Al mismo ilustrísimo señor Don Sancho Dávila
Jesús
La gracia del Espíritu Santo sea siempre con usted.
Si hubiera sabido que Vuestra Merced estaba en ese lugar, le habría respondido antes a su carta, pues deseaba mucho hacerlo para expresarle el gran consuelo que me dio. Pague Su Divina Majestad a Vuestra Merced con los bienes espirituales que yo siempre le suplico.
Durante la fundación de Burgos he pasado por tantos
trabajos, con poca salud y muchas ocupaciones, que apenas me quedaba tiempo
para tomar el descanso que hubiese deseado. Gloria sea a Dios, que ya todo ha
quedado bien concluido. Me daría gran gusto poder ir a donde está Vuestra
Merced, pues sería de gran consuelo tratar algunos asuntos en persona, que por
carta se expresan mal. Nuestro Señor no quiere concederme muchos deseos
propios: cúmplase Su Divina Voluntad, que es lo que importa.
Deseo mucho ver la vida de mi señora la Marquesa. Debió de
recibir tarde la carta mi señora la Abadesa, su hermana, y por eso, al leerla,
creo que aún no me la ha enviado. Con mucha razón ha querido Vuestra Merced que
quede memoria de una vida tan santa. Quiera Dios que Vuestra Merced logre
escribir todo lo mucho que hay que decir, pues temo que se quede corta.
¡Oh Señor! ¡Y cuánto sufrí para que los padres de mi sobrina
la dejaran en Ávila hasta que yo regresara de Burgos! Como me vieron tan
decidida, logré convencerlos.
Dios guarde a Vuestra Merced, que tanto cuida de hacerles
bien a todos. Yo espero que ha de ser usted su alivio y remedio. Que Dios le
guarde muchos años con la santidad que siempre le suplico. Amén.
Desde Palencia, a doce de agosto de mil quinientos ochenta y
dos.
Indigna sierva y súbdita de Vuestra Merced,
Teresa de Jesús
