Al ilustrísimo señor Don Álvaro de Mendoz, obispo de
Ávila. En Olmedo.
JESÚS
La gracia del Espíritu Santo sea siempre con Vuestra
Señoría. Amén.
Yo estoy bien del mal que tenía, aunque no de la cabeza, pues siempre me atormenta este ruido. Pero con saber que Vuestra Señoría tiene salud, bien podría soportar yo males mayores.
Beso muchas veces las manos de Vuestra Señoría por la merced
que me hace con sus cartas, que son gran consuelo para nosotras. Así las han
recibido también estas Madres, y me las vinieron a mostrar muy contentas y
agradecidas, con razón.
Si Vuestra Señoría hubiera visto cuán necesaria era la
visita de alguien que explicara las Constituciones y las conociera por haberlas
practicado, creo que le hubiera dado mucho gusto y entendería cuán gran
servicio ha hecho a nuestro Señor y bien a esta Casa, al no dejarla en poder de
quien pudiera malentender las cosas —aunque fuese sin mala intención—, y por
donde comenzaba a entrar el demonio. Hasta ahora no hay culpa de nadie, todo ha
sido con buena voluntad. Verdaderamente no me canso de dar gracias a Dios.
En cuanto a la necesidad o carencia que tengamos, cuando el
Obispo no haga nada por ellas, no tenga Vuestra Señoría pena, que se remediará
mejor de unos monasterios a otros que no de quien jamás en la vida nos tendrá
el amor que Vuestra Señoría. ¡Si lo tuviésemos aquí para gozarlo! (esa es la
pena). En lo demás no parece que hemos hecho cambio alguno, pues tan sumisas
nos estamos; porque siempre lo serán todos los prelados de Vuestra Señoría,
especialmente el Padre Gracián, que parece que le hemos pegado el amor que
sentimos por Vuestra Señoría. Hoy le envié la carta de Vuestra Señoría, que no
está aquí —fue a despachar a los que van a Roma, en Alcalá—. Muy contentas han
quedado las Hermanas con él. Ciertamente es un gran siervo de Dios, y como ven
que en todo seguirá lo que Vuestra Señoría mande, ayuda mucho.
En lo que toca a aquella Señora, yo procuraré hacer lo que
Vuestra Señoría manda, si se presenta ocasión, porque no es persona que
acostumbre venir a esta Casa quien me lo vino a decir. Y según se dio a
entender, no es asunto de casamiento. Desde que vi la carta de Vuestra Señoría
he pensado si es eso, y se pretendía atajar. Aunque no puedo entender que tenga
persona que le toque en ese caso quien me lo dijo, sino que fue por celo de la
República y de Dios. Su Majestad lo guíe como más se sirva. Ya está tan
avanzado el asunto, que aunque Vuestra Señoría no quiera, lo harán por su
cuenta. Me consuelo mucho yo de que Vuestra Señoría esté tan libre como para no
tener pena por ello.
Mire Vuestra Señoría si sería bien advertírselo a la Abadesa
y mostrarse enojado con la parte, por si se pudiera remediar algo, que yo le
digo que se me encareció mucho el asunto.
En el negocio del Maestro Daza no sé qué decir, pues tanto
quisiera que Vuestra Señoría hiciera algo por él, porque veo el cariño que le
tiene. Aunque después no fuera nada, me alegraría. Él dice que tiene tanta
voluntad, que si entendiera que da pena a Vuestra Señoría el que le suplique
que le haga merced, no por eso dejaría de servirle, sino que procuraría no
decir jamás que le hiciera favores. Como tiene esta voluntad tan grande y ve
que Vuestra Señoría los hace y ha hecho a otros, lo siente un poco, pareciéndole
poca dicha la suya.
En lo de la canongía, él escribe a Vuestra Señoría lo que
hay. Está cierto que si vacare algo antes de que Vuestra Señoría se vaya, le
hará merced, y queda contento. Lo que a mí me consolaría sería que creo que a
Dios y al mundo parecería bien, y verdaderamente Vuestra Señoría se lo debe.
Plegue a Dios que haya algo, para que deje Vuestra Señoría contentos a todos;
que aunque sea menos que una canongía, a mi parecer él lo aceptará.
En fin, no todos tienen el amor tan desinteresado a Vuestra
Señoría como las Descalzas, que solo queremos que nos quiera, y que Dios nos le
conserve muchos años. Pues mi hermano bien puede entrar en esta cuenta, que
está ahora en el locutorio, y besa muchas veces las manos de Vuestra Señoría, y
Teresa los pies.
Todas nos mortificamos de que Vuestra Señoría nos mande que
le encomendemos a Dios de nuevo, porque eso ya debía estar entendido por parte
de Vuestra Señoría, y nos hace agravio.
Me dan prisa por esta carta, y así no me puedo alargar más.
Me parece que con que diga Vuestra Señoría al Maestro que si algo vacare se lo
dará, estará contento.
Indigna sierva y súbdita de Vuestra Señoría,
Teresa de Jesús
