A las mismas religiosas Carmelitas Descalzas del Convento de San José de Sevilla
JESÚS
La gracia del Espíritu Santo sea con vosotras, queridas Hermanas e hijas mías.
Con vuestras líneas me he consolado mucho, y me gustaría poder responder a cada una por separado con más extensión, pero me falta el tiempo, porque las ocupaciones me lo impiden. Así que les pido que me perdonen y reciban mi voluntad. Me alegraría mucho conocer a las que han profesado y entrado ahora. Enhorabuena por estar ya desposadas con tan gran Rey. Pido a Su Majestad que las haga como deseo y ruego, para que en esa eternidad sin fin gocen con Él.
A la Hermana Jerónima, que firmó como “del Muladar”, le digo que ruego a Dios que esa humildad no sea sólo de palabra. Y a la Hermana Gabriela, que recibí la imagen de San Pablo, que era muy linda; como se parecía a ella por lo pequeña, me causó gusto. Espero en Dios que la hará grande en su acatamiento. La verdad es que a todas parece que Su Majestad quiere hacerlas mejores que a las de por acá, pues les ha dado tan grandes trabajos, si no lo pierden por culpa suya. Sea Él alabado por todo, que tan bien han acertado en su elección. Ha sido para mí un gran consuelo.
Aquí hemos visto por experiencia que la primera a la que el Señor pone como Mayor en una fundación parece que ayuda más, y da más amor al bien de la casa y a las Hermanas, que aquellas que vienen después; y así aciertan a aprovechar más las almas. En mi opinión, mientras no haya una razón muy evidente de que la priora inicial sea mala, no debería cambiarse en estas cosas, porque hay más inconvenientes de los que ellas pueden entender. El Señor les dé luz para que en todo acierten a hacer su voluntad. Amén.
A la Hermana Beatriz de la Madre de Dios y a la Hermana Margarita les pido lo mismo que ya he rogado a todas: que no vuelvan a tratar de cosas pasadas, si no es con nuestro Señor o con el confesor. Y si en algo estuvieron engañadas, por no haber informado con la llaneza y caridad que Dios nos pide, que se miren mucho y vuelvan a tratarlo con claridad y verdad. Si es necesario hacer satisfacción, que se haga, porque si no, vivirán inquietas, y el demonio no dejará de tentarlas. Cuando tengan contento al Señor, no deben ya hacer caso de todo eso. El demonio ha andado rabioso y empeñado en que estos santos principios no salieran adelante, y no hay que asombrarse, sino del gran daño que ha hecho en todas partes.
Muchas veces el Señor permite una caída para que el alma quede más humilde. Y cuando vuelve con rectitud y verdadero conocimiento, progresa más en el servicio de nuestro Señor, como vemos en muchos santos. Así que, hijas mías —todas lo son de la Virgen, y hermanas—, procuren amarse mucho unas a otras, y hagan cuenta de que nunca pasó nada. Con todo esto hablo.
Yo he tenido un especial cuidado de encomendar a Dios a las que piensan que me tienen enojada, y he estado más lastimada por ellas —y lo seguiré estando mientras no hagan lo que deben— que por las demás. Por amor del Señor se lo pido. A mi querida Hermana Juana de la Cruz la he tenido muy presente, porque me imagino que siempre ha estado mereciendo. Y que tomara el nombre de Cruz le ha venido muy bien. Que me encomiende a nuestro Señor, y que sepa que por sus pecados, ni por los míos —que son mucho mayores— no les daría a todas la penitencia.
A todas vosotras, Caridades, les pido lo mismo: que no me olviden en sus oraciones, porque me lo deben mucho más que las de por acá. Que nuestro Señor las haga tan santas como yo deseo. Amén. Año de mil quinientos ochenta.
De vuestras caridades,
sierva,
Teresa de Jesús, Carmelita.
