XLIX Carta de Santa Teresa de Ávila

 


A la Madre Priora de las Carmelitas Descalzas de Malagón

JESÚS

La gracia del Espíritu Santo sea con Vuestra Reverencia, hija mía.

¡Bendito sea Dios que han llegado aquí sus cartas, que tanto deseaba! Y al recibirlas, veo cuánto la quiero —más que a otras personas muy cercanas—, y siempre me parece que me escribe demasiado poco. Me ha consolado mucho saber que tiene salud; que el Señor se la conserve, como yo se lo pido. Me da bastante pena que siga con ese sufrimiento constante, que se suma al que trae su oficio consigo. Parece que ahora esa enfermedad es tan común que requiere mucho remedio. Que el Señor le dé el que convenga.

¡Oh, Madre mía! ¡Cuánto he deseado tenerla conmigo estos días! Sepa que, en mi opinión, han sido los mejores días de mi vida, y no exagero. El Padre Maestro Gracián ha estado aquí más de veinte días. Y le aseguro que, por más que le trato, no había comprendido aún todo el valor de este hombre. A mis ojos, es perfecto, y para nosotras, mejor de lo que podríamos haber pedido a Dios.

Lo que ahora debe hacer Vuestra Reverencia —y todas— es pedir a Su Majestad que nos lo conserve como Provincial, porque con eso podría yo descansar del gobierno de estas casas. Nunca he visto una perfección con tanta suavidad como la suya. Dios lo tenga en su mano y lo guarde, porque no cambiaría haberlo visto y tratado por ninguna otra cosa. Estuvo esperando a Mariano, y nos alegraba que se retrasara. Julián de Ávila está rendido por él, y todos lo están. Predica admirablemente. Yo sí creo que está mucho mejor que cuando usted lo vio; los grandes trabajos le habrán hecho mucho bien.

El Señor ha dispuesto las cosas de tal modo, que el lunes que viene —si Dios quiere— salgo para Sevilla. Al Padre Fray Diego le escribo más en detalle sobre cómo será el viaje.

El caso es que esta casa está en Andalucía, y como el Padre Maestro Gracián es Provincial de esa región, sin darme cuenta me he hallado como su súbdita, y en esa calidad, ha podido darme órdenes. Y como ya estábamos por ir a Caravaca —pues el Consejo de Órdenes había dado licencia—, todo ha salido de modo que esa licencia ya no sirve, y se ha determinado que lo de Sevilla se haga pronto.

Me consolaría mucho llevarla conmigo, pero entiendo que dejar esa casa ahora sería perderla, además de que hay otros inconvenientes.

Creo que antes de que el Padre Maestro regrese por aquí, la verá usted, pues el Nuncio lo ha mandado llamar, y cuando esta carta llegue, él ya estará en Madrid. Yo me encuentro con bastante mejor salud que de costumbre, y aquí he estado bien. ¡Qué mejor verano hubiera tenido con usted que en el calor de Sevilla! Encomiéndenos al Señor, y dígaselo a todas las Hermanas, y denles mis saludos.

Desde Sevilla habrá más mensajeros, y podremos escribirnos con más frecuencia. No olvide dar mis saludos al Padre Rector y al Licenciado, y cuénteles lo que sucede, y que me encomienden a Dios. A todas las Hermanas les mando mis recuerdos. Que el Señor la haga santa.

Hoy es día de la Ascensión. San Jerónimo se le encomienda. Va conmigo a Sevilla, junto a otras cinco hermanas con muy buenos talentos. La que va como priora también está muy capacitada para ello.

De Vuestra Reverencia,
sierva,
Teresa de Jesús.

No entiendo por qué hay tanta prisa para que Juana Bautista haga la profesión. Déjela un poco más, que es muy joven aún. Y si le parece bien de otro modo, y ella está contenta, hágalo; pero no me parecería mal que la probara más, que me pareció algo enferma.

Post a Comment

Previous Post Next Post