A la misma Madre María de San José, Priora de Sevilla
JESÚS
Sea con Vuestra Reverencia. Yo le digo que le agradezco sinceramente la soledad que dice tener por mí. Después de escrita la carta que va con esta, recibí las suyas. Me he alegrado tanto, que me enternecí, y me han hecho gracia sus perdones. Con que me quiera tanto como yo la quiero, yo la perdono, lo hecho y por hacer; que la mayor queja que tengo de usted ahora es lo poco que disfrutaba de estar conmigo. Y bien veo que no tiene la culpa, y así se lo dije a la Madre Priora de Malagón, sino que como quiso el Señor que allí tuviese tantos trabajos, y eso me daba alivio, dispuso que se quitase.
Por cierto, que a cambio de que queden Vuestra Reverencia y esas hermanas con algún descanso, doy por bien empleados los trabajos, aunque fueran muchos más. Y créame, que la quiero mucho, y que mientras vea en usted esa buena voluntad, lo demás es cosa menor, sin importancia. Aunque allí, como había de lo uno y lo otro, y yo la trataba como a hija muy querida, me dolía no ver tanta franqueza y amor. Pero con esta carta suya, todo se me ha quitado, y queda solo la voluntad: que es peor no tener esa defensa, para no ser tanto.
Me he alegrado enormemente de que todo haya salido tan bien. El acuerdo no deje de continuar, aunque no haya mucha seguridad en lo venidero; porque es cosa difícil andar en pleitos, especialmente al principio. Y esté siempre advertida que será mejor el concierto, y que aunque tengamos justicia, es cosa dura andar en pleitos.
Procuraremos pagar pronto eso a mi hermano (digo lo de la alcabala), que bastante cuidado tengo, y más que ya tenía de esa casa. ¡Y cómo se ha alegrado él con sus cartas! No deja de decir de su discreción. Venían buenas, solo que Vuestra Reverencia, cuando quiere hacer mejor letra, la hace peor. Porque él y Teresa escriben... no digo nada de ellos.
Tenía escrita carta a mi Padre Prior de las Cuevas, y hoy he de escribir a Malagón sobre unos asuntos, y allí lo diré a nuestro Padre; y así será bastante si puedo aún responder a las Hermanas, porque no me han dejado por las visitas.
Yo creo bien lo que hace el buen García Álvarez, porque su caridad es grande. Dígale muchas cosas de mi parte. Me he alegrado mucho con la carta del Padre Prior. Me hacen gran merced mis amigos al tratar tan bien a ellas. Mire que los conserve; y cuando se presente alguna ocasión, haga algo por Mariano y Fray Antonio (que no quisiera que tomasen disgusto con ella), como sea discretamente. Dios le perdone, que tal alboroto se ha hecho con esos frailes, que se hubiera podido evitar, y por otro camino concluir con ellos: nuestro Padre tiene bastante pena. Está bien, y al Nuncio le pareció bien que no hubiese vuelto allá.
No dirá que no le escribo bastantes veces. Haga ella lo mismo, que me alegro mucho con sus cartas. No sabía nada de lo que allá pasaba, que nuestro Padre escribe muy poco: no debe poder más. Dios sea con ella, y la haga muy santa. Gabriela me escribe que no está bien (porque después de haber escrito mucho de esto, leí su carta); dice que del dolor de estómago. Quiera Dios que no sea más. No me acuerdo a quién dejé encomendado que tuviese cuenta con Vuestra Reverencia. Sea la Supriora. Y mire que no deje de obedecerla, que tenga cuidado con su salud, por amor de mí; que me daría infinita pena si le faltara. Quiera el Señor dársela, como yo se lo suplico. A su madre Beatriz, y a Delgado, me encomiendo mucho. La Priora a Vuestra Reverencia. Todas se han alegrado de lo bien que les va. Que siempre sea así. Ya creo haber dicho que es día de la Visitación.
El clérigo vino estando en misa, y al estar diciéndola se fue. Ya le hablé: y si hubiera de estar aquí, le habría hecho alguna gracia; pero dijo que iba con la compañía, y que por eso seguía adelante. Año de mil quinientos setenta y seis.
También me escribe Gabriela que Vuestra Reverencia tiene la casa muy bien arreglada. Mucho la quisiera ver. Hasta ahora no he podido mirar de quiénes eran las cartas. Me he alegrado con la de nuestro buen Padre García Álvarez. Le escribiré de buena gana; y esas mis hijas me perdonen, si he de cumplir con quien tanto bien les hace.
De Vuestra Reverencia,
Teresa de Jesús
