LVIII Carta de Santa Teresa de Ávila

 


A la misma Madre María de San José, Priora de Sevilla

JESÚS.
La gracia del Espíritu Santo sea con Vuestra Reverencia, hija mía.

Se me ha duplicado el amor que ya les tenía —aunque era mucho— y especialmente a Vuestra Reverencia, porque ha sido quien más ha padecido.
Pero sepa con certeza que, cuando supe que le habían quitado la voz, el lugar y el oficio, me dio particular consuelo. Porque, aunque creo que mi hija es harto ruin, tengo entendido que teme a Dios, y que no habría hecho cosa alguna contra Su Majestad que mereciese tal castigo.

Espero en Su Majestad que irá ordenando que se descubran las verdades. En esa casa ha habido poca verdad, y esto me dio mucha pena cuando supe lo que se dijo en el proceso que llevaron, y de algunas cosas que yo sabía con certeza que eran una gran falsedad, por ser del tiempo en que yo allí estuve.
Ahora que he visto lo que pasa con esas hermanas, he dado muchas gracias a nuestro Señor, que no les permitió levantar más cosas aún.
Estas dos almas me tienen fatigada; es necesario que todas hagamos oración particular, para que Dios les dé luz. Desde que andaba así el padre García Álvarez, yo tenía temor de lo que ahora veo.

Me ha caído en gracia cuán autorizada está con su campanario; y si resalta tanto como dice, tiene razón. Yo espero en Dios que esa casa ha de ir muy adelante, porque ha pasado mucho.
Vuestra Reverencia lo dice todo tan bien, que si mi parecer se hubiera de tomar, después de yo muerta, la eligieran por fundadora —y aun en vida, muy de buena gana—, que mucho más sabe que yo, y es mejor.
Esto es decir la verdad. Un poco de experiencia es lo único en que la aventajo; pero de mí ya hay poco que hacer caso, porque se espantaría de cuán vieja estoy y cuán inútil me hallo.

A todas, muchas encomiendas. Su Majestad me la guarde, hija, y la haga muy santa. Amén.

De Vuestra Reverencia,
Teresa de Jesús.

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