A la Madre Priora y a las religiosas del Convento de San José del Salvador de Veléz
JESÚS, MARÍA, JOSÉ
Abrasadas en el amor de Dios estén las almas de mis amadas hijas del Convento de Vélez.
Desde que salí de allí no he tenido ni un momento de descanso. ¡Sea mi Dios alabado!
Para cumplir con lo que me mandó vuestra Reverencia, mi Madre Priora, y para consuelo de esas mis hijas, les digo: que poco después de llegar a casa de la señora doña María Fajardo, me dio un dolor tan grande por todo el cuerpo, que parecía que se me arrancaba el alma. Pero, con todo esto, me consoló mucho ver junto a mí al glorioso San José, que me dio consuelo y ánimo para seguir cumpliendo con la obediencia.
Hijas mías, mañana me partiré sin falta, aunque sé que al demonio le duele mucho que yo vaya adonde voy; porque le voy a arrebatar dos almas que tiene atrapadas, y que han de ser para servicio de la Iglesia.
Por tanto, hijas mías, acudan a Dios con sus oraciones para que me ayuden en esta ocasión. Y procure mi Madre Priora que el próximo jueves le dé el hábito a la hija del doctor; lo que le falta de dote, lo compensa con su virtud.
Le encomiendo a esas enfermas: cuídelas y regálelas con cariño. Y créame, Madre, que el día que no tenga enfermas que cuidar, será como si no tuviera nada.
Pido a las Hermanas que comulguen por mí durante todo este mes, porque no me encuentro bien —y mírenme, que siempre las engaño: ¡no me crean!
Mi compañera de viaje está enferma de los ojos, y me duele mucho.
Ahí les mando ese regalo de frutas, para que se alegren el jueves con la llegada de la nueva Hermana. Que se llame María de San José.
Que Dios las haga tan santas como yo lo deseo.
Desde la casa de doña María Fajardo.
Hoy, lunes 6 de agosto.
Su sierva,
Teresa de Jesús
