XVI Carta de Santa Teresa de Ávila

 

Al reverendo padre maestro Fray Pedro Ibañez, de la Orden de Santo Domingo, confesor de la Santa.

JESÚS

La gracia del Espíritu Santo sea con Vuestra Merced y con mi alma.

No hay por qué espantarse de las cosas que se hacen por amor de Dios, pues puede tanto Él en Fray Domingo, que lo que a él le parece bien, me parece bien, y lo que él quiere, yo también lo quiero; y no sé en qué ha de parar este encantamiento.

La Parda nos ha complacido. Ella está tan fuera de sí de tanto contento desde que entró, que nos hace alabar a Dios. Creo que no tendré corazón para que se haga freila (monja de votos solemnes), viendo lo que Vuestra Merced ha hecho por su remedio; así que estoy determinada a que le enseñen a leer, y conforme le vaya, decidiremos.

Bien ha entendido mi espíritu el suyo, aunque no le he hablado; y hay una monja que no ha podido valerse desde que entró, por la mucha oración que le ha causado. Crea, padre mío, que es un deleite para mí cada vez que recibo alguna que no trae nada consigo, sino que se entrega solo por Dios; y ver que no tienen con qué mantenerse y aun así no lo dejan por no poder más, veo que Dios me hace una merced particular en ser yo medio para su remedio. Si pudieran ser todas así, me daría gran alegría. Pero no me acuerdo de haberme alegrado con ninguna que haya dejado el mundo solo por no tener medios.

Me ha dado particular contento ver cómo Dios hace a Vuestra Merced tan grandes mercedes al emplearlo en estas obras, y ver que ha venido a esta. Está hecho, padre, de los que pueden poco; y la caridad que el Señor le da para esto me tiene tan alegre, que cualquier cosa haré por ayudarle en semejantes obras, si puedo. Pues el llanto de la que traía consigo, ¡no pensé que acabaría! No sé para qué me la envió acá.

Ya el Padre Visitador ha dado licencia, y es principio para darme más con el favor de Dios; y quizá podré recibir a esa llorona, si a Vuestra Merced le parece bien, que para Segovia ya tengo demasiado.

Buen padre ha tenido la Parda en Vuestra Merced. Dice que aún no cree que esté aquí. Es para alabar a Dios su contento. Yo he alabado también el haber visto acá a su sobrino, que venía con doña Beatriz, y me alegré mucho de verlo. ¿Por qué no me lo dijo?

También me alegra que esta Hermana haya estado con aquella santa amiga mía. Su hermana me escribe y envía muchos ofrecimientos. Le he dicho que me ha enternecido. Me parece que la quiero mucho más que cuando vivía. Ya sabrá que tuvo un voto para prior en San Esteban: todos los demás eligieron al prior; me ha causado devoción verlos tan conformes.

Ayer estuve con un padre de su Orden, que llaman Fray Melchor Cano. Le dije que si hubiera muchos espíritus como el suyo en la Orden, podrían fundarse monasterios contemplativos. He escrito a Ávila, para que quienes querían fundar no se enfríen, si acá no hay recursos, porque deseo mucho que se comience. ¿Por qué no me dice lo que ha hecho Dios con Vuestra Merced, que lo haga tan santo como deseo? Tengo ganas de hablarle algún día de esos miedos que trae, que no hacen sino hacerle perder tiempo. Y por poco humilde, no me quiere creer. Mejor lo hace el Padre Fray Melchor, que dice que de una sola vez que le hablé en Ávila, le hizo provecho; y que no le parece que haya hora en que no me tenga presente. ¡Qué espíritu y qué alma le ha dado Dios! Me he consolado en gran manera.

Parece que no tengo otra cosa que hacer que contarle los espíritus ajenos. Quede con Dios, y pídale que me lo dé a mí para no fallar en cosa de Su voluntad.

Es domingo por la noche.

De Vuestra Merced, hija y sierva,
Teresa de Jesús

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