LXI Carta de Santa Teresa de Ávila

 


A la misma Madre María de San José, Priora de Sevilla

JESÚS.
La gracia del Espíritu Santo sea con Vuestra Reverencia, hija mía.

¡Y con cuánta razón la puedo llamar así! Porque aunque ya la quería mucho, ahora la quiero aún más, y me asombra. Y así, me dan unos deseos muy grandes de verla y abrazarla muchas veces.
Sea alabado Dios, de quien viene todo bien, por haber sacado a Vuestra Reverencia de una batalla tan dura con victoria.
Yo no lo atribuyo a su virtud, sino a las muchas oraciones que por acá se han hecho en estas casas por usted. Quiera su Majestad que podamos darle gracias por el favor que nos ha hecho.

El Padre Provincial me ha enviado la carta de las Hermanas, y el Padre fray Nicolao la suya, por las que he sabido que ya Vuestra Reverencia ha vuelto a su oficio, lo cual me ha dado grandísimo consuelo, porque todo lo demás era no acabar de encontrar sosiego para las almas.
Tenga paciencia, y pues el Señor le ha dado tanto deseo de padecer, alégrese de poder cumplirlo en esto, que no creo que sea poco trabajo.
Si hubiéramos de escoger los sufrimientos que queremos y rechazar los otros, no estaríamos imitando a nuestro Esposo, que con tanto dolor en la oración del Huerto, concluyó diciendo: Fiat voluntas tua (Hágase tu voluntad).
Esa voluntad hemos de hacer siempre, y permitirle a Él hacer con nosotros lo que quiera.

He pedido al padre fray Nicolás que le dé a Vuestra Reverencia los avisos que considere convenientes, porque es muy prudente y la conoce bien; así que me remito a lo que él le diga.
Solo le pido que procure el menor trato posible con personas de fuera de nuestros frailes descalzos (quiero decir, en lo que respecta al trato espiritual de estas monjas, ni que Vuestra Reverencia confíe en otros con sus almas).
No se les dé mucha libertad, para que no lleguen a hacerse falta en algún momento, si no tienen tan frecuentes las comuniones. No se les permita nada que pueda ponernos de nuevo en una situación como la pasada.
En cuanto a los frailes, si quieren cambiar de confesor de vez en cuando, o alguna monja desea hacerlo, no se lo impida.
Tengo tan poco tiempo que ni siquiera he pensado en escribirles. A todas encomiéndeme mucho, y agradézcales de mi parte el buen juicio que han tenido al darme contento. La Virgen se lo pague, y les dé su bendición, y las haga santas.

Creo que no podrán dejar de admitir a la hija mayor de Enrique Freyla, porque se le debe mucho. Actúe en esto según le diga el padre fray Nicolás, a quien remito el asunto.
La más joven, en ninguna manera conviene ahora, ni por la edad ni porque en ningún monasterio están bien tres hermanas juntas, y menos en los nuestros, que son tan pequeños.
Procure entretenerla diciéndole que es por su edad, y no la desconsuele.

¡Cuánto ha sentido mi hermano sus trabajos!
Dios le dé el descanso que más le conviene, para que se sienta consolado.

Escríbame con detalle sobre todo, especialmente de esas dos pobrecitas que me tienen muy preocupada.
Muéstreles cariño, y busque los medios que le parezcan adecuados para que, si es posible, lleguen a entenderse entre ellas.

Yo saldré de aquí el día de Santa Ana, si Dios quiere. Estaré en Salamanca unos días de descanso.
Sus cartas pueden llegarme a través de Roque de Huerta.
Todas estas hermanas se le encomiendan mucho, y a todas. Se lo deben bien.

Estos monasterios están que es para alabar al Señor por todo.
Encomienden a su Majestad lo de Malagón y el asunto por el cual voy a Salamanca, y no olviden en sus oraciones a todos los que debemos, especialmente en estos tiempos.

Hoy es el día de Santa María Magdalena. Las ocupaciones aquí son tantas, que ni sé cómo he podido escribir esta carta. La he escrito a ratos, y por esa razón no escribo al padre fray Gregorio, como tenía pensado.
Escríbale usted con mucho cuidado de mi parte, y dígale que estoy contenta de que le haya tocado tan buena parte de esta guerra espiritual, pues también le tocará del botín.
Dígame cómo está nuestro padre prior de las Cuevas, para que sepa cómo he de escribirle sobre estos asuntos.

Escrito en el año de mil quinientos setenta y nueve.

De Vuestra Reverencia,
sierva,
Teresa de Jesús.

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