Al ilustrísimo señor Don Alonso Velázquez, obispo de Osma
JESÚS.
Eminentísimo Padre de mi alma: una de las mayores mercedes por las que me
siento obligada a nuestro Señor, es haberme dado Su Majestad el deseo de ser
obediente; porque en esta virtud siento mucho contento y consuelo, como cosa
que nuestro Señor más encomienda.
Vuestra Señoría me mandó el otro día que le encomendase a
Dios: yo tengo cuidado en esto, y se añadió más el mandato de Vuestra Señoría.
Y lo he hecho, no mirando mi pequeñez, sino por ser cosa que Vuestra Señoría
mandó, y con esta fe espero en Su bondad que Vuestra Señoría recibirá lo que me
parece representarle, y aceptará mi voluntad, pues nace de obediencia.
Representándole, pues, yo a nuestro Señor las mercedes que
le ha hecho a Vuestra Señoría, y yo le conozco, de haberle dado humildad,
caridad y celo por las almas, y de velar por la honra de nuestro Señor; y
conociendo yo este deseo, le pedí a nuestro Señor aumento de todas las virtudes
y perfección, para que fuese tan perfecto como la dignidad en que nuestro Señor
le ha puesto lo pide. Me fue mostrado que a Vuestra Señoría le faltaba lo más
principal que se requiere para esas virtudes; y faltando lo más, que es el
fundamento, la obra se deshace y no es firme. Porque le falta la Oración con la
lámpara encendida, que es la lumbre de la Fe; y perseverancia en la Oración con
fortaleza, rompiendo la falta de unión, que es la Unción del Espíritu Santo,
por cuya falta viene toda la sequedad y desunión que tiene el alma.
Es menester sufrir la importunidad del tropel de
pensamientos, y las imaginaciones importunas, e impulsos de movimientos
naturales, así del alma, por la sequedad y desunión que tiene, como del cuerpo,
por la falta de rendimiento que al espíritu ha de tener. Porque aunque a
nuestro parecer no haya imperfecciones en nosotros, cuando Dios abre los ojos
del alma, como en la Oración suele hacer, parecen bien estas imperfecciones.
Lo que me fue mostrado del orden que Vuestra Señoría ha de
tener en el principio de la Oración, hecha la señal de la Cruz, es: acusarse de
todas sus faltas cometidas después de la Confesión, y desnudarse de todas las
cosas, como si en aquella hora hubiera de morir; tener verdadero
arrepentimiento de las faltas, y rezar el Salmo del Miserere, en
penitencia de ellas. Y tras esto, ha de decir: A vuestra Escuela,
Señor, vengo a aprender, y no a enseñar. Hablaré con vuestra Majestad, aunque
polvo y ceniza, y miserable gusano de la tierra. Y diciendo: Mostrad,
Señor, en mí vuestro poder, aunque miserable hormiga de la tierra. Ofreciéndose
a Dios en perpetuo sacrificio de holocausto, pondrá delante de los ojos del
entendimiento, o corporales, a Jesucristo crucificado, al cual con reposo y
afecto del alma, mirará y considerará parte por parte.
Primeramente considerando la Naturaleza Divina del Verbo
Eterno del Padre, unida con la Naturaleza Humana, que de sí no tenía ser, si
Dios no se lo diera. Y mirar aquel inefable amor, con aquella profunda
humildad, con que Dios se deshizo tanto, haciendo al Hombre Dios, haciéndose
Dios Hombre; y aquella magnificencia y largueza con que Dios usó de su poder,
manifestándose a los hombres, haciéndoles participantes de su gloria, poder y
grandeza.
Y si esto le causare la admiración que en un alma suele
causar, quédese aquí: que debe mirar una alta tan baja y una baja tan alta.
Mirarle a la cabeza coronada de espinas, donde se considera la rudeza de
nuestro entendimiento y ceguedad. Pedir a nuestro Señor tenga por bien de
abrirnos los ojos del alma y clarificarnos nuestro entendimiento con la lumbre
de la Fe, para que con humildad entendamos quién es Dios y quiénes somos
nosotros; y con este humilde conocimiento podamos guardar sus Mandamientos y consejos,
haciendo en todo su voluntad. Y mirarle las manos clavadas, considerando su
largueza y nuestra cortedad; confiriendo sus dádivas y las nuestras.
Mirarle los pies clavados, considerando la diligencia con
que nos busca y la torpeza con que le buscamos. Mirarle aquel costado abierto,
descubriendo su corazón y entrañable amor con que nos amó, cuando quiso fuese
nuestro nido y refugio, y por aquella puerta entrásemos en el Arca al tiempo
del diluvio de nuestras tentaciones y tribulaciones. Suplicarle que, como Él
quiso que su costado fuese abierto en testimonio del amor que nos tenía, de
orden que se abra el nuestro, y le descubramos nuestro corazón, y le
manifestemos nuestras necesidades, y acertemos a pedir el remedio y medicina
para ellas.
Tiene de llegarse Vuestra Señoría a la Oración con
rendimiento y sujeción, y con facilidad ir por el camino que Dios le llevare,
fiándose con seguridad de su Majestad. Oiga con atención la lección que le
leyere: ahora mostrándole las espaldas o el rostro, que es cerrándole la puerta
y dejándoselo fuera, o tomándole de la mano y metiéndole en su recámara. Todo
lo tiene de llevar con igualdad de ánimo; y cuando le reprehendiere, aprobar su
recto y ajustado juicio, humillándose.
Y cuando le consolare, tenerse por indigno dello; y por otra
parte aprobar su bondad, que tiene por naturaleza manifestarse a los hombres y
hacerlos participantes de su poder y bondad. Y mayor injuria se hace a Dios en
dudar de su largueza en hacer mercedes, pues quiere más resplandecer en
manifestar su omnipotencia que no en mostrar el poder de su justicia. Y si el
negar su poderío para vengar sus injurias sería grande blasfemia, mayor es
negarle en lo que Él quiere más mostrarlo, que es en hacer mercedes. Y no
querer rendir el entendimiento, cierto es querer enseñarle en la Oración y no
querer ser enseñado, que es a lo que allí se va; y sería ir contra el fin y el
intento con que allí se ha de ir. Y manifestando su polvo y ceniza, tiene de
guardar las condiciones del polvo y ceniza, que es de su propia naturaleza
estarse en el centro de la tierra.
Mas cuando el viento le levanta, haría contra naturaleza si
no se levantase; y levantado, sube cuanto el viento lo sube y sustenta; y
cesando el viento, se vuelve a su lugar. Así el alma, que se compara con el
polvo y ceniza, es necesario que tenga las condiciones de aquello con que se
compara; y así ha de estar en la Oración sentada en su conocimiento propio; y
cuando el suave soplo del Espíritu Santo la levantare y la metiere en el
corazón de Dios, y allí la sustentare, descubriéndole su bondad, manifestándole
su poder, sepa gozar de aquella merced con hacimiento de gracias, pues la
entrañiza, arrimándola a su pecho, como a Esposa regalada y con quien su Esposo
se regala.
Sería gran villanía y grosería que la Esposa del Rey (a
quien Él escogió, siendo de baja suerte) no hiciese presencia en su casa y
Corte el día que Él quiere que la haga, como lo hizo la reina Vasti, lo cual el
Rey sintió, como lo cuenta la Santa Escritura. Lo mismo suele hacer nuestro
Señor con las almas que se esquivan de Él, pues Su Majestad lo manifiesta,
diciendo que Sus regalos eran estar con los hijos de los hombres. Y si todos
huyesen, privarían a Dios de Sus regalos, según este atributo, aunque sea
debajo de color de humildad, lo cual no sería sino indiscreción, y mala
crianza, y género de menosprecio, no recibir de Su mano lo que Él da; y falta
de entendimiento del que tiene necesidad de una cosa para el sustento de la
vida, cuando se la dan, no tomarla.
Dícese también que tiene de estar como el gusano de la
tierra. Esta propiedad es estar el pecho pegado a ella, humillado y sujeto al
Criador y a las criaturas, que aunque le huellen o las aves le piquen, no se
levanta. Por el hollar se entiende cuando, en el lugar de la Oración, se
levanta la carne contra el espíritu, y con mil géneros de engaños y
desasosiegos, representándole que en otras partes hará más provecho, como
acudir a las necesidades de los prójimos y estudiar para predicar y gobernar lo
que cada uno tiene a su cargo.
A lo cual se puede responder que su necesidad es la primera
y de más obligación, y la perfecta caridad empieza de sí mismo. Y que el
Pastor, para hacer bien su oficio, se tiene de poner en el lugar más alto, de
donde pueda bien ver toda su manada, y ver si la acometen las fieras; y este
alto es el lugar de la Oración.
Llámase también gusano de la tierra, porque aunque los
pájaros del Cielo le piquen, no se levanta de la tierra ni pierde la obediencia
y sujeción que tiene a su Criador, que es estar en el mismo lugar que Él le
puso. Y así el hombre ha de estar firme en el puesto que Dios le tiene, que es
el lugar de la Oración; que aunque las aves, que son los demonios, le piquen y
molesten con las imaginaciones y pensamientos importunos, y los desasosiegos
que en aquella hora trae el demonio, llevando el pensamiento y derramándole de
una parte a otra, y tras el pensamiento se va el corazón; y no es poco el fruto
de la Oración sufrir estas molestias e importunidades con paciencia. Y esto es
ofrecerse en holocausto, que es consumirse todo el sacrificio en el fuego de la
tentación, sin que de allí salga cosa de él.
Porque el estar allí sin sacar nada no es tiempo perdido,
sino de mucha ganancia, porque se trabaja sin interés y por sola la gloria de
Dios; que aunque de pronto le parece que trabaja en vano, no es así, sino que
acontece como a los hijos que trabajan en las haciendas de sus padres, que
aunque a la noche no llevan jornal, al fin del año lo llevan todo.
Y esto es muy semejante a la Oración del Huerto, en la cual
pedía Jesucristo nuestro Señor que le quitasen la amargura y dificultad que se
hace para vencer la naturaleza humana. No pedía que le quitasen los trabajos,
sino el disgusto con que los pasaba; y lo que Cristo pedía para la parte
inferior del hombre era que la fortaleza del espíritu se comunicase a la carne,
en la cual se esforzase pronta, como lo estaba el espíritu, cuando le
respondieron que no convenía, sino que bebiese aquel cáliz: que es que venciese
aquella pusilanimidad y flaqueza de la carne; y para que entendiésemos que
aunque era verdadero Dios, era también verdadero Hombre, pues Él sentía también
las penalidades como los demás hombres.
Tiene necesidad el que llega a la Oración de ser trabajador
y nunca cansarse en el tiempo del verano y de la bonanza (como la hormiga),
para llevar mantenimiento para el tiempo del invierno y de los diluvios, y
tenga provisión de que se sustente y no perezca de hambre, como los otros
animales desapercibidos; pues aguarda los fortísimos diluvios de la muerte y
del juicio.
Para ir a la Oración, se requiere ir con vestidura de boda,
que es vestidura de Pascua, que es de descanso y no de trabajo; para estos días
principales todos procuran tener preciosos atavíos, y para honrar una fiesta,
suele uno hacer grandes gastos, y lo da por bien empleado cuando sale como el
desea. Hacerse uno gran Letrado y Cortesano no se puede hacer sin gran gasto y
mucho trabajo. El hacerse Cortesano del Cielo y tener letras soberanas no se
puede hacer sin alguna ocupación de tiempo y trabajo de espíritu.
Y con esto ceso de decir más a Vuestra Señoría, a quien pido
perdón del atrevimiento que he tenido en representar esto, que aunque está
lleno de faltas e indiscreciones, no es falta de celo, que debo tener al
servicio de Vuestra Señoría como verdadera oveja suya, en cuyas santas
Oraciones me encomiendo. Guarde nuestro Señor a Vuestra Señoría con muchos
aumentos de su gracia. Amén.
Indigna sierva y súbdita de Vuestra Señoría,
Teresa de Jesús.
