XIII Carta de Santa Teresa de Ávila

 

Al reverendísimo padre, el maestro Fray Juan Bautista Rubeo de Ravena, que fue General de la Orden de Nuestra Señora del Carmen

JESÚS.

La gracia del Espíritu Santo sea siempre con Vuestra Paternidad. Amén.

Desde que llegué aquí a Sevilla, he escrito a Vuestra Paternidad tres o cuatro veces; y no lo he hecho más porque me dijeron estos Padres que venían del Capítulo, que no estaría Vuestra Paternidad en Roma, que andaba visitando los lugares de Mantua.

Bendito sea Dios, que acabó ese negocio tan bien. Allí daba a Vuestra Paternidad cuenta de los monasterios que se han fundado este año, que son tres: en Beas, en Caravaca y aquí. Tiene Vuestra Paternidad súbditas en ellos que son harto siervas de Dios. Los dos son de renta, y el de este lugar, de pobreza. Aún no hay casa propia, mas espero en el Señor que se hará. Porque tengo por cierto que algunas de estas cartas habrán llegado a manos de Vuestra Paternidad, no le doy más particular cuenta en esta de todo ello.

Allí decía cuán diferente cosa es hablar a estos Padres Descalzos (digo al Padre Maestro Gracián y a Mariano) de lo que por allá yo oía. Porque, cierto, son verdaderos hijos de Vuestra Paternidad, y en lo sustancial, osaré decir que ninguno de los que mucho dicen que lo son les hace ventaja.

Como me pusieron por medianera para que Vuestra Paternidad los tornase a su gracia (porque ellos ya no osaban escribirle), suplicábalo a Vuestra Paternidad en estas cartas con todo el encarecimiento que yo supe; y así se lo suplico ahora. Por amor de nuestro Señor, que me haga Vuestra Paternidad esta merced, y me dé algún crédito; pues no hay razón para que yo no trate sino toda verdad. Dejando aparte que tendría por ofensa de Dios no decirla, y —a padre que yo tanto quiero—, aunque no fuera ir contra Dios, lo tuviera por gran traición y maldad.

Cuando estemos delante de su acatamiento, verá Vuestra Paternidad lo que debe a su hija verdadera, Teresa de Jesús. Esto solo me consuela en estas cosas, porque bien entiendo que debe haber quien diga lo contrario; y así, en todo lo que yo puedo, lo entienden todos y lo entenderán mientras viviere —digo, los que están sin pasión.

Ya escribí a Vuestra Paternidad la comisión que tenía el Padre Gracián del Nuncio, y cómo ahora le había enviado a llamar. Ya sabrá Vuestra Paternidad cómo se la tornaron a dar de nuevo, para visitar a Descalzos y Descalzas, y a la provincia de Andalucía. Yo sé muy cierto que esto postrero lo rehusó todo lo que pudo, aunque no se diga así; mas esta es la verdad. Y su hermano, el secretario, tampoco lo quisiera, porque no se sigue sino gran trabajo. Mas ya que estaba hecho, si me hubieran creído estos Padres, se hiciera sin dar nota a nadie, y muy como entre hermanos, y para esto puse todo lo que pude. Porque, dejando que es razón, desde que estamos aquí nos han socorrido en todo. Y como a Vuestra Paternidad escribí, hallo aquí personas de buen talento y letras; y quisiera yo harto las hubiera así en nuestra provincia de Castilla.

Yo soy siempre amiga de hacer de la necesidad virtud (como dicen), y así quisiera que, cuando se ponían a resistir, miraran si podrían salir con ello. Por otra parte, no me espanto, que están cansados de tantas visitas y novedades como —por nuestros pecados— ha habido tantos años. Plegue al Señor que sepamos aprovechar esto, que harto nos despierta Su Majestad; aunque ahora, como es de la misma Orden, no parece tan en deslustre de ella.

Y espero en Dios que, si Vuestra Paternidad favorece a este Padre de manera que se entienda que está en su gracia, que se ha de hacer todo muy bien. Él escribe a Vuestra Paternidad y tiene gran deseo de lo que digo, y de no dar a Vuestra Paternidad ningún disgusto, porque se tiene por obediente hijo suyo.

Lo que yo torno a suplicar en esta a Vuestra Paternidad —por amor de nuestro Señor y de su gloriosa Madre (a quien Vuestra Paternidad tanto ama, y este Padre lo mismo, que por ser muy su devoto entró en esta Orden)— es que Vuestra Paternidad le responda con blandura, y deje otras cosas pasadas, aunque haya tenido alguna culpa, y lo tome por muy hijo y súbdito, porque verdaderamente lo es. Y el pobre Mariano lo mismo, sino que algunas veces no se entiende.Y no me espanto de que escribiese a Vuestra Paternidad de forma diferente a lo que tiene en su voluntad, por no saberse declarar, pues él nunca confiesa haber tenido —ni en palabra ni en hecho— la intención de enojar a Vuestra Paternidad. Como el demonio gana tanto en que las cosas se entiendan a su propósito, así debe haber ayudado a que, sin querer, hayan salido mal los negocios.

Mas mire Vuestra Paternidad que es de los hijos errar, y de los padres perdonar y no mirar sus faltas. Por amor de nuestro Señor suplico a Vuestra Paternidad me haga esta merced. Mire que para muchas cosas conviene; que quizá no las entiende Vuestra Paternidad allá, como yo que estoy acá; y que, aunque las mujeres no somos buenas para consejo, alguna vez acertamos. Yo no entiendo qué daño pueda venir de aquí; y, como digo, provechos puede haber muchos, y ninguno entiendo que haya en que Vuestra Paternidad admita a los que se echarían de muy buena gana a sus pies si estuvieran presentes, pues Dios no deja de perdonar; y que se entienda que Vuestra Paternidad gusta de que la Reforma se haga por un súbdito hijo suyo, y que a cambio de esto, gusta de perdonarle.

Si hubiera muchos a quienes lo pudiera encomendar, vaya; pero, pues al parecer no los hay con los talentos que este Padre tiene (que cierto entiendo, si Vuestra Paternidad lo viese, lo diría así), ¿por qué no ha de mostrar Vuestra Paternidad que gusta de tenerle por súbdito? ¿Y que todos entiendan que esta Reforma (si se hiciere bien) es por medio de Vuestra Paternidad y de sus consejos y avisos? Y con que se entienda que Vuestra Paternidad gusta de esto, se allana todo.

Muchas más cosas quisiera decir en este caso. Suplico a nuestro Señor dé a entender a Vuestra Paternidad lo que esto conviene; porque de mis palabras hace días que Vuestra Paternidad no se sirve. Bien segura estoy que, si en ellas yerro, no yerra mi voluntad.

El Padre Fray Antonio de Jesús está aquí, y no pudo hacer menos, aunque también comenzó a defenderse como estos Padres. Él escribe a Vuestra Paternidad; quizá tendrá más dicha que yo, y Vuestra Paternidad creerá como conviene para todo esto que digo. Hágalo nuestro Señor como puede, y ve que es menester.

Yo supe del acta que viene del Capítulo General, para que yo no salga de una casa. Habíala enviado aquí el Padre Provincial Fray Ángel al Padre Ulloa, con un mandamiento para que me la notificase. Él pensó que me daría mucha pena, como el intento de estos Padres ha sido dármela al procurar esto, y así se lo tenía guardado. Debe hacer poco más de un mes que yo procuré que me lo diesen, porque lo supe por otra parte.

Yo digo a Vuestra Paternidad, cierto, que, según cuanto puedo entender de mí, que me fuera gran regalo y contento si Vuestra Paternidad, por una carta, me lo mandara, y viera yo que era doliéndose de los grandes trabajos que he pasado en estas fundaciones —trabajos grandes para mí, que soy para padecer poco—, y que por premio me mandaba Vuestra Paternidad descansar. Porque, aun entendiendo por la vía que viene, me ha dado harto consuelo poder estar en mi sosiego.Como tengo tan gran amor a Vuestra Paternidad, no he dejado de sentir —como persona regaladamente herida— que se me tratase como a muy desobediente, al punto que el Padre Fray Ángel pudo publicarlo en la Corte antes de que yo supiese nada, pareciéndole que se me hacía mucha fuerza. Y así me escribió que, por medio de la Cámara del Papa, podría remediarse, como si no fuera para mí un gran descanso.

Por cierto, aunque hacer lo que Vuestra Paternidad me manda no fuera descanso, sino grandísimo trabajo, no me pasaría por el pensamiento dejar de obedecer. Ni me ha dado Dios tal lugar, que busque contento contra la voluntad de Vuestra Paternidad.

Porque puedo decir con verdad (y esto lo sabe nuestro Señor), que si algún alivio tenía en los trabajos, desasosiegos, aflicciones y murmuraciones que he pasado, era saber que hacía la voluntad de Vuestra Paternidad, y le daba contento. Y así me lo dará ahora hacer lo que Vuestra Paternidad me manda.

Yo quise ponerlo por obra: era cerca de Navidad, y como el camino es tan largo, no me dejaron, entendiendo que la voluntad de Vuestra Paternidad no era que se aventurase mi salud. Y así me estoy todavía aquí, aunque no con intención de quedarme siempre en esta casa, sino hasta que pase el invierno, porque no me entiendo con la gente de Andalucía.

Y lo que mucho suplico a Vuestra Paternidad es que no deje de escribirme adondequiera que esté; que, como ya no tengo negocios (lo cual me será, en verdad, un gran contento), tengo miedo de que Vuestra Paternidad me olvide. Aunque yo no le daré lugar a ello; porque aunque Vuestra Paternidad se canse, no dejaré de escribirle, pues en eso tengo descanso.

Por acá nunca se ha entendido, ni se entiende, que el Concilio y el Motu proprio quiten a los prelados la facultad de mandar que las monjas vayan a otras casas para asuntos convenientes o necesidades de la Orden, que pueden ser muchas.

No digo esto por mí, que ya no estoy para nada (y no digo que me esté en una sola casa, que me está muy bien tener algún sosiego y descanso); mas si estuviese en una cárcel, con tal de que entienda doy a Vuestra Paternidad contento, estaría de buena gana toda la vida. Solo lo digo para que no tenga Vuestra Paternidad escrúpulo de lo pasado.

Porque, aunque tenía las patentes, jamás fui a ninguna parte a fundar (que, para lo demás, claro está que no podía ir) sin mandamiento por escrito o licencia del Prelado. Y así me la dio el Padre Fray Ángel para Véas y Caravaca, y el Padre Gracián para venir aquí, porque tenía entonces la misma comisión del Nuncio que tiene ahora, solo que no la usaba.

Aunque el Padre Fray Ángel ha dicho que vine apóstata, y que estaba excomulgada… Dios le perdone. Vuestra Paternidad sabe, y es testigo, de que siempre he procurado que Vuestra Paternidad estuviera bien con él, y darle contento (digo en cosas que no fuesen de desagradar a Dios), y nunca acaba de estar bien conmigo.

Mucho provecho le haría, si tan mal estuviese con Valdemoro. Como es prior de Ávila, quitó a los Descalzos de la Encarnación con gran escándalo del pueblo, y así traía a aquellas monjas (que era la casa para alabar a Dios) con un desasosiego que da lástima. Y me escriben que, por disculparlo a él, echan la culpa a sí mismas.

Ya han vuelto los Descalzos, y según me han escrito, ha mandado el Nuncio que no las confiesen otros que los del Carmen.

Me ha dado mucha pena el desconsuelo de aquellas monjas, que no reciben sino pan, y, por otra parte, tanta inquietud. Me da mucha lástima. Dios remedie todo, y guarde a Vuestra Paternidad por muchos años.

Hoy me han dicho que viene para acá el General de los Dominicos. Si Dios me hiciera la merced de que se ofreciera venir Vuestra Paternidad, aunque por otra parte sentiría el trabajo que eso le costaría… Así se quedará mi descanso para aquella eternidad sin fin, donde verá Vuestra Paternidad lo que me debe.

Plega al Señor, por su misericordia, que yo lo merezca. A esos mis Reverendos Padres, compañeros de Vuestra Paternidad, me encomiendo mucho en las oraciones de sus Paternidades.
Estas súbditas e hijas de Vuestra Paternidad le suplican que les dé su bendición. Y yo lo mismo, para mí.

Desde Sevilla, etc.

De Vuestra Paternidad,
Indigna hija y súbdita,
Teresa de Jesús

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