XLVII Carta de Santa Teresa de Ávila

 


A la misma Madre María Bautista, Priora de Valladolid y sobrina de la Santa

JESÚS

La gracia del Espíritu Santo sea con usted, hija mía.

Mañana sale el correo, y no pensaba escribirle porque no tengo nada bueno que contar. Ya quien estaba en la casa ha decidido que nos iremos pasado mañana, día de San Felipe y Santiago. Por eso entiendo que el Señor ya quiere empezar a aliviar estos trabajos.

Envíe esta carta a la Madre Priora de Medina tan pronto como pueda, que estará con preocupación por otra que le escribí, en la cual fui muy breve al contarle nuestros sufrimientos. Sepa que desde la fundación de San José, todo lo demás ha sido nada en comparación con lo que hemos pasado aquí.

Cuando lo sepan, verán que tengo razón. Es pura misericordia de Dios que hayamos salido con bien, y ya se puede decir que sí. ¡Bendito sea el Señor que saca bien de todo! Yo, al ver todo lo que nos ha tocado vivir, he estado con un contento extraño. Y si no fuera porque está aquí mi hermano, no sé cómo se habría podido salir adelante.

Él ha padecido mucho, y con ánimo fuerte, llevando todo con entereza, lo cual nos hace alabar a Dios. Con razón lo quieren tanto estas hermanas, ya que no hemos recibido ayuda de nadie, sino más bien cargas. Ahora él está oculto por nosotras, y fue gran suerte que no lo metieran en la cárcel, que aquí es como un infierno, todo sin justicia: nos reclaman cosas que no debemos, y a él por fiador.

Esto se resolverá cuando vayamos a la Corte, porque aquí no hay forma. Él ha querido sufrir algo por Dios. En el Carmen está con nuestro Padre, que también tiene muchas penas. Y aunque yo ya tengo bastante con mis propias penas, las suyas me han dolido mucho más, y con razón.

Para que entiendan algo: ya saben lo que escribí sobre aquella que se fue y nos calumnió. Pues no fue nada en comparación con lo que nos vino a decir después. Ya lo entenderán. Le digo que Dios me hizo una gran merced, porque estaba como en una especie de gozo, incluso al considerar el gran daño que podría venir a todas nuestras casas. Ese daño no bastaba para quitarme el consuelo. Es algo grande tener la conciencia tranquila y ser libre.

La otra se fue a otro monasterio. Ayer me confirmaron que está fuera de juicio, y que todo su mal es por haberse ido de aquí. ¡Mire qué grandes son los juicios de Dios, que defiende la verdad! Ahora se verá claramente que todo lo que decía era puro delirio. Decía que atábamos a las monjas de pies y manos y que las azotábamos. ¡Ojalá todo lo dicho fuera sólo eso! Además de este grave asunto, otras mil cosas más, que ya veía yo que el Señor quería apretarnos para que todo terminara bien. Y así lo ha querido. Por eso, no tengan ninguna pena; más bien espero en el Señor que pronto podamos regresar a la casa, ya que los franciscanos no han vuelto, y venir después de tomada la posesión no tiene sentido.

Las almas que están aquí son grandes. Y esta Priora tiene un ánimo que me ha impresionado más que el mío. Me parece que tenerme aquí les ha sido útil, porque a mí me han venido todos los golpes. Tiene muy buen entendimiento. Le digo que es extraordinaria, sobre todo para Andalucía, en mi parecer. ¿Y cómo no iban a estar escogidas, si ha sido necesario traerlas? Yo estoy bien, aunque no lo he estado mucho. Este jarabe me da vida. Nuestro Padre anda algo achacoso, pero sin fiebre. Él no sabe nada de esto. Encomiéndelo a Dios, y que nos saque bien de todo esto. Creo que lo hará. ¡Qué año he pasado aquí!

Vamos ahora a sus consejos. Sobre lo primero, lo de llamar “don” a quienes tienen vasallos en las Indias: allá es costumbre. Pero al venir, le rogué a su padre que no se lo llamaran, y le di mis razones. Así se hizo, y ya estaban todos tranquilos. Cuando vino Juan de Ovalle y mi hermana, no bastaron mis razones (no sé si fue por halagar al hijo), y como mi hermano no estaba aquí ni estuvo muchos días, y yo no estuve con ellos cuando vinieron, le dijeron tanto que no sirvió de nada. Y es verdad que ya en Ávila no se habla de otra cosa, lo cual me da vergüenza. Y cierto es que a mí me molesta por lo que a él respecta, porque de mí nunca se han acordado ni me importa. Para otras cosas que dicen de mí, esto no es nada. Yo volveré a decírselo a su padre, por amor a ella. Pero creo que no hay remedio con sus tíos, ya están muy acostumbrados a ello. Cada vez que se lo oigo, me mortifica.

Sobre lo de escribir Teresa a Padilla, no creo que haya escrito a nadie más que a la Priora de Medina y a ella, sólo para darles gusto. A él, creo que le escribió una o dos veces, unas pocas palabras. Él piensa que estoy enojada por ella y por mi hermano, y no se le puede quitar de la cabeza. Y si tuviera que estar con otra, según son, ya me habría disgustado. Pero mire que tanto, que con todo lo que le debo, me alegro de que esté alejado, para que no venga mucho. Y es verdad que su presencia complica las cosas. Aunque esté, cuando viene nuestro Padre o alguien, le digo que se vaya, y él lo hace como un ángel. No porque deje de quererlo, que sí lo quiero, pero me gustaría estar completamente sola en todo esto. Es así, piensen lo que piensen, que no importa.

Lo que dijo Padilla de que era Visitador, debió decirlo en broma. Ya lo tengo bien conocido. Con todo eso, ayuda mucho, y le debemos bastante. Nadie está libre de defectos. ¿Qué se puede hacer? Me alegra que esté contenta la señora doña María con esa licencia. Dígale de mi parte algo muy bueno, que por ser tan tarde no le escribo. Y aunque me duele que esté sin la señora Duquesa, veo que el Señor quiere que solo con Él se consuele y tenga compañía.

De Ávila no sé más que lo que usted me escribe. Que Dios esté con usted. Me encomiendo a Casilda y a todas, y muy especialmente a mi Padre Fray Domingo. Bien quisiera dejar mi ida a Ávila para cuando él estuviera, pero si el Señor quiere que todo sea cruz, que así sea. No deje de escribirme. Esa monja que dice que es tan buena, no la despida. ¡Oh, si quisiera venir aquí! Me gustaría traer algunas de allá si pudiera. Mire, que yo creo que ahora no hay de qué tener pena, y creo que todo saldrá bien.

No olvide enviar esta carta a la Madre Priora de Medina, y que ella la mande a la de Salamanca, y que sea para las tres. Que Dios la haga santa. Le confieso que esta gente de esta tierra no es para mí, y tengo deseos de estar en la casa de la promisión, si Dios quiere. Aunque si entendiera que aquí es más lo que se le sirve, sé que me quedaría con gusto. Que el Señor lo remedie. Hoy es Domingo in Albis.

De Vuestra Reverencia,
Teresa de Jesús

P.D.: A mi María de la Cruz y a la Supriora, me encomiendo. A María de la Cruz, léale esta carta. Todas nos encomienden a Dios.

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