XLIV Carta de Santa Teresa de Ávila

 


A la hermana Leonor de la Misericordia, Carmelita Descalza en el Convento de la Santísima Trinidad de Soria

Jesús.

El Espíritu Santo sea con Vuestra Merced, hija mía.

¡Cómo quisiera no tener que escribir más cartas que esta, sólo para responderle a usted, tanto a la que vino con la Compañía como a esta otra!

Créame, hija mía, que cada vez que recibo una carta suya siento un consuelo muy especial. Por eso no permita que el demonio le ponga tentaciones para dejar de escribirme. En la carta que me envía ahora, donde dice que siente que está desaprovechada, le aseguro que de ahí sacará un grandísimo provecho.

Pongo al tiempo como testigo, porque es evidente que Dios la lleva por el camino de quienes ya son de su casa, como si usted ya viviera en su Palacio. Y como sabe que no se va a volver atrás, quiere ir dándole cada vez más merecimientos. Hasta ahora puede ser que usted haya tenido más “ternuritas”, porque Dios la quería desapegar de todo, y eso era necesario.

Me he acordado de una santa que conocí en Ávila, cuya vida fue realmente ejemplar. Lo había dado todo por Dios, hasta el último abrigo con el que se cubría, y también lo entregó. Luego, el Señor la llevó por un tiempo de grandísimos trabajos interiores y sequedades. Entonces ella se quejaba mucho y decía: “Sois muy galante, Señor, que después de dejarme sin nada, ahora también os vais”. Así es, hija mía: estas almas son de su Majestad, que paga los grandes servicios con sufrimientos, y no hay mejor paga que esa, porque la paga verdadera es el amor de Dios.

Yo alabo al Señor de que usted va creciendo en las virtudes interiores. Deje que Él gobierne su alma y su camino, que es su Esposo, y Él dará cuentas de usted y la llevará por donde más le convenga.

También es natural que al inicio de una nueva vida y ejercicios espirituales, parezca que se pierde la paz, pero luego viene toda junta. No tenga pena. Tenga por honra el ayudar a Dios a llevar la cruz y no dé demasiado valor a los consuelos. Sería como los soldados mundanos que sólo buscan su paga. Sirva sin esperar nada, como hacen los grandes señores con su Rey. Que el Rey del Cielo sea con usted.

Respecto a mi ida, ya he respondido lo que corresponde a la señora Doña Beatriz.

Esa Doña Josefa que menciona, ciertamente es un alma buena, muy adecuada para nuestra vida. Pero como hace tanto bien en esa casa, no sé si será bueno que quiera salir de allí. Por eso, me esfuerzo en disuadirla todo lo que puedo, pues temo que esto traiga enemistades. Si el Señor quiere, se hará.

A esos señores hermanos suyos, que conozco bien, les mando mis encomiendas.

Que Dios la guarde y la haga como yo deseo.

De Vuestra Merced, sierva,
Teresa de Jesús

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