XLVI Carta de Santa Teresa de Ávila

 


A la Madre María Bautista, Carmelita Descalza, Priora de la Concepción de Valladolid, y sobrina de la Santa

JESÚS

El Espíritu Santo esté con vuestra Reverencia, hija mía.

Por la carta del Padre Maestro Fray Domingo verá cómo han sucedido las cosas, y cómo el Señor lo ha dispuesto de modo que no puedo verla. Y le aseguro que me pesa mucho, mucho, porque ahora mismo una de las cosas que más consuelo y alegría me darían sería verla. Pero también esto pasará, como pasan todas las cosas de esta vida, y cuando me acuerdo de eso, cualquier disgusto se lleva mejor.

A mi querida Casilda encomiéndeme mucho (también me duele no poder verla), y también a María de la Cruz. Otro día el Señor dispondrá que sea con más calma, ya que ahora no ha podido ser. Cuide su salud, que ya sabe lo que va en ello, y la pena que me da saber que no está bien. Y procure ser muy santa, porque le digo que lo necesita para llevar el trabajo que tiene. Yo ya no tengo fiebres cuartanas. Cuando el Señor quiere que haga algo, enseguida me da mejor salud.

Me iré a fines de este mes. Ya tengo miedo de no poder dejarlas en su casa, porque se concertó con el Cabildo que darían enseguida seiscientos ducados, y tenemos un censo de una hermana muy bueno, de seiscientos treinta. Pero ni sobre eso, ni quien lo tome prestado, ni siquiera un préstamo sobre garantía, hemos encontrado. Encomiéndelo a Dios, que me daría mucha alegría poder dejarlas en su casa. Si la señora doña María hubiera entregado el dinero, habría sido muy oportuno tomarlo, pues es muy seguro y conveniente. Avíseme si esto pudiera hacerse, o si conoce alguien que lo reciba, o que nos preste sobre buenas garantías, que valen más de mil.

Y encomiéndeme a Dios, pues me espera un camino largo, y en invierno.

A fines de este mes, a más tardar, iré a La Encarnación. Si de aquí a entonces quiere decirme algo, escríbamelo. Y no le dé pena no poder verme; tal vez le dolería más verme tan vieja y cansada. A todas mis encomiendas. Me gustaría ver a Isabel de San Pablo. Todos hemos sido muy mortificados por estos canónigos. Dios los perdone.

Si por ahí tiene alguien que pueda prestarme algunos reales, no los quiero como donación, sino solo prestados, mientras me pagan lo que mi hermano me dejó, que ya dicen que está cobrado, porque no llevo nada, y para ir a La Encarnación no es posible así. Y aquí no hay disposición ahora, porque hay que acomodar la casa. Poco o mucho, procure conseguírmelo.

Gracias a Dios, viene bien mi Padre Fray Domingo. Si por casualidad el Padre Maestro Medina pasa por ahí, hágale llegar esa carta mía, porque piensa que estoy enojada con él, según me dijo el Padre Provincial por otra carta. Pero es más bien para darle gracias que para estar enojada. Hace poco le escribí a Vuestra Reverencia una carta, no sé si se la habrán entregado. Mal hace en estar tanto tiempo sin escribirme, sabiendo lo mucho que me alegran sus cartas.

Que Dios sea con usted. Me da una pena extraña no poder verla, pues aún tenía esperanza. Hoy es 10 de septiembre.

De Vuestra Reverencia,
Teresa de Jesús.

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