A la misma Madre María de San José, Priora de Sevilla
JESÚS
La gracia del Espíritu Santo sea con Vuestra Reverencia, hija mía.
En la carta que me escribió mi padre fray Nicolás me extendí en algunas cosas, que no diré aquí, porque Vuestra Reverencia las verá.
La suya viene tan buena y humilde, que merecería una respuesta larga. Pero como Vuestra Reverencia ha querido que escriba al buen Rodrigo Álvarez, así lo hago, y no tengo cabeza para mucho más.
Estéfano dice que dará esta carta a quien la lleve con cuidado. Quiera Dios que así sea.
Me he alegrado mucho con él y me ha dolido que se marche.
Le estoy muy agradecida por lo que hizo en tiempo de tanta necesidad, tanto que no necesita Vuestra Reverencia recordármelo.
Procuraré que regrese allí, porque en esa tierra vale mucho tener de quién fiarse.
En esta ocasión no me hallo tan mal de salud como otras veces. Me ha dolido mucho lo poco que me escribió la hermana Gabriela y lo que dice que sufre Vuestra Reverencia.
Los trabajos han sido tantos, que aunque tuviera el corazón de piedra, le habrían hecho daño.
Yo quisiera no haber contribuido a ellos. Perdóneme Vuestra Reverencia, que cuando quiero bien a alguien soy muy exigente, y querría que no errase en nada.
Así me pasó con la madre Brianda, a quien le escribía cartas terribles, aunque de poco le servían.
Ciertamente, me parece aún peor lo que el demonio ha tejido en esta casa que lo que pasó en esa otra.
Por una parte, porque duró más; y por otra, porque el escándalo de los de fuera fue mucho más dañino.
Y no sé si quedará tan sano como aquello otro.
Creo que no, aunque se ha remediado lo que había dentro y la inquietud de uno.
El Señor lo ha allanado.
Bendito sea Él, porque las monjas tenían poca culpa.
De quien más molesta he estado es de Beatriz de Jesús, porque jamás me ha dicho ni una palabra, ni siquiera ahora, viendo que todas me lo dicen y que yo lo sabía.
Me ha parecido señal de poca virtud o poca discreción.
Ella debe pensar que eso es guardar amistad, pero en verdad es un gran engaño: porque la verdadera amistad no está en encubrir lo que podría haberse remediado sin tanto daño.
Por amor de Dios, guárdese Vuestra Reverencia de hacer algo que, sabiéndose, pueda ser escándalo.
Librémonos ya de estas buenas intenciones que tan caro nos cuestan.
No piense que me ha sido fácil conseguir que ahora el Rector esté más blando, y todos por aquí también lo estén: que he hecho mucho, hasta escribir a Roma, de donde creo que ha venido el remedio.
He agradecido mucho a ese santo de Rodrigo Álvarez lo que ha hecho, y al padre Soro.
Dígales que les mando mis encomiendas, y que me parece que es más verdadero amigo en obrar que en hablar, pues nunca me ha escrito ni enviado una sola recomendación.
No sé cómo dice Vuestra Reverencia que el padre fray Nicolás la ha puesto en mi contra, porque no tiene en la tierra mejor defensor que yo.
Él me decía la verdad, para que yo no estuviera engañada, porque entendía el daño de esa casa.
¡Ay, hija mía! ¡Qué poco importa excusarse tanto conmigo! Porque en verdad le digo que no me importa si me hacen caso o no, mientras yo vea que hacen lo que están obligadas a hacer.
Lo que me duele es que, como a mí me parece que miro lo que les toca con tanto cuidado y amor, me parece que no hacen lo que deben si no me dan crédito, y que me esfuerzo en vano.
Y esto es lo que me hizo enojar tanto, que quise dejarlo todo, pareciéndome —como digo— que no aprovecha nada.
Pero es tanto el amor, que si tuviera algún efecto, podría conmigo: y así, no hay más que hablar en esto.
Serrano me ha dicho que han tomado ahora una gran monja, y según él cree que ya hay veinte, ya estará cumplido el número.
Y si lo está, nadie puede dar licencia para que se tomen más, ni siquiera el padre vicario, porque no se puede hacer nada contra las Actas y Breves Apostólicos.
Mírese bien por amor de Dios, que espantaría el daño que es, en estas casas, ser tantas, aunque haya renta y comida.
No sé cómo pagan tanto censo cada año, cuando tienen con qué quitarlo.
Mucho me he alegrado de eso que viene de las Indias.
Sea el Señor alabado.
En lo que dice de la subpriora: teniendo Vuestra Reverencia tan poca salud, no podrá asistir al coro, y hace falta quien sepa llevarlo bien.
El parecer de mi hija Gabriela importa poco, que hace mucho que es monja, y las virtudes que tiene son las que hacen falta.
Si hubiera alguna falta al hablar con los de fuera, puede ir con ella Sor Francisco.
Al menos es obediente, que no saldrá de lo que Vuestra Reverencia quiera, y tiene salud (que es muy necesario para no faltar al coro), y sor Gerónima no la tiene.
Conforme a la conciencia, a quien mejor se le puede dar es a ella.
Y pues ya tuvo el coro en vida de la negra vicaria, verían si lo hacía bien, y así le darán de mejor gana el voto.
Y para subpriora, más se mira la capacidad que la edad.
Ya escribo al padre prior de Pastrana sobre la maestra de novicias.
Bien me parece lo que dice: que haya ya pocas, porque para todo es gran inconveniente —como he dicho— y no hay por dónde se pierdan las casas sino por ahí.
Gran cosa es la limosna que hace el santo prior de las Cuevas con el pan.
Con eso podría pasar esta casa, porque no sé qué se va a hacer.
No han hecho más que tomar monjas sin tener con qué.
Sobre lo que dice de Portugal, el arzobispo da mucha prisa, pero yo pienso tomarme tiempo para ir allá.
Si puedo, le escribiré ahora.
Procure Vuestra Reverencia que la carta se envíe con prontitud y seguridad.
En cuanto a que Beatriz se conozca a sí misma, quisiera que se aprovechara para desdecirse de lo que ha dicho a García Álvarez, por lo que toca a su alma.
Pero temo mucho que no se entiende, y que solo Dios lo podrá hacer.
Él haga a Vuestra Reverencia tan santa como yo le suplico, y me la guarde; que aunque soy ruin, quisiera tener algunas como usted.
No sé qué haría si se fundara ahora, pues no hallo ninguna para priora, aunque debe haberlas.
Pero como no están experimentadas, y veo lo que ha pasado aquí, me ha entrado gran temor, porque con buenas intenciones el demonio nos coge para hacer su obra.
Y así, es necesario andar siempre con temor y asidas de Dios, y fiar poco de nuestros entendimientos, porque por buenos que sean, si esto falta, Dios nos dejará errar en aquello mismo en lo que más pensamos acertar.
En lo de esta casa, pues ya lo ha entendido, puede tomar experiencia.
Ciertamente le digo que el demonio quisiera hacer algún salto, y que a mí me tenían espantada algunas insinuaciones de las que Vuestra Reverencia escribía, creyéndoselas.
¿Dónde estaba su entendimiento?
¿Y la hermana San Francisco? ¡Valgame Dios las necedades que traía aquella carta!
Todo era para conseguir su fin.
El Señor nos dé luz, que sin ella no hay virtud que valga, ni talento que sirva para bien.
Yo me alegro de que Vuestra Reverencia esté tan desengañada, porque eso le ayudará para muchas cosas.
Para acertar, aprovechará mucho haber errado, porque así se toma experiencia.
Dios la guarde. No pensaba poderme extender tanto.
La priora se le encomienda mucho, y también todas las hermanas.
De Vuestra Reverencia,
sierva,
Teresa de Jesús.
