A la Ilustrísima y excelentísima señora doña María Henríquez,
duquesa de Alba.
JESÚS.
Que la gracia del Espíritu Santo sea siempre con Vuestra Excelencia. Mucho he deseado hacer esto desde que supe que Vuestra Excelencia estaba en su casa. Y ha sido tan poca mi salud, que desde el Jueves Santo no se me ha quitado la fiebre hasta hace ocho días; y tenerla era el menor mal, según lo que he padecido. Decían los médicos que se formaba un absceso en el hígado: con sangrías y purgas ha sido Dios servido de dejarme en este piélago de trabajos. Plega a Su Divina Majestad que me los envíe a mí sola, y no a quien me ha de doler más que padecerlos yo. Por acá ha parecido que se ha concluido muy bien el remate de los negocios de Vuestra Excelencia.
No sé qué decir, sino que quiere nuestro Señor que no
gocemos de contento sin que vaya acompañado de pena: creo que Vuestra
Excelencia debe tenerla al estar apartada de quien tanto quiere; mas será
servido que ahora Vuestra Excelencia gane mucho con nuestro Señor, y después
venga todo junto el consuelo. Plega a Su Majestad que lo haga como yo se lo
suplico, y en todas estas Casas de monjas, que con grandísimo cuidado se está
haciendo. Solo este buen suceso les he encargado que tomen ahora muy a su cuenta;
y yo, aunque ruin, ordinariamente lo traigo delante: y así lo haremos hasta
tener las noticias que yo deseo.
Estoy considerando las romerías y oraciones en que Vuestra
Excelencia andará ocupada ahora; y cómo muchas veces le parecerá que era vida
más descansada la prisión. ¡Oh, válgame Dios, qué vanidades son las de este
mundo! Y cómo es mejor no desear descanso ni cosa alguna, sino poner todo lo
que nos tocare en las manos de Dios, que Él sabe mejor lo que nos conviene que
nosotros al pedirlo.
Tengo mucho deseo de saber cómo le va a Vuestra Excelencia
de salud y lo demás; y así suplico a Vuestra Excelencia me mande avisar. Y no
se le dé a Vuestra Excelencia nada que no sea de Su mano; que como hay tanto
que no veo letra de Vuestra Excelencia, aun con los recaudos que me escribía el
Padre Maestro Gracián de parte de Vuestra Excelencia, me contentaba. De dónde
estaré cuando llegue el momento de partirme de este lugar, ni de otras cosas,
no digo aquí; porque pienso irá por allá el Padre Fray Antonio de Jesús, y dará
a Vuestra Excelencia cuenta de todo.
Una merced me ha de hacer ahora Vuestra Excelencia en todo
caso, porque me importa que se entienda el favor que Vuestra Excelencia me hace
en todo. Y es que en Pamplona de Navarra se ha fundado ahora una Casa de la
Compañía de Jesús, y entraron en paz. Después se ha levantado tan gran
persecución contra ellos, que los quieren echar del lugar. Se han amparado del
Conde Estable, y Su Señoría los ha tratado muy bien y hecho mucha merced. La
que Vuestra Excelencia me ha de hacer es escribir a Su Señoría una carta,
agradeciéndole lo que ha hecho, y mandándole que lo lleve muy adelante y los
favorezca en todo lo que se les ofreciere.
Como ya sabréis, por mis pecados, la aflicción que es para
los religiosos verse perseguidos, los he tenido lástima; y creo que gana mucho
con Su Majestad quien los favorece y ayuda. Y esto querría yo que ganase
Vuestra Excelencia, que me parece será de ello tan servido, que me atreviera a
pedirlo también al Duque, si estuviera cerca. Dicen los del pueblo que lo que
ellos gastaren tendrán menos; y hace la Casa un Caballero, y les da muy buena
renta, que no es de pobreza; y cuando lo fuera, es harto poca fe que a un Dios
tan grande les parezca que no es poderoso para dar de comer a los que le
sirven. Su Majestad guarde a Vuestra Excelencia y le dé en esta ausencia tanto
amor suyo, que pueda pasarlo con sosiego; que sin pena, será imposible.
Suplico a Vuestra Excelencia que, a quien fuere por la
respuesta de esta, mande Vuestra Excelencia dar esta, que le suplico. Y ha de
ir, que no parezca carta ordinaria de favor, sino que Vuestra Excelencia lo
quiere. ¡Mas qué importuna estoy! De cuanto Vuestra Excelencia me hace padecer
y ha hecho, no es mucho me sufra ser tan atrevida.
Hoy son ocho de abril.
De esta Casa de San José de Toledo.
Quise decir, de mayo ocho.
Indigna sierva de Vuestra Excelencia,
y súbdita,
Teresa de Jesús.
