XVIII Carta de Santa Teresa de Ávila

 

Al padre Rodrigo Álvarez, de la Compañía de Jesús, confesor de la Santa

Jesús.

Estas cosas interiores son muy difíciles de explicar, y más aún de forma comprensible y breve. Si no fuera por obediencia, no me atrevería a intentarlo. Y aunque me equivoque, no importa mucho; lo esencial está en manos de otros que, sin duda, comprenderán mejor que yo lo que quiero decir.

En todo lo que escriba, le ruego a Su Merced que entienda que no intento presentarme como alguien que ha acertado en todo, porque bien podría no entenderlo del todo. Lo único que puedo asegurar es que no hablaré de nada que no haya experimentado personalmente, y en más de una ocasión. Si lo que digo está bien o no, Su Merced lo verá y me lo hará saber.

Me parece que será de su agrado que empecemos tratando el principio de aquellas experiencias sobrenaturales que podemos adquirir aquí en la tierra con la ayuda del Señor: la devoción, la ternura, las lágrimas y la meditación.

La primera forma de oración que experimenté —y que me pareció verdaderamente sobrenatural, es decir, aquella que no se puede obtener con esfuerzo ni dedicación, aunque sí podemos prepararnos para recibirla— fue un recogimiento interior muy profundo. Se siente en el alma como si tuviera sentidos distintos de los del cuerpo, como si quisiera apartarse del ruido exterior. Los sentidos corporales no es que se apaguen del todo, pero es como si la persona los perdiera momentáneamente para poder concentrarse por completo en lo que está gozando el alma. Es un momento breve que pasa rápido, pero deja en el alma una riqueza de humildad, virtudes y deseos tan intensos que se entiende el gran bien recibido, aunque no se pueda explicar con palabras. Aun cuando el alma lo comprende, no sabe cómo lo comprende ni cómo expresarlo.

En mi opinión, si esta experiencia es verdadera, es una de las mayores gracias que el Señor concede en el camino espiritual, si no la mayor.

Lo que suele llamarse “arrobamiento” o “suspensión” —yo suelo preferir llamarlo “suspensión” para no causar temor con la palabra “arrobamiento”— es, en esencia, lo mismo: una unión del alma con Dios. La diferencia está en que el arrobamiento dura más y se siente más intensamente en el cuerpo. En ese estado se va perdiendo el aliento, no se puede hablar ni abrir los ojos. Aunque en la unión interior también se siente algo así, en el arrobamiento todo esto ocurre con mayor fuerza, como si el calor natural del cuerpo se desvaneciera.

Cuando es muy intenso, las manos pueden quedarse frías y extendidas como palos, y el cuerpo permanece inmóvil de pie o de rodillas, olvidado de sí mismo, completamente absorto en lo que el Señor le muestra. Si el estado dura, los miembros pueden quedar sin sensibilidad. Algunas veces la persona siente el deseo de cerrar los ojos, de no oír ni ver nada, sino sólo quedarse a solas tratando con Dios. En estos momentos no se pierde ningún sentido ni facultad; todo está intacto, pero enfocado únicamente en Dios. Quien haya recibido esta gracia lo entenderá fácilmente, y quien no, necesitará muchas palabras y comparaciones para comprenderlo.

De este recogimiento suele brotar una paz y una quietud tan profunda, que el alma siente que no le falta nada. Incluso hablar, rezar o meditar le resultan una carga: sólo quiere amar y permanecer en ese estado durante un tiempo, aunque sea breve.

A veces, tras esta oración, se produce un estado que se suele llamar “sueño de las potencias”, pero que no llega a ser arrobamiento ni unión completa. En este caso, la voluntad queda unida a Dios claramente, mientras que las otras dos potencias (entendimiento y memoria) quedan libres para ocuparse en los asuntos del servicio divino. Así, caminan juntas Marta y María. Consulté esto con el padre Francisco, porque me dejaba muy confundida, y me dijo que es algo que suele suceder con frecuencia.

Cuando se produce una verdadera unión de todas las potencias, la diferencia es clara: ninguna puede actuar por sí misma. El entendimiento queda como asombrado, la voluntad ama más que comprende, pero ni sabe que ama ni qué está haciendo exactamente. La memoria, por su parte, parece como si no existiera; no hay pensamiento alguno, ni siquiera uno pasajero.Me parece que el Señor quiere que el alma entienda más profundamente lo que goza en estos momentos que llamamos de unión; por eso, en ese breve instante, se le revelan algunas cosas de Su Majestad de forma muy extraordinaria. Los efectos que quedan en el alma después de esta gracia son muy grandes: un olvido total de sí misma, un deseo ardiente de que ese gran Dios y Señor sea conocido y alabado. A mi parecer, si verdaderamente es Dios quien actúa, el alma no puede sino quedar con una gran conciencia de su propia nada, de su miseria y de su ingratitud por no haber servido a quien, por pura bondad, le concede tan grandes mercedes. El sentimiento y la dulzura que se experimentan superan todo lo que aquí se pueda comparar, y si esa memoria permaneciera viva, siempre se tendría desdén por los consuelos terrenales y todo lo del mundo parecería poca cosa.

La diferencia entre un arrobamiento y un arrebatamiento es que el primero se da de manera más pausada: poco a poco se van apagando los sentidos y se va entrando en la visión de Dios. El segundo, en cambio, llega como una repentina comunicación interior que Su Majestad concede al alma desde lo más profundo, con tal velocidad que parece que arrebata la parte superior del alma. Da la impresión de que se eleva fuera del cuerpo, y por eso es necesario tener ánimo al principio para entregarse a los brazos del Señor, que la conduce a donde Él quiere. Hasta que Su Majestad le da paz y la pone donde desea llevarla —es decir, para que comprenda cosas elevadas—, es necesario que el alma esté decidida incluso a morir por Él, porque no sabe a qué se encamina.

Al principio, las virtudes quedan, me parece, más fortalecidas; se abandonan unas y se entienden otras con más profundidad. Se comprende el poder de este gran Dios, se le teme y se le ama más, porque así, sin estar en nuestras manos, toma el alma como su Señor y la arrebata, dejándola con un profundo arrepentimiento por haberle ofendido. Nace un gran asombro al pensar cómo fue capaz de ofender a tal Majestad, y una grandísima ansia de que nadie le ofenda, sino que todos lo alaben. Creo que de estos deseos tan intensos surgen el anhelo de que las almas se salven, de contribuir en algo a ello, y de que Dios sea alabado como se merece.

El vuelo del espíritu es algo muy difícil de explicar. Me parece que se trata de una subida desde lo más íntimo del alma. Solo se me ocurre la comparación que ya usé en otro lugar: si el alma estuviera dispuesta como un fuego que arde, entonces, como ocurre con una llama que se eleva de una fogata bien encendida, así el alma, por su disposición con Dios, lanza una chispa que sube a lo alto, sin que por eso el fuego deje de arder abajo. Eso mismo sucede en el alma: de sí misma brota algo tan súbito, tan delicado, que se eleva hacia lo superior, va a donde el Señor quiere, y no se puede decir más que eso. Realmente parece un vuelo, no conozco mejor comparación. Se percibe con mucha claridad y no se puede impedir.

Parece como si ese pajarillo del espíritu se escapara de esta miseria de la carne, de esta cárcel del cuerpo, y así, al quedar libre, pudiera emplearse mejor en lo que el Señor le da. Es algo tan delicado, tan sutil, y tan precioso, según lo que el alma alcanza a entender, que no parece que haya en ello engaño ni ilusión alguna. Cuando pasa, queda un cierto temor por parte del alma, al sentirse tan indigna de haberlo recibido, que todo le hace dudar si habría motivos para desconfiar. Sin embargo, en lo más profundo del alma permanece una certeza y una seguridad que bastarían para sostener la vida, aunque eso no quita que haya que seguir siendo diligente para no ser engañada.

Me parece que lo que quiere el Señor aquí es que el alma entienda más lo que está gozando en la unión. Y así, en ese momento, muy frecuentemente se le descubren algunas cosas de Su Majestad. Los efectos con los que queda el alma son muy grandes: se olvida de sí misma porque desea que este gran Dios y Señor sea conocido y alabado.

Y me parece que, siendo Dios, no puede sino dejar un gran conocimiento al alma de que ella por sí sola no es nada, y de su miseria e ingratitud por no haber servido a quien, solo por Su bondad, le concede tan grandes mercedes. El sentimiento y suavidad que se experimenta es tan excesivo, que si esa memoria perdurara y no se desvaneciera, el alma siempre tendría asco de los placeres del mundo, y así comienza a tener en poco todas las cosas de la tierra.

La diferencia entre arrobamiento y arrebatamiento es que el arrobamiento va poco a poco, muriendo a las cosas exteriores, perdiendo los sentidos y quedando el alma como muerta al mundo, y viva para Dios. El arrebatamiento, en cambio, viene con una noticia que Su Majestad da en lo más íntimo del alma, con una velocidad tal que parece que le arrebata la parte superior del alma. A su parecer, se eleva del cuerpo. Por eso es necesario tener valor al principio, para entregarse a los brazos del Señor, que la lleve donde Él quiera.

Hasta que Su Majestad no pone al alma en la paz del lugar donde quiere llevarla (es decir, para que entienda cosas altas), ciertamente es necesario que, al principio, el alma esté bien determinada a morir por Él, porque la pobre no sabe qué le ha de suceder.

El vuelo del espíritu es algo que no sé cómo llamarlo… un vuelo que sube desde lo más íntimo del alma. Solo se me ocurre la comparación que puse donde Vuestra Merced sabe, donde están largamente explicadas estas maneras de oración. Y mi memoria es tan pobre, que enseguida lo olvido.

Me parece que el alma y el espíritu deben ser una sola cosa. Es como un fuego que, si es grande y está dispuesto a arder, lanza una llama que sube alto. Así, el alma, por la disposición que tiene con Dios, como fuego presto, lanza una llama y se eleva, aunque el fuego sigue en lo bajo. Así también le ocurre al alma: parece que produce de sí misma algo tan rápido y delicado, que sube a la parte superior; va adonde el Señor quiere, y no se puede decir más que eso. Realmente parece un vuelo, y no se me ocurre otra comparación mejor. Se entiende claramente y no se puede impedir.

Parece que esa avecita del espíritu se escapa de esta miseria de la carne y de esta cárcel del cuerpo, y desocupada puede emplearse más en lo que el Señor le da. Es una cosa tan delicada, sutil y preciosa, por lo que entiende el alma, que no le parece que pueda haber ilusión alguna en ello. Después de que pasa, quedan los temores por ser tan ruin quien lo recibe, que todo le parece que hay razón para temer, aunque en lo interior del alma queda certidumbre y seguridad suficientes para vivir. Pero no por eso se ha de dejar de poner diligencia, para no ser engañada.

Un ímpetu lo llamo a un deseo que le llega al alma algunas veces, sin haber oración previa, y a veces solo con una memoria repentina de que Dios está ausente, o por una palabra que oye. Esa memoria es tan poderosa y de tanta fuerza, que en un instante parece que el alma se trastorna, como cuando se dan a una persona noticias repentinas que no esperaba —muy dolorosas, o un gran sobresalto— que parecen quitarle el juicio.

Así pasa aquí, salvo que el dolor es de tal causa, que el alma reconoce que bien vale la pena morir por ella. Todo lo que entiende en ese momento le da más pena aún, y parece que el Señor no quiere que nada de su ser le sirva de consuelo, ni que recuerde siquiera que es voluntad Suya que viva. Se siente en una soledad y desamparo tan grande que no puede describirse, pues todo el mundo y sus cosas le dan pena, y nada creado le hace compañía.

El alma no quiere sino al Creador. Y ve esto como imposible si no muere. Y como no se puede matar, muere por querer morir. De tal manera, que verdaderamente es un peligro de muerte, y se ve como colgada entre el cielo y la tierra, sin saber qué hacer de sí. Poco a poco, Dios le da una noticia de sí mismo, para que vea lo que está perdiendo. De una forma tan extraña, que no se puede decir, ni se puede describir ese dolor, pues no hay dolor en la tierra, al menos entre los que yo he pasado, que se le iguale.

Basta decir que, si dura media hora, deja el cuerpo como dislocado, con las articulaciones flojas, y aun las manos incapaces de escribir, con grandísimos dolores.

En ese momento, no se siente nada de esto hasta que pasa ese ímpetu. Tiene bastante con sentirlo internamente. No creo que, ni siquiera con grandes tormentos, se sentiría más. El alma conserva todos sus sentidos, puede hablar y mirar, pero no andar, porque el gran golpe de amor la derriba. Esto no se consigue por más que se desee, solo cuando Dios quiere, y cuando no lo da, no hay remedio. Deja grandísimos efectos y ganancias en el alma. Algunos letrados opinan una cosa, otros otra. Nadie lo condena. El padre maestro Ávila me escribió que era bueno, y así lo dicen todos. El alma entiende bien que es una gran merced del Señor. Pero si ocurriera a menudo, la vida no duraría mucho.

El ímpetu ordinario viene como un gran deseo de ver a Dios, acompañado de ternura y lágrimas por salir de este destierro. Pero como hay libertad para considerar que es voluntad del Señor que viva, con eso se consuela y le ofrece el vivir, suplicándole que no sea para sí, sino para Su gloria. Así pasa.

Otra manera de oración bastante común es una herida de amor, que parece al alma como si una saeta le atravesara el corazón o ella misma se lo hiciera. Causa un dolor grande, que hace quejarse, pero tan sabroso que no querría nunca que le faltase.

Este dolor no es sensible, ni se ha de entender como una llaga material. No hay memoria de ello, sino en lo interior del alma, sin parecer dolor corporal. Pero como no se puede explicar más que con comparaciones, se usan estas imágenes tan groseras para lo que en verdad es muy sutil. Por eso estas cosas no son para decirse ni escribirse, porque es imposible entenderlas, si no se han experimentado. Las penas del espíritu son muy diferentes de las de acá. Por eso pienso que las almas padecen mucho más en el Infierno y Purgatorio de lo que aquí puede imaginarse por los dolores corporales.

Otras veces parece que esa herida del amor saca del interior del alma grandes afectos, y cuando el Señor no la da, no hay forma de provocarla. Y cuando quiere darla, no se puede evitar. Son unos deseos de Dios tan vivos y delicados, que no se pueden decir. Y como el alma se ve atada, sin poder gozar de Dios como querría, le nace un gran aborrecimiento del cuerpo. Le parece como una gran pared que le impide gozar del todo, y entonces ve cuán grande fue el daño del pecado de Adán al quitarnos esta libertad.

Esta oración ocurre antes de los arrobamientos y los ímpetus grandes de que hablé. Olvidé decir que casi siempre no se quitan esos ímpetus sino con un arrobamiento y gran consuelo del Señor, que anima al alma a vivir por Él.

Todo esto que está dicho no puede ser antojo, por algunas causas que sería largo de decir. Si es bueno o no, el Señor lo sabe. Los efectos y cómo deja aprovechada el alma no se puede dejar de entender, a todo mi parecer.

Las personas veo tan claro ser distintas, como vi ayer cuando hablaba a Vuestra Merced y al Padre Provincial, salvo que ni veo nada ni oigo, como ya a Vuestra Merced he dicho. Mas es una certidumbre extraña, aunque no ven los ojos del alma, y en faltando aquella presencia, sabe que falta. El cómo, yo no lo sé; mas muy bien sé que no es imaginación, porque aunque después yo me deshaga por tornarlo a representar así, no puedo, que harto lo he probado; y así es todo lo demás que aquí va, a cuanto yo puedo entender, que como ha tantos años, ha se podido ver para decirlo con esta determinación. Verdad es (y advierta Vuestra Merced en esto) que la persona que habla siempre, bien puedo afirmar lo que me parece que es; las demás no podría afirmarlo. La una bien sé que nunca ha sido. La causa jamás la he entendido, ni yo me ocupo jamás en pedir más de lo que el Señor quiere; porque luego me parece me habría de engañar el demonio, ni tampoco le pediré ahora, que había temor de ello.

La principal, paréceme que alguna vez ha sido; mas como ahora no me acuerdo muy bien, ni lo que era, no lo osaré afirmar. Todo está escrito a donde Vuestra Merced sabe, y esto muy largamente; y aquí va, aunque no debe de ser por estas palabras. Aunque se dan a entender estas personas distintas por una manera tan extraña, entiende el alma ser un solo Dios. No me acuerdo haberme parecido que habla nuestro Señor, sino es la Humanidad. Ya digo, esto puedo afirmar que no es antojo.

Lo que dice Vuestra Merced del agua, yo no lo sé, ni tampoco he entendido a dónde está el Paraíso Terrenal. Ya he dicho que lo que el Señor me da a entender, que yo no puedo excusar, entiendo lo porque no puedo más; mas pedir yo a Su Majestad que me dé a entender alguna cosa, jamás lo he hecho, ni osaría hacerlo: luego me parecería que yo lo imaginaba, y que me había de engañar el demonio. Ni jamás —gloria a Dios— fui curiosa en desear saber cosas; ni se me da nada, digo, de saber más: harto trabajo me ha costado lo que sin querer, como digo, he entendido, aunque pienso ha sido medio que tomó el Señor para mi salvación, como me vio tan demasiada de ruin, que los buenos no han menester tanto para servir a Su Majestad.

Otra oración me acuerdo, que es primero que la primera que dije, que es una presencia de Dios, que no es visión de ninguna manera, sino que cada y cuando (al menos cuando no hay sequedad) de que una persona se quiere encomendar a Su Majestad, aunque sea rezar vocalmente, le halla. Pluguiese a Él que no pierda yo tantas mercedes por mi culpa, y que haya misericordia de mí.

Indigna sierva y súbdita de Vuestra Merced,
Teresa de Jesús

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