XVII Carta de Santa Teresa de Ávila

 

Al muy reverendo padre prior de la Cartuja de las Cuevas de Sevilla

Jesús.

Por la gracia del Espíritu Santo, que Él esté con Su Paternidad. Padre mío, ¿qué opina Su Paternidad sobre la situación de aquella Casa del glorioso San José? ¿Y cómo han tratado —y siguen tratando— a aquellas hijas suyas, después de tanto tiempo soportando penas espirituales y desconsuelos, precisamente de quienes debían consolarlas? Me parece que, si mucho se lo han pedido a Dios, Él les dará luz. Bendito sea Dios.

La verdad es que, por las que están allí —las que vinieron conmigo—, yo siento poca pena, y a veces incluso alegría, al ver cuánto pueden ganar en esta lucha que el demonio les está librando. Pero por las que han entrado allí sí me preocupo, pues cuando deberían dedicarse a ganar virtud y aprender las cosas de la Orden, todo se les va en desasosiegos. Como almas nuevas, esto podría hacerles mucho daño. Que el Señor lo remedie.

Le digo a Su Paternidad que hace muchos días que el demonio anda intentando perturbarlas. Yo había escrito a la Priora para que compartiera con Su Paternidad todos sus padecimientos, pero parece que no se ha atrevido a hacerlo. Sería un gran consuelo para mí poder hablar con Su Paternidad con claridad, pero como es por escrito, no me atrevo; y si no fuera por un mensajero de confianza, ni siquiera esto diría.

Este joven vino a rogarme que, si conocía en ese lugar a alguien que pudiera ayudarle a encontrar servicio, pues esta tierra es fría y le hace mucho daño, aunque sea natural de aquí. Un canónigo amigo mío, a quien sirvió, me asegura que es virtuoso, fiel, y tiene buena pluma para escribir y contar. Suplico a Su Paternidad, por amor de Dios, que si surge la oportunidad de acomodarlo, me haga esta merced y servicio a Su Majestad. Y si es necesario avalarlo en lo que he dicho, puede estar seguro de que es toda verdad.

Me alegré cuando me habló, porque así pude consolarme al dirigirme a Su Paternidad y pedirle que ordene que la Priora pasada lea esta carta mía, junto con las de por aquí. Ya sabrá Su Paternidad cómo le quitaron el oficio y pusieron en su lugar a una de las recién llegadas, además de otras persecuciones que han sufrido, hasta obligarlas a entregar las cartas que les escribí, las cuales ya están en poder del Nuncio.

Las pobres han estado muy faltas de consejo, pues los letrados de aquí están asombrados de lo que les han hecho hacer, bajo amenaza de excomunión. Temo que hayan cargado demasiado sus almas —sin entender bien—, porque en el proceso de sus declaraciones había cosas falsísimas. Yo estuve presente, y nunca ocurrió lo que dicen. Pero no me extraña que las hicieran desvariar: hubo una monja a quien tuvieron seis horas en interrogatorio, y alguna de poco entendimiento firmaría cualquier cosa. Nos ha servido de lección para mirar bien lo que firmamos, así que no han podido acusarnos.

De todos modos, nuestro Señor nos ha probado duramente este año y medio. Pero estoy plenamente confiada en que Él volverá por sus siervos y siervas, y que se descubrirán las tramas que el demonio ha tejido en esa Casa. El glorioso San José sacará a la luz la verdad, y lo que son esas monjas que fueron de aquí —las de allí no las conozco—, aunque sé que son más creídas por quienes las tratan, lo cual ha sido un gran daño en muchos sentidos.

Suplico a Su Paternidad, por amor de Dios, que no las desampare y las ayude con sus oraciones en esta tribulación, porque solo a Dios tienen; en la tierra, no hay nadie con quien puedan consolarse. Pero Su Majestad, que las conoce, las amparará y dará a Su Paternidad la caridad para hacer lo mismo.

Envío esta carta abierta porque, si les han impuesto el precepto de entregar al Provincial las cartas mías que reciban, Su Paternidad puede ordenar que alguien se la lea. Quizá ver mi letra les dé algún alivio.

Creo que el Provincial querría echarlas del monasterio. Las novicias querían irse con ellas. Lo que entiendo es que el demonio no tolera que haya descalzos ni descalzas, y por eso les hace esta guerra. Pero confío en el Señor: poco le servirá.

Mire Su Paternidad, Él ha sido todo para conservarlas allí. Ahora que es la mayor necesidad, ayude Su Paternidad al glorioso San José. Ruegue a la Divina Majestad que guarde a Su Paternidad muchos años, para amparo de las pobres —ya sé la merced que ha hecho a esos Padres Descalzos—, y le conceda mayor santidad, como siempre le pido. Amén.

Hoy, último de enero.

Si Su Paternidad no se cansa, bien puede leer esa carta que va para las Hermanas.

Indigna sierva y súbdita de Su Paternidad,

Teresa de Jesús.

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