LIX Carta de Santa Teresa de Ávila

 


A la misma Madre María de San José, Priora de Sevilla

JESÚS.
Jesús sea con Vuestra Reverencia.

Le digo que me alegro tanto con sus cartas, que las estoy deseando siempre. No sé qué lo causa, pero tengo un amor particular por esa casa y por quienes están con usted. Será porque allí pasé tantos trabajos.
Ya estoy bien, gloria a Dios, que las calenturas se transformaron en un fuerte resfriado.

Veo bien el trabajo que tienen con esos dichos y hechos de los Padres Calzados. Por acá tampoco han faltado.
Pero, como Dios nos ha librado del Tostado, espero en su divina Majestad que ha de seguir haciéndonos misericordia.
Siempre es necesario mucha oración para que nuestro Señor nos libre y dé estabilidad en estas cosas; porque mientras el General Reverendísimo esté disgustado, le digo que tendremos mucho en qué merecer.
Como nuestro Padre sabrá todo, no digo más de eso por ahora, sino que le ruego por caridad tenga mucho cuidado en escribirme lo que pase cuando nuestro Padre no pueda, y en darle mis cartas y recoger las suyas.
Ya sabe que aún estando allí se vivía en sobresaltos; ¿qué será estando lejos?

El Correo Mayor, que es de aquí, es primo de una monja que tenemos en Segovia. Ha venido a verme y por ella dice que hará maravillas. Se llama Figueredo.
Nos hemos puesto de acuerdo, y dice que si allá hay cuidado de entregar las cartas al Correo Mayor, casi cada ocho días podría tener noticias de ustedes. Mire qué cosa tan buena sería.
Dice que con solo poner una cubierta que diga que es para Figueredo, Correo Mayor de Toledo, ninguna se puede perder.
Todo esto es trabajo de Vuestra Reverencia. Pero sé que por mí tomará trabajos mayores, como yo los tomaría por usted.
Sepa que a veces tengo un gran deseo de verla, que parece que no tengo otra cosa en qué pensar. Esto es verdad.
Allá infórmese si le han de poner el título de Magnífico, o cuál. Tiene buena fortuna. Por eso me ha alegrado quedarme ahora aquí, que en Ávila hay mala comodidad para esto y para otras cosas.
Solo me pesa por mi hermano, que lo siente mucho. Mal he hecho en no escribirle alguna vez. Por esta carta suya verá cuán mal está de salud, aunque alabo a Dios que no tiene calentura.

Nunca se me ocurre guardar las cartas que me escriben sobre Teresa. En todas dicen que las tiene admiradas por su perfección y su inclinación a los oficios bajos.
Dice que no piensen que, por ser sobrina de la Fundadora, la han de tener en más, sino en menos. La quieren mucho. Dicen muchas cosas buenas de ella.
Para que alaben a Dios —pues ellas le dieron a ganar este bien— les digo esto. Me alegro mucho de que la encomienden a Su Majestad.

Quiero mucho a su padre; pero, sinceramente, estoy consolada de estar lejos. No termino de entender la causa, si no es que los contentos de esta vida para mí son cansancios —debe de ser el temor de que algo me apegue a ella—, y así es mejor quitar la ocasión.
Aunque, en el presente, por no desagradar a mi hermano en lo que ha hecho, quisiera estar allá hasta que se asentaran algunas cosas que él guarda para esto.

He estado tratando este asunto de la monja de Nicolao. Ya la había despedido, porque me escribió otra carta Nicolao.
Nuestro Padre dice que no es apta. Con todo, no la he terminado de despedir, porque en una necesidad se puede probar si será buena.
Trate eso allá con nuestro Padre, si se viera en necesidad, e infórmese de las faltas que tiene. Yo solo le hablé poco de ello, porque veo que allí no tienen buen modo de tratar el asunto.

Mucho me he alegrado por las calzas y sus esfuerzos. Como se ayuden, Dios las ayudará.
Respondiendo a lo que dice de pagar los censos y vender eso: está claro que sería muy bueno ir quitando cargas.
En lo demás, es muy difícil tomar ahora a ninguna sin nada, salvo que se haga solo por Dios, pues allí no se ha recibido a ninguna por limosna, y Él nos ayudará.
Y quizá traerá a otras, porque se haga esto por Él.
Esto será cuando a nuestro Padre le importunen mucho, y él lo diga a Vuestra Reverencia.
Usted no diga nada. Y mire muy bien, amiga mía, no precipitarse en recibir monjas, que le va la vida en entender bien cuáles son para nosotras.
Esa de Nicolao no debe ser más que bonita.

Sobre la sobrina o prima de García Álvarez, es cierto lo que le dije, a mi parecer. Cavallar me lo dijo.
No creo que sea doña Clemencia, sino la otra.
Con llaneza puede decirle a García Álvarez que le han dicho que ha tenido gran melancolía. A mí, loca, me lo dijo claramente, por eso no la traté más.
Aunque no fuera por eso, ahora no conviene cargar la casa, sino descargar la deuda. Esperemos un poco; con esos disturbios de esos Padres, no me extraña que no entre ninguna.

Todo lo que se gaste en portes, anótelo para descontarlo de los cuarenta ducados que enviaron de San José de Ávila; y mire que no haga otra cosa, que no sería prudencia sino tontería.
¡Con qué confianza ya presume de enviar dinero! Me ha caído en gracia, estando yo aquí con tanto cuidado de cómo se van a sostener ustedes.
Con todo, llegó a buen tiempo, también para pagar portes. Dios se lo pague.
Y el agua de azahar que vino muy buena, y a Juan de la Cruz el velo.
Con todo, no presuman de hacer estas cosas otra vez, que cuando yo quiera algo, se lo avisaré ciertamente.
Y a mi parecer, con más llaneza —o tanta como a donde están las que más me inspiran confianza—, porque creo que esto lo hará Vuestra Reverencia con gusto, y todas.

La de la buena voz no volvió más. Tengo bastante cuidado en ver si alguna cosa les está bien. ¡Oh, cuánto deseo tengo de que les den el agua!
Lo deseo tanto que ni lo creo.
Tengo alguna esperanza en que el padre Mariano o nuestro Padre puedan algo con fray Buenaventura, pues está por Mayor de los Padres Franciscanos.
Hágalo el Señor, que sería gran descanso.

Bien creerán ellas, ahora que va nuestro Padre, que yo quisiera estar más allá que acá, aunque pasara algún mal rato con el Obispo.
Estoy asombrada de verlas con tanto contento. Dios lo ha hecho mejor; sea por todo bendito, y guarde a Vuestra Reverencia por muchos años.

Por no darle pena, no quería hablarle de la que tengo por nuestra Priora de Malagón, aunque de menos la hizo Dios.
Dejado el gran cariño que le tengo, es terrible la falta que hace en este tiempo. Aquí la hubiera traído, pero este doctor que nos cuida dice que si ha de vivir un año, no vivirá un mes.
El Señor lo remedie. Encomiéndesela mucho. Está bien desahuciada; dicen que es tísica.

Guárdense de beber el agua de zarzaparrilla, aunque quite el mal del estómago.
La Priora y las Hermanas se le encomiendan. Me ha dado mucha pena el mal de mi santo Prior. Ya lo encomendamos a Dios.
Hágame saber de él, y qué ha sido de Delgado; y encomiéndeme a todas las que vea que conviene, y a todos.

Quédese con Dios, que bien me he alargado, y me he alegrado de saber que están bien, especialmente Vuestra Reverencia, que tengo miedo a estas Prioras, según lo que nos hacen llegar.

Dios me la guarde, hija mía.
De Caravaca y Veas tengo algunas veces cartas.
No faltan trabajos en Caravaca, pero espero en Dios se remediarán.

Son hoy siete de septiembre, año de mil quinientos setenta y ocho.

De Vuestra Reverencia,
Teresa de Jesús.

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