A la misma Madre María de San José, Priora de Sevilla
JESÚS
Sea con Vuestra Reverencia, madre mía, el Espíritu Santo.
Me parece que nuestro Señor no quiere que pase mucho tiempo sin que yo tenga algo que padecer. Sepa que ha sido su voluntad llevar consigo a su buen amigo y servidor Lorenzo de Cepeda. Le dio un flujo de sangre tan rápidamente, que lo ahogó: no duró seis horas. Había comulgado dos días antes, y murió consciente, encomendándose a nuestro Señor. Yo espero en su misericordia que ha ido a gozar de Él, porque vivía de tal forma, que si no era tratar cosas de su servicio, todo lo demás le cansaba. Por eso disfrutaba de estar en su heredad, a una legua de Ávila, y decía que estaba cansado de andar en compromisos sociales.
Su oración era constante, pues siempre andaba en la presencia de Dios, y Su Majestad le hacía tantas mercedes, que algunas veces me espantaba. Tenía mucha inclinación a la penitencia, y por eso hacía más de lo que yo quería; porque me consultaba todo, y era extraño el crédito que daba a mis palabras, lo cual procedía del gran amor que me tenía. Yo se lo agradezco alegrándome de que haya salido de esta vida miserable y esté ya en seguridad. No hay modo de decirlo: solo sé que me da gozo pensar en ello. Me han dado lástima sus hijos, pero por su padre, pienso que Dios tendrá misericordia.
Le he contado esto con detalle porque sé que su muerte le dará pena a Vuestra Reverencia (y con razón, también a todas esas mis hermanas), para que se consuelen. Es cosa extraña lo mucho que él sentía sus trabajos y el amor que les tenía. Ahora es tiempo de pagarle todo eso, encomendándolo a nuestro Señor, con la condición de que, si su alma no lo necesitara (como yo creo que no, y según nuestra fe lo podemos pensar), que se apliquen las oraciones que hagan por él a las almas que más lo necesiten.
Sepa que poco antes de morir, me había escrito una carta aquí a San José de Segovia (que es donde ahora estoy, a once leguas de Ávila), en la que me decía cosas que daban a entender que sabía que iba a morir pronto. Me ha espantado. Me parece, hija mía, que todo pasa tan rápido, que deberíamos pensar más en cómo morir que en cómo vivir. Quiera Dios que ya que me quedo aquí, sea para servirle en algo, que él me llevaba cuatro años de ventaja, y yo nunca termino de morir. Aunque ya estoy bien del mal que tuve, sigo con mis achaques ordinarios, especialmente de la cabeza.
A mi padre Rodrigo Álvarez envíele Vuestra Reverencia a decir que su carta llegó a buen tiempo, que hablaba solo del bien que hay en los trabajos, y que me parece que ya hace Dios milagros por su merced en vida, ¿qué será en muerte?
Ahora me han dicho que los moriscos de ese lugar de Sevilla estaban tramando levantarse con ella. Buen camino llevaban Vuestras Reverencias para ser mártires. Averigüen bien lo cierto de esto, y que me lo escriba la madre supriora. Me alegro de su salud, y me da pena la poca que Vuestra Reverencia tiene. Por amor de Dios, cuídese mucho. Dicen que es bueno para eso de la orina tomar escaramujos maduros, secos y hechos polvo, y tomar la cantidad de medio real en ayunas. Pregúnteselo a un médico, y no esté tanto tiempo sin escribirme, por caridad.
A todas las hermanas me encomiendo mucho, y a San Francisco. Las de acá, y la madre priora, se les encomiendan. Les parece hermosa cosa estar entre esas banderas y barahúndas, si saben aprovecharse y sacar espíritu de tantas novedades como ahí deben de oír. Necesitan andar con mucha atención para no distraerse. Tengo gran deseo de que sean muy santas.
Pero, ¿qué sería si se hiciera lo de Portugal? Me escribe don Teutonio, el arzobispo de Évora, que no hay más de cuarenta leguas de ahí hasta allá. Por cierto, para mí sería un gran consuelo. Sepa que, ya que vivo, deseo hacer algo en servicio de Dios, y como ya ha de ser poco tiempo, no quiero gastarlo tan ociosamente como estos años pasados, que todo ha sido padecer en lo interior, y en lo demás no hay cosa que luzca. Pidan a nuestro Señor que me dé fuerzas para emplearme en algo en su servicio.
Ya le he dicho que me dé esta carta a mi padre fray Gregorio, y téngala por suya, que en verdad lo amo en el Señor, y deseo verlo. Murió mi hermano el domingo después de San Juan. Su Majestad me guarde a Vuestra Reverencia y la haga como yo deseo. Es hoy cuatro de julio de mil quinientos setenta y nueve.
De Vuestra Reverencia,
Sierva,
Teresa de Jesús
