A la misma Madre María de San José, Priora de Sevilla
Jesús
La gracia del Espíritu Santo sea con Vuestra Reverencia, mi hija.
Hoy, víspera de la Presentación de Nuestro Señor, recibí la carta de Vuestra Reverencia y las de esas mis hermanas. Me ha dado mucha alegría, y no sé cómo es que, con todos los disgustos que me da, no puedo dejar de quererla mucho: se me pasa todo enseguida. Y ahora, como esa casa ha sido la que más ha sobresalido en el padecer durante estas pruebas, la quiero aún más. Alabado sea Dios, que ha permitido que todo se haya hecho tan bien. Vuestra Reverencia debe de estar algo mejor, pues sus hijas no la lloran como de costumbre.
Sobre el uso de la túnica en verano: si quiere hacerme un favor, en cuanto llegue esta carta, quítesela, aunque piense que se mortifica menos. Como todas comprenden su necesidad, no se escandalizarán. Ya ha cumplido con Nuestro Señor, pues lo hace por mí. Y no haga otra cosa: que ya sé lo que es el calor de ahí, y vale más poder estar en la comunidad que tenerlas a todas enfermas. Lo digo también por aquellas que vea que lo necesitan.
Alabo al Señor por lo bien que se hizo la elección. Dicen que cuando se hace de esa forma, interviene el Espíritu Santo. Alégrese por haber padecido y no permita que el demonio la inquiete con descontentos respecto a ese oficio. Bien dice ahora que le alegra saber que la encomiendo al Señor; pues ya hace un año que no solo yo, sino también en los monasterios, lo hacemos. Y tal vez por eso se ha hecho todo tan bien. Que Su Majestad lo lleve adelante.
Ya sabía yo que, yendo el Padre Fray Nicolás, todo se haría muy bien. Pero poco antes de que Vuestra Reverencia lo pidiera y se lo ordenaran, nos estaba echando todo a perder; porque Vuestra Reverencia se preocupaba solamente por su casa, y él estaba ocupado en asuntos de toda la Orden que dependían de su persona. Dios lo ha hecho todo como quien es. Yo quisiera que estuviera allí y también aquí, hasta que se concluya un asunto tan importante. Me hubiera gustado que viniera a tiempo para poder hablar con él. Ya no podrá ser.
Para que lo sepa Vuestra Reverencia: hace cinco días que me envió una patente el Padre Vicario, para que vaya a Villanueva de la Jara a fundar un monasterio, que está cerca de La Roda. Hace casi cuatro años que el ayuntamiento de allí y otras personas, especialmente el inquisidor de Cuenca (que entonces era fiscal), nos han estado pidiendo esto. Yo veía muchos inconvenientes para hacerlo. Pero fue allí el Padre Fray Antonio de Jesús y el Padre Prior de La Roda, y han hecho tanto que han salido adelante. Está a veintiocho leguas de aquí. Habría sido una gran suerte si el viaje pasara por donde está Vuestra Reverencia, para poder verla y cansarme de reñirle; y mejor dicho, de hablarle, que ya debe estar hecha toda una persona con los trabajos. He de regresar antes de Pascua, si Dios quiere, porque no tengo más licencia que hasta el día de San José. Dígaselo al Padre Prior, por si tiene oportunidad de verme allí. Le he escrito por vía de la Corte, y de aquí lo habría hecho más veces; pero como pensé que se perdían las cartas, no me he atrevido.
Me ha alegrado mucho que mis cartas no se hayan perdido, porque en ellas escribí lo que me parecía sobre la supriora. Aunque Vuestra Reverencia sabrá mejor lo que conviene a su casa, le digo que es gran disparate tener una priora y una supriora con poca salud. Y también lo es que no sepa leer bien ni cuidar del coro la supriora, pues va contra la constitución. ¿Quién quita que si hubiera algún asunto, Vuestra Reverencia mandara a quien quisiera, y si estuviese muy enferma? Entiendo que Gabriela no se saldrá de lo que Vuestra Reverencia le diga. Y si se le da autoridad y crédito, y ella tiene virtud para no dar mal ejemplo, me alegra que Vuestra Reverencia esté inclinada a ella. Que Dios ordene lo mejor.
Me hace gracia que Vuestra Reverencia diga que no se ha de creer todo lo que diga la Hermana San Jerónimo, después de que se lo he escrito tantas veces. Incluso en una carta que iba a García Álvarez (que Vuestra Reverencia rompió), decía bastante como para no fiarse de su espíritu. Con todo, digo que es buena alma, y que si no está perdida, no hay por qué compararla con Beatriz, que errará por falta de entendimiento, no por malicia. Aunque puede que me engañe. Con tal de que no la deje confesar sino con frailes de la Orden, es suficiente. Y si alguna vez va con Rodrigo Álvarez, dígale Vuestra Reverencia la opinión que tengo de él, y que siempre me encomiende mucho.
Me he alegrado de ver en estas cartas que me escriben las hermanas el amor que le tienen a Vuestra Reverencia, y me ha parecido bien. Para mí ha sido un recreo y me he alegrado con la de Vuestra Reverencia. Así se me ha pasado el disgusto con la Hermana San Francisco. Me pareció que su carta tenía poca humildad y obediencia. Por eso, Vuestra Reverencia tenga cuidado con su aprovechamiento (que debería haber aprendido algo en Paterna), y que no se alargue tanto en exagerar; porque aunque con sus rodeos le parezca que no miente, es muy ajeno a la perfección un estilo así, con quien no se le debe hablar sino con claridad. Porque pueden hacer que un superior cometa disparates. Dígale esto Vuestra Reverencia como respuesta a la última carta que me escribió, y que cuando se corrija de esto, me tendrá satisfecha.
Quiero que este gran Dios esté más contento, porque de mí hay poco que esperar. ¡Oh hija mía! Quién tuviera tiempo y cabeza para alargarse en esta carta sobre las cosas que han pasado en esa casa, para que Vuestra Reverencia tomara experiencia, y hasta pidiera perdón a Dios por no haberme avisado: que he sabido que estaba presente. La intención salvaría a algunas, a otras no bastaría. Tome Vuestra Reverencia escarmiento, y manténgase fiel a las Constituciones, pues tanto las quiere, si no quiere ganar poco con el mundo y perder con Dios.
Ahora no hay ninguna que no entienda la perdición en que estaban y lo digan; salvo Beatriz de Jesús, que las quería tanto que, aunque lo ve, ni nunca me avisó ni ahora dice nada. Ha perdido mucho conmigo. Desde que vine, no ha confesado más con quien lo hacía antes, ni creo que volverá a hacerlo, porque conviene así para el pueblo, que estaba muy escandalizado. Y ciertamente, él es bueno, si hubiera caído en otras manos. Dios perdone a quien hizo perder a esa casa, que él se aprovechará, y todas con él.
Ella bien sabe que hay razón para lo que se hace, y viene a verme. Yo le he mostrado mucha gracia, porque así conviene ahora; y ciertamente estoy bien con su sencillez. La poca edad y experiencia hacen mucho daño. ¡Oh, mi Madre! Qué lleno está el mundo de tanta malicia, que ya nada se toma a bien. Si con la experiencia que ahora tenemos no nos corregimos, todo irá de mal en peor. Vuestra Reverencia hágase vieja ya en mirarlo todo, pues le ha tocado tanta parte, por amor de nuestro Señor, que yo haré lo mismo.
Me ha sorprendido que no me haya enviado algún villancico, que no me creo que no los hubiera en la elección: que yo soy amiga de que se alegren en su casa, con moderación; que si alguna vez dije algo, fue por algunas ocasiones. Mi Gabriela tiene la culpa de eso. Encomiéndemela mucho Vuestra Reverencia. Bien quisiera escribirle.
Llevo por supriora a San Ángel, y de Toledo la priora, aunque no estoy decidida cuál será. Encomienden mucho al Señor que se sirva de esta fundación. Y encomiendo a Beatriz, que merece mucha lástima. El encargo de Margarita me parece bien, si queda allá. El tiempo lo irá aclarando, conforme vean el amor de Vuestra Reverencia.
Me asombra lo que debemos al buen Padre Prior de las Cuevas. Envíele Vuestra Reverencia un gran agradecimiento de mi parte. Haga que todas me encomienden a Dios, y hágalo también Vuestra Reverencia, que estoy cansada y muy vieja. No es poco que me tenga en estima el Padre Prior, porque bien me lo debe. Que Dios nos lo guarde, que es un gran bien tenerle, y bien obligadas están de encomendarlo. Su Majestad sea con Vuestra Reverencia y me la guarde. Amén.
Indigna sierva de Vuestra Reverencia,
Teresa de Jesús
P.S.: En lo que me he alargado verá el deseo que tenía de escribirle. Bien se ve por cuatro de las prioras de por aquí, y pocas veces escribo de mi propia mano. Me he alegrado mucho del buen orden que ha dado el Padre Prior en la hacienda, para que lo que se debe a mi hermano no se pierda, aunque tenga más necesidad. Aquí están todas contentísimas, y la priora es tal que le sobra razón. Le digo que es de las buenas que hay, y tiene salud, que es una gran cosa. La casa está como un paraíso. Saludos al Padre Fray Gregorio (que me tiene olvidada) y al Padre Soto. Bien le ha valido a Vuestra Reverencia su amistad.
