A la Madre Priora y a las religiosas del convento de San José de Granada
JESÚS
El Espíritu Santo sea con Vuestras Reverencias.
Me causa gracia el alboroto que tienen por quejarse de nuestro Padre Provincial y el descuido que han tenido en informarle de ustedes desde la primera carta, en que le decían que habían fundado; y conmigo han hecho lo mismo. Su Reverencia estuvo aquí el día de la Cruz, y no sabía nada más que lo que yo le dije, que fue lo que me escribió la Priora de Sevilla en una carta, donde le decían que habían comprado una casa por doce mil ducados.
Donde hay tanta prosperidad, no es raro que haya decisiones tan audaces. Pero allá se las arreglan muy bien para no obedecer, y esto último me ha dado mucha pena por lo mal que parecerá en toda la Orden, y también por la costumbre que puede establecerse de dar libertad a las prioras, que nunca les faltarán excusas. Y ya que hacen ustedes tan corteses a esos señores, ha sido gran imprudencia haber estado tantas reunidas, y volver a enviar a esas pobres tantas leguas después de recién haberlas mandado; no sé con qué corazón lo han podido soportar.
Pudieron haber regresado a Veas las que vinieron de allá, incluso otras con ellas. Ha sido un gran desorden tener a tantas allí, especialmente sintiendo que causaban molestias, ni haber sacado a las de Veas, sabiendo que no tenían casa propia. Me asombra la paciencia que han tenido. Todo se torció desde el principio, y ya que Vuestra Reverencia no tiene más remedio que el que dice, está bien que se aplique, si se presta tanta atención a la entrada de una hermana, que por eso debe hacerse. En lugar tan grande, tanta gente me parece excesiva.
Me he reído del miedo que nos quieren imponer diciendo que el Arzobispo quitará el monasterio. Él ya no tiene nada que ver con eso; no sé por qué le dan tanta importancia. Antes se morirá que salirse con la suya. Y si esto ha de servir para sentar precedentes de poca obediencia en la Orden, habría sido mejor no haberlo fundado; porque nuestro objetivo no está en tener muchos monasterios, sino en que sean santas las que estén en ellos.
Las cartas que vienen para nuestro Padre Provincial no sé cuándo podré dárselas. Temo que no será hasta dentro de mes y medio, y ni siquiera entonces se sabe por dónde andarán, porque ha salido hacia Soria y de allí a tantas partes visitando, que no se sabe con certeza dónde estará ni cuándo sabremos de él. A mi entender, cuando lleguen esas pobres hermanas, él estará en Villanueva. Me da mucha pena por lo que habrá de sufrir y la vergüenza que pasará, porque el lugar es tan pequeño, que no habrá secreto, y hará mucho daño ver tal desorden. Pudieron haberlas enviado a Veas hasta avisarle, pues tampoco tenían licencia para donde regresaron, ya que eran conventuales de esa casa por su mandamiento, y no para regresarlas a sus orígenes. Parecía haber otros medios, pues Vuestra Reverencia se lleva toda la culpa por no haber avisado de las que llevó de Veas, o si tomó alguna freila, al menos no haber tenido en cuenta su autoridad, como si no tuviera cargo alguno.
Hasta el invierno —según me dijo, y por lo que tiene que hacer— es imposible que vaya allá. Quiera Dios que el Padre Vicario Provincial esté disponible, porque acaban de entregarme unas cartas de Sevilla y me escribe la Priora que está contagiado de peste (que hay allí, aunque lo ocultan), y fray Bartolomé de Jesús también, lo cual me ha dado harta pena. Si no lo sabían, encomiéndenlos a Dios, que la Orden perdería mucho. El Padre Vicario dice en el sobre de la carta que está mejor, aunque no fuera de peligro. Ellas están muy fatigadas, y con razón: son mártires en esa casa, con más trabajos que en la de ahí, aunque no se quejan tanto. Donde hay salud y no falta comida, que estén un poco apretadas no es tanta desgracia. Si están muy estimadas por muchos señores, no sé de qué se quejan. No todo había de ser un jardín de rosas.
Dice la madre Beatriz al Padre Provincial que están esperando al Padre Vicario para devolver las monjas de Veas y Sevilla a sus casas. En Sevilla no están en condiciones para eso, y está muy lejos, y de ninguna manera conviene. Cuando la necesidad sea evidente, nuestro Padre lo verá.
En cuanto a las de Veas, el asunto es tan claro que, si no fuera por el temor que tengo de no contribuir a desobediencias que ofendan a Dios, enviaría a Vuestra Reverencia un precepto riguroso, porque en todo lo que toca a las Descalzas, tengo la autoridad de nuestro Padre Provincial. Y en virtud de esa autoridad digo y mando: que en cuanto sea posible tener medio de enviarlas, se vuelvan a Veas las que vinieron de allí, salvo la madre priora Ana de Jesús. Y esto aunque ya estén admitidas en esa casa, salvo si no tuviesen buena renta para salir de la necesidad que tienen. Porque no es bueno comenzar una fundación con tantas juntas, y para muchas cosas conviene lo contrario.
He estado encomendando este asunto a nuestro Señor estos días (porque no quise responder de inmediato a las cartas), y entiendo que en esto se servirá Su Majestad; y cuanto más lo sientan, mejor, porque va muy en contra del espíritu de las Descalzas cualquier clase de apego, aunque sea con su priora, y nunca crecerán en espíritu de ese modo. Dios quiere a sus esposas libres, apegadas solo a Él, y no quiero que esa casa comience como fue en Veas, que nunca olvido una carta que me escribieron de allí cuando Vuestra Reverencia dejó el oficio. Es el comienzo de bandos y otras muchas desventuras, aunque al principio no se entiendan. Y por esta vez no tengan otra opinión que la mía, por caridad: que después, cuando estén más asentadas y más desapegadas, podrán volver si conviene.
Yo realmente no sé quiénes son las que fueron, porque lo han tenido muy en secreto conmigo y con nuestro Padre. Ni pensé que Vuestra Reverencia llevara tantas de allí; imagino que son las más apegadas a Vuestra Reverencia. ¡Oh, verdadero espíritu de obediencia, cómo en cuanto se ve a uno en lugar de Dios, ya no queda resistencia para amarlo! Por eso le pido a Vuestra Reverencia que mire que está formando almas para ser esposas del Crucificado: que las crucifique en que no tengan voluntad propia, ni anden con niñerías. Recuerden que están comenzando en un nuevo reino, y que Vuestra Reverencia y las demás están más obligadas a proceder como varones esforzados y no como mujercillas.
¿Y qué importa, madre mía, si el Padre Provincial la pone como Presidenta, o como Priora, o a Ana de Jesús? Bien se entiende que si no fuera considerada la mayor, no la hubieran nombrado por encima de otras que también han sido prioras. A él le han dado tan poca cuenta que no es raro que no sepa si eligieron o no. Por cierto, me han avergonzado: ¡que las Descalzas caigan ahora en esas bajezas! Y ya que piensen en ello, al menos que lo hablen, y que la madre María de Cristo lo considere importante. O se han vuelto bobas del disgusto, o el demonio pone principios infernales en esta Orden. Y tras esto, alaba Vuestra Reverencia a una como muy valerosa, como si eso le quitara el valor. Dios las haga muy humildes, obedientes y rendidas a mis Descalzas, que todos esos “valores” son principio de muchas imperfecciones si no van acompañados de estas virtudes.
Ahora recuerdo que en una carta pasada me escribieron que una tenía parientes ahí, y que por eso les había sido útil llevarla de Veas. Si eso es lo que lo justifica, lo dejo en la conciencia de la madre priora; que si le parece, la deje, pero no a las demás.
Bien creo que Vuestra Reverencia tendrá muchas penas en este principio. No se espante, que una obra tan grande no se ha de hacer sin ellas, pues dicen que la recompensa es grande. Quiera Dios que las imperfecciones con que yo lo hago no merezcan más castigo que premio, que siempre ando con ese miedo.
A la priora de Veas le escribo para que ayude con los gastos del camino, ya que hay tan poca facilidad ahora. Le digo que si Ávila estuviera tan cerca, me alegraría mucho de recibir nuevamente a mis monjas. Podrá hacerse más adelante, con el favor del Señor; y así puede decir Vuestra Reverencia, que una vez fundada, y no siendo ya necesarias allá, se volverán a sus casas, una vez hayan recibido monjas ahí.
Hace poco escribí largo a Vuestra Reverencia, a esas madres y al padre fray Juan, y les di cuenta de lo que por acá pasaba. Por eso me ha parecido no escribir más que esta carta para todos. Quiera Dios que no se molesten porque nuestro Padre la llame Presidenta, según está el asunto. Hasta que acá hicimos elección, cuando vino nuestro Padre, así la llamábamos, no Priora, y todo es lo mismo.
Siempre se me olvida algo. Me dijeron que en Veas, aun después del Capítulo, salían las monjas a arreglar la iglesia. No puedo entender cómo, porque ni siquiera el Provincial puede dar licencia para ello; pues es un Motu proprio del Papa, con graves excomuniones, además de una Constitución muy reforzada. En su momento nos pareció muy duro, ahora nos alegramos mucho: ni siquiera salir a cerrar la puerta de la calle. Bien saben las hermanas de Ávila que no se debe hacer: no sé por qué no lo avisaron. Vuestra Reverencia hágalo por caridad, que Dios proveerá quién aderece la iglesia, y hay medios para todo.
Cada vez que me acuerdo de que tienen tan apretados a esos señores, no dejo de sentirlo. Ya escribí el otro día que procuraran una casa, aunque no sea muy buena ni razonable, que por mal que estén, no estarán tan encogidas. Y si lo estuvieren, más vale que padezcan ellas, que quien tanto bien les hace. Ya escribo a la señora doña Ana, y quisiera tener palabras para agradecerle el bien que nos ha hecho. No lo perderá con nuestro Señor, que es lo que importa.
Si quieren algo de nuestro Padre, hagan cuenta que no le han escrito. Porque, como dije, será muy tarde cuando pueda enviarle las cartas. Haré el intento. Desde Villanueva deberá ir a Daimiel a admitir aquel monasterio, y a Malagón, y Toledo; luego a Salamanca y Alba, y a hacer no sé cuántas elecciones de prioras. Me dijo que pensaba no venir a Toledo hasta agosto. Me da mucha pena verlo andar por tierras tan calurosas y por tantos caminos. Encomiéndenlo a Dios, y procuren su casa como puedan con amigos. Las hermanas bien podrían quedarse ahí hasta hacerle saber a su Reverencia y él vea lo que conviene, ya que no le han dado cuenta de nada, ni ha escrito nadie la causa de por qué no llevan a esas monjas. Dios nos dé luz, que sin ella poco se puede acertar, y guíe a Vuestra Reverencia. Amén.
Hoy, treinta de mayo.
Sierva de Vuestra Reverencia,
Teresa de Jesús
A la madre priora de Veas le escribo sobre la ida de las monjas, y que sea lo más secreto posible; y cuando se sepa, no hay problema. Esta carta es de Vuestra Reverencia, que la lean la madre supriora y sus dos compañeras, y el padre fray Juan de la Cruz, que no tengo cabeza para escribir más.
