer en todo su voluntad: esto se lo suplica siempre. Y ya le parece estar tan determinada a no apartarse de ella, que no hay cosa que le digan sus confesores, en que ella piense que puede servir más al Señor, que no lo haga o deje de hacerlo, con el favor del Señor. Y confiada en que Su Majestad ayuda a quienes se determinan por su servicio y gloria, no se acuerda más de sí ni de su propio provecho, en comparación con esto, como si no existiera. Hasta donde puede entender de sí, y según entienden sus confesores, todo lo que hay en este papel es verdad y puede probarse con ellos y con todas las personas que la han tratado en los últimos veinte años. Muy frecuentemente su espíritu la mueve a alabanzas de Dios, y querría que todo el mundo lo entendiese, aunque a ella le cueste mucho. De ahí viene su deseo del bien de las almas y de ver cuán vanas son las cosas de este mundo, y cuán preciosas las interiores, que no tienen comparación. Por eso ha llegado a tener en poco las cosas del mundo.

La manera de visión que Su Merced quiere saber es tal, que no se ve cosa alguna, ni interior ni exteriormente, porque no es imaginaria. Mas sin ver nada, el alma entiende lo que es y hacia dónde se representa, más claramente que si lo viera. No se representa cosa particular, sino como si una persona sintiese que otra está junto a ella, y que por estar a oscuras no la ve, pero entiende con certeza que está allí. Sin embargo, esta comparación no basta, porque quien está a oscuras oye ruidos, ve algo con la vista, antes de entender que está allí o la conoce de antes. Aquí no hay nada de eso, sino que sin palabras exteriores ni interiores, el alma entiende clarísimamente quién es, hacia dónde está y, a veces, lo que quiere significar. Por dónde o cómo lo entiende, ella no lo sabe, pero ocurre así; y cuando cesa, por más que quiera imaginarlo como antes, no puede, porque sabe que es imaginación, no representación. Esto no está en su mano; así son todas las cosas sobrenaturales. De aquí viene que quien recibe estas mercedes de Dios no se tenga en nada, sino con mucha mayor humildad que antes, porque ve que es cosa dada, y que no puede ni quitarla ni ponerla. Y queda con mayor amor y deseo de servir a tan poderoso Señor, que puede lo que aquí no podemos ni siquiera entender. Porque aunque haya muchas letras, hay letras que no se alcanzan. Sea bendito el que lo da. Amén, por siempre jamás.

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