LI Carta de Santa Teresa de Ávila

 


A las religiosas carmelitas descalzas del convento de San José de Sevilla

JESÚS

La gracia del Espíritu Santo sea con vosotras, carísimas Hermanas e hijas mías.

Sepan que nunca las he amado tanto como ahora, ni jamás han tenido ocasión tan grande de servir a nuestro Señor como ahora, cuando Él, en su misericordia, les concede gustar un poco de su Cruz con el desamparo que su Majestad también padeció en ella.

¡Dichoso el día en que entraron en ese lugar! Porque les estaba reservado un tiempo tan venturoso como este. Siento una santa envidia de ustedes. Y es cierto que, cuando me enteré de todos esos cambios (que me los describieron con mucho detalle, incluyendo que las querían echar de esa casa y otras cosas más), en lugar de entristecerme, sentí un profundo gozo interior. Vi que, sin haber cruzado el mar, el Señor les ha descubierto minas de tesoros eternos. Espero en su Majestad que saldrán muy enriquecidas espiritualmente, y que podrán compartir con nosotras, las que estamos aquí.

Confío plenamente en su misericordia: las favorecerá para que lo lleven todo sin ofenderle en nada. Y si sienten mucho lo que ha pasado, no se aflijan: tal vez el Señor quiere mostrarles que no eran tan fuertes como creían cuando deseaban tanto padecer.

¡Ánimo, ánimo, hijas mías! Recuerden que Dios no da a nadie más carga de la que puede soportar, y que su Majestad está especialmente con los que sufren. Si esto es así —y lo es—, no hay que temer, sino esperar en su misericordia, que revelará la verdad de todo.

Hay confusiones que el demonio ha ocultado para revolver las cosas. De eso yo he tenido más pena que de lo que ahora están ustedes padeciendo.

Oren, oren, hermanas mías. Y que brille ahora la humildad y la obediencia, de modo que ninguna de ustedes lo haga más que la Madre Priora pasada. ¡Qué buen tiempo este para recoger fruto de las resoluciones que habían tomado de servir a nuestro Señor!

Recuerden que muchas veces quiere el Señor probar si nuestras obras se corresponden con nuestras palabras. Ayuden a los hijos de la Virgen y hermanos suyos a salir de esta persecución. Si ustedes ayudan, el buen Jesús también lo hará: aunque parezca dormir en medio de la tormenta, cuando crece el peligro, Él calma los vientos. Quiere que le pidamos, y tanto nos ama, que siempre busca ocasión de favorecernos.

¡Bendito sea su nombre para siempre! Amén, amén, amén.

En todas estas casas están orando mucho por ustedes. Por eso espero que su bondad pronto lo solucionará todo.

Anímense, y piensen que, bien mirado, es poco lo que se padece por tan buen Dios, que tanto sufrió por nosotras —¡y ustedes todavía no han derramado sangre por Él! Están entre hermanas, no en Argel. Dejen actuar a su Esposo, y verán cómo, antes de mucho, se traga el mar a quienes nos hacen la guerra, como hizo con el faraón, y deja libre a su pueblo. Y a todos con deseo de volver a padecer, viendo el fruto que se ha sacado.

Recibí su carta. Me hubiera gustado que no hubieran quemado lo que tenían escrito, porque podría haber servido. En cuanto a las mías, que se dieron, según dicen los letrados por aquí, se podía haber evitado, pero no importa mucho. Ojalá todas las culpas recayeran sobre mí, aunque las penas de los que han padecido sin culpa ya son bastante carga.

Lo que más me ha dolido fue ver que en el proceso de información que hizo el Padre Provincial se dijeron algunas cosas que sé con certeza que son falsas, porque yo estaba allí. Por amor de nuestro Señor, miren bien si fue por miedo o turbación que lo dijo, porque cuando no hay ofensa de Dios, todo lo demás no cuenta. Pero mentiras, y en perjuicio de otro, sí que me duelen.

Aunque no termino de creerlo, porque todos saben la pureza y virtud con que el Padre Maestro Gracián nos trata, y cuánto nos ha ayudado a servir mejor al Señor. Y si esto es así, aunque fueran cosas pequeñas, levantar falsedades es una gran culpa. Adviértanselo por caridad a esas Hermanas.

Quédense con la Santísima Trinidad, que sea su guardiana. Amén.

Todas estas Hermanas de aquí las encomiendan mucho a Dios. Están esperando que, cuando pasen estas nubes, lo contará todo la Hermana San Francisco.

A la buena Gabriela me encomiendo mucho, y tengo presente la aflicción que habrá sentido al ver cómo trataron a la Madre San José. A la Hermana Santa Gerónima me duele si sus deseos son verdaderos, y si no lo son, me dolería más aún.

Mañana es la víspera de la Virgen de la Candelaria.

Quisiera hablar mucho más con el Señor García Álvarez que escribirle; y como no puedo decir por carta lo que querría, no le escribo.

A las demás Hermanas que tengan valor para leer esto, denles mis encomiendas.

Su indigna sierva,
Teresa de Jesús

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