IX Carta de Santa Teresa de Ávila

 

A la Ilustrísima y excelentísima señora doña María Henríquez, duquesa de Alba.

JESÚS.

Que la gracia del Espíritu Santo sea siempre con Vuestra Excelencia. Mucho he deseado hacer esto desde que supe que Vuestra Excelencia estaba en su casa. Y ha sido tan poca mi salud, que desde el Jueves Santo no se me ha quitado la fiebre hasta hace ocho días; y tenerla era el menor mal, según lo que he padecido. Decían los médicos que se formaba un absceso en el hígado: con sangrías y purgas ha sido Dios servido de dejarme en este piélago de trabajos. Plega a Su Divina Majestad que me los envíe a mí sola, y no a quien me ha de doler más que padecerlos yo. Por acá ha parecido que se ha concluido muy bien el remate de los negocios de Vuestra Excelencia.

No sé qué decir, sino que quiere nuestro Señor que no gocemos de contento sin que vaya acompañado de pena: creo que Vuestra Excelencia debe tenerla al estar apartada de quien tanto quiere; mas será servido que ahora Vuestra Excelencia gane mucho con nuestro Señor, y después venga todo junto el consuelo. Plega a Su Majestad que lo haga como yo se lo suplico, y en todas estas Casas de monjas, que con grandísimo cuidado se está haciendo. Solo este buen suceso les he encargado que tomen ahora muy a su cuenta; y yo, aunque ruin, ordinariamente lo traigo delante: y así lo haremos hasta tener las noticias que yo deseo.

Estoy considerando las romerías y oraciones en que Vuestra Excelencia andará ocupada ahora; y cómo muchas veces le parecerá que era vida más descansada la prisión. ¡Oh, válgame Dios, qué vanidades son las de este mundo! Y cómo es mejor no desear descanso ni cosa alguna, sino poner todo lo que nos tocare en las manos de Dios, que Él sabe mejor lo que nos conviene que nosotros al pedirlo.

Tengo mucho deseo de saber cómo le va a Vuestra Excelencia de salud y lo demás; y así suplico a Vuestra Excelencia me mande avisar. Y no se le dé a Vuestra Excelencia nada que no sea de Su mano; que como hay tanto que no veo letra de Vuestra Excelencia, aun con los recaudos que me escribía el Padre Maestro Gracián de parte de Vuestra Excelencia, me contentaba. De dónde estaré cuando llegue el momento de partirme de este lugar, ni de otras cosas, no digo aquí; porque pienso irá por allá el Padre Fray Antonio de Jesús, y dará a Vuestra Excelencia cuenta de todo.

Una merced me ha de hacer ahora Vuestra Excelencia en todo caso, porque me importa que se entienda el favor que Vuestra Excelencia me hace en todo. Y es que en Pamplona de Navarra se ha fundado ahora una Casa de la Compañía de Jesús, y entraron en paz. Después se ha levantado tan gran persecución contra ellos, que los quieren echar del lugar. Se han amparado del Conde Estable, y Su Señoría los ha tratado muy bien y hecho mucha merced. La que Vuestra Excelencia me ha de hacer es escribir a Su Señoría una carta, agradeciéndole lo que ha hecho, y mandándole que lo lleve muy adelante y los favorezca en todo lo que se les ofreciere.

Como ya sabréis, por mis pecados, la aflicción que es para los religiosos verse perseguidos, los he tenido lástima; y creo que gana mucho con Su Majestad quien los favorece y ayuda. Y esto querría yo que ganase Vuestra Excelencia, que me parece será de ello tan servido, que me atreviera a pedirlo también al Duque, si estuviera cerca. Dicen los del pueblo que lo que ellos gastaren tendrán menos; y hace la Casa un Caballero, y les da muy buena renta, que no es de pobreza; y cuando lo fuera, es harto poca fe que a un Dios tan grande les parezca que no es poderoso para dar de comer a los que le sirven. Su Majestad guarde a Vuestra Excelencia y le dé en esta ausencia tanto amor suyo, que pueda pasarlo con sosiego; que sin pena, será imposible.

Suplico a Vuestra Excelencia que, a quien fuere por la respuesta de esta, mande Vuestra Excelencia dar esta, que le suplico. Y ha de ir, que no parezca carta ordinaria de favor, sino que Vuestra Excelencia lo quiere. ¡Mas qué importuna estoy! De cuanto Vuestra Excelencia me hace padecer y ha hecho, no es mucho me sufra ser tan atrevida.

Hoy son ocho de abril.
De esta Casa de San José de Toledo.
Quise decir, de mayo ocho.

Indigna sierva de Vuestra Excelencia,
y súbdita,
Teresa de Jesús.


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