Al muy ilustre Señor Don Sancho, que después fue obispo
de Jaen.
Jesús
Que la gracia del Espíritu Santo esté siempre con usted.
He alabado a nuestro Señor y considero un gran favor suyo aquello que usted
juzga por falta: dejar algunos excesos que practicaba por la muerte de mi
señora la Marquesa, su madre, cuya pérdida tanto nos ha dolido a todos. Su
Señoría goza ahora de Dios, y ¡ojalá todas tuviéramos tan buen final!
Ha hecho muy bien en escribir la vida de su madre, que fue
muy santa (yo misma soy testigo de ello). Le beso las manos por el favor de
querer enviármela; tendré mucho que considerar y en ella alabar a Dios. Esa
firme determinación que siente—no ofenderle jamás, y, cuando se presente
ocasión de servirle, apartarse de todo lo que pueda desagradarle—es una señal
verdadera del deseo de no ofender a Su Majestad. Y el hecho de acercarse cada
día al Santísimo Sacramento y sentir pesar cuando no lo hace demuestra una
amistad todavía más íntima.
Procure siempre reconocer las mercedes que recibe de Su mano
para que crezca el amor que le tiene; no se detenga en las menudencias de su
miseria, pues ya de por sí se nos presentan bastantes a todos, y a mí en
especial.
En cuanto a distraerse durante el rezo del Oficio Divino—flaqueza que yo
también padezco y atribuyo a mi poca cabeza—tómelo así Vuestra Merced; bien
sabe el Señor que, aunque rezamos, querríamos hacerlo a la perfección. Yo me
encuentro mejor: después del año pasado puedo decir que estoy bien, aunque paso
pocos ratos sin padecer; mas, viendo que mientras vivimos eso es lo mejor, lo
llevo con paciencia.
Al señor Marqués y a mi señora la Marquesa, hermanos de
usted, beso las manos de Sus Señorías. Aunque he estado lejos, no olvido en mis
pobres oraciones suplicar a nuestro Señor por ellos; por usted poco ruego, pues
es mi señor y padre de confesión. Le pido que envíe recado de mi parte al señor
don Fadrique y a la señora doña María: no tengo cabeza para escribirles yo
misma, y me perdone Vuestra Merced por amor de Dios.
Su Divina Majestad guarde a Vuestra Merced y le conceda la
santidad que le suplico. Amén.
Ávila, 10 de octubre de 1580
Indigna sierva de Vuestra Merced y su hija,
Teresa de Jesús
