A la misma Madre María de San José, Priora de Sevilla
JESÚS.
La gracia del Espíritu Santo sea con Vuestra Reverencia, mi hija.
Con tan buenas nuevas, y con tantos regalos como ahora me envió, razón sería alargarme mucho; al menos me daría gran consuelo. Pero como le escribí ayer, y el trabajo de este invierno con tantas cartas ha llegado a debilitarme tanto la cabeza, he estado muy enferma.
Estoy mucho mejor; y, aun así, casi nunca escribo de mi letra, porque dicen que es necesario para sanar del todo.
Su manera de oración me contenta mucho; y ver que la tiene, y que Dios le concede tal merced, no es falta de humildad, con tal que entienda que no es suyo lo que ocurre, sino de Dios. Esto se reconoce cuando la oración viene de Él. Le alabo mucho que vaya tan bien, y procuraré darle las buenas nuevas que pide. Ruegue a Dios que yo sea tal que Él me escuche.
En lo de Beatriz, está bien; pero, en la medida que pueda, deje de lado esas cosas en pláticas y en todo. Sepa que depende mucho de las prioras. No trató aquí la hermana Sor Jerónima de eso, porque la Priora la detuvo enseguida y la reprendió, y así se calló. Y ya ve que, cuando estuve yo allá, tampoco pasaba mucho de eso. No sé si hicimos mal en que saliera de entre nosotras. Quiera Dios que sea para bien.
Mire si las otras hallaran el papel de la Priora, ¡qué problema sería! Dios perdone a quien le manda escribir. Nuestro Padre quisiera que le escribiera con rigor en ese caso. Lea esa carta que le escribo, y si le parece, mándesela. Hace muy bien en no permitir que hablen con nadie.
Desde Beas me escribe la Priora que solo los pecados tratan con uno, y que todas se confiesan en media hora; y me dice que así deberían hacer en todos lados, y que andan muy consoladas y con gran amor con la Priora, por cómo las trata.
Podría Vuestra Reverencia decir, ya que en este caso tengo algo de experiencia, ¿para qué han de buscar otros que quizá no tengan tanta? Mejor que me escriban a mí. En esa tierra es más necesario que en ninguna. A la hermana San Francisco haga que le dé carne a esa monja en cuanto termine la Cuaresma, y no la deje ayunar. Quisiera saber qué es eso que dice, que Dios le hace tanta fuerza que no se declara. Mire qué trabajo, andar ahora con esos llantos delante de las demás, y que la vean escribir a cada paso. Procure que eso que escribió me lo envíe, y quítele la esperanza de que ha de tratar con nadie, sino con nuestro Padre; que la han destruido.
Entienda que allí se comprende (aun menos de lo que Vuestra Reverencia piensa) ese lenguaje; aunque siendo en confesión y con el padre Acosta, no puede venir daño. Pero bien sé que a ella, menos que a otras, le conviene. Está bien eso que se manda en Paterna, de dar alguna holgura; aunque hubiera sido mejor no haber empezado, sino haber hecho solo lo que se debía.
Que en estas cosas de reforma, si consiguen algo a voces, luego creen que así deben conseguir todo. Muy bien hizo en advertirles que anduviesen en comunidad.
Como no escribo esta carta de una vez, no sé si me he de olvidar de responder a algo. Esos cerrojos están bien, ya que aquí se usan en las rejas del coro, y no me parece que se necesiten más pulidos.
Aunque veo que ella no se contentará, mejor que pase como aquí, que no se tienen por groseros, y es mejor cerrojillos que otra cosa. Yo no entiendo que se pidan cerraduras. Los crucifijos se están haciendo; creo que costarán un ducado.
Ahí van esas respuestas; que envié a mi hermano a preguntar esa cuestión, y acordaron los que ahí están responder en San José, y que allá lo juzgaran las monjas; y el obispo se halló presente, y mandó que me lo enviaran para que lo juzgara yo. Ni siquiera para leerlo estaba la pobre cabeza. Muéstrelo al padre Prior y a Nicolás, pero ha de decirles lo que pasa; que no lean la sentencia hasta que vean las respuestas. Y si puede, vuélvamelo a enviar, que a nuestro Padre le gustará; así hicieron en Ávila, para que lo enviara, aunque no sea por este camino del Arzobispo.
Esa carta le envío, que me escribió mi hermano; y de esas mercedes que le hace Dios, son muchas las que me escribe. Esa la hallé a mano, porque creo que le alegrará, pues le quiere bien. Rómpala enseguida, y quédese con Dios, que no acabaría con ella, y me hace mal. Su Majestad me la haga santa.
Hoy es dos de marzo, año de mil quinientos setenta y siete.
Sierva de Vuestra Reverencia,
Teresa de Jesús.
Agradézcame ir esta de mi letra, que ni siquiera para San José de Ávila lo he hecho.
