A la Madre Priora y a las religiosas de la Concepción de Valladolid
JESÚS, MARÍA, JOSÉ
La gracia del Espíritu Santo sea con Vuestra Reverencia, Madre mía, y con todas esas queridas Hermanas.
Quiero recordarles que, desde que se fundó esa casa, nunca les he pedido que reciban una monja sin dote —que yo recuerde— ni nada de mucho peso. No ha sido así en otras casas, donde sí se han recibido algunas gratuitamente; y no por eso han estado peor, sino mejor proveídas. Ahora quiero pedirles algo que están obligadas a hacer por el bien de la Orden y otras razones, y aunque también les puede ser de provecho, lo tomaré yo por mi cuenta, y ustedes considérenlo como si me lo dieran a mí. Porque estoy muy preocupada de que, por falta de dinero, se pierda algo que tanto importa para el servicio de Dios y para nuestro descanso.
Por unas cartas que han llegado desde Roma, de parte de un Padre Descalzo que acaba de llegar allá —Prior del Calvario— verán la urgencia con que solicita doscientos ducados. Entre los Descalzos, como no hay un superior general, no pueden hacer mucho. Fray Juan de Jesús y el Prior de Pastrana, que también se fueron allá (aunque no sé si ya llegaron), iban tan faltos que, sin lo que yo les di, apenas llevaron de Beas ciento cincuenta ducados.
Es gran misericordia del Señor que en algunas de nuestras casas se pueda remediar esta necesidad, pues al fin es una vez en la vida. Desde Madrid me escribe el Padre Nicolás que ha hallado a una persona que, por hacerle un honor, tomará esos doscientos ducados del dote de la Hermana María de San José, con tal que desde esa casa se le envíe la carta de pago. Aunque tarde en cobrarlos, se da por satisfecho. Para mí ha sido una gran dicha, y por eso les ruego por caridad que, apenas llegue esta carta, llamen a un escribano y se levante acta de que ella está ya profesada, de modo que sea jurídicamente válida. Porque sin esto no se puede hacer nada. Y envíenme cuanto antes esa acta y la carta de pago, por separado, cada cosa por sí. Ya ven lo importante que es actuar con prontitud.
Si les parece que es mucho, y se preguntan por qué no lo dan todas las casas, les digo que cada una aporta según sus posibilidades. La que no puede dar nada, como esta, no da nada. Por eso llevamos todas el mismo hábito: para ayudarnos unas a otras. Lo que es de una, es de todas. Y da bastante quien da todo lo que puede.
Y más aún, siendo tantos los gastos, quedarían asombradas. La Hermana Catalina de Jesús puede decirlo. Y si no lo proveen las casas, yo no puedo ganarlo —pues estoy manca— y me duele mucho tener que andar pidiendo y reuniendo dinero; sinceramente, es un tormento que sólo por Dios se puede sobrellevar.
Además de esto, tengo que reunir otros doscientos ducados que tengo prometidos a Montoya, el canónigo que nos ha dado la vida. ¡Y quiera Dios que baste y que con eso se termine todo! Que ya es gran misericordia que el dinero sirva para tanta paz.
Esto que he dicho es forzoso. Lo que ahora diré es más bien voluntario, y algo que me parece justo y será agradable a Dios y al mundo.
Ya saben que la Hermana María de San José fue recibida ahí gratuitamente, por su hermano, nuestro Padre Gracián. Su madre, como está en gran necesidad, detuvo su entrada en esa casa hasta poder gestionar esos cuatrocientos ducados, según he sabido. Pensaba que la caridad que se tuvo con el Padre Gracián continuaría y que con eso podría remediar algo, pues, como dije, tiene bastante en qué emplearlos.
Ahora no me extraña que haya sentido la falta, y es tan buena, que aun con todo lo agradece. Los cien ducados, ya sabe Vuestra Reverencia por la carta que le envié del Padre Maestro Gracián, se deben descontar de lo que su madre gastó con ella. Por lo tanto, la carta de pago debe hacerse por trescientos ducados.
Sobre la legítima, no le den mucha importancia: todo lo que tienen son concesiones del Rey, no rentas; y al morir el secretario, no quedará nada. Y si quedara algo, como son muchos hermanos, no hay por qué esperar nada. Así me lo escribió ella después. No sé si guardé la carta; si la encuentro, se la enviaré. En fin, la carta de pago debe ser, por lo menos, de trescientos ducados.
Yo pienso que sería muy bien hecho si se hiciera por los cuatrocientos. No por eso se dejarán de enviar los otros cien cuando se cobren. Y si no los envía, bien los tiene ganados por los sufrimientos que ha pasado por su hijo: estos y otros, que han sido terribles desde que él anda en estas visitas (sin hablar de lo que se debe a nuestro Padre Gracián). Y de todas las que se han recibido gratuitamente en esta Orden, hay mucha más razón para que se haga algo por él.
Con la que está en Toledo, no pidieron cama, ni ajuar, ni hábito, ni nada. Ni Gracián lo dio. Y con gusto recibirían a la otra hermana (si quisiera entrar), porque Dios le ha dado tan buenas condiciones y talentos, que la querrían más que a otra con dote. Sobre esos cien ducados, hagan lo que crean conveniente. Lo demás no puede evitarse, porque la necesidad es grande.
Una vez se termine este asunto, se mirará lo que corresponde a cada casa y se devolverá su parte a las que hayan dado más. Así se hará con esta también. Ayudémonos ahora como podamos.
A la Madre Priora le pido que no se pierda, por su causa, lo que esas Hermanas quieran hacer. Estoy muy confiada en que no son menos hijas de la Orden que las demás, y que harán lo que puedan. Que Dios las haga tan santas como se lo suplico. Amén.
En todo caso, que esta carta la lea la Hermana Catalina de Jesús a todas, porque me dolería mucho que no se enteraran bien. También van con ella esas cartas de Roma.
Su sierva,
Teresa de Jesús
