Al ilustrísimo señor don Diego de Mendoza, del Consejo de
Estado de su Majestad.
JESÚS.
Sea el Espíritu Santo siempre con Vuestra Señoría. Amén.
Yo digo a Vuestra Señoría que no puedo entender la causa por la cual yo y estas Hermanas nos hemos sentido tan tiernamente regaladas y alegradas con la merced que Vuestra Señoría nos hizo con su carta. Porque, aunque haya muchas y estemos tan acostumbradas a recibir mercedes y favores de personas de mucho valor, no nos causa esta operación lo mismo; con lo cual hay alguna cosa secreta que no entendemos. Y así, con advertencia lo he mirado en estas Hermanas y en mí.
Solo una hora nos dan de término para responder, y dicen que se va el mensajero. Y, a mi parecer, ellas quisieran muchas [horas], porque andan cuidadosas de lo que Vuestra Señoría les manda, y en su seso piensa su comadre —de Vuestra Señoría— que han de hacer algo de sus palabras. Si conforme a la voluntad con que ella las dice fuera el efecto, yo estaría bien cierta que aprovecharan; mas es negocio de nuestro Señor, y solo su Majestad puede mover. Y harta gran merced nos hace en dar a Vuestra Señoría luz de cosas y de deseos, que en tan gran entendimiento es imposible que poco a poco no obren estas dos cosas.
Una puedo decir con verdad: que fuera de negocios que tocan al Señor Obispo, no entiendo ahora otra que más alegre mi alma que ver a Vuestra Señoría señor de sí. Y es verdad que lo he pensado: que a persona tan valerosa solo Dios puede henchir sus deseos. Y así ha hecho su Majestad bien, que en la tierra se hayan descuidado los que pudieran comenzar a cumplir alguno.
Vuestra Señoría me perdone, que voy ya necia. Mas cierto es serlo los más atrevidos y ruines, y en dándoles un poco de favor, toman mucho.
El Padre Fray Jerónimo Gracián se holgó mucho con el recado de Vuestra Señoría, que sé yo tiene el amor y deseo —que es obligado— y aun creo harto más de servir a Vuestra Señoría, y que procura le encomienden personas de las que trata (que son buenas) a nuestro Señor. Y él lo hace con tanta gana de que le aproveche, que espero en su Majestad le ha de oír; porque, según me dijo un día, no se contenta con que Vuestra Señoría sea muy bueno, sino muy santo.
Yo tengo más bajos pensamientos: contentarme ya con que Vuestra Señoría se contentase con solo lo que ha menester para sí solo, y no se extendiese tanto su caridad de procurar bienes ajenos. Que yo veo que, si Vuestra Señoría con su descanso solo tuviese cuenta, le podía ya tener, y ocuparse en adquirir bienes perpetuos, y servir a quien para siempre le ha de tener consigo, no cansándose de dar bienes.
Ya sabíamos cuándo es el santo que Vuestra Señoría dice. Tenemos concertado de comulgar todas aquel día por Vuestra Señoría, y se ocupará lo mejor que pudiéremos.
En las demás mercedes que Vuestra Señoría me hace, tengo visto podré suplicar a Vuestra Señoría muchas, si tengo necesidad. Mas sabe nuestro Señor que la mayor que Vuestra Señoría me puede hacer es estar adonde no me pueda hacer ninguna de esas, aunque quiera. Con todo, cuando me viere en necesidad, acudiré a Vuestra Señoría como a Señor de esta casa.
Estoy oyendo la obra que pasan María, Isabel y su comadre de Vuestra Señoría para escribir. Isabelita, que es la de San Judas, calla, y como nueva en el oficio, no sé qué dirá. Determinada estoy a no enmendarles palabra, sino que Vuestra Señoría las sufra, pues manda las digan. Es verdad que es poca mortificación leer necedades, ni poca prueba de la humildad de Vuestra Señoría haberse contentado con gente tan ruin. Nuestro Señor nos haga tales que no pierda Vuestra Señoría esta buena obra, por no saber nosotras pedir a su Majestad que la pague a Vuestra Señoría.
Es hoy domingo, no sé si veinte de agosto.
Esta carta,
Indigna sierva y verdadera hija de Vuestra Señoría,
Teresa de Jesús.
