Tratado de la Divina Providencia de Santa Catalina de Siena

 


CAPITULO PRIMERO. 

Como un alma arrebatada del deseo de la honra y gloria de Dios , y de la salvacion del prójimo , ejercitándose en la humilde oración, después que vio la estrecha unión que hay entre Dios y el alma , inflamada por la caridad, le pidió cuatro gracias. 

Un alma, impulsada por un deseo ardiente de honrar a Dios y salvar a las almas, se ejercita durante algún tiempo en la virtud que ya posee de manera habitual y firme. Permanece en la etapa del autoconocimiento para descubrir mejor en sí misma la bondad de Dios, porque del conocimiento nace el amor; y amando, se esfuerza por seguir y revestirse de la verdad.

Sin embargo, ninguna experiencia llena tanto al alma ni la ilumina tanto con la verdad como la oración humilde y constante, fundada en el conocimiento de Dios y de sí misma. Practicando la oración de este modo, el alma se une con Dios, siguiendo los pasos de Cristo crucificado, y así, por medio del deseo, el afecto y la unión del amor, llega a parecerse completamente a Él. Esto mismo quiso dar a entender Cristo cuando dijo: “El que me ama, guardará mi palabra; yo me manifestaré a él, y seremos uno solo.” En muchos otros pasajes encontramos expresiones parecidas, que confirman que, por efecto del amor, el alma se transforma en otro Cristo.

Para verlo con mayor claridad, recuerdo haber oído a una sierva de Dios, que estando en éxtasis, vio cómo el Señor no ocultaba a los ojos de su entendimiento el amor que tiene a sus siervos. Al contrario, se lo mostraba claramente, y entre otras cosas le decía: “Abre los ojos de tu entendimiento y mírame, y verás la dignidad y la belleza de mi criatura, dotada de razón. Además de la hermosura que he dado al alma al crearla a mi imagen y semejanza, contempla a los que llevan el traje nupcial de la caridad, adornados con muchas virtudes, por las cuales están unidos a mí por amor. Por eso te digo que si me preguntaras quiénes son estos, respondería, como dice el Verbo dulce y amoroso: ‘Son otro yo’, porque han renunciado a su propia voluntad y se han vestido, unido y conformado con la mía.” Es cierto que el alma se une con Dios por medio del amor.

Deseando entonces esta alma conocer más profundamente la verdad y seguirla, elevó sus deseos y comprendió que nadie puede aportar un bien verdadero al prójimo —ya sea por la enseñanza, el ejemplo o la oración— si antes no ha buscado su propio crecimiento, es decir, si no ha adquirido y fortalecido las virtudes. Por eso, dirigía al Sumo y Eterno Padre cuatro peticiones: la primera por ella misma, la segunda por la reforma de la Santa Iglesia, la tercera por el mundo entero y especialmente por la paz entre los cristianos, y la cuarta, pidiendo a la Divina Providencia ayuda para un caso concreto que se le había confiado.

CAPITULO SEGUNDO. 

Como creció el deseo de esta alma , habiéndole Dios mostrado la necesidad que tenia el mundo.

Aunque ya era grande y constante su deseo, creció aún más cuando la Verdad eterna le mostró la necesidad en la que se encontraba el mundo y el grave peligro en que estaba por tantas ofensas cometidas contra Dios.

Además, había recibido una carta de su padre espiritual, en la que este le expresaba el profundo dolor e insoportable sufrimiento que sentía por las ofensas hechas a Dios, la ruina de las almas y la persecución de la Santa Iglesia. Todo esto avivaba aún más el fuego de su santo deseo: el dolor por las ofensas se mezclaba con la alegría de la esperanza, confiando en que Dios habría de intervenir ante tanto mal.

Como en la Comunión el alma parece unirse con Dios con un lazo aún más estrecho, y en ese momento comprende con más claridad su verdad —pues entonces el alma está en Dios y Dios en el alma, como el pez está en el mar y el mar en el pez—, se despertó en ella un deseo intenso de que llegara cuanto antes la mañana y la hora de la Misa, ya que ese día se celebraba una de las festividades de la Virgen María.

Cuando por fin llegó la mañana y el momento de la Misa, se colocó con profundo anhelo en su lugar acostumbrado, y con un sincero conocimiento de sí misma, se avergonzaba de sus imperfecciones, sintiéndose responsable de los males que ocurrían en el mundo. Movida por una santa justicia, sentía un rechazo hacia sí misma, y por medio de ese conocimiento, ese rechazo y esa justicia, purificaba las manchas del pecado que percibía en su alma. Decía entonces:

“Oh Padre Eterno, a ti me acojo, suplicándote que castigues mis culpas en esta vida temporal. Ya que por mis pecados soy causa del castigo que sufre mi prójimo, te ruego que, por tu misericordia, te dignes castigar esos pecados en mí.”

CAPITULO TERCERO. 

Como las obras temporales y finitas no son suficientes por sí solas á castigar ni á premiar sin el afecto continuo de la caridad.

Entonces la Verdad eterna, respondiendo al ardiente deseo del alma, la atrajo hacia sí con mayor fuerza. Así como en el Antiguo Testamento, cuando el pueblo ofrecía sacrificios y descendía fuego del cielo para consumir aquello que Dios aceptaba, de la misma manera lo hacía ahora la dulce Verdad con aquella alma: le enviaba el fuego del Espíritu Santo, y tomaba como sacrificio el deseo que ella ofrecía de sí misma.

Y le decía:
—Sabe, hija mía, que todos los sufrimientos que un alma puede experimentar en esta vida no bastan para compensar ni siquiera la culpa más pequeña, porque la ofensa que se hace contra mí —que soy un bien infinito— exige una satisfacción infinita. Por eso quiero que entiendas que no todas las penas que se sufren en esta vida son castigos: muchas veces son corrección y medicina para un hijo que ha pecado.

Es verdad que, con el deseo sincero del alma, se alcanza la satisfacción, es decir, que por medio de la verdadera contrición se repara tanto la culpa como la pena. No por el sufrimiento temporal y limitado, sino por el deseo infinito. Porque siendo yo infinito, deseo amor infinito y dolor infinito.

Quiero ese dolor infinito del alma de dos formas: primero, por la ofensa que ha cometido contra mí, su Creador, y segundo, por la que ve cometer a su prójimo. Aquellos que sienten ese deseo sin medida, están unidos a mí por el lazo del amor; por eso se duelen no solo cuando ellos mismos me ofenden, sino también cuando ven que otros lo hacen. Todos los sufrimientos que soportan, ya sean del alma o del cuerpo, por cualquier causa que sea, adquieren un valor infinito y sirven como reparación por culpas que merecían un castigo infinito, aunque esas obras sean limitadas y realizadas en el tiempo.

Pero como esos trabajos se ofrecieron y se padecieron movidos por el deseo santo, junto con una contrición verdadera y un profundo rechazo al pecado, por eso tienen un valor eterno.

Esto mismo lo explicó san Pablo cuando dijo: “Aunque hablara las lenguas de los ángeles, aunque conociera los misterios del futuro, aunque repartiera todos mis bienes a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha.” Así lo declara el glorioso apóstol: que las obras temporales y finitas no tienen valor ni son dignas de recompensa si no van acompañadas del amor verdadero.

CAPITULO CUARTO. 

Como el deseo y contrición del corazón satisface por la culpa y pena que uno cometió, y aún por la de otros, y como algunas veces satisface por la culpa, pero no por la pena.

Te he mostrado, hija mía muy querida, cómo en esta vida finita y pasajera no se castiga la culpa simplemente por medio del sufrimiento. La culpa se repara, sí, a través del sufrimiento, pero solo si este va unido al deseo sincero, al amor y a la contrición del corazón. No es el dolor en sí lo que da valor, sino el deseo profundo del alma. Así como el deseo y todas las virtudes reciben su vida de Cristo crucificado, mi Hijo Unigénito, en la medida en que el alma se alimenta de su amor y sigue con fidelidad sus huellas, así también el sufrimiento adquiere mérito cuando nace del amor.

Las penas y tribulaciones tienen valor para purificar la culpa si van acompañadas de un amor tierno e íntimo nacido del conocimiento de mi bondad, junto con una sincera contrición del corazón y un verdadero reconocimiento de las propias faltas. De este conocimiento brota el rechazo al pecado y al desorden de la propia sensualidad.

Por eso decía la Verdad eterna: observa cómo, gracias a la contrición del corazón, al amor por la verdadera penitencia y a la humildad sincera, los hombres son considerados dignos de padecer penas, aunque indignos de recibir frutos. Por la humildad aceptan con paciencia el sufrimiento, y así, del modo que he dicho, logran reparación.

Tú me pides sufrir para reparar las ofensas que me hacen las criaturas, y deseas conocerme y amarme, a mí, que soy la Verdad suprema. Si de verdad deseas conocerme plenamente y agradarme, no debes jamás apartarte del conocimiento de ti misma. Enraízate en el valle de la humildad, y desde ese lugar conóceme en tu interior. A partir de ese conocimiento recibirás todo lo necesario.

Ninguna virtud puede vivir sin la caridad y la humildad. La humildad es la que da firmeza y sostén al amor. Por eso, debes humillarte con sinceridad, reconociendo que por ti misma no eres nada, y comprendiendo que tu ser proviene de mí. A ti y a todos los demás los amé incluso antes de que existieran, y por ese amor tan inmenso quise recrearlos por la gracia, lavarlos y hacerlos nacer de nuevo en la sangre de mi Hijo Unigénito, derramada con tan ardiente amor.

Esa sangre permite que se conozca la verdad, pero solo al que ha disipado la niebla del amor propio mediante el conocimiento de sí mismo. De otro modo, no podría alcanzarla. Cuando el alma se ilumina con ese conocimiento, se enciende en un amor tan grande hacia mí que entra en una pena constante, no como una carga que la oprime, sino como una fuente fecunda que la transforma. Esa pena nace del conocimiento de mi verdad, de sus propias faltas y de la ceguera del prójimo. Y sufre porque ama; si no me amara, no sufriría.

Por eso, cuando tú y mis demás siervos hayan alcanzado este conocimiento verdadero de mí, deberán estar dispuestos a sufrir hasta la muerte muchas tribulaciones, injurias, humillaciones, tanto de palabra como de obra, todo por gloria y alabanza de mi nombre. Así sufrirás tú también, y con ello me agradarás. Tú y mis siervos soportad con verdadera paciencia, con dolor por las culpas y amor por la virtud, todo por la gloria de mi nombre.

Si actúas así, no solo repararás tus propias culpas, sino también las de otros siervos míos. Las penas que sufran, unidas a la virtud de la caridad, serán suficientes para reparar y merecer recompensa, tanto para ustedes como para los demás. Ustedes recibirán fruto de vida, y las manchas de sus ignorancias serán borradas. Yo no recordaré más sus ofensas.

Y en los demás, obraré gracias a la caridad y el afecto de ustedes, y les concederé dones según la disposición con que los reciban. Especialmente a quienes se acerquen con humildad y reverencia a la enseñanza de mis siervos, les perdonaré la culpa y la pena, porque por este camino llegarán al verdadero conocimiento y contrición de sus pecados.

Así, por medio de la oración y del deseo de mis siervos, recibirán gracia, aceptándola con humildad, y en mayor o menor medida según cómo vivan la gracia que se les concede. Te digo que por vuestros deseos ellos recibirán el perdón, salvo que su obstinación sea tan grande que, por desesperación, rechacen incluso ser salvados, despreciando la sangre que los redimió con tanta dulzura.

¿Y qué fruto reciben estos últimos? Aun en su dureza, son sostenidos por las oraciones de mis siervos. Yo los espero, les doy luz, despierto en ellos la conciencia, les hago sentir el perfume de la virtud, y se deleitan al ver el testimonio de vida de mis siervos. A veces permito que el mundo les muestre su verdadera naturaleza, para que, al experimentar sus pasiones inestables, deseen volver a su verdadera patria: la vida eterna.

Así, movidos por el amor a través de estos medios y muchos otros —que no pueden verse, decirse ni imaginarse—, busco traerlos de nuevo al estado de gracia para que en ellos se cumpla mi verdad. Me mueve a ello mi inmensa caridad, por la cual los creé, así como también el amor, el deseo y el dolor de mis siervos, cuyas lágrimas, sudores y oraciones humildes me son muy agradables.

Soy yo quien pone en ellos el deseo del bien de las almas y el dolor por su pérdida. Pero a estas almas que están alejadas de mí no se les concede, en general, la remisión de la pena, sino solo de la culpa, porque no están dispuestas, con amor perfecto, a recibir mi gracia ni el amor ofrecido por mis siervos. No sienten una contrición verdadera, sino imperfecta, y por eso no alcanzan la plena reparación, como sí ocurre con los otros.

Y como su disposición es imperfecta, reciben de modo imperfecto los frutos del deseo ofrecido por mis siervos. Por eso te dije que reciben el perdón de la culpa, y más aún, que se les condona el pecado. Así es, como te lo he explicado: por medio de la luz de la conciencia y otras acciones, se reconocen a sí mismos, vomitan la podredumbre del pecado y reciben el don de la gracia.

Estos son los que viven en la caridad común. Si aceptan con humildad los sufrimientos como corrección, y no se oponen a la acción del Espíritu Santo, reciben vida de gracia y salen de la culpa. Pero si, siendo ignorantes, son ingratos y no valoran los sacrificios ofrecidos por mis siervos en su favor, lo que les fue concedido por misericordia se convierte en ruina para ellos. No por falta de mi misericordia, ni por falta de mérito de quien intercedió por ellos, sino por su propia miseria y dureza.

Esa dureza que, con el libre albedrío, colocan sobre su corazón como una piedra de diamante que solo puede romperse con sangre. Y aun así te digo: si, mientras tengan tiempo y libertad, claman por la sangre de mi Hijo y la aplican con fe sobre la dureza de su corazón, entonces esa piedra se romperá, y recibirán el fruto de la sangre que fue derramada por ellos.Pero si el alma se obstina, no tendrá ya remedio alguno después de que haya pasado su tiempo, porque no me devolvió el don que le había entregado: la memoria, para que recordara mis beneficios; el entendimiento, para que conociera la verdad; y la voluntad, para que me amara a mí, que soy la Verdad eterna, a quien pudo conocer por medio de su inteligencia.

Este es el don que les di, y debía volver a mí, su Padre. Pero, al haberlo malgastado y entregado al demonio, este se lleva con él lo que el hombre adquirió en esta vida: la memoria de los placeres, el recuerdo de la deshonestidad, de la soberbia, de la avaricia, del amor propio, del odio y el desprecio al prójimo, así como la persecución a mis siervos. Y habiendo nublado su entendimiento por medio de su voluntad desordenada, el alma recibe el castigo eterno, porque no ofreció reparación por su culpa mediante la contrición y el arrepentimiento sincero del pecado.

Así ves que la pena solo repara la culpa cuando va unida a una perfecta contrición del corazón, y no por las penas finitas en sí. No solo se satisface la culpa, sino también la pena debida por ella, en quienes alcanzan esa perfección. En general, como he dicho, se repara la culpa cuando el alma queda limpia del pecado mortal y recibe de nuevo la gracia. Pero si no hay suficiente amor ni contrición para satisfacer también por la pena, entonces el alma va al purgatorio, como último y definitivo medio.

Así pues, observa cómo mediante el deseo del alma, cuando está unida a mí, que soy el Bien infinito, se satisface esa pena, en mayor o menor medida, según el grado de amor perfecto: tanto en quien hace la súplica como en quien la recibe. Porque con la misma medida con que me ama y se entrega, así recibe de mí, y así es juzgado por mi bondad.

Por eso, procura hacer crecer el fuego de tu deseo y no dejes pasar ningún momento sin elevar ante mí, con voz humilde y oración constante, tus súplicas por ellos. A ti y al padre espiritual que te di sobre la tierra les digo: sufran con valentía y estén verdaderamente muertos a todo deseo de los sentidos.

CAPITULO QUINTO. 

Como agrada á Dios mucho el desear sufrir y padecer por él.

Me es muy grato, querida hija mía, ver el deseo que tienes de sufrir toda clase de penas y trabajos hasta la muerte por la salvación de las almas. Porque cuanto más se sufre, más se demuestra el amor que el alma me tiene; y al amarme, comprende con mayor profundidad mi verdad. Y cuanto más conoce mi verdad, mayor es también el dolor y la pena que siente por las ofensas que se me hacen.

Tú me pedías sufrimientos y castigos por los pecados ajenos, sin darte cuenta de que en realidad me estabas pidiendo amor, luz y conocimiento de la verdad. Ya te lo he dicho antes: a mayor amor, mayor es también el dolor. Así que cuando el amor crece, también crece el sufrimiento. Por eso te digo: pedid y recibiréis, porque nunca rechazo al que pide con sinceridad.

Comprende que el amor de la caridad divina, cuando habita en el alma, está tan íntimamente unido a la verdadera paciencia, que una no puede separarse de la otra. Así que el alma que decide amarme, debe también decidirse a sufrir por mí, venga de donde venga el dolor y sea cual sea la forma en que yo se lo permita.

La paciencia solo se pone a prueba en medio del sufrimiento, y, como te he dicho, va de la mano con la caridad. Sufrid, pues, con valentía, porque de otro modo no podréis decir, ni demostrar, que sois esposos de mi Verdad, ni hijos fieles, ni de aquellos que realmente se han comprometido con mi gloria y con la salvación de las almas.

CAPITULO SEXTO. 

Cómo toda virtud y pecado se ejecutan mediante el prójimo.

Quiero que sepas, hija mía, que toda virtud se realiza a través del prójimo, así como también todo pecado. Quien me rechaza, daña al prójimo y a sí mismo, pues uno mismo es su prójimo más cercano. Ese daño es tanto general como particular. Particular, porque estás obligada a amar al prójimo como a ti misma. Y si lo amas, debes ayudarlo con oraciones, con buenos consejos, y prestarle ayuda espiritual y material según sus necesidades, o al menos desear hacerlo si no puedes de otra manera.

El que no me ama, no ama al prójimo, y por eso no lo socorre. Al no ayudarlo, también se perjudica a sí mismo, porque pierde mi gracia. Además, le hace daño al prójimo por omisión, ya que le niega la oración y los ardientes deseos de bien que debería ofrecerme por él. Por tanto, toda ayuda verdadera al prójimo debe nacer del amor que se tiene hacia mí.

De la misma manera, todo pecado también se comete a través del prójimo. Si no se me ama, no se puede amar al prójimo. Todo mal nace de la falta de amor hacia mí y hacia el otro. Cuando el alma no actúa por amor, inevitablemente hace daño, primero a sí misma y luego a los demás. Nunca contra mí directamente, pues nada me puede dañar, pero considero como hecho a mí todo lo que se hace al prójimo.

Al pecar, el alma se hace daño al perder la gracia, lo peor que le puede pasar, y daña al prójimo al negarle la caridad y el amor que le debe, al no ofrecer por él oración ni buenos deseos. Este es un deber general hacia toda persona dotada de razón, pero también hay una obligación particular hacia quienes están más cerca de nosotros. A ellos debemos ayudar con palabras, enseñanza, buenos ejemplos y cualquier medio útil, aconsejándolos con fidelidad, como lo haríamos con nosotros mismos, sin dejarnos guiar por afectos personales o egoísmos.

Quien no hace esto es porque ya ha perdido la caridad hacia el prójimo, y al dejar de ayudarlo, se causa un grave perjuicio a sí mismo. El daño no está solo en no hacer el bien, sino en causar un mal constante. ¿Cómo obra el pecado ese daño, tanto en el alma como en los demás? Lo hace interiormente cuando se disfruta del pecado y se odia la virtud. Es el gozo del amor propio desordenado, que aparta el alma del amor que me debe a mí y al prójimo.

Desde el momento en que nace ese amor propio, el alma comete una falta tras otra hacia los demás, según lo que su voluntad desordenada desea. De ahí vienen las crueldades, tanto generales como particulares. Crueldad general es aquella que pone en peligro su propia alma y la de los demás, al alejarlas de la gracia. Es tan grave que ni siquiera recuerda el amor a la virtud o el rechazo del vicio.

Esta alma cruel no solo deja de dar ejemplo, sino que se convierte en instrumento del demonio, y con todas sus fuerzas intenta apartar a otros del bien y conducirlos al mal. Esa crueldad es también contra sí misma, porque actúa como instrumento de su propia perdición.

También hay crueldad física, nacida de la codicia, que no solo niega la ayuda al necesitado, sino que roba a los pobres, a veces bajo apariencia de autoridad o de buenas intenciones. ¡Oh, cruel engaño! El que obra así será privado de mi misericordia, si no vuelve al amor y a la compasión hacia el prójimo.

También el pecado se manifiesta en palabras ofensivas que llevan al homicidio, o en escándalos que arrastran al prójimo a la deshonestidad, volviéndolo como una bestia, un ser repulsivo que no solo envenena a uno, sino a cualquiera que se le acerque.

Además, el pecado engendra orgullo, cuando uno se cree superior al prójimo y lo desprecia, causándole ofensa. Y si ese orgullo lo tiene alguien con poder o autoridad, puede llevarlo a la injusticia y a la crueldad, convirtiéndose en un explotador de los demás.

¡Oh hija mía muy amada! Llora por mis ofensas, sufre por estos muertos espirituales, para que con tu oración pueda destruirse su muerte y encuentren de nuevo la vida.

Ves ahora cómo todos los pecados se cometen mediante el prójimo, y que sin él no habría ni pecado oculto ni visible. Es oculto cuando no se da al prójimo lo que se le debe, y es visible cuando se actúa abiertamente con vicios. Así que toda ofensa que se comete contra mí, se comete siempre a través del prójimo.

CAPITULO SÉPTIMO. 

Cómo se ejercitan las virtudes por medio del prójimo y por qué se diferencian tanto entre sí las virtudes en las criaturas.

Te he dicho que todos los pecados se cometen a través del prójimo, porque como ya te expliqué, esto se debe a que quienes están privados del amor de la caridad —que da vida a todas las virtudes— caen fácilmente en el mal. El amor propio desordenado, que destruye la caridad y el amor al prójimo, es la raíz y el origen de todos los males. Todos los escándalos, odios, crueldades y daños surgen de esta raíz perversa del amor propio. Este veneno ha contaminado todo lo que hay en el mundo, ha corrompido el Cuerpo Místico de la Santa Iglesia y ha dañado profundamente la comunidad cristiana en general.

Como ya te dije, todas las virtudes se fundamentan en el amor al prójimo, y es verdad: la caridad da vida a todas ellas. Ninguna virtud puede existir sin caridad, porque toda virtud se adquiere por amor puro hacia mí.

Cuando el alma se conoce a sí misma —como te expliqué antes—, encuentra la humildad y el rechazo de sus pasiones desordenadas. Reconoce la ley pecaminosa que está unida a sus miembros, la cual siempre lucha contra el espíritu. Por eso, el alma se levanta con odio y disgusto contra su parte sensitiva, la somete a la razón con esfuerzo, y al mismo tiempo reconoce en mí los innumerables beneficios que ha recibido. Medita en ellos y, con humildad, me atribuye el conocimiento que ha adquirido, reconociendo que ha salido de las tinieblas y ha entrado en la luz del verdadero conocimiento por pura gracia mía.

Después de haber conocido mi bondad, el alma me ama sin interés propio (es decir, sin esperar nada a cambio) y también con interés, pues comprende que necesita adquirir la virtud por amor a mí. Sabe que si no odia el pecado y no ama la virtud, no será agradable ante mis ojos. Y una vez que ha concebido esta virtud por amor, la manifiesta en obras hacia el prójimo. Si no hiciera esto, no sería verdadero el amor que dice tener.

Porque quien me ama de verdad, necesariamente busca el bien del prójimo. No puede ser de otra forma, ya que el amor a mí y al prójimo son inseparables: tanto me ama un alma cuanto ama al prójimo, porque el amor hacia los demás nace del amor que se me tiene a mí. Este es el medio que he puesto para que practiquéis y probéis la virtud: como no podéis hacerme un bien directamente, debéis hacérselo a los demás.

Esto demuestra que realmente me lleváis dentro del alma por gracia, y lo manifestáis en los frutos que dais al prójimo: oraciones santas, deseos amorosos, y la búsqueda de mi gloria y de la salvación de las almas. El alma enamorada de mi verdad nunca deja de hacer el bien al mundo, tanto en general como en particular, según la disposición de quienes reciben su ayuda y la intensidad del deseo de quien intercede.

Como ya te dije antes, la pena por sí sola no basta para satisfacer por la culpa, si no está acompañada del deseo. Pero cuando el alma ha producido fruto en el prójimo gracias a ese amor que la une conmigo —amor que la mueve también a amarse rectamente a sí misma—, entonces extiende ese amor a todo el mundo, buscando el bien de todos y ayudando en sus necesidades. Al hacer esto, también se beneficia a sí misma, porque ha engendrado en su interior la virtud que le ha dado vida espiritual.

Después de procurar el bien general, el alma se ocupa especialmente de las necesidades concretas del prójimo. Lo hace según los diferentes dones y gracias que yo le he dado para ponerlos al servicio de los demás. A unos les concedo el don de la enseñanza, para que aconsejen con libertad y sin temor; a otros les doy el ejemplo de una vida recta, lo cual es un deber para todos: edificar con una vida santa y honesta a los demás.

Estas y muchas otras virtudes —que serían largas de enumerar— nacen del amor al prójimo. Pero las he repartido con mucha diversidad: no se las doy todas a una sola persona. A uno le concedo una virtud, a otro una diferente. Sin embargo, no puede tenerse una sola sin tener las demás, porque todas las virtudes están íntimamente unidas por el lazo del amor.

Por eso doy diferentes gracias como base de las demás: a uno le doy principalmente la caridad, a otro la justicia, a otro la humildad, a otro una fe viva, o la prudencia, la templanza, la paciencia, la fortaleza... Estas y otras muchas virtudes las concedo en distintas combinaciones, aunque una de ellas destaque en cada alma. Y esa virtud principal, al ser ejercitada con más fervor, atrae a las demás consigo, porque —como dije— todas están unidas entre sí por el vínculo del amor.

Así distribuyo múltiples dones, tanto espirituales como temporales. Los dones temporales tienen que ver con lo necesario para la vida humana, y los he repartido con variedad, sin dárselos todos a uno solo. Lo hice para que las personas se necesiten unas a otras y ejerzan la caridad. Yo podría haber dotado a cada uno con todo lo necesario para el alma y el cuerpo, pero quise que necesitaran del otro, y que fueran ministros míos para compartir las gracias y dones que han recibido de mí.

Porque, lo quiera o no, el ser humano está obligado a practicar la caridad con el prójimo. Pero si no lo hace por amor a mí, entonces esa obra no le sirve como mérito para alcanzar la gracia. Así que debes entender que los hice ministros de mi amor, colocándolos en diversos grados y estados, para que vivieran la caridad. Esto demuestra que en mi casa hay muchas moradas, y que no deseo otra cosa sino el amor. El amor al prójimo se perfecciona en el amor hacia mí, y quien cumple el mandamiento del amor al prójimo, cumple toda la ley.

Por tanto, quien está unido con este amor, obra en beneficio del prójimo según las capacidades y el estado en que yo lo he puesto.

CAPITULO OCTAVO. 

Cómo se prueban y fortifican las virtudes por sus contrarios.

Ya te he dicho cómo el ser humano puede ser útil al prójimo, y que en esa utilidad se manifiesta el amor que me tiene. Ahora quiero decirte que es también a través del prójimo que se prueba y fortalece la virtud, especialmente la paciencia, cuando se reciben de él ofensas e injurias.

La humildad se pone a prueba frente a la soberbia, la fidelidad frente a la infidelidad, la verdadera esperanza frente a quienes no esperan nada, la justicia frente a la injusticia, la piedad frente a la crueldad, y la mansedumbre y la bondad frente a la ira. Todas las virtudes se ejercitan en relación con el prójimo, así como también los vicios se manifiestan por medio del trato con los demás.

Si lo piensas bien, notarás que la humildad se revela en medio de la soberbia, ya que el soberbio no puede dañar al humilde. La infidelidad del que no me ama no perjudica al que es fiel, porque la fe y la esperanza que están enraizadas en el alma por amor a mí no se debilitan; al contrario, se fortalecen y se hacen evidentes en la relación con los demás.

El siervo que me es fiel, mientras conserve la esperanza en mí y en sí mismo, no deja de amar ni siquiera al infiel. Y gracias a esa esperanza que ha puesto en mí, busca la salvación de su prójimo. Por el contrario, el que no me ama no puede tener fe ni verdadera esperanza; en lugar de eso, pone su confianza en su egoísmo y en sus pasiones.

Así ves cómo, en medio de la infidelidad y de la falta de esperanza del otro, se prueba y se confirma la virtud de la fe. Y del mismo modo, la justicia no se anula por causa de las injusticias de otros, sino que se muestra como verdadera a través de la virtud de la paciencia.

Igualmente, en los momentos de ira, se revela la bondad y la mansedumbre a través de la paciente tranquilidad del alma. La envidia, el desprecio y el odio hacia el prójimo se vencen mediante la caridad, el hambre y el deseo de la salvación de las almas.

Además, no solo se muestra la virtud en quienes devuelven bien por mal, sino que, muchas veces, quienes actúan así encienden con el fuego de la caridad carbones ardientes sobre el corazón del que los ha ofendido. Ese fuego quema y expulsa el odio y el rencor del alma iracunda, y transforma el desprecio en benevolencia. Todo esto ocurre gracias a la caridad y a la paciencia perfecta de quien soporta con mansedumbre la cólera del otro.

La virtud de la fortaleza y de la perseverancia también se prueba en medio de las injurias y murmuraciones de los hombres, que unas veces atacan con ofensas y otras con halagos, tratando de desviar a mis siervos del camino y la doctrina de la verdad. Si el alma ha concebido verdaderamente la virtud de la fortaleza, entonces se mantendrá firme y perseverante. Y esa firmeza se verá reflejada en el trato con el prójimo, como te he dicho.

Pero si, cuando la virtud se pone a prueba y se enfrenta a muchas dificultades, no da buen testimonio de sí misma, entonces no se trata de una virtud verdadera ni bien fundada.

CAPITULO NOVENO. 

Comienza el tratado de la discreción, y en primer lugar cómo no debe ponerse el afecto, principalmente en la penitencia, sino en la virtud, y como la discreción recibe vida de la humildad, y como da a cada uno lo que es debido.

Estas son las dulces y santas obras que yo espero de mis siervos: las virtudes interiores, verdaderas y probadas del alma, como ya te he dicho. No me bastan solo las obras exteriores, como las penitencias corporales o los sacrificios visibles, que si bien son útiles, son solo medios para alcanzar la virtud. Pero si esas penitencias no van acompañadas de las virtudes interiores, no me son agradables.

Y muchas veces, si el alma no hace penitencia con discernimiento —es decir, si pone toda su atención en el acto exterior de penitencia sin tener como centro el amor— puede obstaculizar su propio crecimiento espiritual. Por eso es necesario que centre su afecto en la caridad, acompañada de un santo desprecio de sí misma, verdadera humildad, perfecta paciencia y un profundo deseo de mi gloria y de la salvación de las almas. Estas virtudes interiores son señal de que la voluntad egoísta ha sido vencida, y de que el alma ha sido constantemente sacrificada por amor a la virtud.

Así pues, la penitencia debe hacerse con discreción sabia, colocando el corazón más en las virtudes que en el acto mismo de penitencia. Este debe servir como instrumento para hacer crecer las virtudes, y hacerse solo en la medida en que sea verdaderamente necesario. Pero si se pone como base y fin principal, impide la perfección del alma, porque no se hace guiada por el conocimiento verdadero de sí misma y de mi bondad. Esa práctica no conduce a la verdad ni al amor verdadero, porque procede sin discernimiento, sin amar lo que yo amo ni rechazar lo que yo rechazo.

¿Y qué es la discreción? Es un conocimiento verdadero del alma sobre sí misma y sobre mí. Su raíz está en ese conocimiento. La discreción es como un árbol injertado en la caridad. Y aunque la caridad tiene muchas ramas —como un árbol con muchas virtudes— su vida proviene de estar plantada en la tierra de la humildad. Porque es la humildad la que alimenta y sostiene la caridad. Sin esta raíz, no puede haber discreción verdadera ni fruto de vida.

Esta humildad nace del reconocimiento que el alma tiene de sí misma. Ya te lo he dicho: la raíz de la discreción es el conocimiento de uno mismo y de mi bondad. Por eso, quien la posee da a cada uno lo que le corresponde. A mí, me ofrece gloria y alabanza, reconociendo que todo don que tiene lo ha recibido de mí. Y a sí mismo, se atribuye lo que merece, comprendiendo que ni siquiera su propio ser le pertenece, sino que le ha sido concedido por gracia. Por tanto, reconoce su ingratitud y su negligencia por no haber aprovechado el tiempo ni las gracias recibidas. Y de ahí nace en su interior un profundo dolor por sus faltas.

Esto es lo que produce la virtud de la discreción, fundada en el conocimiento de uno mismo con verdadera humildad. Si no hay humildad, no hay discreción. Y en su lugar, aparece la soberbia. La indiscreción, que nace del orgullo, roba mi honor y se lo atribuye a sí misma para engrandecerse. Y no solo eso: también me atribuye a mí lo que es suyo, quejándose y murmurando de los misterios que yo realizo en su alma o en la de los demás. Por eso, se escandaliza tanto de mí como de su prójimo.

En cambio, los que poseen la virtud de la discreción actúan de manera muy distinta. Una vez que han dado a mí lo que me corresponde y han reconocido lo que les toca a ellos, se vuelven hacia el prójimo con verdadero amor. Les ofrecen afecto sincero, oración humilde y constante, y cumplen con la deuda de una vida ejemplar, santa y honesta. Los aconsejan y ayudan según lo que cada uno necesita para la salud de su alma, como ya te he dicho.

En cualquier estado en que se encuentre la persona —ya sea señor, superior o subordinado— si tiene esta virtud, y busca en todo hacer el bien al prójimo, actúa con discreción y con caridad. Porque estas virtudes están entrelazadas y arraigadas en la tierra de la humildad, que brota del conocimiento de uno mismo.

CAPITULO DÉCIMO. 

Semejanza con que se explica cómo la caridad, humildad y discreción están unidas íntimamente, semejanza a la cual debe conformarse el alma.

¿Sabes cómo están unidas entre sí estas tres virtudes?

Imagínate que trazas un círculo en la tierra y que, en el centro de ese círculo, nace un árbol con un retoño (o brote) unido a él. El árbol crece en la tierra, que ocupa toda la amplitud del círculo. Pero si ese árbol estuviera fuera de la tierra, moriría y no daría fruto, hasta que no fuese plantado de nuevo en ella.

Ahora bien, piensa que el alma es como ese árbol, nacido del amor. Por eso, no puede vivir de otra cosa que no sea el amor. Y si el alma no tiene el amor divino, la caridad perfecta, no produce frutos de vida, sino frutos de muerte.

Es necesario, entonces, que la raíz de ese árbol —es decir, el afecto del alma— brote y crezca dentro del círculo del verdadero conocimiento de sí misma. Este conocimiento está unido a mí, que soy eterno, sin principio ni fin. Tal como el círculo: si das vueltas dentro de él, no encuentras dónde comienza ni dónde termina, y sin embargo sigues dentro de su forma.

Este conocimiento de sí misma y de mí debe fundarse sobre la tierra firme de la verdadera humildad, que se extiende tanto como el conocimiento adquirido por el alma al reconocerse unida a mí. Porque si ese conocimiento no estuviera unido a mí, no sería un círculo sin fin: sería un camino que empieza en el autoconocimiento y termina en la confusión.

En cambio, cuando el conocimiento propio está unido a mí, entonces el árbol de la caridad echa raíz en la humildad, y a su lado brota la verdadera discreción, tal como ya te he explicado. Del corazón mismo del árbol nace el afecto de la caridad que vive en el alma, y también la paciencia, que es la señal más clara de que el alma está verdaderamente unida a mí, y yo a ella.

Este árbol bendito, así plantado, florece con virtudes de fragancia delicada y sabores diversos. Da frutos útiles para el prójimo, según el deseo y la disposición de quien quiera recibirlos de mis siervos. Y para mí, exhala el aroma de la gloria y de la alabanza a mi nombre. Así cumple su propósito: aquello para lo cual fue creado. Y así alcanza su destino: a mí, que soy su Dios y su vida eterna, la cual no puede perder a menos que él mismo lo decida.

Por eso, todos los frutos que nacen de este árbol están unidos entre sí, y todos llevan el sabor de la discreción, como ya te he dicho.

CAPITULO UNDÉCIMO. 

Cómo la penitencia y los demás ejercicios corporales se deben tomar como instrumento para llegar a la virtud, y no por afecto principal; y de la luz de la discreción en otras diversas maneras y operaciones.

Los frutos y las acciones que yo pido del alma son la prueba de sus virtudes en los momentos de necesidad. Por eso, si recuerdas bien, hace un tiempo, cuando deseabas hacer una gran penitencia por mí y me decías: “¿Qué podría hacer yo, Señor, por ti? ¿Qué pena podría sufrir?”, te respondí interiormente: “Yo soy aquel que se complace en pocas palabras y muchas obras.”

Con eso quise hacerte entender que no me agrada mucho quien solo dice de palabra: “Señor, Señor, yo quisiera hacer algo por ti”, o quien desea mortificar su cuerpo con muchas penitencias, si su voluntad propia sigue viva. Lo que verdaderamente deseo son muchas obras: aceptar y soportar con valentía y paciencia los sufrimientos, junto con las demás virtudes interiores del alma, que son las que realmente producen frutos de gracia.

Cualquier acción que no esté fundada en esto, la considero como alguien que solo me llama con los labios, porque son obras finitas. Y siendo yo infinito, deseo obras infinitas: es decir, un afecto de amor sin medida. Quiero que las obras de penitencia y otros ejercicios corporales se usen como instrumentos, no como el fin principal. Si el afecto se enfocara solo en estas prácticas externas, me estarían dando algo finito. Sería como una palabra vacía que, al salir de la boca, se desvanece si no está unida al afecto del alma. Pero si esa obra finita va acompañada del afecto de la caridad, entonces sí me agrada y me es aceptable.

Por eso digo que no debe considerarse como principal fundamento la penitencia ni ningún acto exterior corporal, ya que, como te expliqué, son obras limitadas: se hacen en un tiempo finito, y muchas veces deben ser abandonadas por necesidad o por obediencia al superior. Y si en ese momento el alma se empeñara en continuar la obra, no solo no ganaría mérito, sino que me ofendería.

Así que, como ves, estas acciones deben tomarse como ejercicios útiles, no como el centro de la vida espiritual. Si el alma las tomara como fundamento, y luego tuviera que abandonarlas, quedaría vacía y sin fruto. Esto lo explicó claramente mi glorioso apóstol san Pablo cuando dijo que hay que mortificar el cuerpo y destruir la voluntad propia: saber refrenar los impulsos del cuerpo cuando quiera ir contra el espíritu.

Pero más importante aún: la voluntad debe morir por completo, estar sometida y rendida a la mía. Entonces sí, el alma obtiene la virtud de la discreción, que nace del rechazo de las ofensas hechas contra mí y del aborrecimiento de la propia sensualidad, fruto del conocimiento de sí misma. Ese es el cuchillo que corta y mata todo amor propio y toda voluntad fundada en sí misma. Estas almas no solo me ofrecen palabras, sino también muchas obras.

Y cuando digo “muchas”, no me refiero a la cantidad, sino a la calidad: el afecto del alma, cuando está fundado en la caridad, da vida a todas las virtudes y buenas obras. Así, su amor debe tocar lo infinito. No es que no aprecie las palabras, sino que quiero que vayan acompañadas del alma y del afecto verdadero.

Por eso, nadie debe juzgar que uno es más perfecto que otro simplemente porque hace más penitencia o mortifica más su cuerpo. La virtud y el mérito no están en eso. De lo contrario, aquel que no pudiera hacer penitencia por alguna razón justa estaría en desventaja. Pero no es así. La perfección está en la caridad, condimentada con la luz de la verdadera discreción; sin ella, todo carece de valor.

Este amor y esta discreción hacia mí no tienen medida ni límite, porque soy Dios eterno e infinito. Pero sí deben tener orden y medida en el amor al prójimo: la caridad hacia el otro debe estar bien ordenada, para no cometer pecado con la intención de hacerle un bien.

Si, por ejemplo, se cometiera un pecado con la excusa de salvar a todo el mundo del infierno, eso no sería una caridad ordenada, sino una indiscreción. No es lícito cometer ningún pecado, por grande que fuera el beneficio que pareciera resultar. La verdadera caridad nunca haría eso, porque lleva consigo la luz de la santa discreción, que aclara todas las tinieblas, elimina la ignorancia y da sabor a todas las virtudes.

La discreción es tan prudente que no puede ser engañada; tan fuerte que no puede ser vencida. Es perseverante hasta el fin. Se extiende desde el cielo hasta la tierra, es decir, desde el conocimiento de mí hasta el conocimiento de sí misma, y desde el amor hacia mí hasta el amor hacia el prójimo. Con verdadera humildad, se libra de todas las trampas del mundo y de las criaturas; con prudencia y con manos desarmadas —es decir, con mucha paciencia— vence al demonio y a la carne. Con esta dulce y gloriosa luz, el alma reconoce su fragilidad y, al reconocerla, siente el debido desprecio de sí misma.

Así, no hace caso del mundo, lo pone bajo sus pies, lo desprecia y lo considera vil. Y así se convierte en su señor, burlándose de sus glorias. Por eso los mundanos no pueden quitarle la virtud al alma; más bien, sus persecuciones se convierten en pruebas que fortalecen las virtudes nacidas del amor. Estas virtudes se manifiestan en el trato con el prójimo, y dan fruto en el alma misma.

Ya te dije, y te lo repito: si la virtud no se manifiesta en el tiempo de la prueba, no es verdadera. No hay virtud perfecta ni con fruto, si no se manifiesta a través del prójimo. Así como una mujer que ha concebido un hijo no es considerada madre hasta que da a luz, yo, que soy el esposo del alma, no reconozco la virtud como verdadera hasta que se da a luz mediante la caridad hacia el prójimo, según la necesidad —ya sea común o particular.

Lo mismo ocurre con los vicios: todos se cometen por medio del prójimo. 

CAPITULO DUODÉCIMO. 

En que se repiten algunas cosas ya dichas, y cómo Dios promete consuelo a sus siervos, y la reforma de la santa Iglesia por el medio del mucho sufrir.

Ya has visto cómo te he mostrado la verdad y la doctrina para que alcances y conserves una gran perfección. También te he explicado de qué manera se satisface por la culpa y por la pena, no solo por ti mismo, sino también por tu prójimo.

Te he dicho que los sufrimientos que padecen las personas mientras viven en esta vida mortal no bastan por sí solos para satisfacer por las culpas y penas, a menos que estén unidos al amor, es decir, a la caridad, y al verdadero arrepentimiento y dolor por el pecado. Solo cuando el sufrimiento se une a la caridad, y nace del dolor sincero por haber pecado, se convierte en satisfacción verdadera. No es cualquier pena la que agrada, sino aquella que está unida al amor y brota del arrepentimiento por haberme ofendido.

Y ese amor nace de la luz del entendimiento, de un corazón sencillo y generoso, que me mira a mí, que soy el objeto verdadero de la caridad. Todo esto te lo he mostrado porque tú me pedías sufrir por amor a mí, y para que tú y mis otros siervos comprendan cómo debéis ofreceros como sacrificio: un sacrificio mental y actual, tal como el agua necesita un vaso para ser ofrecida a un Señor. No se puede presentar el agua sin vaso, ni el vaso vacío es aceptable. Así también, quiero que me ofrezcáis el vaso de vuestros trabajos y sufrimientos, cualquiera que yo os mande —no eligiendo vosotros el tiempo, ni el lugar, ni la forma del sufrimiento— sino aceptando lo que yo disponga.

Ese vaso debe estar lleno, es decir, debéis sufrir con amor todos los trabajos que se os presenten, y soportarlos con paciencia verdadera, llevando también con caridad las faltas del prójimo, rechazando y odiando el pecado. Entonces, ese vaso —esos trabajos— estarán llenos del agua de mi gracia, que es la vida del alma. Y así recibo con gusto este ofrecimiento de mis esposas fieles, que son las almas que me sirven con amor. Me agradan sus deseos sinceros, sus lágrimas humildes, sus suspiros, y las oraciones constantes. Estas oraciones son como un medio para aplacar mi ira frente a los pecadores y a los que tanto me ofenden.

Así que os exhorto: sufrid con valor hasta la muerte, y eso será una verdadera prueba de que me amáis. No debéis volver la mirada atrás por ninguna criatura ni por ninguna tribulación que padezcáis, sino más bien alegraros en medio de ellas.

El mundo se alegra con las muchas ofensas que me hace; vosotros, en cambio, os entristecéis por los pecados que se cometen contra mí. Al ofenderme, también os ofenden a vosotros, y al ofenderos, me ofenden a mí, porque yo me he unido a vosotros de tal manera que somos uno solo. Os he creado a mi imagen y semejanza, y cuando perdisteis la gracia por el pecado, uní mi naturaleza a la vuestra para daros vida de nuevo: tomé vuestra humanidad bajo la forma de hombre. Así que si vosotros sois mi imagen, yo tomé la vuestra, y me hice una sola cosa con vosotros. Solo se separa de mí el alma que comete pecado mortal. Pero quien me ama, está en mí, y yo estoy en él.

Por eso, el mundo se hace daño a sí mismo, porque no se conforma conmigo. Y por eso persiguió a mi Hijo unigénito hasta matarlo en la cruz. De igual modo, también os persigue a vosotros, y os seguirá persiguiendo hasta la muerte, porque no me ama. Si me hubiera amado, también os amaría a vosotros. Pero alegraos, porque vuestro gozo será completo en el cielo.

Y aún te digo más: cuanto más tribulación haya ahora en el Cuerpo Místico de la Santa Iglesia, mayor será también la consolación y dulzura que vendrá después. Esa será la renovación a través de santos y buenos pastores, que son como flores fragantes, pues continuamente alaban mi nombre y dan gloria con el buen olor de sus virtudes verdaderas.

Esa será la reforma: no porque la Esposa —la Iglesia— necesite ser reformada en su fruto esencial, ya que ese fruto no se pierde ni disminuye por los pecados de los ministros. Por eso, alegraos tú, tu padre espiritual y todos mis siervos, aunque ahora estéis en amargura. Yo, que soy la Verdad eterna, os he prometido alivio y consuelo. Y después de la amargura, os daré alegría, por todo lo que habéis sufrido por la renovación de mi Santa Iglesia.

CAPITULO DECIMOTERCERO. 

Cómo con la respuesta divina se le aumentó y disminuyó sumamente a esta alma la amargura, y cómo hizo oración a Dios por la Santa Iglesia y por su pueblo.

Entonces, aquella alma, llena de angustia y encendida por un deseo ardiente, sintió un dolor profundo e indescriptible al comprender la inmensa bondad de Dios. Se dio cuenta de la grandeza de su amor, al ver cómo con tanta dulzura había respondido a sus preguntas y le había dado esperanza de consuelo en medio de la amargura que sentía por las ofensas contra Dios, por el daño de la Santa Iglesia, y por su propia miseria personal, la cual ahora conocía mejor.

Ese conocimiento de sí misma le aumentaba y, al mismo tiempo, le aliviaba el sufrimiento del corazón. La amargura se suavizaba gracias a la esperanza que el Padre eterno le había dado. Pero también crecía, porque al mismo tiempo que el Señor le mostraba el camino de la perfección, le hacía ver con mayor claridad la magnitud de las ofensas cometidas contra Él y el daño de las almas. Y como en el conocimiento de uno mismo se conoce mejor a Dios, al verse reflejada en el dulce espejo divino, el alma reconocía con más claridad tanto su dignidad como su indignidad: su dignidad, por haber sido creada a imagen de Dios; su indignidad, por haber caído en el pecado, y todo por su propia culpa.

Así como al mirarse en un espejo uno ve con más claridad sus defectos, así también el alma, al elevarse con el deseo y mirar a Dios con los ojos del entendimiento, veía por la pureza de ese espejo divino las manchas de su rostro. Por eso, al crecer en luz y conocimiento, el alma también crecía en dolor, pero con un dulce sabor de esperanza. Esa esperanza disminuía la amargura, y al mismo tiempo el deseo se hacía tan intenso que, si Dios mismo —que es la verdadera fortaleza— no la hubiese sostenido, no habría podido resistir sin morir.

Purificada en ese fuego del amor divino —nacido del conocimiento de sí misma y de Dios—, y habiéndosele encendido aún más el deseo de la salvación del mundo y de la reforma de la Iglesia, se presentó con confianza ante la majestad divina, y repitió las palabras de Moisés:
"Vuelve, Señor, los ojos de tu misericordia sobre tu pueblo y sobre el Cuerpo Místico de la Santa Iglesia."

Porque —decía— serás más glorificado al perdonar a tantas almas y darles la luz del conocimiento verdadero (pues todas te alabarán al verse libres, por tu infinita bondad, del pecado mortal y de la condenación eterna), que si solo a mí, pobre criatura miserable, me perdonaras. Yo, que tanto te he ofendido y que soy causa y motivo de tantos males.

Por eso te ruego, oh Divina y Eterna Caridad, que tomes venganza en mí y tengas misericordia de tu pueblo. No me apartaré de tu presencia hasta ver que has actuado con misericordia. ¿Cómo podría yo consolarme, aunque viviera, si tu pueblo está muerto, sumido en las tinieblas del pecado, especialmente por mis pecados y los de tantas otras criaturas?

Por eso quiero, y con especial gracia te suplico, que tengas misericordia de tu pueblo. Te lo pido por esa caridad inestimable que te llevó a crear al hombre a tu imagen y semejanza, cuando dijiste:
"Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza."

Y así lo hiciste, Trinidad Eterna, deseando que el hombre participara de tu naturaleza. Le diste memoria para que recordara tus beneficios, y así participara de la potencia del Padre Eterno. Le diste entendimiento para que pudiera ver tu verdad y participar de la sabiduría del Hijo. Le diste voluntad para que pudiera amar lo que había conocido, y así participar de la clemencia del Espíritu Santo.

¿Y quién fue la causa de tan grande dignidad? El amor inextinguible con que miraste en ti mismo a tu criatura, de la cual te enamoraste y que creaste únicamente por amor, dándole el ser para que pudiera gustar y gozar del bien eterno.

Y al pecar, perdió esa dignidad en la que tú lo habías puesto. Por haberse rebelado contra ti, entró en guerra con tu clemencia, y nos volvimos enemigos tuyos. Pero tú, movido por el mismo amor encendido con que nos creaste, decidiste reconciliar al alma que te había hecho la guerra, para convertir la enemistad en paz. Nos diste a tu Verbo, tu Hijo Unigénito, que se hizo mediador entre tú y nosotros, cargando con nuestras culpas y actuando con justicia.

Obedeció la misión que tú, Padre Eterno, le diste, vistiéndose de nuestra humanidad, tomando nuestra naturaleza e imagen.
¡Oh abismo de caridad! ¿Qué corazón tan endurecido no se conmoverá al ver que tú, Dios altísimo, descendiste hasta la humillación de tomar nuestra miserable carne?

Nosotros somos imagen tuya, y tú eres imagen nuestra, porque te uniste al hombre, escondiendo tu divinidad en nuestra pobre carne heredada de Adán.

¿Y de dónde brotó todo esto?
Del amor.

Por eso tú, mi Dios, te hiciste hombre, y el hombre fue elevado hasta Dios. Por este amor inefable, te ruego y te suplico que tengas misericordia de tu criatura.

CAPITULO DECIMOCUARTO. 

Cómo se queja Dios del pueblo Cristiano y, singularmente, de sus ministros; trata también del Sacramento de la Eucaristía y del beneficio de la Encarnación.

Entonces Dios, volviendo sus ojos de misericordia hacia aquella alma, se dejó conmover por sus lágrimas y se dejó “atar” por las cadenas de su deseo ardiente. Y le dijo con ternura:

— Dulcísima hija mía, tus lágrimas me conmueven porque están unidas a mi caridad, y se derraman por amor a mí. Tus deseos vehementes atan mis manos. Pero mira bien: observa cómo mi Esposa, la Santa Iglesia, tiene el rostro manchado y está leprosa por la inmundicia y el amor propio. Está hinchada por la soberbia y la avaricia de aquellos que se alimentan con su pecado. Me refiero a los que forman parte de la religión cristiana, el cuerpo místico y universal de la Iglesia. Hablo de mis ministros, que no solo deben alimentarse espiritualmente, sino también alimentar a todo el pueblo cristiano, y a cualquier otra alma que quiera salir de las tinieblas de la infidelidad y unirse a mi Iglesia.

Considera cuánta ignorancia, cuán profundas tinieblas de ingratitud, y cuán sucias manos administran ahora la gloriosa Sangre y Leche de esta Esposa. Y considera también con qué presunción e irreverencia se recibe este Sacramento. Lo que muchas veces debería dar vida, por culpa de ellos da muerte: me refiero a la preciosa Sangre de mi Hijo Unigénito, que destruyó la muerte, disipó las tinieblas, dio la luz y la verdad, y venció la mentira.

Esta Sangre tiene fuerza para salvar y llevar a la perfección al que está dispuesto a recibirla bien, con fe y amor. Da más o menos gracia según la disposición del alma. Pero cuando alguien la recibe indignamente, estando en pecado mortal, esa Sangre no da vida sino muerte. Y no por defecto de la Sangre, ni porque el ministro esté en pecado, pues la Sangre no puede ser manchada ni su virtud disminuida. El daño lo recibe quien la toma indignamente, por su mala disposición, no por la del ministro ni del sacramento.

El que así procede es cruel consigo mismo: ha perdido la gracia y ha pisoteado en su corazón el fruto de la Sangre que recibió en el Bautismo, por la cual fue limpiado del pecado original que heredó desde su concepción. Por eso os envié al Verbo, a mi Hijo Unigénito, porque toda la masa de la humanidad estaba corrompida por el pecado de Adán, y todos vosotros, nacidos de esa masa, estabais incapacitados para alcanzar la vida eterna.

Yo, que soy la suprema grandeza, me uní a vuestra bajeza para restituir esa gracia perdida. Como mi justicia divina no podía quedar sin satisfacción, y el hombre no era suficiente para satisfacer por la culpa cometida —ni por sí ni por otros—, envié al Verbo a tomar vuestra naturaleza corrompida por el pecado. Él sufrió la pena en esa misma naturaleza en la que el hombre pecó, soportando incluso la muerte de cruz.

Así se satisfizo mi justicia y se realizó mi misericordia: la naturaleza humana unida con la divina fue suficiente para redimir a toda la humanidad, no solo por los sufrimientos en la carne, sino por la virtud de su divinidad eterna. Acepté el sacrificio de la Sangre de mi Hijo, unido a la naturaleza humana y divina, clavado en la cruz por el fuego de la caridad. Ese vínculo de amor lo sostuvo en la cruz.

De este modo, fue posible borrar la lepra del pecado original, aunque queda la cicatriz: la inclinación al pecado, fruto de la animalidad. Como la señal que queda después de sanar una herida. Así actuó en vosotros la culpa de Adán. Pero vino el gran Médico, mi Hijo, y sanó al enfermo tomando él la medicina amarga que el hombre ya no podía soportar. Fue como una madre que toma el remedio por su hijo pequeño porque él está demasiado débil.

Él, con la fortaleza de su divinidad unida a vuestra naturaleza, tomó la amarga medicina de la cruz para sanaros a vosotros, que estabais debilitados por el pecado. Solo quedó la señal del pecado original, que se transmite al ser concebido, pero que es borrada del alma —aunque no del todo— por el Bautismo. Este sacramento infunde gracia y debilita esa inclinación al pecado, dejando solo una cicatriz, como ya te he dicho, que el alma puede controlar si lo desea.

Así, el alma queda dispuesta para recibir más o menos gracia, según el deseo que tenga de amarme y servirme. Después, al llegar a la edad del discernimiento, cada uno puede hacer el bien o el mal, según quiera, porque tiene el don del libre albedrío.

Y ese libre albedrío es tan grande y fue tan fortalecido por la Sangre de Cristo, que ni el demonio ni ninguna criatura puede forzar al alma a cometer el más mínimo pecado si ella no lo desea. El hombre ya no es esclavo, sino libre, señor de sí mismo, capaz de dominar su sensualidad y de alcanzar el fin para el que fue creado.

¡Oh, hombre miserable, que te revuelcas en el lodo como un animal inmundo, sin reconocer todos los beneficios que has recibido de mí! Te he dado más de lo que podrías haber imaginado, y aún así vives ignorando mi amor.

CAPITULO DECIMOQUINTO. 

Cómo es castigada la culpa después de la Pasión de Cristo más gravemente que antes, y cómo Dios promete usar de misericordia con el mundo y con la Santa Iglesia mediante la oración y el sufrimiento de sus siervos.

Quiero que sepas, hija mía, que después del inmenso favor que recibió el género humano —al ser regenerado por la Sangre de mi Hijo Unigénito y restituido a la gracia—, los hombres no supieron reconocer este don. En lugar de agradecer, continuaron de mal en peor, cometiendo culpa tras culpa, persiguiéndome con injurias, despreciando los beneficios que les he hecho y que les hago constantemente.

No solo no reconocen que estos bienes provienen de mi gracia, sino que a veces incluso creen que los maltrato, como si yo quisiera otra cosa que no sea su santificación. Por eso, serán castigados ahora con mayor severidad que antes de haber recibido la redención por la sangre de mi Hijo, cuando aún estaban bajo la hediondez del pecado de Adán.

Porque es justo que quien más ha recibido, más dé a aquel que se lo ha dado. Y el hombre ya estaba muy obligado a mí solo por haberle dado el ser, al haberlo creado a mi imagen y semejanza. Por eso debía tributarme gloria y alabanza; pero me la quitó para dársela a sí mismo, quebrantando la obediencia que le impuse y haciéndose mi enemigo.

Sin embargo, yo destruí su soberbia con mi humildad, humillando mi naturaleza divina y tomando la humana. Os liberé de la esclavitud del demonio, y no solo os di la libertad, sino que, si bien lo consideras, el hombre se hizo Dios y Dios se hizo hombre, por la unión de las dos naturalezas: divina y humana.

Este don que habéis recibido es el tesoro de la Sangre con la cual fuisteis recreados a la vida de la gracia. Por tanto, puedes ver cuánto más me están obligados los hombres después de la redención que antes de ella. Están llamados a darme gloria y alabanza siguiendo los pasos del Verbo encarnado, mi Hijo Unigénito.

Y solo cuando lo hacen así, con amor a mí y al prójimo en verdadera virtud, me pagan la deuda. Pero si no lo hacen, caen en mayor culpa, por cuanto más deberían amarme. Y así, mi justicia los considera más dignos de castigo, y serán condenados a pena eterna.

Por eso, el castigo del mal cristiano es mayor que el del pagano, y el fuego que les abrasa no los consume, sino que los atormenta más. El gusano de la conciencia los desgarra sin destruirlos, porque los condenados no pierden el ser por los tormentos que sufren. Desean la muerte, pero no pueden tenerla, pues no pueden dejar de existir. Pierden, sí, la gracia por su culpa, pero no la naturaleza.

Así que el pecado se castiga con más rigor después de la redención de la Sangre de Cristo que antes, y sin embargo muchos no se dan cuenta ni reconocen sus propios males. Siguen siendo mis enemigos, aun cuando yo los he reconciliado por medio de la Sangre de mi Hijo.

Sin embargo, todavía hay un remedio. Yo puedo aplacar mi ira si mis siervos me interceden con lágrimas sinceras y con el ardor de sus deseos. Ya ves tú misma que me has atado con esas cadenas —cadenas que yo mismo te he dado— porque quiero usar de misericordia con el mundo. Por eso, inspiro en mis siervos hambre de mi honra y deseo ardiente por la salvación de las almas, para que, conmovido por sus lágrimas, yo mitigue el furor de mi justicia.

Toma entonces tus lágrimas y tu sudor, y saca tú y los demás mis siervos esta agua viva de la fuente de mi amor divino. Con ella lavad el rostro de mi Esposa, la Iglesia. Yo te prometo que por este medio le será devuelta su belleza.

No será por armas ni por violencia como recuperará su hermosura, sino por la paz: por oraciones humildes y constantes, por sudores y lágrimas derramadas con un deseo ardiente de mis siervos.

Así, cumpliré tu deseo. Porque, a través de muchos sufrimientos, iluminaré con la luz de vuestra paciencia las tinieblas de los hombres perversos de este mundo. Y no temáis si el mundo os persigue, porque yo estaré de vuestra parte, y mi providencia no os faltará.

CAPITULO DECIMOSEXTO. 

Cómo conociendo esta alma la bondad divina, no se contentaba con rogar solamente por los Cristianos, sino que rogaba por todo el mundo.

Entonces aquella alma, llena de mayor conocimiento, con inmensa alegría y fortaleza, se elevó y se presentó ante la Majestad divina. Lo hacía movida por la esperanza que había recibido de la misericordia divina, y también por el amor inefable que experimentaba, al ver que Dios —por puro amor y deseo de tener misericordia del hombre, aun siendo este su enemigo— había dado a sus siervos el modo y medio para mover su bondad y calmar su ira.

Esto le llenaba de gozo, y perdió todo temor a las persecuciones del mundo, al comprender que Dios estaba de su lado. Así crecía su deseo santo, tanto que no encontraba reposo ni descanso, sino que, con esa santa confianza que poseía, pedía misericordia para todo el mundo.

Y aunque ya en la segunda petición —la reforma de la Santa Iglesia— estaba comprendido el bien y la utilidad de todos los cristianos y fieles, sin embargo, como alma hambrienta, extendía su oración sin límites por toda la humanidad, tal como el mismo Señor le había dicho que hiciera.

Y así clamaba con insistencia:

“¡Oh Dios eterno, ten misericordia de tus ovejas, pues Tú eres su buen Pastor!
No tardes en derramar tu misericordia sobre el mundo, que parece haber perdido la unión y la caridad hacia Ti, Verdad eterna, y también entre ellos mismos, pues no se aman mutuamente con un amor fundado en Ti.”

CAPITULO DECIMOSÉPTIMO. 

Cómo Dios se lamenta de sus criaturas racionales, y particularmente por el amor propio que reina en ellas, confortando la misma ánima a las oraciones y lágrimas.

Entonces Dios, como embriagado de amor por la salvación de las almas, encendía aún más el amor y el dolor en aquella alma, mostrándole con cuánta caridad había creado al ser humano. Le decía:

“¿No ves cómo todos los hombres me hieren, a pesar de haberlos creado con un amor ardiente y de haberlos colmado generosamente con dones infinitos, no por obligación, sino por pura gracia?

Reflexiona, hija mía, en cuántos y diversos pecados me ofenden, y especialmente en el abominable y detestable amor propio, de donde nacen todos los males. Con ese amor egoísta han envenenado al mundo entero. Porque así como mi amor verdadero contiene en sí todas las virtudes —que se manifiestan por medio del amor al prójimo—, el amor propio, centrado en los sentidos, encierra en sí todo mal, porque nace de la soberbia, mientras que el mío nace de la caridad.

Ese mal lo cometen a través de las criaturas, separándose y dividiéndose de la caridad hacia el prójimo. Pues ni me aman a mí, ni aman al prójimo; y estos dos amores están tan unidos, que uno no puede existir sin el otro.

Por eso te dije que todo bien o todo mal se realiza por medio del prójimo, como ya te expliqué anteriormente.

Tengo muchos motivos para quejarme del hombre: no ha recibido de mí más que el bien, y sin embargo me responde con el mal, con odio y desprecio. Por eso te dije que calmaría mi ira con las lágrimas de mis siervos.

Así pues, ustedes, mis siervos, preséntense ante mí con muchas oraciones, con deseos fervientes y con dolor profundo por las ofensas que se han hecho contra mí y por la condenación de los pecadores. De ese modo aplacarán mi ira en el juicio divino.”

CAPITULO DECIMOCTAVO. 

Cómo ninguno puede escapar de las manos de Dios, y así nos visita o por misericordia o por justicia.

“Sabe, hija mía muy querida, que nadie puede escapar de mis manos, porque yo soy el que soy. Ustedes no existen por sí mismos, sino en la medida en que han sido creados por mí, que soy el Creador de todo lo que tiene ser —excepto el pecado—, porque el pecado no tiene existencia verdadera. Yo no lo hice, no está en mí, y por eso no es digno de ser amado.

Así pues, la criatura peca y me ofende porque ama lo que no debería amar —el pecado— y me rechaza a mí, a quien está obligada a amar, porque soy sumamente bueno y le he dado el ser con un fuego inmenso de amor.

Pero no pueden huir de mí: o están en mí para ser castigados por sus culpas, o están en mí para ser liberados por mi misericordia.

Abre, por tanto, los ojos de tu entendimiento y mira mi mano, y verás que es cierto lo que te digo.”

Entonces, alzando los ojos para obedecer al Padre Eterno, ella veía todo el universo contenido dentro de su puño, y Dios le decía:

“Hija mía, entiende que nadie puede escapar de aquí, porque todos están en mi mano: unos por justicia, otros por misericordia, como ya te dije.

Y aun con todas sus maldades, usaré con ellos de misericordia por intercesión de mis siervos, y cumpliré esa petición tuya que me has ofrecido con tanto amor y dolor.”

CAPITULO DECIMONOVENO. 

Cómo creciendo el amoroso fuego en esta alma, deseaba sudar sangre y, reprendiéndose a sí misma, hacía singular oración por su Padre espiritual.

Entonces aquella alma, como embriagada y casi fuera de sí misma, crecía cada vez más en su ardiente deseo. Se encontraba a la vez bienaventurada y dolorida: bienaventurada por la unión que tenía con Dios, saboreando su bondad y su generosidad, completamente sumergida en su misericordia; y dolorida por ver cómo se ofendía a tan gran bondad.

Daba gracias a la Divina Majestad, comprendiendo que se le habían mostrado los pecados de las criaturas no para turbarla, sino para que se sintiera más movida aún a intensificar su solicitud y su deseo. Notaba cómo se renovaba en ella el impulso del espíritu, y cómo se intensificaba ese fuego santo y amoroso que la consumía hasta el punto de que deseaba que el agua que sudaba se transformase en sangre, por la fuerza con que su alma se manifestaba en su cuerpo.

Porque la unión entre su alma y Dios era más fuerte que la del cuerpo con el alma. Y aunque sudaba por la intensidad del amor divino que ardía en ella, despreciaba ese sudor, porque su deseo era tan grande que anhelaba que su cuerpo sudara sangre. Y a sí misma se decía:
“¡Alma mía, has perdido el tiempo de tu vida! Y por eso han venido tantos males al mundo y a la santa Iglesia, tanto en general como en lo particular. Ahora quiero reparar todo eso con el sudor de mi sangre.”

Verdaderamente, esta alma tenía muy presente la doctrina que la Verdad Eterna le había enseñado: conocerse a sí misma, reconocer la bondad divina en su interior y conocer también los remedios adecuados para ayudar al mundo y aplacar la justa ira de Dios. Y esos remedios eran la oración humilde, constante y santa.

Animada por este santo deseo, se sentía encendida de nuevo con aún más ardor. Entonces, abriendo los ojos del entendimiento, contemplaba la caridad divina, y allí entendía y sentía cuánto estamos obligados a amar y buscar la gloria del nombre de Dios en la salvación de las almas. Y comprendía que para eso son llamados los siervos de Dios.

Especialmente, veía que la Verdad Eterna había llamado y elegido al Padre espiritual de esta alma, y ella misma lo ofrecía ante la bondad divina, rogándole que infundiera en él la luz de la gracia para que caminara fielmente tras la Verdad Eterna.

CAPITULO VIGÉSIMO. 

Cómo nadie puede agradar a Dios sin sufrir con paciencia las tribulaciones, y cómo el Señor conforta esta ánima y a su Padre espiritual, y los anima a padecer con paciencia verdadera.

Respondiendo entonces Dios a la tercera petición —el deseo de salvación del Padre espiritual de aquella alma—, le dijo:

“Hija mía, quiero que él busque con todo empeño agradarme a mí, que soy la Verdad Eterna, teniendo como objetivo la salvación de las almas. Pero ni él, ni tú, ni nadie podrán lograrlo sin pasar por muchas persecuciones, como ya te lo dije antes, y conforme a lo que yo les permita padecer.

Por eso, así como deseáis ver restablecido mi honor en la santa Iglesia, también debéis amar el sufrimiento, aceptándolo con verdadera paciencia. En esto conoceré si él, tú y los demás siervos míos buscáis realmente mi gloria.

Entonces él será para mí un hijo muy amado, y él, junto con los demás, reposará sobre el pecho de mi Hijo Unigénito, a quien he hecho puente, para que por medio de Él todos podáis pasar hacia el fin para el cual fuisteis creados, y recibir la recompensa por los trabajos que hayáis soportado por amor a mí.

Así que, soportad todo con fortaleza y valentía.”

CAPITULO VIGESIMOPRIMERO. 

Cómo habiéndose arruinado el camino del Cielo por la desobediencia de Adán, Dios hizo de su Hijo como puente por el cual se pudiese pasar.

Así es verdad, hija mía, respecto a lo que te dije, que el Verbo de mi Hijo Unigénito era como un puente para pasar al Cielo. Quiero que sepáis, hijos míos, que por el pecado y desobediencia de Adán, de tal manera se destruyó el camino, que ninguno podía pasar y llegar a la vida eterna. Por lo cual no me daba el linaje humano aquella honra y gloria del modo que debía, no participando de aquel bien para el que lo había creado, y así no se cumplía mi verdad. Esta verdad es, que yo lo había creado a mi imagen y semejanza para que gozara de la vida eterna, y hacerle partícipe de mí, y gustara de mi suma y eterna dulzura y bondad. Pero el pecado impedía llegar a este término, y por tanto esta verdad no se cumplía, pues la culpa había cerrado el Cielo y las puertas de la misericordia. Este pecado, pues, produjo espinas y abrojos y muchas molestias, y la criatura se rebeló contra sí misma, porque inmediatamente que se rebeló contra mí, a sí misma fue rebelde. Y así la carne hizo guerra inmediatamente contra el espíritu, y perdiendo el estado de inocencia, se hizo animal inmundo, y se rebelaron contra él todas las cosas creadas, siendo así que antes le hubieran obedecido si se hubiera conservado en aquel estado en que yo lo había puesto. Así que, no conservándose en él, rompió mi obediencia, y mereció muerte eterna en el cuerpo y en el alma, e inmediatamente que hubo pecado corrió un río tempestuoso, que siempre lo arrebata con sus olas, haciéndole sufrir trabajos y penas de sí mismo, del demonio y del mundo. Todos os anegabais, porque ninguno, por justificado que fuera, podía llegar a la vida eterna. Y así, queriendo yo remediar tantos males como padecíais, os he dado el puente de mi Hijo, para que pasando el río no os aneguéis, el cual río es este mar tempestuoso de esta vida tenebrosa. Considera, pues, cuán agradecida me debe estar la criatura, y cuán imprudente es al querer anegarse y no aprovecharse del remedio que le he dado.

CAPITULO VIGESIMOSEGUNDO. 

Cómo Dios induce a la ánima a mirar la grandeza de este puente, el cual llega de la tierra al Cielo.

Abre, hija mía, los ojos de tu entendimiento y verás a los ciegos e ignorantes, a los imperfectos y también a los perfectos que verdaderamente me siguen, para que te duelas de los ignorantes que se condenan, y te alegres de los muy amados hijos míos que son perfectos. También verás cómo proceden los que caminan con luz y los que andan en tinieblas. Pero antes quiero que mires el puente de mi Hijo Unigénito y veas su grandeza, que llega desde el Cielo hasta la tierra; esto es, mira cómo con la grandeza de la Divinidad está unida la tierra de vuestra humanidad. Y por eso digo que llega desde el Cielo a la tierra, esto es, por la unión que he hecho en el hombre de las dos naturalezas. Esto fue necesario para reparar el camino ya destruido, como te dije, para que llegase a la vida y atravesase la amargura de este mundo.

Pero este puente no se podía hacer de tierra, de manera que fuera suficiente para cruzar el río y daros la vida eterna, porque la tierra pura de la naturaleza del hombre no era suficiente para satisfacer por la culpa ni quitar la mancha del pecado de Adán, la cual mancha corrompió todo el linaje humano y lo infectó, como arriba te dije. Fue necesario entonces unir la vuestra con mi naturaleza divina y eterna para que pudiera satisfacer por todo el linaje humano, y que la naturaleza humana sufriera la pena, y la naturaleza divina, unida con la humana, aceptara el sacrificio de mi Hijo ofrecido a mí, para quitaros la muerte y daros la vida. Así que la alteza de mi Divinidad se humilló hasta la tierra de vuestra humanidad, y de la una unida con la otra se hizo el puente y se recompuso el camino. ¿Para qué se hizo este camino? Para que vinierais por él a gozar juntamente con la naturaleza angélica. Y no os bastaría poseer la vida por haberse hecho mi Hijo puente, si vosotros no pasáis por él.

CAPITULO VIGESIMOTERCERO. 

Cómo todos somos trabajadores de la viña de la Santa Iglesia, y cómo cada uno tiene la viña de sí mismo y conviene que todos nosotros estemos unidos en la verdadera vid, que es el Hijo de Dios.

En lo dicho anteriormente mostraba la Verdad Eterna que nos había creado sin nosotros, pero que no nos salvará sin nosotros, y así quiere que empleemos la libre voluntad con el libre albedrío, ocupando el tiempo en las verdaderas virtudes; y por tanto dijo inmediatamente: todos debéis pasar por este puente buscando la alabanza y gloria de mi nombre en la salvación de las almas, sufriendo con pena muchos trabajos, siguiendo las huellas de este dulce y amoroso Verbo, pues de otro modo no podréis llegar a mí. Vosotros sois mis trabajadores, a quienes he puesto a trabajar en la viña de la santa Iglesia.

Trabajáis en el cuerpo universal de la Religión Cristiana, puestos por mí por gracia, habiéndoos yo dado la luz del Santo Bautismo, el cual recibís en el cuerpo místico de la santa Iglesia por manos de los Ministros, los cuales yo he puesto a trabajar con vosotros. Vosotros estáis en el cuerpo universal, y ellos en el cuerpo místico, destinados a apacentar vuestras almas, ministrándoos la sangre de mi Unigénito Hijo en los Sacramentos que recibís, arrancando las espinas de los pecados mortales y plantando en vosotros la gracia. Ellos son mis trabajadores en la viña de vuestra alma, que está unida con la viña de la santa Iglesia. Y toda criatura que está dotada de razón, tiene en sí misma la viña, esto es, la viña de su alma, cuyo trabajador es la voluntad con el libre albedrío durante el tiempo de su vida; más después que ha pasado este, ninguna obra ni buena ni mala puede hacer en ella, sino que en vida puede trabajar su viña en la que le he puesto.

Y es tan grande la fortaleza de este trabajador del alma, que no se la pueden quitar, si él no quiere, ni el demonio ni otra ninguna criatura, porque recibiendo el sagrado Bautismo fue fortalecido, y le fue dado un cuchillo de amor, de virtud y de odio al pecado, por cuyo amor y odio murió mi Unigénito Hijo, dándoos su sangre, por la que recibisteis vida en el Bautismo. Así que tenéis el cuchillo que debéis manejar con el libre albedrío, mientras que tenéis tiempo para sacar las espinas de los pecados mortales y plantar las virtudes, pues de lo contrario no recibiréis el fruto de esta sangre de los trabajadores que yo he puesto en la santa Iglesia, los cuales te dije que quitaban el pecado mortal de la viña del alma, y os daban la gracia, mostrándoos esta sangre en los Sacramentos que están establecidos en la Iglesia.

Es pues necesario que primero os levantéis por medio de la contrición del corazón y disgusto de los pecados, y con el amor de la virtud, y entonces recibiréis el fruto de esta sangre, pues de lo contrario no podéis recibirlo, si no os disponéis de vuestra parte como sarmientos unidos a la vid de mi Unigénito Hijo, el cual dijo: Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el Labrador, y vosotros los sarmientos. Y así es verdad que yo soy el Labrador, porque de mí procede y se deriva todo lo que tiene ser, pues mi poder es infinito, y con mi poder y virtud gobierno todo el mundo, y nada se hace o gobierna sin mí.

Así que yo soy el Labrador que planté la verdadera vid de mi Unigénito Hijo en la tierra de vuestra humanidad, para que vosotros, que sois los sarmientos unidos con la vid, dieseis fruto. Y quien no diera fruto de santas y buenas obras, será cortado de esta vid, y se secará; porque separado de la vid pierde la vida de la gracia, y es echado al fuego eterno, así como el sarmiento que no da fruto luego se le corta y echa al fuego, porque no es bueno para otra cosa. De la misma manera estos tales, cortados como sarmientos por sus pecados, muriendo en la culpa del pecado mortal, y no sirviendo para otra cosa, son arrojados por la Divina Justicia al fuego, que durará eternamente.

Estos no quisieron cultivar su viña, antes bien destruyeron la suya y la de otros, y ni aun pusieron alguna buena planta de virtud, sino que quitaron la semilla de la gracia que habían recibido en la luz del santo Bautismo, haciéndose partícipes de la sangre de mi Hijo, la cual fue el vino que os produjo esta vid verdadera. Mas ellos arrancaron esta semilla, la hicieron manjar de animales, esto es, de muchos y diversos pecados, y la pisotearon con los pies de su desordenado afecto, causando daño a sí mismos y al prójimo.

Pero mis siervos no lo hacen así, ni así lo debéis hacer vosotros, quiero decir, que estéis unidos y enlazados con esta vid. Entonces pues recogeréis abundante fruto, porque participaréis del jugo de la vid; y estando vosotros en el Verbo mi Hijo, estáis en mí, pues yo soy una cosa con él, y él conmigo. Permaneciendo en él, seguiréis su doctrina: siguiendo su doctrina, participaréis de la substancia de este Verbo, que es la Divinidad Eterna unida a la humanidad, sacando de ahí vosotros el Divino amor con que el alma se embriaga. Y por eso te dije que participaríais de la substancia de la vid.

CAPITULO VIGESIMOCUARTO. 

De qué modo vendimia Dios y poda la viña, y cómo la viña de cada uno está de tal manera unida con la del prójimo que no puede cultivarla o destruir la una sin hacer lo mismo con la otra.

¿Sabes de qué manera actúo una vez que mis siervos están unidos para seguir la doctrina del dulce y amoroso Verbo? Yo los podo para que den mucho fruto, y que este fruto sea maduro y no silvestre. Así como el labrador poda y acomoda el buen sarmiento para que dé más y mejor vino, y corta y arroja al fuego al que no da fruto, del mismo modo yo, verdadero Labrador, podo con muchas tribulaciones a mis siervos, los que están en mí, para que den más y mejor fruto, y su virtud quede probada. Y a aquellos que no dan fruto, los corto y los echo al fuego, como ya te he dicho.

Estos tales son verdaderos trabajadores, y trabajan bien en su alma, arrancando de ella todo amor propio, y devolviéndome la tierra de su afecto. Cultivan y aumentan la semilla de la gracia que recibieron en el Santo Bautismo, y al trabajar su propia viña, trabajan también en la del prójimo, porque no pueden cultivar una sin cultivar la otra. Ya sabes que te dije que cualquier bien o mal que se hace, se realiza por medio del prójimo. Así que vosotros sois mis jornaleros, precedidos por mí, que soy el sumo y eterno Labrador, que os ha unido e injertado en la vid por la unión que he hecho con vosotros.

Considera entonces que todas las criaturas dotadas de razón tienen su viña propia, que está unida sin separación alguna a la del prójimo, es decir, unos con otros, y están tan conectadas que ninguno puede hacerse bien o mal a sí mismo sin hacérselo también al prójimo. De todos vosotros se compone esta viña universal, es decir, toda la congregación de los cristianos, los cuales estáis unidos en la viña del cuerpo místico por medio de la santa Iglesia, de la que recibís la vida. En esta viña está plantada la vid de mi Unigénito Hijo, en la cual debéis estar injertados; y si no lo estáis, sin duda seréis rebeldes a la santa Iglesia y como miembros separados del cuerpo, que al instante se pudren.

Es cierto que mientras vivís en este mundo podéis quitar la podredumbre del pecado con un verdadero arrepentimiento de él, y acudir a mis Ministros, que son los labradores que tienen las llaves del vino, es decir, de la sangre que brota de esta vid. Esta sangre es de tal virtud y perfección que, por ningún defecto del Ministro, puede perderse su fruto para vosotros.

El vínculo de la caridad es aquello con lo que están unidos, mediante la verdadera humildad, adquirida con el conocimiento de sí mismos y de mí. Así puedes ver cómo os he puesto por jornaleros. Ahora pues, de nuevo os invito, porque día tras día el mundo va de mal en peor, y se han multiplicado de tal forma las espinas, que han ahogado la semilla, tanto que ya no quieren dar ningún fruto de gracia. Quiero entonces que seáis verdaderos trabajadores, y que vayáis con gran diligencia a trabajar las almas en el cuerpo místico de la santa Iglesia. Y os digo esto porque deseo usar de misericordia con el mundo, por el cual tú me ruegas con tanto fervor.

CAPITULO VIGESIMOQUINTO. 

Cómo esta alma suplicó a Dios que le mostrase los que pasaban por el puente y los que no.

Esta alma, encendida entonces en amor, decía: ¡Oh inestimable y dulcísima caridad! ¿Quién no se enciende en tan grande amor? ¿Qué corazón puede resistirse y no desfallecer? Tú, oh abismo de caridad, pareces salirte de juicio con tus criaturas, como si no pudieras vivir sin ellas, siendo tú nuestro Dios, que no tiene necesidad de nosotros, y a quien nada se añade con nuestro bien, porque eres inmutable, ni te resulta daño de nuestro mal, porque eres suma y eterna bondad.

¿Qué te mueve a usar de misericordia? El amor; y no porque debas ni tengas necesidad de nosotros, pues verdaderamente nosotros somos infieles y malvados deudores. Por lo cual, si yo quiero confesarlo, ¡oh suma y eterna bondad!, soy un ladrón, y tú eres atormentado por mí, porque veo al Verbo, tu Unigénito Hijo, clavado y levantado en la Cruz, del cual formaste un puente, según lo has manifestado a esta tu miserable sierva.

De ahí viene que se me parte el corazón, y por el hambre y deseo que ha concebido de ti, no se parte como yo quisiera. Me acuerdo, Señor mío, que querías mostrarme quiénes son los que pasan por este puente y quiénes no; y por eso, si a tu bondad le place manifestarlo, lo veré y oiré de ti con mucho gusto.

CAPITULO VIGESIMOSEXTO. 

Cómo este puente tiene tres escalones que significan los tres estados del alma, y aunque esté muy elevado, no está, sin embargo, separado de la tierra, y cómo se entienden aquellas palabras de Cristo: Si Yo fuere alzado de la tierra, traeré a mí todas las cosas.

El Eterno Dios, para enamorar y animar más a aquella alma hacia la salvación de las almas, le respondió y dijo: Antes que yo te muestre lo que es mi voluntad mostrarte, y tú me pides, quiero que sepas cómo está dispuesto este puente. Te he dicho, hija mía, que este puente llega desde la tierra al Cielo, y esto es por la unión que he hecho en el hombre que formé de la tierra.

Sabe ahora que este puente, que es mi Unigénito Hijo, tiene tres escalones, dos de los cuales se construyeron en el leño de la Cruz, y en el tercero sintió una grandísima amargura, cuando se le dio a beber hiel y vinagre. En estos tres escalones conocerás los tres estados del alma, los cuales te declararé abajo. El primer escalón son los pies, los cuales significan el afecto, pues así como los pies llevan al cuerpo, así también el afecto lleva el alma. De donde los pies clavados son escalones para que puedas subir al costado, en el cual se manifiesta el secreto del corazón, y después de haber subido sobre los pies del afecto, comienza el alma a gustar el afecto del corazón, poniendo los ojos del entendimiento en el corazón abierto de mi Hijo Unigénito, en donde halla el amor inefable y consumado; y digo consumado, porque no os ama por utilidad propia, puesto que ninguna le puede resultar de vosotros, siendo Él una cosa conmigo, por lo cual el alma entonces se llena de amor viendo que es amada.

Después que subió al segundo escalón llega al tercero, esto es, a la boca, donde encuentra la paz después de la terrible guerra que había antes tenido por sus culpas. En el primer escalón, levantando los pies del afecto de la tierra, se desnuda de los vicios; en el segundo se llena de amor a la virtud; y en el tercero gusta de la paz.

Así que el puente tiene tres escalones, para que subiendo el primero y el segundo, podáis llegar al último, que está en lo alto, al cual no puede llegar el agua que corre, ni ofenderle, porque nunca hubo en él mancha de pecado.

Este puente está levantado en lo alto, y sin embargo no está separado de la tierra. ¿Sabes cuándo fue levantado? Cuando fue elevado en el madero de la santísima Cruz, no separándose con todo eso la naturaleza divina de la bajeza de la tierra de vuestra humanidad; y por eso te dije, que siendo levantado en lo alto, no estaba separado de la tierra, porque la divinidad estaba unida con la humanidad, y nadie había que pudiese pasar por aquel puente hasta que fuese levantado en lo alto, por lo cual dije: Si yo fuere elevado a lo alto, todo lo atraeré a mí.

Viendo pues mi bondad que no podíais ser atraídos de otra manera, mandó que fuese mi Hijo levantado en alto sobre el madero de la Cruz, determinando que se hiciese Hijo del linaje humano para quitarle la muerte y restituirle a la vida de la gracia, y por este medio trajo a sí todas las cosas, esto es, manifestando el inefable amor que yo tenía al hombre, cuyo corazón es atraído siempre por el amor.

No os podía mostrar mayor amor que dar la vida por vosotros, por fuerza, pues es atraído el hombre, siempre que el hombre ignorante no haga resistencia en dejarse atraer. Dijo pues que siendo levantado en lo alto, traería todas las cosas a sí, y así es verdad; y esto se entiende de dos maneras: la una, cuando es atraído el corazón del hombre por afecto de amor, como te he dicho, y entonces es atraído con todas las potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad. De donde, acordadas estas tres potencias y reunidas en mi nombre, todas las otras operaciones, ya actuales ya mentales que hace, me son agradables, y están unidas en mí por afecto de amor, porque son levantadas en lo alto, y van siguiendo al amado Crucificado. Así que, con verdad dijo mi Verdad diciendo: Si yo fuere levantado en lo alto, todas las criaturas atraeré a mí; esto es, atraído el corazón y las potencias del alma, serán atraídas todas sus operaciones.

La otra manera es, que todo ha sido creado para servicio del hombre, de donde las cosas han sido creadas para que sirvan y sean de ayuda a las necesidades de la criatura racional, y no está hecha la criatura que está dotada de razón por ellas, sino por mí, para que me sirva con todo el corazón y con todo el afecto. Así que mira cómo, siendo atraído el hombre, todo es atraído, porque todo es hecho por él.

Fue pues necesario que fuese levantado el puente en lo alto, y tuviese escalones para que se pudiese subir con mayor facilidad.

CAPITULO VIGESIMOSÉPTIMO. 

Cómo este puente es de piedras que significan las virtudes, y sobre el dicho puente hay una tienda, donde se da de comer a los caminantes, y el que pasa por el puente se dirige a la vida, y el que por debajo, camina a la perdición y a la muerte.

Este puente es de piedras para que la lluvia no impida al caminante. ¿Sabes pues qué piedras son estas? Son las de las verdaderas virtudes, las cuales no existían antes de la pasión de este mi Hijo, y por eso estaban tan detenidos los caminantes, que ninguno podía llegar al término al que aspiraba, aunque caminara por el camino de la virtud, pues no estaba aún abierto el Cielo con la llave de la sangre, por lo cual no les permitía pasar la lluvia de la justicia. Pero después que fueron labradas estas piedras sobre el cuerpo del Verbo de mi dulcísimo Hijo, de quien te he dicho que es el puente, él lo fortaleció, y amasó la cal para fabricarlo con su sangre, y esta se coció con la cal de la Divinidad, y con la fortaleza y fuego de la caridad. Con mi poder están unidas estas piedras de las virtudes sobre él mismo, y no hay ninguna que no sea probada en él, y que tenga vida sino por él.

Y por esto nadie puede tener virtud que dé vida de gracia, sino por él, esto es, siguiendo sus pasos y su doctrina. Él las plantó y fortaleció como piedras vivas, y les dio consistencia con su propia sangre, para que todo fiel pueda caminar francamente y sin temor servil de la lluvia de la Divina Justicia, porque está cubierto con la misericordia, la cual bajó del Cielo en la Encarnación de este Hijo mío.

¿Con qué llave se abrió? Con la de su sangre. Así que mira cómo el puente está fabricado de piedra y cubierto con la misericordia. Suyo es el jardín de la santa Iglesia, la cual tiene y suministra el pan de vida, y da a beber su sangre, para que los peregrinos, mis criaturas, cansados del camino, no se desmayen en el viaje, y por esto ha ordenado mi caridad que se os suministre la sangre y Cuerpo de mi Unigénito Hijo, que es Dios y hombre.

Pasado el puente se llega a la puerta, que es el mismo puente, por la cual puerta habéis de entrar todos. Y por eso dice: Yo soy camino, verdad y vida; el que camina por mí no anda en tinieblas, sino con luz; y en otra parte dice mi Verdad, que ninguno puede llegar a mí sino por él; y así es. Y si te acuerdas, así te lo dije y mostré cuando te hice ver el camino. De donde si él dice que es camino, así es la verdad, y te he mostrado que es camino en forma de puente. Dice también que es verdad, y es cierto, porque está unido conmigo, que soy Verdad; y quien a él sigue, camina por la verdad y vida; y quien sigue esta verdad, recibe la vida de la gracia, y no puede morirse de hambre, porque la Verdad se ha hecho manjar para vosotros.

No puede tampoco caer en tinieblas, porque él es la luz que carece de mentira, y con la verdad confundió y destruyó la mentira del demonio, que este dijo a Eva, la cual mentira arruinó el camino del Cielo, que esta Verdad compuso, y restauró con su sangre. De donde aquellos que siguen esta verdad, son hijos de ella, porque la siguen y pasan por la puerta de la verdad, y están unidos en mí con la puerta y camino de mi Hijo, Verdad eterna, mar tranquilo.

Pero el que no anda por este camino va por el río, el cual no está fabricado con piedra sino con agua. Y porque el agua no tiene consistencia alguna, nadie puede andar por ella sin que se ahogue. Tales son los deleites y pasatiempos del mundo, y no estando el afecto sobre la piedra, sino colocado con desordenado amor en las criaturas y en las cosas creadas, amándolas y poseyéndolas sin mí, solo sirven para anegar, pues son como el agua, que continuamente corre.

Y así corre el hombre como el agua, aunque le parece que las cosas creadas que él ama son las que corren; él sin embargo es el que corre continuamente hacia el término de la muerte. Querría detenerse, esto es, su vida, y que las cosas que ama no pasasen tan pronto, huyéndosele de entre las manos, o por la muerte, que se las hace dejar, o por disposición mía, haciendo que sean arrebatadas las cosas creadas de la presencia de las criaturas.

Estos tales siguen la mentira, yendo por el camino de ella, y son hijos del demonio, el cual es padre de la mentira, y porque entran por su puerta reciben la condenación eterna. Así que ve cómo yo te he mostrado la verdad y la mentira, quiero decir, que mi camino es verdad, y el del demonio, mentira.

CAPITULO VIGESIMOCTAVO. 

Cómo por cualquiera de estos dos caminos, a saber, puente o río, se camina con trabajo, y del gusto que siente el alma en ir por el puente.

Estos son los dos caminos, y por cualquiera de ellos se camina con dificultad. Mira, pues, cuán grande es la ignorancia y ceguera del hombre, que quiere pasar por el agua, teniendo libre el camino, el cual es de tanto placer para los que van por él, que toda amargura se les hace dulce, y muy ligera toda carga. Estando estos aún en las tinieblas del cuerpo hallan luz, y siendo mortales hallan vida inmortal, gustando con el afecto de amor y luz de la verdad la vida eterna, pues prometo refrigerio y descanso a quien se afane por mí, porque bien sabéis que soy agradecido y justo, y que doy a cada uno según sus méritos, por lo cual ningún bien queda sin premio, ni culpa sin castigo.

Ni los ojos pueden ver, ni el oído oír, ni la lengua explicar el contentamiento que tiene quien va por este camino, porque aun en esta vida gusta y participa del bien que le está preparado y dispuesto para la eterna. Conque muy loco es quien desecha tanto bien y elige antes gustar en esta vida las arras del infierno, pasando por abajo, por donde pasa con muchos trabajos sin bien ni refrigerio alguno, pues por su pecado está privado de mí, que soy sumo y eterno bien.

Con mucha razón te dueles, y quiero que tú y mis siervos estéis en continua amargura por mis ofensas, y que os compadezcáis del daño que reciben, y de la ignorancia con la cual me ofenden. Ya has visto cómo está el puente, y te lo he dicho para aclararte lo que ya te dije: que mi Unigénito Hijo era el puente; y ya ves que así es la verdad, que está fabricado de la manera que te dije, esto es, uniendo la altura con la bajeza.

CAPITULO VIGESIMONOVENO. 

Cómo habiendo subido al Cielo este puente el día de la Ascensión no se apartó de nosotros.

Después que mi Unigénito Hijo volvió a mí a los cuarenta días después de la Resurrección, se elevó este puente de la tierra, esto es, de la conversación y trato con los hombres, y subió al Cielo en virtud de mi naturaleza Divina, y está sentado a la diestra de mí, su Padre Eterno, como el Ángel dijo a los Discípulos el día de la Ascensión, estando ellos como muertos, porque sus corazones estaban elevados al Cielo con la sabiduría de mi Hijo. No estéis aquí más, les dijo el Ángel, porque él está sentado a la diestra del Padre.

Habiéndose elevado en alto y vuelto a mí, que soy su Padre, envié al Maestro, esto es, al Espíritu Santo, el cual vino con mi poder, y con la sabiduría de mi Hijo, y con su clemencia. Este es una misma cosa conmigo y con mi Hijo, por lo cual confirmó el camino de la doctrina que dejó mi Verdad en el mundo. Y por tanto, habiéndose ausentado en cuanto a la presencia corporal, no faltó la doctrina ni la virtud de estas piedras vivas, fundadas sobre esta doctrina, que es el camino que os ha construido este dulce y glorioso puente.

Primero pasó por él, y con sus obras abrió el camino, dándoos la doctrina más con el ejemplo que con las palabras, y aún antes comenzó a hacer que a decir. Esta doctrina la confirmó la clemencia del Espíritu Santo, fortaleciendo los entendimientos de los Discípulos para confesar la verdad y anunciar este camino, esto es, la doctrina de Cristo crucificado, reprendiendo por medio de ellos al mundo de las injusticias y de los juicios falsos, de lo cual te hablaré abajo con más extensión.

Te he dicho esto para que no se origine la tiniebla del error en los entendimientos de algunos y oscurezca sus mentes, diciendo que del cuerpo de Cristo se hizo puente por la unión de la naturaleza Divina con la humana, lo cual es evidente. Pero este puente se separó de entre vosotros subiendo al Cielo, y era el camino que enseñaba la Verdad con su ejemplo y costumbres. ¿Ahora, pues, qué nos ha quedado? ¿Dónde está el camino? Te lo digo a ti, y en tu nombre a aquellos que estuvieren en esta ignorancia.

El camino es el de su doctrina, confirmada por los Apóstoles, y declarada con la sangre de los Mártires, iluminada con la luz de los Doctores, testificada por los Confesores, y fundada en la caridad de los Evangelistas, todos los cuales son como testimonios para confesar la verdad en el cuerpo místico de la santa Iglesia. Estos son como una antorcha colocada sobre el candelero para mostrar el camino de la verdad y guiar a la vida con perfecta y resplandeciente luz, según te he dicho, y como te lo dicen por prueba, porque la han experimentado en sí mismos.

Así que todos están iluminados para conocer en sí la verdad, si quieren; quiero decir, si no quieren quitarse la luz de la razón con el amor propio desordenado. Y también es cierto que su doctrina es verdadera, y que ha quedado como una pequeña nave para sacar las almas fuera del tempestuoso mar y conducirlas al puerto de la salvación.

Por esto hice primero puente de mi Hijo en persona, como te he dicho, conversando con los hombres; y habiendo subido este al Cielo, quedó el puente de la doctrina, estando esta unida con mi poder, con la sabiduría de mi Hijo y con la clemencia del Espíritu Santo. Este mi poder da virtud de fortaleza a quien sigue este camino; la sabiduría le da luz, porque con ella conoce la verdad; y el Espíritu Santo le da amor, el cual consume y quita todo amor sensitivo del alma, dejándole solamente el amor de la virtud.

Así que, por todos modos, o por su persona o por su doctrina, él es camino, verdad y vida, el cual camino es el puente que os conduce a la altura del Cielo. Esto quiso decir cuando dijo: Salí del Padre y vuelvo al Padre, y volveré a vosotros; que quiere decir: Mi Padre me envió a vosotros, y me ha hecho vuestro puente para que paséis el río, y podáis llegar a la vida; y después dice: No os dejaré huérfanos, sino que os mandaré el Consolador, como si dijera: Yo me iré y volveré, esto es, viniendo el Espíritu Santo, el cual es llamado Paráclito: este os mostrará más claramente, y os confirmará en la verdad de que yo soy el camino, y en la doctrina que os he dado.

Dijo que volvería, y en efecto volvió, porque el Espíritu Santo no volvió solo, sino que vino con el poder de mi Padre, y con la sabiduría del Hijo y con la clemencia del Espíritu Santo. Advierte, pues, que volvió no en persona, sino con la virtud, fortaleciendo y confirmando, como te he dicho, el camino de la virtud, el cual no puede destruirse para aquel que quiere andar por él, porque es firme y estable, y procede de mí, que soy inmutable.

Así que debéis seguir varonilmente este camino sin niebla alguna, sino con la luz de la fe, que os di por vestidura principal en el santo Bautismo. Te he mostrado enteramente y declarado el puente actual y la doctrina, la cual es una misma cosa con el puente. He manifestado también a los ignorantes que tienen abierto el camino, que es la verdad, y en donde están los que la enseñan; y dije que eran los Apóstoles, los Evangelistas, los Mártires, los Confesores y Santos Doctores establecidos en la santa Iglesia como antorchas.

Y te he mostrado y dicho cómo viniendo a mí, volvió a vosotros, no en persona sino con la virtud, esto es, bajando el Espíritu Santo sobre los Discípulos, pues en persona no volverá sino en el último día del juicio, cuando vendrá con mi Majestad y Divino poder a juzgar al mundo, y a premiar a los buenos, y remunerarlos por sus trabajos al alma y cuerpo unidos, y a castigar con pena eterna a los que han vivido mal en el mundo.

Quiero ahora decirte lo que te prometí, esto es, mostrarte los que caminan imperfectamente, quiénes van con perfección, otros que la tienen mayor, y cómo andan los perversos, los cuales se ahogan con su maldad en el río, y pasan a los tormentos eternos. Por lo cual os digo, queridos hijos míos, que vosotros pasáis por el puente, y no por debajo, porque este no es el camino de la verdad sino el de la mentira, por donde van los pecadores inicuos, de los cuales ahora te diré.

Estos son aquellos pecadores inicuos, por quienes te ruego que me supliques, y os pido lágrimas y sudor para que consigan mi misericordia.

CAPITULO TRIGÉSIMO. 

Cómo maravillándose esta alma de la misericordia de Dios cuenta muchos dones y gracias concedidas al linaje humano.

Entonces aquella alma, como fuera de sí por la emoción, no podía contenerse, y estando en la presencia de Dios decía:

—¡Oh eterna misericordia, que cubres las faltas de tus criaturas! No me sorprende que les digas que salgan del pecado mortal y vuelvan a ti, y que tú olvides las ofensas que te hayan hecho. ¡Oh inefable misericordia! No me extraña que llames a los pecadores al arrepentimiento, cuando incluso pides a los que te aman que rueguen por quienes te persiguen, para que tú puedas tener compasión de ellos.

¡Oh misericordia, que brotas del seno de la Divinidad y que con tu poder gobiernas el mundo entero! Fuimos creados por tu misericordia, fuimos redimidos por tu misericordia con la sangre de tu Hijo. Tu misericordia nos sostiene, tu misericordia puso a tu Hijo en el madero de la Cruz, donde la vida y la muerte lucharon entre sí: la vida venciendo a la muerte del pecado, y la muerte corporal quitando la vida al Cordero sin mancha.

¿Quién salió vencido? La muerte. ¿Y cuál fue la causa de su derrota? La misericordia.

Tu misericordia da vida y luz, y por ella se revela tu ternura hacia todas las criaturas, tanto justas como pecadoras. En lo más alto del cielo brilla tu misericordia, en tus santos. Si miro hacia la tierra, también allí abunda tu misericordia. Si bajo a las tinieblas del infierno, incluso allí se muestra tu compasión, pues ni siquiera a los condenados les das todo el castigo que merecen. Con tu misericordia moderas tu justicia.

Por tu misericordia nos lavaste en la sangre de tu Hijo, y por ella quisiste comunicarte con nosotros, tus criaturas. ¡Oh loco de amor! No te bastó tomar carne humana, sino que además quisiste morir por nosotros. Y no fue suficiente morir, sino que también descendiste a los infiernos para sacar de allí a los santos padres y así cumplir tu promesa de verdad y misericordia. Porque tu bondad no puede dejar sin recompensa a los que te sirven con fidelidad. Por eso bajaste al Limbo, para liberar de esa oscura prisión a quienes te habían sido fieles, y darles el fruto de tus sufrimientos.

Tu misericordia va más allá aún: te entregas al hombre como alimento, para que los débiles tengamos consuelo, y los ignorantes y olvidadizos no pierdan la memoria de tus beneficios. Por eso cada día te haces presente en el Sacramento del Altar y en el Cuerpo Místico de la Santa Iglesia.

¿Quién ha hecho esto? Tu misericordia.

¡Oh inefable misericordia! El corazón se ahoga al pensar en ti, y adondequiera que mire, solo encuentro misericordia. ¡Oh Padre eterno, perdona mi atrevimiento al hablar en tu presencia! Pero que me excuse el amor que tengo por tu misericordia ante tu infinita bondad.

CAPITULO TRIGESIMOPRIMERO. 

De la indignidad de los que pasan por el río, esto es, por debajo del puente, y cómo el ánima que pasa por debajo la llama Dios árbol de la muerte, que tiene la raíz en cuatro vicios.

Después de que aquella alma había abierto su corazón y se había sumergido en la misericordia de Dios a través del diálogo, esperaba con humildad que el Señor cumpliera su promesa. Entonces el Señor, tomando sus palabras, le dijo:

—Hija querida, tú has hablado delante de mí sobre mi misericordia, porque quise que la saborearas y la conocieras cuando te dije: Estos son por quienes quiero que me ruegues. Pero debes saber que, por mucho que hayas visto y sentido, mi misericordia es infinitamente mayor que todo eso. Tu visión es limitada e imperfecta; en cambio, mi misericordia es perfecta e infinita. No puede haber comparación alguna, salvo la que hay entre lo finito y lo infinito.

He querido, sin embargo, que pruebes algo de esta misericordia, y que también contemples la dignidad del ser humano, como ya te mostré antes, para que entiendas mejor la miseria y la ruina de aquellos hombres perversos que deciden pasar por debajo del puente.

Abre ahora los ojos de tu entendimiento, y observa a quienes voluntariamente se ahogan en la indignidad a la que han llegado por sus propios pecados. Ellos mismos se han debilitado y vaciado interiormente, porque en el momento en que concibieron el pecado mortal en sus corazones, y luego lo llevaron a la práctica, perdieron la vida de la gracia.

Y así como un cuerpo muerto no siente ni se mueve, a menos que otro lo levante, del mismo modo estos que se han ahogado en el río del amor desordenado al mundo están muertos para la gracia. Por eso, como muertos que son, su memoria no recuerda mi misericordia, su entendimiento no ve ni comprende mi verdad, porque sus sentidos espirituales han muerto.

Quiero decir que su entendimiento ya no se dirige hacia otra cosa que a sí mismo, atrapado por el egoísmo y la sensualidad, y por eso también su voluntad está muerta para mi voluntad, porque ya no ama más que cosas muertas.

Así, al estar muertas estas tres facultades —memoria, entendimiento y voluntad—, también lo están todas sus acciones, tanto las que hace como las que piensa, en lo que respecta a la gracia. Por eso, no puede defenderse de sus enemigos ni ayudarse a sí misma, a no ser que reciba ayuda de mí.

Es cierto que mientras el alma viva en el cuerpo, aunque esté muerta a la gracia, conserva el libre albedrío. Si en ese estado me pide ayuda, puede recibirla. Pero por sí sola, jamás podrá levantarse. Ella misma se ha vuelto insoportable. Queriendo dominar el mundo, ha acabado esclavizada por lo que no es nada: el pecado. Porque el pecado es la nada, y ellos se han hecho siervos de la nada.

Yo los creé como árboles de amor, llenos de vida por la gracia que recibieron en el Bautismo. Pero ellos se convirtieron en árboles de muerte, porque han perdido esa vida. ¿Sabes dónde está la raíz de ese árbol de muerte? En el orgullo soberbio, que se alimenta del amor propio desordenado.

Uno de sus grandes brazos es la impaciencia, y su fruto más cercano es la imprudencia. Estos son los cuatro grandes vicios que matan por completo el alma: soberbia, amor propio sensual, impaciencia e indiscreción. Ellos destruyen al alma, que, como árbol de muerte, ya no da fruto de vida.

Y dentro de ese árbol crece el gusano de la conciencia, que mientras el alma vive en pecado mortal, está ciega por el amor propio, y por eso ni siquiera lo percibe.

Los frutos de este árbol son venenosos, porque se alimentan de la raíz de la soberbia. Y el alma, al volverse esclava, se llena de ingratitud, y de esa ingratitud nacen todos los males.

Pero si el alma fuera agradecida por los dones que ha recibido, me reconocería, y al conocerme a mí, se conocería también a sí misma. Y de ese conocimiento brotaría el amor verdadero. Pero, ciega como está, se deja arrastrar por el río del mundo, sin darse cuenta de que el agua corre... y no se detiene a esperarla.

CAPITULO TRIGESIMOSEGUNDO. 

Cómo los frutos de este árbol son tan diversos cuanto son los pecados, y primeramente sobre el pecado mortal.

Los frutos de este árbol —el árbol de muerte que nace del pecado— producen acciones tan amargas como los propios pecados. Observa algunos de estos frutos: hay quienes se convierten en alimento de las bestias, es decir, personas que viven de forma completamente animal, revolcándose en el lodo de la carnalidad, como si su alma y su cuerpo no tuvieran más valor que el de un ser sin razón.

¡Oh alma que has caído en la brutalidad! ¿Dónde has dejado tu dignidad? Tú, que fuiste creada para ser hermana de los ángeles, te has convertido en un ser irracional, como una bestia.

A tal miseria descienden los pecadores, que, aunque son sostenidos por mí —yo que soy la suma pureza—, ni siquiera los demonios, a quienes han elegido como señores y compañeros, soportan ver una brutalidad semejante. No hay pecado más repugnante ni que oscurezca tanto el entendimiento como este: la lujuria desordenada.

Incluso los antiguos filósofos lo comprendieron, no por la luz de la gracia, porque no la tenían, sino por la misma luz de la naturaleza. Sabían que este pecado deshonesto oscurece el entendimiento y por eso se esforzaban en vivir con castidad y continencia, para poder estudiar y conocer con mayor claridad. Algunos de ellos incluso renunciaban a las riquezas, para que estas no distrajeran ni ensuciaran su corazón.

En cambio, el cristiano ignorante y falso —el que ha perdido la gracia por el pecado— no obra así. Ha caído tan bajo que ni siquiera se preocupa por mantener su alma limpia o su entendimiento claro, y permanece en una ceguera voluntaria, más ciega que los mismos paganos que nunca conocieron la luz del Evangelio.

CAPITULO TRIGESIMOTERCERO. 

Cómo el fruto de algunos otros es la avaricia, y de los males que proceden de ella.

El fruto de algunos otros es como tierra. Me refiero a los codiciosos y avaros, que son como el topo: se alimentan de la tierra hasta morir, y después de la muerte no encuentran ningún remedio. Estos, con su avaricia, desprecian mi riqueza verdadera, vendiendo su tiempo y su alma al prójimo por interés. Son los usureros, que se vuelven crueles, robando sin piedad, porque su memoria no se acuerda de mi misericordia. Si la recordaran, no serían crueles, ni consigo mismos ni con los demás. Al contrario, practicarían las virtudes, vivirían con piedad y ayudarían al prójimo con caridad.

¡Cuántos males vienen de este maldito pecado! ¡Cuántos homicidios, robos, fraudes, injusticias y ganancias ilícitas! ¡Cuánta dureza de corazón hacia el prójimo! Este pecado mata el alma, la vuelve esclava de las riquezas, y así el hombre deja de preocuparse por cumplir mis Mandamientos. El avaro no ama a nadie, salvo por interés propio.

Este vicio nace de la soberbia y, a su vez, la alimenta: uno lleva al otro, y así el alma cae cada vez más bajo. De la soberbia nacen muchos males, especialmente la vanagloria y la vanidad, que son como un humo que surge de un fuego oculto. El orgulloso quiere siempre ser más que su prójimo. También tiene un corazón falso, no sincero ni transparente: dice una cosa con la lengua y guarda otra en el corazón. Oculta la verdad y dice mentiras para su propio beneficio.

De ahí nace también la envidia, que es como un gusano que lo corroe por dentro. La envidia no le deja gozar ni de su propio bien ni del ajeno. Y así, envueltos en tanta maldad, ¿cómo van a compartir sus bienes con los pobres si ni siquiera les importa haber robado lo ajeno? ¿Cómo van a sacar su alma de la suciedad del pecado, si ellos mismos la hunden en ella? A veces llegan a tal brutalidad, que ni siquiera cuidan a sus propios hijos o familiares, y por ellos cometen aún más pecados.

Y sin embargo, mi misericordia los sostiene. No mando a la tierra que los trague, sino que les doy tiempo, esperando que reconozcan sus culpas. Pero dime: ¿cómo van a entregar su vida por la salvación de las almas, si no son capaces ni de desprenderse de sus riquezas? ¿Cómo van a dar amor, si están consumidos por la envidia?

¡Oh, detestables vicios que entierran en la tierra el cielo del alma! La llamo cielo porque yo la hice para ser mi morada. Habitaba en ella por la gracia, escondido en su interior, y me complacía en estar allí por amor. Pero ahora, como una adúltera, se ha alejado de mí: se ama a sí misma y a las criaturas más que a mí, y ha hecho de sí misma un falso dios, persiguiéndome con muchos y variados pecados. Todo esto lo hace porque no recuerda el beneficio de la sangre derramada por ella, sangre ofrecida con un fuego inmenso de amor.

CAPITULO TRIGESIMOCUARTO. 

Cómo la injusticia es el fruto de algunos otros que tienen estado de señorío terreno.

Otros hay que se enorgullecen con el poder y el mando, y en ese estado levantan la bandera de la injusticia, cometiéndola contra mí, su Dios, contra el prójimo y contra sí mismos. Se hacen daño a sí mismos al no practicar la virtud que les corresponde. Me ofenden a mí al no darme el honor debido, ni rendirme la gloria y la alabanza que deben ofrecerme. Como ladrones, me roban lo que me pertenece, y se lo atribuyen a su propia sensualidad, que no es más que una esclava.

Cometen así injusticia contra mí y contra ellos mismos, actuando como ciegos e ignorantes que no me reconocen dentro de sí. Todo esto nace del amor propio desordenado. Así actuaron los judíos y los maestros de la Ley: cegados por la envidia y el amor propio, no reconocieron la verdad en mi Hijo Unigénito, y por eso no vieron la Verdad Eterna que estaba entre ellos. Como dijo mi Verdad: "El Reino de Dios está dentro de vosotros". Pero ellos no lo vieron porque habían perdido la luz de la razón.

Y por eso no me dieron la gloria ni el honor debidos, ni a mí ni a quien es uno conmigo. Por eso, como ciegos, cometieron la injusticia de perseguirlo con todo tipo de desprecios hasta hacerlo morir en la cruz.

Del mismo modo, estos hombres de poder cometen injusticia culpable contra sí mismos, contra mí y contra su prójimo, vendiendo la carne de sus súbditos, y abusando de cualquier persona que se cruza en su camino.

CAPITULO TRIGESIMOQUINTO. 

Cómo por estos y otros defectos se incurre en juicios falsos, y de la indignidad en que se cae.

Por estos y otros defectos caen estas personas en juicios falsos, como te explicaré más adelante. Por eso se escandalizan de mis obras, siendo todas justas y realizadas con verdad, por amor y misericordia. Con ese juicio falso, y el veneno de la envidia y la soberbia, calumniaban también las obras de mi Hijo, y con mentiras decían: “Este hace milagros por el poder de Beelzebub”. Así estos hombres perversos, guiados por el amor propio, la impureza, la soberbia y la avaricia, y asentados en la envidia, en la indiscreción detestable, arrastrados por la impaciencia y muchas otras iniquidades que cometen constantemente, se escandalizan de mí y de mis siervos, juzgando que las obras de su virtud son fingidas.

Y porque su corazón está podrido y su gusto corrompido, lo bueno les parece malo, y la vida desordenada les parece buena.
¡Oh ceguera humana! No reconoces tu dignidad, pues de ser grande te has hecho pequeño, de señor, esclavo, y te has entregado al peor amo que pudiste elegir: el pecado. Te has hecho igual a la cosa a la que sirves. El pecado es nada, y tú mismo te has reducido a la nada, porque has perdido la vida de la gracia y abrazado la muerte del pecado.

Esa vida y señorío te fueron dados por el Verbo, mi Hijo Unigénito, de quien hice este glorioso puente. Cuando eras esclavo del demonio, te saqué de su dominio. Hice siervo a mi Hijo para liberarte de la esclavitud; le impuse la obediencia para borrar la desobediencia de Adán; se humilló hasta la muerte vergonzosa de cruz para destruir la soberbia, y con su muerte aniquiló todos los vicios, para que nadie pudiera decir: quedó algún vicio sin ser castigado ni vencido con su pasión. Como ya te he dicho, hizo de su cuerpo un yunque.

Puse todos los remedios para salvar a los hombres de la muerte eterna, pero ellos desprecian la sangre redentora, y la pisotean con sus afectos desordenados. Esa es la injusticia y el juicio falso de los que acuso al hombre, y por eso será reprendido en el día del Juicio Final. Esto fue lo que quiso decir mi Verdad cuando dijo: “Enviaré al Consolador, que convencerá al mundo de su injusticia y de su falso juicio”. Y así fue acusado cuando envié al Espíritu Santo sobre los Apóstoles.

CAPITULO TRIGESIMOSEXTO. 

Dónde se trata de la palabra que dijo Cristo: Yo enviaré al Espíritu Santo, que argüirá al mundo de la injusticia y del juicio, y que una de estas reprensiones es continua.

Son tres las reprensiones, y la primera fue cuando el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos, como ya te he dicho. Ellos fueron fortalecidos con mi poder, iluminados con la sabiduría de mi amado Hijo, y recibieron la plenitud del Espíritu Santo. Entonces, este mismo Espíritu —que es uno conmigo y con mi Hijo— reprendió al mundo por boca de los Apóstoles, a través de la doctrina de mi Verdad. Y también lo hacen quienes siguen esta verdad, al conocerla por medio de ellos. Esta es la reprensión continua que realizo en el mundo a través de la Sagrada Escritura y de mis siervos, poniendo al Espíritu Santo en sus labios para anunciar la verdad, así como el demonio pone su espíritu en la lengua de sus siervos, los que siguen el camino bajo el puente, es decir, por el río.

Esta es esa dulce reprensión que establezco de forma constante, como te dije, por el intensísimo amor que tengo hacia la salvación de las almas. Por eso, nadie puede decir: “No tuve quien me reprendiera”, porque ya les manifesté la verdad, mostrándoles claramente la virtud y el vicio, su fruto y su daño, para despertar en ellos tanto el amor como el temor santo: el odio al vicio y el amor a la virtud.

Y esta doctrina no les fue revelada por un ángel, para que no puedan excusarse diciendo: “El ángel es un espíritu bienaventurado, no sufre las molestias de la carne como nosotros ni las miserias del cuerpo”. Esa excusa les fue quitada, porque mi Verdad, el Verbo, se hizo carne con vuestra misma humanidad.
¿Quiénes son los que siguieron al Verbo? Hombres mortales y frágiles como vosotros, cuya carne estuvo en constante batalla contra el espíritu, como sucedió con mi Apóstol y Predicador Pablo, y muchos otros santos. Algunos sufrieron unas pasiones y otros, otras. Permití y seguiré permitiendo estas pruebas para aumentar la gracia y la virtud en sus almas.

También nacieron en pecado como vosotros, y se alimentaron del mismo pan, y yo soy el mismo Dios que entonces, con un poder que ni se debilita ni puede debilitarse. Por eso, puedo ayudar, quiero ayudar y sé cómo ayudar a quien desea ser ayudado.

Y el hombre muestra que quiere mi ayuda cuando sale del río y atraviesa el puente, siguiendo la doctrina de mi Verdad. Por eso, no tiene excusa, porque ha sido continuamente reprendido y se le ha mostrado la verdad.
Si no se corrige mientras tiene tiempo, será condenado en la segunda reprensión, que tendrá lugar en la hora de la muerte, y entonces mi justicia proclamará: “¡Levántate, muerto, y ven al juicio!”

Esto quiere decir: tú, que estás muerto a la gracia y llegas a la muerte corporal también muerto espiritualmente, levántate y preséntate ante el Sumo Juez con toda tu injusticia y con tu falso juicio, con la antorcha de la fe apagada. Esa luz la recibiste encendida en el santo Bautismo, y tú mismo la apagaste con el viento de la soberbia y de la vanidad del corazón. Cambiaste la vela de la fe por la del amor propio, que alimentabas con el viento de la reputación personal.

Así corriste por el río de los placeres y las riquezas del mundo, arrastrado por tu voluntad desordenada, siguiendo la carne frágil, las tentaciones del demonio y sus trampas. Él, con la vela de tu propia voluntad, te condujo por el camino de abajo, que es un río caudaloso, y ese mismo río te ha arrastrado hacia la condenación eterna.

CAPITULO TRIGESIMOSÉPTIMO. 

De la segunda reprensión, en la cual se reprende la injusticia y el falso juicio.

Esta segunda reprensión, hija mía muy amada, es una reprensión real y definitiva, porque el alma ya ha llegado al momento último, donde no puede hallar remedio. Es la hora de la muerte, cuando el gusano de la conciencia empieza a roer con mayor intensidad. Antes, el alma no lo sentía por estar ciega debido al amor propio que tenía de sí misma; pero en ese instante final comprende que no puede escapar de mis manos y que, por su propio defecto, ha llegado a tanto mal.

Sin embargo, si el alma tuviese luz para reconocer y dolerse de su culpa —no por el miedo al infierno en que ha caído, sino por respeto a mí, que soy suma y eterna bondad—, aún encontraría misericordia. Pero si llega a la hora de la muerte sin esa luz, sólo con el gusano de la conciencia y sin esperanza en la sangre de mi Hijo, y dominada por sus pasiones, dolerse más de su propio daño que de las ofensas que me hizo, será castigada con condenación eterna.

Entonces será duramente reprendida por mi Justicia, no tanto por la injusticia general y el falso juicio que ha mantenido durante toda su vida, sino especialmente por el juicio particular de ese último momento: juzgar su pecado como mayor que mi misericordia. Este pecado no se perdona ni en esta vida ni en la otra, porque desprecia mi misericordia. Este solo pecado es mayor que todos los otros que cometió.

Así como la desesperación de Judas fue más desagradable para mí y más dolorosa para mi Hijo que la misma traición, también son reprendidos por este falso juicio de considerar su culpa mayor que mi misericordia. Por eso son entregados a los demonios y atormentados eternamente con ellos.

Además, son reprendidos por la injusticia, que consiste en dolerse más de su propio daño que de la ofensa que me hicieron. Cometen injusticia porque no me dan a mí lo que es mío —el amor—, ni a ellos mismos lo que les corresponde: la amargura y la contrición del corazón, ofrecida en mi presencia por sus pecados.

Pero hacen todo lo contrario: se aman a sí mismos con compasión y sienten pena solo por las consecuencias que les esperan, no por haberme ofendido. Por eso cometen injusticia y son castigados por ambas faltas al mismo tiempo.

Al haber despreciado mi misericordia, yo los envío justamente con su cruel esclava, la sensualidad, y con el tirano del diablo, de quien se hicieron siervos a través de esa esclava —su propia sensualidad— para que sean castigados y atormentados juntos, como juntos me ofendieron, por mis ministros, los demonios, a quienes mi Justicia ha puesto para castigar a los malhechores.

CAPITULO TRIGESIMOCTAVO. 

De los cuatro principales tormentos de los condenados, a los cuales siguen los demás.

Hija mía, tu lengua no puede expresar el sufrimiento de esas almas desdichadas. Así como hay tres vicios principales —el amor desordenado de sí mismo, del cual nace el segundo, que es la preocupación por la propia reputación, y de este la soberbia, junto con una falsa justicia y crueldad, y todos los demás pecados impuros e inicuos que de ellos se derivan—, del mismo modo te digo que en el infierno hay cuatro tormentos principales, a los cuales siguen todos los demás.

El primer tormento es verse privados de mi visión beatífica. Esta pena les produce tal dolor que, si pudieran elegir, preferirían sufrir el fuego y los demás castigos con tal de verme, antes que soportar el tormento de no contemplarme. Esta pérdida causa el segundo tormento: el gusano de la conciencia, que los roe sin cesar. Ellos comprenden que han sido privados de mí y de la compañía de los ángeles, y que sólo son dignos de convivir con los demonios y de sufrir la horrible visión de ellos, lo cual representa el tercer tormento.

Así como los santos se alegran siempre con mi presencia, y su gozo se renueva constantemente al ver el fruto de los trabajos que padecieron por mí con tanto amor y humildad, así también, por el contrario, estos miserables sufren un tormento continuo que se renueva con la visión de los demonios. Al verlos, se reconocen mejor a sí mismos: comprenden que, por su culpa, merecen tal castigo. Por eso, el gusano de su conciencia los roe aún más intensamente, y el fuego de esa conciencia jamás deja de arder.

Además, el tormento se intensifica al ver a los demonios en su verdadera figura, tan horrenda que no se puede imaginar. Si tú recuerdas bien, cuando yo te mostré por un breve instante uno de ellos —que no fue más que un momento—, al recobrarte hubieras preferido caminar por un sendero de fuego hasta el día del juicio antes que volver a verlo. Sin embargo, aunque lo viste, no sabes cuán espantoso es en realidad, porque por mi justicia divina esa visión resulta mucho más horrible al alma que está en el infierno, en proporción al peso de sus culpas.

El cuarto tormento es el fuego, que arde sin consumir, porque el alma no es material y no puede ser destruida por él. Pero yo, por mi divina justicia, permito que el fuego la atormente sin cesar. No la consume, pero la abrasa con grandísimos dolores, que varían según la gravedad y la diversidad de los pecados: a unos más, a otros menos.

A estos cuatro tormentos se añaden muchos otros: frío, calor, rechinar de dientes y muchas penas más. Así son atormentadas miserablemente estas almas, después de haber sido reprendidas por su juicio falso y su injusticia en la vida. Como no se corrigieron con la primera reprensión —que fue por medio de mi doctrina y de mis siervos—, y tampoco lo hicieron en la segunda —es decir, en la hora de la muerte—, porque no quisieron esperar en mi misericordia ni dolerse por haberme ofendido, sino solo por la pena que les esperaba, han recibido como castigo la muerte eterna.

CAPITULO TRIGESIMONOVENO. 

De la reprensión que se hace el día del juicio.

Resta ahora hablarte de la tercera reprensión, la cual ocurrirá en el último día del juicio. Ya te he hablado de las dos anteriores; pero para que comprendas cuán engañado vive el ser humano, te hablaré ahora del juicio universal. En ese día, la miserable alma verá aumentada y renovada su pena, al unirse de nuevo con el cuerpo. Esta unión traerá una reprensión intolerable, que causará en ella una confusión y una vergüenza indescriptibles.

Debes saber que, en el último día del juicio, cuando venga el Verbo —mi Hijo— con toda mi majestad divina a reprender al mundo con su poder soberano, no vendrá como lo hizo antes: pobre y humilde, nacido en un establo entre animales, ni muriendo colgado en medio de dos ladrones. En aquel entonces, yo oculté mi poder en Él, dejándole sufrir dolores y tormentos, no porque su naturaleza divina estuviese separada de la humana, sino porque lo permití sufrir como hombre, para que pudiera pagar por vuestras culpas.

Pero en el día final no será así. Vendrá con todo su poder y gloria a juzgar a cada uno según sus méritos. Ninguna criatura podrá evitar temblar ante su presencia. Su sola aparición causará un tormento y un terror tan grandes en los condenados que no hay lengua humana capaz de describirlo. En los justos, en cambio, infundirá un santo temor reverente, lleno de alegría. Esto no será porque Él cambie de rostro o de semblante, pues es inmutable, siendo uno conmigo en su naturaleza divina, y también estable en su rostro humano por la gloria de la Resurrección.

Sin embargo, se mostrará de una manera para los condenados y de otra para los justos. Pero no porque su apariencia cambie, sino por la condición del que lo ve. Los condenados, por tener los ojos del alma llenos de tinieblas y odio, no podrán ver su luz. Es como quien tiene los ojos enfermos: aunque el sol brille con toda su fuerza, no ven más que oscuridad. En cambio, los que tienen los ojos sanos ven la luz tal como es. No es culpa del sol, sino del ojo enfermo.

Así también, los condenados verán a mi Hijo con horror, en tinieblas, confusión y odio, no porque mi Divina Majestad sea tenebrosa o cambie, sino por la malicia y corrupción que hay en ellos.

CAPITULO CUADRAGÉSIMO. 

Cómo los condenados no pueden desear ningún bien.

El odio que sienten los condenados es tan grande, que no pueden querer ni desear ningún bien, y por eso están constantemente blasfemando contra mí. ¿Y sabes por qué no pueden desear el bien? Porque, una vez acabada la vida del hombre, el libre albedrío queda fijado para siempre. Ya no pueden merecer ni cambiar, porque el tiempo de hacerlo ha pasado.

Si una persona muere en mi enemistad, con el peso del pecado mortal, su alma queda eternamente encadenada por mi justicia divina al estado de rechazo, y permanece obstinada en el mal en que murió, consumiéndose y atormentándose en sí misma. Por eso, sus penas se multiplican constantemente, especialmente por causa de aquellos que fueron arrastrados a la condenación por su ejemplo o enseñanza.

Esto puedes entenderlo por la historia del rico avariento que estaba en el infierno y pedía que Lázaro fuera enviado a sus hermanos para advertirles de los tormentos que sufría. Pero no lo hacía por amor o compasión hacia ellos, porque ya estaba privado de la caridad y no podía desearles ningún bien, ni por mí ni por ellos. Ya te he dicho que los condenados no pueden hacer ningún bien a su prójimo, y me blasfeman continuamente porque terminaron su vida en odio hacia mí y hacia toda virtud.

¿Por qué entonces hacía esa súplica? Porque sabía que él había sido la causa de su posible condenación: los había educado en los mismos vicios y maldades en que él vivió. Así que entendía que, si ellos también llegaban allí, él mismo sufriría un castigo más intenso por haber sido el causante de su ruina. Por eso se angustiaba: no por amor, sino porque preveía que sus penas aumentarían aún más al compartir la condena con ellos.

Allí, en ese estado, los condenados se consumen en un odio perpetuo, porque en ese mismo odio terminaron su vida.

CAPITULO CUADRAGESIMOPRIMERO. 

De la gloria de los bienaventurados.

Del mismo modo que el alma justa termina su vida unida a la caridad y al amor de Dios, así permanece unida eternamente. Es cierto que, una vez acabado el tiempo en que podía merecer, ya no puede crecer en virtud, pero sí puede amar eternamente con el mismo amor con que vino a mí. Y con esa medida será medida.

Ese amor con el que llegó a mí nunca deja de desearme, y cuanto más me desea, más se sacia. Y cuanto más se sacia, más me desea. Pero este deseo no causa angustia, ni el gozo produce hastío. Al contrario, es un hambre que se sacia sin dolor, y una plenitud que no cansa. Con ese amor gozan de mi eterna visión, participando del bien que tengo en mí mismo, y doy a cada alma según la medida de su amor.

Estas almas han vivido en la caridad, tanto en la mía como en la del prójimo. Se alegran unos con otros con ese mismo amor, y disfrutan también del bien que tienen los demás, no solo de manera universal, sino con un afecto particular por aquellos con quienes compartieron un amor singular en la tierra. Ese cariño fue motivo de crecimiento en gracia y virtud para ambos, y así, en la vida eterna, conservan ese amor, que se suma al gozo universal.

No pienses que ese bien particular es exclusivo de cada uno, sino que se comparte entre todos los bienaventurados del Cielo, mis hijos muy amados, junto con toda la naturaleza angélica. Por eso, cuando un alma llega a la vida eterna, todos participan de su gozo, y ella del de todos. No porque necesiten crecer o recibir algo más, pues ya están llenos y perfectos, sino por una complacencia y alegría que se renueva al ver cómo mi misericordia ha llevado esa alma a la plenitud de la gracia.

Se regocijan en mí por el bien de los demás, y cada alma goza de la hermosura y dulzura de mi amor en los otros. Sus deseos están siempre en mi presencia, suplicando por la salvación del mundo. Como murieron amando al prójimo, no han perdido ese amor, sino que pasaron por la puerta de mi Hijo Unigénito con ese mismo afecto, y en ese vínculo de amor permanecen eternamente.

Además, están tan conformes con mi voluntad que no pueden querer otra cosa que lo que yo quiero. Su libre albedrío está tan ligado por la caridad, que una vez terminada su vida en estado de gracia, ya no pueden pecar más. Así, si un padre viera a su hijo en el infierno, o un hijo a su madre, no sentirían pesar, sino que estarían contentos de ver que se hace justicia contra mis enemigos, y su voluntad no se aparta de la mía en nada.

El deseo de los bienaventurados es ver mi gloria en los que aún caminan por este mundo, que son como peregrinos en camino hacia la muerte. Por eso, desean vuestra salvación y me ruegan sin cesar por vosotros. Este deseo siempre se cumple de mi parte, si vosotros, ignorantes, no rechazáis mi misericordia.

También desean tener de nuevo su cuerpo, pero este deseo no les causa tristeza, aunque todavía no lo tengan, porque gozan de la certeza de que lo recibirán. Su felicidad es completa, no falta nada a su bienaventuranza. No es que el cuerpo glorificado aumente su gloria, sino que el alma gloriosa comunicará su bienaventuranza al cuerpo cuando se una a él en la resurrección.

El alma, inmortal y establecida en mí, dará al cuerpo su misma gloria. El cuerpo glorificado será inmortal, perderá su peso, será sutil y ligero, podrá atravesar muros, y ni el fuego ni el agua lo dañarán, no por fuerza propia, sino por la virtud del alma. Esta es una gracia que le concedí por amor, al haberla creado a mi imagen y semejanza.

Tus ojos no pueden comprender la grandeza de este gozo; tu oído no puede oírlo, ni tu lengua expresarlo. ¡Qué felicidad sienten al verme, que soy el Sumo Bien! ¡Y qué alegría tendrán cuando sus cuerpos resuciten gloriosos! Aunque ahora carezcan de ellos, no les causa pena, porque su alma ya está plenamente feliz.

Te he hablado también del gozo que experimentará el cuerpo glorificado al contemplar la humanidad de mi Hijo Unigénito. Esa visión les da certeza de su propia resurrección. Se alegran al ver sus llagas, cuyas cicatrices frescas claman constantemente misericordia ante mí, el eterno Padre. Todos se conforman con Él, en cuerpo y alma, y así, estando en Él, están en mí, porque somos uno.

Los ojos glorificados del cuerpo se deleitarán viendo la humanidad resucitada de mi Hijo, porque terminaron su vida en caridad y amor mío. Y ese amor permanece eternamente.

No es que puedan hacer nuevas buenas obras, pero se alegran en las que ya hicieron. No pueden ya merecer, porque sólo en esta vida se gana o se pierde, según la voluntad se use bien o mal. Por eso los justos no temen el juicio de Dios, sino que lo esperan con alegría.

No verán en mi Hijo un semblante terrible ni lleno de odio, sino de amor y misericordia, porque acabaron su vida en mi amor y en el amor al prójimo. No es que Él cambie de rostro cuando venga a juzgar: la diferencia estará en los ojos de quienes lo miren. Para los condenados, parecerá lleno de odio y justicia; para los bienaventurados, será plenitud de amor y alegría.

CAPITULO CUADRAGESIMOSEGUNDO. 

Cómo después del juicio universal se aumentará la pena de los condenados.

Te he hablado de la dignidad y la gloria de los justos para que comprendas mejor la miseria de los condenados. Y esta es otra de las penas que sufrirán los réprobos: ver la bienaventuranza de los santos. La sola vista de los justos aumentará su tormento, así como para los justos el contemplar la condenación de los impíos aumentará su gozo en mi bondad.

Porque la luz se aprecia mejor cuando se la compara con las tinieblas, y las tinieblas se entienden mejor cuando se las ve junto a la luz. Así, a los condenados les servirá de tormento la visión de la gloria que ellos despreciaron.

Esto les ocurre por haber seguido la doctrina del demonio, que es el padre de la mentira. Él es su puerta, y por esa puerta entran a la condenación eterna, como ya te dije.

Así como mis escogidos e hijos van por el camino alto, esto es, por el puente que les lleva a la vida, también estos van por el camino de la mentira, que es agua estancada y muerta. Y así como mis santos entran por la verdad, que es el camino que los conduce a mí —pues mi Verdad dijo: “Nadie va al Padre si no es por mí”—, del mismo modo los condenados van por la puerta de la mentira hacia la perdición.

Yo soy el mar pacífico, y mi Hijo es la puerta que conduce a mí. Pero estos otros caminan por la mentira y beben de esas aguas muertas. Y el demonio, burlándose de ellos, los llama ciegos y locos, porque no se ven a sí mismos, pues han perdido la luz de la fe.

Es como si él les dijera: “El que tenga sed de esta agua estancada, venga a mí, que yo le daré toda la que quiera”.

CAPITULO CUADRAGESIMOTERCERO. 

De la utilidad de las tentaciones, y cómo el alma ve en la hora de la muerte el lugar que le está dispuesto, o la pena, o la gloria.

Hija mía muy querida, comprende que el demonio es ministro de mi justicia: él atormenta a las almas que me han ofendido gravemente. Lo he puesto en esta vida no para que venza a mis criaturas, sino para que ellas lo venzan, y así reciban de mí la gloria de la victoria, manifestando en sí mismas mi poder. Por eso, nadie debe temer ninguna batalla de tentación que el demonio le presente, porque yo los he hecho fuertes, y les he dado una voluntad robustecida con la Sangre de mi Hijo.

La voluntad no puede ser vencida por el demonio ni por ninguna criatura, porque es libre y les pertenece, se las he dado con el libre albedrío. Ustedes pueden usarla como quieran, según les parezca. Esa voluntad es como un arma que ustedes mismos pueden poner en las manos del demonio: en realidad, es como un cuchillo con el que él los hiere y mata. Pero si el hombre no pone ese cuchillo en sus manos, es decir, si no consiente en la tentación ni en sus sugerencias, nunca será culpable de pecado por las tentaciones que sufre. Antes bien, será fortalecido si abre los ojos del entendimiento para ver mi amor, pues es por amor que permito las tentaciones: para que adquieran virtudes y para que estas sean probadas.

Y no se puede alcanzar la virtud sin el conocimiento de uno mismo y de mí. Ese conocimiento se adquiere más perfectamente en tiempo de tentación, porque el alma reconoce entonces que por sí sola no es suficiente, al ver que no puede librarse de las penas y molestias que quisiera evitar. Y me reconoce a mí en su voluntad, que permanece firme por mi bondad, sin consentir en los pensamientos tentadores. Así ve que es mi amor el que permite que padezca, y que el demonio por sí solo es débil y no puede hacer nada sin mi permiso. Yo lo dejo tentar por amor, no por odio, para que ustedes salgan victoriosos y lleguen al verdadero conocimiento de ustedes mismos y de mí.

El demonio, entonces, es como un ministro mío que sirve para atormentar a los condenados en el infierno y para ejercitar y probar la virtud de las almas en esta vida. No que su intención sea probar la virtud, pues no tiene caridad, sino privar a las almas de la virtud. Pero no puede lograrlo si ustedes no quieren. Considera, pues, cuán miserable es el hombre que quiere ser débil, cuando yo lo he hecho fuerte, y él mismo se entrega a los demonios.

Quiero que sepas también que en la hora de la muerte, así como los réprobos durante la vida se sometieron al dominio del demonio —no por fuerza, porque no pueden ser forzados, como ya te he dicho—, sino voluntariamente, así también llegan al final de la vida bajo su poder. Por eso, no esperan otro juicio que el suyo propio, el que les dicta su conciencia. Y, desesperados, entran en la condenación eterna.

Antes de entrar en el infierno, en la hora de la muerte, lo abrazan con odio a la virtud, junto a los demonios, que les dan el pago por sus obras.

De modo contrario, los justos que han vivido en caridad, y mueren en ella, cuando llegan al momento final, si han vivido perfectamente en virtud, iluminados con la luz de la fe y con plena esperanza en la Sangre del Cordero, viendo el bien que les he preparado, lo abrazan con amor antes de morir. Gustan así de la vida eterna antes de que el alma se separe del cuerpo.

Los que han vivido con caridad común, aunque no en gran perfección, también abrazan mi misericordia con esa misma luz de fe y esperanza, aunque en menor grado. Porque aunque fueron imperfectos, abrazan mi misericordia sabiendo que es más grande que sus culpas.

Pero los pecadores impíos hacen lo contrario. Cuando ven el lugar que les está destinado, lo abrazan con odio y desesperación. Así que, ni los unos ni los otros esperan juicio, sino que apenas salen de esta vida, cada uno va directamente al lugar que le corresponde: los réprobos, con desesperación y odio; los perfectos, con amor y con la luz de la fe y esperanza en la Sangre de Jesucristo; y los imperfectos, con fe y misericordia, van al Purgatorio.

CAPITULO CUADRAGESIMOCUARTO. 

Cómo el diablo engaña a las almas con pretexto de algún bien, y las que pasan por el río y no por el puente son engañadas, porque queriendo huir de las penas, caen en ellas; trata también de la visión de un árbol que tuvo esta alma en cierta ocasión.

Te he dicho que los demonios invitan a los hombres a beber el agua muerta, que es la que ellos poseen, y los ciegan con los placeres y entretenimientos del mundo. Usan el anzuelo del placer para atraparlos, disfrazando el mal con apariencia de bien, porque de otra manera no podrían atraparlos, ya que nadie aceptaría el mal si no le ofrecieran algo que pareciera bueno o placentero.

Pero como el alma está cegada por el amor propio y desordenado, no puede distinguir lo que realmente le conviene y le hace bien al alma y al cuerpo. Entonces el demonio, que es muy astuto, al ver que el alma está ciega por ese amor propio, le presenta muchos errores disfrazados con la apariencia de algún beneficio. Se los presenta a cada persona según su condición y según los vicios a los que está más inclinada. Por eso ofrece unas tentaciones a los seglares, otras a los religiosos, otras a los prelados, otras a los gobernantes, y así sucesivamente según los diferentes estados de vida.

Te he dicho esto porque ahora quiero hablarte de aquellos que se ahogan en el río del mundo, que no miran más allá de sí mismos, es decir, que solo viven para su amor propio, ofendiéndome. De ellos quiero contarte su fin. Quiero mostrarte cómo se engañan, porque al tratar de evitar el sufrimiento, terminan cayendo en él.

Como les parece demasiado difícil seguirme —es decir, caminar por el puente que es mi Hijo— se apartan por miedo a las espinas. Esto les sucede porque están ciegos y no conocen la verdad. Ya sabes que desde el inicio de tu vida me suplicaste que tuviera misericordia del mundo y lo sacara de las tinieblas del pecado mortal. ¿Recuerdas que entonces te lo mostré con la figura de una raíz unida a la tierra? Esa raíz simbolizaba mi naturaleza divina unida a vuestra humanidad.

Al pie del árbol había algunas espinas. Todos los que amaban su propia sensualidad, al verlas, se intimidaban, se alejaban y corrían hacia un monte cubierto de vallico (hierba inútil). Ese monte representaba los placeres del mundo. Ese vallico parecía grano verdadero, pero no lo era, y tú viste que muchas almas morían allí de hambre. Sin embargo, otras almas, al darse cuenta del engaño del mundo, regresaban al árbol y atravesaban las espinas, que representaban la deliberación de la voluntad.

Esa deliberación es como una espina, porque mientras uno no decide seguir el camino de la verdad, la conciencia combate por un lado, y la sensualidad por el otro. Pero en el momento en que el alma, con humildad y con odio hacia sí misma, decide decir: “Quiero seguir a Cristo crucificado”, rompe esa espina y encuentra una dulzura inestimable, según su disposición y empeño. Ya sabes que entonces te dije: “Yo soy vuestro Dios inmutable, que no me alejo de ninguna criatura que desee venir a mí”.

Ya les he mostrado la verdad, haciéndome visible a ellos aunque soy invisible, y les he enseñado lo que es amar sin tenerme a mí. Pero ellos, como ciegos cubiertos con la nube del amor desordenado, ni me conocen ni se conocen a sí mismos.

Piensa, entonces, en cuán grande es su engaño: prefieren morir de hambre antes que sufrir la pequeña punzada de una espina. No pueden evitar el sufrimiento, porque en esta vida nadie está sin cruz. Solo los que van por el camino de abajo parecen no llevar cargas, pero no es porque no las tengan, sino porque los trabajos y placeres engañosos se les vuelven como consuelo —aunque en verdad no lo son—.

Ya te dije que, a causa del pecado, el mundo produjo espinas y abrojos, y que el río de la vida corre como un mar impetuoso. Por eso les di un puente, para que no se ahoguen. Te he mostrado cómo el temor desordenado los engaña, y cómo soy vuestro Dios inmutable, que no hago acepción de personas, sino que miro el santo deseo del alma. Y te he explicado todo esto con la figura del árbol que viste.

CAPITULO CUADRAGESIMOQUINTO. 

Cómo el mundo habiendo producido espinas y abrojos por el pecado, quienes sean aquellos a quienes no dañen ni perjudiquen, bien que no haya ninguno que esté en esta vida sin trabajos.

Ahora quiero mostrarte a quiénes hieren y a quiénes no las espinas y abrojos que produjo la tierra por causa del pecado. Y como hasta ahora te he mostrado la condenación de los pecadores, junto con mi bondad, y te he dicho cómo se dejan engañar por su propia sensualidad, quiero explicarte que solo a estos tales —los que viven entregados a su voluntad propia— les dañan las espinas.

Entiende, pues, que nadie en esta vida está libre de sufrimiento, ya sea físico o interior. Mis siervos sufren en el cuerpo, pero su alma está libre. Es decir, no sienten el peso del sufrimiento, porque su voluntad está completamente unida con la mía —y es esa desunión de voluntades la que produce el verdadero dolor en el ser humano.

Pero los que viven dominados por su sensualidad sufren tanto interior como exteriormente. Estos prueban incluso en esta vida un adelanto del infierno, así como mis siervos prueban en esta vida un adelanto del cielo.

¿Sabes cuál es el mayor bien que tienen los bienaventurados? Que su voluntad está completamente llena de lo que desean, que soy Yo. Me desean y me poseen, me ven y me gozan sin ningún obstáculo, porque ya se han librado de la carga del cuerpo, el cual antes era como una ley opuesta al espíritu, impidiéndoles ver la verdad plenamente y contemplarme cara a cara.

Pero una vez el alma ha dejado el cuerpo, su voluntad queda completamente satisfecha, porque al desear verme, me ve; y en esa visión consiste su bienaventuranza. Al verme, me conoce; al conocerme, me ama; y al amarme, me goza. Yo soy el sumo y eterno bien, y el alma al gustarme, se sacia plenamente.

Ese deseo de verme nunca desaparece, pero no causa angustia, sino gozo. Y así como el deseo no se agota, tampoco hay hastío por estar saciado. Por eso te dije que gozar la vida eterna es tener cumplido plenamente el deseo de la voluntad.

También en esta vida mis siervos reciben ya una prenda de esa bienaventuranza, pues me conocen y saborean mi bondad en sí mismos. Tienen el entendimiento iluminado por mí, que soy el ojo del alma. Y ese ojo ve por medio de la santa fe, que es como la pupila del ojo espiritual. Es esta fe la que les permite discernir y seguir el camino de la verdad, que es mi Hijo, el Verbo encarnado.

Sin esta pupila de la fe no podrían ver, igual que un ojo humano no ve si tiene cataratas que le cubren la pupila. Así también el alma que tiene cubierta su fe por el velo de la infidelidad, que nace del amor propio desordenado, aunque parezca que tiene ojos, no ve nada.

Así que, viéndome, me conocen; conociéndome, me aman; y amándome, renuncian a su propia voluntad. Al renunciar a su voluntad, se revisten de la mía, que no quiere otra cosa que su santificación. Entonces vuelven los ojos al mundo y, viendo el camino bajo, deciden subir por el puente (que es Cristo) y pasan por encima de las espinas sin ser heridos, porque llevan los pies calzados con el afecto de mi voluntad.

Por eso te dije que padecen corporalmente, pero no mentalmente, porque han muerto a su voluntad sensible, que es la que causa dolor en la mente. Al haber renunciado a esa voluntad, el dolor se va. Y todo lo que sufren, lo padecen con reverencia afectuosa, teniéndose por dichosos de sufrir algo por mí. No desean otra cosa que mi voluntad.

Y si permito que sean tentados muchas veces por los demonios para poner a prueba su virtud, como te dije antes, ellos resisten con la voluntad fortalecida en mí, se humillan y se consideran indignos de paz y tranquilidad. Se juzgan merecedores de toda aflicción, y así pasan sus sufrimientos con alegría y conocimiento de sí mismos, sin que nada los derribe.

Si padecen tribulaciones de parte de otros hombres, enfermedades, pobreza, cambios de fortuna o incluso la muerte de seres queridos, todo eso son espinas que produce la tierra después del pecado. Sin embargo, ellos las soportan con la luz de la razón y de la santa fe, mirando a mí, que soy la suma bondad y que no puedo querer sino el bien de mis criaturas. Todo lo permito por amor, no por odio.

Cuando reconocen mi amor, vuelven los ojos hacia sí mismos y, al ver sus propios defectos, comprenden con la luz de la fe que el bien debe ser premiado y la culpa castigada. Y como toda culpa ofende a un bien infinito, entienden que toda culpa merece una pena infinita. Por eso consideran una gracia que yo los castigue en esta vida y no en la otra, que es eterna.

Así, expulsan de sí el pecado con contrición de corazón y, a la vez, merecen por su paciencia, y sus sufrimientos son recompensados con un bien infinito. Además, entienden que todos los sufrimientos son breves, ya que el tiempo de esta vida es como la punta de una aguja —casi nada— y, una vez pasado el tiempo, también pasa el sufrimiento.

Por tanto, ellos pisan las espinas, pero no se hieren, porque su corazón ya no está dominado por el amor desordenado, sino que está unido a mí por amor. De este modo, en medio del agua, no se mojan; pisan las espinas y no se lastiman, porque me han conocido a mí, que soy el sumo bien, y me han buscado donde verdaderamente se me encuentra: en el Verbo de mi Hijo Unigénito.

CAPITULO CUADRAGESIMOSEXTO. 

De los males que produce la ceguedad del entendimiento; y cómo las obras buenas, hechas en pecado mortal, no valen para la vida eterna.

Todo esto que te he dicho es para que comprendas mejor cómo estas almas, de las que antes te hablé, reciben en esta vida ya una señal y una prenda del infierno. Ahora quiero explicarte de dónde nace ese engaño y cómo reciben esas arras de condenación.

Debes saber que esto ocurre porque tienen ciegos los ojos del entendimiento debido a la ceguera de la infidelidad, la cual nace del amor propio desordenado. Así como toda verdad se alcanza a través del vínculo de la fe, también la infidelidad y el engaño nacen del amor propio.

Y me refiero a la infidelidad de quienes, habiendo recibido el santo Bautismo —donde se les dio la pupila de la fe en los ojos del alma—, al llegar al uso de razón no se ejercitan en la virtud ni conservan la luz de la fe. Si lo hicieran, darían frutos vivos de virtud hacia el prójimo, como una madre que da a luz un hijo vivo y se lo entrega a su esposo. Así estas almas me ofrecerían obras vivas, siendo yo el esposo de sus almas.

Pero sucede todo lo contrario con estos desgraciados. Cuando alcanzan la edad en que deberían ejercitar la luz de la fe y producir virtudes con vida de gracia, dan a luz obras muertas, porque actúan en pecado mortal, privados de la luz de la fe. Conservan la forma del Bautismo, sí, pero no su luz, porque el pecado —causado por el amor propio— ha cubierto la pupila por la que deberían ver. Por eso se les dice que su fe está muerta: tienen la apariencia de fe, pero no la sustancia.

Y así como un muerto no ve, estos tampoco ven con los ojos del alma, pues su pupila está cubierta. No se conocen a sí mismos ni ven sus propios pecados. Ni siquiera reconocen mi bondad, que los creó y les ha dado todos los bienes que tienen.

Por no conocerme a mí ni a sí mismos, no aborrecen su sensualidad, sino que la aman, y buscan siempre la forma de satisfacer sus deseos. Por eso dan a luz muchos pecados mortales, y no me aman. Al no amarme a mí, tampoco aman lo que yo amo: al prójimo. Y no se complacen en hacer lo que me agrada.

Estas son las verdaderas virtudes que yo deseo ver en vosotros, no porque a mí me hagan algún bien —pues yo soy quien lo ha creado todo, menos el pecado, que no es nada en sí mismo—, sino porque por vuestro propio bien deseo premiaros con la vida eterna. El pecado priva al alma de mí, que soy el sumo bien. Por eso me agrada ver vuestras virtudes: no por necesidad mía, sino por amor a vosotros.

Así que la fe de estos es muerta, porque no tiene obras. Y las obras que hacen no les sirven para la vida eterna, porque están sin gracia. Sin embargo, no debe dejarse de hacer el bien, incluso estando en pecado, porque toda buena obra es premiada de alguna manera, y toda culpa castigada.

El bien hecho en estado de gracia conduce a la vida eterna. El bien hecho fuera de la gracia no da vida eterna, pero puede ser premiado de modos temporales, como te expliqué antes. A veces les doy tiempo para que se arrepientan, o inspiro a mis siervos para que recen por ellos, y gracias a esas oraciones vuelven del mal camino. Otras veces, si no aprovechan el tiempo de conversión ni las oraciones ofrecidas por ellos, entonces yo los premio con bienes temporales, como se hace con los animales que se engordan para el matadero.

Esto mismo pasa con quienes han rechazado mi bondad de todas las formas. Aunque hagan algún bien, si están en pecado y no aceptan mis llamados ni mis auxilios, y son reprobados por sus propios pecados, aún así mi bondad les recompensa esos pequeños servicios con cosas temporales. Pero no se corrigen, y al final llegan al castigo eterno. Por eso, mira qué gran engaño sufren.

¿Y quién los engañó? Ellos mismos. Ellos se arrancaron la luz de la fe viva y caminan a tientas como ciegos, agarrándose a lo primero que tocan. Y como no ven —porque tienen los ojos oscuros—, ponen su afecto en las cosas pasajeras y materiales, y por eso son engañados. Actúan como tontos que solo miran el oro sin ver el veneno escondido.

Así puedes entender que todo lo que han conseguido, poseído y amado en este mundo lo han hecho sin mí y por amor propio desordenado. Tienen la figura de los escorpiones que te mostré al principio de tu vida, después de la visión del árbol. Delante llevaban oro, y detrás, veneno. Pero no había oro sin veneno, ni veneno sin oro. Lo primero que se veía era el oro, y solo podían defenderse del veneno aquellos que estaban iluminados por la luz de la fe.

CAPITULO CUADRAGESIMOSÉPTIMO. 

Cómo pueden observar los mandamientos los que no observan los consejos; y cómo en todo estado acepta Dios la buena voluntad de la criatura.

Te dije que aquellos que están iluminados cortan el veneno de la sensualidad con un cuchillo de doble filo: el odio al vicio y el amor a la virtud por amor a mí. Con la luz de la razón, quienes tienen bienes materiales los usan bien, los poseen con humildad y los reciben como un préstamo, no como propiedad absoluta. En cambio, quienes aspiran a una mayor perfección los desprecian, tanto con el corazón como en la práctica.

Estos observan realmente el consejo que mi Verdad les dejó. Quienes poseen bienes temporales observan los Mandamientos en la práctica, y los consejos espiritualmente. Pero como los consejos están unidos a los Mandamientos, nadie puede cumplir los Mandamientos verdaderamente sin observar también los consejos en el corazón. Esto significa que, aunque se tengan riquezas, deben poseerse con humildad, reconociendo que provienen de mí y que solo las doy mientras sirvan para la salvación del alma.

El hombre debe usarlas como algo prestado. Tanto tienes como yo te doy, y tanto tiempo las tienes como yo te las permito, y esto es porque las cosas creadas deben usarse con libertad de corazón, sin apego desordenado. De esta forma, el alma guarda el mandamiento de amarme sobre todas las cosas y de amar al prójimo como a sí misma. Así, aunque se posean bienes, no se les ama sin mi voluntad, y se observa el consejo de pobreza interiormente, rechazando el veneno del amor desordenado.

Quienes viven así, viven en caridad común. Pero quienes observan tanto los mandamientos como los consejos de forma práctica y espiritual, viven en caridad perfecta. Son como aquel joven del Evangelio que preguntó a Jesús qué debía hacer para tener la vida eterna, y Jesús le respondió: “Guarda los mandamientos”. Cuando el joven respondió que ya los guardaba, Jesús le dijo: “Si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres y sígueme”. Pero el joven se entristeció, porque amaba mucho sus riquezas.

Los que han alcanzado la perfección viven lo que Jesús enseñó: abandonan el mundo con todas sus delicias, mortifican el cuerpo con penitencia, vigilias y oración constante y humilde. Sin embargo, quienes viven en caridad común y no abandonan sus bienes exteriores, no están excluidos de la vida eterna, porque no están obligados a dejarlo todo.

Pero deben usar de las riquezas sin apego, no como esclavos de ellas, sino como señores, y ofrecerme siempre su deseo. Las cosas temporales deben ser amadas no como propiedad personal, sino como préstamo. Porque yo no miro los estados de vida, ni hago acepción de personas, sino que miro los santos deseos del corazón. Por eso, cualquier estado que la criatura elija, si lo vive con una voluntad santa, me es agradable.

¿Y quiénes pueden vivir de este modo? Aquellos que han apartado el veneno de la sensualidad y han ordenado su voluntad con mi santo amor y temor. Estos pueden elegir cualquier estado de vida —matrimonio, posesión de riquezas, autoridad— y en todos pueden alcanzar la vida eterna. Aun así, es cierto que es de mayor perfección dejar todo actual y mentalmente por amor a mí.

Pero si alguien no se siente con fuerza para esta perfección, puede permanecer en la vida común, en el estado que haya elegido, y mi bondad ha dispuesto que ninguno tenga excusa para pecar, pues se puede alcanzar la salvación en cualquier estado. Por eso pueden estar casados, tener hijos, trabajar por ellos, vivir en el mundo, siempre que corten el veneno del amor desordenado, que da muerte eterna.

Y es verdaderamente veneno, porque como el veneno físico infecta el cuerpo y finalmente lo mata si no se vomita a tiempo o se toma medicina, así el escorpión de los placeres mundanos y desordenados envenena el alma. Y aunque los bienes materiales sean buenos —porque fueron creados por mí, que soy suma bondad—, el problema está en el afecto desordenado del hombre hacia ellos.

Ese veneno se cura con la confesión sincera, vomitando el apego del corazón. Y aunque ese remedio sea amargo para la sensualidad, sana el alma. Considera, entonces, cuán engañados viven los hombres: podrían tenerme, podrían evitar la tristeza, podrían gozar del verdadero consuelo, pero prefieren sufrir por un bien aparente. Buscan el oro con amor desordenado, pero no se dan cuenta del veneno escondido.

Están ciegos por la infidelidad, no reconocen el peligro, y aunque están envenenados, no buscan la medicina. Por eso, llevan la cruz del demonio y prueban ya en esta vida las señales del infierno.

CAPITULO CUADRAGESIMOCTAVO. 

Cómo los mundanos no pueden saciarse de las cosas del mundo, y de la pena que les trae su perversa voluntad.

Ya te dije antes que solo la voluntad propia es la que aflige al hombre, y como mis siervos se han despojado de ella y se han revestido de la mía, no sienten ninguna pena que los aflija. Al contrario, están saciados, porque me sienten en sus almas por la gracia. Pero aquellos que no me tienen nunca pueden quedar satisfechos, aunque posean todas las riquezas del mundo, porque las cosas creadas son inferiores al ser humano, ya que fueron hechas para él, y no él para ellas. Por eso, solo yo puedo saciar su corazón.

En cambio, estos infelices, cegados por su egoísmo, se agitan buscando saciedad y jamás la encuentran, siempre desean lo que no pueden tener, porque no me lo piden a mí, que soy quien puede dárselos.

¿Quieres saber qué clase de pena sufren? Ya sabes que el amor produce dolor cuando se pierde aquello que el corazón amaba. Y estas personas han entregado su amor a cosas terrenas de muchas maneras, y por eso se han hecho tierra.

Unos aman las riquezas, otros el poder temporal, otros a sus hijos, otros me pierden a mí por servir a las criaturas. Algunos vuelven su cuerpo una bestia torpe e impura, alimentándose de la tierra —es decir, de lo terrenal— y deseando cosas pasajeras que no pueden durar. Pero estas cosas no son estables, pasan como el viento: o mueren y las pierden, o mi voluntad se las quita.

Cuando pierden aquello que más amaban, sufren penas intolerables, y sufren con tanto dolor como desordenado fue su amor por esas cosas. Si las hubieran tenido como bienes prestados y no como posesiones propias, las dejarían sin angustia.

Por eso sufren, porque desean lo que no pueden tener, ya que, como te dije, el mundo no puede saciar su alma. Y, al no estar saciados, sufren incluso en el deseo.

¿Cuántas penas causa el remordimiento de la conciencia? ¿Cuánto sufre aquel que busca venganza, y se consume en ese deseo, al punto que antes mata su alma que al enemigo? ¿Cuánto sufre el avaro, que por su avaricia vive con necesidad? ¿Y cuánto sufre el envidioso, cuyo corazón es roído sin descanso por la envidia, y no puede alegrarse del bien ajeno?

Así, por cada cosa que aman desordenadamente, sacan pena, y viven llenos de temores desordenados. Por eso llevan la cruz del demonio: prueban ya las señales del infierno en esta vida, y viven como enfermos del alma, sufriendo de muchas maneras. Y si no se corrigen, recibirán después la muerte eterna.

Estos son los que realmente son heridos por las espinas de las tribulaciones del mundo, porque se atormentan a sí mismos con su voluntad propia, que es desordenada. Llevan cruz en el alma y en el cuerpo, porque padecen tanto física como espiritualmente, sin mérito alguno, ya que no sufren con paciencia sino con agitación e impaciencia.

Y como han amado y poseído los bienes del mundo desordenadamente, y están vacíos de gracia y de amor verdadero, se han convertido en árboles de muerte. Todas sus obras conducen a la muerte, y avanzan con gran dolor por el río, hasta ahogarse en el agua muerta, cubiertos de odio, pasando por la puerta del demonio hacia la condenación eterna.

Ya has visto cómo se engañan, y con cuánta pena van al infierno, haciéndose mártires del demonio. También has visto qué es lo que los ciega: la nube del amor propio que cubre la pupila de la fe.

Y has visto cómo, aunque los siervos de Dios sufren tribulaciones en el cuerpo, no son heridos en el alma, porque se conforman con mi voluntad y están alegres de sufrir por amor a mí. Pero los servidores del mundo son heridos por dentro y por fuera, especialmente por el temor de perder lo que poseen, y por el deseo de tener lo que no pueden alcanzar.

No alcanzarías a enumerar todas las demás penas que surgen de estas dos. Así que considera: incluso en esta vida, los justos tienen un destino mucho mejor que los pecadores, cuya vida y final ya te he mostrado completamente.

CAPITULO CUADRAGESIMONOVENO. 

Cómo no es suficiente el amor servil para conseguir la vida eterna más que por medio de este temor servil, se viene al amor de la virtud.

Te digo que hay algunas personas que, al verse maltratadas por las tribulaciones del mundo —las cuales permito para que el alma comprenda que su destino no está en esta vida, y que las cosas terrenales son imperfectas y pasajeras— empiezan a desearme a mí, que soy su fin y el único hacia quien deberían aspirar.

Digo, pues, que al sentirse golpeados de ese modo, comienzan con gran esfuerzo a quitar la nube que los ciega, incluso la que sospechan que se avecina como consecuencia de sus pecados. Así, con este temor servil, empiezan a salir del río, vomitando el veneno que les había dado el escorpión —que es el placer del mundo, disfrazado de oro— y que ellos aceptaron con desorden y sin moderación.

Una vez que reconocen ese engaño, comienzan a levantarse y a dirigirse hacia la orilla del río, con la intención de acercarse al puente. Pero el temor servil no basta para llegar al puente. Porque limpiar la casa del pecado mortal sin llenarla luego de virtud, fundada en el amor y no solo en el miedo, no es suficiente para alcanzar la vida eterna.

Por eso, es necesario que pongan los dos pies en el primer peldaño del puente. Estos "pies" son el afecto y el deseo, que conducen al alma al amor de mi Verdad, que es mi Hijo unigénito. Él es el puente que hice para ustedes. Este es el primer escalón del que te hablé, cuando te dije que mi Hijo había hecho de su cuerpo una escalera.

Es cierto que esto es algo común, y que también lo hacen muchos siervos del mundo, que al principio se mueven por temor al castigo o porque las tribulaciones los vuelven insoportables incluso para sí mismos. Pero aunque esto puede despertar en ellos cierto disgusto por el mundo, solo si ejercitan ese temor bajo la luz de la fe llegarán al amor de la virtud.

Sin embargo, algunos proceden con tanta tibieza, que aunque ya han llegado a la orilla, vuelven a caer muchas veces al río. Son arrastrados por vientos contrarios y sacudidos por las olas del mar tormentoso de esta vida. Si les llega el viento de la prosperidad, y aún no han subido el primer peldaño —es decir, si aún no tienen afecto y amor por la virtud— vuelven atrás y se aferran otra vez a los placeres del mundo con amor desordenado.

Y si les llega el viento de la adversidad, retroceden por impaciencia, porque no han odiado su pecado por haberme ofendido a mí, sino solo por temor al castigo. Fue ese mismo miedo el que los hizo vomitar su antigua vida, pero como la virtud exige perseverancia, y ellos no perseveran, no alcanzan el fin que en un principio desearon. Y sin perseverancia, nunca lo alcanzarán.

Por eso es necesario perseverar si se quiere ver cumplido el deseo de salvación. Has visto cómo muchos de estos vuelven atrás, ya sea por conflictos internos —la lucha entre su sensualidad y su espíritu—, ya sea por amor desordenado a las criaturas, o por impaciencia, o por alguna ofensa recibida de ellas o de los demonios.

Los demonios los combaten con muchas batallas y artimañas, despreciando sus buenas obras para confundirlos, diciéndoles:
"El bien que empezaste no sirve de nada por tus pecados y defectos."
Con esto quieren hacerlos desistir del ejercicio espiritual que habían comenzado.

Otras veces los engañan con presunción vana, diciéndoles:
"¿Para qué esforzarte tanto? Disfruta la vida, y al final, en la hora de la muerte, te arrepentirás y obtendrás misericordia."

Así el demonio les quita el temor saludable con el que habían empezado. Y por todas estas razones vuelven atrás, no son constantes ni perseverantes. Y esto sucede porque no han arrancado de raíz el amor propio y desordenado. Por eso no perseveran. Más aún, presumen de mi misericordia, esperando de ella no como deberían, sino con ignorancia y presunción.

Esperan en mi misericordia mientras la ofenden continuamente, y yo no la di para que me ofendieran, sino para que se defendieran de las trampas del demonio y del desorden de la mente.

Pero ellos actúan al revés: me ofenden usando el brazo de mi misericordia. Y esto les ocurre porque, en la primera conversión que hicieron, cuando fueron tocados por las espinas de las tribulaciones, se levantaron del pecado solo por miedo al castigo, y no por amor a la virtud.

Por eso, al no haberse ejercitado más allá de ese temor, nunca llegaron al amor, y sin amor no hay perseverancia. Y como el alma no es inmutable, si no avanza en virtud, inevitablemente retrocede.

Por eso te digo que quienes no avanzan desde ese temor imperfecto hasta el amor verdadero, terminan por volver atrás.

CAPITULO QUINCUAGÉSIMO. 

Cómo esta alma tuvo mucha amargura por la ceguedad de los que se ahogan en el río.

Entonces, angustiada esta alma por su gran deseo, y al considerar su propia imperfección y la de los demás, se llenaba de dolor al oír y ver tanta ceguera en las criaturas. Había comprendido que la bondad de Dios era tan inmensa, que no había puesto en esta vida ninguna cosa que impidiera la salvación; al contrario, todas servían como medios para ejercitarse y crecer en virtud. Y sin embargo, veía con tristeza cómo tantos pecadores se precipitaban al río por amor propio y por afectos desordenados, y que por no corregirse caían en la condenación eterna.

También veía con pesar que muchos de los que habían comenzado a subir, retrocedían por las razones que había escuchado de la dulce bondad divina, que se había dignado manifestarse a ella. Por todo esto, se encontraba en un gran dolor y amargura. Y fijando los ojos de su entendimiento en el Padre eterno, decía:

“Quisiera que complaciera a tu bondad explicarme el significado de los tres escalones figurados en el cuerpo de tu Unigénito Hijo, y qué se debe hacer para salir por completo de este mar profundo y caminar por el camino de tu verdad. También quisiera saber quiénes son los que suben por esa escala.”

CAPITULO QUINCUAGESIMOPRIMERO. 

Cómo los tres escalones figurados en el puente, esto es, en el Hijo de Dios, significan las tres potencias del alma.

Entonces, mirando la Divina Bondad con ojos de misericordia el deseo y la hambre de aquella alma, decía:

Hija mía muy amada, yo nunca desprecio los santos deseos; antes bien, los acepto con gusto. Quiero declararte y mostrarte lo que me pides. Me pides que te explique los tres escalones y que te diga qué se debe hacer para salir del río y subir al puente. Aunque ya te lo he dicho antes, mostrándote el engaño y la ceguera de los hombres, cómo en esta vida prueban anticipos del infierno como mártires del demonio y después reciben la condenación eterna por sus malas obras, ahora quiero mostrártelo de forma más clara, para satisfacer tu deseo.

Debes saber que todo mal está fundado en el amor propio, que es como una nube que oscurece la luz de la razón, aunque no apague completamente la luz de la fe, porque una se pierde con la otra. Yo creé el alma a mi imagen y semejanza, dotándola de memoria, entendimiento y voluntad. La parte más noble del alma es el entendimiento, y este se mueve por el afecto, el cual recibe fuerza y vigor del mismo entendimiento. Las manos del amor —que son el afecto— llenan la memoria, haciéndola recordar de mí y de los beneficios que ha recibido, y así la mantienen atenta y agradecida. De esta manera, una potencia ayuda a la otra, y el alma se fortalece y se alimenta en la vida de la gracia.

El alma no puede vivir sin amar, pues fue hecha de amor y por amor. Por eso te dije que el afecto mueve el entendimiento, como si dijera: “Quiero amar, porque mi alimento es el amor”. Entonces, el entendimiento, sabiendo que lo mueve el afecto, parece responderle: “Si quieres amar, yo te mostraré lo que puedes amar con más provecho”. Inmediatamente considera la dignidad del alma y la miseria a la que cayó por culpa propia. En esa miseria, el alma experimenta mi inestimable bondad y caridad infinita, y al ver su bajeza, encuentra mi misericordia, pues por ella le di tiempo y la saqué de las tinieblas. Entonces, el afecto se alimenta de amor, y abriendo la boca del santo deseo, se nutre del aborrecimiento de la propia sensualidad, unido a la verdadera humildad y a la paciencia nacida del mismo santo aborrecimiento. Cuando estas virtudes son concebidas, se ponen en práctica, de manera más o menos perfecta, según la medida en que el alma se ejercita en la perfección, como te explicaré luego.

Por el contrario, si el afecto sensitivo se inclina a amar las cosas sensibles, los ojos del entendimiento se fijan sólo en ellas, y como único objeto proponen cosas transitorias, con amor propio, desprecio de la virtud y amor al vicio. De ahí nacen la soberbia y la impaciencia, y la memoria se llena sólo de aquello que el afecto le presenta. Así, este amor enloquece o ciega los ojos del alma, de modo que no disciernen ni ven, salvo con una falsa claridad, que consiste en que el entendimiento, al mirar algo, el afecto lo ama como si fuera un bien aparente. Si no tuviera esa apariencia de bien, el hombre no me ofendería, porque por su misma naturaleza, no puede desear sino el bien. Por eso ama el vicio con apariencia de bien, y esto daña al alma. Pero como los ojos no ven por la ceguera, no reconocen la verdad, y así se equivocan, buscando el bien y el placer donde no los hay. Y como ya te he dicho, sin mí todos los placeres del mundo son espinas llenas de veneno.

Así, el entendimiento se engaña al conocer, la voluntad se equivoca al amar lo que no debe, y la memoria se llena de recuerdos de esas cosas. El entendimiento actúa como un ladrón que roba, y lo mismo hace la memoria, guardando el recuerdo continuo de cosas que están fuera de mí. De esta forma, el alma se priva de la gracia. Y es tan grande la unión de estas tres potencias del alma, que ninguna puede ofenderme sin que me ofendan las otras, porque cada una comunica el bien o el mal a las demás según lo que el libre albedrío elija.

El libre albedrío está vinculado al afecto, y por eso se mueve según le parece, con la luz de la razón o sin ella. Vosotros tenéis unida en mí la razón con el afecto, mientras el libre albedrío no os separe de mí por medio del amor desordenado. También tenéis en vosotros dos partes: la sensualidad y la razón. La sensualidad debe estar al servicio del alma; por eso os la di, para que os ayudara, mediante el cuerpo, a ejercitar y probar las virtudes. El alma es libre; fue redimida con la sangre de mi Hijo y no puede hacerse esclava si no lo consiente con su voluntad, que está unida al libre albedrío.

Cuando el alma une sus potencias con las manos del libre albedrío en mi nombre, entonces se reúnen todas sus acciones, tanto espirituales como temporales, y el libre albedrío se separa de la sensualidad y se une con la razón. Yo estoy entonces en medio de ellas por la gracia. Esto es lo que dijo mi Verdad, el Verbo Encarnado: “Donde estén dos o tres reunidos en mi nombre, allí estaré yo en medio de ellos”. Y así es, porque ya te he dicho que nadie puede venir a mí sino por él. Por eso él se hizo puente con tres escalones, los cuales también están figurados en el alma, como te explicaré después.

CAPITULO QUINCUAGESIMOSEGUNDO. 

Que si las tres potencias del alma no están unidas, no se puede tener perseverancia, sin la cual nadie puede llegar al término deseado.

Te he explicado la figura de los tres escalones en general, refiriéndome a las tres potencias del alma, que son como tres peldaños para subir a la doctrina y al puente de mi Verdad. Si el alma no tiene unidas estas tres potencias, no puede alcanzar la perseverancia, de la cual te hablé antes, cuando me preguntaste qué debían hacer los que querían salir del río, y me pediste que te explicara mejor los tres escalones. Entonces te dije que nadie puede alcanzar su fin sin perseverancia.

Existen dos destinos: virtud y vicio. Ambos requieren perseverancia. Por eso, si deseas llegar a la vida, es necesario que perseveres en la virtud; y quien quiera ir hacia la muerte eterna, persevere en el vicio. Así que, por la perseverancia se llega a mí, que soy la Vida, o se va al demonio, que es el agua muerta.

CAPITULO QUINCUAGESIMOTERCERO. 

Declaranse las palabras que dijo Cristo: Quien tiene sed, que venga a Mí.

Todos vosotros estáis invitados, de manera general y particular, por mi Verdad, cuando él exclamaba en el Templo con ardiente deseo: “Quien tenga sed, que venga a mí y beba, porque yo soy fuente de agua viva.” No dijo: “vaya al Padre y beba”, sino “venga a mí”, porque en mi Padre no puede haber sufrimiento, pero sí en mí, que soy su Hijo. Y mientras vivís como peregrinos en esta vida mortal, no podéis evitar el sufrimiento, ya que la tierra, a causa del pecado, produce espinas, como ya te dije.

¿Y por qué dijo: “venga a mí y beba”? Porque siguiendo su doctrina —ya sea por el camino de los Mandamientos junto con los consejos en el corazón, o cumpliendo ambos actualmente, es decir, con la caridad perfecta o con la caridad común, como ya te expliqué— podéis llegar a él. Siguiendo su enseñanza, encontráis que podéis beber y saborear el fruto de su sangre por la unión de la naturaleza divina con la humana. Y encontrándoos en él, os encontráis en mí, que soy un mar de paz, porque él y yo somos uno mismo.

Así pues, estáis invitados a la fuente del agua viva de la gracia. Es necesario entonces caminar con perseverancia hacia él, a quien yo he hecho puente, de tal modo que ninguna espina, ni viento contrario de prosperidad o adversidad, ni ningún otro dolor que podáis sufrir os haga volver atrás. Más bien, debéis perseverar hasta encontrarme a mí, que soy quien os da el agua viva, y debéis beber por medio de mi Unigénito Hijo, el dulce y amoroso Verbo.

¿Y por qué dice “yo soy la fuente”? Porque él me contiene a mí, que doy el agua viva, al unirse la naturaleza divina con la humana. Por eso dice “venga a mí y beba”, porque vosotros no podéis estar sin pena, y en mí no hay ninguna, pero sí en él. Y como yo hice de él un puente, nadie puede venir a mí si no es por él. Por eso dijo: “Nadie puede llegar al Padre sino por mí.”

Ya has visto cuál es el camino que debéis tomar, y de qué manera: con perseverancia. De otro modo, no podríais beber, porque esta es la virtud que recibe gloria, y es la corona duradera de la victoria.

CAPITULO QUINCUAGESIMOCUARTO. 

Qué modo deben tener los hombres generalmente para poder salir del mar del mundo y pasar por el sobredicho puente.

Ahora quiero explicarte los tres escalones que debéis subir si queréis salir del río, no ahogaros y llegar al agua viva a la que estáis invitados; y para que yo esté en medio de vosotros, porque descanso en vuestros caminos cuando estoy por gracia en vuestras almas.

Es necesario, para caminar por este camino, tener sed, porque sólo son invitados los que la tienen, según está dicho: “quien tenga sed, venga y beba”. El que no tiene sed no persevera, ya sea por el sufrimiento o por el placer, y no se preocupa por llevar el vaso con el que puede sacar el agua, ni busca compañía; y quien está solo, no puede avanzar y por eso vuelve atrás cuando siente las espinas de las persecuciones, porque se ha vuelto mi enemigo. Tiene miedo porque está solo, pero si tuviera compañía no tendría ese temor; y si hubiera subido los tres escalones estaría seguro, porque no estaría solo.

Es pues necesario tener sed y unirse con otros, como él dijo: “donde estén dos o tres reunidos en mi nombre, allí estaré yo en medio de ellos.” ¿Por qué dice dos o tres? Porque no puede haber dos sin que haya tres, ni tres sin que haya dos, ni dos sin que haya más. Uno solo queda excluido de que yo esté en medio de él, porque no tiene compañía para que yo esté presente; y ese uno se reduce a nada, porque el que está en el amor desordenado de sí mismo está solo. ¿Por qué está solo? Porque está separado de mi gracia y del amor al prójimo, y al estar alejado de mí por su culpa, se vuelve nada, porque yo soy el que soy.

Así que el que está solo, centrado en sí mismo, no es mirado por mi Verdad ni me es acepto. Por eso se dice: si dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estaré yo en medio de ellos. Como te dije, donde hay dos hay tres, y no puede haber tres sin dos. Ya sabes que los Mandamientos de la Ley se resumen en dos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Si estos dos no se cumplen, ninguno se cumple. Este es el principio, el medio y el fin de los Mandamientos.

Pues bien, dos no pueden estar reunidos en mi nombre sin que estén también las tres potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad. La memoria guarda mis beneficios y mi bondad, el entendimiento contempla el amor inefable que os mostré por medio de mi Hijo, y la voluntad se une a las otras dos, amándome y deseándome como su fin. Cuando estas tres potencias están unidas, yo estoy en medio de ellas por gracia, y entonces el alma está llena de caridad hacia mí y hacia el prójimo, y se ve acompañada de muchas virtudes reales.

Así el deseo del alma se dispone a tener sed, una sed de virtud, de mi gloria y de la salvación de las almas. Todas las otras sedes están apagadas en ella, y camina segura, sin temor servil, habiendo subido el primer escalón: el del afecto. Porque el alma, despojada del amor propio, se eleva por encima de sí misma y de las cosas del mundo, amándolas y teniéndolas sólo si es por mí, y no sin mí, esto es, con santo y verdadero temor y amor a la virtud.

Entonces ve que ha subido el segundo escalón: la luz del entendimiento, que se contempla a través del amor profundo a mí en Cristo crucificado, en quien, como en un espejo, os he mostrado mi rostro. Por eso encuentra paz y quietud, porque la memoria está llena, no vacía de mi caridad. Sabes que cuando una vasija está vacía, suena al tocarla; pero si está llena, no hace ruido. De igual modo, cuando la memoria está llena de la luz del entendimiento y del afecto lleno de amor, al ser tocada por tribulaciones o placeres del mundo, no suena con alegría desordenada ni hace ruido por impaciencia, porque está llena de mí, que soy todo bien.

Después de haber subido, el alma entra en esta santa unión. Cuando la razón posee los tres escalones de las potencias del alma, como te he dicho, y están reunidas en mi nombre, es decir, en el amor a mí y al prójimo, y la memoria retiene, el entendimiento ve, y la voluntad ama, el alma se encuentra acompañada por mí, que soy su fortaleza y seguridad, y acompañada también por la virtud. Así camina segura, porque yo estoy en medio de ella.

Entonces se mueve con ansioso deseo de seguir el camino de la verdad, en el cual encuentra la fuente de agua viva, y experimenta alegría por mi gloria y por su salvación y la del prójimo. Por eso desea el camino, porque sin él no podría llegar al final. Y entonces lleva el vaso del corazón vacío de afectos y de todo amor desordenado por las cosas del mundo, y tan pronto como está vacío, se llena, porque nada puede estar vacío: si no está lleno de materia, lo está de aire. Así también el corazón, que es un vaso, no puede estar vacío. Cuando se vacía de las cosas transitorias por amor desordenado a ellas, se llena de aire, es decir, del amor divino y celestial, con el cual llega al agua de la gracia. Y habiendo llegado, pasa por la puerta de Cristo crucificado, y saborea el agua viva, encontrándose en mí, que soy mar de paz.

CAPITULO QUINCUAGESIMOQUINTO. 

Recapitulación de algunas cosas dichas arriba.

Hasta aquí te he mostrado, en términos generales, el modo que debe seguir toda criatura dotada de razón para poder salir del mar agitado del mundo, no hundirse en él, y evitar la condenación eterna. También te he explicado los tres escalones generales, que corresponden a las tres potencias del alma, y cómo nadie puede subir un escalón sin que suba también los otros dos. Te hablé de aquellas palabras que dijo mi Verdad: "cuando estén dos o tres reunidos en mi nombre", lo cual representa la unión de las tres potencias del alma, que se alinean con los dos mandamientos principales de la Ley: el amor a mí sobre todas las cosas, y el amor al prójimo como a uno mismo.

Cuando esa unión se da en mi nombre, entonces se sube la escalera, y de inmediato nace la sed del agua viva. Y es por esa sed que el alma se pone en movimiento, cruzando el puente, siguiendo la enseñanza de mi Verdad, que es ese mismo puente. Entonces vosotros avanzáis, respondiendo a la voz del que os llama, cuando clamaba en el Templo diciendo: “Quien tenga sed, venga a mí y beba, porque yo soy fuente de agua viva.”

Te he explicado lo que él quiso decir con estas palabras, y cómo deben entenderse, para que conozcas mejor la grandeza de mi amor y la vergüenza de aquellos que, por el camino del demonio, se precipitan hacia el agua muerta. Ya has visto y oído lo que me preguntabas sobre el camino que deben seguir los que no quieren ahogarse, y te he dicho que deben subir por el puente. En ese camino van unidos en el amor al prójimo, trayendo hacia mí su corazón y su afecto como si fuera un barco, y yo doy ese amor a quien me lo pide, siempre que siga con perseverancia el camino de Cristo crucificado hasta la muerte.

Este es el camino que debe seguir todo ser humano, sin importar el estado de vida en el que se encuentre. Nadie puede poner excusas para no recorrerlo; más bien, todos pueden y deben hacerlo. Nadie puede justificar su desvío diciendo: "tengo tal ocupación", "tengo hijos" o "tengo otras responsabilidades del mundo", y por eso no puedo seguir ese camino. Tampoco son válidas las excusas basadas en las dificultades, porque ya te he dicho que cualquier estado es agradable y aceptable si se abraza con buena y santa voluntad.

Todo lo bueno y perfecto viene de mí, que soy la suma bondad, y todo lo que he creado, lo hice para que encontréis en ello la vida, no la muerte. Es algo muy sencillo, porque no hay nada tan liviano ni tan dulce como el amor. Y lo que os pido no es otra cosa que amor: amor hacia mí y hacia el prójimo.

Este amor se puede vivir en cualquier momento, lugar o estado de vida, amando y usando todas las cosas para alabanza y gloria de mi nombre. Ya sabes que te he dicho que, por causa del engaño propio y por caminar sin luz, vistiéndose del amor egoísta y amando las criaturas y las cosas creadas fuera de mí, esas almas viven atormentadas incluso en esta vida, siendo un peso insoportable para sí mismas. Y si no se levantan con el método que te he explicado, acabarán en la condenación eterna.

Te he dicho ya de qué modo debe comportarse todo ser humano en general.

CAPITULO QUINCUAGESIMOSEXTO. 

Cómo queriendo Dios mostrar que los tres escalones del puente están significados en los tres estados del alma, esta pide a Dios que la levante sobre si a ver la Verdad.

Porque antes te he explicado cómo caminan aquellos que viven en la caridad común —es decir, los que guardan los Mandamientos y siguen los consejos de manera interior—, ahora quiero hablarte de los que ya han empezado a subir la escalera y caminan por el sendero de la perfección, cumpliendo los Mandamientos y los consejos activamente, en tres estados distintos, que ahora te voy a mostrar y explicar en detalle.

Tres son los grados y estados del alma, y también tres los escalones, que antes te describí en general como las tres potencias del alma. De estos tres estados, uno es imperfecto, otro perfecto, y el último, perfectísimo. El primero corresponde a mi siervo mercenario; el segundo, a mi siervo fiel; y el tercero, al hijo que me ama sin esperar nada a cambio.

Estos tres estados pueden existir en diferentes personas, pero también pueden darse sucesivamente en una misma persona, cuando avanza con diligencia por este camino, aprovechando bien el tiempo y creciendo en santidad. De esta forma, puede pasar del estado de siervo al de libre, y de este al de hijo.

Levántate sobre ti misma y abre los ojos de tu entendimiento. Mira cómo van pasando estos peregrinos en su camino: algunos caminan aún con imperfección por la senda de los Mandamientos, mientras otros los cumplen de manera más perfecta y además practican los consejos evangélicos.

Entonces verás de dónde nace la imperfección y cuán grande puede ser el engaño que el alma se hace a sí misma, precisamente porque no ha arrancado de raíz el amor propio. Y comprenderás que, sea cual sea el estado en el que se encuentre una persona, es siempre necesario cortar de raíz este amor desordenado a sí mismo.

CAPITULO QUINCUAGESIMOSÉPTIMO. 

Cómo mirándose el alma en el Divino Espejo, veía andar las criaturas de varias maneras.

Entonces, angustiada por el ardiente deseo que la consumía, aquella alma se contemplaba en el dulce y divino Espejo —que es Dios mismo—, y desde allí veía cómo las criaturas caminaban de formas muy distintas, con diversas intenciones, tratando de alcanzar su fin.

Veía que algunas apenas comenzaban a subir, impulsadas por el temor servil, es decir, por el miedo al castigo que sufrían. Otras, en cambio, ejercitando ese primer temor, lograban avanzar hacia un temor más perfecto. Pero eran muy pocas las que llegaban a alcanzar una gran perfección.

CAPITULO QUINCUAGESIMOCTAVO. 

Que el temor servil no es suficiente para alcanzar la vida eterna , y que la ley del temor y la del amor están unidas entre sí.

Entonces la eterna bondad de Dios, queriendo satisfacer el deseo del alma, le dijo:

“Mira a esos que se levantan del vómito del pecado mortal movidos solo por el temor servil. Pero si no se levantan también por amor a la virtud, ese temor por sí solo no les basta para alcanzar una vida duradera. El temor tiene valor solo si va acompañado del amor, porque la ley está fundamentada tanto en el amor como en el santo temor.

La antigua Ley que di a Moisés estaba basada en el temor: cuando se cometía una falta, se sufría la pena. Pero la nueva Ley, la que dio mi Hijo unigénito, está fundada en el amor. Esta no elimina la antigua, sino que la cumple y la perfecciona. Por eso, mi Verdad —mi Hijo— dijo: ‘No he venido a abolir la Ley, sino a cumplirla’.

Él unió la ley del temor con la del amor, y fue el amor el que quitó la imperfección del temor —ese temor que solo busca evitar el castigo—, dejando solo el temor verdadero, que es el temor de ofenderme, no por miedo al castigo, sino por amor a mí, que soy suma bondad.

Así, la ley imperfecta se perfeccionó por medio del amor. Desde que vino el carro de mi Hijo, trayendo el fuego de mi caridad para encender vuestra humanidad con su infinita misericordia, ya no se castigan de inmediato las faltas cometidas, como ocurría bajo la Ley de Moisés. Ahora no es así: no es que las culpas no se castiguen, sino que el castigo se reserva para después de esta vida, cuando el alma se separe del cuerpo, si la persona no ha satisfecho antes por medio de una contrición perfecta.

Por eso, mientras el hombre vive, es tiempo de misericordia. Pero una vez muerto, será tiempo de justicia. Así que es necesario que el hombre pase del temor servil al amor y al santo temor de Dios. Si no lo hace, caerá sin remedio al río, y se ahogará en las aguas de las tribulaciones o en las espinas disfrazadas de consuelos, que son en verdad espinas que hieren el alma cuando las ama y las posee desordenadamente.”

CAPITULO QUINCUAGESIMONOVENO. 

Cómo ejercitándose en el temor servil, por el cual se entiende el primer escalón del puente, se llega al segundo.

Ya te dije que nadie podía cruzar el puente ni salir del río si no subía los tres escalones, y así es realmente. Unos los suben de manera imperfecta, otros de forma perfecta, y otros con perfección suprema.

Por ejemplo, los que se mueven por temor servil suben los escalones de forma imperfecta. ¿Cómo? Cuando el alma considera el castigo que merece por su culpa, la memoria se esfuerza en rechazar el vicio; el entendimiento contempla la pena merecida por el pecado, y por eso la voluntad se inclina a rechazarlo. Este es el primer escalón, pero debe trabajarse bien, con la luz del entendimiento iluminado por la santísima fe, no solo considerando el castigo, sino también los frutos de la virtud y el amor que yo le tengo al alma. Así, puede subir con amor, con los pies del afecto, dejando atrás el temor servil.

Cuando el alma lo hace así, se convierte en un siervo fiel, que me sirve por amor y no por miedo. Y si además, con odio santo, se esfuerza por arrancar de sí la raíz del amor propio, y si es constante, prudente y perseverante, llegará al siguiente nivel.

Pero muchos empiezan de forma tan tibia, haciendo lo que deben con tanta imperfección, negligencia o ignorancia, que pronto se desaniman. Cualquier pequeño viento los mueve de un lado a otro, y abandonan el camino que habían empezado. Es decir, como han subido de forma imperfecta el primer escalón —Cristo crucificado— no logran llegar al segundo grado, que es el del corazón.

CAPITULO SEXAGÉSIMO. 

De la imperfección de los que aman y sirven a Dios por su propia utilidad y consuelo.

Hay algunos que se hicieron siervos fieles, es decir, que me sirven fielmente, no por temor al castigo, sino por amor a la justicia. Pero este amor que tienen —de servirme por su propio beneficio, por el consuelo o placer que encuentran en mí— sigue siendo imperfecto.

¿Y sabes cómo se nota que ese amor es imperfecto? Se nota cuando se ven privados de los consuelos que recibían de mí: entonces ese amor se enfría, y también se enfría su amor al prójimo. Muchas veces no perseveran y se debilitan si, para hacerlos crecer en virtud y sacarlos de esa imperfección, les retiro los consuelos del alma. Esto lo hago para que lleguen a ser perfectos, para que se conozcan a sí mismos, descubran su pequeñez y comprendan que sin mí no pueden nada. Así, buscándome en medio de las pruebas, reconociéndome como su benefactor, vengan a mí con verdadera humildad.

Por eso les doy consuelos, se los prometo y luego se los retiro; pero no les quito mi gracia. Aun así, cuando esto ocurre, muchos se enfrían espiritualmente, y con impaciencia abandonan sus ejercicios. A veces lo hacen con excusas que suenan piadosas, diciendo cosas como: “¿De qué sirve hacer estas obras, si no siento ningún consuelo?”. Pero quien dice eso actúa con imperfección, porque no ha quitado el velo del amor propio espiritual que le cubre los ojos de la fe.

Si realmente lo hubiese quitado, sabría que todo lo que sucede viene de mí, y que ni una hoja cae del árbol sin mi providencia. Comprendería que todo lo que doy o quito es para su santificación, y que su meta es alcanzar el fin para el cual fue creado. Debería saber que no quiero otra cosa que su bien, y que por eso lo lavé con la sangre de mi Unigénito Hijo. En esa sangre pueden reconocer mi verdad: que los he creado a mi imagen y semejanza, y los he regenerado a la vida de la gracia, haciéndolos hijos adoptivos.

Pero porque son imperfectos, me sirven por interés, y por eso se enfrían también en el amor al prójimo. Los primeros (los siervos temerosos) fallan por miedo al sufrimiento; estos segundos, en cambio, desfallecen cuando ya no encuentran provecho o consuelo. Se apartan de la caridad, y si no reconocen su imperfección y no desean avanzar hacia la perfección, inevitablemente terminarán retrocediendo.

Por eso es necesario que quienes quieran alcanzar la vida eterna me amen sin buscar su propio interés. No basta con huir del pecado por miedo al castigo, ni con abrazar la virtud por conveniencia personal. Se debe odiar el pecado porque me ofende a mí, y amar la virtud por amor a mí, no por el beneficio que se pueda obtener.

Es cierto que este temor a pecar es común a todos los que están empezando, porque antes de ser perfecta, el alma es imperfecta. Pero debe avanzar hacia la perfección, viviendo con corazón puro y sencillo, amándome desinteresadamente. Y si no lo logra durante su vida, al menos debe reconocer su imperfección al final, con el propósito firme de servirme por amor, si tuviera más tiempo.

Así era el amor que San Pedro tenía por Jesús, mi Hijo dulce y único. Gozaba con la dulzura de su trato, pero cuando llegó la tribulación, le faltó valor: temió no solo el sufrimiento, sino que llegó a jurar que no lo conocía. Por eso, un alma que sube esta escalera solo con temor servil y amor interesado, cae en muchas dificultades.

Esa alma debe levantarse y llegar a servirme como un hijo, sin buscar su propio beneficio. Yo recompenso a todos según su estado y su esfuerzo. Si no abandonan sus ejercicios de oración y buenas obras, y perseveran creciendo de virtud en virtud, llegarán al amor de hijos, y yo los amaré como tales. Porque yo amo con el mismo amor con que soy amado.

Si me aman como un siervo ama a su señor, yo los recompenso como Señor. Pero no me les revelo del todo, porque los secretos no se muestran al siervo, sino al amigo, que está unido íntimamente a su amigo. Sin embargo, un siervo puede crecer en virtud y amor hacia su Señor, y convertirse en su amigo.

Y eso es lo que sucede con estos siervos: si, reconociendo su imperfección, desean la virtud y arrancan de sí el amor propio espiritual, y si examinan su conciencia y corrigen los impulsos del temor servil y del amor interesado con la luz de la santa fe, entonces llegarán al amor de amistad. Y me les manifestaré, como dijo mi Verdad: “Los que me aman serán uno conmigo, y yo con ellos, y me manifestaré a ellos”.

Esta es la verdadera unión de los que se aman: dos cuerpos, pero una sola alma, porque el amor transforma al amante en la cosa amada. Si dos amigos tienen una sola alma, no hay secretos entre ellos. Por eso dijo mi Verdad: “Vendremos a él y haremos en él morada”. Y así es la verdad.

CAPITULO SEXAGESIMOPRIMERO. 

De qué manera se manifiesta Dios a sí mismo al alma que le ama.

¿Sabes cómo me manifiesto al alma que verdaderamente me ama y que sigue la doctrina de este dulce y amoroso Verbo? Le manifiesto mi virtud de muchas maneras, según el deseo que ella tenga; pero hay tres que son las principales. La primera es que le muestro mi afecto y mi verdad por medio del Verbo, mi Hijo, cuyo amor de caridad se manifestó en la sangre derramada con un amor tan encendido. Esta caridad se manifiesta de dos formas. Una es general, y alcanza a todos los que viven en la caridad común, y se muestra en ellos al conocer y experimentar mi caridad en los muchos y diversos beneficios que reciben de mí. La otra es particular, a aquellos que se han hecho amigos, superando los límites de la manifestación de la caridad común, la cual conocen, saborean y experimentan en sus almas.

En estos mismos se da también la segunda manifestación de la caridad, mostrándome a ellos por el afecto del amor, no porque yo haga acepción de personas, sino por sus santos deseos; sin embargo, me manifiesto en el alma según la perfección con que me busca. Y así, algunas veces me manifiesto —y esto corresponde al segundo grado— dándoles espíritu de profecía, mostrándoles las cosas por venir de muchos y diversos modos, según la necesidad que veo en ella y en otras criaturas. Otras veces —y esta es la tercera manera— me manifiesto en su mente, haciéndoles conocer la presencia de mi Verdad, mi Unigénito Hijo, de muchas maneras, según lo que el alma quiera y desee.

Porque a veces me busca en la oración, queriendo conocer mi poder, y yo la satisfago, haciéndole gustar y sentir mi virtud. Otras veces me busca en la sabiduría de mi Hijo, y yo la satisfago, poniéndolo por objeto ante los ojos de su entendimiento. Y otras veces me busca en la clemencia del Espíritu Santo, y entonces les hago gustar, por medio de mi Verdad, el fuego de la divina caridad, concibiendo así las virtudes reales y verdaderas, fundadas en la caridad pura hacia el prójimo.

CAPITULO SEXAGESIMOSEGUNDO. 

Porqué no dijo Cristo: Yo manifestaré a mi Padre, sino Yo manifestaré a mí mismo.

Ves entonces que mi Unigénito dijo la verdad cuando afirmó: “El que me ame, será una cosa conmigo,” porque siguiendo su doctrina, movidos por el afecto del amor, están unidos en él, y estando unidos en él, están también conmigo, porque somos una misma cosa. Por eso, si mi Unigénito dijo: “Yo me manifestaré a vosotros,” dijo la verdad, porque al manifestarse a sí mismo me manifiesta a mí, y al manifestarme a mí, se manifiesta él.

Pero por tres razones especiales no dijo: “Yo manifestaré a mi Padre.” La primera es que quiso dejar claro que yo no estoy separado de él, ni él de mí, y por eso respondió a San Felipe cuando este le dijo: “Muéstranos al Padre y nos basta.” Y él contestó: “El que me ve, ve al Padre, y el que ve al Padre, ve a mí.” Dijo esto porque era una cosa conmigo, y lo que él tenía, lo tenía por mí y no por él. Por eso también dijo a los judíos: “Mi doctrina no es mía, sino de mi Padre que me envió,” pues mi Hijo procede de mí, y no yo de él, aunque soy una cosa con él y él conmigo. Por eso no dijo: “Yo manifestaré al Padre,” sino “Yo me manifestaré,” porque soy una cosa con el Padre.

La segunda razón fue porque al manifestarse a vosotros, no manifestaba más que lo que había recibido de mí, que soy su Padre, como si dijese: “El Padre se manifestó a mí,” porque soy una cosa con él, y “yo me manifestaré y os lo manifestaré a vosotros,” por medio de mí mismo.

La tercera razón es que, siendo yo invisible, no puedo ser visto por vosotros, que sois visibles, sino cuando estéis separados de vuestros cuerpos. Entonces me veréis a mí, que soy vuestro Dios, cara a cara, y veréis intelectualmente al Verbo de mi Hijo hasta la resurrección universal, cuando vuestra humanidad se conforme con la humanidad del Verbo, según te expliqué arriba en el tratado de la Resurrección: por eso no podéis verme como soy. Y por eso cubrí la naturaleza divina con el velo de vuestra humanidad, para que pudierais verme; por eso, siendo yo invisible, me hice como visible, dándoos el Verbo de mi Hijo, cubierto con el velo de vuestra humanidad, y así él se manifiesta a vosotros.

Y por eso no dijo: “Yo manifestaré al Padre,” sino “Yo me manifestaré a vosotros,” como si dijese: “Me manifestaré a vosotros según lo que me ha dado mi Padre.” Así que mira cómo en esta manifestación, al manifestarse a sí mismo, me manifiesta a mí. También has oído por qué no dijo: “Yo os manifestaré al Padre”: porque no es posible que vosotros me veáis en carne mortal, como ya te dije, y porque él es una cosa conmigo.

CAPITULO SEXAGESIMOTERCERO. 

Cómo sube el alma al segundo escalón del puente, habiendo ya subido el primero.

Ahora has visto la excelencia de quien ha llegado al amor de amigo. Este ya ha levantado el pie del afecto y ha llegado a lo oculto del corazón, es decir, al segundo de los tres escalones, que están simbolizados en el cuerpo de mi Hijo. Te dije que estos tres estados estaban representados en las tres potencias del alma, y ahora los pongo para significar los tres estados del alma.

Pero antes de declararte el tercer estado del alma, quiero explicarte cómo se llega a ser amigo y, haciéndose hijo, alcanza el amor filial, y cómo se reconoce que alguien se ha hecho amigo. Primero te diré cómo ha llegado a ser amigo.

Este, que antes era imperfecto y estaba en el temor servil, ejercitándose y perseverando llega al amor agradable y útil, encontrando en mí utilidad y placer. Este es el camino, y por él necesariamente pasa quien desea alcanzar el amor perfecto, es decir, el de amigo y de hijo. Digo que es perfecto el amor filial porque recibe dicho amor de la herencia de mi eterno Padre, y dado que el amor del hijo no está sin el amor de amigo, por eso te dije que de amigo se había hecho hijo. Pero, ¿de qué manera llegó a él? Atiende.

Toda perfección y toda virtud procede de la caridad, y la caridad se alimenta con la humildad, que a su vez nace del conocimiento y del santo odio de sí mismo, esto es, de la propia sensualidad. Quien llega a este grado debe permanecer y perseverar en la celda del conocimiento de sí mismo, y así conocerá mi misericordia en la sangre de mi Unigénito Hijo, trayendo a sí, con deseo y afecto, mi caridad divina, ejercitándose en destruir toda perversa voluntad espiritual y temporal, y refugiándose en la casa del conocimiento propio, como hicieron Pedro y los otros discípulos después de que negó a mi Hijo y lloró; pero su llanto todavía era imperfecto y así fue hasta los cuarenta días después de la Ascensión.

Pero después que volvió a mí mi Verdad según su humanidad, entonces Pedro y los otros se escondieron en la casa, esperando la venida del Espíritu Santo, como mi Verdad les había prometido. Estaban encerrados por el temor que siempre tiene el alma hasta que llega al verdadero amor.

Sin embargo, perseverando en vigilias, en oración continua y humilde, recibieron la abundancia del Espíritu Santo; y entonces, desechado el temor, iban predicando a Cristo crucificado. Así, el alma que ha querido o quiere llegar a esta perfección, después de levantarse del pecado mortal y reconocerse, comienza a llorar por el temor de la pena y se eleva a la consideración de mi misericordia, donde halla deleite y utilidad.

Digo pues que este estado es imperfecto, y yo, para hacerla llegar a la perfección, después de cuarenta días, es decir, tras estos dos estados, me retiro del alma, no en gracia, sino en sentimiento. Esto fue lo que declaró mi Verdad cuando dijo a los discípulos: “Iré y volveré a vosotros.” Todo lo que decía era en particular a los discípulos, y en general a todos los presentes y futuros, es decir, a los que habrían de existir. Dijo: “Yo me iré y volveré a vosotros,” y así fue, porque al venir el Espíritu Santo sobre los discípulos, después volvió, como ya te he dicho.

El Espíritu Santo no vino solo, sino con mi poder, con la sabiduría de mi Hijo, que es una cosa conmigo, y con la clemencia del Espíritu Santo, que procede de mí, el Padre, y del Hijo. Pues para levantar el alma de la imperfección, me retiro por sentimiento, privándola del consuelo que antes le daba. Cuando estaba en la culpa del pecado mortal, se separó de mí y yo le quité la gracia por su culpa, porque había cerrado la puerta del deseo; pero si reconociéndose a sí misma y las tinieblas en las que está sumergida —las cuales ella misma, criatura, que cerró la puerta del deseo— abre la ventana, vomitando la podredumbre por medio de la santa confesión, entonces vuelvo a ella por gracia, y me retiro no en gracia sino por sentimiento, como te he dicho.

Hago esto para que se ejercite en buscar en mí la verdad, para probarla con la luz de la fe y adquirir así prudencia. Por eso, si entonces ama sin respeto, con fe viva y odio de sí misma, goza en el tiempo de la tribulación, reputándose indigna de la paz y la quietud en su alma.

Y esta es la segunda de las tres cosas que te decía, a saber, cómo llega a la perfección y qué hace después de llegar. Lo que hace es que, aunque sabe que me he retirado de ella, no vuelve atrás, sino que persevera con humildad en su ejercicio, está encerrada en el conocimiento de sí y de mí, y espera con fe viva la venida del Espíritu Santo, es decir, a mí, que soy fuego de caridad, y no espera ociosamente sino en vela y continua oración, no solo en vigilia corporal, sino también intelectual; es decir, no cierra el ojo de su entendimiento, sino que está en vela con la luz de la fe para extirpar con santo odio los pensamientos del corazón, velando en el afecto de mi caridad, reconociendo que no quiero otra cosa que su santificación, la cual está asegurada y se descubre en la sangre de mi Hijo.

Y después que sus ojos están en vela en el conocimiento de sí misma y de mí, hace oración continua con orden de buena y santa voluntad. Esta es la continua oración, y también ora actualmente en el tiempo ordenado por la santa Iglesia.

Esto es lo que hace el alma que se apartó de la imperfección, y por eso me separé de ella, no en gracia, sino en sentimiento, para que llegase a la perfección. También me aparté para que viese y conociese la falta que le hago, pues al sentirse privada del consuelo, experimentase pena aflictiva y se sintiese débil y no firme ni constante. Y en esto halla la raíz del amor propio espiritual de sí misma.

Por eso tiene materia para conocerse a sí misma y levantarse sobre sí, subiendo al tribunal de su conciencia, sin dejar pasar sentimiento alguno que no sea corregido con afrenta, y arrancando la raíz del amor propio con el cuchillo del odio de sí misma y el amor a la virtud.

CAPITULO SEXAGESIMOCUARTO. 

Cómo amando a Dios imperfectamente, también imperfectamente se ama al prójimo, y de las señales de este amor imperfecto.

Quiero que sepas que toda imperfección o perfección se manifiesta y se adquiere en mí, y lo mismo sucede a través del prójimo. Bien lo saben los sencillos, que muchas veces aman a las criaturas con amor espiritual.

De ahí nace que si ellos reciben puramente mi amor y sin ningún interés, también beben puramente el amor del prójimo. Y así como el vaso que se llena en la fuente, si se saca y se bebe de él, queda vacío; pero si se bebe de él estando en la fuente, siempre queda lleno. De igual manera, es necesario beber el amor espiritual y temporal del prójimo en mí, sin ningún interés, porque os pido que me améis con el amor con que yo os amo.

Pero esto no podréis pagármelo, porque yo os amé sin ser amado; por eso todo el amor que vosotros me tenéis es de justicia, no de gracia, porque así lo debéis hacer, y yo os amo de gracia, no de justicia. Por lo tanto, no podéis pagarme este amor que os pido, y por eso he sustituido a vuestro prójimo para que ejercitéis en él lo que no podéis conmigo, es decir, amarle gratuitamente, sin ningún interés ni esperanza de utilidad. Entonces, yo considero como hecho a mí lo que hacéis con el prójimo.

Esto mismo mostró mi Verdad cuando dijo a San Pablo, cuando me perseguía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Decía esto imputándose a sí mismo la persecución que hacía a mis discípulos. Por eso este amor debe ser puro, y debéis amar al prójimo con el mismo amor con que me amáis a mí.

¿Sabéis cómo se puede conocer que un amor no es perfecto? En que quien tiene este amor espiritual se aflige cuando la criatura a quien ama no corresponde a su amor, le parece que no es amado tanto como cree amar, o cuando no le habla, o se ve privado de su consuelo, o cuando ve que ama a otro más que a él. En esto y en muchas otras cosas se puede conocer que este amor es imperfecto para conmigo y con el prójimo, y que se bebe fuera de la fuente, aunque ese amor haya salido de mí.

Pero, porque era imperfecto su amor para conmigo, se muestra imperfecto también con aquel a quien ama espiritualmente. La causa de todo esto es que no está bien desarraigado el amor propio espiritual, y por eso permito muchas veces que ponga este amor en otro, para que reconozca su imperfección de la manera dicha. Otras veces me aparto de la criatura por amor sensible, para que se encierre en la casa del conocimiento de sí misma, donde adquirirá la perfección.

Después vuelvo a ella con mayor luz y conocimiento de mi verdad, tanto que tiene por gracia singular poder destruir su propia voluntad por amor a mí. Y continúa limpiando y podando la viña de su alma, arrancando las espinas de los pensamientos, acomodando las piedras de las virtudes, fundadas en la sangre de Cristo crucificado, las cuales encontró pasando por el puente de mi Unigénito Hijo. Porque, como te dije, si recuerdas, en el puente —es decir, en la doctrina de mi Verdad— estaban fundadas las piedras de la virtud de su sangre, porque las virtudes os han dado vida en virtud de su sangre preciosísima.

FIN DEL TRATADO

COMIENZA EL TRATADO DE LA ORACIÓN.

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